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CUATRO CUENTOS DE LA TRADICION BEREBER NORTEAFRICANA:
TEXTOS Y ANALISIS COMPARATIVO

MORAGA, Juan / PEDROSA, José Manuel

Publicado en el año 2001 en la Revista de Folklore número 251.

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Los cuatro cuentos tradicionales bereberes cuya traducción y análisis presentamos fueron registrados en Uargla (Argelia) en el año 1946 y publicados por Jean Delheure en Contes el Légendes Berbères de Ouargla,Paris, La Boîte à Documentes, en el año 1989.

Todos ellos son ejemplos sobresalientes de la rica e interesantísima tradición oral del norte de África, tan escasamente conocida y estudiada entre nosotros. Los cuatro permiten, en efecto, que nos hagamos al menos una idea aproximada de la originalidad y de la calidad de esta tradición (puesto que sus textos están en un estilo oral propio y característico y son de una gran extensión y coherencia narrativas); y también pueden ilustrarnos acerca de los vínculos de este repertorio norteafricano con el de otras tradiciones (puesto que, como vamos a comprobar, son perfectamente contrastables y concordables con otros personajes, motivos y tramas pertenecientes al acervo folclórico universal).

El primero de los cuatro cuentos que editamos es una preciosa versión del tipo cuentístico que tiene el número N531.3 en el gran catálogo de motivos folclóricos universales de Stith Thompson(1), y el número 1645A en el no menos monumental catálogo de tipos de Antti Aarne y Stith Thompson(2). Se trata de un tipo de relato de amplísima difusión geográfica, puesto que Aarne y Thompson catalogaron variantes recogidas en Lituania, Persia, Japón y Chile. Pero también han sido documentadas otras versiones europeas, la mayoría de ellas medievales, algunas de las cuales están en estrecha relación con monumentos de la literatura medieval tan importantes como la Saga de Guntram germánica(3).

Una versión rarísima, y quizá tan interesante -aunque no tan extensa ni tan compleja como la bereber que acabamos de presentar- es la siguiente, tradicional entre los lapones finlandeses del grupo étnico sami:
Tres hombres pretenden alcanzar el Polo Norte, pero son detenidos por el hielo. Cuando el viento empezó a soplar, en el hielo se abrieron huecos, lo que les permitió llegar al mar abierto, donde se dieron cuenta de que habían llegado a la costa de Rusia. Así que volvieron a casa. Durante el viaje, se echaron a dormir, y uno de los hombres soñó que había dinero escondido cerca. Otro hombre estaba despierto, y vio algo que parecía un abejorro saliendo de la nariz del durmiente y volando hacia el bosque. Lo siguió de cerca. El abejorro se quedó un rato en el bosque y luego volvió y entró por los agujeros de la nariz del durmiente.

Por la mañana se levantaron, y el hombre dijo a sus compañeros:

-He soñado que había un montón de monedas de oro en el bosque.

El otro hombre no dijo nada. Llegó la hora de partir.

Entonces, el hombre que había observado al abejorro, dijo:

-Yo no me voy todavía de aquí. Vosotros podéis continuar, pero yo no me quiero ir hoy.

Cuando los otros se fueron, él fue al bosque y empezó a cavar en el lugar donde había visto a la abeja. Encontró un montón de monedas y de objetos de plata, tantos que alcanzaban un peso considerable. Caminó todo el día. Después, se echó a dormir. Soñó que un hombre venía adonde estaba él y le decía:
-Has hecho mal en no decirle esto al hombre de cuya nariz viste que salía la abeja. Debes darle a él una parte del dinero. Si no lo haces, terminarás muy mal.

Él se levantó, y pensó:

-Yo no puedo ni pensar en darle a él una parte del dinero.

Otra vez caminó durante largo tiempo, y cuando oscureció, se echó a dormir. De nuevo el hombre se le apareció en sueños y le dijo:
-Deberías dar la mitad a tu compañero, porque lo que viste era la fortuna de aquel hombre.

Cuando él regresó a casa, le dijo a aquel hombre lo que había visto, y por qué se había quedado detrás, y le dio la mitad del tesoro. Fue a dormir otra vez aquella noche, y soñó que una vieja llegaba hasta él y le decía:

-Si no le hubieras dado al otro la mitad del tesoro, te hubieras vuelto idiota y habrías arruinado tu vida(4).

