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ALGUNOS ASPECTOS DE LA VIDA COTIDIANA EN SAYAGO (ZAMORA) EN LOS SIGLOS XVI, XVII Y XVIII

FERNANDEZ FERNANDEZ, José Lorenzo

Publicado en el año 2001 en la Revista de Folklore número 243.

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INTRODUCCION

ALGUNOS ASPECTOS DE LA VIDA COTIDIANA EN SAYAGO (ZAMORA) EN LOS SIGLOS XVI, XVII Y XVIII.

A- LA COMARCA DE SAYAGO

B- METODOLOGIA Y FUENTES.

C- COMPORTAMIENTOS DE LA VIDA COTIDIANA:

C.1- Nacimiento.
C.2- Matrimonio.
C.3- Muerte.
C.4- Fiestas:.
C.4.1- Bailes
C.4.2- Funciones de Águedas.
C.4.3- Romerías.
C.4.4- Días festivos.
C.4.5- Taberna y juego de naipes.
C.4.6- Corridas de toros y novillos.

D- CONCLUSIONES.

LA COMARCA DE SAYAGO

A.- LA COMARCA DE SAYAGO.

Sayago ocupa la parte suroeste de la provincia de Zamora. Son tierras de penillanura, marcada por el granito y la omnipresente encina, o en su defecto, el roble. Ningún curso de agua importante surca sus tierras, sólo regatos y arroyos, aprovechados desde siglos por los aldeanos para construir en ellos molinos de ribera y algunos batanes, satisfaciendo con ellos la escasa demanda de sus vecinos.

La pobreza de sus tierras se plasmó en sus construcciones tradicionales, de piedra mampuesta; y en sus edificios religiosos, sencillos y austeros, lejos de la grandiosidad de otras comarcas.

Forma parte, junto a Aliste y Sanabria de la zona más deprimida de la provincia, y aún de toda la región, con una población escasa y envejecida, que hace peligrar su futuro a medio, y en algunos casos, a corto plazo. Sus 58 pueblos, agrupados en 24 municipios, ocupan unos 1.359,6 km2, representando el 12,8% de la provincia, aunque su población, 9,500 habitantes en 1.998, apenas representa el 4,6% del total.

B.- METODOLOGÍA Y FUENTES.

Las fuentes utilizadas para el presente estudio, han sido, sobre todo los Libros de Fábrica y Visitas de un número aleatorio de parroquias, no todas, de los siglos XVI, XVII y XVIII. También se han consultado los Libros de fundaciones, sobre todo de Cofradías, así como los Sínodos de la Diócesis de Zamora, de 1.584 y 1.768.

Las Visitas, realizadas periódicamente a cada parroquia, aportan rica documentación para el estudio etnográfico y sociológico de las gentes que eran visitadas. Con sus prohibiciones revelan el comportamiento de sus feligreses, rayano, muchas veces, en la más estricta heterodoxia.

En los libros de cofradías, sobre todo en sus ordenanzas y en sus cuentas, se plasma la vida de esas hermandades mitad religiosas, mitad asistenciales, que van a ir declinando desde mediados del siglo XVIII, al ir perdiendo su carácter original, y por los ataques de la corriente ilustrada, tanto desde la iglesia, al ir adquiriendo éstas mayor autonomía, como del poder civil.

Fruto de esas ansias de reforma, son los Sínodos, en los que se atacarán los comportamientos alejados de la ortodoxia, estableciendo las normas por las que se ha de regir la iglesia católica en cada Diócesis.

El siguiente trabajo no es más que un pequeño esbozo que puede ser ampliado desde diversas ópticas y planteamientos: sociológico, histórico, antropológico. Caben multitud de interpretaciones a un mismo hecho: el comportamiento colectivo de un pueblo, el sayagués, en los difíciles años de los albores de la llamada Edad Moderna.

C- USOS Y COSTUMBRES COTIDIANAS.

