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Antropólogos, arqueólogos, historiadores. Reflexiones sobre el artículo de Germán Delibes

JIMENENZ VILLALBA, Félix

Publicado en el año 2000 en la Revista de Folklore número 233.

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La aparición en esta Revista del artículo del Dr. Germán Delibes de Castro "Arqueólogos, Antropólogos, Historiadores" es, sin duda, un acontecimiento importante para todos los científicos sociales empeñados en hacer de sus disciplinas un arma útil para desvelar el pasado del hombre, constituyendo también una lúcida reflexión sobre los principales problemas que nos aquejan a cuantos nos hemos juramentado para conseguir unos objetivos científicos que cada día nos parecen más lejanos e inalcanzables. Es posible que sumergidos en los dogmas de nuestras respectivas disciplinas no hayamos sido capaces de mirar a nuestro alrededor, o lo que es peor, que absortos en nuestra diaria autocomplacencia no queramos reconocer que sin una crítica constante es imposible llegar a lugar alguno. Para un antropólogo, formado en la escuela americana, artículos como éste nos devuelven la ilusión de nuestros años de estudiante, cuando cualquier orientación inteligente aguzaba nuestro ingenio y ampliaba nuestros horizontes de forma ilimitada. Antes de continuar debemos decir que para nosotros no existen diferencias significativas entre antropólogos, arqueólogos e historiadores, al menos más allá de las derivadas del empeño singularizador y excluyente que ha caracterizado la evolución de estas disciplinas a lo largo de sus ciento cincuenta años de existencia. La cultura es el denominador común que las une y la forma de aproximarse a ella lo que las separa. En el fondo las tres se ocupan de estudiar la forma en que el hombre, independientemente del lugar y la época en que vivió, ha respondido al reto constante de continuar sobre la superficie de este planeta. Constituyen tres versiones de un mismo argumento y como tales es absurdo que no resulten complementarias.

Lo primero que viene a la cabeza al leer el artículo de Delibes -la necesaria relación que debe existir entre la Arqueología Prehistórica y la Antropología— nos sitúa, aunque el autor no lo mencione explícitamente, frente al concepto de «cultura», eje fundamental de la Antropología, por la sencilla razón de que los restos materiales de que se ocupa la Arqueología se agrupan formando unidades culturales, más o menos reales y definidas, que dispuestas cronológicamente constituyen parte fundamental de nuestra historia. Pocas objeciones se pueden hacer al artículo del profesor Delibes. Es una reflexión valiente y bien documentada en la que se hace un repaso de cómo ha evolucionado el estudio del hombre desde sus inicios. Sin embargo existen algunos puntos de su exposición sobre los que nos gustaría volver. Cuando menciona las distintas ramas que constituyen en los Estados Unidos los estudios antropológicos -Antropología Cultural, Antropología Biológica y Arqueología— habría que añadir la Antropología Lingüística, rama dedicada al estudio de la gran diversidad de lenguas y a la relación existente entre la evolución del lenguaje y la evolución del Homo sapiens. Cuando habla de las consecuencias que tuvo la aparición del arado entre los grupos tardoneolíticos del este de Europa -revolución económica y fin del matriarcado- convendría tener en cuenta que la llegada de elementos innovadores no siempre conduce hacia sociedades de mayor complejidad. Cuando el caballo, introducido por los españoles, fue adoptado por los indios de las praderas de Norteamérica, su forma de vida, que hasta entonces había sido sedentaria y se había basado en la agricultura, se transformó en nómada, convirtiéndose la caza en la primera fuente de obtención de alimentos. Respecto al matriarcado la cuestión se complica mucho más. La existencia de un período remoto en la historia del hombre en el que la mujer tuvo un rol-status de autoridad fue planteada y defendida por J. J. Bachofen en 1861. Aunque pronto encontró seguidores como J. F. Me Lennan (1865) y sobre todo L. Morgan (1877), cuya influencia en F. Engels fue fundamental para la defensa de la era matriarcal, lo cierto es que la mayoría de los autores consideran el patriarcado como la única forma conocida de poder. E. Westermarck (1891) demostró que en las sociedades de descendencia matrilinial el hombre seguía dominando la familia y la política.