El comentario de este cuento puede completarse llamando la atención sobre el hecho de que los relatos acerca de sueños que conducen a o que permiten localizar tesoros escondidos son muy abundantes en la tradición folclórica universal. Muy difundido, por ejemplo, está el cuento de El tesoro en casa (AT 1645), cuyo argumento fue resumido de este modo por Aarne y Thompson:

Un hombre sueña que si va a una ciudad distante encontrará un tesoro escondido en cierto puente. Al no encontrar ningún tesoro, cuenta su sueño a otro hombre que dice que él también ha soñado con un tesoro que está en un lugar cuya descripción resulta coincidir con la casa del primero. Cuando éste regresa a su casa, encuentra el tesoro(5).

Sumamente interesante es también el cuento núm. AT 1645B, que se halla documentado desde el oriente de Europa y Palestina hasta Brasil, y que está protagonizado por un hombre [que] sueña que encuentra un tesoro y marca el lugar con sus excrementos. Sólo la última parte del sueño es verdadera.

Tampoco se puede dejar de mencionar el núm. AT 1645A*, que trata de un dueño de una tienda que encuentra una mañana inconsciente a su empleado. Cuando despierta, revela que ha visto a un sacerdote que le habló de un tesoro encontrado bajo un naranjo. El dueño despide al empleado, cava bajo el árbol y encuentra el tesoro.

En cuanto a la mosca -en la versión bereber- o el abejorro -en la versión lapona- que conduce hasta el tesoro, y que se identifica de manera evidente con el alma del durmiente, es obvio que coincide con un viejo motivo tradicional, el del alma que puede adoptar la forma de un animal alado -ave, insecto y hasta caballo o monstruo volador-, bien conocido desde la tradición cristiana -recuérdense las representaciones ornitomórficas del Espíritu Santo o del alma de los místicos en éxtasis- o en diversas tradiciones de tipo chamánico -el ave auxiliar del sacerdote sanador(6)-.

Llama mucho la atención el que en una novela muy reciente, Tombuctú (aparecida en 1999), del gran narrador norteamericano Paul Auster, haya una escena memorable que recrea justamente el viejísimo motivo tradicional del alma que se convierte en mosca. Tal sucede, en efecto, cuando el perro protagonista de la novela, el entrañable Míster Bones, se ve obligado a separarse de su amo, el mendigo agonizante Willy, y no tiene más remedio que seguirle y asistir a su muerte en el hospital convertido en mosca:

Ahora, mientras la ambulancia se alejaba y la gente iba volviendo despacio a sus casas, Míster Bones se sintió dividido en dos partes. Una de ellas siguió en la esquina, un perro que contemplaba su sombrío e incierto futuro, y la otra se convirtió en mosca. Dada la naturaleza de los sueños, quizá no hubiera nada raro en ello. Todos nos transformamos en otras cosas cuando dormimos, y Míster Bones no era una excepción. En uno u otro momento había entrado en la piel de un caballo, de una vaca y de un cerdo, por no hablar de perros varios, pero hasta el sueño de aquel día nunca había sido dos cosas a la vez.

Había asuntos urgentes que atender, y eso sólo podía hacerlo su parte mosca. De manera que, mientras la parte perro esperaba en la esquina, la mosca se elevó en el aire y se remontó por la manzana, persiguiendo a la ambulancia con toda la rapidez que le permitían sus alas. Como se trataba de un sueño, y como aquella mosca era capaz de volar más deprisa que cualquier mosca viviente, no tardó mucho en alcanzar su objetivo(7).

Los cuentos segundo y tercero de esta breve colección de relatos tradicionales bereberes tienen la particularidad de estar protagonizados por un personaje astuto y tramposo, acostumbrado a salirse siempre con la suya, y que recibe en ellos el nombre de Djehá. Se trata, evidentemente, de la encarnación bereber de un tipo folclórico muy conocido y celebrado en numerosos países de cultura musulmana -desde Marruecos hasta Turquía-, donde recibe nombres muy variados aunque siempre parecidos entre sí (Djehá, Yohá, Yehá, Yuhhá, Yufá, Nasreddin Hoçá, etc.)(8). Su presencia ha sido detectada incluso en lugares y tradiciones que no son musulmanes en la actualidad, aunque tuvieran en el pasado contactos estrechos con la cultura islámica: tal es el caso del repertorio oral de Sicilia, o de las comunidades de judíos sefardíes del Oriente mediterráneo(9).

