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UN CAPITULO MAS ALLA DEL QUIJOTE

GIJON, Carlos

Publicado en el año 2001 en la Revista de Folklore número 249.

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PROLOGO

Querido lector: te vas a encontrar en este capítulo a un Sancho Panza en el que surgen los instintos básicos que siempre anidaron en su espíritu y a los que el ex gobernador de la ínsula Barataria da su proyección según los conocimientos adquiridos en multitud de experiencias vividas anteriormente. Sencillamente se trata de un Sancho que por fin ya cree poder vivir a sus anchas.

Pero como acontece con toda figura importante, y Sancho lo es, no podía quedar remansada su vida como las aguas de una pequeña laguna. Sancho estaba predestinado a internarse en las grandes vertientes que ofrece la vida, a percibir y experimentar sus profundos conflictos, para poder llegar así a unas conclusiones que se remontan cada vez más a unas esferas que sorprenden lo que habíamos imaginado o pensado sobre la capacidad imaginativa e intelectiva del campesino-pastor, luego escudero del más admirable Caballero Andante y finalmente dueño de lo que para él era una hacienda suficiente para considerarse feliz e independiente.

También te encontrarás con un Don Quijote que no solamente ha superado su locura, sino también a sí mismo en el lecho de su propia muerte.

Ambos, Don Quijote y Sancho, se encontrarán con su creador, a quien después de mostrarle un reconocimiento reverencial, le podrán ayudar a conseguir su última perfección que aún él no había logrado conseguir por sí mismo.

Finalmente el héroe es coronado por su creador, desvelándose así el misterio de Dulcinea del Toboso, la cual toma forma definitiva, y se materializa en una realidad concreta para ser así el complemento ideal del héroe que conquista de esta forma los espacios vacíos de su espíritu.

Los demás personajes ya te son conocidos y aparecen formando un único marco en el que se desarrolla la continuidad de una historia que muy a su gusto le dan acogida por ser una importante parte de ellos mismos.

PRIMERA PARTE

Una vida en la paz de la aldea

Concluyó su novela inmortal Don Miguel de Cervantes Saavedra dejando caer una grávida losa sobre el frío sepulcro que encerraba lo que de largo era en sí el heroico aventurero Don Quijote de la Mancha. Fue voluntad de su autor que nadie osara perturbar el silencio de aquel reposo tan bien merecido por la creatura de su ingenio. En realidad así ha sucedido. El pasar de los siglos se ha acercado con su oleaje hasta los mismos bordes de este sepulcro, pero se ha conformado solamente en un unificar sus espumas con el sentido reverente que impone ese silencio que dimana desde los sótanos de la muerte. La voluntad, pues, de su autor de tal forma ha sido respetada que ninguna pregunta o súplica ha traspasado los dichos bordes ya establecidos, ni respuesta alguna ha cruzado los oscuros espacios que aprisiona la lápida cervantina.

Sin embargo, tal y como muy bien se ha dicho, nunca se pudo poner puertas al campo, como tampoco ha sido posible el sellar con lápida alguna los fecundos anales de la Mancha de cuyo tesoro he logrado extraer unos cuantos pergaminos sobre el caso acontecido a Sancho Panza, parroquiano y vecino de una de sus villas, los cuales fueron escritos por el Señor Cura Licenciado por el Seminario de Sigüenza con el propósito en un principio de realizar sobre ellos una posterior revisión, mas luego el tiempo parece ser que se encargó de borrar estas sanas intenciones por lo que quedaron envueltos en el polvo del olvido.

Tras la muerte y entierro de Alonso Quijano el Bueno, parece ser que Sancho siguió una vida que bien pudiera caracterizarse como normal. Aunque apesadumbrado por la pérdida de su Señor, trataba de gobernar lo mejor que podía su pequeña hacienda, contentar a su mujer e ir buscando una honorable y ventajosa salida para sus hijos Marisancha y Sanchico. Por de pronto con los dineros obtenidos como pago de sus disciplinas por el desencantamiento de Dulcinea ya había comprado tres ovejas y tres cabras, cuatro corderillos y dos cabritos, todo lo cual junto con los tres pollinos habidos de la hacienda de Alonso Quijano, formaba un pequeño rebaño que todos los días llevaba y traía a unos terrenos un poco alejados de la villa, poblados de encinas, arbustos y otras malezas. Estos pertenecían a una viuda de aquella localidad con la que Sancho había llegado a un acuerdo sobre el uso de sus pastos.

Al amanecer de cada día ya era habitual ver pasar a Sancho montado en su rucio atravesando un par de calles para adentrarse en el campo conduciendo señorialmente aquella heterogénea grey. Mas también había días en los que Sancho se empleaba en arreglos caseros, o bien en otros servicios que prestaba en el pueblo. Entonces mantenía encerrados en su corral a los que en algunas de sus mejores inspiraciones Don Quijote hubiera calificado como un pequeño pero aguerrido escuadrón.

En el invierno al abrigo de alguna enmarañada y copuda encina y a su sombra durante los días del estío, Sancho bien sabía disfrutar del contenido de sus alforjas: un buen pedazo de pan y queso, chorizo y cebolla que junto con la bota de vino solemnizaba su retiro campestre con largos y embelesados tragos.

Mientras su rucio pastaba y se holgaba en compañía de la fraternal manada su albarda le servía como la más muelle almohada que desear pudiera cualquiera de los habidos emperadores de la historia. Tampoco cambiaría sus apacibles y prolongadas siestas estivales, a cuyo sueño ruido alguno podía imponer sus límites, por ninguna de las cámaras palaciegas o habitaciones de ventas ni castillos en los que no recordaba hubiera conseguido alguna vez descanso alguno.

Después de estas reposadas siestas, mientras observaba complacido a su rebaño que rebuscaba entre los matorrales algún bocado de hierba, Sancho daba rienda suelta a sus imaginaciones y fantasías, haciendo cálculos matemáticos sobre el aumento de su manada con las nuevas crías que vendrían, más la venta de la leche, lana y carne que pronto empezaría a negociar. Había concretizado también un plan sobre los tres pollinos: uno sería para Sanchico, y los otros dos los vendería a su debido tiempo a un buen precio.

El negocio y mantenimiento de las gallinas, pollos, conejos y los tres cerdos siempre había estado bajo la diligente y directa capacidad administrativa de su mujer, aunque a veces mostraba sus discrepancias sobre el precio de venta del conejo casero. También hubiera deseado haber criado algunos pavos pero esto era algo a lo que se oponía férreamente Teresa Panza.

De alguna de aquellas siestas se había despertado Sancho un poco sobresaltado pues en sueños se le había representado saltando sobre el pollino aquella labradora que él hizo creer a su Señor que era la hermosa Dulcinea. La explicación que a este respecto le había dado la Señora Duquesa no le convencía del todo y comenzaban a surgir en su conciencia ciertos escrúpulos que amenazaban con desequilibrar la reposada calma y tranquilidad de su nueva vida. Seguidamente aparecía en su mente el recuerdo del fraude de sus disciplinas, y la verdad es que su esposa había comenzado a notar en él un cierto mal humor y extraño cambio en su carácter.

