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HUELLAS LEGENDARIAS SOBRE LAS ROCAS: TRADICIONES ORALES Y MITOLOGIA COMPARADA

PEDROSA, José Manuel

Publicado en el año 2000 en la Revista de Folklore número 238.

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En agosto de 1995, en el transcurso de una expedición etnográfica que realicé en la comarca de Estella (Navarra), tuve la ocasión de recoger, en el pueblo de Ganuza, la siguiente leyenda referida a las míticas huellas de Santiago que los habitantes de la zona creen que desde hace muchos siglos están impresas en las peñas de una sierra cercana:

«Cuando subía Santiago, decían, subía por ahí por el puerto; y cuando llegó ahí Santiago, dicen que la mula llegaba tan cansada que ahí se reventó, se cayó muerta. ¡Pobre mula! Entonces, que dijo el santo:

— ¡Aquí dedicaré una ermita a Santiago!

Y ahí se puso esa basílica. Ahí está la huella, pero vete a saber si era o no. Más arriba de la Peña Rajada. Pero ahora, para ver si es cierto o no es cierto, ahora esa huella, no sé. Porque cuando éramos chicos decíamos:

— Mira, ésta es la huella del caballo de Santiago.

Decíamos:

— Esta es la huella del caballo de Santiago.

Decíamos los chicos. Cuando éramos pequeños, entonces se subía mucho a la sierra. Nos subíamos andando, por ahí, por el barranco. Ahora han puesto el camino por allá, y todo el mundo sube en coche. Nos creíamos que era la huella. Era como la de un caballo, en una piedra. Yo no me acuerdo ni dónde era. ¿No ve que esas costumbres ya se quitan, si no hay alguien que las siga?».

En su casa de Ganuza, al pie de la sierra donde se alza la basílica de Santiago, las mismas mujeres me informaron de que también en las cercanías se encontraba la que llamaban la Peña Rajada, porque se creía que en ella había dejado su huella el filo de la espada del santo:

Pues ahí arriba, en esa Peña, ¿verdá?, donde está ese abujero, había una ermita a San Gaudencio; y no sé qué obispo, porque eso estaba todo escrito en un libro, vino y quitó el altar, y hizo bajar el santo, y ahí no se celebró nada más religioso.

Fue ese santo allá a vivir, a hacer su vida ermitaña y eso; y allá vivía y comía y todo, claro, hasta que se murió. Y luego más abajo, en San Paulo, había otra ermita. Y también lo mismo, vino el obispo y también mandó quitar la ermita y el santo; y solamente dejó la de Santiago, que no es ermita, que es basílica, ¿eh? Subimos todos los años en romería el primer domingo de junio, y nos ajuntamos los de Ganuza, los de Oyobarren, y luego vienen los amescoanos.

El día de Santiago subían ahí en romería, pero entonces subían los veinticinco pueblos, que es distinto. Tienen una junta y daban todas las cuentas de todo el año y todo. Pero lo que hacemos nosotros es distinto, es como una romería que hacemos los pueblos para celebrar la misa y nada más. Ni hacemos cuentas ni nada. Cuando se hacen cuentas es el 25 de julio, que se iba hasta hace unos años ahí. Pero en vista de que mucha gente no quería subir, entonces trasladaron la fiesta esa de las cuentas y demás, ahora a San Miguel; porque había varias juntas que hacían al cabo del año. Y eran las principales las de Santiago y las de San Miguel. Y hacen la de San Miguel ahí arriba. Nos contaban de pequeños, nos decían siempre:

Encimita de San Paulo
hay una Peña Rajada,
que la ha rajao Santiago
con el filo de su espada.

Eso nos han dicho siempre, toda la vida. ¡Como nos contaban que Santiago luchaba contra los moros y ayudaba a los cristianos...! Y allí está la Peña, que está rajada así por medio.

Esa ermita, en tiempos de antes, era de un santo catalán, de San Cucufá. Y después yo no sé qué arreglo tuvieron, con los catalanes; ya se hizo para el apóstol Santiago (1).

La leyenda de las huellas de Santiago en la sierra de Lóquiz navarra guarda muchos paralelismos con la de las huellas supuestamente dejadas por San Fausto en otro pueblo cercano, Ancín. En toda la comarca de Estella se cree, en efecto, que

San Fausto iba con un caballo, y con la pezuña del caballo hirió la tierra y se quedaron las huellas allí (2).