Hay que decir, por otro lado, que el Djehá de estos dos cuentos bereberes, como todos sus abundantísimos trasuntos del resto de la tradición musulmana-mediterránea, es en realidad una especie de trickster o personaje tramposo o burlador, de los que abundan en todas las tradiciones folclóricas del mundo, y que en nuestra geografía española ha sido encarnado por el zorro de los cuentos de animales, o por el Pedro de Urdemalas, el Quevedo o el Jaimito de tantos relatos chistosos(10).

La leyenda que cierra esta breve pero sustanciosa colección de cuentos bereberes habla de una fuente que dejó de manar cuando alguien robó el tesoro que se ocultaba en su interior. Es éste otro motivo que se ha documentado en tradiciones muy distintas y distantes de la bereber. Fijémonos, para comprobarlo, en la siguiente versión vasca:

Entre Altzai y Altzürüku, se encuentra la aldea de Gamere-Zihiga. Gamere o Camou, en francés, se encuentra en el fondo del valle. Algo más lejos, sobre una colina, se encuentra Zihiga o Chihigue. El río que riega ambas poblaciones, el Gezala, nace en una fuente salina que se halla a unos 500 metros de altura, de la que brotan dos corrientes: una caliente (38º) y otra fría. Cuenta la leyenda que, en torno a esa fuente, en las noches de luna llena, se reúnen las lamias, los pequeños genios de la mitología vasca.

Hay aquí una versión de una leyenda recogida por Jean Barbier y que él tituló Las lamiñak de Mondarrain. En la variante de Gamere, las protagonistas son las mujeres que iban a lavar sus ropas a la fuente de Gezala. Una de ellas se encontró un peine de oro de una lamiña y se lo llevó a su casa. Al día siguiente, la vegetación había desaparecido y los campos y bosques se habían convertido en pedregales. Los ganados y los animales salvajes morían. Hasta que la mujer no devolvió el peine de oro, el lugar no recuperó su aspecto, y sólo entonces volvió la normalidad(11).

Buena prueba del arraigo multicultural de la leyenda bereber puede ser también la siguiente versión cubana, protagonizada en este caso por una especie de serpiente -animal muy asociado, como guardián, a los tesoros ocultos- cuya desaparición trae la sequía de la laguna:
Dicen los viejos que en Mayarí había una laguna muy grande. Cierto día vieron un rastro que salía de la laguna, como si alguien hubiera arrastrado un palo gordo. El rastro atravesaba un yucalito y se perdía en un precipicio, por una faralla muy alta.

Dicen que en esa misma faralla sintieron a las doce de la noche el cantío de un gallo, pero no era un gallo, no, era el majá, que, cuando se va a convertir en serpiente, canta como un gallo.

Bueno, pues desde que el majá salió de la laguna, ésta empezó a secarse y hasta hoy está seca. Nunca más ha salido una gota de agua en ese lugar.

El majá es un animal misterioso, dañino, pero también beneficioso(12).

Concluimos con este texto el comentario comparativo de los cuatro cuentos bereberes que presentamos a continuación y que, con todo su intenso y específico sabor local, se nos acaban de revelar como eslabones -muy hermosos e interesantes, eso sí- de la cadena casi infinita de la cultura oral.

I

LOS DOS LADRONES

Ocurrió que...
Dios da crédito al bien, no al mal,
El bien para mí, el mal para él...


En los viejos tiempos, había dos amigos ladrones que no tenían mucho dinero. Una vez provistos de víveres y de agua, salieron a buscar trabajo. Por la noche se acostaron con la bella estrella.

Uno de los dos tuvo un sueño: había encontrado un agujero que tenía dentro un tesoro. Su compañero, despertándose, vio que una mosca salía de la nariz de su amigo y se metía por un agujero. Luego, el que había soñado se levantó y contó lo que había visto:
— He encontrado un agujero lleno de un tesoro.

