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El Fandango. Alosno, Paco Toronjo

GARRIDO PALACIOS, Manuel

Publicado en el año 2000 en la Revista de Folklore número 239.

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Me pide un paisano alosnero que escriba sobre el fandango. Puede parecer impropia la petición por cuanto poco puedo aportar a un tema que cuenta con tantos entendidos. Pero puestos a buscar razones, la cercana podría estar en su aprecio, mientras que la lejana habría que verla en una docena de películas que hice en Alosno, en espacios radiofónicos (Espadaña), en la producción de discos (La Voz Antigua), en ponencias en Congresos (Huesca, Almería, Soria, Moscú, Calcuta...) y en libros (Alosno, palabra cantada y El cancionero de Alosno) donde he tratado de ello. Poco más.

Cantar es decir verdades
con un poquito de son,
son palabras que a los labios
llegan desde el corazón.

Sería bueno ver qué significa fandango, algo que conocemos como expresión cantada (a veces se baila) capaz de condensar en cuatro o cinco versos octosílabos toda una historia lírica:

Cuando yo niño sembré un clavel
que triste estaba,
como triste lo sembré,
tristes clavelitos daba.

Partiré del camino que propone Corominas, insertando en paralelo otros seguimientos, dejando latente la propia tentación de relacionar este sentir lo que se dice y decir lo que se siente, con la voz fandus -a -um (que puede decirse; dicemdum), que aparece en Fuentes españolas altomedievales. Códice Emilianense 46, o, lo que es lo mismo, el primer Diccionario Enciclopédico de la Península Ibérica.

Hombre de la tierra soy,
a la tierra he de volver,
ya no sé si vengo o voy
o si morir es nacer.
Lo que no dejo es de arar,
que lo que revuelva hoy
mañana florecerá.

Corominas da a la palabra fandango un «origen incierto, quizá de “fandango, derivado de fado, canción y baile populares en Portugal; (latín FATUM "hado" porque el fado comenta líricamente el destino de las personas)» y data la primera documentación en 1705. Según Autoridades, es «baile introducido por los que han estado en los Reinos de las Indias». «En la Argentina, ya a principios del siglo pasado (Hidalgo), significa "fiesta gauchesca en la que suele haber baile". Fernando Ortiz lo deriva del mandinga fanda "convite", y Autoridades advierte que por ampliación se toma por cualquier función de banquete, festejo u holgura a que concurren muchas personas. "Bullicio" o "desbarajuste" se usa en todas partes. De ahí el portugués y extremeño esfandangado "mal puesto o mal vestido, desaseado". Aebischer lo documenta en manuscritos españoles de principios del XVIII, en los que se habla de un fandango de Cádiz y de un fandango indiano, y en una relación de 1725 donde se describe este baile como una danza indecente popular de Quito. Pero no consta que fuese danza de indios. Cádiz y la localización del conjunto de las danzas de esta época (zarabanda, chacona...), así como la documentación referente a Portugal, conducen a creer que la danza de Quito sería propia de los criollos y llevada a las Indias por los marineros andaluces y portugueses. Sería razonable suponer que primitivamente se dijo *fadango, derivado del portugués fado "canción popular, y baile y música con que se acompaña", que comenta el "hado" o fado de las personas. El sufijo despectivo o afectivo -ango aludiría a su carácter desenvuelto. Fandango frente a fado es como querindango junto a querido. En apoyo de esta conjetura puedo citar el nombre de fado batido que se da a un fandango especial en las tabernas de Lisboa "as bailadas sao urna especie de fandango, o fado batido, executado por ambos sexos com tregeitos e meneios indecorosos" explica Michaëlis (Canc. da Ajuda II) y agrega que lo de batido se refiere a los choques de muslo con muslo que caracterizan este fandango. D.a Carolina nos informa de que la existencia del fado, si bien con diferente estructura métrica, ya está documentada en el siglo XVI, para todo lo cual se funda en la Historia do fado de Pinto de Carvalho. Hubo, pues, tiempo para la formación y alteración de un derivado en -ango, y un nombre peyorativo era adecuado para llamar semejantes tipos de baile».

Lo mismo que el torreón
que azota y cuartea el viento,
así está mi corazón,
cuarteao del sufrimiento
del viento de la traición.

De fandango, esfandangado, fandangueo, fandanguillo y fandangazo, que lo trae Alcalá Venceslada como «fiesta popular de canto y baile», con cita de Salvador Rueda (El gusano de luz.): «...las personas asistentes al fandangazo, como llama la gente andaluza, por instinto onomatopéyico, a las fiestas de gran bullicio...». Fandangueo sería la acción de ir al fandangazo: «...éste no se pierde un fandangueo». Fandanguillo lo comenta con la novela de Tovalo Los contemporáneos: «...aquel endemoniado fandanguillo era veloz como el viento», y anota el siguiente:

Las mujeres de la Sierra
pa dormir a su chiquiyo,
en vez, de cantarle un coco
le cantan un fandanguiyo.