Una mujer de Ancín me informó de que:

Yo tengo idea de que en las peñas de San Fausto había un pueblecico que se llamaba San Fausto, y pertenecía a Iranzu, al monasterio de Iranzu, lo que estaba entonces. Entonces ese pueblo iba desapareciendo, y se fueron las personas a Eraul, pero se quedó la iglesia como si fuera una ermita, y en esa ermita se quedaron tres santos, San Fausto, San Blas y la Virgen. Como San Blas y la Virgen estaban muy deterioraos... y se quedó entonces San Fausto. Luego, pues como cada vez se iba deteriorando más, esa imagen de San Fausto se llevó a Eraul, que debe estar en Eraul, y que está distinta, está de pie, y distinta que la que está aquí de San Fausto. Y allí se quedaron unos frailes en esa ermita, como ermitaños, que hasta el año 1729 me parece estuvieron allí; y además, hasta incluso se sabía, tenían escrito, el nombre de esos tres últimos frailes o ermitaños que estuvieron en la peña de San Fausto.

En, Ancín, me dijeron que al pasar San Fausto por Ancín y al escarbar, se quedó la marca de la herradura. Yo no la he visto. Siempre he visto un clavo. Decían:

- ¡Vamos a la fuente del clavo!

O sea, la fuente es la sima de San Fausto. Pero sí que había como un clavico así levantao. Yo ahora ya no sé si está, porque hace mucho que no lo he visto.

Bueno, en la fuente, pues éste, era don Pablo el que tenía mucha devoción; o sea, que te metías la cabeza, y al agua, y se te curaban enfermedades. Incluso ahora, algunas veces, pues [decimos]:

- ¡Vamos a la fuente de San Fausto a mojarnos, que igual se nos quita el dolor! Es que este cura, don Pablo Vela, estuvo 53 años en Ancín. Yo pienso que Ancín es una zona acuífera, porque está debajo de estas sierras, ¿no? Pero sí que baja el riachuelo éste, porque cuando el señor Donato dice que se metían de chicos, pues que hay como un regacho de agua y que baja por debajo del altar mayor. Sí recuerdo cuando éramos chicas, que nos decía el cura:

- Mirar, poneos las orejas en el suelo, ya veréis cómo se oye el murmullo del agua.

Bueno, también San Fausto es el patrono de los matrimonios para la fecundidad, y cuentan de muchas personas, por ejemplo el duque de Elío, [que vinieron] pidiendo que tuvieran un hijo, que tuvieran descendencia; y la tuvieron, y entonces hicieron un regalo.

Bueno, pues mira, don Pablo Vélaz fue un cura que estuvo en Ancín 53 años, o sea, mis padres fue el único cura que casi conocieron. Pues era muy padre de todos. Y tenía una devoción terrible a San Fausto. Y ése padecía mucho de reúma. Entonces, un año bajó durante la novena que se hacía antes del 13 de octubre, que es el patrón; y bajó todos los días a meterse en el agua, y se curó del reúma. Y a los veinte o treinta años después de que se había curao, pues escribió una carta no sé si al obispo de Calahorra, dándole las gracias y diciéndole lo que le había ocurrido (3).

Las leyendas en torno a Santiago y a San Fausto son de las más arraigadas dentro de la hagiografía tradicional de la comarca de Estella. Aunque las dos presentan elementos y motivos folklóricos merecedores de comentario desde diversos puntos de vista -por ejemplo la capacidad fecundadora y remediadora de la sequía de San Fausto, o la capacidad sanadora del agua de su fuente-, nos vamos a centrar en esta ocasión simplemente en la leyenda de sus huellas y en su conexión con tradiciones y costumbres de índole más general, incluso de alcance universal.

Efectivamente, las leyendas sobre huellas dejadas por personajes divinos o épicos (como los santos, Cristo, la Virgen, el Cid, Roldán, etc.) e incluso demoníacos, están muy arraigadas en toda España, y puede decirse que en todo el mundo. En la misma comarca de Estella, en Amézqueta, se conserva lo que los lugareños creen que es una huella de la Virgen (4). Antón Erkoreka ha publicado un profundo y ejemplar trabajo titulado "Catálogo de huellas de personajes míticos en Euskal Herria" (5), en el que hace referencia no sólo a las huellas de Santiago y San Fausto en Lóquiz y en Ancín, sino también a otras huellas míticas en Amezkoa, en las sierras de Andía, Aralar y Urbasa, en Ezkurra, Goizueta, Leiza, Luzaide/Valcarlos, Roncal, Torrano y Zalba, por citar únicamente las del ámbito navarro. Y a muchas más en todo el ámbito tradicional vasco. Ello es indicativo de la extensión e implantación general del fenómeno.