El otro le dijo:

— Seguro que ha sido así, pues he visto a una mosca salir de tu nariz y meterse por ese agujero.

— ¡Vamos! —dijo entonces su compañero— ¡cavemos en ese hoyo!

Lo encontraron repleto de luises de oro. Uno de los dos, después de bajar, llenó un saco hasta la mitad, diciéndose a sí mismo: «Si lo lleno hasta el borde, se lo va a llevar él y me abandonará».

Entonces llenó el saco hasta la mitad, y después se metió dentro de él. El que estaba arriba tira del saco, lo carga sobre su espalda y se lo lleva corriendo. Más tarde, tras haber llegado bastante lejos, se dijo a sí mismo: «¡Por Dios, me tengo que sosegar!».

Entonces, el otro salió del saco y dijo:

— ¡Heme aquí, soy yo!
Su compañero le dijo:

— ¡Oh, mi querido amigo, no huyamos!
Cuando llegó la noche, el que había cargado el saco se durmió y el otro se quedó velando. En mitad de la noche, el que velaba cargó con el saco y se alejó. Más tarde, tras haber llegado bastante lejos, se siente muy cansado. El otro, al levantarse, se pone a buscarlo. Sube a una colina, y se pone a rebuznar como un asno. El otro, al oir aquello, se dice: «Bondad divina, Dios me envía un asno, me voy a servir de él para el transporte del saco».

Al subir a la colina descubre a su compañero. Le dice entonces:
— Inútil es engañarnos entre nosotros.


Se dirigen a la ciudad vecina. Y uno de los dos se casa. Esconden su fortuna. Una noche, uno de los ladrones le dice a su mujer:

— Mañana por la mañana, al levantarte, di a la gente «mi marido ha muerto».

Cuando llega la mañana, recién levantada la mujer, se pone a dar alaridos y a llorar:

— ¡Mi marido ha muerto!

Ella no deja de vociferar y de llorar. El otro ladrón, al oír aquello le pregunta:

— ¿Qué tienes mujer?

— Mi marido está muerto —responde la mujer—.

— ¿No te ha dicho sus últimas voluntades? —pregunta el otro ladrón— ¿No te dijo que yo mismo debía hacer su lavado fúnebre y ponerle el sudario?

— No —respondió ella— no me hizo indicaciones.

— A mí sí —dijo el hombre—.

Entonces, calienta agua en un recipiente, lava al muerto, y le pone el sudario clavándole las espinas de palmera (que sirven de alfileres) en la carne a través de la mortaja. Pero él, él resiste. Lo llevan al cementerio, lo entierran, y construyen la tumba.

Cada noche, la mujer iba allí a llevarle su cena y le procuraba una garrafa de agua con un plato de cuscús. Él comía, bebía, y ella le traía el plato y la garrafa, y después se marchaba. Al día siguiente le volvía a llevar lo mismo. Pero al día siguiente el otro ladrón la ve salir hacia el cementerio, llevando la comida y la bebida, para después entregarlas.

Al día siguiente, de buena mañana, este ladrón le lleva un buen plato de cuscús y de carne. El otro come y se llena bien el vientre. El primero dice (imitando a la mujer):

— No me queda más dinero.

— Corre —respondió el marido— cava cerca del asno y encontrarás el dinero.

El otro se lleva el plato y se va. Se encuentra por el camino a la mujer que iba a llevar la comida a su marido.

Éste le dice:

— Pero si ya me la has traído.

— No —dice— no te la he traído.

— ¡Ah!, ¡es ese hijo del pecado quien me la ha traído!

Sale de su tumba y se pone a correr hasta la casa. Encuentra a su amigo en el momento en que éste carga con el saco y le dice:

— ¡Ah! Había oído decir que estabas muerto.

— No estoy muerto —dice el otro— ¿es por los bienes de este mundo por lo que tú te comportas así?

Partieron la fortuna en dos y se fueron con sus bienes cada uno por su lado.

Lo que he omitido, que Dios me lo perdone.

En boca de Kouider X., 45 años, 1946.

