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DEL INVIERNO FESTIVO: LAS CANDELAS EN CANTILLANA

PEREZ CASTELLANO, Antonio José

Publicado en el año 2000 en la Revista de Folklore número 240.

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Para Basilio y Mercedes, estos trozos de nuestra pequeña historia.

En el ciclo festivo del invierno cantillanero, pasada la romería de San Sebastián, que se celebraba el 20 de enero, llegaban casi sin darnos cuenta, las Candelas. En medio de la mayoría de las calles se prendían hogueras, para que los vecinos festejaran con canciones, risas y juegos, algo de chocolate y un poco de aguardiente la ya próxima despedida del invierno, o la Purificación de la Virgen, lo que cada uno prefiriera... Compartía Cantillana este hito festivo -el de la Candelaria- con muchas poblaciones andaluzas y españolas que celebran la presentación de María al Templo con actualizaciones del eterno rito del fuego.

De la festividad de la Candelaria (1) existen testimonios escritos desde el siglo IV donde se nos cuenta que la Iglesia medieval conmemoraba este día la Purificación de la Virgen, o también la Presentación del Niño Dios al Templo; seguramente cristianizando ritos grecorromanos muy extendidos entre los habitantes del Imperio. Los celtas, por estas mismas fechas del calendario festejaban con hogueras a la Diosa Brigantia.

Pero dejando de lado los orígenes casi míticos, en el pasado reciente numerosas son las poblaciones del sur peninsular que alzan hogueras el día 2 de febrero en honor de la Candelaria. Así en Orcera, Torres, Cambil, Albánchez, Jimena, Campillo de Arenas y Jódar (Jaén), o en Los Pedroches (Córdoba). En Picena, o en Jerez del Marquesado (Granada) donde tienen como Patrona a la Candelaria a la que llaman "la tizna"; y también en algunas poblaciones almerienses como Armuña de Almanzora o Suflí (2). No podemos olvidar que también en muchos pueblos de Extremadura se celebra la Candelaria con hogueras recolectando los jóvenes durante el día ramón y zarzas de los olivares y al prender las llamas se forma un coro y los danzantes gritan: ¡Qué enchore! ¡Qué enchore!(3).

Más cerca de Cantillana, en la misma provincia de Sevilla se levantan hogueras también en febrero en La Puebla de los Infantes donde se baila la sandunga danza, de origen americano; o en Peñaflor, donde los vecinos de cada calle preparan un muñeco y lo cuelgan en el centro de la calle para quemarlos durante la noche. También se alzan candelas en los pueblos sevillanos de El Ronquillo, Marinaleda, Pedrera, El Rubio y Castilblanco de los Arroyos.

EL PROLOGO

En Cantillana, en la ribera del Guadalquivir la fiesta se desarrollaba como sigue: Antes de que se fueran los últimos fríos, en cada calle se iban acumulando troncos, muebles viejos, cajas y cualquier cosa que pudiera arder en una fogata. Los vecinos vigilaban que nadie robara o prendiera el pequeño almacén de maderas que iba creciendo en un rincón de la calle incluso hasta el mismo día de las Candelas, en el que, con frecuencia, grupos de mozalbetes deambulaban por el pueblo buscando la gamberrada de encender la candela de otras calles que no fueran las suyas antes de tiempo.

La víspera, los más jóvenes cortaban algún árbol de las choperas ribereñas al Viar que desde la Sierra de Tentudía extremeña llega hasta Cantillana; bosques que aún existían y que ahora lamentablemente han desaparecido, y lo conducían entre el júbilo de los niños hasta el pueblo. Recuerdo los que se cortaban para la calle Ejido -tan próxima al río del que casi todos los años sufría sus temidas riadas-, que la convertían en una de las candelas más impresionantes.