Estrecha relación con la cuestión de las huellas de Santiago de Lóquiz tiene la siguiente leyenda, recogida en Cantabria, y que muestra un desarrollo narrativo bastante diferente de la creencia sobre las huellas del mismo santo:

La devoción al glorioso Apóstol Santiago el Mayor, hijo del Zebedeo, en nuestra provincia quedó recogida en una pasmosa leyenda que refiere el extraordinario hecho acaecido en la zona de San Vicente de la Barquera, término de Santillán, donde existe la caverna del Culebre sobre horadados acantilados costeros. Allí anualmente dejaban los vecinos como tributo una núbil doncella para que la devorase aquel monstruo cruel (que como Anfisbena se movía lo mismo hacia atrás que hacia adelante y habitaba la caverna), librándose así el vecindario de mayores males. Pues ninguna fuerza humana le hacía redrar de sí, permaneciendo renitente a cualquier componenda o sustitución. Hasta que un año, preparada para el sacrificio, la joven piadosa de turno invocó fervorosamente al Apóstol Santiago para que la salvara de tan cruenta muerte. Surtió desde el principio la primera plegaria, pues al culebre, de impenetrable tugumento, empezó a desprendérsele de la piel sus escamas gangrenosas en forma de fúrfura hedionda, y en el momento en que iba a ser inmolada por el fabuloso ente de potentísimo silbo y aguijón al aire, que fiamívoro echaba fuego y exhalaciones de azufre por boca y narices, cayó fulminado por la intervención del Apóstol, sin sufrir daño alguno la presunta víctima.

Añade la tradición que algunos vecinos pusieron en otra ocasión una trigueña y bella doncella cerca del farallón de la caverna en la noche de San Juan, y el monstruo terrible no salió de su escondrijo. Se atribuyó a la creencia extendida de que en esa noche es en la que todos los encantamientos se quiebran y, por consiguiente, el culebre de la cólera en los ojos permaneció aquietado y como en un sueño de parálisis eterna. Hasta que intervino el Apóstol, por lo que la muchacha salvada hizo voto de ir a pie peregrinando a Compostela, tener como santo predilecto a este gran predicador del Evangelio, y si matrimoniaba y tenía un hijo varón le pondría el nombre del divino Quijote y evangelizador de Iberia.

Como testimonio permanente del paso del Apóstol "hijo del trueno" sobre la zona costera de Santillán, al ir hacia la cueva del culebre enseñan los lugareños las herraduras del caballo de Santiago Matamoros correspondientes a las huellas de los pies de dicho caballo, y que son en realidad requienias fósiles, muy disminuidas actualmente en número por las búsquedas de los paleontólogos coleccionistas (6).

Legendarias huellas de Santiago o de su caballo se pueden encontrar en otros lugares de la geografía hispánica. En Colle (León), se cree que en el paraje llamado la Patada de la Mula han quedado marcadas las huellas del caballo de Roldán (7). En un arroyo de las inmediaciones del pueblo de Basconcillos del Tozo (Burgos) he visto no hace mucho unas gigantescas y muy impresionantes que se les atribuyen (8). Y tengo noticias de que en las puertas de la Colegiata de Castrojeriz, también en Burgos, quedaron impresas las herraduras del caballo de Santiago cuando el santo se dirigía a auxiliar a las tropas cristianas en la batalla de Clavijo. Las supuestas huellas de Santiago son también visibles en Regumiel de la Sierra (Burgos), donde se dice que, igualmente, quedaron marcadas cuando el santo se dirigía hacia Clavijo (9).

Otras supuestas huellas de Santiago que cuentan con una interesantísima tradición son las de Finisterre, cuya primera noticia las da un anónimo alemán [que] señala que hay en Finisterre una especie de silla, en la cual estaban San Juan, San Pedro y Santiago, teniendo delante y a los lados la brava mar que los circundaba por tres partes. Al pie de la silla hay una roca en la que se ven impresas las huellas del Apóstol. Murguía da por supuesto que tal silla sólo se veía en los tiempos medios y comenta que a través de las confusas palabras del anónimo alemán, bien se transparenta un antiguo y desconocido uso religioso de dicha roca, perpetuándose en ella una curiosísima tradición tocante al mito del sol [...]. ¿Existía realmente esa silla en el s. XV? Rastreando la zona he podido identificar esa especie de silla en la orilla W. del promontorio. Se trata de un asiento natural de piedra, con una longitud, en la dirección Norte-Sur, de 2,40 metros. El asiento tiene un metro de anchura, y el respaldo alcanza una altura de setenta centímetros. Al lado hay otro asiento de un metro de longitud, cuarenta centímetros de anchura y un respaldo de treinta centímetros. Los dos asientos miran a la puesta del sol. Al pie de esos dos asientos se ve una roca, muy erosionada en la superficie, en la que es muy difícil determinar si lo que se ve allí son las huellas de un pie, o simplemente las zarpas del tiempo. Lo que parece fuera de duda es que el texto medieval describe esas piedras, lo que, en mi opinión, confiere al relato una autenticidad interpretativa fundamental para profundizar en la historia de la tradición jacobea (10).

Bien conocidas en la tradición leyendística de Galicia son también otras supuestas huellas de Santiago situadas en el Monte Pindó, en La Coruña:

No alto da Laxa da Moa está a ferradura do cabalo de Santiago, que quedou alí desde que Santiago fora a Moa para botar fora aos mouros (11).