II

DJEHÁ Y EL JUDÍO AVARO

Un judío avaro iba todos los días al jardín de Djehá y descansaba bajo una palmera, pidiéndole a Dios que le concediese un poco de fortuna. Djehá le ve. Se vuelve a su casa, pone un poco de oro en un atadillo, trepa por la palmera y espera. Seguidamente llega el judío y hace su plegaria habitual a Dios. Djehá deja caer el atadillo. El judío lo abre y encuentra el oro.

— Dios me quiere —dice— voy a volver aquí cada día.

Al día siguiente Djehá regresa y vuelve a trepar por la palmera, esta vez sin atadillo. Cuando ve al judío hacer su petición, le dice:

— Corre a casa del juez, y pon por escrito la donación a Djehá de tus jardines, de tus casas y de toda tu fortuna. Cuando vuelvas aquí, encontrarás sacos de oro, ya que, hasta ahora, no te he enviado más que un atadillo para que sirviese de simple indicación.

El judío corre a casa del juez sin mirar hacia atrás. Dice al juez:

— Levanta un acta mediante el cual yo cedo toda mi fortuna a Djehá.

— ¿Por qué? — le pregunta el juez—.

— Lo quiero así — responde el judío—.

Entonces el juez levanta el acta de donación de toda la fortuna en favor de Djehá y le da el papel. El judío se va y le dice a Djehá:

— Toma, te hago donación de toda mi fortuna. Es Dios quien lo ordena.

— Yo no acepto la fortuna de otros —dice Djehá— es pecado.

— No, tú debes aceptar —responde el judío—.

Djehá coge la hoja del acta y la guarda en un cofre. El judío se va al jardín y allí encuentra unos sacos llenos de boñigas de camello (pero él no lo sabe). Se dispone a transportarlos, los carga, y los lleva a casa de su hermano, mientras que Djehá ya ha tomado posesión de todos sus bienes. El judío los deja en el suelo un minuto. Entonces los abre y, encendiendo una luz, encuentra las boñigas de camello. Se pone a gritar mientras se rasga la cara. Entonces va al encuentro del juez. Éste le dice:

— La causa de tu mal es tu fortuna.

He aquí como dejó Djehá al súbdito de los judíos.

En boca de M., de 20 años de edad, en 1946.

III

DJEHÁ DE UARGLA Y DJEHÁ DE NGUÇA

Un día, Djehá de Nguça oye decir que Djehá de Uargla es muy astuto. Se dice a sí mismo: «Tengo que ir a encontrarme con él para asegurarme de ello». Entonces, se pone en marcha y se lo encuentra contra el muro de la puerta de la ciudad. Le dice:

— Por favor, Señor, ¿sabes dónde vive Djehá?

— Confío en que sí —dice el otro—.

— He oído decir que es muy astuto y me gustaría cerciorarme de su astucia.

— Sostén este muro para que no se caiga, por favor —le respondió Djehá de Uargla— pues éste es, ciertamente, mi trabajo. Voy a llamar a Djehá.

Él se va y deja a Djehá de Nguça pegado al muro. Ahora bien, un viejo que pasa le pregunta:
— ¿Por qué te quedas ahí de pie?

— Espero a Djehá —responde— un hombre me ha dicho que sostenga el muro mientras que él va a llamarlo.

— Mala suerte para ti —le dice el viejo— era él.

— Vaya.

Y Djehá de Nguça se va en su busca. Lo encuentra por el camino y le dice:

— Esta noche nos vamos de viaje. Coge provisiones para ti, que yo ya cogeré para mí.

— Bien —le respondió Djehá de Uargla—.

Llegada la noche, él llena de caca de camello un saco de provisiones, lo pone sobre su espalda y se va. Djehá de Nguça llena su saco con piedras. Habiéndose encontrado en la puerta de la ciudad, se ponen en marcha. Mucho tiempo después, llegan al desierto y sienten hambre. Djehá de Nguça dice a Djehá de Uargla:

— ¡Ven, saquemos las provisiones!

— Saca las tuyas —responde Djehá de Uargla— que cuando las comamos, comeremos a continuación las mías.

El otro abre su saco de piedras, y Djehá de Uargla le dice:

— ¿Qué has traído ahí?

— Esto —responde él— es mi mujer, que ha querido gastarme una broma. ¡Comamos tus provisiones, tráelas!