La elección del emplazamiento donde se iba a erigir la candela era casi siempre motivo de disputa entre las vecinas que intentaban que no se colocara en su puerta con argumentos que aludían a la enfermedad de algún familiar o a que en pasados años se había puesto ya en su puerta con las consiguientes molestias que esto acarreaba, ruido, humos, cenizas, al día siguiente; todo podía ser motivo de discusión, menos el argumento de alguna muerte cercana; el luto aparecía siempre como una razón seria e incontestable, y ante la que todo el mundo cedía.

La fiesta en sí comenzaba a mediodía con la confección del Ju(d)as; sin un plan preestablecido, sin ningún diseño previo, la figura que más tarde ardería entre llamas surgía de la conjunción de las ropas viejas que alguien regalara con la imagen del personaje, preferentemente local, que hubiera alcanzado alguna nombradía en el año ya transcurrido, y a todo ello se sumaba el ingenio picarón de las mujeres de la calle que entre risas y gritos iban dando forma al pelele. Muchas fiestas hispánicas giran alrededor de un monigote, de un pelele, un muñeco sobre el que simbólicamente la comunidad desata sus iras. Para teóricos de lo festivo como Bajtin, la lucha contra el miedo ante la vida, se expresa a veces utilizando representaciones de sujetos grotescos plenos de comicidad, así ridiculizamos a los que tememos; por eso uno de los núcleos alrededor del cual giraba el carnaval era la quema de un monigote que solía representar algún poder instituido. No comprendemos con exactitud el significado de estos peleles si no lo ponemos en relación con la victoria que a través de él logramos sobre lo temido, "lo terrible se convierte en un alegre espantapájaros" (4).

En Villanueva de la Vera (Cáceres), el carnaval gira en torno al Peropalo, un pelele de negro traje, relleno de paja y cabeza de madera. La tarde del martes de carnaval, los quintos montan en un burro al Peropalo y lo acusan de Judas sentenciándolo a morir quemado. En Zalduondo (Álava) también tienen un pelele de carnaval al que denominan Markitos. En Bielsa (Huesca), el símbolo del carnaval es el Cornelio, un pelele que acabará su corta existencia el domingo 5 de marzo en la hoguera que consumirá la fiesta. En Gran Canaria, el 13 de diciembre, el día de Santa Lucía se celebra la Fiesta del Haragán. Un pelele representando los pecados de todo el pueblo es condenado a morir quemado. Durante los carnavales, en Lugo los Jueves de Comadre y de Compadre se le prende fuego a un muñeco. En el norte de Castilla, en Yanguas (Soria) o Cornago (La Rioja) los muñecos que arden se llaman judas. En Aragón también se quemaban peleles durante el carnaval. En Gistain o en Bielsa se llaman peirotes. En el Pirineo leridano, en el Valle de Bohí, se juzga al rey del Carnaval, un mozo con su atuendo lleno de paja al que se sentencia a morir quemado prendiéndole fuego a la paja y motivando la huida del mozo.

Con otros orígenes festivos en Jimena, en la provincia de Jaén, el 3 de mayo, desde hace tres siglos, se confeccionan muñecos, rellenos de paja y con una vasija de cerámica por cabeza, ataviados con trajes decimonónicos, que se instalan en las puertas de las casas. Los monigotes representan simbólicamente las burlas que soportaron los recaudadores de Carlos III por aquellas tierras.

Una vez decidido el personaje al que figuradamente iban a castigar a ser devorado por las llamas había que completar la indumentaria con algún instrumento relacionado con su profesión (un cuchillo, unas tijeras, un bastón) o con el motivo de su popularidad. Completado el judas -cuyo nombre parece guardar relación evidente con los peleles que los cazadores cantillaneros tiroteaban con sus escopetas la tarde del Viernes Santo- había que pensar el lema, el letrero, una frase alusiva o explicativa que escrita, no de muy buena manera en un trozo de cartón, intentaba aclarar la elección del figurón:

"¡No te asustes, hombre! ¿Qué te pasa? Vamos quietecito... Es que están matando a Judas, tonto.

