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Fuegos rituales extremeños: entre San Antón y el tiempo pascual

DOMINGUEZ MORENO, José María

Publicado en el año 2010 en la Revista de Folklore número 2010.

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Texto del artículo en Revista de Folklore Anuario 2010 - PDF

I

Desde que acaeciera su muerte, un 17 de enero del año 356, San Antón o San Antonio Abad fue objeto de veneración en la iglesia oriental, merced sobre todo a la difusión de su hagiografía escrita por San Atanasio, patriarca de Constantinopla, con el que convivió durante cierto tiempo. Pero no será hasta el siglo X cuando el caballero Gastón traiga sus restos a Francia, provocando con ello que se extienda su fama por todo el orbe europeo, merced especialmente a la protección que se le atribuye sobre el fuego sacro o fuego de San Antón, una de las enfermedades más temidas de la época.

Para los habitantes de Navalvillar de Pela el cerdo fue el fiel acompañante de San Antón cuando éste, según recoge una leyenda poco conocida en la localidad, hacía vida eremítica por los parajes próximos a la población pacense. En aquellos ignotos tiempos los peleños, desconocedores del fuego, morían de frío en los crudos inviernos y se vieron en la necesidad de recurrir al santo anacoreta para que les resolviera el angustioso problema. El santo los escuchó y no tardó en buscar la solución, eso sí, acompañado del cerdo. Tras varios días de marcha llegaron a la entrada del infierno y el cerdo logró traspasar sus puertas, quedando el eremita en el exterio. Como dentro ocasionara con sus correrías auténticos destrozos, sin que los demonios pudieran sujetarlo, éstos hubieron de llamar a San Antón para que apaciguara al animal y se lo llevara. De esta forma fue como el santo anacoreta penetró en los antros de Satanás y, sin que éste y sus secuaces infernales se percataran, logró meter unas brasas en el hueco de la caña que le servía de bastón. Tras la entrega por el santo del fuego a los peleños, éstos ya no volvieron a temer al frío invierno.

En conmemoración de tal acontecimiento, el entrar en posesión del fuego, cada víspera de San Antón los paisanos encienden grandes hogueras en calles y plaza, valiéndose de la leña que han apilado los mozos. Aunque para los eruditos locales y para la tradición más arraigada estas luminarias invernales se fundamentan en un hecho histórico, cual es la derrota de un destacamento moro en los alrededores de Navalvillar de Pela, valiéndose de un ardid que responde un arquetipo muy común en Extremadura:

“Cuenta la leyenda que al intentar los árabes conquistar el pueblo, sus pocos habitantes montaron a caballo e hicieron una gran hoguera. Querían despistar a los invasores. Comenzaron a dar vueltas por las escasas calles del pueblo armando un gran escándalo. Los moros creyeron que era un gran ejército y los dejaron tranquilos”1.

En consecuencia, lo que se hace en esta noche es revivir mediante el rito que conocen por la Encamisá de San Antón la hazaña que protagonizaron sus antepasados en los lejanos tiempos de la Reconquista.

Al amanecer del día 16 de enero, festividad de San Fulgencio, desde el sitio de la Fuente, se emprende una marcha, actualmente con tractores, hasta la Sierra de Pela para acarrear jaras y matorrales, que por la noche arderán en distintos puntos del pueblo por los que va a transcurrir la carrera. Sobre las ocho de la tarde entre estallidos de cohetes y repique de campanas parten desde la plaza los mayordomos, el abanderado, las autoridades, el tamborilero y la música. Es el comienzo de la carrera o recorrido por las calles alumbradas por las luminarias. Participan en ella jinetes e infantería. Esta la constituyen personas que hacen el trayecto a pie, portando algunas de ellas, especialmente los muchachos, hachones de gamonita. Por su parte los jinetes montan briosos corceles o simples pollinos, muchos de ellos alquilados para la ocasión. Visten botas camperas, zahones, faja roja, camisa blanca, pañuelo rojo al cuello y un gorro blanco o rojo. También a las caballerías, que fueron bendecidas el día 5 en la iglesia de Santa Catalina, las ponen de gala, destacando entre sus atuendos las mantas de San Antón que tejen en los telares locales. Más de dos horas duran las tres vueltas que de rigor han de darse al pueblo, sin que en todo ese tiempo cesen los vítores: ¡Viva San Antón!, ¡Viva San Fulgencio!, ¡Viva San Antonino y el chequerrinino!... El final de la carrera viene seguida por la invitación a los participantes a buñuelos y vino de pitarra. Pero la fiesta no concluye mientras que no se apaguen las ascuas de las hogueras, algunas de las cuales duran hasta el amanecer2.

A lo largo de tres días permanece encendida la hoguera que en Fresnedoso de Ibor, en la noche del 16 de enero y en la plaza del pueblo, prenden los quintos, para lo que previamente, ayudados por hombres y niños, han acarreado toneladas de leña de encina. La traída del combustible constituye toda una fiesta en la que los mozos invitan a carne de macho cabrío a todos los colaboradores. La viveza y la duración de las llamas marcan el prestigio de los quintos del año, que junto al fuego cantan, engullen carne asada de pollo y disparan salvas. Estos disparos arrecian cuando las respectivas novias entran en la iglesia en la mañana de San Antón y, sobre todo, cuando la procesión con el anacoreta pasa al lado de la lumbrinaria.

Es muy posible que en algún momento se pensara que el fuego de San Antón, una afección cutánea producida por los alcaloides del cornezuelo del centeno, pudiera ver aminorados sus morbosos efectos por la fuerza salutífera emanada de las llamas. En este caso habría una explicación para estos festivales ígneos que acompañan al santo anacoreta y que en las últimas décadas se han reducido de manera considerable. De entre los pocos que aún se contabilizan, amén de los mencionados, encontramos las hogueras que se encienden en las plazas de Brozas la víspera del santo, que antaño eran saltadas por los intrépidos mozos y por cuyas cenizas, llegada la mañana de la fiesta, se hacían pasar a los animales de labor con fines profilácticos. Algo semejante ocurre en Garrovillas de Alconétar. Tras la procesión vespertina del día 16, en la que el santo es conducido a su ermita del barrio de Cantarranas, se va a la plaza del pueblo para, en presencia del cura y del mayordomo, proceder al encendido de la minaria, hoguera que admite toda clase de combustibles. En torno a ella se ejecutan los tradicionales bailes locales. El no encendido de la hoguera se considera nefasto para la cabaña ganadera y preludia, de manera muy especial, la mortandad de los cerdos3.

En Pescueza los tizones de la hoguera que se encendía junto a la antigua ermita de San Antón se tiraban a los tejados, ya que se le atribuían virtudes ahuyentadoras de las tormentas. Tal poder le achacaban igualmente a las velas que en Torre de Don Miguel alumbraban el día del santo durante los actos religiosos, de las que decían que no sufrían merma de peso por esa utilización ritual4. Bien sabían los sacristanes que prendiendo estas candelas no había peligro con las nubes tempestuosas que asoman por los picachos de la Sierra de Gata.

La Hermandad de San Antón es la que en Llerena corre con la cuenta del encendido de una gran fogata en la explanada frente a la iglesia de la Concepción, en la noche del 16 de enero. Y en torno a ella se lleva a cabo el ritual de la corcha: los mozos se proveen de tizones y corren unos tras otros para pintorrearse de negro.

II

Si las hogueras de San Antón hoy son una mínima expresión de las que antaño alumbraban en la noche del anacoreta5, otro tanto cabe decirse de las que hacían su aparición en la víspera de San Sebastián, cuya festividad en algunas localidades, cual es el caso de Capilla y Peñalsordo6, va unida a la que se hace al santo de la Tebaida.

Gran singularidad revestía la fiesta de San Sebastián en Castilblanco, en donde queda patente su parentesco con otras encamisás extremeñas. En este pueblo pacense al atardecer del día 19 hacían su aparición los ensabanaos. Eran mozos que, cumpliendo una manda o promesa, vestían con enagua blanca y pañuelo de crespón negro atravesado. Sobre mulos o caballos, y portando una antorcha encendida, recorrían la calles alumbradas por las pertinentes hogueras. Las cabalgaduras se adornaban igualmente con sábanas blancas, prendiendo en sus arneses cencerrillos y cascabeles. La larga andadura, en la que abundaban los vivas al santo, tenía inevitable parada a la puerta de la iglesia. Allí sacaban la imagen de San Sebastián y ante ella, por riguroso orden, cada uno de los mozos pronunciaba la loa de rigor, unos versos en los que se reflejaban los motivos por los que se consideraban en la obligación de vestir de ensabanaos. He aquí, como ejemplo, unas de las letras declamatorias:

Cuando yo estaba en la guerra
pasando muchos trabajos,
mi madre lo prometió
vestirme de ensabanao.
Y ahora lo vengo a cumplir
y también a darte gracias
porque me has satisfecho
en todas mis esperanzas.
¡Viva San Sebastián!

De esta vieja tradición se mantiene sólo el recuerdo. Interesante a todas luces resulta otra costumbre de la vecina localidad de Villarta de los Montes. La noche víspera de San Sebastián es conocida como la de las luminarias, ya que en ella se encienden en calles y plazas numerosas fogatas con romero y tomillo, en torno a la cuales bailan hasta agotarse. Y puesto que este día, como en tantos otros lugares extremeños, comienza el carnaval, la gente aprovecha las llamas para quemar corchos con los que pintarse la cara7, sin que falten los que llevan el tizne en las correspondientes vasijas. Apuntan los paisanos de la localidad que la práctica tiene un fundamento histórico. Hace siglos hubo una epidemia que atacaba mortalmente a las personas de piel más blanca. Con el fin de librarse del mal, no sólo hicieron hogueras y colgaron plantas aromáticas a las puertas de la casas, sino que se pintaron las caras y de esta guisa lograron “engañar” a la peste8. Aun aceptando la veracidad histórica de la enfermedad que asoló al pueblo, hay quienes defienden otra interpretación del ritual: los “tiznados representan a los demonios y malos espíritus de la epidemia y las hogueras simbolizan la purificación del ambiente”9.