Uno de los días de la novena de Nuestra Señora del Rosario a la que todos los años Teresa Panza asistía con gran devoción, tuvo a bien desahogarse con el Señor Cura y éste después de escucharla trató de hacerle comprender como aquella vida de aventuras y desasosiegos que había llevado a cabo su marido durante el período de locura de Don Alonso Quijano le tenía que haber afectado, por lo que todo esto que le estaba pasando ahora eran secuelas que poco a poco se irían curando y desaparecerían.

SEGUNDA PARTE

La tormenta

Sucedió en una calurosa tarde de julio cuando Sancho, después de haberse engullido una sabrosa tortilla de huevos, patatas y cebolla que le había preparado su mujer a la que añadió un buen pedazo de pan y queso, combinado que él ya sabia enjugar y hacer corredizo con prolongados achuchones a su bota de vino, después de lo cual se sintió envuelto por un profundo sopor. No dando mayor importancia a unas nubes tormentosas, que aunque lejos en el horizonte, sí parecían estar preparando alguna rabiosa reyerta con la que sin duda mantendrían en jaque a todos los elementos celestes y terráqueos, Sancho sólo pensó en darle a su siesta su opción primordial por encima de cualquier preocupación racional.

La sombra de la copuda atalaya y el firme pero suave aparejo de su rucio le ofrecieron una deliciosa senda por la que se encaminó su sueño hacia las profundidades del más apacible y absoluto descanso.

La brillantez radiante de aquella tarde de julio se fue diluyendo lentamente, absorbida por los filtros de unos espesos nubarrones, que con calculada estrategia, se iban apoderando vorazmente de aquel pedazo de cielo bajo el que pastaba en apacible armonía aquel rebaño augusto pastoreado por el que fuera gobernador de la ínsula Barataria, Sancho Panza, el escudero paciente y solicíto del ilustre Manchego, Don Quijote de la Mancha.

Las ovejas, cabras, corderillos y cabritillas, movidos por un instinto defensivo se fueron moviendo hacia un remanso que formaban unos robles y estopas, y dejando de pastar, simplemente se limitaban a un entrecortado rumiar mientras mantenían sus cabezas inclinadas en una actitud como meditativa. Los pollinos y el rucio también habían tomado sus precauciones y se habían ido acercando hacia la atalaya bajo la que Sancho, completamente ajeno a todo síntoma exterior, lanzaba unos resoplidos que sin embargo, y muy al contrario de espantarles, pareciera que les servía de protección para mantener su calma.

Inmerso en los abismos del sueño ondulaba Sancho mariposeando sobre algunos de los hechos y fantasías que abstraídos de su vida pasada le proporcionaban su memoria e imaginación, cuando repentinamente se vió envuelto primero en una fulgurante luz a la que siguió un violento y estruendoso ruido que le arrojó a las simas de la más profunda obscuridad. ¿Estaría realmente despierto Sancho, o era todo aquello la prolongación de un no ya reposado y menos aún apacible sueño?

Pronto comenzó a oir en torno de sí toda una serie de gritos estridentes que le sumieron en la más absoluta y desconcertante de todas las temeridades. Pasó unos instantes en suspenso escuchándose a sí mismo el tintinear de sus dientes, y a su mente vino momentáneamente la mal pasada noche de aquella aventura de los batanes, mas aquí no se percibía resquicio alguno para una posible evasión. Una turbulenta algarabía de la que se destacaba el ruido de un violento restregar de látigos tomaba cada vez más auge y alguien agudizó su voz diciendo: son tres mil doscientos noventa y dos latigazos los que tiene que recibir. Las tinieblas despedían un olor a chamusquina que se iba incrementando hasta llegar a darle la sensación de ser una espesa nube de humo que le obligó a Sancho a empezar a estornudar, pero apenas lo había hecho unas tres veces cuando una descomunal descarga de látigos comenzaron a llover sobre la totalidad de sus espaldas que realmente le hicieron pensar que el pleno del firmamento con todas sus estrellas y constelaciones se habían abalanzado sobre él.

La sesión no fue muy duradera pero Sancho se sintió hecho un ovillo en medio de unas tinieblas que poco a poco comenzaron a disiparse Pudo observar entonces que sus ropas estaban íntegras aunque empapadas de agua. Comenzó a palparse lentamente el cuerpo con temor de que le hubiera desaparecido alguna parte integral del mismo, pero de pronto se detuvo pues oyó algo así como unos quejidos que no le resultaban del todo desconocidos. Intentó acabar de desovillarse y agarrándose a algo así como raíces de árboles se incorporó y comenzó a caminar hacia donde parecían proceder aquellas lastimosas quejas. Apenas había caminado unos pocos pasos, cuando sin él haber visto a nadie fue reconocido por una voz que le dijo: Bienaventurado seas, Sancho hermano, que por fin has llegado y terminan así mis sufrimientos. Miró Sancho a su lado y vio como una densa nube se despejaba quedando iluminado todo aquel recinto. ¡Válgame Nuestra Señora del Santísimo Rosario!, dijo Sancho echándose ambas manos a la cabeza. ¡Mi Señor Don Quijote! Efectivamente, atados con cadenas a unas gruesas argollas tenía sus manos y pies el mismísimo Caballero de la Triste Figura, Don Quijote de la Mancha, Alonso el Bueno.

Un polvo arenoso mezclado con pecina cubría su rostro, pelo y barbas, extendiéndose a lo largo de toda su túnica. Sus labios despedían también al hablar un polvo como de carcoma. Con una voz temblorosa y casi agotada le dijo: Sancho hermano, alarga tu mano y toca estas cadenas, pues a ti te ha sido concedida la virtud de poder librarme de ellas, según me ha sido revelado. Sancho se acercó a su Señor y al coger con ambas manos aquellos pesados hierros se abrieron sus grillos y quedaron libres las manos y pies del glorioso Caballero Manchego. ¡Loado sea Dios!, dijo Sancho. ¿De dónde me puede venir a mí esta virtud?

El rostro de Don Quijote comenzó a adquirir a la vez una lozanía saludable a la que acompañaba cierta majestuosidad, mientras que su pelo y barba limpios ya de todo lodo y polvo, comenzaron a reflejar la brillantez nítida del azabache. Igualmente la túnica que desde sus hombros se descolgaba hasta la parte inferior de sus pies también se había transformado tornándose blanca con la pureza propia del copo de nieve.

Mira, Sancho hermano, dijo Don Quijote. Este es un lugar de purificación. Mi mente necesitaba poseer la pureza del ideal que intenté llevar a cabo a través de mi locura, mas la falta de la virtud de la prudencia y del más elemental sentido común hicieron que apareciera tan disparatado ante el mundo, que incluso llegué a ser la causa de que en mi propio espíritu dicho ideal fuera perdiendo su fuerza y abriera sus resquicios a la falsa lisonja que con placentera crueldad me fue desplazando fuera de mi propio centro. Tampoco en mi condena final de los libros de caballerías supe dejar claro lo sublime del ideal caballeresco, distinguiéndolo del torpe modo en que se había llevado a cabo su ejecución. La mente sin la virtud y fortaleza del ideal no consigue despegarse del cieno y polvo terrestre, encadenándose a la mera materialidad de las cosas humanas, por eso me encontraste en ese lamentable estado, pero tu llegada ha significado que el tiempo final de mi purificación había llegado según lo tenía señalado la divina providencia. Ahora mi mente está recibiendo una nueva virtud con la que podré emprender el vuelo hacia las regiones puras y libres en donde la vida puede ser vivida en toda su plenitud.