Sí, están matando a Judas. Tenían puesto uno en el Monturrio, otro en la calle de Enmedio, otro, ahí en el Pozo del concejo. Yo los vi anoche, fijos como por una fuerza sobrenatural en el aire, invisible en la oscuridad la cuerda que, de doblado a balcón, los sostenía. ¡Qué grotescas mescolanzas de viejos sombreros de copa y mangas de mujer, de caretas de ministros y miriñaques, bajo las estrellas serenas! Los perros les ladraban sin irse del todo, y los caballos, recelosos, no querían pasar bajo ellos...

Ahora las campanas dicen, Platero, que el velo del altar mayor se ha roto. No creo que haya escopeta en el pueblo sin disparara Judas..." (5).

Las mujeres fabrican el pelele (6) en alguna casa del vecindario. Entre risotadas y gritos y comentarios subidos de tono, las mujeres introducían paja en el interior de unos pantalones o unas medias -otra media se empleaba para componer el rostro del muñeco-, una camisa o un vestido, para ir construyendo el cuerpo del personaje. No creo que al lector le cueste mucho esfuerzo imaginar qué tipo de expresiones salían de los labios cuando rellenaban los pantalones del personaje.

La chiquillería había consagrado la mañana a pintarrajearse unos a otros con tizas (7) y a casi teñir de blanco a todo el que pasara por la calle, al grito festivo, justificador y reivindicativo de "hoy es el día de pintar". Por ello ese día los niños y niñas vestían sus ropas más usadas, para evitar ser castigados por sus padres si el aspecto era demasiado blanquecino al regresar a casa. Este blanquear al indefenso, la costumbre de pintar de blanco, o de arrojar harina está presente en los modos más ancestrales del carnaval hispánico que ha llegado hasta nuestros días en muchas fiestas de poblaciones de la Península Ibérica, en Tolox (Granada), en Ibi (Alicante), en Bélgida (Valencia). Al arma fundamental de la tiza, los niños añadían, a veces, huevos rellenos con papelillos de colores (8) y para el acompañamiento musical buscaban latones (9) para que sirvieran de metálicos tambores (10) que crearan una gozosa algarabía.

LA FIESTA

Al caer de la tarde, coincidiendo con el antiguo toque de ánimas se procedía a encender la hoguera, actividad que a veces, si la humedad o el tipo de leña no ayudaban se prolongaba un buen rato. Prendida la candela, empezaba el festejo propiamente dicho: las mujeres se sentaban en sus sillas de anea alrededor de las llamas, mientras los niños preparaban sus latones para golpearlos con fuerza (11) cuando pasaba algún paseante por la calle, en son de burla y de regocijo, mientras otros continuaban persiguiéndose en medio de la oscuridad, al grito repetido hasta la saciedad de "hoy es el día de pintar". Al transeúnte, no avisado, se le podía colgar un lárgalo (12), pequeño trozo de papel semejante a los monigotes que se colocan para los Inocentes, a la vez que se le cantaba, entre risotadas:

Ese que va ahí
ha robado un queso
y lleva la pringue e
n el pescuezo.

Que lo largue, que lo largue...

Costumbre sevillana que Blanco White en su exilio londinense rememoraba en sus Cartas de España:

"Uno de los muchos mozalbetes que merodean en pandillas por las calles de Sevilla, armado con una tira de papel en la que ha colocado un alfiler, a modo de gancho [...]. Sin ser notado, le prende el rabo de papel en la parte posterior de la falda negra de calle. Entonces toda la banda de golfillos, que ha observado a distancia la habilidad de su compañero, empiezan a gritar con todas sus fuerzas: ¡lárgalo, lárgalo!" (13).

En Cantillana ese día uno sólo era amigo de los niños de su calle y por unas horas festivas rompía cualquier lazo de fraternidad con los amigos que vivieran en una calle distinta, como si cada candela delimitara un territorio único e independiente alrededor del cual girara la vida. En este sentido, es significativo que el paso a la adolescencia venía marcado por la huida de los jóvenes de la candela familiar a la búsqueda de otras candelas donde el ambiente fuera sólo de jóvenes, o donde por lo menos pudieran alejarse de las miradas vigilantes de la familia y del vecindario.