El presente comentario se enmarca dentro de la preocupación por los aspectos teóricos que deben servir para diseñar, planificar y evaluar cualquier programa de intervención arqueológica, pero además, pretende alertar a los lectores -ya sean antropólogos, arqueólogos o historiadores- haciéndoles reflexionar -en la misma línea en que lo hace Delibes- sobre la ineludible necesidad de abrir nuestros horizontes a todo tipo de planteamientos. Aunque dentro de la arqueología del Viejo Mundo existen magníficos ejemplos de cómo abordar esta cuestión, lamentablemente no siempre se les ha otorgado el papel que merecen.

Coincidimos con el Dr. Delibes en que durante el siglo XIX "la Arqueología cobró un importante impulso, acreditándose como rama del saber destinada a probar la antigüedad del hombre". Fundamentalmente porque los inicios de las ciencias sociales fueron determinantes en su posterior configuración. Varios acontecimientos de gran importancia iban a convertir el siglo XIX en uno de los más fructíferos para el desarrollo de la arqueología y la antropología. El factor más importante a considerar fue el enorme impulso que las ciencias sociales experimentaron durante la segunda mitad. Los trabajos de Darwin (1859) y Spencer (1873) situaron el estudio del hombre en una nueva dimensión, propiciando la aparición de la antropología como ciencia independiente. Morgan (1877) y Tylor (1871) desarrollaron el estudio diacrónico de la sociedad a partir de las nuevas tendencias y por primera vez en muchos siglos, como ocurrió con la arqueología y la historia, la ciencia occidental se encontró en disposición de abordar el conocimiento de otras sociedades de una forma más sistemática y seria. Fue una época de pioneros donde todo era susceptible de un nuevo análisis y donde la proximidad con la sociedad era mucho mayor. Las disputas entre los investigadores fueron seguidas con apasionamiento por un público ávido de nuevas sensaciones. Como antes había ocurrido durante el Renacimiento, la ciencia dejaba de ser algo etéreo para convertirse en parte integrante de la vida cotidiana. Había que volver a reelaborar el mundo y nadie parecía dispuesto a perdérselo.

Cuando el antropólogo y jurista norteamericano Lewis Morgan propuso su modelo en la segunda mitad del siglo XIX y organizó la historia del hombre alrededor de los estadios de salvajismo, barbarie y civilización, el evolucionismo se concebía como un proceso unilineal que nos había conducido desde la etapa más oscura de nuestro pasado (salvajismo) a la más desarrollada (civilización). El «progreso» se configuraba como el motor de la historia, atribuyéndole la capacidad de inyectar en nuestro pasado el sentido común necesario como para convertir nuestra especie en algo prometedor. Además, el evolucionismo unilineal veía sus etapas de desarrollo o estadios como una secuencia jerarquizada de cumplimiento obligado. La única forma de llegar a ser «civilizado» era atravesar antes por el salvajismo y la barbarie. Quizá la mejor manera de comprender su sentido más profundo esté en la terminología utilizada para cada uno de los tres estadios: «salvajismo», «barbarie» y «civilización». Tal y como se concebía se trataba de un proceso único e inamovible en el que las distintas sociedades ocupaban un determinado lugar. Unas habían sido capaces de elevarse del salvajismo a la civilización y otras, sin embargo, o bien habían tenido un desarrollo más lento, o bien se habían quedado estancadas en los estadios más simples.