También en la provincia de León, el supuesto paso del Apóstol Santiago y de su cabalgadura sigue siendo utilizado como explicación de unas supuestas huellas visibles en una peña:

Cerca del Cerro de Cifuentes hubo un peñasco en cuya superficie plana se veía perfectamente marcada la forma de una herradura de caballo, tamaño grande, que cuentan los ancianos haber sido la huella que dejó grabada el caballo de Santiago al bajar precipitadamente del referido cerro en persecución de los sarracenos (12).

En la literatura española, las creencias sobre huellas de santos cuentan con un antecedente textual curioso. En el acto III de Las mocedades del Cid, de Guillen de Castro, una de las obras de teatro emblemáticas del siglo XVII, asistimos a una escena en que San Lázaro adormece al Cid y le infunde valor y fuerza mediante su aliento. Cuando el Cid se despierta, exclama:

¿Quién sería? El pensamiento
lo adivina, y Dios lo sabe.
¡Qué olor tan dulce y suave
dejó su divino aliento!
Aquí se dejó el gabán,
seguiré sus pisadas...
¡Válgame Dios! Señaladas
hasta en las peñas están.
Seguir quiero sin recelo
sus pasos... (13).

En toda España se hallan diseminadas leyendas como ésta que encontró eco en el drama de Guillen de Castro, y atribuidas a santos y a héroes muy diferentes de Santiago. En Santa Gadea de Burgos los lugareños creen que están impresas las huellas del caballo del Cid (14). En la localidad catalana de Osor tienen la supuesta huella de San Martín (15). Y en la provincia de León se habla así de las huellas del caballo de Roldán: En el fondo del Lago Bolsín, no lejos de las Médulas, se pueden contemplar las herraduras del caballo de Roldán, cuyo jinete, fabuloso héroe de la épica francesa y sobrino del emperador Carlomagno, llegó hasta las orillas de ese estanque en persecución del malvado Fierabrás. Al contemplar cómo su enemigo adelantaba terreno, por haberlo rodeado con antelación, determinó atravesar el mismo sin más dilación, y picando con fuerza las espuelas en los ijares del corcel, al tiempo que gritaba "¿Miedo me has?" —de cuya frase tomó su origen la palabra Médulas-, el caballo penetró con tal ímpetu en las aguas, que sus herraduras quedaron fijadas por arte de encantamiento en el lecho del lago, y allí permanecieron muchos años, si bien ahora se han tornado ya en vistosas y llamativas plantas acuáticas de color ferruginoso (16).

También en la provincia de Salamanca, localizadas concretamente en el camino de Carrascalejos a Tamames, ha quedado memoria de unas supuestas huellas de Roldán:

Bernardo del Carpió, valiente capitán de las tropas castellanas, cuentan que en ese descampado de Carrascalejos esperó a los franceses, al mando del famosísimo Roldán, hace ya muchos, muchos años. La batalla fue ruda, terrible, y las tropas de Roldán, acuchilladas y sofocadas, huyeron a la desbandada por esos campos. Tanta fue la matanza, que los arroyos corrieron encarnados durante largos días. Roldán, ya lo sabrá usted, estaba encantado y no podía ser herido sino en el pie, que llevaba muy resguardado. Al escapar sus parciales, fue cercado, y mil golpes cayeron sobre su cabeza y sobre su ancho pecho. El guerrero encabritó su caballo, saltó por encima de sus enemigos y salió a escape por estos campos. Al llegar a este sitio, abrasado por el ardor de la pelea y la precipitación de la fuga, caballo y caballero se sintieron rendidos.

- ¡Agua, agua! -gritó Roldán-. O soy perdido; pues mis enemigos me darán alcance si interrumpo mi precipitada carrera.

Y ¡zas!, dicho y hecho: aquel hombre extraordinario hincó su lanza al pie de esta peña, saltaron hierbas y peñas y manó esta fuente.

Al mirarla, el sediento caballo de Roldán se arrodilló sobre la roca y bebió con ansia. El guerrero hizo lo propio, y caballero y cabalgadura recobraron la fuerza y el vigor para proseguir su acelerada marcha.

- ¿Veis -añadió Miguel- los dos agujeros de esa piedra? Pues son las huellas de las rodillas del caballo de Roldán. Y, en efecto, en la peña donde yo estaba sentado se veían dos rebajos circulares anchos, que delataban en el célebre caballo un desarrollo verdaderamente fenomenal (17).

Las leyendas sobre las huellas de Roldán se hallan también muy difundidas en la tradición francesa, como ha puesto de relieve el gran etnógrafo Paúl Sébillot:

Algunos héroes carolingios también han dejado huellas profundas de su paso; se pueden ver las de Roldán sobre una piedra en Roquecor (Tain-et-Garonne); y una segunda huella se encuentra en Saint-Aman, a tres o cuatro kilómetros de allí; deteniéndose en el valle de Roncesvalles, se encuentra la marca de su bota sobre una roca que hay entre Louhoussoa e Itxassou. Cerca de la vertiente de la Vologne, a alguna distancia de Gérardmer, muchos pretenden reconocer, en una depresión que hay en un bloque de granito, la huella del pie de Carlomagno...