C.1. Nacimiento.

Tras el embarazo, llegaba el momento del nacimiento de un nuevo miembro al seno de la comunidad. Raro era el año en que no se producían 8 ó 10 partos en cada pueblo, partos que se presentaban con muchas dificultades para la madre y para el futuro hijo. Malos embarazos, en los que la madre seguía haciendo las labores habituales, ajenas a cualquier cuidado; malas condiciones sanitarias. Todo ello provocaba partos difíciles. Ante el temor que el niño se quedara sin bautizar, se echaba mano del llamado "bautismo de necesidad", que cualquiera lo podía hacer, sobre todo las llamadas comadres, pronunciando las palabras EGO TE BAPTIZO IN NOMINE PATRIS & FILIS & SPIRITUS SANCTI. AMEN, mientras se echaba el agua sobre la cabeza del infante. Si el niño salvaba y se le había bautizado correctamente en casa, El Sínodo de 1.584 mandaba que no se volviera a bautizar, sino que el cura le haga la cruz, algunos "exorcismos, y le ponga el olio y chifma" (Sínodo de 1.584).

Si el niño nacía en buenas condiciones, se debía bautizar en un plazo de ocho días, poniéndole nombres de santos y santas, asistiendo a la iglesia los padrinos, un hombre y una mujer, los cuales tenían en sus manos al niño mientras se le echaba el agua bendita; si se hacía el bautismo por inmersión, lo recibían de manos del cura o bautizante. Hasta avanzado el siglo XVII, se acostumbraba a bautizarlos por inmersión, sustituyéndolo, más adelante, por el de aspersión u oblución, ya que en criaturas tiernas se podían producir roturas en el momento de meterlos en la pila bautismal. El ritual del bautismo por inmersión fue condenado en el Concilio de Arlés, del año 524; si aún se seguía practicando en el siglo XVII era consecuencia del apego del pueblo por sus ancestrales costumbres. La pila, debía estar en capilla particular, cerrada con llave; donde no la hubiere, tapada con madera y cerrada, guardando la llave el cura del lugar. El día del bautismo, la familia hacía una ofrenda a la iglesia, consistente, en muchos sitios, en una corta cantidad de pan, vino y alguna vela.

En algunos lugares estaba extendida la creencia de que si los padres asistían al bautizo del hijo, lo hacían infeliz, por lo que se abstenían de ir. Las madres se quedaban en casa, cumpliendo la cuarentena; cuando acabada ésta, acudían a la iglesia, acompañadas del pequeño hijo, llevaban una ofrenda, consistente en una gallina para el cura.

C.2. Matrimonio.

La unión de la pareja para procrear y traer hijos a la iglesia era la conclusión normal del noviazgo. Pero para vivir juntos, antes debían desposarse delante del cura y los testigos, cosa que no siempre ocurría, ya que convivían como esposos antes de recibir las bendiciones del sacerdote, según un abuso que se había introducido en algunos sitios allá por 1.674, convidando a mucha gente y dando colaciones cuando hacían los contratos de futuro. Nueve años antes, en 1.665, en la Visita que se hace a Fermoselle, se manda a los curas que no consientan que los casados estén sin velarse más de dos meses desde la última amonestación, ya que muchos de ellos, en ese tiempo, viven juntos, haciendo vida maridable, en casa aparte, de lo que se derivaban grandes escándalos. En 1.739 se vuelve a tratar sobre lo mismo, mandando que se casen 15 días después de las amonestaciones, ya que dejaban pasar mucho tiempo, causándose escándalos por "... las continuas entradas y salidas el uno en casa del otro..." (Fermoselle, 1739). En 1.584 se había instituido que para casar a la pareja, ésta debía saber las cuatro oraciones, los sacramentos y mandamientos de la Iglesia. Estaban prohibidas las velaciones desde el primer día de Adviento hasta el día de Reyes, y desde el primer día de Cuaresma hasta el domingo de Quasimodo, el cura debía advertir a sus feligreses, con 15 días de antelación, un día de fiesta, antes de empezar estos dos periodos.