Naturalmente, el punto culminante de la civilización y la referencia obligada, era la sociedad anglosajona de la segunda mitad del siglo XIX. La revolución industrial y el liberalismo económico habían alcanzado su mayor auge, la civilización occidental se extendía hasta los últimos confines del planeta y el hombre tenía la convicción de que todo era posible, que había alcanzado el grado de desarrollo necesario para transformar definitivamente la faz de la tierra. Las ciencias sociales, la arqueología y la antropología entre ellas, habían encontrado en el evolucionismo la base necesaria para su desarrollo y comenzaban su andadura sobre sólidos fundamentos. Cuando Morgan publicó su libro "La Sociedad Primitiva", donde exponía el modelo evolucionista de desarrollo, no podía imaginar que un acontecimiento completamente ajeno a sus intereses le iba a condenar al ostracismo intelectual. Por esos mismos años algunos científicos sociales no participaban de este optimismo general. El progreso no sólo no había terminado con las diferencias sociales y la explotación económica sino que, por el contrario, el abismo entre ricos y pobres se había hecho más profundo. La aparición del proletariado y las tremendas condiciones de trabajo imperantes crearon un ambiente propicio para la formación de movimientos obreros. Carlos Marx estaba dando forma teórica a esta nueva situación y fue precisamente de la mano de su amigo y camarada Federico Engels de donde vinieron los problemas para Morgan. Impresionado por la lectura de su obra y viendo que sus trabajos con Marx encajaban perfectamente con la línea propuesta por el norteamericano, Engels publicó "El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado" (1884), tomando como argumento principal el modelo de desarrollo utilizado por Morgan. La posterior evolución del marxismo y la consagración de este modelo como oficial en todos los países comunistas, hicieron de Morgan un proscrito intelectual en Occidente e incluso en los Estados Unidos, su propio país.

Los abusos teóricos de la escuela historicista, heredera directa del evolucionismo en los inicios de nuestro siglo, el auge del particularismo histórico de Frank Boas que dedicó sus energías a terminar con cualquier planteamiento históricocronológico, y los prejuicios políticos derivados de la confrontación Este-Oeste, desacreditaron tanto esta escuela, que muy pocos investigadores occidentales se atrevieron a replantear sus presupuestos. El primer intento de cierta entidad fue el protagonizado por el arqueólogo norteamericano Leslie White, que en la década 1940-1950, luchó en solitario por rehabilitar la figura de Morgan, destacando la vigencia y validez de sus argumentos. Afirma que los sistemas sociales son una «función» de los sistemas tecnológicos, mientras que la ideología se ve fuertemente condicionada por la tecnología. Sin embargo, White (1949) concibe la evolución cultural como un producto del cambio tecnológico que, a su vez, resulta de la aplicación de mayores cantidades de energía. El trabajo de White provocó entre los antropólogos y arqueólogos norteamericanos una renovación del interés por la evolución cultural y por la relación entre ecología, tecnología y cultura.

Pero el auténtico resurgir del evolucionismo vendría entre 1950-1960, cuando dos arqueólogos formados en la tradición europea, sobre todo Karl Wittfogel —cuya obra es mucho menos conocida-, y el australiano Veré Gordon Childe, y uno norteamericano, Julián Steward, sentaron las bases de lo que se denominaría neoevolucionismo o evolucionismo multilineal. En la década de los años 30 el sinólogo e historiador comparativo Karl Wittfogel (1957), siguiendo la estela dejada por Karl Marx, formuló "su teoría hidráulica" a partir de los conceptos de «despotismo oriental» y «modo de producción asiático». Lejos de identificarse con las ideas marxistas su obra puede ser considerada una cruzada contra el comunismo y contra cualquier otra forma de totalitarismo. El eje central giraba alrededor de las trayectorias que supuestamente seguían las civilizaciones de regadío o civilizaciones hidráulicas. Caracterizó a estos sistemas como "poderosas burocracias hidráulicas", cuyo despótico control sobre los antiguos Estados de Mesopotamia, India, China y Egipto tenía sus raíces en las exigencias tecnoecológicas del regadío a gran escala y en otras formas del control del agua. Aunque inspirado en Max Weber, el análisis de Wittfogel debía su impulso a la obra de Marx, concretamente a su formulación del "modo de producción oriental". El análisis que hace de la interdependencia funcional de los principales rasgos de la organización social y las pautas tecnoeconómicas de las civilizaciones de regadío le induce a subrayar la importancia general de los parámetros ecológicos en la aplicación del materialismo histórico a la comprensión de los sistemas sociales.

