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Viandantes en la toponimia de los caminos (I)

RIESCO CHUECA, Pascual

Publicado en el año 2014 en la Revista de Folklore número 2014.

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Al hacer la radiografía del territorio emerge una arborescente retícula que vertebra los espacios: la red caminera, que sustenta relaciones entre gentes y lugares acumulando una densa carga de narrativas, una red en gran parte borrada por los trazados de la nueva movilidad. No sorprende que la toponimia asociada haya recurrido con frecuencia a teatralizar los caminos, designándolos no por su fisiografía ni por los lugares enlazados, sino apelando a una presencia que dota de vibración y aureola a su rumbo, la de los caminantes, con sus variopintas historias y procedencias. Inventariar sucintamente la pervivencia del viajero en la memoria toponímica es el propósito de estas líneas.

El aquí y el allí: claves deícticas y expresivas en la toponimia caminera

Con su rica carga evocadora y explicativa, los caminos instalan la temporalidad del viaje sobre la sincronía del mapa; en sus trazados está implícito el tiempo de los recorridos, el relato de los que buscan subsistencia, comercian o guerrean en un ajetreado derramarse por la red viaria. Los caminos lanzan brazos hacia la lejanía, proyectando sobre ella ambiciones y ensueños, y los traen cargados de visiones y relatos.

Son numerosos los estudios dedicados a la historia de las vías de comunicación. En la España del Antiguo Régimen, los caminos y calzadas, aun siendo humildes y en algunos casos poco más transitables que un sendero, conocían un denso tráfico de viandantes, unos a pie, otros en caballería o en carro. Las migraciones estacionales o temporales ligadas a la siega y la cosecha, los oficios o el transporte de bienes eran otras tantas causas para un activo deambular (Ringrose, 1970; Camps i Cura, 31; Cortizo Álvarez, 1994), que elegía según las circunstancias entre las múltiples opciones, casi todas precarias, de una red viaria repleta de riesgos.

La consolidación de una red caminera principal en el Renacimiento y en la Ilustración abrió horizontes a la carretería de costa a costa. No obstante, hasta la llegada del automóvil la mayor parte de las poblaciones estuvo unida por caminos precarios, de directriz confusa, dictada por una constante negociación empírica con las peculiaridades del terreno y las limitaciones y oportunidades del comercio y la política. Nada hay de cartesiano ni de minimalista en el diseño, contingente y en perpetua reviviscencia, de la red viaria tradicional. Dos poblaciones vecinas pueden estar unidas por una pluralidad de caminos en función de las dificultades del tránsito en tiempo lluvioso: no es infrecuente que coexistan un camino de invierno y otro de verano; o un camino alto y un camino bajo, que enlazan con trazados diferentes dos lugares[1]. Tales variantes a menudo eran poco diferenciables en cuanto a su longitud total, como declara el dicho «De Toro a Zamora cinco leguas son: cinco por allende, cinco por aquende, cinco por el vado, cinco por la puente» (Caballero, 204: es refrán antiguo, que ya aparece en una recopilación de Álvar Gómez de Toledo, del s. xvi). Otros trazados obedecerán al deseo de clandestinidad, amorosa o de mercancías en contrabando, o al aprovechamiento de alguna infraestructura antigua, como un puente, que hace valer su propia inercia territorial. Dependiendo de si se llevaba un carro o se iba a pie o sobre caballería, podía ser preferible uno u otro trazado. La propia montura podía condicionar el recorrido, como indica un refrán aportado por Correas: «El asno para polvo, i el rrozín para lodo, i el mulo para todo». Abundantísimos eran los caminos transversales, a veces efímeros, que quedaban reducidos a trochas para el tiempo de la cosecha. Muchos se perdían entre campos de pan llevar, extinguiéndose como si misteriosamente hubieran completado el viaje al adensarse en la soledad de los trigales. Las aparentes redundancias e incongruencias se entienden mejor desde la perspectiva del viaje lento, dominante en las sociedades tradicionales, que combina objetivos diseminados por todo el recorrido. En ruta a determinado objetivo lejano, una feria por ejemplo, puede ser deseable pasar por una huerta, detenerse en una fuente, visitar un sembrado, evitar un pueblo, pescar en un arroyo, pedir prestada una caballería: razones combinadas para preferir alguna de las diversas variantes disponibles.