La época del verano, debido a las faenas agrícolas, era el segundo punto de inflexión para contraer nupcias. Primavera y otoño, marcaban los máximos de nupcialidad.

Otra costumbre muy extendida por todo el Partido era la de tocar a muerto cuando una moza se iba a casar con un mozo forastero y éste la llevaba a vivir a su pueblo. Se interpretaba como un hecho luctuoso, ya que para su comunidad había dejado de existir.

En aquellos tiempos, con altas cotas de mortalidad, la viudedad era un estado bastante normal en hombres y mujeres aún jóvenes, por lo que lo más normal era rehacer sus vidas junto a otra pareja. Cuando la viuda era la mujer, las amonestaciones leídas en la iglesia eran seguidas con irrisión y burlas, con gestos, patadas y otros ruidos, indignos en el templo de Dios. Si los dos contrayentes eran viudos, andaban solteros y casados por las calles del pueblo, haciendo sonar los clásicos cencerros del ganado, en ademán de mofa; sobre todo alrededor de la casa de los desposados, de lo que se seguían disturbios y pendencias, que podían llegar a provocar muertes Otra costumbre perseguida por la iglesia, era la de convivir en la misma casa, la mujer viuda y el mozo soltero, empleado para el cuidado de la labranza y otros menesteres domésticos, causándose escándalo entre los vecinos. Muchas de estas relaciones, en principio, profesionales, terminaban en matrimonio.

C.3. Muerte.

Al fin, llegaba el postrer momento. Las campanas de la parroquia anunciaban la muerte, con distinción de sexo, o si era párvulo o adulto. En éste caso, y si pertenecía a alguna de las muchas cofradías que había en cada pueblo, era velado por dos hermanos cofrades, nombrados por el juez de la hermandad, la cual, se encargaba de todos los gastos. A cambio, la familia del finado concedía a los cofrades una colación de pan y vino. Para saber que iban a estar "totalmente atendidos" en ese último momento, muchos se hacían hermanos poco antes de morir; no se le negaba la entrada, pero debían pagar una cuota que cubriera prácticamente las honras. Se aconsejaba que al difunto se le enterrara cuando se le decía la misa, para evitar cualquier asomo de ostentación. Se realizaban, también, las ofrendas a la iglesia, así como las "honras fúnebres", ofrecidas a los familiares, y, en muchos casos, a los pobres del lugar, y que habían sido establecidas, con anterioridad, en muchos testamentos. Según algunos testimonios, se seguían desórdenes e inconvenientes en las Juntas o Caridades de los entierros, honras y cabos de año, ya que "... se consume en ellas lo más principal de la hacienda que dejan los difuntos por sus animas pribandose de los más principales sufragios que son el sacrificio de las misas..." (Fermoselle, 1.665). Se mandan que se hagan con más moderación, y siempre fuera del lugar sagrado. Los testamentos se van a ir otorgando con más prodigalidad a medida que nos acercamos a mediados del siglo XVIII, instando los visitadores a los médicos para que cuando vieran en peligro a algún parroquiano lo conminaran a hacerlo, aunque apenas tuviera qué testar. En el Sínodo de 1.768, se prohiben las caridades que se daban, generalmente de pan y vino, pues en ellas "no se ha logrado otra cosa más que los desórdenes, que la embriaguez y dispendio de los herederos del difunto". La intención de la iglesia era sustituir esos gastos profanos por misas, en beneficio del alma del difunto y de las arcas parroquiales.

A finales del siglo XVII se manda que no se entierren los difuntos hasta las 24 horas de haber muerto, salvo si había muerto de muerte natural y no de accidente repentino, ya que se podían dar casos de aparentar muerto y no estarlo. El cirujano o barbero que lo atendió debía hacer una declaración jurada de haber fallecido de muerte natural.

