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La ordalía o «juicio de la tortuga» entre los bamileké de Camerún (1)

MBAYIN MINAMOU, Justin Marius

Publicado en el año 2001 en la Revista de Folklore número 241.

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Puede descargarse el artículo completo en formato PDF desde la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.

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Este artículo ha sido realizado bajo la supervisión del profesor José Manuel Pedrosa.

Entre los ritos y tradiciones más impresionantes que todavía practican las personas de la etnia bamileké del Camerún (de la que yo soy miembro) está el de los juicios resueltos por una tortuga. Esta modalidad de derecho consuetudinario hunde sus raíces en el tiempo de nuestros más remotos antepasados, y sigue practicándose en todos los núcleos de población bamileké. La descripción que ahora voy a hacer corresponde a los usos que adquiere en la corte Baloua de Makénéné.

El «juicio de la tortuga» tiene por objeto descubrir y castigar a las personas del pueblo que practican criminalmente la brujería, el vampirismo, etc.

Cuando una persona recibe tales acusaciones por parte de un demandante que se considera perjudicado por ella, ambos deben costear de manera conjunta los gastos del proceso, presentándose ante la corte con un bidón de diez litros de vino y una cantidad simbólica de dinero cada uno. Tras ello, el jefe de la corte aceptará la apertura del juicio por brujería contra el acusado.

El proceso tendrá lugar siempre en el octavo día de la semana, que corresponde al día de mercado denominado ntorló, considerado entre los Baloua como un día sagrado en que nadie debe trabajar. Al anunciarse la apertura de un proceso, una gran muchedumbre acudirá a la corte a contemplar su desarrollo, en el que participarán los grupos siguientes:

— Los miembros de honor, encarnados por el jefe de la corte y por sus notables.

— Las fuerzas del orden, encargadas de mantener la paz y la seguridad de los concurrentes.

— Los espectadores.

Cuando se hallen todos reunidos, la tortuga será depositada sobre un lecho de hojas de plátano. A su frente se encontrarán los miembros de honor; y a su espalda estarán los espectadores, distribuidos tanto en el sentido de la izquierda como en el de la derecha. A la izquierda de la tortuga estará situado el acusado de prácticas de brujería, y a su derecha estará situado el demandante que ha ejercido esta acusación.

La inocencia del acusado se considerará probada en el caso de que:

— La tortuga se dirija hacia los miembros de honor.

— La tortuga se dirija hacía el demandante.

— La tortuga se dirija hacia los espectadores situados en el fondo de la derecha, cerca del demandante.

La inocencia del demandante se considerará probada en el caso de que:

— La tortuga se dirija hacia el acusado.

— La tortuga se dirija hacia los espectadores situados en el fondo de la izquierda, cerca del acusado.

En consecuencia, el acusado será considerado culpable cuando:

— La tortuga se dirija hacia él.

— La tortuga se dirija hacia los espectadores situados en el fondo de la izquierda, cerca de él.

Y el demandante será considerado culpable cuando:

— La tortuga se dirija hacia él.

— La tortuga se dirija hacia los espectadores situados en el fondo de la derecha, cerca de él.

— La tortuga se dirija hacia los miembros de honor.

En el caso de demostrarse de este modo la culpabilidad del acusado, éste se verá en la obligación de lavar, de purificar y de curar al demandante.

En el caso de que la tortuga permanezca inmóvil, se considerará que el caso oculta algún elemento especialmente enigmático y secreto. En ese caso, el jefe ordenará el sacrificio del animal y su división en dos partes iguales. Tanto el acusado como el demandante deberán comer una parte del corazón de la tortuga, acompañándolo con agua y con vino. Se cree que el culpable morirá en el plazo de dos días, y que de este modo la tortuga podrá ofrecer, incluso después de su muerte e ingestión, su veredicto.

Este tipo de «ordalía» o de «juicio de la tortuga» sigue practicándose de modo tradicional entre los bamileké del Camerún, y es plenamente aceptado, incluso, por las instituciones jurídicas gubernamentales del país, que nunca interfieren en su desarrollo.