Con análoga proliferación, en muchos pueblos de la meseta, la red radial antigua era enmarañada. Los caminos componen el mallazo que organiza el territorio de los términos municipales. En ellos se materializa una continuidad de usos y lazos de comunidad, que vinculan al lugar con su entorno, en sucesivas fugas hacia lo lejano. De cada núcleo, no solo partían —con tembloroso pulso— caminos hacia una primera orla de pueblos vecinos, los más inmediatos, sino también hacia una segunda y tercera orlas. De las eras y ejidos nacían caminos múltiples, algunos de ellos de casi idéntica orientación, que viajaban paralelos y cercanos hasta que, ya alejados del casco, empezaban a singularizar sutilmente su rumbo, en persecución de distintos campanarios apenas columbrados en el horizonte, o ya instalados en la franca invisibilidad. Esta múltiple radiación resulta en una relación densificada de cada pueblo con las lejanías; de ella dimanaba una prolija toponimia caminera, que casaba el lugar no solo con otros pueblos comarcanos sino también con las capitales y el más allá de ríos o sierras. Ciertamente que los «terribles simplificadores» (Burckhardt), en forma de planes de concentración parcelaria, han liquidado tal densidad de vínculo, reemplazándola por una nueva movilidad en cuadrícula que superpone maneras de polígono industrial sobre la fisonomía de lo rural. De paso, la desaparición de muchísimos caminos ha acarreado la pérdida de los topónimos que los identificaban.

Estas notas van a contemplar una rama peculiar de la toponimia caminera, la que inscribe en el topónimo una referencia al viandante y frecuentador de la ruta. El camino, como hecho paisajístico, no es separable de los que por él ambulan. En la sociedad del Antiguo Régimen, donde la ruralidad vive inmersa en el alto contexto, oficios e intenciones se transparentaban a través de indumentaria, hatillos, andares y pertrechos. De lejos eran distinguibles el segador gallego, el pastor de ovejas de la montaña leonesa, el arriero maragato con el palo al cinto, el quinquillero, el ciego con su violín, el peregrino, el soldado que vuelve al pueblo, el mendigo con el saco al hombro. En 1867 es hallado muerto un hombre en término de Gejuelo del Barro, en el occidente salmantino; por las señas deducen que es un aceitero y ponen aviso en el boletín de Cáceres, de cuyas sierras solían subir con su odre a cuestas a recorrer la penillanura de Salamanca. Los efectos recogidos son conmovedores en su pobreza: entre ellos, «una manta rozada, vieja», «una enguarina o capa de paño vieja», «un pellejo de cabra», «un hocín de segar yerba»… (bopc 149, 18/06/1867). Muy distintas son las señas de un quinquillero y componedor de platos natural de Plasencia cuya captura es requerida en 1842: chaleco de pana moteado, marsellés azul, sombrero de cucurucho, capa pardusca (bopc 122, 12/10/1842). Los segadores gallegos irrumpían en las calles de los pueblos ensordeciéndolos con el estruendo de sus zuecos de madera, con la hoz en ristre y los inmensos panes de centeno al hombro, de los que iban comiendo por el largo camino. Los chalanes portugueses llegaban a las ferias de Ciudad Rodrigo en Salamanca con sus pantalones muy ceñidos y sus sombreros de enormes alas.

La toponimia de los caminos, como la de ríos y arroyos, no es unívoca. El mismo camino suele recibir distintos nombres, no ya al saltar de término municipal sino el mismo pueblo del que brota; entre El Oso y Gotarrendura (AV), el mtn50 señala como nombres de un mismo tramo c.º del Majano o del Genillo o de las Pajas. La referencia al lugar de destino a menudo preserva formas variantes y populares del topónimo, casi siempre podadas de los aderezos y precisiones oficiales: el camino desde Destriana a Palacios de Jamuz, en la Valduerna leonesa, será simplemente «camino [de] Palacicos» en la expresión oral del primer pueblo. En Escuadro, lugar de Sayago (ZA), un antiguo camino que partía al relativamente remoto Torrefrades vivía bajo la denominación de camino de la Torre. En Aldeanueva de Figueroa (SA), llaman Carrelafuente (cme) al camino que apunta hacia el vecino Fuentesaúco, popularmente la Fuente. Un camino en Vadocondes (BU), que partía hacia Aranda de Duero, origina el topónimo Carrevilla: localmente, Aranda es, por excelencia, la villa. Es frecuente esta forma apocopada por proclisis de carrera (‘camino’).