El otro gran teórico del neoevolucionismo de corte europeo, Gordon Childe, consideró que la gran variedad cultural existente a lo largo de la historia era fruto de sucesivas adaptaciones específicas a determinados ambientes, estableció tres grandes revoluciones: la neolítica, la urbana y la del conocimiento, y tomó como punto de partida el estudio de las condiciones ambientales concretas. La enorme influencia de sus libros -todavía hoy siguen reeditándose con gran éxito— merece que analicemos sus contribuciones con cierto detenimiento.

La obra de Veré Gordon Childe supone el mejor ejemplo de cómo la ideología impregna todos y cada uno de los planteamientos teóricos. Esta realidad, que no todos los científicos admiten, no sólo forma parte fundamental de toda su producción, sino que además le otorga una personalidad propia que transciende la época en que se realizó. Para Gordon Childe "son materia arqueológica todas las alteraciones de la corteza terrestre y de los objetos naturales sobre ella, en la medida en que de algún modo han logrado perdurar" (1973: 10). Concebía el estudio arqueológico como el análisis de cualquier actividad humana, siendo uno de los primeros en percibir la gran importancia del estudio de los pequeños detalles de la vida cotidiana de un pueblo. Para él estos vestigios del pasado -viviendas, útiles, etc.- eran fundamentales y proporcionaban una información imprescindible para el conocimiento de la historia del hombre. Siempre tuvo mucho interés por el desarrollo tecnológico y llegó a afirmar que uno de los objetivos fundamentales de la arqueología debía ser el estudio del desarrollo prehistórico de la ciencia.

En muchas ocasiones su interés derivó hacia la elaboración de un método científico propio de la arqueología y es éste, sin duda, uno de los aspectos más interesantes de su obra. Para Childe "la arqueología puede ser considerada una ciencia sólo en la medida en que busca establecer generalizaciones sobre la conducta humana y utilice tales generalizaciones para explicar acontecimientos históricos particulares" (Trigger, 1982: 139). Su enfoque teórico se mantuvo siempre dentro de las estrategias de investigación nomotéticas, interesándose por los aspectos recurrentes de la cultura desde el punto de vista de los planteamientos de la ciencia occidental (étic), dentro de una visión diacrónica donde las relaciones causa-efecto constituían el eje fundamental para el conocimiento del pasado.

Desde el principio estuvo convencido de la utilidad de los estudios arqueológicos para una mejor comprensión de la sociedad y su postura hacia el hombre y su historia fue casi siempre optimista: "La tradición hace al hombre, circunscribiendo su conducta dentro de ciertos límites; pero, es igualmente cierto que el hombre hace las tradiciones. Y, por lo tanto, podemos repetir con una comprensión muy profunda: el hombre se hace a sí mismo" (Childe, 1975: 288). El hombre se hace a sí mismo y elabora sus tradiciones, sus pautas de conducta y, en última instancia, su propia realidad social. Por esta razón "los seres humanos se adaptan no a los entornos reales, sino a la idea que se fabrica de ellos". Desde esta perspectiva Childe revolucionó el trabajo arqueológico, ya que para él los datos obtenidos en una excavación, no son otra cosa que la expresión del pensamiento y la actividad humana que, de forma más o menos intencional, va delimitando su marco de actuación. Para Childe el hombre es el protagonista y el motor de su historia, pero también es el responsable de sus actos. Esta concepción de la naturaleza humana y de la historia hicieron que a lo largo de su vida alternara los estados de euforia y esperanza con los de abatimiento y desesperación. El final de la Segunda Guerra Mundial marcó el inicio de una desilusión global y profunda que sólo terminaría con su muerte ocurrida en misteriosas circunstancias.

La idea de que se habían producido cambios acelerados en diversas etapas del desarrollo de la humanidad fue formándose poco a poco en el pensamiento de Childe. Hacia 1929 comenzaron sus primeras interpretaciones económicas de los datos y su "...preocupación original por los movimientos prehistóricos de los pueblos se vio suplida por un intento de análisis de su conducta económica que, posteriormente le conduciría a estudiar su organización social y sus conocimientos prácticos" (Trigger, 1982: 184). Un año antes había adoptado la «hipótesis del oasis» como causa de la aparición de la agricultura, que describía como "...una revolución mediante la cual el hombre dejó de ser un parásito convirtiéndose en un creador emancipado de las limitaciones de su entorno" (Childe, 1928: 2. En Trigger, 1982). No veía la agricultura como la única solución al problema de la sequía en la «teoría del oasis», ya que otros grupos podían reaccionar de forma distinta. Es en este momento cuando comienza a emplear el término «civilización» al que caracteriza por "...la existencia de ciudades, tracción animal, escritura, un gobierno conscientemente ordenado, los comienzos de la ciencia, la especialización de las artes industriales y el comercio internacional" (Childe, 1930a: 3-7. En Trigger, 1982).