La quema de plantas aromáticas deja ver con claridad el sentido purificador de la hoguera de San Sebastián. Y es precisamente con un gran fuego, que se enciende a la puerta de la iglesia, con el que los vecinos de Portezuelo honran al mártir militar romano porque en lejanos e imprecisos tiempos gracias a su intercesión el pueblo se libró de la peste. Mientras la hoguera arde atendida por los mozos, dentro del templo tiene lugar la velá, cantos de coplas alusivas a la vida del santo y a los favores que el devoto que cumple con la mayordomía ha recibido de San Sebastián10. Más tarde a la luz y al calor de la hoguera se baila a los sones de la gaita y del tamboril, y los más intrépidos saltan cruzando las llamas11.

Este carácter purificador, aún salvando las distancias que marca el santoral, lo hallamos en la hoguera que en la última noche de febrero se enciende en Valdehúncar a la puerta de la iglesia. Constituye el preludio de la Fiesta del Angel que se celebra al día siguiente. Dicen en el pueblo que tanto la luminaria como fiesta tuvieron su nacimiento, allá por el siglo XVI, cuando una peste terminó con todos los habitantes, excepción hecha de siete matrimonios. Estos se encomendaron al Cristo del Perdón, que se procesionaba el día primero de marzo, y las muertes cesaron al instante12.

No deja de ser un tanto extraño que la mayor parte de los fuegos relacionados con San Sebastián en la provincia de Cáceres se focalicen en las comarcas ribereñas del Tajo. Ahí están los casos de Casas de Millán donde al santo, que tiene dos días de fiesta, se le honra la víspera con el encendido de capachos impregnados de aceite. En Coria es una hoguera la que se levanta en la plaza del Rollo. En Ceclavín arde la pira a la puerta de su ermita. Mayor espectacularidad reviste la luminaria de Torrejoncillo, que se alza en el barrio de San Sebastián, a los pies del santuario que le da nombre. Hasta el día siguiente duran las toneladas de leña de encina transportadas desde las dehesas de los contornos. Es la velá13. Piensan los torrejoncillanos que su hoguera recuerda a la supuesta lumbre que unas caritativas mujeres encendieron junto a San Sebastián asaetado para que las fieras no se le acercaran. Tal creencia motivó el que los carbones de esta lumbre se repartieran por los rediles como un remedio capaz de proteger de los lobos a las ovejas.

Aun no se ha apagado el humo de los fuegos en honor de San Sebastián cuando San Vicente de Alcántara rinde de igual modo pleitesía al mártir que da nombre al pueblo, San Vicente, al que celebran el día 22 de enero. Al anochecer de la víspera sacan la imagen y recorren las calles alumbrándose con hogueras que son objeto de rivalidad entre los distintos grupos que las encienden y que sirven para convertir en cenizas toda clase de trastos. Son hogueras con las que, al decir de los devotos, se trata de recordar el suplicio al que San Vicente fue sometido. Cuando la procesión concluye, los vecinos cumplen con el ritual del mascarrón, consistente en embadurnar el rostro de amigos, parientes y conocidos con un corcho quemado. Se cuenta que antiguamente los mozos aprovechaban la tiznudura para lanzar a las jóvenes requiebros y declaraciones amorosas14.

III

Pocas fechas más tardes, el dos de febrero, la festividad de la Purificación de la Virgen alcanza gran solemnidad a lo largo y ancho de Extremadura. Es una celebración que tiene lugar cuarenta días después de la Navidad, del nacimiento del Niño Jesús, tras la cuarentena o reclusión a la que se ha sometido María luego del virginal parto, tal y como marcara la Ley de Moisés. En esta presentación la Virgen, a tenor de su condición humilde, hace ofrenda de dos tórtolas o de dos pichones. Esta oblación es la que rememoran las jóvenes en distintas dramatizaciones que ejecutan en las iglesias el día de la Candelaria y, ya dentro de una ritualización de carácter privado, la que hasta fechas muy recientes han llevado a cabo las mujeres extremeñas al cumplir la cuarentena. Al concluir ese tiempo la parturienta acude a misa, saliendo a la puerta de la iglesia a recibirla el sacerdote, al que le hace entrega de una ofrenda consistente en un pan y una vela.

Igualmente es la vela un elemento de capital importancia en la celebración de la fiesta de Las Candelas o de la Purificación, a pesar de que su presencia en este acto no concuerde con la tradición judía. Santiago de la Vorágine apuntaba en el siglo XIII que la costumbre de encender candelas en esta fecha durante la celebración de la misa responde a un claro deseo de suplantar una costumbre pagana, y añade:

“Viendo el papa Sergio lo difícil que resultaba apartarlos de semejante prácticas, tomó la encomiable decisión de dar a la fiesta de las luces un sentido nuevo: consintió que los cristianos tomaran parte en ellas, pero cambiando la intencionalidad que entre los paganos tenían, y dispuso que los cortejos luminosos que los romanos organizaban por aquellos días y habían hecho populares en todas las provincias del Imperio, los fieles lo hicieran el dos de febrero de cada año, mas en honor de la Madre de Cristo y en forma de procesiones y llevando en sus manos candelas previamente bendecidas”15.

La susodicha fiesta de las luces que sincretiza el señalado pontífice se desarrollaba a comienzos de febrero y tenía por protagonista a las mujeres. Estas trataban de recordar las búsquedas nocturnas, ayudadas con teas y linternas, que hicieron los padres de Proserpina para encontrar a la diosa raptada por Plutón. Pero el mismo Santiago de la Vorágine ve otro posible origen de Las Candelas en la costumbre nocturna que había por estas fechas, cada cinco años, de inundar la ciudad de Roma de teas y de antorchas en honor de Februna, madre de Marte, para que propiciara la derrota de los enemigos del Imperio16. Otros autores, Frazer entre ellos, creen que el fue el papa Gelasio I, en el año 496, quien instituyó la fiesta de la Purificación de la Virgen como única forma de aniquilar por asimilación los festejos romanos de las Lupercalia. Sean unos u otros los comienzos de Las Candelas, lo cierto parece que la fiesta que hoy conocemos responde a una amalgama de elementos judeo-cristianos y de elementos de origen pagano17.

Si las velas toman carta de naturaleza el mismo día de las Candelas dentro de una ritualización cristiana, las hogueras casi siempre constituyen un preludio nocturno de la fiesta y, en nuestra opinión, mucho tienen en común con el espíritu de los fuegos solsticiales de invierno y con las prácticas del carnaval que ahora se inicia, especialmente en lo que atañe al sentido purificador y profiláctico.

En Bodonal de la Sierra las candelas u hogueras se hacen con la leña que acumulan en las calles los días previos, y en sus brasas se asan chorizos, morcillas y toda clase de carnes, para cuyo condumio se acompañan con el vino de la tierra. En Cabeza de Buey niños y jóvenes acarrean el combustible a los distintos barrios con el objeto de encender grandes luminarias con las que rivalizan entre sí. Alrededor de ellas, en lo que parece un rito con ciertas connotaciones mágicas, con el objeto de reavivar las llamas giran agarrados de la mano y gritan: ¡Qué enchore! ¡qué enchore!18. Una gran porfía ha existido entre quienes organizaban las candelas de la Plaza y del Altozano, en Pallares. Los niños de ambos barrios no escatiman esfuerzos a la hora de acarrear todas las ramas de encinas y de olivos que se podan por esas fechas, añadiendo esteras y capachos que se han utilizado en los lagares para la molturación de la aceituna19. Y al reconfortable calor de las lumbres no faltan quienes dan cuenta de algunas que otras viandas matanceras.

También los muchachos son los encargados de proporcionar la leña para la fogata de El Risco20, al igual que lo hacían para la que hasta hace algunos años ardía en Castuera. Los mejores troncos de jara que los mozos traían eran la materia de las grandes luminarias de Peloche, en torno a las cuales merodeaban todos los vecinos animados por los sones de la gaita y del tamboril y hasta de algún trago de morapio21. Otro tanto ocurre en Torre de Miguel Sesmero, donde se tiene a la Virgen de la Candelaria como patrona, que acoge en la plaza a ella dedicada dos o tres luminarias de taramas.

En Monterrubio de la Sierra las candelas reciben, además del ramón de olivo, todos los trastos viejos e inservibles aptos para ser pasto de las llamas. A su vera suele hacerse boca de migas y de chacina. Igual ha venido sucediendo con las que, en la noche del dos al tres de febrero, en honor de las Candelas o de San Blas se preparan en Valencia del Ventoso y en Valverde de Burguillos y con las que, hasta hace varías décadas, encontrábamos en Segura y Fuentes de León. En Hornachos, una vez anochecido, el vecindario buscan alrededor de grandes fogatas las típicas viandas y los vinos de la tierra. Y no le van a la zaga en esta conjunción de celebraciones ígneas y culinarias las localidades de Campillo de Llerena, Fuenlabrada de los Montes, Palomas, Puebla del Prior, Santa Marta y Villagarcía de la Torre. Por su parte, en Higuera de Llerena y Solana de los Barros la hoguera se constituye como un elemento que pone en evidencia la hombría de sus jóvenes, que han de mostrar su intrepidez saltando sobre ellas.

Si las luminarias citadas se extienden por una amplia área de la provincia de Badajoz, constatamos que en la provincia de Cáceres éstas se ceñen casi en exclusiva al área limítrofe con Toledo. Son los casos de Alía, Bohonal de Ibor, El Gordo, Madrigal de la Vera, Villar del Pedroso y Valdelacasa del Tajo. Curiosamente las hogueras de los citados pueblos cacereños se consideran augurales, por cuanto que la dirección de sus llamas indican a los vecinos la zona del término municipal que ese año va a resultar óptima para el cultivo de los huertos.