Esto significa, dijo Sancho, que yo debo de estar muerto. Mas ciertamente no sé cómo tal cosa ha sucedido. De ser eso así habría tenido lugar durante el vapuleo descomunal que acabo de recibir y en donde ciertamente tendría que haber exhalado mi espíritu, pero lo curioso es que ahora me siento mucho mejor.

No, Sancho. Tú no estás aún muerto, dijo Don Quijote. Tu cuerpo no refleja la luz, y tu rostro muestra el ritmo de la respiración. Tu llegada a este mundo de tinieblas te ha servido en primer lugar para alcanzar una extraordinaria purificación que necesitabas, pero además has cumplido con la importante misión de ser el instrumento de mi liberalización y consecución de mi tan deseada corona. Regresarás a tu querido y dulce hogar poseedor además de unos extraordinarios conocimientos que durante este breve decurso a través de esta existencia se te irán mostrando.

Un gran pesar me estaba acongojando el espíritu, respondió Sancho, sólo de pensar que me hubiera muerto sin haber arreglado debidamente el asunto de mi herencia, pues en el repartimiento de los conejos, gallinas, corderos y cabritillas entre mis hijos, seguro estoy de que mi mujer hubiera cometido un sin número de contrasentidos y desperfectos. Ella nunca ha sido capaz de comprender la proporción existente entre la calidad de la carne y el coste de la misma. Ahora bien, si es cierto que aún estoy vivo lo primero que haré tan pronto como regrese al mundo de los vivos será el formalizar debidamente mi testamento.

Tiempo tendrás para hacerlo, hermano Sancho, le dijo Don Quijote. Mas ahora sigamos esa senda sonrosada que entre estos riscos nos depara la providencia.

Era una especie de camino no muy ancho que de forma ascendente y curvada se iba abriendo por la cresta de un risco cuyas laderas descendían hacia una tenebrosidad tal que no permitía llegar a ver su profundidad. Apenas iban a culminar la curva que había en torno a un enorme peñasco cuando del fondo de aquellas simas oyeron unas muy lastimeras voces. Trataron Don Quijote y Sancho de ver al desdichado que las emitía y a través de una luz verdosa se les descubrió un terreno pantanoso por el que con el lodo hasta las rodillas y tan penosamente que apenas podía caminar, se veía a un hombre a quien una nube de furibundos insectos aguijoneaban continuamente sin permitirle el más mínimo descanso. Levantando aquél su cabeza comenzó a gesticular con los brazos a la vez que decía: ¡Cuán necio fui al seguir mis impulsos de venganza! Mejor hubiera obrado si hubiera seguido tus instrucciones, ¡Oh admirable Caballero de la Mancha!.

Es Juan Haldudo, dijo Don Quijote. Un rico vecino de Quintanar. Los principios que nos muestran el bien obrar deben ser aceptados por la humana razón aunque se nos presenten bajo la forma estrafalaria de la locura. Y dirigiéndose a él le dijo: Nada puedo hacer por ti, Haldudo. Pero mediante la virtud de la esperanza que te sostiene llegarás a la meta de tu perfección. Tu criado Andrés te será enviado para librarte de ese gran tormento que ahora padeces como me lo fue a mí mi escudero el bendito Sancho Panza a quien ves aquí a mi lado.

Dicho lo cual continuaron ambos su ascensión hacia un horizonte cuyos tonos anaranjados se tornaban cada vez más brillantes contrastando con la negrura de aquellos espacios abismales.

Se asomó Sancho a uno de los bordes del sendero y vió un espesísimo bosque cuyos árboles estaban entrelazados por enmarañadas zarzas por las que trataban de pasar muy a su pesar, un grupo de hombres que llevaban sobre sus hombros una enorme cadena. Estaban rodeados de unos extraños seres, una especie de caballos con cabezas de hombre los cuales a pesar de aquella espesura se movían con una inusitada agilidad lanzándoles a los agobiados caminantes unas fortísimas coces siempre que alguno de ellos cesaba de arrastrar dicha cadena.

Ésos que ves, Sancho, le dijo Don Quijote, son los galeotes que liberamos cuando iban camino de las galeras. El que va en cabeza de ellos es Ginés del Pasamonte, y ésos velocisimos seres que les rodean y tan duramente les hieren son centauros. Gran locura fue por mi parte el emprender tal empresa pues ciertamente pesaba sobre ellos una sentencia real, pero la virtud del agradecimiento no debe encontrar disculpa alguna para ser manifestada siempre que a la misma se lo exijan las especiales circunstancias de la vida. Aquella lluvia de piedras con la que nos propinaron estos malhechores bien contradijo el noble sentimiento que siempre debe tener su cabida en todo pecho humano, aún bajo las capas más ennegrecidas de toda clase de conducta.. Pesada es la carga que tienen que soportar, pero a través de la misma encontrarán su regeneración.

El horizonte anaranjado comenzó a matizarse de un color rojizo que más y más incrementaba la visibilidad. A su vez Sancho sentía la sensación de un mayor alivio tanto por el frescor del aire que respiraba cuanto por la agilidad con que su cuerpo lograba moverse.

Disfrutando iban Don Quijote y Sancho de lo que cada vez más tomaba la apariencia de un esplendoroso amanecer, cuando el ruido de una lejana algarabía alertó sus ojos y oídos con objeto de percibir aquella tan extraña algazara. Con suma precaución se fueron acercando, pues el alboroto iba adquiriendo un incremento progresivo, matizándose ya en unos sonidos estridentes que al mezclase entre sí daban la sensación del más horrísono caos. Dudaron, y con mucha razón, si podrían resistir un ruido tan inconmensurablemente desentonado, mas ya no pudieron evitar el tender su mirada sobre lo que era un espectáculo de la más absoluta confusión. Rarísimas especies de aves provistas de unos enormes picos corvos lanzaban graznidos destemplados y ensordecedores con los que trataban de ahuyentar a un grupo de personas que despavoridas iban de un lado para otro mostrando en sus rostros el tremendo agobio al que estaban sometidas. Pronto distinguió Don Quijote entre los mismos a los Señores Duques quienes daban obvias muestras de hastío y desencanto ante semejante bochorno. También reconoció a la joven Altisidora que intentando refugiarse en la espesura de una arboleda de pronto toda una hilera de lirios que allí había, prorrumpió en un trompeteo tal que hasta unas aves negruzcas que por allí reposaban salieron en repentino y veloz vuelo. Mas éstas pronto se enderezaron hacia un peñasco en el que momentáneamente reposaba alguien que por su vestimenta mostraba ser un clérigo. Efectivamente no era éste otro que el eclesiástico de los duques, el cual viendo venir de forma tan despiadada aquellos enfurecidos volátiles apresuradamente se levantó y con inusitada destreza trató de refugiarse entre unos arbustos, mas apenas se había acercado a los mismos éstos comenzaron a emitir un tan clamoroso y atronador sonido de cencerros que obligó al diligente eclesiástico a realizar un viraje en seco cambiando su rumbo en busca de algún otro posible refugio más saludable. Éste lo fue una enorme polvareda que levantaba una turba integrada por chivos, carneros, cerdos, pavos, patos, gansos, faisanes, gallos y gallinas, los cuales arremetían con una furiosa persecución tras de quien Sancho reconoció inmediatamente como a Don Pedro Recio, el médico oficial de los duques en la ínsula Barataria. Salvaba obstáculos Don Pedro con buena, aunque no muy refinada agilidad, mas como la turba arreciaba y no cedía un ápice en su empeño, apenas si podía salvar los talones en algunas curvas. Desde luego cualquier tregua o relajo eran inpensables. De esta forma instintiva defendían aquellos seres irracionales la buena calidad de sus carnes, haciéndole en esto una clara y muy debida justicia a Sancho.