El primer intento sistemático de exposición de su teoría de las Revoluciones tiene lugar en 1934, con la publicación de "El nacimiento de las civilizaciones orientales". Hacia 1935 se produce un cambio en algunos de sus planteamientos y empieza a concebir la cultura arqueológica como una totalidad, aproximándose así a los planteamientos del antropólogo funcionalista británico Bronislav Malinowsky.

En la década de los años 30 tiene lugar en Europa el ascenso del fascismo, lo que hizo que Childe se interesara más por la teoría de la evolución que, junto con su pesimismo sobre la creatividad humana, configurará la base teórica de dos de sus obras más importantes: "Los orígenes de la civilización" (1936) y "Qué sucedió en la Historia" (1942). En "Los orígenes de la civilización" lleva a cabo la exposición más detallada y completa de su teoría de las Revoluciones y supone un canto optimista del progreso humano como motor de la historia. "Uno de los propósitos de este libro es el señalar cómo la historia enfocada desde un punto de vista científico impersonal puede justificar la confianza en el progreso" (1975: 10). En esta obra establece de forma definitiva sus tres Revoluciones:

- Revolución Neolítica. Transforma la economía y da al hombre el control sobre su propio abastecimiento de alimentos a través de la domesticación de animales y plantas. En palabras del propio Childe: "La primera revolución que transformó la economía humana dio al hombre el control sobre su propio abastecimiento de alimentos. El hombre comenzó a sembrar, a cultivar y a mejorar por selección algunas hierbas, raíces y arbustos comestibles. Y también logró domesticar y unir firmemente a su persona a ciertas especies animales" (1975: 135).

- Revolución Urbana. En algunas zonas del mundo apareció un excedente social de producción relativamente alto debido a la agricultura de regadío. Ello motivó el desarrollo de verdaderos centros urbanos, y estados bien organizados con especialización técnica e industrial. Los hombres "...habían acumulado laboriosamente un conjunto importante de conocimientos -topográficos, geológicos, astronómicos, químicos, zoológicos y botánicos- de saber y destreza prácticos, aplicables a la agricultura, la mecánica, la metalurgia y la arquitectura, y de creencias mágicas que también eran consagradas como verdades científicas" (Childe, 1975: 173). Estos adelantos científicos y técnicos hicieron viable la aparición de considerables excedentes alimenticios y, lo que es más importante, excedentes de productos domésticos y manufacturas que incrementaron los intercambios entre distintos centros de producción. "El excedente de productos domésticos también debió servir para sostener un cuerpo de comerciantes... artesanos. Pronto se hicieron necesarios los soldados para proteger por la fuerza los convoyes..., los escribas para llevar registro minucioso de las transacciones..., y los funcionarios del Estado para conciliar los intereses en conflicto" (Childe, 1975: 175).

- Revolución del Conocimiento. El saber es acumulativo y transmisible a través de la escritura y la organización de las ciencias. Un elemento fundamental para Childe fue la aparición de la escritura, cuya verdadera importancia radica en que "estaba destinada a revolucionar la transmisión del conocimiento humano" (1975: 227). Con anterioridad al 3000 a.C., se produjeron una serie de descubrimientos y mejoras que afectaron radicalmente a la prosperidad de millones de hombres: el riego artificial utilizando presas y canales, el arado, los aparejos para utilizar la fuerza motriz animal, el bote de vela, los vehículos con ruedas, la agricultura hortense, la fermentación, la producción y uso del cobre, el ladrillo, el arco, el vidrio, el sello, y -en las primeras etapas de la revolución— el calendario solar, la escritura y la notación numérica.