A la hora de conducir el cadáver hacia la iglesia, repicaban las campanas para que los parroquianos encomendaran el alma del difunto a Dios; las mujeres iban tras el cuerpo de sus deudos llorando, con exclamaciones que causaban irrisión entre el público, impidiendo la celebración de los sufragios; una vez en la iglesia, hacían imposible, con sus lloros y quejidos, el desarrollo de la misa. Ante ello, se aconsejaba, sabia decisión que se quedaran en sus casas. En muchos lugares se estilaba, por parte de los hombres, el asistir a los entierros cubierta la cabeza, con monteras, y con vestimentas extrañas a dichos actos, así como ir, habitualmente, con el pelo atado y cubierto por una red, a los oficios religiosos. Para la iglesia nunca fue bien visto, prefiriendo que asistieran con el rostro descubierto y con los vestidos habituales.

En algunas iglesias se ponían sobre las sepulturas sepulcros, lo que impedía a los fieles oír bien los oficios divinos, se ordenaba que éstas fueran llanas e iguales con el suelo, prohibiéndose a los curas o clérigos vender sepulturas, "...tratando del precio de ellas como de cofa prophana" (Sínodo de 1.584, Libro III, Constitución V).

El color del luto, en nuestra cultura, ha sido siempre el negro, no obstante, a finales del siglo XVII, en Villamor de Cadozos, las mujeres que enviudaban, iban el día del entierro y mientras "no mudaran de estado" con capas blancas a la iglesia, cosa indecente y digna de poner remedio. Se manda que utilicen las "mantillinas negras" como prenda habitual para entrar en la iglesia, de lo contrario no serán admitidas. ¿Qué significado podían tener esas capas blancas?, ¿acaso eran las túnicas que se ponían los maridos en las procesiones de disciplina, intentando con ello alargar la presencia del difunto en esta vida?.

Las viudas tenían por costumbre, en el año de viudedad, permanecer sentadas durante la celebración de la misa cuando el sacerdote levantaba el Santísimo, en vez de hincarse de rodillas y rezar la oración debida.

La mortalidad de párvulos era muy alta y hasta entrado el siglo XVII apenas se registran, en algunos lugares, sus entierros, haciéndose de cualquier manera. En 1.638, en Muga se tenía noticia que en los entierros de los niños, los llevaban a la iglesia "qualquier hombre, debaxo de un brazo y el açadon en otro".

C.4 Fiestas

C.4.1 Bailes

Los bailes serán una de las manifestaciones populares más perseguidas por las autoridades eclesiásticas durante los siglos que nos ocupan. La Iglesia consideraba que la composición exterior del cuerpo era señal de la interior del alma, por lo que los requiebros, saltos y demás movimientos de danza "descomponían" la armonía interior. Se persiguieron, sobre todo, los que se celebraban de noche, mucho más propicios al roce y al desenfreno de los dos sexos, ya que sólo conducían a indecencias y alborotos, que podían derivar en hechos luctuosos. Por tanto, se prohibirán a partir del rezo del rosario. La reiteración da fe del caso omiso que hacían los fieles, por lo que se conmina a las justicias y alcaldes de los pueblos, implicando con ello al poder civil, a hacer cumplir dichos mandatos. Pero los parroquianos no sólo no obedecían, sino que se reunían en casas particulares, a deshoras, a bailar, y aún en el campo o cerca de alguna ermita, en ritos ancestrales centrados en los equinocios y solsticios, de viejos sabores cosmogónicos. Curiosamente, en Carbellino, sólo se permitían los bailes nocturnos en el día de san Antonio y en san Juan.

Todavía en 1.829, se manda a los alcaldes y al párroco de Luelmo, que destierren los bailes y juntas nocturnas, lo que da fe de lo difícil que es acabar con usos y costumbres, profundamente arraigados en el pueblo, a través de prohibiciones.

