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TRAJES FEMENINOS DE ARAGON. RESEÑA DE UNA EXPOSICION EN OJOS NEGROS (TERUEL)

CONDE SUAREZ, Raúl

Publicado en el año 2002 en la Revista de Folklore número 256.

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I.- PRESENTACIÓN

Del 15 al 22 de agosto de 2001 tuvo lugar en el municipio turolense de Ojos Negros una exposición antológica sobre "Trajes populares de Aragón", auspiciada por Montserrat Ballestero Belio, profesora de jotas en Cataluña y varias veces premiada en el Certamen Oficial de Jota Aragonesa, que se celebra con motivo de las fiestas del Pilar. La exposición, organizada por el Ayuntamiento de Ojos Negros con la colaboración de la Diputación Provincial de Teruel, pudo contemplarse en las modernas salas del Torreón del Homenaje, un edificio restaurado que antaño albergaba a la cárcel del pueblo.

Montserrat Ballestero se encargó de reunir los atuendos y de montarlos para su exposición pública, ayudada por vecinos del lugar aunque con una infraestructura mínima. No obstante, el resultado fue excelente y la muestra cosechó un enorme éxito. Los visitantes pudieron apreciar más de una quincena de atavíos femeninos, fundamentalmente de Huesca y de Teruel, además de otras prendas propias de la mujer en Aragón, sobretodo mantones. La organizadora de la exposición explicó que no se trata de recopilar todos los trajes populares de la región, sino algunos de sus ejemplares más significativos. En el folleto de la muestra se dice que la exposición persigue dos objetivos. Primero, pasar "un rato agradable, ameno y divertido contemplando la variedad de trajes e indumentarias, que vistieron nuestros antepasados aragoneses durante el siglo XIX y comienzos del XX". Y, segundo, "acercar la vida cotidiana y las costumbres populares de Aragón en el pasado, ya no tan inmediato" (1).

II.- NOTAS DE GEOGRAFÍA E HISTORIA DE OJOS NEGROS

La localidad de Ojos Negros está situada en la parte oeste de la provincia de Teruel, en la comarca de Calamocha. Pertenece a la Mancomunidad del Jiloca y limita con tres pueblos de la provincia de Guadalajara (Setiles, El Pedregal y Tordesilos), y con Villar del Saz, Villafranca, Monreal del Campo, Blancas y Pozuel (2). Es un pueblo enclavado en el Sistema Ibérico, en las faldas de Sierra Menera, superando en sus estribaciones montañosas los 1.500 m. de altura. Según datos oficiales, tiene censados 611 habitantes, divididos en dos núcleos de población, el Barrio del Centro y Ojos Negros. (3).

El pueblo atesora en su casco urbano la Iglesia Parroquial del Pilar, de estilo barroco, que cuenta en muchas de sus partes con hierro forjado como material principal. También es digna de destacar la ermita de Santa Engracia. Sus fiestas patronales se celebran en agosto. En el entorno del municipio se emplazan las que en su día fueron unas de las minas de hierro más importantes de nuestro país, y que actualmente están abandonadas. Se accede por la N-211 desde Monreal del Campo, tomando a los 7 kilómetros el desvío hacia Ojos Negros. El área minera es amplia, y son múltiples los huecos y grandes escombreras que se observan, y que popularmente recibían el apelativo de "ojos" lo que, posteriormente, dio origen al nombre del pueblo.

El aprovechamiento minero, que comenzó en 1903, se produce "a cielo abierto" sobre mineralizaciones de hierro ligadas a calizas/dolomías. La mineralización corresponde a oxihidroxidos de hierro que son, probablemente, el residuo insoluble del proceso de lavado unos carbonatos de hierro y magnesio depositados en un medio arrecifal marino; su origen es, por tanto, sedimentario.

Las minas se han explotado desde muy antiguo; quizá desde los romanos, pero con el cierre de los Altos Hornos del Mediterráneo se clausuraron, siendo muy difícil su reapertura (4).