Avanzada ya la noche, tras la cena, casi siempre en el domicilio familiar, y no en la misma candela, se preparaba el chocolate (14) con el que podría festejarse a los niños y a los posibles visitantes. Los mayores también bebían chocolate, comían dulces -piñonates, gañotes, pestiños- y algunos hombres se animaban al aguardiente, en medio de chistes y coplas. Los niños y adolescentes se enlazaban en ruedas y corros mientras resonaban las canciones que año tras año se repetían alrededor de las ascuas llameantes:

Traigo la lata, la lata,
la lata el vino.
Traigo la lata, la lata,
nos divertimos (15).

Eres más fea que un nu(d)o,
más negra que una morcilla (16),
y te quieres poner blanca
a fuerza de mantequilla.

Traigo la lata, la lata,
la lata el vino.
Traigo la lata, la lata,
nos divertimos.

Anda diciendo tu madre
que las gallinas no ponen.
Ella se come los huevos
y te da los cascarones.

Traigo la lata, la lata,
la lata el vino.
Traigo la lata, la lata,
nos divertimos.

Eres más chica que un huevo
y ya te quieres casar.
Anda ve y dile a tu madre
que te enseñe a remendar (17).

Traigo la lata, la lata,
la lata el vino.
Traigo la lata, la lata,
nos divertimos.

Todas propicias para el baile en corro:

Aunque tu madre no quiera
te la tengo que poner:
El zapato con la media
y la media con el pie.

Zapatucho y yo como tú,
y tú como yo,
los dos por igual.
Zapatucho,
zapatucho de verdad.


Canciones de corro, que ahora nos parecen infantiles y cosa de niños, pero que en otro tiempo
constituían la melodía de los primeros escarceos amorosos de mozos y mozas, ansiosos de juntar sus manos por primera vez. Coplas que con las naturales variantes es posible hallar en muchos del os cancioneros de música tradicional hispánicos.

Y, ya alta la noche, la jerigonza (18):

La pobre de la...
empieza a chivatar.
Se va salir del baile
de tanto pensar.
Piensa en...
...no la quiere
por eso ella
de pena se muere.
A ... le vamos a dar
chocolate con aguarrás,
y a ella le daremos
chocolate con veneno (19) (20).
Salga usted
que la quiero ver
saltar y brincar.
Y andar por el aire
que éstas son
las jerigonzas del fraile.
Que siga saltando, bailando y brincando
que a mi niña le gustan los tangos.
Que busque compaña,
que compaña busque (21) (22).

Conforme declinaba la candela, y las llamas se tornaban silenciosas el coro se reducía, se acallaban las canciones y se abandonaba el baile (23). No muy tarde en la madrugada, los vecinos volvían a su casa después de haber distribuido las últimas ascuas llameantes para que al día siguiente constituyeran la parte principal del humilde brasero familiar que otros días era sólo carbón y cisco.

A MODO DE CONCLUSIÓN

La fiesta de las candelas debió heredar o compartir muchos de los elementos lúdicos del carnaval cantillanero -arrojar harina, tiznarse, golpear latones o cencerros, arrojar huevos rellenos de papelillo y la quema de un monigote- que la prohibición, durante el franquismo, del carnaval obligó a trasladar a otros festejos supervivientes, y que ya se quedaron como propios en esta fiesta, que enriquecida con nuevos elementos llegó a ser el gran momento del ciclo festivo tradicional del invierno.

Eran Las Candelas, antes de iniciar su declive actual, como un signo más de la desaparición de los usos y costumbres del mundo rural, una fiesta ancestral en Cantillana con el fuego como signo básico. Sin duda, uno de los pocos momentos comunitarios sin divisiones en un grupo humano tan dual -pastoreños y asuncionistas- como era, y es, la sociedad cantillanera, en la que, como en otros muchos lugares andaluces, los pobladores se dividen en dos bandos casi irreconciliables a causa de una u otra devoción mariana y su pertenencia a la hermandad consagrada a dicha advocación. Por una vez, la rivalidad entre vecinos se producía entre una calle y otra, sin atender a sus vinculaciones cofrades cuyo cénit festivo se alcanza en el verano. Las calles rivalizaban en conseguir la candela más grande, el judas más original, el chocolate más sabroso... Un momento en que la calle y los vecinos ocupaban el centro, y los lazos de vecindad recuperaban su importancia frente a la inevitable división que la llegada del verano traía entre los vecinos de una misma calle escindidos por la pertenencia obligada a una u otra hermandad local (24).