Ciertamente, hermano Sancho, dijo Don Quijote, vivimos una farsa en el palacio de los duques, a la que sin duda mi locura dio sobrado pie de entrada. Mas en modo alguno estuvo bien el querer sacarle fruto y jugo al tiempo pretendiendo ocultar el vacío que en sí encierra la monotonía y apatía del vivir ocioso, mediante el sacrificio en el altar de la burla de ideales nobles y dignos siempre de toda veneración.

Sigamos Sancho, que tengo el presentimiento de que la providencia nos depara una muy noble y loable sorpresa. El sendero había cambiado de pronto mediante un brusco descenso y a su vez el horizonte se tornaba grisáceo y plomizo. A Sancho le comenzaba a resultar un poco más pesado el clima siéndole algo más dificultoso el respirar. Siguieron descendiendo hasta llegar a una especie de plataforma en donde el camino parecía tomarse un reposo. Se acercó Sancho al borde de aquel balcón y le pareció oir como unos quejidos agudísimos que salían de la bruma que cubría la parte inferior de la ladera. Una especie de corriente aérea comenzó a disipar aquella nubosidad y un enorme peñasco apareció en el fondo de cuya base sobresalían la cabeza, hombros y brazos de una angustiada persona que en vano forcejeaba con sus dedos y uñas por liberarse de aquel enorme peso. Fijamente le estaban observando Don Quijote y Sancho, cuando llegaron a percibir como de su pecho manaba un reguero de sangre que luego se tornaba en unas malignas sabandijas provistas de unos afiladísimos dientes y uñas, las cuales se volvían veloces hacia la roca a la que penetraban por unos resquicios habidos en la base de la misma. Surcos umbrosos aparecían en el rostro de aquel paciente, mostrando con ello el inmenso dolor a que estaba sometido.

Mira hermano Sancho, dijo Don Quijote, ese es el bandolero Roque Guinart. Comulgar con el crimen bajo la apariencia de justicia es acumular un peso enorme sobre uno mismo que acabará por aplastarte. La sangre derramada germina en la conciencia del violador de la vida en toda esa clase de inmundas sabandijas que surgen a la existencia con el instinto feroz de devorar al que las engendra. Ciclo horrendo que sólo se interrumpirá cuando la sangre se torne en un agua pura y cristalina por cuyo cauce subirán las ninfas a liberar a ese cautivo de tan angustioso tormento.

Desde esta breve plataforma se comenzaba de nuevo el ascenso en forma de línea recta y por ella siguieron sus pasos Don Quijote y Sancho. El horizonte volvía a tomar el aspecto de un radiante amanecer a través de un combinado de colores rosáceos y otros mucho más rojizos. Una brisa suave hacia aún más placentero el caminar por aquella cumbre de collados. Pronto les llamó la atención uno de aquellos peñascos situado a la vera del camino, por tener unas fuertes rejas que cerraban el acceso a su cavidad interior. A medida que se fueron acercando pudieron distinguir tras aquellos barrotes a un anciano, ancho de espaldas, nariz aguileña y barba y cabello plateados.

Acercáos, les dijo. Sois mis más preferidas creaturas. Os estaba esperando. Acabáis de conseguir por vosotros mismos una perfección que yo no os di, por eso estaba determinado que seríais vosotros los que con vuestra virtud adquirida en el ejercicio de vuestra libre voluntad me liberaríais a mí para que pueda ascender al lugar que me ha sido asignado.

Don Quijote y Sancho se inclinaron con una profunda reverencia. Fue entonces cuando en tono aún más solemne, continuó Don Miguel de Cervantes Saavedra , pues éste era el nombre de aquel venerable anciano.

Mi amado Alonso Quijano. Yo te hice caballero andante no sólo de España, sino del mundo entero. Y tú, no menos querido Sancho Panza, conjuntamente compartirás la gloria de tu Señor, pues sin ti, ni él hubiera llegado a proyectarse plenamente en su existencia, ni el mundo le habría podido comprender en su total dimensión. Acercaos aún más, y poned vuestras manos sobre estos barrotes para que yo pueda salir definitivamente de mi prisión.

Se adelantó primero Don Quijote y puso sus manos sobre aquel forjado hierro, mas Cervantes precisó: Pon las tuyas también, hijo Sancho, pues sólo la virtud unida de los dos puede producir el efecto de derribar cualquier obstáculo. No dudó Sancho y dando una buena zancada se aproximó a las rejas y apretó con ambas manos aquellos robustos hierros ennegrecidos. Instantáneamente se oyó un chasquido y éstos se desplomaron formando un montón de chatarra. Don Miguel de Cervantes Saavedra cruzó aquella línea divisoria que le separaba de sus creaturas y conjuntamente ya con ellas continuaron la ascensión hacia la cumbre.

Un arco iris majestuoso irradiaba una luz tan esplendente que había tornado la aurora de un amanecer en la plenitud radiante del medio día solar. Frente a los tres apareció una bellísima mujer la cual estaba vestida con una túnica blanca y un manto azul celeste. Sus cabellos descendían por su manto cual cascada espumosa de oro, mientras que sus pies se posaban desnudos sobre una nube reluciente. Una banda dorada cruzaba su pecho con la inscripción en letras rojizas: Dulcinea del Toboso.

Avanzó Don Miguel de Cervantes con Don Quijote hacia la nube sobre la que posaba la dama, y ya muy cerca de la misma le dijo el creador a su creatura: Esta es tu Señora Dulcinea del Toboso. Nunca te la presenté durante el curso de tu existencia en la tierra, porque la llevabas siempre dentro de tu corazón. Es la proyección del ideal de tu mente que ahora ya puede tomar forma. La firmeza de tu valor y el deseo de justicia necesitaban sustentarse en un amor limpio y puro hacia lo honesto, lo bello y lo sublime de todo conocimiento. No podíais vivir separados y ahora ya tenéis vuestro puesto reservado en el paraíso.

La vestimenta de Don Quijote había sufrido una nueva transformación: una capa roja había aparecido sobre sus hombros y los bordes de su túnica estaban marcados por unas rayas doradas. Sobre su pecho y a modo de escudo estaba bordado en oro un corazón en torno al cual unas letras inscritas en color azul decían: Alonso el Bueno, Don Quijote de la Mancha. Una nube blanca se posó bajo sus pies, y ambos, Don Quijote de la Mancha y Dulcinea del Toboso comenzaron a desplazarse hacia la luz que se irradiaba desde el centro de aquel gigantesco arco iris cuyo diámetro demarcaba todo el horizonte.