Parece ser que actualmente su economía se centra en la explotación de la agricultura y de la ganadería, aunque se intuye que el futuro del pueblo reside en las actividades ligadas a la cultura y al turismo. El Área de Expansión Ganadera y la concentración parcelaria han aumentado los ingresos económicos de los ojonegrinos. El trabajo en las minas ha marcado la historia del pueblo. En las épocas celtibérica, romana y musulmana, según estudios de especialistas, ya se realizaban procesos metalúrgicos de extracción, transformación y forja. La contienda civil de 1936 paralizó la actividad minera, que no se recuperó hasta bien entrada la década de los cuarenta. La falta de inversiones en la zona y diversos conflictos laborales acaban con las minas, después de 87 años de vida. Como es lógico, este hecho supuso un golpe durísimo para el pueblo que, paulatinamente, vio como mucho de sus hijos emigraban a las grandes capitales, especialmente a Zaragoza y Barcelona.

III.- INTRODUCCIÓN A LA INDUMENTARIA ARAGONESA

Muchos de los investigadores del folklore coinciden en negar la existencia de un traje regional aragonés uniforme, paradigmático. Al mismo tiempo, se encargan de difundir las diferencias que separan a los atuendos según su procedencia geográfica. Es decir, no es igual el traje utilizado en el valle de Hecho, en Huesca, que en el Maestrazgo, en Teruel. Sin embargo, ambos pertenecen a ese rico universo que conforma la etnografía aragonesa.

Sea como fuere, el estudio del traje y de la casa de un pueblo constituye un rasgo común en la historiografía universal. La posibilidad de obtener múltiples explicaciones sobre el paisaje y el paisanaje ha suscitado el interés por el traje por parte de historiadores, sociólogos, historiadores del arte, geógrafos, etnólogos y folkloristas. Según los tejidos y la forma de las prendas, se pueden extraer conclusiones sobre el clima, los hábitos de vida e incluso el carácter del pueblo sujeto a investigación.

A la hora de analizar los trajes populares de la tierra de Goya, la clásica división del Alto y el Bajo Aragón, la España húmeda y la árida, quizá no se ajuste con precisión a la estricta separación de los diferentes atuendos aragoneses. Los estudiosos distinguen "los trajes de los valles de Anso, Hecho, Jasa, Tena, Gistain, de la Ribagorza, de Fraga, del Somontano, del Moncayo, de la ribera de Zaragoza, de Caspe, de Alcañiz, de Teruel, de la Serranía de Albarracín, del Maestrazgo, etc..." (5).

La idea equivocada de que el traje de "baturro" constituye la síntesis de la indumentaria aragonesa se explica, entre otros motivos, porque se utiliza mayoritariamente en los grupos de jotas, en acontecimientos populares y en festividades religiosas de toda la geografía regional. El traje, como veremos en las siguientes páginas, varía en función del paisaje y de otros aspectos temporales (verano o invierno), socioeconómicos (de trabajo o de fiesta, según la posición social) o simplemente dependiendo de la cultura o de infraestructuras de comunicación (6).

No cabe dudar de la buena intención de todos aquellos que, mediante su labor en los grupos de jotas, han conseguido la generalización del traje de "baturro", presentándolo con representante uniforme de la indumentaria aragonesa y, en consecuencia, ignorando las divergencias que separan a los trajes de Aragón según la tipología que hemos detallado. Así, pues, cabe desterrar este tópico con el mismo énfasis con el que se podría censurar los modernos elementos que, al parecer, se están incorporando en el atuendo jotero, tales como gafas de sol, chapas en los chalecos o pendientes en las orejas. La exposición que recogemos en estas líneas, aunque sencilla, perseguía el objetivo de demostrar la variedad del traje regional aragonés con un respeto escrupuloso hacia los criterios que marca su propia historia.

La división tópica entre el Alto y el Bajo Aragón -la España húmeda y la de secano, la pudiente y la onerosa- ha sido desterrada con esfuerzo por los investigadores más fiables y rigurosos de la etnografía aragonesa, que agrupan los trajes tradicionales en tres amplias áreas geográficas: los Pirineos, la depresión del Ebro y el Sistema Ibérico.

