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CUENTAS DE LA TIA FRANCISCA

PORRO FERNANDEZ, Carlos A.

Publicado en el año 2001 en la Revista de Folklore número 245.

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La tía Francisca murió hace más de cincuenta años. Debió ser la tía Francisca mujer de armas tomar; envuelta en sus oscuros manteos de viuda, de aquellas que se dejaron moño y medias negras como costumbre obligada al día después de la boda y de las que guardaban las "vistas" del casorio como el mejor traje que llevarían el día de su mortaja. De aquellas, que aún mayores, no tenían el menor reparo ni para avergonzar a cualquier majo pinturero ni para adecentar con sumo detalle el cadáver de un vecino al primer toque de campana, con aquello de que acompañar a los muertos era obra de misericordia. Tan rápidamente pasaban de la muerte a la vida a cada instante, que, bien conscientes y asentadas en lo que representaba el paso temporal de su existencia, lo mismo velaban difuntos de noche que guardaban niños de día, en tanto que las madres se alargaban en sus quehaceres cotidianos. Labor esta, que amén de entretenida, aportaba algunas perrillas chicas al patrimonio familiar de la tía Francisca, poco lujoso pero rico en conocimiento, y así recogía entre sus pompolludos faldumentos a todos los chiguitos del pueblo. La Tía Francisca, era parte de la educación local como lo eran el maestro o el señor cura, aunque su educación, más real y experimentada en los años, consistía básicamente en "contar" y en acudir con ellos a ver "los actos culturales", que no eran otros que la pastorada de Navidad de Añoza, las "comedias" teatrales o la danza de palos de Cisneros el día de la fiesta, eso sí, siempre por el camino vecinal, no fuera a pasar "el automóvil" y ocurriera alguna desgracia.

Última generación de mujeres recias, pardas de trabajar y blancas de respigar y segar al sol (porque el sol no entraba por ningún resquicio de su cuerpo en estos quehaceres, cubiertas de sayas, manguitos que tapaban los brazos de los nudillos al hombro, pañuelo, sombrero, mandil, dediles, zoquetas y caretas que apenas dejaban el viso suficiente para seguir los rastros de la paja) pero aún más negras por los lutos de años y años que iban guardando por todos sus familiares, maridos y no pocas veces, hijos. Mujeres de carga, que en la montaña araban más que el hombre y las vacas juntos, a la vez que cuidaban la casa o de la docena de hijos, además de pastorear, ordeñar, o hilar al huso vellones y vellones de lana para calcetines y chaquetas para todos ellos. De esas, era la tía Francisca.

Con ella, en pocos años se fueron yendo los tiempos de tíos y tías, la María "Picos", el tío "Fuendos", la tía "Chicharra", "Parrandas" y muchas injusticias sociales, pero también valiosas enseñanzas, vivencias y conocimientos de una realidad y de un medio natural, que no hacían sino desarrollar las capacidades humanas intrínsecas de las personas, la relación, el respeto, la capacidad creativa...

Muy frecuentemente esas enseñanzas se trasmitían en consejas y chanzas del común, moralejas siempre en boca de estos paisanos, quienes las más de las veces sacaban a colación las tinieblas del más allá o el sustrato social en el que se hallaban esos "tíos" y "tías", y la diferencia económica más que palpable entre el "señorito" y el resto de los parroquianos, a los que sin embargo la satisfacción del conocimiento de la felicidad les valía, para aguantar las negruras y estrecheces de lo cotidiano. Con estas cuentas moralizantes, más ilusionistas que otra cosa (al menos en esos tiempos ya pasados) entretenía la tía Francisca a los chiguitos de aldea, descalzos, medio coritos y más o menos mocosos dependiendo de si esa mañana habían ido a dar los buenos días al señor cura y les había dado a besar la mano. Sucesos de lo más chisposo o de lo más truculento, en apariencia poco recomendables para un mundo de infantes, a los que, sin embargo, despabilaban y concienciaban de su entorno. Así, contaba y recontaba de aquella manera la tía Francisca, gesticulando y cambiando timbres y tonos de voz según fuera necesario, diferentes sucesos....:

"-Antes, daban limosna al cura, ¿sabéis?, en cada "posa", vamos, cada vez que se paraba al difunto camino del cementerio, camino por el que habremos de ir todos, Dios mediante - añadía con pasmosa naturalidad-, y se le cantaban los responsos.

Sucede que se muere un rico y ¡¡¡ haaaala!!!!, van tres curas cantándole: (Y entonaba la tía Francisca como si estuviera revestida de sagrado imitando las letanías de rigor...)

-Ese que tiene dinerooooo, deteneile, deteneileeeee. ¡Perras al bolsón. Kyrie eleison! …Y se reanudaba la comitiva otra vez. Al poco tiempo volvían a hacer otra "posa" y volvían los responsos y letanías anteriores:

-Ese que tiene dinerooooo, deteneile, deteneileeeee, ¡Perras al bolsón Kyrie eleison!...

y se llevaban una hora o dos haciendo posas rezungando por lo bajo los feligreses:

-¡Ese que tiene dinero, deteneile, deteneile.

Otra perra al bolsón. Kyrie eleison, Christe eleison!.!!

Pero... !ay! si se muere un pobre, a la puerta de la casa aparece ya un solo cura a cantarle y darle tierra... (y volvía la tía Francisca a entonar la letanía):

¡Este que no tiene nadaaaa, hala, hala, hala, hala...!!!

Y no hacen posas... solo le hacen las tres posas que entran en reglamento y nada más"

La cotidianeidad de la Muerte en esos tiempos estaba bien presente en la vida de aquellos, y hasta de ella se mofaban, conscientes de que antes o después, por sorpresa o avisando con antelación, vendría a por lo suyo. Gallarda pues, ante este hecho irremediable, la tía Francisca contaba en aquellos veladeros invernales múltiples consejas que no hacía sino procurar la carcajada, sin dejar de mostrar la realidad de la vida, de allá y de acá, de los mocitos que, como ella vivían "del otro lado", en un mundo bien diferente al de alto copete de señoritos que viajaban en "serré". Y la tía Francisca, redicha como ella sola, explicaba socarronamente:

-"Mirai hijas, los ricos... ¡son animales hasta en la muerte!”.

Siempre aparecía alguna incauta que, con sorpresa, preguntaba: "-Pero, tía Francisca, ¿cómo va a ser eso?, ¿y por qué son más animales, diga?:

-Siiiii, mujer -replicaba ella-, y... muy animales.

Los ricos hasta en el morir se conocen. ¡Se muere un pobre!... y le llevan cuatro personas. Cuatro personas le pillan y, poco a poco, poco a poco le van llevando...

¡Se muere un rico!..., y dos caballos le llevan, en vez de personas. Pompas y vanidades, hasta con floreros van los coches. Desfilan los caballos y ya veis...

Se muere otro más rico y,... ¡cuatro caballos!, se muere otro más rico y más caballos... Contra más ricos más animales, ¿veis hijas?, contra más ricos, ¡más animales!.".

Risas y más risas, de algo muy cercano a su vida, asumido y asimilado, lo que les permitía morbosamente bromear en conversaciones surrealistas sobre si les iría a valer o no, el traje que tenían guardado desde el día de la boda para la mortaja, o la manda que dejaban a la familia para que ni se les ocurriera llevar su cadáver en "la caja" a hombros al camposanto, sino en coche -fúnebre, claro está- que para eso habían pagado a la "mutua" durante más de medio siglo.