Él le tiende su saco de cacas, y Djehá de Nguça se pone a gritar:

— ¡Oh! ¡Las mujeres son todas iguales!

La sed se hizo sentir y fueron en busca de agua. En el camino Djehá de Uargla dice a Djehá de Nguça:

— No tenemos cuerda para sacar el agua con el cubo.

Entonces Djehá de Nguça va a robar la cuerda de un hombre que está sacando agua. En el pozo, ninguno de los dos quiere bajar, pues tan astuto es el uno como el otro. Al final, Djehá de Uargla baja, bebe del agua y saca de su bolsillo un poco de oro. Las piedras del fondo del agua se parecían a este pedazo de oro. Todo contento, le dice a Djehá de Nguça:

— Trae el saco, tráelo rápido: Dios nos envía un tesoro.

— ¿El qué pues?

— Un gran depósito de oro.

El otro le hace llegar el saco con la cuerda. Djehá de Uargla se pone a llenar el saco con el oro. Ata el saco y dice:

— ¡Tira!

En aquel momento se le vino a la mente que el otro, cuando encontrase el oro dentro del saco, iba a escapar con él. Entonces dijo:

— ¡Vuelve a bajar el saco, que todavía queda más!

Abre el saco, lo vacía de su contenido y se introduce él mismo. Vuelve a atar el saco y grita:
— ¡Levanta!

El otro sube el saco, lo pone sobre su espalda y le dice a Djehá en el pozo:
— ¡Ahí te quedas!

Camina rápidamente hasta que cae la noche. Deja el saco para descansar y se duerme. Djehá de Uargla sale entonces del saco, y mete algunas piedras, lo ata y se va a acostar detrás de una duna. El otro, al levantarse por la mañana, no se da cuenta de nada. Contento, carga con el saco y se pone en camino. Djehá de Uargla le ve y se pone a rebuznar como un asno. Djehá de Nguça se dice: «¡Qué suerte!, Dios me envía un asno». Sube por la duna y Djehá de Uargla le dice entonces:

— ¡Ah! ¿Es así como tú actúas?

— Perdóname —responde el otro— no lo volveré a hacer más.

Partieron los dos juntos. Por el camino se sintieron cansados. Se sentaron cerca de una tienda y se aseguraron de que la gente estuviese dormida. Roban una burra y una alfombra, y se escapan. Por la noche, se hallan en pleno desierto. Djehá de Uargla había en vano preguntado a Djehá de Nguça:

— Por favor, déjame montar sobre la burra.

— Pero quién —había respondido el otro— te ha dicho que cojas una alfombra y no una burra.

— Siguieron caminando y llegan a un sitio donde hacía mucho frío. Djehá de Nguça dice entonces a Djehá de Uargla:

— Por favor, tápame un poco con tu alfombra.

— No te taparé, porque no me has dejado montar un poco sobre la burra.

— Bueno, vale —dice el otro—.

Una vez acostados, Djehá de Nguça, envidioso, desgarra un trozo de alfombra. Djehá de Uargla se levanta y acuchilla las narices de la burra, después se vuelve a acostar. Cuando se levantan por la mañana, Djehá de Nguça dice:

— ¿Qué le ha pasado a tu alfombra? Está desgarrada.

— Como ha hecho calor esta noche —dice el otro— se ha quemado. Y tú, ¿qué tiene tu burra que se ríe?

— Es que está contenta —responde—.

Regresan a la ciudad. Djehá de Nguça no quiere compartir el oro. Lo oculta en la bodega de su casa y se hace el muerto. Le dice a su mujer:

— Cuando esté en la sepultura, llévame comida cada día al mediodía.

— Bien.

Después la mujer se echó a llorar:

— ¡Djehá ha muerto! ¡Djehá ha muerto!

Djehá de Uargla fue entonces a decir a la mujer de Djehá de Nguça:

— Djehá me ha pedido, que si él muere, sea yo mismo quien le haga el aseo funeral y quien lo amortaje.

— Bien —dice ella—.

Tras hervir una olla de agua, lo lava y se cerciora de que verdaderamente está muerto. Le dice a la mujer:

— ¡Tráeme el sudario y una aguja gorda!