Dada la fecha de la celebración de Las Candelas, nada tiene de extraño que en torno a las hogueras se desarrollen actuaciones que participan del sentido del carnaval. Así reaparecen los corchos quemados en estas fogatas, que los muchachos y los jóvenes utilizan para tiznarse unos a otros. Y toman cierta relevancia algunas manifestaciones lúdicas que se consideran propios de las carnestolendas, como es el juego del cántaro que tiene lugar al calor de las hogueras que se encienden en Feria. Las mozas, colocadas en corro, se van lanzando el botijo unas a otras hasta que éste cae al suelo y se quiebra. La responsable de la rotura se ve obligada a reponer el cántaro, al tiempo de constituirse en el objeto de burla de sus compañeras22.

Pero las hogueras de Feria no solamente son testigos de este juego de carácter cíclico23, sino de otra costumbre carnavalera cual es la quema de los peleles, que en la localidad reciben el nombre de candelarios. Con anterioridad a la fiesta las pandillas de amigos se reúnen para confeccionar el correspondiente muñeco a tamaño natural, al que tratan de imbuirle los rasgos de algún personaje de actualidad. Tras pasearlos por el pueblo, en la tarde de Las Candelas son llevados casi procesionalmente hasta las proximidades del castillo y allí, sin el mínimo protocolo, los candelarios son arrojados a las grandes fogatas que dan calor a los muchos vecinos que se han congregado junto a ellas24.

En Almendralejo, llegada la noche de la víspera, cada barrio enciende sus propias luminarias, a las que también irán a parar las pantarujas25, muñecos en los que el pueblo simboliza los malos espíritus. Lógicamente las brasas, los rescoldos y las cenizas de estas hogueras purificadoras son recogidas por los vecinos, ya que los consideran curativos, propiciadores y fertilizantes de campos y cosechas. Este mismo sentido profiláctico y sanatorio es el que lleva a los habitantes de La Nava a encender sus fogatas de las Candelas en los majadales del ganado26. Otros peleles que se deshacen en las llamas son los monigotes de Solana de los Barros, los muñecos Torremegía, Villalba de los Barros, Entrines y Alange, los candelos de Caminomorisco y las marimantas de Bajadoz.

La fiesta de Las Candelas en Badajoz, actualmente adscrita al barrio de Santa Marina, sito en la margen del Guadiana, constituyen el arranque de los carnavales pacenses. Aunque los actos religiosos se ciñen al día 2 (misa, procesión, bendición de las velas, presentación de los niños nacidos en el año), los elementos profanos quedan enmarcados en la tarde-noche del sábado más cercano. Con las primeras sombras vespertinas da comienzo por las calles y plazas del barrio el paseo del Marimanta. Se trata de uno de esos “cocos” que infundían pavor a los niños de antaño, niños que hoy son los encargados de confeccionarlo y de transportarlo sobre una rústica silla gestatoria de madera. En la marcha participan cientos de personas ataviadas con los disfraces de carnaval que lucieron el año precedente y en el trayecto no dejan de sonar los atronadores repiques de tambores. La meta es una gran hoguera en la que el Marimanta se convertirá en ceniza “en castigo por sus muchos delitos”. También a la hoguera van a parar los viejos disfraces de quienes formaban el cortejo. Actualmente termina la fiesta con un agasajo de vino y hornazo por cuenta de la Asociación de Vecinos de Santa Marina, lo que viene a recordar las viandas matanceras que se calentaban y comían junto a esta candela los abuelos de quienes hoy mantienen la tradición precarnavalera27.

En Peraleda de San Román una gran hoguera en la plaza la víspera por la noche es el recuerdo del viejo candelón que se encendía en cada uno de los barrios del pueblo. En los días previos al 2 de febrero los jóvenes recogían en el campo ramas de laurel, que trenzaban o cosían a una pértiga o palo de cuatro o cinco metros y que izaban luego de prenderlo por uno de sus extremos. Interesante resultaba la defensa que se hacía de estos candelones, ya que se consideraba una auténtica gesta el que los vecinos de un barrio se lo robaran a otro para llevarlo a la plaza. Y, por supuesto, constituía una humillación para quienes se veían desposeído de su simbólica llama.

Sin atenerse exclusivamente a las Candelas, aunque creemos que otrora esta actuación debió estar vinculada a tal festividad, los quintos de Herrera de Duque se reúnen para transportar al pueblo un árbol, generalmente carrasco o quejigo, al que le han quitado las ramas y proceden a quemarlo en la plaza el primer fin de semana de febrero. La magnitud del árbol es la expresión de la hombría de estos mozos, que cada año tratan de emular a los que les precedieron28. También los quintos de Garbayuela, aunque con ayuda de todos los mozos, el día de la Candelaria transportan a hombros hasta la plaza del pueblo un gran tronco de encina, el leño, al que posteriormente prenden fuego. Mientras perduran las llamas, que los vecinos consideran un símbolo de la purificación de sus mujeres29, nadie se mueve de su entorno. Sólo cuando el fuego amaina, los jóvenes saltan y juegan alborozados a su alrededor, y cuando la luminaria se convierte en rescoldos acuden a preparar sus atuendos, ya que son ellos los que interpretan las danzas en honor de su patrono San Blas30.

También esta noche Montehermoso celebra su velá, consistente en la quema de un capazo a la puerta de la ermita en la que se custodia la imagen de San Blas y en la interpretación de algunas de las danzas de los negritos, que al día siguiente alcanzarán el máximo protagonismo en la conmemoración del obispo de Sebaste. Por velá conocen igualmente la gran hoguera que en esa noche, en honor de San Blas, se enciende en Montánchez. Para el día siguiente queda el desfile del Ramo: las mujeres montanchegas, vestidas a la antigua usanza, recorren el pueblo entonando cantos tradicionales y portando sobre las cabezas platos de dulzainas.

El otro aspecto reseñable en la fiesta de la Candelaria, siempre en relación con el fuego, lo constituye la presencia de las velas. La alusión a estos cirios la encontramos en Las Alboradas que antes del amanecer del día 2 cantan las mozas en compañía de los mayordomos y familiares por las calle de Jerte:

Virgen de la Candelaria,
la del cabello dorado,
qué linda sales a misa
con esa vela en la mano.

En la práctica totalidad de los pueblos que acogen esta festividad antes de la celebración litúrgica se celebra una procesión, generalmente alrededor de la iglesia31, en la que los asistentes suelen llevar una vela encendida. Y, como apuntan los versos anteriores, también la Virgen porta su propia candela. Aunque el encendido de ésta suele correr a cargo de las mayordomas, también encontramos lugares en los que es prerrogativa exclusiva del sacerdote. Así su sucede en Deleitosa y en Piornal, donde su cancionero religioso tiene a bien recordarlo:

Dichoso el sacerdote
que con reverencia llega
a encenderle de la mano
a María la candela
32.

Aunque no sea el caso más frecuente, hay ocasiones en las que la Virgen porta una vela hecha ex profeso. Así ocurría en Almaraz33. En Deleitosa la candela de la Virgen es idéntica a la que llevan las autoridades, que graciosamente las reciben de la mayordomía. Sin embargo, existen localidades en las que el reparto de velas corre por cuenta del ayuntamiento. Son los casos de Acehuchal, Jerte, Mata de Alcántara, Membrío, Navazuelas, Oliva de Mérida, Torre de Miguel Sesmeros y Torre de Santa María34. Nada de extraño tiene este proceder si partimos del hecho de que en bastantes lugares han sido los propios ayuntamiento los organizadores de la fiesta de la Candelaria35.

Estada dadivosidad municipal en ocasiones ha tenido un límite que no llegaba más allá de las propias autoridades, motivo por el que en más de una ocasión se convirtió en objeto de críticas por parte del pueblo. Ilustrativos en este sentido son estos párrafos referidos a la cacereña localidad de Serradilla:

“La hermandad ya no existe y solo se conserva de sus costumbres, una procesión que se hace alrededor de la Iglesia antes de la misa a la que solo concurren algunas mujeres y muchachos.

A la misa de este día asiste el Ayuntamiento y todas las autoridades, tomando todos la vela bendecida.

Los maliciosos, que siempre los hay, hacen notar la puntual asistencia a esta fiesta de todos los individuos que a ello tienen derecho, atribuyéndolo más que a devoción, a la media libra de cera que pesa la candela.

Todas las velas que se reparten, tanto a las autoridades como al clero y correspondientes funcionarios subalternos, son por cuenta del Ayuntamiento” 36.

Al igual que las autoridades, las madrinas o mayordomas gozan de cierta distinción. En Alía, mientras que los acompañantes llevan una vela normal, la madrina porta un velón junto a una rosca de candelilla. En Fuenlabrada de los Montes la madrina durante la procesión sujeta una vela que destaca sobre las demás, al tiempo que es escoltada por la que la precedió en el cargo y por la que será su sustituta el próximo año. También durante el ofertorio de la misa hará entrega al sacerdote de otra hermosa candela mientras un coro interpreta el Cantar de la Madrina37. Las ofrendas al sacerdote de una vela y una rosca por parte de la madrina es algo común en la comarca de Los Montes, considerándose en los pueblos como un remedo de los presentes que fueron entregados por la Virgen en el templo al término de su cuarentena:

Una vela y una rosca
que la madrina ofreció
se usaba en aquellos tiempos
dar por ofrenda al Señor.

En Castilblanco la mayordoma es el cargo superior dentro de la cofradía encargada de organizar la fiesta de la Candelaria. Se acompaña de otras ocho mujeres que desempeña funciones de relevancia en la hermandad: una madrina, una escribana, dos faroleras y cuatro diputadas. Previa a la procesión, el sacerdote bendice nueve velas, una por cada mujer, que luego encienden del cirio pascual y colocan en otros tantos candelabros que rodean la imagen de la Virgen. La subsiguiente procesión la preside la mayordoma, llevando el estandarte de la cofradía, flanqueada por las dos faroleras que portan sus fanales encendidos. Por su parte las diputadas cargan con la imagen de nuestra señora durante todo el trayecto. La madrina y la escribana sostienen una rosca de candelilla y unas palomas respectivamente38.