Muchos corceles de los héroes de la novela o de la epopeya han dejado sus huellas para que las muestren las gentes del vecindario; las del caballo de Roldán, que se encuentran sobre todo en la región pirenaica, son las más numerosas. Cerca de Céret, los habitantes llaman las ferraduras del cavall de Rotlan a las depresiones gigantes que se observan a los lados de la montaña. En Gavarnie, el caballo del paladín dejó marcadas sus patas sobre la roca, mientras que su dueño hacía la brecha que lleva su nombre. Una de las caras del menhir, hoy destruido, de la Batalla, llamada también Pedra llarga, Mastra de Rollan o de Massanet, dejaba ver una figura que el vulgo de los alrededores tomaba por la huella de las patas del caballo de Roldán. Hace una cincuentena de años se podía observar, cerca de la aldea de Champs-Dolent, entre Tonnerre y Mézilles, una enorme piedra plana que tenía marcada una silla de caballo de al menos 50 centímetros de largo, y que habría sido producida por un golpe de la pata del corcel de Roldán (18).

En una sierra cercana a Archidona (Málaga) se cree que se puede observar todavía El tajo del moro y las huellas que dejó la cabalgadura de un fugitivo moro que huía tras un lance bélico de la Reconquista:

Una y otra vez hunde las espuelas en las ijadas de su potro que se resiste a obedecer. Al fin, el animal fustigado sin tregua, se lanza desde la cúspide de la sierra al espacio, yendo a estrellarse con el jinete a la profundidad del valle. Con tanto ímpetu apoyó el caballo las herraduras sobre las piedras al saltar, que dejó impresas sus huellas, señal que aún puede verse y que los habitantes de Archidona muestran al visitante con ingenua satisfacción, acompañándolo hasta la cima del Tajo del Moro, desde donde se goza el despliegue de un panorama magnífico (19).

En San Juan de la Peña (Huesca) son veneradas las huellas del caballo de San Voto:

En la gran roca todavía pueden verse las supuestas huellas dejadas por los cascos del caballo de Voto, puesto que hay quien asegura que el animal no es que se posara nuevamente sobre el suelo sino que milagrosamente pudo frenar su carrera a escasos milímetros del precipicio por el que se habría despeñado el ciervo [que perseguía] (20).

Pero no han sido únicamente los santos los que han dejado este tipo de huellas desperdigadas por la geografía física y cultural de España. En muchos lugares se atribuyen también determinados accidentes geográficos a las pisadas de diversos seres infernales. De Huesca es también esta interesantísima información:

Se divisa el torreón defensivo de Santa Eulalia. Cuentan que en tiempos ancestrales una mora estaba allí prisionera. Un día decidió pegar un gran salto, y volando por los aires algunos kilómetros, vino a posarse en la mole pétrea, en la que quedaron grabadas para atestiguar el prodigio de las huellas de sus dos pies. Una de ellas es deforme, lo que nos entronca con la creencia mítica en seres malditos descendientes de los diablos que fueron expulsados al paraíso y que, al caer en la tierra, quedaron cojos, transmitiendo este mal a sus herederos (21).

Cerca de Peñaranda de Duero, en la provincia de Burgos, se conservan varias leyendas de este tipo: La huella más conocida que hay en la Ribera es la del llamado pie del diablo grabado en una roca sobre la que se asienta el castillo de Peñaranda de Duero (22).

El mismo Camilo José Cela, en su novela Mazurca para dos muertos, hace referencia también a este tipo de huellas diabólicas:

A los viajeros, cuando se les quiere pasmar, se les enseña el monasterio de Oseira, la huella que dejó el demonio en la loma del Cargadoiro, se ven muy bien sus pisadas de cabra(23).

En lugares tan lejanos como Chile abundan extraordinariamente las huellas no de santos ni de héroes, sino de otros seres infernales:

Hace muchos años, en Peumo, en la cumbre del cerro Gulutrén, vivía el diablo, de ahí su nombre Habitación del Diablo o Cerro del Diablo [...]. Frente a Peumo, en el lugar denominado Lamarhué, hay una piedra plana que tiene grabada una acancha de tejos y dos orificios que señalan los puntos del demonio. Además, dibujadas en esta misma roca hay una pata de mula y dicen que fue el demonio que, enojado por no figurar o lograr una mejor puntería, pateó con fuerza la piedra y dejó ese mudo testigo de su existencia. Fue tanta la intranquilidad y alarma en que vivían los habitantes de Peumo, que al final acordaron colocar en el maldito cerro una gran cruz de hierro que corona la cima del cerro Gulutrén (24).

La Pata del Diablo. Entre San José de Maipo y Melocotón, en la piedra del cerro, está impreso profundamente el pie, porque aquí se apoyó para dar el salto sobre el río (25).