C.4.2 Las funciones de Águedas.

La iglesia católica celebra el 5 de febrero a Santa Águeda, santa siciliana que sufrió martirio en la persecución de Decius del año 251. Las mujeres, sobre todo casadas, la adoptaron como su patrona, surgiendo cofradías, exclusivamente de mujeres, para festejar a la santa. En Muga de Sayago, la imagen se encontraba en la ermita de san Miguel, alrededor de la cual procesionaban el día 5 de febrero, la imagen era llevada por las mujeres, lo que contravenía muchos mandatos episcopales, tendentes a prohibirles llevar las andas en las procesiones, así como todo tipo de insignias de cofradías o parroquiales, que no vistieran las imágenes sobre los altares, ni las sacaran fuera de la iglesia para vestirlas. Después de misa, "tengamos nuestro juntorio como en las demás cofradías y en el se den huevos o sardinas y dos veces de vino a cada cofrada".

En la Visita de 1.733 a Moraleja de Sayago, se dice "en esta Billa Vísperas y día de Sta. Águeda las mugeres Que se dicen Cofradas de dicha Sta van a la Igla entrage diferente del que les toca, llevando puestas las Capas q.Pertenecieron a los Ombres y con título de Comunidad se juntan en los Vancos con sus cirios obelas y ynsignias Causando esto grande yrreberencia y Yrrisión En el templo de Dios".

Era, y sigue siendo en algunos lugares, un rito de asunción de las funciones masculinas por parte de las mujeres. Ese mismo año, en Escuadro las cofradas iban con disfraces a la iglesia, tomando las varas de los alcaldes y haciendo ridiculeces durante la misa, provocando la risión en los fieles. Aprovechan un día al año para subvertir el orden establecido, entre otros poderes, por la iglesia.

Debido a estos desórdenes y revuelos, en el Sínodo de 1.768, se encarga a los párrocos procuren evitarlos, prohibiendo a las mujeres hagan el oficio de sacristanas, así como hacer de justicia el día de santa Águeda, llevarla en procesión, y otros varios abusos.

C.4.3 Romerías.

Las romerías y procesiones estaban extendidas por toda la comarca, ya que multitud de ermitas salpicaban su paisaje en aquellos años. Unas eran de carácter rogativo (en las que se pedía agua para los campos en años de sequía), otras llamadas de Voto de Concejo, de celebración de cofradías, etc. Cualquier pretexto era bueno para acercarse hasta la ermita y comprar los artículos necesarios en las ferias que, junto a varias de ellas, se hacían. Renombradas eran las que se celebraban en la ermita de Nuestra Señora de Gracia, en Villamor de Cadozos, los días de san Bernabé, 11 de junio, y las Nieves 5 de agosto. Si en un principio fueron actos devotos, el transcurso del tiempo los convirtió en diversiones profanas, originándose en ellas alborotos, quimeras y, algunas veces, hasta muertes. En 1.768 se prohiben todas estas manifestaciones, incluso las de Voto de Concejo, sustituyéndolas por misa en la iglesia parroquial y procesión alrededor de ella. Sólo en casos muy justificados, y previa licencia de Su Ilustrísima, se podían celebrar.

C.4.4. Festivos.

Los días de fiesta estaban consagrados a Dios, estando prohibido cualquier trabajo. No obstante, en tiempo de siega, sobre todo, el Concejo pagaba cierta cantidad a la iglesia, para iluminar la lámpara del Santísimo, con lo que se permitía laborar esos días, siempre después de haber oído la misa mayor. Se prohibe, incluso, en Tudera, en 1.739, que el día de fiesta haya "parada" para las caballerías, ya que se consideraba actividad indecorosa en tales días.