No siempre la Virgen, sin importar la advocación concreta39, es la única procesionada en este día. En Mirabel a la imagen de Nuestra Señora la acompaña una talla del Jesús Niño, portando ambas la correspondiente candela encendida40. Lo mismo sucede en Tejada de Tiétar, donde posteriormente, ya en el ofertorio de la misa, se procede a un curioso ritual, que el pueblo interpreta como la expresión dramática de la presentación de Jesús en el Templo. Cuatro hombres empujan hasta el altar un pesado carretón sobre el que se alza la Virgen, al tiempo que un muchacho conduce a un Niño Jesús dentro de un cestillo. Tras tomar el sacerdote en sus manos la imagen de Jesús, la Virgen es nuevamente trasladada al punto de partida41.

Sin excepción, en todas las procesiones que se llevan a cabo el día de la Candelaria se le da al fuego de la vela que agarra la Virgen un carácter augural. El hecho de que se apague durante el trayecto constituye un vaticinio de malos temporales, pésimo año agrícola y ganadero y duración de los fríos invernales, lo que equivale a decir que el año vendrá cargado de miserias y desgracias. Pero los infortunios serán mayores o menores dependiendo del trecho del recorrido en el que la candela permanece con su llama42. Tal interpretación está profundamente arraigada entre los vecinos de Cáceres43, Monroy, Arroyo de la Luz44, Herrera de Alcántara45, Santibáñez el Alto, Torrequemada46, Hinojal47, Villarta de los Montes48, Cabeza de Buey49, Pallaresl, Feria51, Segura de León y Valverde de Burguillos52.

Por el contrario, si la vela se mantiene encendida durante todo el trayecto es la prueba de la benignidad del invierno o de su pronta terminación, de la abundancia de cosechas y de que las infortunios no se cebarán sobre la comunidad. Esta creencia se recoge en Tornavacas en unos de sus Cantos de las Candelas:

Si las velas encendidas
entran en la santa Iglesia,
el invierno ha terminado
y llega la primavera
53.

Mas no sólo la observación del pabilo induce a los vaticinios, sino que éstos se hacen derivar igualmente a partir del “temperamento” del tiempo en esa fecha. Así lo reafirma el refranero de Villarta de los Montes y Valdecaballeros: “Si la Candelaria implora, está el invierno fora; si no implora, ni dentro ni fora”. En términos muy parecidos se sentencia en Fregenal de la Sierra: “Si la Candelora plora, el invierno es fora; si non plora y hace viento, el invierno es dentro”.

Las velas bendecidas el día de la Candelaria quedan impregnadas de ciertos poderes especiales que sus dueños saben utilizar llegado el momento. Rara es la localidad extremeña que no recurra a su encendido con el objeto de librar vidas y haciendas de las inoportunas tormentas. Su poder aumenta si con este mismo fin, como se hace por la Sierra de Gata, se encienden con ella hojas de olivo o de laurel bendecidos el Domingo de Ramos. En la comarca de las Tierras de Granadilla se vierten directamente gotas de su cera sobre el lomo de los perros careas como medida profiláctica contra el moquillo y sobre el resto del ganado doméstico para prevenirlos de toda clase de enfermedades y de los ataques de las alimañas.

No debemos olvidar, por otro lado, la importancia de este cirio en relación con el ciclo vital de los extremeños. Conocido es cómo, cuando un nacimiento se complicaba en demasía, se recurría a su encendido en la propia estancia de la parturienta, no sin antes haber grabado en la vela cruces o haberle enrollado un papel conteniendo la oportuna oración o un trozo de evangelio. Cuando la llama los tocaba la expulsión de la criatura no se hacía esperar. Igualmente la colocación de la vela de la Candelaria en manos del agonizante lo ayudaba a bien morir.

Es significativo el uso de esta vela en los ritos de fertilidad, como hemos constatado en buena parte de la provincia de Cáceres. Por las primeras décadas del siglo XX se mantenía la costumbre por parte de los recién casados de alumbrarse con este cirio la noche de bodas. Puesto que traía mala suerte para el que lo apagara, se mantenía encendido hasta consumirse en su totalidad, hecho que al mismo tiempo aseguraba la fertilidad del nuevo matrimonio. Este carácter premonitorio que conlleva el apagado de la vela se hacía también patente en el momento de los antiguos desposorios. Terminada la velación, el sacristán o monaguillo procedía a apagar a un tiempo los dos cirios que entregaban a los contrayentes, ya que se tenía la seguridad de que quien hubiera tenido en sus manos la vela que se extinguiera primero, también sería el primero en morir54.

IV

El extremeño Gonzalo Correas recogía el refrán “Más quiero oír mazuelos que las calabazas”, y al pronto hacía el siguiente comentario: “Por estar más cerca de la Pascua que de la Cuaresma. En algunas partes ponen a los perros calabazas por mazas por el Antruejo, y a veces llenas de tascos con fuego y agujereadas, para que ardan los tascos y corran por las calles los perros”55. En tiempos recientes, puesto que la costumbre ha pervivido al paso de los siglos, las calabazas fueron sustituidas por botes de lata, los mismo botes que sirven de recipiente a los populares zajumerios, muy extendidos por todo el área norteña de Cáceres y que proliferan lo mismo en carnavales que en el ciclo navideño coincidente con la actividad matancera. Al zajumerio se refería el costumbrista extremeño Agustín Sánchez por los comienzos del siglo XX y sus palabras aún hoy tienen plena vigencia:

“Esta es una de las bromas mas pesadas de los antruejos. Se prepara poniendo unas brasas en un cacharrillo pequeño y echando en ellas un pimiento de los más picantes, reducido a pequeños pedazos para que se quemen las venas interiores, que son las que producen ese humo tan molesto e irritante. Para ponerlo se elige el fregadero, la rendija de una ventana o se abre la puerta y se coloca en uno de los travesaños o en el suelo. El efecto es inmediato”56.

Este singular “incensario” hace acto de presencia en algunos actos carnaveleros, de manera muy especial cuando se pretende que los asistentes muestren sus llorosos sentimientos. Así ocurre en el entierro de Manolo, el pelele que simboliza a un héroe lugareño caído en desgracia y condenado a la emasculación y posterior muerte a causa de unos delitos no siempre voluntarios57. El trágico destino de este pelele de Losar de la Vera es el que le aguarda a su homónimo, de igual nombre, en Madroñera, que el martes de carnaval acaba siendo pasto de las llamas58.

Febrerillo es el monigote que por carnestolandas sale a las calles de Cáceres y que antaño fabricaba el gremio de lavanderas. Con este muñeco relleno de bálago, de figura masculina y tamaño natural, las mujeres pretendían las venganza contra un mes cuya climatología las había engañado una y otra vez. Tras pasearlo montado en un burro es quemado en la plaza mayor.

En Casar de Cáceres los Bujacos son coartada para ridiculizar a personas y acontecimientos locales. Se trata de dos muñecos, el Bujaco y la Bujaca, de aspecto gigantesco y embutidos en paja, cuya confección se realiza de manera independiente y en distintas casas. Tras el bautizo y casamiento, con toda clase de esperpénticos rituales, el matrimonio acaba en la hoguera entre ayes y lamentos. Son los mismo llantos que se escuchan en Aceitunilla el martes de carnaval cuando el Morcillo, pelele que representa un híbrido de hombre y macho cabrío, y que muestra unos enormes atributos sexuales, encuentra su muerte en la lumbre59.


En Villanueva de la Serena el monigote aparece el domingo de carnaval. Cuatro mozas que sostienen una manta reciben al pelele que le lanzan desde la ventana de la casa en que se ha confeccionado. Acto seguido lo cuelgan por el cuello de un largo mástil y comienza el recorrido, durante el que se cantan estrofas de esta guisa:

El pelele, señores,
se ha peleado
por una rebanada
de pan tostado.

Llegada la comitiva a la plaza, la moza que porta el mástil entra en el ayuntamiento y, en el balcón principal, hace entrega del muñeco al alcalde. A la incesante petición de la numerosa concurrencia, la autoridad lo arroja a la plaza para que las mujeres lo manteen antes de que el público se ensañe con él. Su fin inmediato es la hoguera60.

El más conocido espantajo carnavalero extremeño es el Peropalo, que sustenta la tradición de Villanueva de la Vera. En torno a él se desarrolla un amplio ceremonial que se intensifica principalmente entre el Domingo Gordo y el martes de carnetolendas. El Domingo de Quincuagésima se anuncia la fiesta cuando, llegada la tarde, los peropaleros recorren las calles con la cabeza del pelele, una testa de la época de los Austrias, pinchada en un palo. Al amanecer del Domingo Gordo es paseado el Peropalo a hombros del mayordomo del pasado año y colocado en la aguja, una especie de escaleras de mano que se ha puesto en un ángulo de la plaza, no sin antes sufrir la correspondiente judiá. Esta consiste en tender al pelele en posición horizontal y girarlo repetidamente sobre el palo que lo sostiene. Los escarnios al muñeco se repiten cada vez que vuelve a la plaza después de las repetidas vueltas, de tres en tres horas, que los peropaleros, en compañía del tamborilero, le dan por el pueblo durante el domingo y el lunes.

En la mañana del martes se celebran las elecciones, con la sentencia del Peropalo, que es asomado al balcón del ayuntamiento con un cartel a la espalda en el que se lee: “Condenado a muerte por traidor”. Seguidamente sale por la puerta del consistorio un burro atado a un ramal del que tiran numerosos hombres y que lleva sobre sus lomos a un joven con el cuerpo cubierto de arpillera, con la cara embadurnada y con grandes dientes hechos de patata. En el trayecto los peropaleros que lo escoltan disparan continuas salvas de pólvora. En este paseo el joven es la encarnación del Peropalo. Por la tarde tiene lugar el ofertorio presidido por el alcalde y los concejales, con la asistencia de los peropaleros grotescamente disfrazados. Los oferentes, que han de depositar algún dinero, tienen la obligación de “firmar” con un corcho quemado y un cuerno que hay en la mesa presidencial, recibiendo tras ello toda suerte de golpes con las calabazas que los peropaleros llevan atadas al extremo de unos palos. Durante el ofertorio se desarrolla el último de los paseos del Peropalo, al que asisten el capitán con la bandera blanca que ostenta una media luna pintada, la capitana con una vara de zarza de la que cuelga un chorizo y numerosas jóvenes luciendo el traje típico de la localidad. Abren la marcha varios tambores.