Volviendo al seguimiento de las huellas de personajes sagrados, hay que decir que en Brasil son muy comunes este tipo de leyendas:

Em diversos lugares o povo nos mostra a marca deixada pela sandalia de Jesús, Nosso Senhor, ou de Maria "quando andaram no mundo". Sao Miguel aleixou a marca dos seus pés no Cerro de Sao Miguel (Rio Grande do Sul)(26).

También en algunas tradiciones africanas se pueden encontrar leyendas parecidas. Así, los bubis de la isla de Bioko, en Guinea Ecuatorial, creen que

En cierto tiempo se quedaron sin comida los habitantes de Moeri. Y Laja, compadecido de su pueblo, se decidió por ir a sacar ñames de las fincas de los habitantes de Basacato del Oeste. Los espíritus de Basacato le sorprendieron en el acto de robar y Laja se vio forzado a emprender una rápida huida. Laja venía a toda velocidad, perseguido por los espíritus de Basacato, cuando se encontró con el obstáculo de la montaña antes mencionada. No tuvo otra solución que dar un salto de gigante y, al caer al otro lado, se hundieron los pies en la tierra, formando un hoyo que muy pronto resultaría un manantial de agua perenne para el pueblo (27).

Estas leyendas americanas y africanas son indicativas del arraigo internacional y multicultural del fenómeno, al que ha dedicado las siguientes palabras Antón Erkoreka:

Uno de los podomorfos más venerados y más complejos en su interpretación, es el que se encuentra en Sri Lanka (Ceilán), en el corazón de la isla, en la cima del pico que domina la isla y que los mapas señalan con el nombre de Adams Peak (el Pico de Adán), a 2.243 m. de altitud.

Según las tradiciones cristianas, y sobre todo musulmanas, cuando Adán fue expulsado del paraíso, el primer paso que dio sobre la tierra fue en la cumbre de esta montaña donde dejó la huella de su pie que todavía se conserva y es venerada por los fieles musulmanes que dan a esta montaña el nombre de Pico Laran.

Los budistas, en cambio, hablan de Shakyamuni Borkan, ya que consideran que esta huella fue hecha por el príncipe Gautama Shakyamuni, o sea el propio Buda. Una tercera leyenda nos cuenta que Shiva desapareció y que Brahma y Visnú empezaron a buscarle por toda la tierra. Los tres dioses, que constituyen la sagrada trimurti india, coincidieron en este lugar donde Shiva dejó la huella de su pie, de ahí que también se le llama el Pico de Shiva y sea asimismo un importante centro de peregrinación hindú.

En el lugar donde se encuentra la huella existe un monumento en el que se conservan reliquias sagradas, como el cuenco de Adán, alguno de sus dientes, etc., venerados por todas las religiones. La huella es una concavidad labrada en piedra, de tamaño superior al de una verdadera huella humana pero idéntica a ella, distinguiéndose claramente las marcas de los dedos así como la bóveda plantar y los puntos de apoyo del pie.

Huellas similares producidas presuntamente por fundadores o personajes significativos de otras religiones se conocen en varios lugares del mundo. En Jerusalén los musulmanes veneran las huellas dejadas por las pezuñas del caballo de Mahoma en la roca que se conserva en el interior de la llamada, por esta razón, Mezquita de la Roca. Esta piedra no es otra que la utilizada por Abraham para intentar sacrificar a su hijo Isaac y sobre la que, según la tradición judía, se sentará Dios el día del Juicio Final para dictar sentencia a todos los hombres que se reunirán, con este fin, en el contiguo valle de Josafat.

Jesucristo, al ascender a los cielos, también dejó grabada sobre una roca la huella de uno de sus pies, podomorfo que actualmente se venera en la llamada Iglesia de la Ascensión, en realidad mezquita musulmana, situada en el Monte de los Olivos de Jerusalén

En muchos otros lugares del mundo: Europa, Cáucaso, Argelia, América, China, India, etc., se encuentran, a veces en acantilados o lugares cercanos a la costa, hileras de marcas que son interpretadas por los naturales como huellas de diferentes personajes religiosos, mitológicos héroes locales, etc. (28).