Childe observa que es ridículo menospreciar los niveles productivos de sociedades basadas en la caza y la recolección (1975: 77) y cómo sus conocimientos técnicos y económicos habían permitido a grupos como los Kwakiuti de la Columbia Británica -que nunca basaron su economía en la agricultura— alcanzar un complejo grado de desarrollo que hoy denominaríamos «jefaturas» (Shallins, 1977). La civilización maya que floreció en las tierras tropicales de América central le ocasionó algunos quebraderos de cabeza. Los mayas habían alcanzado las revoluciones urbana y del pensamiento sin que su tecnología se hubiera modificado gran cosa desde la «prehistoria», y esto no cuadraba muy bien con su esquema evolutivo. No tuvo más remedio que considerar esta cultura dentro de las grandes realizaciones humanas de la antigüedad, pero, aun así, siempre pensó que las formas económicas practicadas por estas culturas les habían conducido a un callejón sin salida.

A partir de los años 50 Childe empezó a ser conocido en América y fue asociado inmediatamente con Julián Steward y Leslie White como uno de los precursores del evolucionismo multilineal. Aun así, estaba muy lejos de los planteamientos deterministas de White relativos a la tecnología e insistía mucho más en la importancia de los medios de producción y la ideología en el desarrollo de las sociedades.

La obra de Childe ha sido analizada y criticada por numerosos especialistas y no siempre se ha valorado objetivamente su contenido. "Childe describió la historia de la cultura refiriéndose a los mayores avances tecnológicos y sociales como «revoluciones» que capacitaron al hombre para hacer un mejor uso de su medio. Para Childe la evolución social del hombre corrió paralela a su tecnología" (Hole y Heizer, 1977: 257). Esta afirmación, aunque se acerca bastante a la realidad, no es del todo cierta. De estas palabras se puede extraer la idea de que Childe practicaba un determinismo tecnológico y eso está muy lejos de la verdad. La importancia que concede a la tecnología en su obra es grande, pero "aunque deja bien explícitos sus puntos de vista sobre las revoluciones neolítica y urbana en la historia de la humanidad, fue siempre consciente de las limitaciones de la arqueología" (Daniel, 1974: 286). En su esquema del desarrollo de la humanidad los aspectos sociales y económicos juegan un papel tan importante o más que el tecnológico.

Lo cierto es que sus teorías pueden ser analizadas desde muy diversos puntos de vista y, por lo general, cada autor suele encontrar en su obra todo tipo de tendencias. "Por lo que hace al evolucionismo universal de Gordon Childe se ha considerado no sólo su adhesión a los estadios universales de Morgan (salvajismo, barbarie y civilización) en su presentación de las secuencias culturales de Oriente Medio, sino también, su tratamiento enteramente particularista de la aparición de un área cultural distintivamente europea" (Harris, 1978: 557). Esta afirmación junto con la de que "Childe parece estar en realidad más cerca del particularismo histórico que del materialismo histórico" (Harris, 1978: 590) son totalmente injustas. Si bien es cierto que Childe no aplicó el materialismo histórico hasta sus últimas consecuencias, también lo es que su postura teórica siempre estuvo muy alejada del idealismo ideográfico que caracterizó al particularismo histórico de la escuela boasiana. Si tuviéramos que situar en algún lado la obra de Gordon Childe, sería justo incluirla dentro de las estrategias de investigación nomotéticas, ya que dedicó muchos años de su labor científica a la busca de leyes explicativas y predictivas del desarrollo social.

Para algún autor "...sus formulaciones del desarrollo se basan en el análisis de las condiciones ambientales concretas... Para Childe la Revolución Urbana está asociada con los medios áridos y semiáridos situados en las márgenes de los grandes sistemas fluviales de Egipto, Mesopotamia, la India y China" (Palerm, 1967: 162). Este es quizá, a nuestro modo de ver, uno de los aspectos de su obra que no llegó a desarrollar suficientemente. Aunque a lo largo de sus escritos se pueden encontrar varios análisis de condiciones ambientales, lo cierto es que suele hacer lo de forma superficial. Otro tanto ocurre con sus consideraciones sobre los sistemas de regadío en el Cercano Oriente, que tampoco llegó a estudiar con profundidad. La obra de Veré Gordon Childe sigue ofreciendo en la actualidad una gran cantidad de posibilidades y muestra la enorme riqueza de un pensador que tuvo como principal objetivo explicar científicamente las causas del desarrollo de las sociedades.