Se pone a coser el sudario al cuerpo. Al pinchar la aguja en el sudario, le pincha a Djehá en la carne. Éste no se queja en absoluto. Djehá de Uargla le dice a la gente:

— Adelante con el enterramiento.

Se le da sepultura en medio de una piedra que no se mueve. Después se va. Cada día, la mujer de Djehá de Nguça trae la comida a su marido al mediodía. Djehá de Uargla se dio cuenta. Un día, antes del mediodía, le lleva al otro un poco de pan, muy poco, y le dice:

— ¡Toma, tu desayuno!

— Trae, dice el otro.

Al recibirlo, se da cuenta de que es una pequeña cantidad, y pregunta:

— ¿Por qué no me traes más para desayunar?

— La harina se ha terminado —dice el otro—.

— No te lo había dicho —dice el otro—, pero el dinero se encuentra en la bodega.

— Vale —dice el otro—.

Y sale corriendo a la casa de Djehá de Nguça. Espera a que la mujer salga con el desayuno. Después entra en casa de Djehá de Nguça y le roba todo el oro. La mujer, al llegar, le dice a su marido, en la tumba:

— ¡Toma, tu desayuno!

— Vale —le responde— pero, ¿no me lo habías traído ya?
— En absoluto, dice ella.

— ¡Levanta rápidamente la losa! —dice él— eso es Djehá que ha venido.

Ella levanta la losa y él vuelve a su casa corriendo, pero ya no encuentra el oro. Él comprende. Le dice a Djehá de Uargla:

— ¡Perdóname! Llévate el oro. Ya no volveré aquí nunca más, pero déjame regresar a mi ciudad.

Volvió a su ciudad jurando: «No volveré más con este Djehá. ¡Qué no habrá hecho en su vida! Ésta si que ha sido una buena jugada por su parte.»
En boca de Dj., de 22 años en 1946.

IV

LEYENDA DE LA FUENTE DE ZEMZEM SUPERIOR

Un marroquí muy letrado, confeccionador de encantamientos, había leído en un viejo libro que había un tesoro escondido en la fuente llamada Zemzem Superior en el país de Uargla.

Entonces, él vino a Uargla, y al cabo de dos o tres días, conoció a un uargli al que tomó como amigo. Un día le dijo:

— He venido a rogarte que me indiques dónde se encuentra la fuente de Zemzem Superior.

Salieron de noche y se pararon al borde de la fuente. El sabio se puso a quemar sus inciensos y a hacer encantamientos, hasta que toda el agua de la fuente hubo desaparecido del suelo. La tierra temblaba y un ser humano apareció de forma bizarra. No tenía más que las mitades de todo: una sola pierna, un solo ojo, una sola mano, una sola oreja. Se dirigió al sabio:

— ¿Qué quieres?

— Hazme —le dijo el sabio— una escalera que llegue hasta el fondo de la fuente.

Le hizo una escalera. El sabio bajó sin dejar de hacer sus hechizos. Al llegar al fondo de la fuente, encontró tres cántaros de barro cocido llenos de oro. Los cogió y subió. A medida que subía, el agua retornaba a su lugar. Cargó los cántaros sobre un camello y volvió a su país. Su amigo volvió a la ciudad. Al día siguiente, los propietarios encontraron su fuente muerta: el agua ya no corría. Nuestro uargli les dijo entonces:

— Vuestra fuente ha sido muerta por un marroquí: se ha apoderado del tesoro que se ocultaba en ella y se ha ido cargado con él.

Los otros replicaron:

— Entonces, ¿por qué le has mostrado dónde se hallaba nuestra fuente?

Lo apalearon violentamente y lo soltaron.

Pero desde entonces, la fuente de Zemzem Superior nunca más volvió a manar.

En boca de Dj., de 22 años de edad en 1946.

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NOTAS

(1) Véase Thompson, Motif-Index of Folk Literature: a Classification of Narrative Elements in Folktales, Ballads, Myths, Fables, Mediaeval Romances, Exempla, Fabliaux, Jest-Books and Local Legends, ed. rev. y aum., 6 vols. (Bloomington & Indianapolis-Copenhague, Indiana University-Rosenkilde & Bagger: 1955-1958) núm. N531.3.