El siguiente es un párrafo del gran antropólogo Edward B. Tylor que amplía extraordinariamente el marco credencial en que todos estos fenómenos deben ser entendidos:

Los mitos de las huellas estampadas en la roca por dioses u hombres poderosos no son los menos curiosos entre los de este tipo, no sólo por la fuerza imaginativa requerida para ver huellas en meras cavidades redondas o alargadas, sino también por la unanimidad con que egipcios, griegos, hindúes, budistas, cristianos y musulmanes las han adoptado como reliquias, cada grupo desde su propio punto de vista. El ejemplo más conocido es el de la huella sagrada de Ceilán, que es una cavidad en la roca, de 5 pies de largo y 2'5 de ancho, en lo alto del llamado Pico de Adán, consistente en algo así como una gran huella impresa que muestra también la separación de los dedos. Hinduístas, budistas y musulmanes todavía suben a la montaña para adorar la huella; para los hinduístas representa la huella de Siva; para los budistas, la del gran fundador de su religión, Gautama Buda, y para los musulmanes es la huella que dejó Adán cuando fue arrojado del paraíso; además, los gnósticos han sostenido que son las huellas de leu, y los cristianos se han dividido entre quienes reclaman que son las de Santo Tomás, o bien las de Eunuca de Candacia, reina de Etiopía. Los seguidores de estas diferentes religiones han encontrado huellas sagradas en muchos países del Viejo Mundo, y los cristianos han llevado esta idea a varias partes de Europa, donde los santos han dejado sus huellas; mientras que en América, Santo Tomás dejó sus huellas en las estribaciones de Bahía, como recuerdo de su mítico viaje.

Por lo que sabemos, todos los mitos sobre huellas del Viejo Mundo han debido de tener un origen común, y han viajado de un pueblo a otro. La leyenda se encuentra también en las islas del Pacífico, porque en Samoa, dos oquedades sagradas de cerca de seis pies de longitud, impresas en una roca, se enseñan como las huellas de[l dios] Tiitii, que las dejó allí cuando separó los cielos de la tierra. Pero hay razones que pueden hacernos dudar de la consideración de toda la mitología polinesia como independiente de la influencia asiática. En Norteamérica, en un flanco del llamado Great Pipestone Quarry, se colocó el Gran Espíritu cuando la sangre de los búfalos que estaba devorando corrió hacia la roca y se volvió roja, quedando allí sus huellas, que pueden verse profundamente marcadas en la roca, en la forma de rastro de un gran pájaro; mientras que en Méjico se puede discernir, en la sólida roca de Tlanepantia, la marca de la mano y el pie dejados por el poderoso Quetzalcoatl.

Hay tres tipologías de huellas impresas en roca que pueden haber servido como base para las leyendas de este tipo. En muchas partes del mundo hay huellas fósiles de pájaros y bestias, muchas de gran talla. Otras veces sucede, como entre los indios norteamericanos, que tienen especial disposición a grabar ellos mismos en las rocas huellas de hombres y animales, muchas veces junto a las figuras de animales a las que pertenecen. Estas huellas están en ocasiones hechas de modo tan natural que pueden ser confundidas con las reales. La roca sobre la que Andersson escuchó contar historias en Sudáfrica, "en la que las huellas de todas las clases diferentes de animales indígenas del país son perfectamente visibles", es probablemente una escultura en la roca. En tercer lugar, hay también una serie de oquedades informes y naturales con las que también han estado asociadas muchas leyendas del Viejo Mundo. Ahora, la dificultad en resolver el problema del origen de estos mitos se cifra en si todas las huellas son fósiles reales, o buenas esculturas, las historias de los sucesos que las motivaron pueden haber crecido de manera autónoma por todas partes; pero uno tiene que hacer demasiado esfuerzo para imaginar hombres tan imaginativos en tantos lugares diferentes y llegando por separado a la original conclusión de que meras oquedades de seis pies de largo sean huellas monstruosas, a menos que la noción de huellas monstruosas encontradas en todas partes fuese ya común (29).

Con estas palabras de Edward B. Tylor podemos dar por concluido, al menos por el momento, nuestro seguimiento de las leyendas sobre huellas de personajes míticos documentadas en tierras de la península Ibérica y de todo el mundo, lo que puede ayudarnos a entender nuestra cultura como un engarce en que lo particular y lo universal se dan la mano.

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NOTAS

(1) Las informantes fueron Gloria Vician y María Socorro Vician, hermanas nacidas en 1930 y 1932 respectivamente, y entrevistadas por mí en Gamita en agosto de 1995, en una encuesta realizada junto con Alfredo Asiain Ansorena y Mariola Roa.

(2) La informante fue Francisca Irisarri, de 89 años, entrevistada por mí en Estella en agosto de 1995.

(3) La informante María Lourdes Sany., nacida en 1938, fue entrevistada por mi en Ancín, en una encuesta realizada junto con Alfredo Asiain Ansorena y Mariola Roa.

(4) Véase LARRION, José Luis: Romerías, Pamplona, Diputación Foral de Navarra, 1982, p. 29. Por otro lado, en PEÑA SANTIAGO, L. P.: Leyendas y tradiciones populares del País Vasco, San Sebastián, Txertoa, 1989, pp. 133 y 172, hay alusiones a las leyendas de las huellas de Santiago y San Fausto en Lóquiz y en Ancín, respectivamente.