Por otra parte, en la elección de uno u otro nombre puede decidir el tono de la conversación, el interés predominante, o el afán de propiedad del informante. De máximo desparpajo y complicidad, en situación del alto contexto, suele ser el repertorio folktoponímico que permite dar nombre a un c.º de Rompesacos (Castellanos de Villiquera, SA); otro camino, que consta como c.º de Forfoleda (pueblo vecino a Calzada de Valdunciel, SA) es denominado, si la atención se desplaza a otra causa, como c.º de las Viñas. Un apeo medieval adopta la forma completa o solemne: «El camino que llevan los de Torreçilla a Cañiçal» (Ojeda Nieto, 68), aludiendo a la ruta que enlaza Cañizal (ZA) como Torrecilla de la Orden (VA). El mismo camino, debido a que pasa por una alquería interpuesta, Ordeño, se llama en Torrecilla Carreordeño (mtn50).

La fijación como topónimo es en efecto inestable, y varía por tramos del recorrido, dependiendo de factores culturales azarosos. La vía que en muchos pueblos conducía a los molinos o aceñas más frecuentados podía llamarse en función del término final: c.º de la Aceña, c.º de los Molinos. Pero también era posible, impregnada sobre la ruta la actividad que la anima, llamarla c.º de las Moliendas. Y en un paso más de humanización, una opción más animada y vocal remite a los usuarios del camino, solución adoptada en una copiosa toponimia: c.º de los Moledores, Molendores, Molederos. Fórmulas de concisión variable expresan una acción reiterada, que acaba por sedimentar en la toponimia. En la Edad Media leonesa, un camino en Curillas, pueblo de la Sequeda, puede ser identificado como «ela carrera per que uan elos de Monfrontín a la iglesia» (1243 adast §58). A esta fórmula plenamente desarrollada, le corresponde con idéntica semántica un topónimo actual como sendero de Misa (Valdunciel, SA); en el Bierzo, o camio de ir a Misa (Borrenes, LE: Bello Garnelo, 179).

La misma pluralidad de denominación consta en los caminos transversales, que atravesaban un término municipal enlazando dos poblaciones de la orla de un pueblo sin pasar por este. En apeos y deslindes, tales caminos podían recibir la denominación de destino en cada uno de los dos pueblos enlazados; pero rara vez se usaría la explicación completa, demasiado prolija, para constituir la fórmula toponímica en el pueblo atravesado, buscándose nombres expresivos o abreviados. El término de Calzada de Valdunciel (SA) es atravesado tangencialmente por un camino que enlaza dos poblaciones vecinas, Castellanos y Forfoleda. En Calzada, más que «camino de Castellanos a Forfoleda», se oye camino Travieso; es un topónimo deíctico, cuya recta interpretación depende del contexto: el camino va atravesado en su relación con el término municipal de Calzada. Esta voluntad de concisión, inherente a la economía que requiere cualquier acuñación lingüística exitosa, es el germen de numerosos topónimos camineros que podemos designar como «no direccionales», en cuya cadena no figura el lugar de partida ni el de destino, sino algún rasgo característico del camino en sí: su historia, real o fabulada (camino del Moro); sus peculiaridades de construcción o trazado (camino Hondo); los viandantes que lo recorren (camino de Maragatos). Poner nombre a tales caminos es imperativo a la hora de hacer deslindes y situar las tierras: pero es inviable operar con cadenas tan largas como «camino de Brincones a Manceras»: de ahí acuñaciones contextuales como camino Travesero (Puertas, SA), que atraviesa por el N el término de dicho pueblo enlazando las dos poblaciones antedichas. Análoga explicación tiene la frecuente dualidad de nombres, uno formal, otro más breve y expresivo de uso popular: en Palencia, senda del Ladrón = c.º de Villalba de los Alcores a Corcos; c.º de las Carreteras = C.º de Valoria del Alcor a Santa Cecilia, c.º de los Carboneros = C.º de Castrillo de Villavega a Osorno[2]. La ausencia de un nombre abreviado para el camino obliga a formulaciones incómodas, que aparecen frecuentemente en los apeos: en Castellanos de Villiquera (SA), el cme menciona un sendero «que llevan los de Calzada para Mozodiel»; en tales casos, la economía de expresión invita a buscar una variante toponímica más sucinta y probablemente más sabrosa. De ahí acuñaciones como «camino que llaman la Carrigüela» (Parada de Rubiales, SA: cme).