(2) Véase Aarne y Thompson, The Types of the Folktale: a Classification and Bibliography [FF Communications 184] 2ª revisión (Helsinki, Suomalainen Tiedeakatemia-Academia Scientiarum Fennica: 1981) núm. 1645A.

(3) Véase al respecto Hannjost Lixfeld, "Die Guntramsage (AT 1645A) Volkserzählungen vom Alter Ego in Tiergestalt und ihre schamanistische Herkunft", Fabula 13 (1972) pp. 60-107.

(4) Traduzco el cuento de Bengt G. Alver, "Concepts of the soul in Norwegian tradition", Nordic Folklore: Recent Studies, eds. R. Kvideland y H. K. Sehmsdorf (Bloomington-Indianapolis: Indiana University Press, 1989) pp. 110-127, pp. 124-125.

(5) Sobre este cuento, véase el artículo de José Manuel Pedrosa, "El cuento de El tesoro soñado (AT 1645) y el complejo leyendístico de El becerro de oro", Estudos de Literatura Oral 4 (1998) pp. 127-157.

(6) Véase en particular Mircea Eliade, "El simbolismo ornitológico", El chamanismo y las técnicas arcaicas del éxtasis, trad. E. de Champourcín (México: Fondo de Cultura Económica, reed. 1996) pp. 137-138.

(7) Paul Auster, Tombuctú, trad. B. Gómez Ibáñez (Barcelona: Anagrama, 1999) p. 70.

(8) Véase, sobre este popularísimo personaje, Seyfi Karabas, "The Use of Eroticism in Nasreddin Hoça Anecdotes", Western Folklore 49 (julio 1990) 299-305, y la abundantísima bibliografía que cita.

(9) Véase, como botón de muestra, la enorme colección de relatos de Matilda Koen-Sarano, Djoha ke dize? Kuentos populares djudeo-espanyoles (Jerusalén: Kana, 1991).

(10) Sobre el personaje folclórico del trickster existe una bibliografía inmensa, entre la que se pueden espigar los siguientes títulos: The Trickster, ed. P. Radin (Nueva York: Philosophical Library, 1956); Carl Gustav Jung, Four Archetypes: Mother, Rebirth, Spirit, Trickster, trad. R. F. C. Hull (Londres: Routledge & Kegan Paul, 1972); Robert D. Pelton, The Trickster in West Africa (Berkeley: University, 1980); Venetia Newall, "The hero as a trickster: the West Indian Anansi", The Hero in Tradition and Folklore, ed. H. R. E. Davidson (Londres: The Folklore Society, 1984) pp. 46-89; Klaus-Peter Koepping, "Absurdity and Hidden Truth: Cunning Intelligence and Grotesque Body Images as Manifestations of the Trickster", History of Religions 24 (1985) pp. 191-214; Walter Burkert, "Sacrificio-Sacrilegio: il trickster fondatore", Sacrificio e Societá nel Mondo Antico, ed. C. Grottanelli y N. F. Parise (Bari: Laterza, 1988) pp. 163-175; Louise O. Vasvari, "Don Hurón como trickster: un arquetipo psico-folklórico", Actas del III Congreso de la Asociación Hispánica de Literatura Medieval (Salamanca, 3 al 6 de octubre de 1989), ed. Mª Isabel Toro Pascua (Salamanca: Universidad, 1994) II, pp. 1121-1126; y Alfred Rodríguez, "Una olvidada fijación literaria del trickster, Pedro de Urdemalas", Bulletin of the Comediants 47:1 (1995) pp. 37-42. Sobre el mito de Don Juan como trickster puede verse el libro de Francisco Márquez Villanueva, Orígenes y elaboración de "El burlador de Sevilla" (Salamanca: Universidad, 1996), que además ofrece una inmensa bibliografía adicional sobre este tipo de personaje folclórico-literario.

(11) Koldo San Sebastián, Los vascos del Pirineo: Historia, leyendas y tradiciones (San Sebastián: Txertoa, 1997) p. 75.

(12) María del Carmen Victori Ramos, Cuba: expresión literaria oral y actualidad (La Habana: Centro de Investigación y Desarrollo de la Cultura Cubana Juan Marinello, 1998) pp.93-94