En el valle del Pirineo los pastores acostumbraban a tener telares en los que se hacían los paños que luego utilizaban para confeccionar sus trajes, lógicamente, adaptados a las duras condiciones climáticas del lugar. Quizá por ello sobresale la vistosidad de los atavíos, por ejemplo, de los valles de Hecho y Ansó, imposibles de relacionar con otros atuendos de la península Ibérica. El aislamiento que ha sufrido esta zona a lo largo de la historia ha favorecido la conservación de esta clase de trajes. Los paños eran de lana, teñidos de colores diversos, con los que se confeccionaba las basquiñas, refajos, faldas, jubones, chaquetas, calzones, capas anguarinas, etc. La ropa interior, en lino, cáñamo o estopazo, también era de fabricación casera. Sin embargo, las prendas de complemento (mantones, cintas o delantales) procedían del intercambio con Francia o en ferias y mercados.

La depresión central del Ebro y las tierras más bajas de los somontanos pirenaicos e ibéricos componen el ya citado segundo área. El clima, entre mediterráneo y continental, se caracteriza por unos inviernos fríos, las altas temperaturas en verano y escasez de lluvias. Estos parámetros se adaptan a la perfección con la aridez de estas tierras, ubicándose en ellas muchas de las principales plazas de Aragón, entre las que destaca Zaragoza, la capital, y quizá sea tal razón la que explica el hecho de haber sido esta zona la primera que introdujo "las modas de fuera", y en la que pronto "quedaron en desuso las ropas tradicionales" (7).

Las mujeres a diario vestían con refajos y enaguas, hechas en percal estampado o paño, delantal y un jubón o chambra sobre la camisa, que en verano se sustituía por un justillo; sobre los hombros llevaban mantoncillos de lana, seda o toquillas. En las ciudades, los jornaleros, menestrales (artesanos) y pequeños comerciantes llevaban amplias blusas o blusones, mientras la burguesía y otros profesionales vestían siguiendo la moda internacional.

Por último, el tercer área lo conforma el suroeste de la región, fundamentalmente el Sistema Ibérico (Moncayo, Albarracín). Son tierras agrícolas y ganaderas con inviernos fríos y lluviosos y veranos cálidos. En el Somontano del Moncayo, las mujeres llevaban faldas cortas de color rojo o amarillo, y en algunos pueblos de Teruel (Alcalá de la Selva, Aliaga, etc.) se tejían con la lana de sus ganados numerosas prendas como faldas, refajos, chaquetas, calzones o capas, en el tejido denominado cordellate.

Los hombres en Teruel hacían servir blusas y trajes en telas claras, y las mujeres toquillas de gran variedad cromática. En las comarcas de la periferia provincial se constatan influjos con las vecinas tierras valencianas (Maestrazgo), o castellanas (Guadalajara y Cuenca), como en el caso de Ojos Negros.

IV.- DESCRIPCIÓN DE DOCE TRAJES FEMENINOS

En las páginas que siguen, analizamos con detalle los trajes expuestos en Ojos Negros en la mencionada muestra.

1. ANSO

Es el llamativo traje de "ansotana", propio del valle pirenaico de Ansó (Huesca). Es un atuendo "de ceremonial" y de corte medieval utilizado en acontecimientos especiales como bodas, bautizos o entierros. Luce una basquiña larga hasta los pies, un paño grueso de color verde, que sale en grandes pliegues de debajo de los brazos sin marcar la cintura. Las mangas son de la misma tela bordada o con aplicaciones, por encima de las cuales y a la altura del hombro aparecen las abombadas mangas de la camisa blanca y la groguera rizada. El traje de fiesta, y más concretamente, el de boda lleva sobre el pecho una serie de cintas de seda labrada y varios collares de los que penden medallas y relicarios.

Es muy curioso el peinado de largas trenzas que envuelven en cintas de seda y cruzan sobre la cabeza formando como una aureola que realmente haría creer al que por primera vez lo viese sin saber el secreto, que se trataba de un sombrero. El tocado se completa con un pañuelo listado de seda, aunque para ir a la iglesia usaban el rebocillo de paño burdo con una borla en el centro que pende entre los ojos, o también una manteleta negra.

Realmente Ansó representa uno de los últimos reductos del traje regional aragonés, cuya singularidad se conserva hoy día con la misma viveza que antaño (8). La mujer ansotana ha conservado un indumento distinto según la ocasión, ya sea cotidiana o extraordinaria.