Al llegar a la plaza ofrendan el capitán y la capitana, con lo que concluye el acto del ofertorio. Instantes después será el capitán el que inicie la ceremonia de la jura de bandera, consistente en mover la enseña con gran habilidad. Tras él cualquier varón puede realizar dicho ejercicio, siendo el postrero en hacerlo el que ostentará la capitanía del año siguiente. Cuando concluyen estos rituales el pelele es desposeído de la cabeza, que servirá para el próximo Peropalo, y manteado en el medio de la plaza, al tiempo que le disparan numerosos tiros de fogueo. Seguidamente se procede a la quema de sus despojos.

En estos festejos quieren ver algunos la parodia de un auto de fe celebrado en Llerena. De tal supuesto auto fueron testigos distintos villanovenses acusados de matar ritualmente cada año a un judío. Puesto que éstos demostraron que el susodicho judío era un simple pelele, el Tribunal de la Inquisición le dio vía libre para seguir con la costumbre carnavalera. Así que nada impidió que la efigie del judío, el Peropalo, fuera año tras año a parar a la hoguera, como ponen de manifiesto algunas de la coplas antisemíticas, muy propias de los finales del Medievo, que se cantan en estos días:

Se arrejunte mucha leña
y se jaga un joguerón,
y allí se vayan echando
los de la mala intención.
Ese que llaman Ravique
y de nombre Peropalo,
ha salido la sentencia
que tiene que ser quemado.

Otros sostienen que el Peropalo rememora la muerte a la que fue condenado un malhechor y conquistador de las mujeres de pueblo que merodeaba por estas tierras. La propias coplas peropaleras, a pesar de su incongruencia, rezuman un trasfondo pseudohistórico que fundamenta ambas hipótesis, aunque sin dejar de lado, lo que nos parece más lógico, su relación con los sacrificios de los judas que proliferan por la geografía extremeña. Este último aspecto queda reflejado en una de las cantatas:

El Pero Palo nosotros
queremos para quemarle,
que son Judas que hacemos
afrenta de su linaje
.

En nuestra opinión en sus orígenes este tipo de rituales en el que muere el consabido pelele respondía a un hecho propiciatorio de la fertilidad, puesto que en ella se simbolizaba la muerte del invierno, representado en el muñeco, que hacía posible la llegada de la primavera, con todo lo que supone para el renacer de la Naturaleza61.

Otro pelele del carnaval extremeño, aunque ya prácticamente olvidado, fue Periquillo el Aguaol, del que aún se conservan versos en Ahigal y en Jaraiz de la Vera, en los que se relatan los pormenores de su entierro. Después de ser quemado, sus cenizas eran arrojas por los campos, procurando su fertilización62.

Esta misma intencionalidad cabe atribuirse al entierro de la sardina, que se celebra el Miércoles de Ceniza y que goza de gran raigambre en el Valle del Jerte, Hoyos, Ahigal, Navalmoral de la Mata, Peraleda de la Mata, Torrejón el Rubio, Mohedas de Granadilla, Valverde de la Vera, Malpartida de Cáceres, Castilblanco y Badajoz. Este entierro, que constituye una parodia de la ceremonia religiosa funeraria, vino a sustituir a los entierros del carnaval, personificado en peleles y monigotes que por lo general acababan desapareciendo entre las llamas63.

Fuego eminentemente carnavalero, aunque puesto bajo la batuta de Santo Toribio, es el que tiene por marco la localidad pacense de Tamurejo cada 16 de febero. También aquí toman especial protagonismo las hogueras que se encienden al atardecer y en la que los muchachos queman corchos con los que unos y otros pugnan por tiznarse64.

V

Volvemos a encontrarnos las ritualizaciones con el fuego en el denominado Tiempo de Pasión. La Virgen de la Soledad preside la procesión de los faroles de Serradilla, en la que los niños sostienen sobre pértigas de tres o cuatro metros linternas con una vela metida en su interior. Antaño tales artilugios correspondían llevarlos a las personas mayores, que a su vez colocaban pequeñas luminarias en ventanas, puertas y balcones. Y los muchachos, a falta de velas y faroles, iban al campo para proveerse de gamones con los que hacían manojos que utilizaban como antorchas65.

Al igual que en Serradilla, en buen número de poblaciones extremeñas las velas que iluminan las procesiones de Semana Santa o a cualquiera de sus imágenes penitenciales adquieren cualidades que les confieren un gran poder talismánico. Así ocurre en Tornavacas con las candelas que se encienden ante la imagen de la Virgen de los Dolores, en Peraleda de la Mata con las que alumbran al Cristo de la Humildad y en Calzadilla de Coria con las que irradian ante la faz del Cristo de la Agonía. Todas ellas son capaces por si solas de ahuyentar las nubes más tempestuosas que se ciernen amenazantes. Y lo mismo sucede con todas aquellas velas que dieron luz al monumento en el Jueves o el Viernes Santo. Mas no sólo su encendido goza de tan estimada virtud. Por las Tierras de Granadilla se tiene por cierto que vertiendo unas gotas de su cera sobre el sombrero del hombre o sobre el pañuelo de la mujer los hace inmunes al rayo. De idénticas propiedades goza el aceite de los candiles que en la tarde y en la noche del Viernes Santo arden colgados en las puertas y en las ventanas de Azabal.

Un poder, en este caso salutífero, se le atribuye al aceite del farolillo que ha alumbrado a los penitentes que en la noche del Jueves Santo deambulan por las calles de Valverde de la Vera. Son faroles que portan los “cirineos” acompañantes de los empalaos, en un ritual que sorprendentemente resistió a la prohibición que hiciera Carlos III a instancias del obispo de Plasencia66. Dicha aceite usada en fricciones reporta efectos beneficiosos e inmediatos contra el reumatismo. Igualmente se puede decir que en Garrovillas no hay dolor articular que se resista a los masajes con el óleo de cualquier palmatoria que se haya encendido ante el Cristo del Sepulcro que se procesiona en la tarde del Viernes Santo. No carácter curativo, sino profiláctico, conllevan los capachos impregnados de aceite que arden en las calles de El Torno durante la procesión de los capazos para iluminar el paso de la Dolorosa. El mirar las llamas fijamente previenen contra la rija y otros males que afecten a la vista.

Aunque no está demás el recordar que en ocasiones estas luminarias procesionales cambiaron el sentido de la ritualización, que debía sacralizar a la candela, por la búsqueda de otros fines. El maestro Gonzalo Korreas, por los principios del siglo XVII, se refería a estas cuestiones del siguiente modo:

“El Jueves Santo van muchos alumbrando la procesión, y los penitentes suelen salir de ella porque van llagados, o para andar más estaciones, y hacen señas al que les parece de los que alumbran y van por hacer aquella buena obra; pues ha sucedido en tales casos sacar la malicia el penitente a su enemigo y llevarlo a parte segura, donde tomó venganza por si mismo o con gente prevenida, y no ha mucho sucedió en Plasencia tal caso. En mi lugar (Jaraíz) oí, siendo muchacho, sucedió que iva uno alumbrando a un penitente para una ermita afuera del lugar, y en una calleja angosta, el penitente alzó las faldas al que alumbraba, que no sintió bien de ello, se adelantó y echó a correr por unas viñas y le dejó solo...”67.

En alguna que otra ocasión el cirio presenta unas connotaciones claramente eróticas, como se refleja en los siguientes versos:

-¿De dónde vienes, Josefa?
-Vengo de la procesión.
-¿Y de qué son esas manchas
que llevas en el faldón?
-Esas manchas son de cera
que un nazareno me echó,
pues al pasar entre ellos
el cirio se le dobló
68.

Generalizada está por todo el ámbito extremeño la costumbre de encender hogueras a las puertas de las iglesias en la noche del Sábado de Gloria. En ellas tiene lugar la bendición del fuego nuevo, símbolo del Cristo resucitado. Con este fuego se enciende el cirio pascual que “dará luz al mundo”. Tal rito recuerda una vieja fiesta romana: el fuego de Vesta era apagado y encendido de nuevo por las vestales el primero de marzo, simbolizando con ello la energía celeste, cuya función era asegurar la estabilidad y duración de la ciudad de Roma69.

Al igual que a otros fuegos cuaresmales, también al cirio pascual se le atribuye un determinado poder, como en algunos casos precedentes, relacionado con las tempestades. En Alburquerque basta con encenderlo para que la tormenta se diluya al instante70, creencia muy arraigada en toda Extremadura desde hace siglos. En nuestros estudio sobre la Serrana de la Vera, tras interpretar a esta fantástica mujer como un genio de la montaña que fragua y dirige las tormentas desde la Sierra de Tormantos, vemos cómo el sacristán la conjura mediante el encendido de la candela correspondiente a la puerta de la iglesia71.

No se puede achacar al pueblo llano un exceso de credulidad cuando personas cultas que se marcan como objetivo la crítica de las supersticiones no dudan en creer en el valor de determinadas prácticas. Es el caso de Pedro Ciruelo, que escribió un tratado por las postrimerías del siglo XVI y que, en determinados puntos, se convirtió en un catecismo a seguir hasta tiempos muy recientes. Ciruelo ve dos formas de actuar en la lucha contra las tormentas: con remedios naturales y con remedios morales. Entre los primeros destaca los incesantes tañidos de las campanas de las iglesias y los disparos en dirección a las nubes:

“La razón desto es porque ella es una espesura o congelación hecha por frío y, haziendo aquel grande movimiento en el ayre con las campanas y bombardas, despárzese y caliéntase algo el ayre. Y ansí la nuve se dissuelve o derrite en agua limpia, sin granizo o piedra; y también hazen mover de allí la nuve a otro lugar con el grande movimiento del ayre”.

