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LAS VOCES DEL CAMINO (Fuenteheridos – Huelva)

GARRIDO PALACIOS, Manuel

Publicado en el año 2001 en la Revista de Folklore número 250.

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Hoy te escribo en mi celda de viajero,
a la hora de una cita imaginaria.

(Antonio Machado)

Emiliano y Francisco están a lo suyo en el campo. Los saludo desde lejos. Me dicen que entre en el cercado y que cierre la cancela para que no se salga un asno, al que le dicen el perro…

-…y un potro, que ya se está acostumbrando a que lo monte el zagal; más bueno no puede ser. Es terco porque se viene a la paja del burro y de poco sirve la traba. Luego quita el alambre, yo estoy en que el potro está encerrado y ya ve.

Marcelino trae en la mano una rama y una hoja con una especie de hongo blanquecino pegado.

-Es un simbúscalo -dice.

Le pregunto por qué se llama así.

-Porque se encuentra sin buscarlo. Lo traigo para que lo vea y sepa que sirve para quitar los dolores de muelas; basta con guardarlo en el bolsillo.

-Parece un bicho, o una oruga…

-Sea lo que sea se agarra a la planta, a las piedras, a un palo… Lo mismo que el capullo de las mariposas o las teresitas.

No conocía a ninguno de los dos y el encuentro casual ha roto bien. Hable el que hable, el otro apostilla, asiente. Nunca va en contra su palabra. Al rato de estar con ellos llamo Emiliano a Francisco y Francisco a Emiliano. Son como un ser único salido del bosque de castaños que se ha dividido para contarme cosas. De todas formas, el dato es el dato:

-Ustedes son hermanos, ¿no? -me interno un poco más.

-Los dos, uno de otro -me estrechan la mano.

Son enjutos, secos, diría, pero fuertes y vitales como para pensarlos en los cincuenta. Error de apreciación. Francisco, el más alto, tiene setenta y siete, y Emiliano un puñado menos:

-Yo tenía los sesenta y nueve y he cumplido hace nada; ahora voy contando hasta que cumpla otros veinte. Así es mejor, menos molestia. Desde que éramos niños trabajamos en el campo con la siembra, las cabras, las bestias... Le enseñaría una corneta que tengo con la que hago el mugido de la vaca y la gente sale de estampida, pero no la toco porque ya sabe que a unos alegra y a otros molesta; no quiero líos.

-¿Para qué la corneta en el campo?

-Cuando estamos con las borregas y se acerca un perro lo asusto con eso -dice Francisco-. Pego un pitío como en las empresas cuando se da de mano.

-Ahí bajo ese castaño me puse un día que pasaba un grupo de zagalones, la toqué y el personal no encontró sitio para correr, pero enseguida empezaron a tirarme piedras, en fin…, se dieron cuenta. Ni toro ni vaca. Era una corneta.

-Pero antes se tropezaban huyendo el que iba monte arriba y el que bajaba.

Francisco quiere saber de mí:

-¿Y qué? A echar un paseíllo…

-Hombre, la verdad es que he venido a tiro hecho. Caminando por una calle del pueblo me he dado un torción en esta pierna y, mire, parece que se me ha hinchado. Moya me habló de ustedes y ya que me cogía de camino, dije, a ver qué resulta; y aquí estoy.

-Estamos en familia, porque somos parientes de Moya. Mire, la otra noche me saludó una muchacha en el pueblo y no la conocí al pronto. Luego me dijo que era de Linares, un pueblo que ahí para Aracena.

-¿Linares de la Sierra?

-El mismo, oiga. Así que me sale la muchacha diciéndome:

«Emiliano, vamos a bailar un ratito» -se dirige a Francisco-: ¿No te acuerdas cuando le buscaste unas hierbas…?

-Si, porque traía la pierna hinchada, así como la suya.

-…eso. Pues esa muchacha se dio un golpe y se le hizo un negral, y mi hermano arrancó un golpe de verbena lila como la que está ahí mismito -va por ella, la trae-. Se hierve, se empapa un paño, se pone en la hinchazón y baja. ¡Ay que si baja!.

-No tarda ni media hora en quitarse.

-De hierbas, lo que quiera. Tiene la paletosa para el estómago y la jarilla para las heridas, el hinchazo y los negrales. Se lava bien, se planta encima y se queda como nuevo. El agua que sale de hervirla se mete en un bote y sirve para todo el año. Eso me lo enseñó un cabrero de Linares, que sabía mucho de estas cosas. El pobre ya está muerto.

-Los cabreros saben tanto porque están el santo día solos en el campo y tienen que curar lo que sea.