2. BIELSA

Es una muestra representativa del atuendo originario de la villa oscense de Bielsa, una de las más prósperas del Pirineo aragonés famosa también por la celebración de sus populares Carnavales.

La mujer que vemos en la ilustración viste una camisa interior de cáñamo y enagua, con un refajo de decoración cuadrangular con bolsillo de color azul. Como falda exterior luce una saya de lana morada. Desde la cintura para arriba, un jubón o justillo abierto por delante, dejando una pronunciada escotadura en forma de V, con encordadura para su sujeción; sobre los hombros, pañuelos o mantoncillos que remetían por el escote delantero del jubón. Se cubren la cabeza con un pañuelo anudado en el lateral izquierdo, dejando la punta de atrás suelta. Calzan abarcas de piel o alpargatas y zuecos, como es el caso, para la lluvia o nieve.

Dentro de la provincia de Huesca, y aunque no hallemos ninguna muestra en la exposición que comentamos, cabe destacar el reclamo del tocado que cubre la cabeza. Parece ser que las mujeres de la Ribagorza solían llevar el pelo tirante recogido en la nuca, de donde partían una o dos trenzas con las que se formaba un moño alargado llamado "troncho llarg". Este peinado era exclusivo de las mujeres jóvenes o solteras, "puesto que al casarse empezaban a usar pañuelo de cabeza que doblaban por la mitad en forma de triángulo y anudaban debajo de la barbilla" (9).

3. VALLE DE TENA

El valle de Tena constituye una de las cuencas más conocidas de la provincia de Huesca, y cuya cabecera, Sallent de Gallego, es una mezcla de tradición y modernidad. La iglesia parroquial, con un retablo gótico del siglo XVI, es el monumento más destacado. La caliza de sus montañas, las aguas de sus ríos y lagos y la exuberancia de la nieve dibujan la silueta del valle de Tena, que tiene en Panticosa y Formigal dos centros turísticos de primer nivel.

Los trajes utilizados a lo largo de la historia en este valle no se diferencian en exceso de los que priman en el Alto Aragón. Las variaciones Lámina 3 son mínimas y muy focalizadas entorno a algunos núcleos de población. Un ejemplo claro es Panticosa, con sus sombreros de copa baja y ala muy ancha, las polainas, los calzones ajustados y con botones.

La indumentaria femenina de esta zona está representada aquí por esta pieza de Sallent de Gallego, caracterizada por su sencillez formal. Consta de tres elementos fundamentales: la blusa entallada de riguroso color negro, en la mitad superior, y una saya o falda de paño rojo con un estampado negro en forma de retamas en la parte inferior de la prenda. El pañuelo adosado al torso cubre gran parte del cuerpo llegando incluso hasta las rodillas. Está hecho en seda y presenta un estampado bellísimo y de gran variedad cromática con un dibujo floreado.

El traje se completa con las enaguas, el jubón y con un medallón en el pecho, amén de la camisa interior.

4. ALCAÑIZ

Alcañiz es una población turolense cuyas funciones históricas -militar, religiosa, administrativa y económica- sigue cumpliendo en la actualidad, aunque en menor medida. En su patrimonio destaca principalmente el castillo de los Calatravos, convertido en parador de turismo, los restos de la muralla y la plaza de España con los edificios del Ayuntamiento, de la Lonja y de la Colegiata.

Los estudiosos señalan dos variantes del vestir femenino, correspondientes a los tipos de artesana o jornalera y labradora. Sin embargo, esta división no es estricta y el atavío de nuestra exposición así lo certifica.

La mujer alcañizana que vemos luce una saya o falda de tela azul con listas o cuadritos y plisado de acordeón; delantal negro con puntas blancas y bolsillos verticales en los costados; una camisa o chambra negra con manguitos blancos. Por último, pañuelo de merino estampado dispuesto en forma cruzada sobre el pecho para anudarlo en la espalda. Las artesanas solían usar zapatos de lona con puntera y talón de piel, pero la que observamos aquí lleva alpargatas de esparto.

Hay que resaltar, además, los singulares peinados femeninos que se estilan en Alcañiz, especialmente el del "pelo rodao" (10). Se realiza con dos o tres trenzas sujetas en la nuca y dando vueltas hacia un lado; del centro de este moño penderían unas cintas de merino negras. Las jornaleras, por su parte, lucían un moño trenzado de grandes proporciones que alcanzaría las orejas, y decorado con una cinta llamada "quiquiriquí".