Con respecto a los remedios morales apunta:

"... luego que vean venir la mala nuve, al tañer de las campanas se vengan los clérigos a las yglesias y se vistan sus sobrepellices y estolas y acudan luego tras ellos todos los principales hombres y mugeres de cada perrochia con candelas benditas encendidas, y se junten en la nave y capilla mayor de la yglesia delante el altar donde está el Santíssimo Sacramento. Y, abierto el altar, pongan el libro missal a la parte del evangelio abierto por las ymágines del teygitur y abran con mucha revencia el tabernáculo del Santísimo Sacramento, de manera que se parezca la custodia a la arca del Corpus Christi, no la saque fuera del tabernáculo. Estén las hachas o cirios todos encendidos, y principalmente el cirio pascual bendito..." 72.

No le va a la zaga en cuanto a efectividad para alejar las borrascas el llamado leño de Gloria, que guarda enormes paralelismo con el trashoguero o leño de Navidad. Cuando las campanas con su repique anuncian la Resurrección de Cristo se retira y se apaga el mayor de los leños que en ese momento están ardiendo en la lumbre, reservándose sólo para encenderlo en los momentos en que se cierne la temida tormenta. En Piornal, donde tal práctica ha estado enormemente arraigada, los efectos del leño de Gloria se intensifican si llegado el temido momento, se vierte sobre sus llamas un puñado de la sal que se bendijo el día de San Blas73.

Tras la misa del Sábado de Gloria, aunque en algunos lugares lo dejan para la madrugada o la mañana del Domingo de Resurrección, se puede asistir en diferentes poblaciones de Extremadura al ritual de la Quema del Judas. Gran interés reviste la celebración en Cabezuela del Valle, desde donde se ha difundido a otros lugares comarcanos. Es el Judas un pelele del tamaño de un hombre de estatura normal y se confecciona a base de ropas y zapatos viejos y va relleno de escobas y petardos. La cabeza, que suele cubrirse con un sombrero, está formada por una calabaza hueca a la que se fija una barba pelirroja. De un brazo le cuelga una bolsa con las treinta monedas de la venta de Cristo y del cuello le cae un cartel en el que se lee el motivo de la condena, que se hace pública en la plaza de la localidad. Durante la mañana, en ausencia de un burro que lo cargue como antaño, se le pasea por las calles montado en un tractor, seguido por una multitud de niños que le dedican rítmicos insultos:

Judas Iscariote,
que mató a su padre
con un garrote.

Poco después de la media noche y tras colgarlo en medio de una calle se le prende fuego. Las explosiones, el humo y el olor a pólvora lo inundan todo. También Garganta la Olla y Navaconcejo celebran la Quema del Judas a imitación de la de Cabezuela del Valle.

Algunos estudiosos ven en la destrucción por el fuego del apóstol traidor ecos de prácticas judeo-inquisitoriales. En este sentido, por lo que atañe a Cabezuela del Valle, y teniendo en cuenta el viejo resentimiento hacia la capa judeo-conversa y las actuaciones inquisitoriales en la localidad, Flores del Manzano puntualiza:

“El Judas personifica los defectos atávicos de la raza hebrea (apego al dinero, traición, enemigos de Cristo...), que arden simbólicamente asociados al pelele. Pero, además, con el Judas se han cumplido previamente todos los pasos del ritual inquisitorial de los sambenitos: representación en efigie del reo, paseos burlescos para exponerlo al escarnio y vergüenza pública, carteles alusivos a la condena del tribunal, en ocasiones con catártica censura, bandos explicatorios de sentencia, etc. El Judas acabará en la hoguera, al igual que los peleles cuando no los cuerpos de los condenados por el Santo Oficios”74.

Aún aceptando esta teoría, nuestra opinión va en el sentido de que todo este ceremonial que envuelve al Judas de Cabezuela, que no se manifiesta en otras celebraciones extremeñas, vino a ser una adición posterior a un ritual ígneo que es posible analizar desde un plano meramente simbólico que conlleva la aniquilación del invierno, personificado en el pelele, y la resurrección de la vida primaveral.

En Jarandilla las penás son las encargadas de fabricar los distintos monigotes, uno por cada barrio. Llevan las entrañas repletas de cohetes y al cuello el repetitivo letrero: “Judas, serás quemado por traidor”. La salida de la misa marca el momento de lanzarlos a la pira.

El Judas de Torremenga es objeto de un juicio popular, haciendo caer sobre él la culpa de todos los hechos o acontecimientos negativos que durante el año ocurrieron en el pueblo. Lógicamente el muñeco, encarnación del mal, es condenado a la hoguera, cumpliéndose la sentencia a la medianoche, tras la Misa de Gloria. Con posterioridad los mozos, que han aguantado impasibles el traqueteo de los petardos que el Judas lleva en su interior, organizan la Ronda de Pascua75.

Otras localidades cacereñas en las que se practica la Quema del Judas son Montehermoso y Castañar de Ibor. En este último lugar se da cuenta del pelele al conclir la procesión del Encuentro, nunca antes de las siete de la mañana. El vecindario festeja la quema con churros, migas, perrunillas, chocolate y aguardiente76.

La provincia de Badajoz, aunque en menor número, también tienen sus rituales de fuego con el Judas como protagonista. En la capital pacense son los gitanos los encargados toda la función. En Cabeza la Vaca, donde el festejo cuenta con poco más de medio siglo de existencia, los cofrades de la Hermandad de la Cruz son los encargados de confeccionar el monigote. También aquí le cuelgan una bolsa con treinta monedas, lo pasean en un burro, lo hacen escuchar la condena, lo cuelgan de una alambre en la plaza, lo fusila y queman sus despojos77.

En Pallares, anejo de Llerena, los mozos cumplen su papel de matar a Judas tras la misa y la procesión del Encuentro. Llevan el pelele a las afueras del pueblo y lo cuelgan por el cuello de una encina. Luego de dispararle con escopetas lo bajan al suelo y le prenden fuego. Precisamente fue el peligro de los disparos lo que aconsejó trasladar la celebración, que tenía por marco la plaza, a un descampado78i. En Helechosa de los Montes el Judas, relleno de serrín y paja, también es colgado de un árbol y destrozado por los disparos de las escopetas en presencia de todo el vecindario que se traslada fuera del casco urbano para ser testigo de su aniquilación. Una costumbre semejante pervivió en Puebla de Alcocer hasta hace poco más de cincuenta año, y los lugareños la interpretaban como una tradición morisca79.

La puerta de la iglesia de Garlitos acoge la ritualización de la Quema de Judas en la noche del Sábado de Resurrección. El gigantesco muñeco pende de una cuerda colgado por el cuello. Bajo él se enciende una hoguera. En cualquier momento alguien corta la cuerda y el Judas cae sobre las llamas, no tardando en consumirse80.

No es el fuego que quema a Judas, sino el fuego del infierno, el que se muestra en una popular representación de la Pasión propia de Villanueva de la Serena. El avieso apóstol, luciendo barba y peluca roja, se introduce por un hueco practicado en el tablado, a través del cual asoman las supuestas llamas de averno. Y por la misma oquedad, envuelto en fuego, reaparecerá metamorfoseado en el clásico demonio.

De gran simbolismo es la pequeña hoguera de tomillo (zajumerio) que se enciende en Ahigal, ante la que tiene lugar el encuentro en la madrugada del Domingo entre el Cristo Resucitado y la Virgen. A la vera de la lumbre los pendones blanco y negro, que encabezaban las procesiones del Cristo y de Nuestra Señora respectivamente, chocan entre sí con estrépito una y otra vez, en una auténtica lucha. El negro, símbolo de la muerte y perdedor, emprende la huida y la enseña blanca se coloca al frente de la unificada procesión. Antes de emprender la marcha ambas imágenes pasan sobre el humo purificador de la fogata81.

Concluimos los fuegos de la Semana Santa con las numerosas hogueras o candelas que acogen las calles de los distintos barrios de Segura de León en la noche del Domingo de Resurrección. Al calor de estas llamas, animadas a base de leña de olivo y encina, los vecinos comparten dulces y licores, y, al grito del ¡Viva la Virgen de los Remedios!, no dudan en saltar sobre ellas. Este festival ígneo es el preludio de la fiesta de la Virgen de los Remedios que se celebra al día siguiente en los aledaños del santuario y en la que, junto a los actos religiosos, encontramos la degustación en la sacristía del bollo de la mayordoma, posible remembranza del pan de pascua, cuya venta en siglos pasados corría por cuenta de la cofradía de Santa Ana82.

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NOTAS

1 JIMÉNEZ MILARA, Vicki: Crónica de 17 pueblos (La Siberia Extremeña). Institución Cultural Pedro de Valencia. Diputación Provincial de Badajoz. Sevilla, 1982. Pág. 81.

2 GIL GARCÍA, Bonifacio: Cancionero Popular de Extremadura. Tomo II. Excma. Diputación. Badajoz, 1956. Pág. 124. MARCOS ARÉVALO, Javier: Aproximación al Calendario Festivo Extremeño: Materiales para una Guía de Ferias y Fiestas Populares”, en Saber Popular, Revista Extremeña de Folklore, 1 (Fregenal de la Sierra, 1987), pág. 22. RODRÍGUEZ PASTOR, Juan y ACERO, Eduardo: “La comarca de la Siberia Extremeña y la Serena”, en Raíces, 2 (coord.: TEJEDA VIZUETE, Francisco). Separata del Diario HOY (Badajoz, 1995), pág. 121-128.