Además de las fiestas religiosas, muy abundantes, estaban las instauradas por el poder civil, llamadas de Voto de Concejo o Voto de Lugar. Se entabla así una disputa entre ambos poderes por la supremacía de uno u otro. En el Sínodo de 1.584 se manda que en estas fiestas civiles se pare de trabajar hasta oír la misa mayor, una vez oída la misa, el ritmo laboral era el habitual. Los concejos se van a oponer a esta medida, solicitando igual trato para sus fiestas que para las instauradas por la iglesia. Antes las posibles multas que los concejos pudieran poner a los que no guardaran enteramente sus fiestas, la iglesia les amenaza con excomunión mayor, arma coactiva por excelencia del poder eclesiástico.

Estos días de fiesta los aprovechaban algunas cofradías, previa licencia del cura del lugar, para allegar fondos para la hermandad o para ayudar a algún cofrade enfermo que no tuviera posibles para hacer sus labores, sobre todo en tiempo de sementera y en la siega.

Todo aquel que no guardara las fiestas de la iglesia, debía ser llamado a penitencia por el cura, pagando una multa, según su falta, aplicada a la Iglesia.

C.4.5 Tabernas y juegos de naipes.

La taberna, en cuando lugar de riñas y pendencias, va a ser perseguida en toda la Diócesis zamorana. A ella se achacan males como el abandono de la familia y de las labores diarias, ya que muchos vecinos se pasan en ellas la noche entera, de lo que se originan disputas, que acaban muchas veces en peleas y, en el peor de los casos, en muertes; consecuencia todo ello del consumo excesivo de vino. Para solución de estos males, en 1.628, en Villamor de Cadozos, se manda no le den vino los taberneros a los parroquianos en cantidad tal, que pueda trastocarle los sentidos.

En 1.584 se prohibía abrir la taberna, en los días de fiesta, hasta después de la misa mayor, ya que era habitual que se reunieran en esas horas muchos hombres de mala conciencia, bebiendo y jugando, de lo que se derivaban riñas y murmuraciones.

Inclusive en esas horas se hacían otras cosas poco devotas: "Indecente cofa es, y que arguye poca deuocio lo que cada día vemos paffar, mayormente en lugares pequeños que entretanto fe dize miffa, o vifperas fe haze juegos, danças y otros ruydos y catares en los mifmos pueblos, y aun algunas vezes tan cerca de la Iglesia que impide al facerdote deella..." Sólo se podría servir vino a los caminantes que estuvieran de paso. Los clérigos tenían prohibida la entrada a beber o conversar, excepto si iban a administrar los Santos Sacramentos o a impedir algún disturbio. En algunos sitios se manda al cura que entre en la taberna los domingos y festivos, poco antes de dar comienzo a la misa y eche de ella a los que allí estuvieran.

Este afán, que hemos visto, de intromisión del poder eclesiástico en el mundo civil, lleva a ordenar el horario de estos establecimientos; en tiempo de invierno se cierra a las ocho de la noche, y en verano a las nueve, por ser horas a partir de las cuales no acude nadie a ellas, excepto gente viciosa. También debían permanecer cerradas cuando el Santísimo fuera a visitar a algún enfermo, se dijera el rosario o hubiera sermón o función señalada.

Los juegos más practicados en las tabernas eran los naipes, pero también se jugaba a los bolos y a los dados, apostando dinero en ellos.

Incluso comer en tabernas o bodegones se tenía por ignominioso.

En la mayoría de pueblos sayagueses, la taberna pertenecía al Concejo, que la arrendaba por uno o más años. Era obligación del que la arrendara, surtir de vino a la iglesia para las misas a celebrar en el año. Si no tuviera taberna, el Concejo le daba, en metálico, la cantidad que se consideraba oportuna para tal gasto. A mediados del siglo XVII se contribuía con 1,5 ducados.

Las tabernas se utilizaban, como lugar de reunión que era, para cerrar ciertos tratos. En Palazuelo, en 1.752, se tenía por costumbre arrendar las posesiones de la cofradía de Animas en la taberna del lugar, lo que es reprobado por el Visitador.