Tal búsqueda de expresividad concisa justifica los pintorescos topónimos camineros que aluden a los que van y vienen por ellos. En algunos casos, precisamente por pertenecer a un registro festivo y coloquial, alguno de estos topónimos puede no haber sido hecho oficial por el catastro o la cartografía, que ha preferido consagrar el topónimo funcional y declarativo, indicando el origen y destino de la vía. Un c.º de Cebolleros (Villamayor de Armuña, SA: en el mtn50, c.º del Cebollero) debe su nombre a que era el que traían los hortelanos de Muelas (= Florida de Liébana, SA) y El Pino tras atravesar la barca del Tormes con destino a los mercados de Salamanca. Se percibe las reticencias de la documentación oficial para acoger este topónimo, probablemente considerado jocoso o falto de seriedad: el apodo colectivo de los de Muelas es precisamente cebolleros. Por ello, un apeo antiguo presenta la forma «Camino del Moro (vulgo, Zebollera)» (Coca Tamame, 182). Es camino ya desaparecido (Rodríguez Domínguez, 37). Análoga resistencia al asiento documental puede percibirse en el topónimo c.º de los Canasteros (Chiclana de la Frontera, CA). Un topónimo como la senda de las Putas (Castrillo Tejeriego, VA), recorrido por contrabandistas, plantea inevitables dificultades a la hora de pasar a los archivos. Sanz Alonso (337) encuentra en el archivo municipal (1920) la variante dulcificada senda de las Puntas; en el mtn50 consta simplemente como c.º a Valbuena de Duero. Suárez Zarallo (II: 127) recoge un topónimo solo registrado oralmente (el c.º de los Muertos), más conocido por la Trocha, que unía Entrín Bajo con Corte de Peleas (BA): dado que el primer lugar carecía de cementerio, se trasladaba en carro a los difuntos para darles sepultura en Corte.

Se infiere de todo ello que tal vez una fracción de los topónimos viarios de registro desenfadado, que han venido usándose en clave privada, pueden haberse perdido al unirse dos factores fatales: la desaparición del camino tras las concentraciones parcelarias; la ausencia documental de tales topónimos, reemplazados por la variante grave o declarativa, que rehúye el término malsonante o jocoso y lo sustituye por una especificación del punto de partida y llegada, o alguna otra variante.

La presencia de un constante flujo de caminantes a pie, expuestos a los peores ultrajes del invierno y la intemperie, dio lugar en muchos pueblos a una institución de caridad organizada por los del lugar. En parte de la provincia de León subsistió hasta hace poco el llamado «palo de los pobres». El palo era de madera y pasaba por turno de casa en casa. Cuando el mendigo o viandante llegaba a la aldea, o bien preguntaba dónde estaba el palo, o era llevado espontáneamente hasta él por la chiquillería. La casa que se encontraba en posesión del palo estaba en la obligación de dar albergue por una noche, con una cena y un desayuno, al viandante. Luego el palo pasaba a la casa siguiente (Urdiales Campos, 206). En muchos pueblos situados al borde de rutas principales en Salamanca, el concejo asignaba en tiempos del cme una partida anual destinada a dar una «limosna a pobres viandantes y cautivos cristianos». En Calzada de Valdunciel, donde se les llamaba «pobres de vadaje»[3], el concejo pagaba a comienzos del s. xx un real diario a un vecino que adquiría durante un año la obligación de atender a los pobres: de cena en su casa había una olla de muelas (‘almortas’); parte de la tarea de dicho vecino era acompañar en el camino al pobre hasta el siguiente pueblo, para lo cual contaba con un burro. La figura del buhonero (francés: colporteur; inglés: peddler, hawker; alemán: Hausierer), que recorre a pie extensiones vastas ofreciendo sus humildes géneros, tiene gran relieve literario. El romántico William Wordsworth, que exalta a los «vagrant dwellers in the houseless woods»[4], perfila en su famosa composición The pedlar [1798] la estampa del vendedor peatonal: «His eyes were turned / Towards the setting sun, while, with that staff / Behind him fixed, he propped a long white pack / Which crossed his shoulders, wares for maids who live / In lonely villages or straggling huts»[5].

No ha de extrañar que tanta riqueza de expresión imprima sus huellas sobre el camino, que adquiere como atributo propio la presencia, regular o evocada, de los que lo recorren. Poblando un paisaje lineal, los viajeros añaden siluetas y narrativas al terreno. Se trata de la plena conversión de la figura humana en paisaje; el camino recibe como signatura indeleble la ristra de siluetas que lo frecuentaban: ¿qué queda en la toponimia de todo ello? El camino que en la Valduerna leonesa atravesaba desde Ponferrada, trayendo a los gallegos en su migración anual para la siega y otros oficios, puede en algunos tramos recibir el nombre de c.º de los Gallegos. Con expresión más concisamente geográfica, el mismo camino aparece documentalmente en ocasiones como c.º del Bierzo. Análoga dualidad de referente (viajeros o destino) se constata en peña de los Bercianos (Molinaferrera, LE), cercana a un c.º del Bierzo, que pasa por Pobladura de la Sierra hacia dicha comarca.