Canto que tiene la versión bufa que tanto gustaba a Paco Toronjo:

Las mujeres de la Sierra
para dormir al chiquillo,
en vez de cantarle el coco
le pegan con un ladrillo
y lo duermen poco a poco.

Fandanguillo es para Autoridades una «mojiganga de inicios del XVIII». La terminación -illo parece indicar fandango menor, ligero, perfil de muchos de los criados en las lindes de Huelva, unos acompañados de baile, otros rozados para rasgos flamencos, todos pertenecientes a lo que conocemos como saber popular o folklore. Los de Encinasola, Almonaster, Cerro..., incluso admiten una armonía elemental de terceras superpuestas.

El fandango es mi alegría
es el cante que más quiero,
alegra las penas mías
un fandanguillo alosnero
al amanecer el día.

Si bien los datos sólo nos dejan entrever posibles orígenes, no el origen del fandango, sí podemos constatar su presencia en España desde los siglos XVII y XVIII. Los viajeros dan fe en sus cuadernos de su existencia. En 1780, Jean-François Bourgoing, diplomático francés, expresa la sensualidad que fluye del fandango, tachándolo, casi, de indecente porque «reanima los embotados sentidos de una edad pasada». A Giacomo Casanova, viajero en 1767, le gusta ver y aprender a bailar fandangos porque condensan «una historia de amor donde todo está representado; desde el inicio del deseo, hasta el momento del éxtasis». Joseph Baretti confiesa, ante lo pesado de un viaje, que «cualquier incomodidad se compensa por el placer de conocer y charlar con la gente, verles bailar fandangos [...] los campesinos españoles saben rasguear una guitarra y tocar las castañuelas». A su paso por Extremadura sufre un contratiempo, cuyas molestias alivia escuchando a «los muleros con los que viaja». Y Ticknor, según Mitchell, escribe en tiempos de Fernando VII: «Todas las tardes, camino de casa, me encuentro con gente que bailan boleros, fandangos y manchegas en la calle. Sus movimientos parecen tener su origen en la Naturaleza, y cuando se quedan quietos forman una estampa de lo más pintoresco».

Sueña el pobre con ser rico
y el preso sueña que es libre,
yo sueño que tú me quieres,
yo sueño con imposibles.

De modo que el fandango nos llega como canción y baile por parejas acompañado a compás ternario por los instrumentos que cada época suma: guitarra, castañuelas, platillos, violín. Del siglo XVIII acá brotan fandangos próximos a las tradiciones musicales de los pueblos. El malagueño se abre a rondeña, verdial, jabera, bandola; el levantino a taranta, cartagenera, minera, granaína; el huelvano a Alosno, Cerro, Puebla, Valverde, Almonaster, Encinasola, Santa Bárbara. Cela cita uno de Riotinto en Izas, rabizas y colipoterras:

No hay árbol como el nogal
ni fruto como el madroño,
ni cuña que ajuste más
que lo que yo sé en el coño:
¡Viva Pérez de Guzmán!

Como fruto de expresiones individuales influenciadas por el carácter flamenco que bulle alrededor, surgen los de creación personal, estilos que, como coplas que son, no son coplas hasta que el pueblo no las canta, y repite. Un brillante ejemplo creativo que recorrió ambos caminos lo tenemos en Paco Toronjo, muerto en 1998, que no sólo elevó a categoría el cante de su Alosno natal, sino que sin querer imponer impuso su estilo, su forma de decir el fandango, de colocar su contenido en el fondo del alma.

Frente a la ofensiva homologadora de los medios de comunicación, que tanto gato dan por liebre, el pueblo sabe cuándo el artista es un montaje o es la fuente de la que hay que beber, como ha sido Paco Toronjo, que parece haber cerrado con su voz cuanto por el momento había que decir cantando por fandangos.

Fíjate en lo que te hablo
y llévate mis consejos,
que el diablo, por diablo,
conoce más que por viejo.

Se alude con frecuencia al término flamenco, y hay que anotar que en siglos pasados era sinónimo de cantor. Gutiérrez Carbajo señala que de Flandes hacen derivar el flamenco Carlos Almendros y Fernando Quiñones. Según ellos, tras identificar en la corte de Carlos V flamenco con cantor, llegó a hacerse del dominio público. Félix Grande, en su Memoria del Flamenco, trae la cita: «En la Corte de Carlos V, nuestro rey flamenco, los cantores de su capilla eran de Flandes [...] se acudía a los cantores flamencos para nutrir sus respectivas Capillas [...] si se cantaba de modo solemne y, por así decirlo, profesional en los ámbitos referidos, resultaba lógico y natural que el pueblo acostumbrara a considerar al flamenco (de Flandes) como sinónimo de cantor». El Emperador llevaba siempre en sus desplazamientos por España a sus cantores flamencos. Ello cooperó a que entre las gentes se extendiera la fama del flamenco-cantor; y el sinónimo se hubo de hacer, por fuerza, del dominio público. En los libros del Coro de la Casa de Medinaceli aparece consignada la palabra flamenco y flamenco primero al principio del pentagrama, y precisamente en el lugar destinado a las voces o cantores (...). Fácil fue ya el paso de la denominación flamenco a los cantores populares por parte de las gentes a partir del siglo XVI.

