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Editorial

DIAZ GONZALEZ, Joaquín

Publicado en el año 2000 en la Revista de Folklore número 238.

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Basándose en la idea de que la compasión hacia los difuntos era una de las primeras devociones que debería cultivar el corazón de cualquier individuo, la Iglesia instituyó el rito sagrado del día trigésimo de los muertos, que San Gregorio y el papa Inocencio enriquecieron después con treintonarios e indulgencias. Algo más tarde, también pareció conveniente dedicar un mes completo a la noble tarea de recuperar aquellas almas que tenían que pasar -según la vetusta creencia aceptada por la Iglesia- por un estadio de sufrimiento para llegar purificadas hasta el cielo. San Bernardino decía que, por encima de la propia instrucción y aprendizaje de la doctrina, estaba el hecho importantísimo de mover el corazón a la piedad y despertar el sentimiento hacia la memoria de aquellas personas que nos habían precedido y que, como también nos habría de suceder en un momento dado a nosotros, dejaron el mundo de los vivos. De este modo, y con estos y otros abundantes precedentes, la Iglesia comenzó a fomentar las devociones particulares hacia las ánimas, que se fueron puliendo y reformando gracias a la acción estatutaria de innumerables cofradías, encargadas de velar por la pureza e intención de las costumbres, además de difundir el rezo y cántico de oraciones como el Rosario de Difuntos y los Gozos, o de hacer populares las Novenas y el Mes dedicado a las Benditas ánimas del purgatorio.