A medida que se adentraba la vista bajo aquel glorioso arco, la luz se intensificaba más y más, y los ojos de Sancho ya no pudieron seguirles. Don Miguel de Cervantes se volvió hacia Sancho que no cesaba de restregarse sus humedecidos párpados, y con muy suaves y reposadas palabras le dijo:

Ya vas a volver de nuevo a tu lugar de la Mancha. Tu esposa, tus hijos y todos tus conocidos te están esperando También tu rebaño necesita que le recompongas. Los nuevos conocimientos que has adquirido superan las pérdidas que has sufrido. Ya has podido ver y comprobar como la tan anhelada gloria sólo es entregada como premio de la virtud. No te asuste lo arduo y espinoso de su senda, y acostúmbrate a iluminar cada dificultad con la luz que dimana del ideal de la corona de gloria que pretendes poseer en la culminación de tu vida. Yo me voy en busca de mis otras creaturas con el fin de acompañarles también hasta esta puerta que da acceso a la gloria final en donde también espero poder entrar acompañando a la última de ellas.

Con paso un poco lento, pero majestuoso, comenzó a caminar Don Miguel de Cervantes descendiendo por una de las innumerables veredas que allí confluían. A medida que se alejaba iba notando Sancho como la luz disminuía y comenzó a sentir un adormecimiento que le sumía en aquellas tinieblas que le iban envolviendo. Sintió una especie de picor en la cabeza y al querer arrascarse con su mano derecha notó que su cuero cabelludo lo tenía envuelto en una especie de turbante a la turquesa.

PARTE TERCERA

El testamento

Unos gritos estentóreos: ¡Ha despertado!, ¡Ya ha vuelto en si!, ¡Sancho!, ¡Padre!, ¿cómo te encuentras?, fueron los salves con que prorrumpieron Teresa Sancha y Marisancha al observar que su esposo y padre había comenzado a parpadear y abrir sus ojos, la cual gritería hirió de tal modo los oídos de Sancho que todo asustado medio se incorporó en el lecho en que yacía rodeado de almohadones y almohadas. Ambas se abalanzaron a sus brazos abrazándole y besando su rostro en la única parte que lo permitían los vendajes que cubrían la totalidad de su cabeza.

¿Dónde estoy?, dijo Sancho, dando muestras de un gran desconcierto. Estás en tu casa, le dijo su mujer. Has estado toda una noche y un día sin conocimiento, pero bendito sea Dios que ya te estás recuperando.

Intentó salir de la cama, Sancho; pero notó un fuerte dolor que desde las piernas se le extendía por todo el cuerpo. Su vecino Tomé Cecial, que en aquellos momentos había entrado en su casa para hacerle una visita mostró su alegría al verle ya vuelto en sí y dirigiéndose a él le dijo: ¡Ánimo, Sancho, ¡ Ya sólo falta quitarte los vendajes como a Lázaro.

Pero ¿podéis decirme, dijo Sancho, qué demonios me ha pasado? Bueno, calma, dijo su vecino. Estos accidentes suelen traer peores desgracias. Pero ya nos ha dicho el médico que en cuanto te viniera el conocimiento sería cosa de un periodo de recuperación. Los cabritos y corderillos no pudieron resistir la granizada, que ha sido una de las peores que ha caído desde hace mucho tiempo en este pueblo. Yo no recuerdo otra igual. Figúrate que algunos granizos tenían un tamaño semejante al de una nuez. ¡Claro!, estos animalillos tan tiernos no pudieron soportar semejante pedrea, mas para San Andrés ya estará compuesto otra vez el rebaño y tú ya los podrás llevar de nuevo a pastar.

Pero... ¿de qué granizada o pedrea me estáis hablando?, dijo Sancho, mostrándose cada vez más intranquilo y confuso. Bueno, continuó su vecino, no debes darlo tanta importancia. De hecho lo peor fue lo del rayo que chamuscó la atalaya bajo la que estabas durmiendo, y gracias sean dadas a Dios que has podido salvar la vida. Sospechamos que algo te había pasado al no haber venido con el rebaño aquella noche y tu mujer comenzó a intranquilizarse por lo que el Peruelas y yo fuimos a buscarte y te encontramos tendido boca abajo como a unos treinta pasos de la atalaya, la cual como ya te he dicho estaba chamuscada y resquebrajada. Pensamos que estabas muerto, y como tal te trajimos a tu casa, pero el médico enseguida notó que respirabas y nos dio esperanza de que podrías recuperarte.

¡Válgame Dios y todos sus santos!, dijo Sancho dejándose caer sobre los almohadones de su cabecera. ¿Y qué le ha sucedido a mi rebaño? Están todos los animales en el corral, le dijo su mujer, menos los cabritos y corderos que hemos tenido que tirárselos a los perros de tan mal que quedaron. Pero no te preocupes por eso, marido, que para San Andrés como dice Tomé, ya tendremos otros. Lo importante es que tú te mejores pronto.

En aquel momento Sanchico entró en la habitación diciendo: Padre, el médico viene a verte. Efectivamente con cara sonriente entró Don Ricardo de las Vegas, médico de aquel lugar. Lo primero que hizo después de saludar a Sancho fue tomarle el pulso, hecho lo cual, con muestras de satisfacción dijo a los allí presentes: Todo va muy bien. Las vendas se las cambiaremos mañana. Ahora denle sólo caldos. Mañana al atardecer ya podrá comer unas sopas de ajo. Esperamos que su recuperación siga este buen camino.

Aquella noche durmió Sancho como unas tres horas aunque no tan plácidamente como él hubiera deseado, pues los chichones de la cabeza, magulladuras y demás contusiones de sus brazos, espaldas y piernas no le permitían más que muy pequeños movimientos tratando de buscar la postura más propicia para el reposo y buen descanso.

Al día siguiente dio muestras de seguir bien su recuperación, pues al buen color que mostraba su rostro había que añadir el de su buen apetito. Aquella tarde después de las sopas de ajo que le había recetado el médico pidió un buen pedazo de pan con tocino y cebolla.

Fue después de haber acabado Sancho esta buena reposición, cuando vino a verle el Señor Cura manifestando igualmente el agrado y satisfacción que para él suponía el encontrarle en tan buen estado. Como ante la gravedad que había presentado Sancho después del accidente sufrido le había administrado el santo sacramento de la extremaunción, quiso aprovechar precisamente este momento para darles una explicación de este sacramento cuya finalidad, les dijo, no era únicamente la de preparar el alma para una feliz entrada en la otra vida, sino también la de fortalecer la salud del cuerpo siempre que según la voluntad de Dios esto fuera lo más conveniente para el enfermo. Este era, pues, un caso obvio en el que el designio divino manifestaba su benevolencia para con el buen Sancho.Atento estuvo Sancho a la explicación que acababa de propiciarles el Señor Cura cuando haciendo un esfuerzo por erguirse en su lecho y tratando de acomodarse mejor entre sus almohadas, les hizo una señal a su mujer e hijos para que le dejasen a solas con el Señor Licenciado.