Entre Portugal y España
va mi jaca galopando;
Juan de la Cruz va cantando:
¡Viva mi jaca castaña!
¡La perla del contrabando!

Un día pregunté a un fadista portugués qué era el fado. Me dijo que «lo que cantaba el destino de los seres humanos». Coincidía con lo dicho al principio y con el fondo del fandango: versos en los que el cantaor cuenta cantando una historia, la íntima quizás. El fadista se acompañaba de una guitarra con cuerdas metálicas, como las que se usaban en El Andévalo fronterizo, que hacían sangrar los dedos. Pero su música presentaba diferencias. La del fandango se basaba en una melodía resuelta en cadencias al modo dórico, reliquia que nos quedó por aquí de una cultura milenaria, mientras que el fado se abría y modulaba a diversos tonos, lo que le daba más posibilidades melódicas y armónicas. En estudios posteriores pude comprobar que el modo dórico también funcionaba a veces en Portugal, pero transportado, de forma que las posiciones de la guitarra ofrecieran una amplitud sonora novedosa, como si buscara constantemente salir del círculo cerrado: digamos a bote pronto que en vez de resolver Sol-Fa-Mi, lo hacían en Re-Do-Si, fórmula que, por sus posibilidades sonoras, tan de moda se ha puesto a partir de Paco de Lucía. En cuanto a los versos cantados, si en e] fado solían alinearse las estrofas en forma de romance, que desarrollaba una historia paso a paso, en el fandango la historia se condensaba en cada estrofa cantada, que era en sí una historia entera, independiente de la anterior y de la siguiente, que tampoco tenían por qué ser cantadas por las mismas voces.

- ¿De dónde vienes, Alosno
tan vestidito de nuevo?
- Vengo de todos los aires.
Voy hacia todos los vientos.

- ¿Por qué mar no navegaste?
- Por el que nazca mañana.
- ¿Qué viento ha venido a verte ?
- El de la Virgen de Gracia
con cinco lirios celestes.

Hablar del fandango nos lleva, sin más tregua, al pozo sin fondo que es el Alosno. Sabiamente, como todo lo que hace, Alosno señala su suelo como cuna del fandango, no como origen, que saben bien los alosneros que habría que buscarlo en el fértil seno del pueblo, igual en las propias jarchas mozárabes. Cuna es donde se mece lo nacido, donde se inicia su desarrollo, donde crece. Y no puede ser más cierto esto porque, mientras aquí o allá el fandango quedó en un cantar más, único en tantos sitios, en Alosno se hizo adulto, se fijó, se multiplicó, y junto a los fandangos anónimos (que un día tuvieron autor) brotaron los de nombre, los personales, que se sumaron a la amplia lista de estilos. El Alosno es en esto, como en otras cosas, un mundo aparte, especie de isla donde, como ya se dijo en otras ocasiones, se ha decantado y purificado cuanto de sabiduría y belleza había por la zona.

Compañera, no más penas,
mira que no soy de bronce,
que las piedras se quebrantan
a fuerza de darles golpes.

El fandango ha cuajado como síntesis de expresión, cuento cantado, un echar fuera lo que duele dentro, aquí con una música aún pegada (y que lo esté por siglos) al puro folklore, allí rozando el desgarro del flamenco, espita por la que se escapa el individuo. Y lo mismo que en el magisterio de Toronjo, ambas cualidades se encuentran en su pueblo. Es un gozo ir al Alosno y tener la suerte de que una reunión se arranque a cantar. Lo que puede escucharse en ella es el mejor notario para dar fe de que esa tradicional cuna en la que se meció el fandango le es propia. Por eso se puede cantar cierta letra cambiándole el verbo nacer por criar sin alterar su esencia:

- Fandango ¿dónde has nacío
que to'r mundo te conoce?
- Me crié en un rinconcillo
que Alosno tiene por nombre.

De todas formas, en espacio tan breve, lejos de mi estudio, y sólo hurgando en la memoria, he intentado con este acercamiento al fandango abrir algún que otro portillo por el que entrar. Si lo conseguí, valga este manojo de palabras. Si no, habrá que recurrir a la letra que a Toronjo le gustaba sacar a oreo cuando le venía a cuento:

Qué culpita tengo yo,
de no saber del fandango,
yo nací en Almendralejo,
provincia de Badajoz,
¿por qué habré nacido tan lejos?