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Una aproximación a los ritmos de tiempo en la España de nuestros antepasados

MARTIN CEBRIAN, Modesto

Publicado en el año 1982 en la Revista de Folklore número 22.

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Durante siglos y con reminiscencias en nuestros días, el español ha vivido su existencia midiéndola por los dictámenes religiosos que dan al dinamismo de la naturaleza, a las estaciones del año, una visión un tanto personalista (1) .

Mientras que en Europa los ritos de la vida ya no se regulaban por las horas litúrgicas sino por los relojes públicos, el español hasta el siglo XVII normalmente careció de ellos. Esto dio que las precisiones horarias se tuvieran muy raras veces en cuenta y si se hacia eran las horas divisorias (las doce del mediodía...) las que contaban; que la definición del periodo del año, del momento del día continuaran dándose tomando como referencia acontecimientos o hechos religiosos explícita o implícitamente expresados: "por Pascua Florida", "al Angelus", "al toque de oración".

El cristianismo con su liturgia estableció lo que Caro Baroja llama "orden pasional del tiempo" (2). Como si el año litúrgico cristiano marcase los momentos en que se podían realizar señaladas acciones, expresar determinados sentimientos de tal forma que un mismo acto podía tener diferente punidad según el periodo del año o del día en que se hubiera cometido.

Hay por tanto un orden del tiempo marcado por los dictámenes religiosos, una visión del año señalada por el año litúrgico cristiano aun sabiendo que había otras formas de hacerlo (3).

Podemos comenzar a verlo con ocasión del Adviento, periodo de intenso trabajo y austeridad, donde las labores del campo, la recogida de leña para pasar el invierno se veían culminados con una efusión religiosa: la Epifanía, el tiempo de Navidad, momento de fiestas familiares, de construcción de nacimientos, de cánticos de villancicos y juegos de sociedad, donde una nube de religiosidad y paganismo entremezclados cubrían los actos.

No da mucho tiempo de paso cuando llega el Carnaval, auténtico hijo del cristianismo tal como lo señala B. Bennassar, personificado por Don Carnal, símbolo de libertad para comer hasta saciarse y no sólo esto sino que, al mismo tiempo, símbolo de autorización para satisfacer todos los apetitos que acto seguido serán refrenados por Doña Cuaresma.

Aparece, pues, Don Carnal como equilibrador de la vida tanto en sus aspectos religiosos como psicológicos y sociales. La inversión de las jerarquías sociales, la burla hacia ellas que conllevaba en algunos casos a verdaderas crueldades se hacia patente. Incluso la libertad carnavalesca llegaba a tal que la posibilidad de manifestación política carente en otro tiempo de expresión se hacía posible.

La agresividad acumulada, los deseos de expresión quedaban sueltos por algún tiempo y tan sólo eran matados exteriormente con el juicio y la ejecución de Don Carnal. Tras ello la matanza de animales de carne sabrosa que eran comidos en festines en los que el vino abundaba era cortada por Doña Cuaresma, que al frente de su ejército de pescados y legumbres era representada iconológicamente unas veces por vieja de siete delgadas piernas que simbolizaban las siete semanas cuaresmales, otras por vieja de piel arrugada que mostraba su trofeo (trozo de bacalao) y ceñía su cintura con enorme rosario, y otras, finalmente, por una simple muñeca o un actor caracterizado por Judas que al finalizar la Semana Santa era juzgado, condenado y ejecutado a veces en verdad.

Doña Cuaresma acompañaba victoriosa a Don Carnal en su entierro (Miércoles de Ceniza) acusado de los mil y un pecados cometidos hasta ese tiempo; los lloros de algunas gentes cerraban el entierro de la sardina, la muerte de Don Carnal y la venida de la Cuaresma, tiempo en que los días se alargaban y también la duración del trabajo donde las labores campesinas volvían a surgir con la disposición del sol para ellas.

Doña Cuaresma era la antítesis de Don Carnal. Lo que en otro tiempo fue alegría, festines, juergas y desmanes se convierte ahora en recogimiento, austeridad y ayuno. Tiempo privilegiado para los sermones predicados por las Órdenes mendicantes; para el ayuno, que si bien en un principio fue riguroso (comida única sin carnes, huevos, leche y queso), con el tiempo, y gracias a la compra de "bulas" se pudo mitigar, aunque a decir verdad siempre hubo quienes buscaban algún pretexto para no llevar el "régimen" y los que no pudieron mitigarlo al no tener posibilidades de comprar las bulas.

El tiempo cuaresmal tenia su cima en la Semana de Pasión, la Semana Santa, que llenaba los templos y las calles de manifestaciones religiosas. Y es que el español ha tenido una forma muy "sui generis" de expresar la muerte y resurrección del Hijo de Dios.

Si la reforma luterana negó el valor de las imágenes, la contrarreforma en suelo español trajo consigo toda una creación de escultura religiosa con influjo del mundo teatral. Los artistas trataban de exaltar el parecido y la expresividad. Acudían a todo tipo de subterfugios con fin religioso para atraer al espectador, para producir una especie de hastío hacia la vida; el conjunto de añadidos en la escultura: policromía, ropaje, elementos reales (uñas, trozos de vidrio para los ojos, pelos...), daban un gran interés de persuasión.

Esta iconografía bañada en sangre y sufrimiento introducía a todo el pueblo, incluidos pauperes y marginados, en momentos de padecimiento. Las grandes procesiones con "pasos" que hacían sentir temor y compasión, con disciplinantes que bañaban su cuerpo en sangre, mostraban el tránsito de la vida por un "valle de lágrimas". Mientras tanto, las campanas de las iglesias se callaban; todo el recinto sagrado se vestía de morado y tan sólo un "monumento" expuesto en una capilla lateral mostraba el sepulcro del Salvador. Las carracas y matracas sustituían a las campanas para la llamada a los Santos Oficios y los gritos de los predicadores dando su sermón eran los únicos que parecían oírse como voces.

El bautizo del Cirio Pascual en la noche del Sábado Santo revivía el sonido de las campanas en las torres. El Domingo de la Resurrección del Hijo de Dios devolvía a las gentes la alegría, el resucitar de la naturaleza, del amor, de las ferias, fiestas y "compra" de mozas.

El periodo de verano se inauguraba. Un periodo de gran actividad laboral: recolección, migraciones de ganado... pero a la vez de júbilo proporcionado por las fiestas religiosas como la del Corpus Christi, en donde las procesiones en otro momento de dolor y luto se convierten en ceremonia religiosa con un Dios triunfador que "pasea" por las calles con la pomposidad del oropel. O la noche de San Juan, donde lo erótico bañado en fuego de hoguera mostraba el galanteo y a la vez forcejeo entre el honor y la pasión.

Las ferias y fiestas de las aldeas eran también signo de júbilo y de expresión de vida para las gentes. Unas gentes que veían pasar el tiempo bajo momentos de rezo, trabajo, juerga, comida y tertulia, con miradas hacia un Dios de temor que llevaba sus cuerpos, al son de retañidos de campanas, hacia el camposanto.

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(1) Es muy interesante el libro de Bartolomé Bennassar "Los españoles. Actitudes y mentalidad", publicado por Argos Vergara para conocer el "tiempo de vivir" de los españoles desde el final de la Reconquista hasta la época preindustrial.

(2) Julio Caro Baroja; "El carnaval", Ed. Taurus.

(3) En un próximo trabajo se verá cómo se han ido creando una serie de refranes para cada día del año que hacen mención al Santo que se celebra, la actividad laboral que se puede realizar o el posible tiempo climático que va hacer.