La verdadera formulación del evolucionismo multilineal y de la metodología necesaria para su aplicación fue realizada por el arqueólogo norteamericano Julián Steward (1955). Para ello partió de la existencia de regularidades significativas en el cambio cultural y basó su metodología en la determinación de las correspondientes leyes culturales. Su interés por los planteamientos históricos no le llevó a pensar que todos los datos fueran susceptibles de ser clasificados en estadios universales. Para él la evolución multilineal carece de esquemas a priori y de leyes preconcebidas, centrando su metodología en el uso de las nociones de paralelismo y causalidad cultural, en el desarrollo de una taxonomía adecuada para clasificar, caracterizar e identificar los fenómenos culturales, y en la distinción entre instituciones de carácter estratégico y de carácter secundario.

Algunos autores posteriores (Harris, 1978: 571) consideran que Steward fue mucho más allá, sentando las bases de la ecología cultural y del materialismo cultural. Es evidente que algunos de sus planteamientos se ajustan a la definición de materialismo cultural. Trata de establecer una taxonomía de los ejemplos empíricamente identificados de líneas paralelas de desarrollo. Sirva de ejemplo su definición de «núcleos culturales»: "la constelación de rasgos más estrechamente relacionados con las actividades de subsistencia y con los dispositivos económicos" (1955:37).

Llegados a este punto es vital tener presente que la orientación que cada investigador ha dado a sus planteamientos a lo largo de la historia ha dependido de las influencias teóricas predominantes en cada momento. La reacción boasiana en Estados Unidos acabó con el evolucionismo, y la explicación del «pensamiento» y las «ideas» se convirtió en el principal foco de los estudios antropológicos y arqueológicos. Se asumió una estrategia de investigación «idiográfica» enfocada desde una perspectiva «emic», describiendo por tanto, la cultura desde el punto de vista de los propios participantes e insistiendo en su carácter particular y no recurrente. El resultado fue el abandono de los planteamientos teóricos que no volvieron a desarrollarse, como ya hemos visto, hasta el período comprendido entre 1940 y 1960.

En el caso de Europa -exceptuando a los ya mencionados Gordon Childe y Wittfogel- las tendencias teóricas en arqueología siguieron un camino parecido. Los trabajos arqueológicos de las escuelas británica, francesa y alemana, continuaron en la línea descriptivo-analítica que los habían caracterizado desde los inicios de esa disciplina en el siglo XIX. La antropología seguía las diferentes escuelas nacionales. En Inglaterra, el funcionalismo, que había iniciado Bronislaw Malinowsky, tenía un enfoque ahistórico que la apartaba de los intereses propios de la arqueología y en Francia, la escuela sociológica representada por Emile Durhkeim, Marcel Mauss y Claude Levi-Strauss, tampoco contribuía mucho a su desarrollo.

Como ya apuntaba Delibes en su artículo, el punto de inflexión para una situación que se había enquistado en ambos lados del Atlántico, fue la publicación en 1962 de un artículo del arqueólogo norteamericano Lewis R. Binford: "Arqueología como Antropología" que revolucionó el mundo científico y situó los trabajos arqueológicos en una nueva perspectiva. En él, después de reconocer el enorme esfuerzo de la arqueología por explicar y exponer el conjunto de similitudes físicas y culturales que abarcan la existencia del hombre, se lamentaba de su nula contribución al campo de la interpretación. Tras poner de manifiesto lo inestructurado del estudio contextual de los objetos, proponía discutir la evaluación de los conjuntos arqueológicos y utilizar estas distinciones en un intento de interpretación.

