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El Filandon en Noceda del Bierzo

RODRIGUEZ, Felisa

Publicado en el año 1982 en la Revista de Folklore número 22.

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En las estribaciones de la cordillera Cantábrica, alternando con bosques y praderíos, valles y ribazos, afloran los restos palpitantes de míticas culturas. Un cinturón de nueve "castros" defiende la exultante vega tapizada de labradíos y arbolado.

La feroz independencia de los "castreños" que poblaron estos corones, dio una lección de bravura indomable a las legiones romanas empeñadas en doblegarlos.

El mismo emperador Julio César acudió al Bierzo para someter a los ASTURES que, con su estrategia de guerrillas, tenía a raya a aquellas poderosas huestes imperiales.

Proyectando un reflejo de luz en las sombras de los tiempos, descubrimos que nuestros ascendientes, se agrupaban en tribus más o menos numerosas que disponían de nombres propios.

Acaso fueron los "zoelaes" tan diestros en la confección de lienzos de lino, quienes cultivaron por primera vez el lino en terrenos que aún se siguen llamando "linares". La elaboración de esta fibra hasta convertirla en las estimables telas de lino, fue algo que nuestros mayores hicieron a la perfección.

Lejanas asambleas que nacieron en los espacios circulares de las colinas a la luz plateada de la "luna llena", se recogieron después en los hogares campesinos. Y las reuniones motivadas por la fabricación de la tela de lino, se conocieron con el nombre de FILANDONES.

*****

-¡Buenos días, tía Clavela!

-¡Hola, Nuecete! ¿Qué agradables vientos te traen por aquí?

-Venía a preguntarle si tiene bastantes aguzos para alumbrar esta noche.

-Sí, cordero; aún me queda un gavillín de ellos, me los trajo tu amigo Perejil el día que le tocó ir de pastor con la vecera.

-También yo voy de pastor con el rebaño para la Fornia y al decirme mi hermana que había "filandón" en su casa, que podía necesitar con que alumbrar durante la velada, estoy dispuesto a traerle los aguzos que me mande.

-Está bien, si los encuentras a mano coges los que puedas, es mejor que sobre una docena antes que falte uno solo.

-¡Ah¡ Prepare algún chiste y esos acertijos que hacen las delicias de la gente menuda.

-De acuerdo; marcha tranquilo y que no te salga el lobo, que anda muy suelto por el monte.

Nuecete se alejó contento cantando una letrilla popular...

En el cielo manda Dios,
manda en el pueblo el Alcalde,
en la iglesia el señor Cura
y los mozos en la calle...

Generalmente se hacía el "filandón" en las amplias cocinas lugareñas caldeadas por recios troncos de encina y en las que largos escaños con mesas abatibles, cumplían la triple misión de ser comedor, sala de recibir y lugar de estudio para diferentes ocupaciones de los campesinos.

Para el "filandón" se escogían las más espaciosas para acoger el numeroso personal que tal acontecimiento reunía.

En las largas veladas invernales después de recoger el ganado y cenar las personas y las reses, se encendía el farol de grasa como si se tratara de un desfile procesional; por todas las calles del pueblo se oía el cha-ca-cha de los clavos de las galochas golpeando contra el irregular empedrado.

Los jovenzuelos solían formar pandilla llegando al lugar de la cita en plan de desafío...

Abran cuarterón y puerta
que llegamos los pequeños,
y el que quiera su amistad
que se porte bien con ellos.

Después se distribuía el personal en grupos que hacían igual trabajo.

Muy pintoresco era el formado por las hilanderas con la rueca clavada en la cintura como si fuera una espada. El fuso girando más veloz que los pensamientos, tuerce y enrosca el hilo formando fusas irregulares. Los dedos mojados con la propia saliva, estiran y atusan las hebras arrancadas a la rocada.

La graciosa belleza que emana del conjunto de hilanderas fue inspiración para el famoso pintor Velázquez, creando uno de sus cuadros más notables.

La hilandera enamorada
hila suspiros de amor,
y va envolviendo en el fuso
las hebras de su ilusión.

Mientras las jóvenes hilan copos de sus quimeras, se acercan disimulados los mozos para arrancarles pellizcos de la hilaza; entonces ellas con menos disimulo, les dan en las manos un croque con el fuso que suena a correctivo:

Te aconsejo, muchachita,
que aprendas a hilar delgado,
no rompe el hilo por fino,
rompe el gordo y mal hilado.

Tampoco se entretenían los hombres en jugar los naipes; ellos espadaban el lino, lo rastrillaban para sacarle los últimos tascos de la dura vaina que contenía la fibra aprovechable.