-¡Ya ve!. Hace poco curé una oveja con la hierba jarilla. Se dio el caso de una cabra que se enganchó con unos alambres al saltar una cerca y tenía las tetas que se le salía la leche. Le dije al cabrero, arranca jarilla, hiérvela, échale una poca de sal y le das con un paño empapado en las heridas. Lo hizo el muchacho, que era uno de Valdelarco, y a los dos o tres días dejó la cabra de sangrar y se cerró el agujero. El hinchazo se le fue enseguida y lo otro. Se curó radical. Coincidió que habíamos ido a buscar gurumelos y él nos dijo por dónde se criaban mejor, total, que en esto se metió la cabra por mal sitio y se hirió con los pinchos.

Me da el ramo de verbena lila:
-Esto se lo lleva, hierve la mata entera, se pone un trapo en la rodilla y verá.

-¡Qué mundo el de las hierbas…! -dejo caer.

-La lengua del buey tiene la flor morada -la busca Emiliano, la trae-; se toma con miel. Es lo que no sabe hoy la gente, que sólo quiere ir a la botica, y la botica está en el campo.

-¿Para qué sirve la lengua del buey?.

-Para el cáncer -dice, tajante.

-¿Para el cáncer? -pregunta mi asombro.

-Como lo oye. Si lo supieran los médicos no moría nadie del cáncer. Aquí vino una mujer, la tía de uno que estaba en la fábrica, se la puso y mejoró bastante.

-Sabiendo tanto de plantas, ustedes apenas irán al médico.

-Poco -dice Emiliano-, pero hay que ir; me entraron las cataratas y eso de las operaciones ya no lo entiendo; pero si es un porrazo me doy la verbena lila y santa cosa. ¡Ah!, sirve también para cuando vienen esos bichos que son como abejorros…

-…al de la Camila le picó uno en el brazo y pasó unas noches de perro; ni el médico pudo; no había nada que hacer sino aguantar hasta que con el tiempo se quitara...

…y le dice la tía Marcelina: «eso tienes que ir al médico del campo». Así que vino, le herví la verbena y lo curé. Después le dije a la madre que le diera un par de baños más y ahí quedó el mal.

Les pregunto sobre lo de llevar una castaña en el bolsillo para evitar las almorranas.

-Eso… puede que sea la castaña bravía, la que no está injertá, que es muy dulce y que igual quita también la erisipela, pero lo de las almorranas no sé…

-El injerto mejora el árbol y el fruto. Lo endulza. Hay castaños que llamamos comisarios, otros, bravos, y otros se conocen como anchos, lechal, dieguina; éste da una castaña con mucho vellillo en la cáscara.

-¿Cuál es la más rica?

-La comisaria. Es la que se pela. Los castaños se ven como nuevos desde que estamos nosotros cuidando este campo, porque pasa el agua cerca, le damos una roza, lo preparamos…

…ya le digo, la verbena lila es maravillosa. Y también la hay con flores amarillas -se va para buscarla y grita-: ¡aquí está!.

La tierra de la que arranca la planta es de miga, tierna, oscura, húmeda. Se me ocurre:

-Buena para un papal.

-Es un papal -me confirma Francisco-; lo que pasa es que hay que dejarla descansar un año; la papa que da es recia, de buen sabor.

-Más hierbas -sugiero.

-A su lado tiene la correhuela, que sirve para la diarrea; la flor es blanca, como una campanita hacia arriba. Lo mismo la corta la jara que no es cervuna. Los pompos de la jara no cervuna, sino la melosa, son para la diarrea. Se ponen en la mano, que son como bolitas, se toman con una poca de leche y ya está. Tienen que ser nones. Una jara tiene la hoja ancha y la otra larga.

-…la vinagrera, la hierba loca… y los granos malos se abren con la hierba sanalotó. Siempre igual, la planta se hierve, se empapa un trapo y se planta encima, lo mismo que tiene usted que hacer con su rodilla en cuantito pueda.

-Lo haré dentro de un rato.

-Para las quemaduras es buenísima la yema del huevo… y la tinta.

-La carquesa es para cuando las mujeres no tienen leche suficiente; la aumentan.

-Asperón le decimos a cuando sale el azúcar en la sangre; se cura con una hierba morada que tiene un jopito, pero no recuerdo el nombre…

-…una planta que se usa para las heridas es la retama; se parece a la acendaja. Se cuece y se emplasta.

-…y la pita para las mataúras de los animales.

-…cuando el alacrán pica en un dedo vale como nada la cebolla almorrana. Se le hace una desconchadura, se mete en un brasero y ya caliente se mete en ella la picadura y se calma el dolor.

-Se les ve sanos. Pocos males habrán tenido.

-Hombre, un dolor de cabeza puede tenerlo cualquiera; antiguamente hasta eso se curaba con hierbas. Hay que conocerlas. Ahí tiene el árnica, que sirve para los porrazos.