Otro lugar de juegos eran las casas de los mayordomos de las cofradías, en las que estaban, muchas veces, toda la noche, jugando y bebiendo, en el día de elección de dicho cargo. Muchos de estos padres de familia se hacían acompañar por sus hijos, enseñándoles "desde sus tiernos años los Vizios desus maiores" e invitando a vino a los forasteros hasta que les sobraba, de lo que se seguía en algunos pueblos hasta el horrendo crimen del homicidio por la "nottoria destemplanza en el Beber e inmoderazión en los Juegos".

No obstante la postura del clero antes estos comportamiento, el pueblo continuaba con sus prácticas, heredadas de generación en generación, ajeno a las amenazas de excomunión que le lanzaban desde el púlpito cada vez que un Visitador aparecía por su pueblo.

C.4.5- Corridas de toros y novillos.

El toro ha estado y está presente en buen número de celebraciones de la comarca sayaguesa, relacionadas, en la actualidad, con las fiestas mayores. En los siglos comprendidos en este trabajo, se celebraban aprovechando romerías, ferias o las festividades de ciertas cofradías. Así en la ermita de la Virgen de Gracia, en Villamor de Cadozos, se corrían toros en el Ofertorio de san Gregorio, a celebrar el último domingo de agosto, allá por el siglo XVII. El toro, o toros, era ofrecido por algún devoto, y una vez corrido/s se vendía la carne y la piel, engrosando los caudales de la cofradía.

En el vecino lugar de Muga de Sayago, era el 15 de agosto, festividad de Nuestra Señora de Fernadiel, el día elegido para tales eventos, vendiéndose con posterioridad la carne, al igual que en Villamor.

En Fermoselle, se tenía la costumbre "de ttiempo inmemorial" de festejar varias cofradías al santo patrón con "corridas de Novillos, y uno o dos toros, y fuegos de Coettes con funzión de Iglesia", cuyos gastos corrían, generalmente, a cargo de los Mayordomos; lo que provocaba gran concurrencia de gentes a tales funciones, aumentando con ello el consumo de abastos.

De la poca observancia de los mandatos, da fe que ya en el Sínodo de 1.584 se habían prohibido tales festejos por considerarlos "superfticion de gentiles" ajenos a cualquier obra de verdadera religión, no obstante, el pueblo siguió con sus prácticas, cargadas, en no pocos casos, de cultos primitivos.

D. CONCLUSIONES.

Como se ha podido ver, a lo largo de esta corta exposición, el pueblo guardó, hasta no hace tantos años, en lo más hondo de su ser colectivo, comportamientos, usos, costumbres, que se remontaban a muchos años, siglos, atrás, y que los había heredado de generación en generación. Muchas de estas manifestaciones chocarán con el poder de la Iglesia, produciéndose, desde mediados del siglo XVII, un "solapado enfrentamiento". Ello se verá en sus intentos de reglamentar la vida cotidiana de los feligreses en todos los órdenes de la vida. No obstante, el pueblo continuó con sus prácticas, más o menos ortodoxas, ajeno a las continuas reprimendas que la autoridad espiritual le echaba. Bajo el reinado de Carlos III, y con el triunfo de la Ilustración, se produce una alianza entre el poder civil y el eclesiástico, para acabar con prácticas ajenas a dicha ideología. Pero el pueblo se aferró a ellas, y muchas han pervivido hasta bien entrado el siglo actual, favorecido por el aislamiento y la pobreza de los pueblos sayagueses.

Hoy, Sayago esconde entre sus piedras, y nunca mejor dicho, un tesoro etnográfico, cultural, de primer orden, que hemos de ir descubriendo poco a poco, sin prisas, para reivindicar el lugar que realmente le corresponde en este mundo ajeno a lo que no sea riqueza y progreso.