Consideraba vital distinguir entre determinados tipos de instrumentos (tecnómicos, sociotécnicos e ideotécnicos) que corresponderían a lo que la escuela materialista cultural de Marvin Harris ha llamado infraestructura, estructura y supraestructura, y que abarcarían desde los instrumentos relacionados de forma primaria con el medio físico a los que forman parte del componente ideológico del sistema. A estos instrumentos Binford añadió una categorización de atributos estilísticos formales, caracterizados, cada uno de ellos, por diferentes funciones, dentro del sistema cultural total, que se corresponderían con diferentes procesos de cambio, lo que haría posible un primer intento interpretativo. El punto de vista de Binford giraba alrededor de que la arqueología debe aceptar la responsabilidad de apoyarse en orientaciones antropológicas tendiendo a una visión sistémica de la cultura, pensando en términos de sistemas culturales totales y asumiendo plenamente nuestra parte de responsabilidad dentro de la antropología.

Precisamente este punto es el que consideramos vital al momento de diseñar cualquier intervención arqueológica. Dentro de un proyecto de estas características existen varios planos de actuación derivados de intereses muy distintos. En primer lugar, encontramos el planteamiento científico derivado, por lo general, de intereses particulares o institucionales, que tiene como referencia fundamental las inquietudes propias de la investigación, como por ejemplo: ¿existe la posibilidad de establecer una relación entre estructuras ceremoniales y unidades de parentesco? En segundo lugar, nos encontramos con los intereses nacionales o lo que es igual, con la política de patrimonio arqueológico de cada país, donde incluiríamos los planes de restauración, las normas legales para su fomento y protección, así como los programas de difusión y aprovechamiento turístico de la zona afectada.

Lo cierto es que estas dos vertientes suelen entrar en conflicto con bastante facilidad. Las causas son muchas, aunque la más importante, sin duda, es la existencia de intereses contrapuestos difíciles de conciliar. Para superar esta dificultad, quizá debamos profundizar en el concepto y dimensiones del Patrimonio Cultural, especialmente en su vertiente de capital simbólico, en sus valores de uso y consumo y, cada vez con más fuerza, en sus relaciones con las actividades turísticas. Al consagrar la Constitución de 1978 la España de las autonomías el valor simbólico del patrimonio arqueológico se ha constituido en un importante rasgo de identidad y prestigio. Esto nos obliga a discutir las posibilidades y riesgos que estas relaciones entrañan, enfatizando la necesidad de una nueva valoración y reapropiación de los bienes culturales y medioambientales como prerrequisito para que el turismo pueda inscribirse en una línea de desarrollo. Debemos considerar que el patrimonio arqueológico es una superposición de temporalidad y cultura viva, de valor icónico y valor simbólico y lo que es más determinante, de valor de uso y valor de consumo. Hasta ahora la mayoría de las intervenciones arqueológicas de envergadura, han servido para fomentar un turismo desigual que ha contribuido, en buena medida, a incrementar las relaciones de dependencia, la especulación, la degradación del Patrimonio y el deterioro de la identidad.

Las intervenciones arqueológicas que actualmente se llevan a cabo se han convertido en una compleja trama interdisciplinar en la que se ven inmersos arqueólogos, arquitectos, antropólogos, historiadores, biólogos, etc., que se hace mucho más inabarcable si consideramos los intereses económicos y políticos que también entran en juego. El punto más conflictivo, a nuestro entender, está relacionado con el planteamiento teórico general. Cuando se decide intervenir en un sitio determinado, no suele buscarse un punto en el que confluyan los intereses expuestos. O predominan los planteamientos científicos o los políticos o los económicos, pero rara vez se toman en consideración los culturales. El resultado suele ser una realidad «irreal» suspendida en el tiempo y el espacio que tiene más de nosotros que de sí misma. No hay una búsqueda del equilibrio, una visión de conjunto que permita recuperar realmente aquello que fue.

Lo expuesto en estas páginas no pretende ser más que una reflexión, al hilo de lo propuesto por el profesor Delibes, sobre algo que, desde hace tiempo, viene preocupando a todos los que de una u otra forma nos hemos visto inmersos en esa compleja realidad que hemos dado en denominar «arqueología». Quizá nunca seamos capaces de dar con la orientación apropiada, pero de lo que sí estamos seguros es que es una reflexión que merece la pena que hagamos.

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