-…aqui verá pocas hierbas; donde las hay es para aquella sierra alta donde se ve la aldea… se puede encontrar la colleja, que es muy fina y se come. Se fríe con huevos o se hace en tortilla. Con un manojo se tiene una fritá.

Emiliano rompe la conversación a tajo:

-Voy por el látigo -dice-. Verá cómo suena un buen trallazo en medio del campo.

Viene, se aparta para no hacerse sitio, revolotea el látigo sobre su cuerpo, le corta el aire en un quiebro y suena en el valle: ¡Traaa¡.

-Con esto corren los perros que no se les ve. Hasta los guardias. Una noche vino uno corriendo hacia mí: «…he sentido un traquío y no sé qué es». Le enseñé el látigo con el nudo chico en la punta: «¿No será esto?». El hombre respiró tranquilo: «¡El susto que me llevé!».

-Donde suenan largos los traquíos es en el pantano. No estorba el monte y parece que se caen los árboles. Esto es bueno contra los furtivos. Escuchan el traquío, tiran las escopetas y a correr se ha dicho. Lo creen pólvora. Más de uno amaneció arriba de un árbol del miedo.

…el nudo chico que lleva en la punta se llama rabiza; éste suena poco, pero ya sonará conforme se seque.

-¡Bueno…! -digo como quien pretende irse.

-Nada -cierra Francisco; hasta que usted quiera venir otra vez por aquí.

-La verbena lila se la pone en la rodilla y ya verá.

Al alejarme siento restallar el látigo como si Emiliano liberara con el traquío una fuerza contenida, una huebra1 de sabiduría. Un alivio.

-Adiós -les digo desde una loma-, y se me vienen al pronto los versos con los que cierra un soneto Félix Grande:

Adiós es una rama seca y verde
que da su flor donde su flor se pierde:
como florece el grito en el barranco.

____________

Notas:

1. DRAE 1) espacio que se ara en un día. 2) par de mulas y mozo para trabajar un día entero. 3) tierra labrantía que no se siembra, aunque se are». María Moliner lo registra de la familia de 'huebos', del lat. 'opus', obra. Necesidad. 1) yugada; 2) como en el DRAE; 3) barbecho. Covarrubias, Thesoro..., güebra: «pedaço de tierra que un labrador puede labrar en un día, que unos llaman yugada y otros yunta. Dixose güebra, quasi uobra, que en muchas partes llaman obrada, y vale el trabajo del jornalero del campo de un día y también el mismo que trabaja, sea arando, sea cavando», como Autoridades. Herrera, Agricultura I: Más fructifica una huebra bien labrada y sazonada, qne tres corridas y ahurrugadas. 2) Se llama también en los Lugares el par de mulas y el mozo que alquilan para trabajar. 3) En Aragón, huebrar, por arar. Guevara. Epístolas Familiares..., al Obispo de Badajoz: voz antiquada [...] reja que non huebrare por descura de ferrer, piñórenle un maravedí para el huebrero. Corominas, Dicc. Crítico Etimológico..., data 'obra' h. 1250, antes 'huebra' h. 1140 (especialmente en la ac. 'cantidad de trabajo que se hace en un día'). Tomando la datación propuesta rastreo diferentes contextos. Alfonso x, Astronomia. Libro de las estrellas: «...estas cosas deue a ymaginar parar mientes aquel que quisier fazer huebra cierta complida […] todesto es en la sotileza del maestro que ouiere de fazer esta huebra...». Especulo: «...ssy alguno ffezier llauor en heredat Agena a ssabiendas que el ssennor dela heredat gana ssennorio en aquella huebra non es tenudo de dar ninguna cosa al que lo labro». Siete partidas 1: «...todos los otros que han poder de fazer iusticia por huebra. que lo den de sus soldadas». Fuero real (ms. Escorial): «...si por su huebra fuere muerto su marido si enla uida del marido ouo que ueer conella...». Cantar de Mio Cid:

Calças de buen panno en sus camas metio
Sobrellas vnos çapatos que a grant huebra son...».

Fuero de Briviesca: «...queremos que pueda vender aquellas huebras que fizo por su cuesta». Fuero Juzgo: «…de fazer nueua huebra como fizieron los antigos». Por último, Dicc. del Español Actual, de Seco, Andrés y Ramos: J. C. Duque Hoy [Badajoz] 28.10.76: Medio millón de pesetas paga en concepto de renta un campesino salmantino que tiene arrendadas de 1200 á 1300 guebras (unas 600 hectáreas) | Delibes Viejas historias…: Nadie podía imaginar cómo con una huebra y un arado romano corriente y moliente se consi-guiera aquel prodigio