5. TRAJES DE FIESTA

La ciudad de Zaragoza y, en general, la zona de la depresión del Ebro, conforma quizá el escenario en el que el paso del tiempo produjo un abandono paulatino muy rápido de las formas tradicionales del vestir aragonés. La coyuntura geográfica y la cohabitación de estamentos sociales variopintos (jornaleros, burgueses, menestrales, etc.) propiciaron la divulgación de mil y una maneras de ataviarse, en ausencia de una regla general o de un uso generalizado de una determinada indumentaria.

El atuendo que observamos es un ejemplo arquetípico de los trajes de fiestas zaragozanos. Sobresale la calidad de las prendas, lo que denota elegancia para acudir a reuniones especiales como una boda. Los jubones y las faldas están confeccionados en seda en estos cuatro trajes (correspondientes a las láminas 5, 6, 7 y 8).

Además de la riqueza en colores y la hermosura indiscutible de sus tejidos, el elemento preponderante en estas piezas es el mantón, los mantones de Manila que se remontan al siglo XIX, en algunos casos adamascados (Lámina 6), y en otros llamados "ala de mosca" (Lámina 7), por el color entre negro y marrón. En los cuatro casos son impresionantes muestras que contrastan con otras ropas, como el bancal que cubre la cabeza del atuendo de la lámina 5, una prenda de respeto y solemnidad imprescindible para ir a misa.

Es obvio constatar que la elección de colores en las faldas y en los mantones es totalmente aleatoria, y dependerá del gusto personal de la mujer y de su disponibilidad económica, puesto que no todo el mundo poseía un mantón de Manila. La mujer, en su defecto, siempre elegía el de mejor calidad.

La época de mayor esplendor del mantón de Manila se registra en la segunda mitad del siglo XIX. Las faldas, asimismo, adquieren un gran volumen de vuelo. En los trajes que vemos en este apartado, sobresale también el calzado, acorde con el motivo festivo de estos ropajes. Estas mujeres, como es natural, utilizan zapatos incluso ornamentados con cintas de hiladillo negro (Lámina 5). Por último, no podemos pasar por alto el delantal confeccionado con encaje de bolillos que luce la figura de la octava fotografía.

9. TRAJE DE DAMA ARAGONESA

Es una variación del traje de fiesta que veíamos en el anterior apartado. La mujer utiliza prendas selectas que le confieren un aire de elegancia, de distinción. Los rasgos característicos, pues, son muy semejantes por no decir idénticos.

En la figura que vemos aquí, cabe subrayar el aspecto general de sobriedad que causa el color negro y, al brazo, el mantón de Manila acompañado por limosnera. Las aplicaciones del jubón son excelentes y la falda larga de "moaré" causa una gratísima impresión. Y los expertos avisan: "Es un error muy usual hoy en día, al vestir el llamado "traje de dama aragonesa" el llevar las faldas rectas, prácticamente pegadas al cuerpo (...) Si a eso añadimos otras barbaridades, como el uso de blondas, exageradas puntillas, lazos con pedrería, etc., la mujer que pretende ir ataviada "de aragonesa" causaría una extraña impresión entre sus antepasadas, que de ninguna manera la reconocerían como tal" (11).

El traje tradicional de "dama aragonesa" ha adquirido una inusitada relevancia en el folklore de hoy, "sobretodo en los festejos religiosos o los Lámina 9 sociales de cierto respeto" (12). El proceso es fruto de un periodo de adaptación a la moda señorial o burguesa del siglo XIX, aunque convirtiéndolo en "traje tópico popular" de ese estamento social. A esta clase de atuendos señoriales se le agregan bancales, mantones de manila e incluso "otros elementos del vestido que se usan habitualmente por las clases populares" (13).

Las señoras bien situadas económicamente pronto adoptaron los "figurines" importados desde Zaragoza capital u otras ciudades de Occidente, y produce automáticamente un comportamiento mimético en las clases populares, capaces de sacrificar sus escasos recursos para poder hacer frente al gasto que suponía confeccionar un traje de estas características. Los investigadores más avezados del folklore aragonés presentan serias reticencias -por no decir que se muestran totalmente contrarias- a la consideración generalizada de "vestido tradicional" para el traje de dama aragonesa que, hoy en día y en algunos casos, se muestra muy desvirtuado.