Algunos eran diestros en grabar primorosos dibujos sobre las ruecas que, después de decoradas, regalaban a la chica preferida. Por las argollas de la "pregancia" se clavaban aguzos encendidos que repartían la vacilante luz por los rincones de la cocina creando fantasmagórica danza de enigmáticas figuras. Un muchachote daba vueltas al tambor que sobre la lumbre asaba deliciosas castañas.

La abuela rodaba encima del regazo un odre de piel de cabrito en que mazaba la leche para sacar la mantequilla.

Peleaban los arrapiezos con el "silabario"; tenían los "cristos" en rígida fila militar a, b, c, ch, d, e, f, g; auténtica tortura para el aprendizaje.

Espabilaban como por arte de magia cuando empezaban las adivinanzas...

¿Qué cosillina será?
Andar, andar
y nunca llega al mar...

-¡Eso lo sabemos todos! Es la rueda del molino.

Un atrevido mozalbete, haciendo el guiño apicarado, preguntó:

-¿Quién sabe este acertijo?:

Había un sádico
apoyado en la pared
con la pirulina fuera
engañando a una mujer.

-Ese sí que no lo acertamos.

-Pues no puede ser más sencillo. Se trata del candil encendido al que se acercan las mujeres para ver mejor a coser.

-¡Ah!...

El abuelo, que descabezaba un sueño melífluo columpiando la cabeza arriba y abajo, abrió los ojillos cansinos mirando a todas partes como buscando disculpa y comprensión.

En el "filandón" se repetían romances, letrillas, refranes; toda la sabiduría del pueblo transmitida de una a otra generación para que siguiera viva en sus raíces.

La polémica entre la juventud era casi un acto ritual:

Los hombres cuando conquistan
son buenos y complacientes,
pero después que se casan
sacan las uñas y dientes.

No se quedaban ellos sin la réplica adecuada:

Las mujeres pa'engañar
andan limpias y peinadas,
pero después que engañaron
son sucias y desgreñadas.

Los piropos se hacían más agresivos al cantar:

No hagas caso de los hombres
aunque los veas llorar
que con sus lágrimas dicen
qué palos vas a llevar.

Es obligada una respuesta contundente:

De una costilla de Adán
hizo Dios a la mujer,
por lo que los hombres tienen
ese hueso que roer.

-¡Eso sí que tiene gracia! Si era el hombre la costilla, quien cargó con el hueso fue la infeliz mujer.

-¿De quién es entonces la tragedia?

Fue otra letrilla la que restableció concordia entre los competidores:

Un mundo maravilloso
éste que nos hizo Dios,
en que el hombre y la mujer
son uno en lugar de dos.

Cuando ya sólo quedaban guiñifos de lino en las ruecas de las hilanderas, empezaba el juego de echar los amores.

Consistía éste en tender sobre las baldosas del lar, tres montones de estopa que representaban a dos mozas a los lados y un mozo en el centro, o al contrario.

Esta vez representaban a Enzo el herrador que se timaba con la hija del alcalde y la del sacristán.

Tía Clavela, como si fuera una sacerdotisa "druida" que hiciera un sacrificio a la diosa del amor, se escurujó junto al fuego, diciendo:

El amor y el interés
salieron al campo un día,
pudo más el interés
que el amor que te tenía.

Encendió un aguzo y prendió fuego al mozo conquistador. La llama indecisa empezó a bailar de un lado a otro mientras palmas y gritos animaban el acto.

Cuando parecía que iba a quemar con él a la hija del sacristán dio un giro rápido encendiendo a la del alcalde.

Aquello fue un delirio de aplausos y risas.

Con el ruido se despertó el abuelo, que dijo sentencioso:

-Está bien demostrado que los bienes casan las bestias, es lo que dice el adagio.

Al compás de la pandereta y sonajeras, se alzó la voz fina y transparente como si fuera el rumor de claro manantial...

Si me quieres, di que sí,
y si no, di que me vaya;
no me tengas al sereno
que no soy cántaro de agua.
Tengo la mano pesada,
no la puedo aligerar,
que es mi padre labrador
y me manda ir a arar .

Las filigranas de la jota berciana, cambian al baile corrido, más armonioso y comedido:

La pandereta está débil,
la que la toca también,
porque no la dan de aquello
que rechina en la sartén.

Cuando la danza forma corro de ilusión, es a los pases de la dulzaina:

Salen callos y asperezas
de la azada y podadora,
mis manos serían más finas
si no fuera labradora.

Cansados del trabajo y diversión, se impone la despedida hasta el día siguiente, que habrá otro "filandón":

La despedida les doy,
poco tiempo va a durar,
que en "filandón" de mañana
nos volvamos a encontrar...

¡A qué precio tan bajo eran felices en aquellos tiempos de privaciones y trabajo!