Al lado de la cama tomó asiento el Señor Cura frente a Sancho, y una vez estuvo cerrada la puerta, apoyando su vendada barbilla sobre los dedos entreabiertos de su mano derecha, le dijo Sancho con tono pausado y sentencioso:
Estoy plenamente seguro y lo afirmo con toda clarividencia de que he acabado de vivir una doble existencia. Una de ellas ha debido de ser inconsciente, por lo que me dicen que me pasó estando durmiendo la siesta bajo la atalaya a la que resquebrajó y chamuscó un rayo, dejándome a mí en el estado en el que ahora me encuentro. Mas la verdadera vida que yo he vivido durante todo este período de tiempo y de lo cual estoy, repito, completamente cierto, es muy diferente. En ella recibí con plena justicia, tres mil doscientos noventa y dos azotes que son exactamente los que yo había simulado darme cobrándoselos después en dineros a mi Señor Don Quijote. Luego le encontré al mismo Don Quijote en persona cubierto de sudor, barro y polvo, el cual me pidió que le liberase de unas cadenas en las que estaban amarrados sus pies y manos.

Inmediatamente le interrumpió el Señor Licenciado: ¿Pero te estás refiriendo, Sancho, al difunto Alonso Quijano?.

Al mismo, Señor Cura, respondió Sancho,pues para mí es y será siempre mi Señor Don Quijote. Después, continuó Sancho, limpio ya su rostro y túnica, y recuperado su buen color y presencia, continuamos caminando juntos por un sendero que se nos ofrecía entre unos riscos a cuyos lados se abrían unos abismos que sólo al mirarles me entraba un gran pavor. Nos encontramos con un tal Juan Haldudo, a quien conocía muy bien mi Señor Don Quijote, el cual estaba cumpliendo una penitencia. Muy duro se las tenía con unos insectos extremadamente feroces. También nos encontramos con unos galeotes a quienes mi Señor y yo ya conocíamos, los cuales se las veían y deseaban al tener que arrastrar una pesadísima cadena entre unos zarzales y además estaban continuamente amenazados por unos caballos con cabezas humanas que les asestaban fortísimas coces al menor respiro. Así, pues, no tenían más remedio que seguir arrastrando la cadena entre aquella maleza.

¡Sancho! Le volvió a interrumpir el Señor Licenciado. No le des más importancia al caso. Esto ha sido un sueño o pesadilla que has tenido. Ya verás como enseguida te repones de este accidente.

¡Voto a tal!, respondió Sancho con un rostro cuyo enrojecimiento aún resaltaba más la blancura de los vendajes. ¡Juro por la memoria de mis padres, abuelos, bisabuelos y toda mi parentela, que esto que le estoy contando es tan verdad como que ahora estoy hablando con usted, Señor Cura! También vimos a los Señores Duques con su servidumbre ... nunca había visto una carrera tan descomunal como la que tenía que mantener Don Pedro Recio, perseguido por una caterva de animales domésticos. Nos encontramos luego con el bandolero Roque Guinart. Muy mal lo estaba pasando bajo un enorme peñasco que le tenía medio aplastado. ¡Ojalá, le hayan ya socorrido las ninfas!
El Señor Licenciado no pudo menos de cubrirse el rostro exclamando para sí: ¡Dios mío!, este hombre se nos ha trastornado. Estamos ante un nuevo caso de locura semejante al de Alonso Quijano.

Mas hay algo mucho más maravilloso, continuó Sancho, y es que mi Señor Don Quijote y yo estuvimos con nuestro creador.

Con Dios Nuestro Señor, querrás decir, quiso precisar el Señor Licenciado.

Pero... ¿cómo iba a ser Dios Nuestro Señor, replicó Sancho, si estaba entre barrotes y mi Señor y yo le liberamos de aquella prisión? Se llamaba Don Miguel de Cervantes Saavedra.

Ese es el nombre de un escritor y soldado, dijo el Señor Licenciado, el cual hace tiempo pasó por nuestro pueblo y ciertamente que sí tendría alguna cosilla que purgar.

Lo cierto continuó Sancho, es que continuamos caminando con él y nos dijo tan maravillosas cosas que yo voy a tratar de recordarlas. Por fin llegamos ante un arco iris tan radiante como yo jamás había visto otro igual, y en aquel pórtico estaba esperándonos una bellísima señora que posaba sus pies sobre una nube blanca.

Sin duda, que sería alguna aparición de Nuestra Señora, pretendió aclarar el Señor Licenciado.

No señor, dijo Sancho. Sino que era la misma Dulcinea del Toboso a quien yo no había llegado a ver hasta ese preciso momento, como tampoco mi Señor Don Quijote. Don Miguel de Cervantes se la presentó a mi Señor, y ambos en una misma nube se fueron alejando hacia una luz que acabó por deslumbrar mis ojos.

Hizo una pausa Sancho, mostrando en su semblante los síntomas de una profunda nostalgia. Mas enseguida, pudo continuar: mi creador, Don Miguel de Cervantes, se despidió de mí con unas muy amables y cariñosas palabras que también voy a procurar recordar porque quiero dictárselas para que me las ponga por escrito y puedan leérmelas de vez en cuando y así no se me puedan borrar de la memoria.

Dicho todo lo cual, Sancho se reclinó sobre su cama mientras el Señor Cura le ajustaba los almohadones buscando la mejor comodidad para aquel averiado cuerpo y cerebro. Al ver que entornaba sus ojos dando muestras de querer dormir, salió con sumo cuidado de la habitación cerrando tras sí muy pausadamente la puerta.

Así que Teresa le vio salir se le acercó deseosa de oir alguna buena noticia sobre su marido. Está descansando, dijo el cura. Necesita mucho reposo, y sobre todo una buena alimentación. Este accidente le ha debilitado algo la mente y sufre una confusión al no poder distinguir bien entre lo que son meros sueños y la pura realidad.

Al oir esto, Teresa se llevó las manos a la cabeza exclamando: ¡Ay, Santo Dios!. Sólo falta ahora que haya cogido la enfermedad de Alonso Quijano. ¡Dios mio,. y qué de locuras no se le ocurrirán ahora a mi marido!
No creo, le respondió el cura, que esto vaya a ser muy duradero. Desde el momento que comience a comer bien, todo se le pasará pronto.

Se despidió el cura de su buena parroquiana y tan pronto hubo pasado el dintel de la puerta, Teresa Panza comenzó a preparar para su marido una buena cazuela de sopas de ajo, a la añadió un plato repleto de huevos cocidos, jamón y queso.

Muy bien cenó aquella noche Sancho Panza. Al degustar el sabor del buen queso y jamón, pidió le sirvieran también vino, y tras propiciarse unos solemnes tragos con un cuenco que le trajeron se quedó profundamente dormido con la paz y calma requeridas por un justo descanso después de la vivencia pasada conjuntamente entre los órdenes temporal y eterno.

Despertó Sancho con los albores del nuevo día y notó que aquellos vendajes de la cabeza ya no le hacían mucha falta, es decir, le molestaban. Cuando entró a verle su mujer al punto le pidió le quitara aquellos estorbos y ésta le consoló prometiéndole que entrado un poco más el día iría a llamar al médico para que le curara de nuevo y se las quitase.