3 DOMÍNGUEZ MORENO, José María: Fiestas populares en la provincia de Cáceres. Caja Salamanca y Soria Salamanca, 1997. Pág. 32.

4 CAMISÓN, Juan J.: El corazón y la espada (Leyendas de la Torre). Gráficas Cacereñas. Cáceres, 1999. Págs. 243 ss.

5 Existe constancia de que en la víspera de San Antón, con mayor o menor intensidad, se encendían luminarias en Alburquerque, Acehuchal Alcuéscar, Arroyo de la Luz, Baños de Montemayor, Ceclavín, Fregenal de la Sierra, La Garganta, Malpartida de Cáceres, Mirabel, Peloche, Salvaleón, Serradilla y Siruela,

6 GARCÍA GALÁN, Alejandro: “Costumbres de un pasado próximo que ya son historia: Las fiestas de San Antón y San Sebastián en Peñalsordo-Capilla”, en Revista de Estudios Extremeños, XLII, III (Badajoz, 1986), págs. 605-616.

7 RODRÍGUEZ PASTOR, Juan y ACERO, Eduardo: “La comarca de la Siberia Extremeña y La Serena”, 77.

8 JIMÉNEZ MILARA, Vicki: Crónica de 17 pueblos (La Siberia Extremeña). Institución Cultural Pedro de Valencia. Diputación Provincial de Badajoz. Sevilla, 1982. Pág. 145.

9 DELGADO DE LA ROSA, Blanca: Guía de la Siberia Extremeña. Editora Regional de Extremadura. Jerez de la Frontera, 1991. Pág. 26.

10 BARROSO GUTIÉRREZ, Félix: “San Sebastián: rito y mito en Portezuelo (Cáceres)”, en Revista de Folklore, 62, tomo 6, 1 (Valladolid, 1986), pág. 66.

11 REAÑO OSUNA, F.: “Monografía histórica de la Villa y del Castillo de Portezuelo”, en Revista del Centro de Estudios Extremeños, VIII (1934), pp. 360-362.

12 DOMÍNGUEZ MORENO, José María: Fiestas populares en la provincia de Cáceres. Pág. 107

13 DOMÍNGUEZ MORENO, José María: Fiestas populares en la provincia de Cáceres. Pág. 43-49.

14 MARCOS ARÉVALO, Javier: Aproximación al Calendario Festivo Extremeño: Materiales para una Guía de Ferias y Fiestas Populares”, en Saber Popular, Revista Extremeña de Folklore, 1 (Fregenal de la Sierra, 1987), p. 23.

15 VORÁGINES, Santiago de la: La leyenda dorada, I. Alianza Forma. Madrid, 1992. Pág. 162.

16 VORÁGINES, Santiago de la: La leyenda dorada, I. Pág. 161.

17 Algunos estudiosos dar por sentado que fue Gregorio I el Magno (590-604) el primer Papa en celebrar la procesión de la Candelaria, una fiesta que también aglutinó elementos de la ceremonia que en honor de Vesta se realizaba en Roma por los primeros de marzo. DOMENE SÁNCHEZ, Domingo: De Dioses a Santos. La cristianización del calendario. Ediciones del Laberinto, S.L. Madrid, 2000, págs. 63-64. Con fiestas semejantes también celebraban los celtas a Imbolc o Brigit. CALLEJO, Jesús: Fiestas Sagradas. Sus orígenes, ritos y significado que perviven en la tradición de los pueblos. Ediciones EDAF. Madrid, 1999, págs. 77-78.

18 MARCOS ARÉVALO, Javier: “Aproximación al Calendario Festivo Extremeño: Materiales para una Guía de Ferias y Fiestas Populares”, pág. 23. MUÑOZ-TORRERO CABALLERO, Emilio y ORTIZ MACÍAS, Magdalena: “Aproximación a las tradiciones y folklore popular de Cabeza de Buey (Badajoz)”, en Antropología Cultural en Extremadura. Primeras Jornadas de Cultura Popular. Asamblea de Extremadura. Editora Regional de Extremadura. Mérida, 1989, pág. 252.

19 ACOSTA NARANJO, Rufino: “Ecología, santoral y rituales festivos en Pallares y su entorno”, en Revista de Estudios Extremeños, LVIII, I (Badajoz, 2002), págs. 269-270.

20 DELGADO DE LA ROSA, Blanca: Guía de la Siberia Extremeña. Pág. 19.

21 JIMÉNEZ MILARA, Vicki: Crónica de 17 pueblos (La Siberia Extremeña), pág. 98.

22 En su momento puse de manifiesto el simbolismo erótico del “juego del cántaro” en Extremadura. DOMÍNGUEZ MORENO, José María: Cultos a la fertilidad en Extremadura. Editora Regional de Extremadura. Salamanca, 1987.

23 Propio de la fiesta de las Candelas de esta localidad, que también se configura como una de las prácticas del carnaval, es el que los mozos y mozas confeccionan pequeños barriles de cera, que rellenan con papeles con mensajes o perfumes, y que se arrojan unos a otros con claras intenciones amorosas.

24 CASO AMADOR, Rafael, OYOLA FABIÁN, Andrés, SERRANO BLANCO, Juan Andrés y CROCHE DE ACUÑA, Fernando: “La comarca de Fregenal de la Sierra, Zafra y su entorno”, en Raíces, 2 (coord.: TEJEDA VIZUETE, Francisco). Separata del Diario HOY (Badajoz, 1995). Pág. 50.

25 Este nombre es el que recibe un fantasma que en Extremadura se caracteriza por llevarse a los niños que no quieren dormir. Tal denominación, por extensión, se le da a una figura carnavalera que viste de manera estrafalaria. MARTÍN SÁNCHEZ, Manuel: Seres míticos y personajes fantásticos españoles. Editorial Edaf. Madrid, 2002. Pág. 417. Antonio VIUDAS CAMARASA (Diccionario extremeño. Univ. de Extremadura. Cáceres, 1980) lo define como “una persona que a medianoche se viste con sábana blanca, un puchero con una bola en la cabeza y dientes de ajo en la boca. Esto lo hacen para conseguir alguna cosa, asustando a la persona de quien lo esperan”. En este mismo contexto cabe inscribirse a las “Paramantas” de Siruela. Cuando una mujer se casaba con un pariente sin la licencia eclesiástica u otro motivo, hacía la promesa de salir de “paramanta” nueve noches seguidas, a las doce. Vestía para ello con una sábana, llevando una calabaza hueca con una vela encendida a la cabeza y arrastraba cadenas atadas a los pies. Visitaba en este recorrido la iglesia, el cementerio y la ermita, y tocaba una caracola en las esquinas, lo que producía gran terror. Hay quien dice que la razón de este proceder era atemorizar a las gentes curisosas que impedían sus escarceos amorosos. OTERO FERNÁNDEZ, José María: “Algunas tradiciones de la Siberia Extremeña”, en Alminar, 17 (Badajoz, 1980), p. 12.

26 MARCOS ARÉVALO, Javier: “El fuego, ritual y purificación. Caracterización de las fiestas de las candelas en Extremadura”, en Zianak, 26 (2004), págs. 252-256.

27 MONTERO MONTERO, Pedro: “Adaptación de la fiesta tradicional en el ambiente urbano de Badajoz”, en Raíces, 2 (coord.: TEJEDA VIZUETE, Francisco). Separata del Diario HOY (Badajoz, 1995), págs. 53-58.

28 RODRÍGUEZ PASTOR, Juan (Coordinador): “Los Quintos y la Navidad en la Siberia Extremeña”, en Saber Popular, Revista Extremeña de Folklore, 8 (Fregenal de la Sierra, 1993, págs. 7-15. RODRÍGUEZ PASTOR, Juan y ACERO, Eduardo: “La comarca de la Siberia Extremeña y la Serena”, en Raíces, 2 (coord.: TEJEDA VIZUETE, Francisco). Separata del Diario HOY (Badajoz, 1995), pág, 73.

29 OTERO FERNÁNDEZ, José María: “Algunas tradiciones de la Siberia Extremeña”, en Alminar, 17 (Badajoz, 1980), p. 13.

30 JIMÉNEZ MILARA, Vicki: Crónica de 17 pueblos..., 63. RODRÍGUEZ PASTOR, Juan y ACERO, Eduardo: “La comarca de la Siberia Extremeña y La Serena”, 81-82.

31 En Piornal la procesión daba la vuelta a un álamo de la plaza antes de volver a la iglesia, lo que denota posibles vestigios dendrolátricos. Ha sido en este pueblo una familia la que, hasta hace no muchos años, tenía hecho voto de portar la imagen en la procesión de la Candelaria, ya que una de sus antepasadas milagrosamente salió ilesa de un rayo.

32 CALLE SÁNCHEZ, Angel, CALLE SÁNCHEZ, Feliciano, SÁNCHEZ GARCÍA, Germán y VEGA RAMOS SATURIO: Entre La Vera y El Valle. Tradiciones y folklore de Piornal. Institución Cultural “El Brocense”. Jaraiz de la Vera, 1995. Pág. 189.

33 HERNÁNDEZ GARCÍA, Vicente: Almaraz… una villa con historia. Imprenta Acati. Madrid, 1980. Pág. 90.

34 MARCOS ARÉVALO, Javier: “El fuego, ritual y purificación..., 253.

35 CASO AMADOR, Rafael, OYOLA FABIÁN, Andrés, SERRANO BLANCO, Juan Andrés y CROCHE DE ACUÑA, Fernando: “La comarca de Fregenal de la Sierra, Zafra y su entorno”, 24.

36 SÁNCHEZ, Agustín: Un Año de Vida Serradillana. Imprenta Sánchez Rodrigo. Plasencia, 1982 (2ª edición). Págs. 29-30.

37 RODRÍGUEZ PASTOR, Juan y ACERO, Eduardo: “La comarca de la Siberia Extremeña y La Serena”, 80-81.

38 RODRÍGUEZ PASTOR, Juan y ACERO, Eduardo: “La comarca de la Siberia Extremeña y La Serena”, 79-80.

39 En Fregenal de la Sierra se saca a Virgen de la Salud; en Segura de León, a Santa María de la Antigua; en Torrequemada y en Ahigal, a la Virgen del Rosario...