(5) En la revista Munibe, 47, 1995, pp. 227-252. En el útil apéndice bibliográfico menciona otros estudios, suyos y ajenos, sobre la misma cuestión. Véanse además otros trabajos suyos acerca del mismo tema: "Notas en torno a unas incisuras existentes en rocas de la ría de Gernika y zonas costeras próximas", Kobie, 6, Bilbao, 1975, pp. 165-181; "Laminak (Recopilación de leyendas D", Cuadernos de Etnología y Etnografía de Navarra X/30, 1978, pp. 451-491, pp. 489-490 (sobre supuestas huellas de pies y de manos de lamias); y Contribución al Atlas Etnográfico de Euskalerría. Investigaciones en Bizkaia y Gipuzkoa, dir. Antón Erkoreka, Eusko Ikaskuntza-Sociedad de Estudios Vascos, 1988, pp. 255-257 (sobre las supuestas huellas de San Juan en Bermeo).

(6) GARCIA LOMAS, G. Adriano: Mitología y costumbres de la Cantabria montañesa, 2.a ed. ampliada, Santander, [edición del autor], 1987, pp. 250-251.

(7) Véase: MARTINEZ ANGEL, Lorenzo: "Sobre la Patadica de la Mula, en Colle (Boñar, León)", Revista de Folklore, 211, 1998, pp. 32-33.

(8) Sobre ellas, véase también RUBIO, Elias: "La patada del Cid", Diario 76 Burgos (domingo, 11 de julio de 1993), pp. 11-13.

(9) Informaciones facilitadas por César Palacios, de 31 años, entrevistado en Burgos en enero de 1996.

(10) TRILLO TRILLO, Benjamín; Las huellas de Santiago en la cultura de Finisterre, Finisterre, Ayuntamiento, 1982, pp. 46, 48 y 49.

(11) ALONSO ROMERO, E.: "La leyenda de la Reina Lupa en los montes del Pindó", Cuadernos de Estudios Gallegos, XXXIV (1983), pp. 227-267, p. 246; véase además LLINARES, María del Mar: Mouros, ánimas, demonios: el imaginario popular gallego, Madrid, AKAL, 1990, p. 66.

(12) CALVO, Aurelio: El monasterio de Gradefes. Apuntes para su historia y la de algunos otros cenobios y pueblos del concejo, León, Imprenta Provincial, 1945, pp. 26-27.

(13) CASTRO, Guillen de: Las mocedades del Cid, ed. S. Arata, Barcelona, Crítica, 1996, Acto III, versos 2., 315-2.324.

(14) Información de César Palacios, de 31 años, entrevistado por mí en Burgos en enero de 1996.

(15) Véase TOMEO, Javier y ESTAUELLA, Juan M.a: La brujería y la superstición en Cataluña, Barcelona, Géminis, 1963, p. 20.

(16) ANDINA YANES, Jovino: "Los lagos encantados: Bolsin y Carucedo", Leyendas bercianas, León, Caja España, 1993, pp. 43-46, p. 44.

(17) GARCIA MACEIRA, Antonio: "La fuente de Roldán", Leyendas salmantinas, 3.a ed., Salamanca, Ediciones Salamanca, 1961, pp. 67-73.

(18) Traduzco de SEBILLOT, Paúl: Le Folk-Lore de France, I Le ciel et la Terre, París, Maisonneuve et larose, 1968, pp. 369 y 383; véase, en general, todo el capítulo titulado "Les empreintes merveilleuses", en pp. 359-412.

(19) VAZQUEZ OTERO, Diego: "El tajo del moro", Leyendas y tradiciones malagueñas, Málaga, Excma. Diputación Provincial, 1959, pp. 171-179, pp. 178-179.

(20) SERRANO DOLADER, Alberto: Historias fantásticas del Viejo Aragón, Zaragoza, Mira, 1994, p. 31.

(21) SERRANO DOLADER, Alberto: Guía mágica de la provincia de Huesca, Huesca, Ibercaja, 1994, p. 72.

(22) MARTIN CRIADO, Arturo: "Antiguas creencias populares”, Revista de Folklore, 217, 1999, pp. 3-22, p. 15.

(23) CELA, Camilo José: Mazurca para dos muertos, Barcelona, Seix Barral, 1983, p. 15.

(24) PLATH, Oreste: Geografía del mito y la leyenda chilenos, Santiago, Nascimento, 1973, p. 140.

(25) PLATH: Geografía del mito y la leyenda chilenos, p. 131.

(26) VAN DER POEL, Francisco y COELHO FROTA, Lélia: Abecedario da Religiosidade Popular (Vida e religiao dos pobres no Brasil), s.v. pegada, en prensa.

(27) MARTIN DEI. MOLINO, Amador: Los bubis: ritos y creencias, Madrid, Labrys, 1993, p. 86.

(28) ERKOREKA: Catálogo de huellas, pp. 229-231.

(29) Traduzco de TYLOR, Edward B.: Researches into the Early History of Mankind and the Development of Civilisation. ed. P. Bohanan (reed. Chicago-Londres, The University of Chicago Press, 1964), pp. 98-100.