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DE LA COMEDIA DE SANTOS A LA LEYENDA NEGRA

HERRERO, Fernando

Publicado en el año 2001 en la Revista de Folklore número 247.

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Un espectáculo ejemplar es el punto de partida para proseguir mis reflexiones sobre el folklore de antaño y su recuperación, bien desde sus propias raíces o transformado en el tiempo. “La Colomba ferita”, llamada opera napolitana fue estrenada en 1670, con texto de Giusseppe Castaldo y música de Franceso Provenzale en Nápoles, por los alumnos del Conservatorio de la Pietá de Turchini. Se denominaba melodrama sacro y era lo que se ha llamado “Comedia de Santos”. La protagonista era Rosalía, Santa y no mártir, de Palermo, pero que fue muy venerada en Nápoles aun sin llegar a la obsesión por San Genaro y el milagro de la sangre. Perdida estaba esta hermosa partitura y su revisión por Enrico Baisano y Antonio Florio, así como la puesta en escena de Davide Livermore constituyen uno de esos milagros artísticos que sirven de ejemplo para todos.

Estas óperas napolitanas son una parte del folklore y de las tradiciones de la Ciudad del Vesubio. A la vez populares y doctas, sus representaciones constituían una fiesta para todos los públicos. Perdidas muchas de ellas, el trabajo de unos especialistas dramatúrgicos y musicales las van sacando a la luz. Joaquín Díaz, director de esta Revista, a título personal y colectivo ha redescubierto textos, músicas, las ha interpretado, grabado, recogido en libros y cuadernos, tarea fundamental para preservar nuestra historia social y cultural, no siempre reconocida como se debiera.

Antonio Florio y su gente han realizado una extraordinaria labor musicológica centrada sobre todo en la ópera barroca napolitana. Todo un mundo desconocido se abre cuando en España podíamos hacer otro tanto. En el estupendo programa de la obra, hoy en los teatros de ópera cada uno de estos ya voluminosos libros nos ofrece trabajos especializados, Esther Borrego examina las Comedias de Santos en nuestro país y de su asunción por Lope, Tirso, Calderón y tantos otros, aunque debían de preexistir. Curiosamente existe una titulada “La mejor flor de Sicilia, Santa Rosolea” de Agustín de Salazar y Torres, con el mismo personaje de “La colomba ferita” y con situaciones al menos paralelas.

Estas comedias tenían un gran éxito de público en España e Italia, eran propiciadas por la Iglesia y las Ordenes religiosas (en Nápoles la influencia de los Jesuitas fue grande y formaba parte del acervo popular., Santas y santos, muchos desconocidos, eran vertidos en hagiografías musicales y dramáticas. Provenale incluso, dedicó otra de sus mejores óperas a Teresa de Avila. No había pues, fronteras, sino estilo, estética peculiares. ¿A nadie se le ha ocurrido propiciar una representación de “La Fenice d’Avila Teresa de Ciesu”? Ni siquiera en las conmemoraciones se tiene un poco de originalidad. Lástima.

Lo importante, con todo, no es la recuperación histórica, sino la plasmación actual. Todas estas reflexiones surgen al socaire de una representación de “La colomba ferita” en el Teatro de la Zarzuela de Madrid, ahí esta la obra, íntegra, una quincena de espléndidos músicos con orquesta de instrumentos originales, todos los personajes históricos y simbólicos de la trama, amén de la pareja cómica que canta en dialecto napolitano. No se trata empero de una reconstrucción arqueológica, sino de una verdadera recreación que une lo actual con el pasado, a través de una puesta en escena critica pero no irrespetuosa, irónica pero sin romper el encanto de lo hagiografico. Vital en la propia fuerza de origen y en la interpretación que realizan unos artistas de hoy. Frescura, espontánea, asimismo trabajada hasta el detalle. Todos cantantes, músicos, escenógrafos, mimos etc. son un equipo profesional. Un modelo que no hace concesiones pero que mantiene el divertimento, que siendo ingenuo, tiene muchos subtextos que mostrar.