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NOTAS

(1) Cfr.: JUSTEL, C.: "Las Candelas, San Blas y los quintos", Alcandora de Extremadura, 1985, Madrid, n.º 3, pp. 24-25.

(2) También se conmemoran con hogueras la fiesta de la Candelaria, especialmente en la provincia de Córdoba, denominándose candelas o candelarios. Así en Adamuz, o en Almodovar del Río (Córdoba). En Málaga, en Villanueva del Trabuco. Se queman muñecos también en El Viso (Córdoba) y en Marinaleda (Sevilla).

(3) Cfr.: MARCOS, Javier y RODRIGUEZ BECERRA, Salvador (Coord.): Antropología Cultural de Extremadura. Primeras Jornadas de Cultura Popular, Mérida, Editora Regional de Extremadura, 1989, pp. 251-252.

(4) BAJTIN, M.: La cultura popular en la Edad Media y el Renacimiento. El contexto de François Rabelais, Madrid, Alianza, 1987, p. 86.

(5) JIMENEZ, J. R.: Platero y yo, ed. J. Urrutia, Madrid, Biblioteca Nueva, 1997, pp. 115-116.

(6) "También vinculados con los ritos de fuego (en las celebraciones de Santa Águeda) encontramos la quema de muñecos que representan a los hombres y que tan comunes resultan entre las mujeres segovianas tales monigotes reciben distintas denominaciones: por ejemplo, Pelele en Zamarramala, Perico Pajas en Bernuy de Porreros y en Valseca, o El Tío Pajas en Abades" (DEL ARCO, Eduardo y otros: España: Fiesta y rito. Fiestas de invierno, Madrid, Ediciones Merino, 1994, p. 272).

"La pugna intersexual se centra en que compadres y comadres hacen respectivamente que representan a los sexos y que tratan de borrar mutuamente. En tierras del sur de Lugo las mozas hacen los muñecos con paja, y los visten de mujer con ropas viejas, colocándolos en los corredores y balcones; al anochecer los jóvenes arrebatan las comadres (muñecos) y las llevan a la plaza del pueblo, donde se queman en una gran hoguera entre gritos de: «¡Andan las comadres!". El jueves de compadres se elaboran también muñecos vestidos de varón, los cuales son llevados a una bodega por las mujeres para quemarlos y asar chorizos en la hoguera, aunque los mozos tratan de impedir el incendio de sus efigies...", (GONZALEZ REBOREDO, X. M.: "Fiestas cíclicas" en Fco. Rodríguez Iglesias, ed., Galicia: Antropología (Religión, creencias, fiestas), A Coruña, Hércules Ediciones, 1997, p. 292).

(7) El 28 de diciembre en Ibi (Alicante) se celebra el carnaval destacando la celebración de "Els enfarinats". Dos grupos opuestos se enfrentan atacándose con harina y polvos de talco.

Dos semanas antes del Domingo de Carnaval, el Domingo Fareleiro gallego, se llevaba a cabo la batalla de "fareles", con harina y salvado.

"Déjeme cerner mi harina, / no porfíe, déjeme, / que le enharinaré" (Romancero general, Alin, n.° 698).

En la actualidad algunas fiestas carnavalescas conservan la costumbre de enharinarse así, por ejemplo en Tolox (Granada) donde los mozos se pasan los carnavales intentando espolvorear con harina a alguna moza: "Esto se hace desde muy antiguo -explica Sebastián Soto, que tiene 65 años— después de dos días de guasa, cuando se acababa el Carnaval, los jóvenes se metían en las casas de las muchachas que les gustaban para echarles polvos a la cara. Y ellas se resistían, claro, pero daba igual". "Ahora ya no es lo mismo. Son los chaveas pequeñillos los que hacen la fiesta".