40 RODILLO CORDERO, Francisco Javier: Mirabel. Retazos de una Historia. Edición Ayuntamiento de Mirabel. Cáceres, 1995. Págs. 175-176. SENDÍN BLÁZQUEZ, José: La Región Serrana. Caja Salamanca y Soria. Colección Temas Locales. Plasencia, 1994. Págs. 218-219.

41 “Fiesta de la Candelaria”, en Revista La Micaela (Tejeda de Tíetar, Cáceres, marzo, 1990), pág. 5.

42 HERNÁNDEZ DE SOTO, Sergio: “Miscelánea”, en El Folk-lore Frexnense y Bético-Extremeño. Organo temporal de las Sociedades de este nombre. Imprenta El Eco, Fregenal de la Sierra, 1883-1884. Reproducción Facsimil. Gráficas Aprosuba. Badajoz, 1988, pág.136.

43 HURTADO, Publio: Supersticiones extremeñas. Arsgrafhica. Huelva, 1989 (Segunda Edición.). Págs. 111-112. SÁNCHEZ FRANCO, María Fernanda y BARRIOS, Pilar: “El llano cacereño”, en Raíces, 2 (coord.: TEJEDA VIZUETE, Francisco). Separata del Diario HOY (Badajoz, 1995). Pág. 214.

44 DOMÍNGUEZ MORENO, José María: Fiestas populares en la provincia de Cáceres. Pág. 61.

45 GUTIERREZ MACIAS, Valeriano: “Tradiciones Cacereñas”, en Revista de Dialectología y Tradiciones Populares, Tomo XXIII (Madrid, 1967), pág. 375.

46 BARRIOS MANZANO, Mª Pilar y JIMÉNEZ RODRIGO, Ricardo: “Fuentes y metodología para el estudio de la música de tradición oral en Extremadura. Un núcleo del llano cacereño. Música y tradiciones populares en Torrequemada”, en Saber Popular, Revista Extremeña de Folklore, 19-20 (Fregenal de la Sierra, 2004). Monográfico. Pág. 205.

47 MACARRILLA DÍAZ, Justo: Hinojal. Paisajes y costumbres tradicionales. Imprentan Copegraf. Cáceres, 1997. Pág. 142.

48 DELGADO DE LA ROSA, Blanca: Guía de la Siberia Extremeña. Editora Regional de Extremadura. Jerez de la Frontera, 1991. Pág. 26.

49 MUÑOZ-TORRERO CABALLERO, Emilio y ORTIZ MACÍAS, Magdalena: “Aproximación a las tradiciones y folklore popular de Cabeza de Buey (Badajoz)”, 252.

50 ACOSTA NARANJO, Rufino: “Ecología, santoral y rituales festivos en Pallares y su entorno”, 270.

51 MARCOS ARÉVALO, Javier: Aproximación al Calendario Festivo Extremeño: Materiales para una Guía de Ferias y Fiestas Populares”, pág. 23.

52 CASO AMADOR, Rafael, OYOLA FABIÁN, Andrés, SERRANO BLANCO, Juan Andrés y CROCHE DE ACUÑA, Fernando: “La comarca de Fregenal de la Sierra, Zafra y su entorno”, 24-25

53 FLORES DEL MANZANO, Fernando: Cancionero del Valle del Jerte. Cultural Valxeritense. Jaraiz de la Vera, 1996. Pág. 272.

54 HURTADO, Publio: Supersticiones extremeñas, 176.

55 CARO BAROJA, Julio: El Carnaval (Análisis Histórico-Cultural). Taurus, Madrid, 1965. Págs. 54.

56 SÁNCHEZ, Agustín: Un Año de Vida Serradillana. Págs. 39-40.

57 DOMÍNGUEZ MORENO, José María: Cultos a la fertilidad en Extremadura. Pág. 20.

58 SÁNCHEZ FRANCO, María Fernanda y BARRIOS, Pilar: “El llano cacereño”, pág. 124.

59 DOMÍNGUEZ MORENO, José María: Fiestas populares en la provincia de Cáceres. Pág. 99.

60 RODRÍGUEZ PASTOR, Juan y ACERO, Eduardo: “La comarca de la Siberia Extremeña y La Serena”, págs. 129-131. Esta tradición se perdió por las postrimerías del siglo XIX, recuperándose cien años más tarde gracias al grupo folklórico local “Cogolla”.

61 DOMÍNGUEZ MORENO, José María: Fiestas populares en la provincia de Cáceres. Págs. 100-102. CARO BAROJA, Julio: El Carnaval (Análisis Histórico-Cultural), págs. 118-120. JOSÉ RAMON Y FERNÁNDEZ: “Costumbres cacereñas”, en Revista de Dialectología y Tradiciones Populares, VI, 1950, pp. 87-96. GUTIÉRREZ MACIAS, Valeriano: “Fiestas cacereñas”, en Revista de Dialectología y Tradiciones Populares, Tomo XVI (1960), págs. 335-357. PEDROSA, José Manuel: “Visión de lo judío en la cultura popular extremeña”, en Jornadas Extremeñas de Estudias Judaicos. Raíces hebreas en Extremadura. Del candelabro a la encina. Diputación de Badajoz. Badajoz, 1996, págs. 275-278. MARCOS ARÉVALO, Javier y TEJEDA VIZUETE, Francisco: “El Peropalo, de Villanueva de la Vera”, en Raíces, 2 (coord.: TEJEDA VIZUETE, Francisco). Separata del Diario HOY (Badajoz, 1995). Págs. 316-325.

62 DOMÍNGUEZ MORENO, José María: Cultos a la fertilidad en Extremadura. Pág. 20.

63 MONTERO MONTERO, Pedro: “Adaptación de la fiesta tradicional en el ambiente urbano de Badajoz”, 166.

64 RODRÍGUEZ PASTOR, Juan y ACERO, Eduardo: “La comarca de la Siberia Extremeña y La Serena”, 82.

65 SÁNCHEZ, Agustín: Un Año de Vida Serradillana, 62.

66 DOMÍNGUEZ MORENO, José María: “Empalados y Disciplinantes en Extremadura”, en Saber Popular, Revista Extremeña de Folklore, 2 (Fregenal de la Sierra, 1988). Págs. 15-23.

67 Vocabulario de Refranes y Frases Proverbiales y otras fórmulas comunes de la lengua Castellana. Madrid, 1906. Cit. DOMÍNGUEZ MORENO, José María: “Empalados y Disciplinantes...”, 19.

68 LORENZO VÉLEZ, Antonio: Cuentos Anticlericales de Tradición Oral. Ámbito Ediciones. Valladolid, 1997. Pág. 45. El cirio como sinónimo del miembro viril se hace patente sobre todo en algunos dichos populares relacionados con las bodas extremeñas, cual es el referido a la recomendación con los invitados suelen darle al novio en Guijo de Coria: “Cuida el cirio, que la procesión es larga”. GUTIÉRREZ MACÍAS, Valeriano: “Retablo folklórico de Extremadura”, en Revista de Folklore, 160, tomo 14, 1 (1994), p. 142.

69 CALLEJO, Jesús: Fiestas Sagradas. Sus orígenes, ritos y significado que perviven en la tradición de los pueblos. Ediciones EDAF. Madrid, 1999. Pág. 104.

70 LOPEZ CANO, Eugenio: “Supersticiones y Creencias Populares”, en Alminar, 51 (Badajoz, 1984), pág. 6.

71 DOMINGUEZ MORENO, José María: “El mito de la Serrana de da Vera”, en Revista de Folklore, 52, tomo 5, 1 (Valladolid, 1985), págs. 111-120.

72 CIRUELO, Pedro: Reprovación de las supersticiones y hechizerías. (1583). Diputación de Salamanca. Salamanca, 2003. Edición, introducción y notas de José Hierros Ingelmo. Págs. 157-159.

73 CALLE SÁNCHEZ, Angel, CALLE SÁNCHEZ, Feliciano, SÁNCHEZ GARCÍA, Germán y VEGA RAMOS SATURIO: Entre La Vera y El Valle. Tradiciones y folklore de Piornal, pág. 220.

74 FLORES DEL MANZANO, Fernando: La vida tradicional en el Valle del Jerte. Asamblea de Extremadura. Mérida, 1992. Págs. 276 y 296-298.

75 MERCHAN TORRALVO, Luis (Dirección): Enciclopedia de la Vera y Sierra de Gredos. Volumen I. Ediciones La Vera. Madrid, 1994. Págs. 296-297.

76 DOMÍNGUEZ MORENO, José María: Fiestas populares en la provincia de Cáceres. Págs. 122-124.

77 SENDÍN BLÁZQUEZ, José: Tradiciones Extremeñas. Editorial Everest. León, 1990. Págs. 115-116.

78 PUERTO, José Luis: “La fascinación en Llerena y otros remedios y ritos”, en Revista de Folklore, 106, tomo 9, 2 (1989), pág. 114.

79 GARCÍA LUENGO, Eusebio: Extremadura. Ediciones Destino. Barcelona, 1986. Pág. 127.

80 RODRÍGUEZ PASTOR, Juan y ACERO, Eduardo: “La comarca de la Siberia Extremeña y La Serena”, 86-87.

81 DOMÍNGUEZ MORENO, José María: “El ‘choqui de los pendonis’, una lucha o danza ritual”, en Actas de las I Jornadas de Investigación de Danzas Guerreras, Agrarias, de Fertilidad, de Paloteo y Similares. Fregenal de la Sierra, 1986. Págs. 115-120.

82 CASO AMADOR, Rafael, OYOLA FABIÁN, Andrés, SERRANO BLANCO, Juan Andrés y CROCHE DE ACUÑA, Fernando: “La comarca de Fregenal de la Sierra, Zafra y su entorno”, 35.