El amor divino frente al amor humano. Rosalía ama a Jesús casi físicamente, el erotismo de nuestros propios místicos, el orgasmo espiritual. Al final triunfará frente a la familia, el rey, el prometido, la propia figura del demonio o la reticencia de la Virgen María. Morirá en el Eros como Isolda, igualmente virgen. Será santificada y alabada por sus milagros ante la terrible plaga de la peste. El triunfo de la santidad y la proclamación jubilosa de su gloria.

Ironía que roza, en el montaje, con la subversión. Cristo se acuesta al lado de ella sin ninguna implicación sexual directa pero si afectiva. La Virgen y Jesucristo no cantan directamente, lo hacen desde un lado del escenario, pero su mímica responde a esa catarsis de lo espiritual cuando se transfieren los sentimientos humanos. Así, la puesta en escena actualiza e interpreta desde nuestra propia época, sin modificación alguna de su texto o música, una historia de santos que en Nápoles se expresara a través de la ópera. Que el público disfrute de un hecho artístico de calidad, nos indica las posibilidades existentes en el rescate del material artístico de nuestro pasado, absolutamente ignorado. “Las edades del Hombre” por ejemplo, han permitido sacar a la luz partituras muy interesantes, aunque no se ha completado el ciclo en forma semejante a la extraordinaria labor de Antonio Florio y su gente, plasmado en una representación escénica y musical, que forma parte de lo más importante de esta temporada cultural. Respeto y renovación a la vez. Sicilia y Nápoles del pasado, reflejados coherentemente en el presente. El folklore renacido sin perder sus raíces.

De la “Comedia de Santos” a la historia, a la leyenda negra en una de las obras más densas y bellas de Giuseppe Verdi, hoy en plena conmemoración del Centenario de su muerte. En “Don Carlo” es nuestro propio pasado el que sale a la luz. Historia, con minúsculas podríamos señalar, porque tanto el texto dramático de Schiller como las versiones francesa e italiana de la ópera verdiana dejan bastante que desear en la fidelidad y rigurosidad de lo histórico (esta vez con mayúsculas). El autor alemán y los libretistas de Verdi no son, desde luego, muy escrupulosos a la hora de documentar sus propios personajes y la época en que vivieron. Se opera, pues, una transformación de lo documental por lo folklórico (si así se puede considerar la visión torcida de la leyenda negra, no exenta empero de unas cuantas verdades que no pueden en absoluto ser negadas.

Nos preguntamos, pues, sobre la viabilidad dramática de unas obras cuyos datos históricos no son rigurosos. El caso de “Don Carlos” es emblemático: la leyenda ha influido la literatura dramática. Schiller y su texto teatral, y éste, a su vez, ha hecho nacer la ópera verdiana. Los personajes de ficción han sobrepasado a los históricos, y los intentos de poner en pie la verdad, lo que ha ocurrido en los Centenarios de Carlos V y Felipe II son una valiosísimo sustrato para los especialistas, pero en nada cambiarán esa vida nueva que la obra teatral y sobre todo la ópera les han conferido.

Resulta curioso que la reflexión ante las comedias de Santos o las leyendas que se superponen a la historia surjan desde la representación de espectáculos operísticos. Hugo de Ana, el director de escena, escenógrafo y figurinista de la ópera de Verdi elige una opción historicista matizada por la estética, después de un estudio pormenorizado documentalmente. Así, la bellisima plástica de Yuste o el Escorial, en los diversos espacios tiene claras referencias de aquel tiempo, lo que contribuye a una especifica credibilidad. Los deslumbrantes vestidos, por ejemplo, en todo diferenciados desde cada uno de los personajes, la escenografía de interiores y exteriores sitúan el tremendo drama individual y colectivo en el que todos los personajes fracasarán. Así no importa que este Felipe II de la ópera se corresponda con el histórico (¿acaso podemos saber cómo fue en realidad ese monarca?), sino la fuerza dramática de un personaje que es complejisimo y al que Verdi concede la más bella aria para bajo jamás escrita en la que se barajan todos los conflictos del hombre: el amor, los celos, la paternidad, la soledad del poder, la lucha contra los “herejes” o sea los diferentes... A su lado, como figura de ficción el Marqués de Posa representa el idealista a la vez utópico y fiel, el Infante, la debilidad que intenta, sin el menor éxito, superarse, el Gran Inquisidor, el fanatismo de una concepción de la Iglesia y la religión, Isabel de Valois, el sacrificio personal, la Princesa de Eboli, la fuerza de la pasión, el presentimiento y el tardío arrepentimiento.