Por ello, en Tolox el Martes de Carnaval se denomina Día de los Polvos (María H. Martí. "Festejando los polvos", El País, 17 de abril de 1999).

También en Bélgida (Valencia) las comparsas el sábado de carnaval tiene su punto álgido en l'enfarinada donde los jóvenes lanzan harina a las chicas, al tiempo que éstas intentan pintarrajear el rostro de aquéllos.

(8) En Águilas (Murcia) para carnaval se rellenan cascarones de huevo con confeti que sirven de armas a las cuadrillas de don Carnal y doña Cuaresma.

(9) Para Bajtin, "Las campanillas o cencerros son unos accesorios indispensables de las fiestas carnavalescas" (BAJTIN, M.: La cultura popular en la Edad Media y el Renacimiento. El contexto de François Rahelais, Madrid, Alianza, 1987, p. 191).

(10) Cfr.: "Otro de los rituales que mencionamos al principio, típico de la Navidad, era hacer ruido, probablemente ligado con el sentido funerario de estas fechas, o al menos con el propio de los períodos de tránsito" (DEL ARCO, Eduardo y otros: España: Fiesta y rito. Fiestas de invierno, Madrid, Ediciones Merino, 1994).

(11) Este latoneo podría ser heredero de las cencerradas con las que se hacía burla de la boda de una viuda, o de alguna costumbre carnavalesca olvidada.

(12) La costumbre aparece ya en Rodrigo Caro (Véase: PELEGRIN, Ana: La flor de la maravilla. Juegos, recreos y retahilas, Madrid, Fund. Germán Sánchez Ruipérez, 1996, p. 151).

(15) BLANCO WHITE, José M.a: Cartas de España, ed. Garnica, Madrid, Alianza, 1986, p. 207.

(14) En Ezcaray (La Rioja), la tarde del sábado carnavalero, después de celebrar un vistoso pasacalles en el que la chiquillería del pueblo juega un papel destacado, las mujeres del pueblo invitan a chocolate y mostachones.

(15) Cfr.: Dimos la lata, la lata / la lata, la lata / dimos / dimos la lata, la lata / y nos divertimos. (Recogida en Cúllar Vega; ESCRIBANO PUEO, M.a Luz y otros: Cancionero granadino de tradición oral, Granada, Publicaciones de la Universidad, 1994, p. 275).

(16) Cfr.: "Eres más fea que un cucu, / más negra que una morcilla, / y te quieres poner blanca / a fuerza de mantequilla".

"Eres más chica que un huevo / y ya te quieres casar, / corre, ve y dile a tu madre / que te enseñe a remendar". (Versión de Chucena -Huelva-, de Antonia Solís Franco. Recogida por Pedro Justo Moreno en 1995. AFM).

(17) Cfr.: Eres más chica que un huevo / y ya te quieres casar, / anda y dile a tu madre / que te enseñe a remendar. (ESCRIBANO PUEO, M.a Luz y otros: Cancionero granadino de tradición oral, Granada, Publicaciones de la Universidad, 1994, p. 206).

Eres más chica que un güevo / y ya te quieres casar, / anda, ve y dile a tu madre / que te enseñe a trabajar, / a cantar, a bailar, a animar la función / y alegrar la población (MEGIA RUIZFLORES, Tomás y otros: Cancionero infantil, Ciudad Real, Diputación Provincial-CEP de Valdepeñas, 1989, p. 93).

(18) En el Diccionario de la Música, Michel Brenet la denomina Jerigonza del fraile, definiéndola como un "baile español del siglo XVI, muy popularizado en diversas regiones de la Península, y sobre todo en Salamanca y Burgos. En la actualidad es cantada en corro por los niños (especialmente en Madrid), acompañada de una pantomima coreográfica" (BRENET, M.: Diccionario de la Música (Histórico y Técnico), Barcelona, Iberia, 1992, s.v.).