Accedió Sancho a la prudente consideración de Teresa, mas de pronto se sintió como en un ambiente especial de intimidad lo cual le sugirió la idea de hacerle partícipe también a su mujer de la extraordinaria vivencia que había tenido, y a la vez comunicarle la firme resolución que durante la misma había tomado. Incorporándose ya con cierta destreza hasta la mitad de su cuerpo, le dijo:
Mira Teresa, quiero que sepas que mientras vosotros me traíais del campo y me atendíais aquí, yo he estado viviendo en otro mundo algo muy diferente a esta realidad nuestra. En un principio creí estar muerto y tuve un gran pesar por no haber hecho aún en esta vida mi testamento, pero mi Señor Don Quijote me aseguró que estaba vivo, porque mi cuerpo no reflejaba la luz y mi rostro daba los síntomas de la respiración. Así, pues, quisiera que tengas a bien que cuando venga el Señor Cura, el cual va a poner por escrito todas las razones y buenos consejos que recibí de mi Señor Don Quijote y de nuestro creador Don Miguel de Cervantes Saavedra, le dicte también el repartimiento de nuestros bienes pera que así a mí no me sorprenda la muerte con semejante omisión cuando Dios quisiere enviármela, ni tú te encuentres de improviso con el dificil y duro problema de tener que hacer sola dicha repartición entre nuestros hijos.

El rostro de Teresa Panza reflejó una aguda convulsión cual si la descarga de un violento látigo hubiera cruzado su rostro. Ocultó su cara entre ambas manos y volviéndose a la ventana que daba al corral apenas pudo musitar unas palabras: ¡Señor Jesucristo de todas las Misericordias!, ciertamente mi marido está tan loco como lo estuvo el Señor Alonso Quijano.

Mientras tanto, Sancho continuaba insistiendo en su propósito e idea: un buen testamento debe ser en toda familia como la base de donde dimane el orden de un buen gobierno.

Así hablaba aquel el ex gobernador señalando con su dedo índice el techo de su aposento.

Pero marido mio, le interrumpió su mujer. Apenas conteniendo las lágrimas. Si tú te vas a poner muy pronto bien. No tienes porqué pensar en testamentos ni en muertes.

Ya me estás otra vez interpretando mal las cosas, le atajó Sancho en tono correctivo y autoritario. Los testamentos nos corresponde hacerlos a los hombres y es algo que debe estar preparado desde un principio. La muerte nos la manda Dios cuando le place. Como bien debieras apreciar se trata de dos cosas muy distintas: una depende de nosotros mismos y la otra de la voluntad divina.

Pero escúchame, marido, contraatacó Teresa. ¿Cuáles son los bienes que tenemos que repartir? Apenas si nos corresponderían tres conejos y cuatro gallinas con dos pollos a cada uno, y lo demás ya no se puede ni dividir. ¿Acaso piensas que vamos a repartir alguna ínsula o condado? Por de pronto lo primero que voy a hacer es cambiar uno de los cerdos por un par de jamones curados pues es necesario que recuperes cuanto antes tu cerebro que se te ha debido de secar cuando ese mal aventurado rayo chamuscó la atalaya bajo la que estabas durmiendo. Ya te había dicho yo que no me gustaba ese terreno de la viuda pues está demasiado lejos del pueblo.

Iba a contestarle o más bien reprenderla Sancho, mas en aquel preciso momento llamaron a la puerta de su casa y Teresa salió precipitada a ver quién era. Se trataba de una muy honorable visita. El médico que solía madrugar en aquellos calurosos días de verano, decidió hacerle una nueva visita al enfermo aprovechando la frescura de la mañana mejor que durante el bochorno del día. Igualmente el cura que durante esta época del año celebraba la misa muy pronto al amanecer, también había tenido la idea de visitar a Sancho, con lo que ambos vinieron a coincidir en la puerta del que fuera escudero del Ingenioso Caballero de la Mancha. A Teresa le agradó sobremanera esta visita, pues su ánimo estaba sintiendo la angustia de esa sobrecarga recibida al cerciorarse por sí misma de cómo su marido había realmente contraído aquella clase de locura tan temida.

Al invitarles a pasar dentro de su casa, lo primero que preguntó Don Ricardo de las Vegas fue por la salud de Sancho. Teresa se pasó la mano por la cabeza y con cierto aplomo le insinuó: lo de fuera va mejor, ¡pero lo de dentro...!

Calma, mujer, calma, le dijo el cura. Esperamos que esta locura se le pase pronto, ¿no es verdad?, Señor Doctor. Así lo creo yo, le aseveró el médico, pues estos trastornos mentales suelen ser pasajeros y una vez que comience el curso de su vida normal desaparecen por sí mismos. Que Dios así lo quiera, puntualizó la mujer de Sancho.

Teresa, sin haberse apercibido de ello, había dejado la puerta del aposento de Sancho más que medianamente abierta, lo suficiente para que éste pudiera seguir perfectamente toda la conversación que tuvo lugar entre los huéspedes y su mujer. Cuando éstos se dirigieron a su habitación, Sancho simuló estar dormido y esperó a que le despertasen.

Mira marido, le dijo su mujer, palmoteándole en el hombro. Aquí está Don Ricardo y el Señor Cura que vienen a verte. Inició Sancho un disimulado desperezarse mientras que el médico en tono jocoso bromeó con él diciéndole: Vamos, que no se puede dormir así la mañana cuando el rebaño te está esperando para salir a pastar. Doctor, dijo Sancho restregándose aún los ojos. ¿Me podría quitar ya estos vendajes, pues me siento muy incómodo con ellos?. Le puso primero el médico la mano sobre la cabeza y seguidamente comenzó a auscultarle el pecho y la espalda. Al cerciorarse de que ya podía extender perfectamente ambas piernas dio muestras de satisfacción y comenzó a desligarle las vendas. Apareció su cabeza rapada, rasura que le había hecho el barbero maese Nicolás, en la que se podían apreciar aún los vestigios de una multitud de ya desinflados chichones. Todo va muy bien, dijo el médico, pero hay que continuar todavía con un cierto cuidado.

El cura quiso también animar a Sancho recordándole que el próximo año le correspondía presidir la fiesta de San Roque, a cuya cofradía pertenecía. Para entonces, bromeó el cura, ya te habrá crecido el pelo y podrás danzar ante el santo. Eso creo yo, dijo Sancho, pues bien sabe San Roque que nuca he dejado de festejarle con mi danza. Una cosa quisiera pedirle, Señor Cura, y es que tengo deseos de hablar con el Bachiller Sansón Carrasco sobre ciertos asuntos concernientes a mi hacienda. Le prometió el Señor Licenciado que así se lo comunicaría aquella misma mañana, y al atardecer vino efectivamente el Bachiller a ver a Sancho.

Sansón Carrasco ya había venido a ver a Sancho anteriormente durante el período de su estado inconsciente, dando muestras con ello del gran interés que tenía por su salud. Al encontrarle tan mejorado se alegró mucho de que todo fuera tan bien. Sancho le comunicó en privado que quería redactar su testamento cosa que le pareció muy bien al Bachiller y le prometió que volvería al día siguiente con todo lo necesario para llevar a cabo su deseo.

Amaneció aquel nuevo día y Sancho se levantó por primera vez de su lecho. Aunque cojeaba un poco de su pierna derecha comenzó a pasearse por su habitación meditando lo que pensaba dictar para la redacción de su testamento. Sin embargo, tuvo primero que tomar asiento para liquidar el descomunal desayuno que le trajo su mujer la cual había concebido el firme propósito de combatir la perturbación mental de su marido de una manera indirecta. Muy bien le supo en esto cumplimentar Sancho. Aquella mañana desayunó pan con leche, jamón, chorizo, tortilla, queso, cebolla y unos peras que le había regalado su vecino traídas directamente de la huerta.