La leyenda, pues, sirve de cobertura perfecta al planteamiento de los conflictos individuales y colectivos. Aunque se trate de personajes históricos, este aspecto resulta secundario. El mecanismo de la obra teatral y luego de la ópera, esta vez matizado por la música y el canto funciona magníficamente y obliga al espectador atento a ir detrayendo toda esa maraña de relaciones que proyectan lo humano y lo social en todas sus implicaciones. A pocas obras les es dado integrar con precisión y riqueza los conflictos colectivos y los individuales, a la hora de la verdad muy cercanos. Es el “todo mundo” lo que revela “Don Carlo” en lo humano, totalmente humano. A su lado el “Parsifal” de Wagner, esta vez basado en una leyenda, la del Santo Grial, que prescinde precisamente de este aspecto para entrar en una morbosa espiritualidad que rechaza el sexo y que se proyecta en estos caballeros exangües cuyo jefe está herido eternamente por la culpa, hasta que el joven loco recupera ese misticismo degradado. Dejando apaerte la genialidad de las partituras de Wagner y de Verdi, me inclino firmemente por esta última, con o sin leyenda negra.

Este hecho teatral desvela dos mecanismos que se encuentran en la historia de la humanidad y se repiten en todos los momentos y situaciones en los países de mayores diferencias geográficas, sociales o religiosas. El ejercicio del poder y su conflictividad entre la ética y la pragmática, el fanatismo religioso o nacionalista, la opresión del poderoso sobre los débiles, la intransigencia y la destrucción del “otro” como comportamiento habitual son noticia diaria. “Don Carlo” prescindiendo de la tipicidad y veracidad histórica de sus personajes en una perfecta radiografía de estas tensiones sociales y colectivas, sabiendo además proyectar los conflictos individuales en la trama global que refleja un mundo, una época, completamente trasladable a cualquier otra.

Así, desde la música y el canto que hacen más asumible el discurso, las representaciones de esta ópera verdiana en unas fechas conmemorativas tienen asimismo la paradoja de ser limitados al público que llena diez fechas el Teatro Real, a precios que no están al alcance de todos los bolsillos. Mientras las nefastas televisiones públicas que programan series mediocres, concursos para subnormales y películas, esta vez excepcionalmente con títulos de interés pero que prescinden de la cultura casi por completo, incluso retrocediendo en algunas conquistas. La ópera, el ballet, la escena, cuyos mejores testimonios podrían conservarse se convierte en la concreción de lo efímero.

La representación del pasado, de la memoria de los tiempos se hace realidad en el arte. Estos dos ejemplos recientes muestran la integración del pasado en el presente, de la posibilidad de recuperación y vivificación de hechos culturales dormidos, como en el caso de “La colomba ferita” o simplemente apartados como el “Don Carlo” verdiano. Las connotaciones cronológicas son, a estos efectos, determinantes. Las conmemoraciones de Carlos V y Felipe II han posibilitado Exposiciones, Congresos y Publicaciones que han tratado de profundizar en la historia, en la sociedad, en la personalidad de estos monarcas. “Don Carlo” desde la leyenda, como ocurriera con “Ernani” los retrotrae el teatro, la música como componentes de un presente que se magnificencia del espectáculo del Teatro Real transformaba en suceso, desgraciadamente vedado para la inmensa mayoría