(19) Cfr.: La pobre de Juanita / qué malita está. / Se va a morir / de tanto pensar. / Si piensa en su novio. / su novio no la quiere, / la pobre de Juanita / de pena se muere. / A Juanita le vamos a dar / chocolate con rebanás, /y a su novio le daremos / chocolate con veneno. (Versión de Hinojales (Huelva) de Antonio Jesús Romero Triano, de 48 años. Proyecto Literatura Oral, Archivo Fundación Machado).

(20) Cfr.: Las palabras de Talio Noda en una reciente publicación sobre la música tradicional en La Palma: o "El cuartillo del agua, que al igual que lo ocurrido en Fuerteventura y en otras islas, ha sido desdeñado a pesar de esconder la huella de un sorondongo palmero: «La señora... / que muy triste está, / que se va a morir / de tanto pensar; / pensando en su novio, / y su novio no la quiere. / Chocolate, chocolate / con café, / que salga usted, que lo quiero ver bailar, / saltar, brincar / y andar por los aires, / por lo bien que lo baila / el mozo, / d'jenlo solo, solo en el baile. // El señor don... / que muy triste está...».

Y en algunos casos, cuando el/la invitado/a no quiere salir: «Y si no lo baila / pagará un cuartillo de agua; / que lo pague, que lo pague, que lo pague, / que salga usted...".

E invita a otra persona".

(NODA, Talio: La música tradicional en la isla de La Palma, La Palma, Cabildo Insular, 1999, p. 53).

(21) Cfr.: "LA CIRIGONCIA (Baile popular de Carnaval): Saltar, saltar y brincar / y andar por el aire, / que estas son cirigonciah de un fraile. / Que siga saltando, / bailando y brincando, / que a mi niña le gustan loh tango. // Que busque compaña, / que compaña busque, / que a mi niña le gustan loh dulce. / / Que solo lo dejen, / que lo dejen solo, / por lo bien que lo baila este mozo" (GIL, Bonifacio: Cancionero popular de Extremadura. ed. de E. Baltanás y A. J. Pérez Castellano, Badajoz, Diputación Provincial, 1998, Tomo I, p. 137).

O esta otra versión recogida muy cerca de Cantillana, en Lora del Río: "Que la quiero ver bailar / saltar y brincar / y andar por el aire. // Ya está la Jerigonza / en el baile. // Dejarla sola, / sólita y sola / que a la niña / le gustan la bola / bola, volando, / que a la niña, / le gusta el fandango. // Saque compaña / la que le apaña. // Cara de pepino, / cara de melón, / si te murieras, / seria mejor. / Te cantarían / el gori-gori, / Santa María / y ora pro nobis". (PEREZ CASTELLANO, Antonio José: "Notas sobre la tradición oral loreña. Los antiguos cantos del año agrícola", Lora del Río. Revista de Estudios Locales (1996), n." 7, pp. 48-53).

(22) Grabadas a Asunción y Soledad Castellano Fernández, de Cantillana, 28 de enero de 2000.

(23) "Es tradicional en muchos pueblos andaluces el bailar, en torno a las hogueras, bailes populares de la zona como es la "jota noruega" en Almodóvar del Río (Córdoba), en Priego de Córdoba los «cruzaos», en Cabra (Córdoba) los "rincoros", en Alameda (Málaga), la "geringosa", o en Rincón de la Victoria—Benagalbón (Málaga) los tan conocidos «verdiales»". (DEL ARCO, Eduardo y otros: España: Fiesta y rito. Fiestas de invierno, Madrid, Ediciones Merino, 1994, p. 236).

(24) Los naturales de Cantillana heredan por vía matrilineal la adscripción a una de las dos hermandades marianas que dividen en dos bandos, no sé si decir irreconciliables, a los cantillaneros durante la celebración de las fiestas de estío, a una u otra devoción mariana: la Divina Pastora y Nuestra Señora de la Asunción.