Terminada toda aquella recepción, salió Sancho al corral y comenzó por echarles un vistazo a las gallinas y conejos; a los tres cerdos y pollinos, deteniéndose luego ante las ovejas y las cabras. Faltaban los corderillos y cabritos. ¡Qué buena mañana para haberla pasado en el campo pastoreando a su ganado!. Pero de nuevo volvió a concentrar su pensamiento en la redacción de su testamento. Se trataba de algo no sólo muy importante para él, pero sobre todo, que lo consideraba como sagrado. Este pensamiento le impulsó a ir de nuevo a su habitación. Apenas se había sentado a la cabecera de su cama, cuando oyó ladrar a los dos perros del vecino. Aquello era sin duda alguna el anuncio de la llegada del Bachiller Sansón Carrasco como así fue en efecto. Por fin todo estaba dispuesto para aquel acto solemne.

Se acomodó el Bachiller al lado de una mesita que había en el fondo del aposento, y Sancho comenzó a moverse de un lado para otro marcando su paso con su leve cojera. De pronto se detuvo y dijo en tono solemne:
“En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Yo, Sancho Panza, teniendo y gozando, como siempre así ha sido, del pleno uso y conocimiento de mis facultades, entendimiento y memoria, manifiesto mi libre voluntad asignando la posesión de los bienes a mí pertenecientes a mi esposa e hijos, caso de que me sorprendiere la muerte, cosa que Dios no permita. Asigno como pertenencia de mi mujer, Teresa Panza, la casa, dos tercios de las gallinas, conejos, cabritos, corderos y de los ahorros acumulados, mas un pollino, una cabra y una oveja. El resto de mi hacienda sea repartido a partes iguales entre mis dos hijos.

Quiero evitar con esto, y este es mi fundamental deseo, el que surjan disputas malévolas y sectarias, como suele acontecer, las cuales siendo destructivas en sí mismas van contra los principios de nuestra santa religión cristiana y las más elementales normas de la vida humana.

A mi hijo Sanchico deseo consiga siempre el mejor aprovechamiento en su vida. Tenga siempre en cuenta y además como cosa cierta, que la conquista del honor y la gloria es una aspiración legítima en la vida humana, todo lo cual sirve de estímulo para el bien obrar. Mas si estos dones sobredichos no se consiguieran en este mundo, como de hecho así suele suceder en la mayoría de los casos, no se tengan por perdidos todos los esfuerzos debidamente empleados. Esto lo puedo afirmar yo muy claramente porque lo he visto realizado en la persona de mi Señor Don Quijote y así me lo mostró igualmente mi creador Don Miguel de Cervantes Saavedra, con los cuales yo he podido convivir en su otra vida. Allí pude ver y apreciar cómo la gloria constituye la más digna corona de todas las buenas intenciones que fueron culminadas con sus obras correspondientes, y como el honor tampoco a nadie le es denegado. Por consiguiente, le aconsejo a mi hijo Sanchico que siga siempre este buen camino, para lo cual sírvase escuchar y seguir de cerca a los hombres de letras pues de ellos irá aprendiendo las formas y modos propios de vivir según los caminos de la justicia.

No le aconsejo se haga caballero andante, por el peligro que en sí lleva esta clase vida al tener que enfrentarse con multitud de locuras, como le aconteció a mi Señor Don Quijote, quien de todo ello ciertamente que murió muy arrepentido. Mas por no saber distinguir con plena claridad y precisión el ideal de la justicia y del amor, y el de su aplicación práctica en la vida, lo cual constituyó su gran error, muy mal lo estaba pasando en la otra vida hasta que llegué yo y le pude liberar de aquella esclavitud.

Tampoco le aconsejo a mi hijo se haga escudero de ningún caballero andante, pues la fidelidad obliga a arduos sacrificios que la debilidad humana a veces no llega a superar, sobre todo, cuando se deja uno influir por la ambición humana. Entonces de tal modo se degenera la conducta, deslizándose hacia un estado de falsedad, que luego tienen lugar sus duras consecuencias, pues hay que pagar muy costosamente todo ello en la otra vida. Esto lo sé yo de muy buena tinta, pues sufrí allí un vapuleo tal que estos chichones de mi cabeza y demás magullones que tengo por todo el cuerpo antes que a esa granizada de que me habláis yo los atribuyo a unos fantasmas, que actuando como descomunales esbirros me dejaron hecho un ovillo después de propinarme tres mil doscientos noventa y dos latigazos en pago del fraude con que yo había burlado a mi Señor Don Quijote.

Olvídese además mi hijo de llegar a hacer a nadie cualquier clase de burla, pues también pude ver cuán duramente eran castigados los señores duques y su servidumbre por esta clase de transgresiones.

Así, pues, para vivir el ideal del caballero andante no es necesario abandonar ni su hogar ni su pueblo, sino que procure hacer el bien a todos y evite hacer daño a nadie. Esta ha de ser la base y su verdadero trasfondo en el bien obrar, de forma que todo aquel que llegare a descubrirlo y mostrare verdaderos deseos de seguirte deberás aceptarle como a un buen amigo.

Cásese mi hija Marisancha con quien a ella mejor le aviniere y viva siempre en paz y armonía con su marido. Si éste diere en conocimiento de los altos ideales del caballero andante y quisiere vivirlos desde su hogar, apóyele en todo ello, pues conquistará también la gloria y hermosa corona que yo mismo vi tenía Dulcinea del Toboso cuando al lado de mi Señor Don Quijote, caminaron ambos hacia una luz admirable.

Si yo partiere de este mundo antes que mi mujer Teresa Panza, sepa que le estaré siempre esperando en ese otro mundo hasta que la vea coronada con la gloria y corona que bien merecidas las tiene por su absoluta entrega y vida tan sacrificada con incontables abnegaciones en favor de su marido e hijos.

Dado en esta villa de la Mancha a un año y medio de la muerte de mi Señor Don Quijote y en presencia del Bachiller Sansón Carrasco como testigo que ratifica lo por mí dicho y por él escrito con su signo personal y que a su vez yo igualmente corroboro con el mío.

Leyó Sansón Carrasco con un tono solemne y muy pausado todo el documento que acababa de escribir, el cual aprobado por Sancho, fue sellado, y una vez enrollado, lo tomó éste y se lo colocó bajo su brazo.

Teresa obsequió al Bachiller con un vaso de leche y frutas, y aprovechando una ocasión le hizo unas señas significativas sobre lo trastornado que se había puesto su marido. No supo o no quiso el Bachiller corresponder con una respuesta apropiada a aquella insinuación, sino que únicamente se limitó a hacer un breve comentario de la idílica vida pastoril que pensaba iniciar algún día para lo que creía contar con la buena compañía y colaboración de Sancho, quien así se lo prometió para cuando ya le hubiere crecido el pelo y desapareciera aquella cojera inoportuna.

Se despidió el Bachiller Sansón Carrasco y Sancho le dio su adiós blandiendo el pergamino enrollado de su testamento que luego se volvió a colocar bajo el brazo, permaneciendo firme bajo el dintel del portal de su casa como testigo verídico que iba a ser de un caluroso día de verano en aquel lugar de la Mancha