TRAJES DE FAENA

Estas tres figuras (láminas 10, 11 y 12) corresponden a la indumentaria de diario de las aragonesas. Las tres visten un calzado de alpargatas propio de faenas del campo; camisa interior (blanca o gris), jubón y corsé o ceñidor. En la parte inferior enaguas blancas de hilo, faldas de paño en varios colores y formas (desde el negro de la fotografía 11 al blanco y morado de la número 12) y, finalmente, los delantales, especialmente el que ilustra la lámina 10, cuyo tejido y decoración en forma de cuadriles llama poderosamente la atención. También hay que resaltar los pañuelos de seda incorporados en la parte superior, los tres en estampado de flores de vivos colores.

El traje de diario o de faena puede variar ligeramente dependiendo de las costumbres de cada pueblo. En Fraga (Huesca), la camisa interior se agrega a otra "de media manga o manga entera que solía recogerse a la altura del codo" (14). La fragatina lucía dos enaguas, una blanca de hilo y otra de piqué para el invierno, una falda de Vista parcial de la exposición - Lámina 12 bayeta o paño y, además, una falda "llamada bajera a rayas a cuadros"(15).

En algunas zonas, por ejemplo en la depresión central del Ebro, también es frecuente que la mujer lleve encima de la camisa y de la enagua un justillo confeccionada en paño rojo con cuadros negros y en la parte inferior refajos. La cabeza se protege con un pañuelo de merino de colores fuertes. En la Serranía de Albarracin (Teruel) destaca el singular cordellate, hecho en esta zona, un elemento distintivo que sobresale al refajo, la saya y el delantal, y en el que predomina el color azul, "con finas rayas verticales blancas" (16). La saya resalta por su decoración con una ancha banda roja de paño rematada encima por otra amarilla recortada en semicírculos dentados.

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NOTAS

(1). Folleto divulgativo de la exposición "Trajes populares de Aragón", organizada en Ojos Negros del 15 al 22 de Agosto de 2001.

(2). Los datos relativos a la localidad proceden de la página web www.teruel.org.

(3). Ojos Negros dista 68 kilómetros de Teruel y su gentilicio es ojonegrino.

(4). Más información de las minas de hierro de Ojos Negros en el libro de Diego Arribas.

(5). Cuaderno didáctico Ropas ampradas. Trajes populares de Aragón, Edita: DGA, Zaragoza, 1993, pág. 6.

(6). Casi todas las publicaciones que hemos consultado caen en el error de generalización a la hora de identificar el traje aragonés con el traje de "baturro". El estudio más preciso es el que reseñamos en la anterior nota.

(7). En este trabajo seguiremos casi monográficamente las explicaciones fidedignas y completísimas de los autores del estudio reseñado en la nota 5.

(8). La indumentaria femenina de Ansó está considerada como una de las más complejas de todo Aragón, pero también una de las más fácilmente reconocibles producto de sus marcadas formas.

(9). Ansón y Antoranz escriben que "en lugar de la mantilla aquí era mucho más habitual el "caputxo", de paño negro del país, con puntiagudo pico curvado hacia delante; se usaba doblado sobre la frente dejando la cara despejada, con la tufa sobre la nariz (las viudas se tapaban con él casi toda la cara), por su amplitud servía como abrigo, llevándose a diario para las labores del campo. Se halla extendido por otras razones del Pirineo y comarcas aragonesas".

(10). Esta denominación es original de Hoyos Sainz, aunque está recogida en el "Cuaderno didáctico" de la exposición organizado en 1993 por la DGA, titulado "Ropas ampradas. Trajes populares de Aragón".

(11). Vid. Nota 5, pág. 47.

(12). Enciclopedia Temática de Aragón, tomo 11, Antonio Beltrán Martínez. Ediciones Moncayo, Zaragoza, 1993, p. 116.

(13). ídem, ibídem.

(14). Vid. nota 5, p.38.

(15). ídem, ibídem.

(16). ídem, ibídem, p.54.

BIBLIOGRAFÍA


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