En muchos otros, el gentilicio recae sobre el propio camino, que, convertido en tentáculo territorial o consulado filiforme, es designado c.º Gallego. No es infrecuente tal impregnación gentilicia. En León, el camino que unía las Omañas con La Cepeda era el c.º Asturiano. En Cantabria, un c.º Carranzano (Villaverde de Trucíos), dirigido hacia el valle de Carranza en Vizcaya; en el Bierzo, un camiño Ribeirés busca el valle del río Sil (Bello Garnelo, 179). La vía que unía Sahagún con Cea era en siglos medievales la carrera Ceana. El c.º Astorgano se continúa en el topónimo los Maragatos en Vecilla de la Polvorosa (ZA). En Palencia, un cordel y cañada Cerverana que suben a Cervera de Riopisuerga. En distintos puntos de la provincia de Madrid aparece el topónimo c.º Toledano, en referencia a vías orientadas hacia Toledo. Es topónimo antiguo, que ya registra en el s. xiv el Libro de la Montería. En la comarca salmantina de la Armuña, varios pueblos lanzaban caminos, vagamente paralelos entre sí, hacia la ciudad de Zamora. Tales rutas han recibido desde antiguo denominaciones como calzada o carrera Zamorana > Carrezamorana, camino Zamorano. La toponimia actual perpetúa la indicación de rumbo, que se derrama sobre tierras y otros elementos paisajísticos cercanos: Valdezamorano (Forfoleda), las Zamoranas (partida de tierras en Narros de Valdunciel; independientemente, en Palencia de Negrilla), la laguna Zamorana (Valdunciel), nava Zamorana (Zamayón). Estos caminos y sus adyacencias, extraviados entre ondulantes mieses, hacen sentir en su resonancia toponímica la gravitación de un invisible norte donde anida una ciudad mil veces nombrada y tal vez nunca vista por los labriegos, Zamora.

En lo que sigue se ha buscado ante todo ejemplos toponímicos con arraigo popular, evitando topónimos de reciente acuñación, que vienen surgiendo como resultado de restauraciones artificiales (ruta del Toro), con intención publicitaria o de promoción municipal. Con tal fin, la mayor parte de los ejemplos aducidos provienen de la edición más temprana del Mapa Topográfico Nacional (mtn50), que data en general de la primera mitad del s. xx; otros se obtienen de apeos de los boletines oficiales, datados también en el s. xx. En algunos casos, los topónimos se han obtenido del mtn25, cuya elaboración es posterior. En otros ejemplos se indica la fuente de la que proviene el topónimo en cuestión. Inevitablemente, una gran parte de los topónimos tratados identifican caminos que ya no existen.

Arrieros, trajinantes, carreteros

La arriería, en sus diversas manifestaciones, despliega una densa malla de relaciones comerciales (Díaz González, 108-111), que fue adquiriendo ramificación creciente hasta la llegada del ferrocarril. La más antigua arriería, precaria e insegura, iba por caminos de herradura, inicialmente con asnos, posteriormente con recuas de mulos. Los diccionarios geográficos del s. xix dan cuenta de esta especialización. Miñano informa en 1826 de que los de Covaleda (SO) son carreteros, arrieros y gamelleros (hacen artesas enterizas, vaciando un tronco de pino). En Fuentes de Béjar (SA) se dedican a la arriería y tráfico de aceite por toda Castilla; los de Genicera (LE), en la montaña central leonesa, «conducen vino de Castilla a Asturias; en retorno traen pescados frescos, alubias y tocino que conducen a todas partes del reino». Por Corrales del Vino (ZA) pasa «el camino más frecuentado de los arrieros andaluces y estremeños que transitan a Galicia, siguiendo con poca desviación la famosa ruta militar de los romanos llamada Camino de la Plata».

La Castilla histórica y su otra orilla iberoamericana vienen marcados por esta densa itinerancia, tan fácil de romantizar como de denigrar por su rudeza: «Castilla —trajinantes y arrieros / De ojos inquietos, de mirar astuto—»[6]; «Van trajinantes y arrieros / tras de sus cansinas bestias, / caminando, embrutecidos / con el vino de las ventas»[7]; «Arriero, vas fabulosamente vidriado de sudor» (César Vallejo); «En las arenas bailan los remolinos, / el sol juega en el brillo del pedregal, / y prendido a la magia de los caminos, / el arriero va, el arriero va» (Atahualpa Yupanqui). En efecto, el arriero sabe cosas que el campesino ignora; y a los ojos del sedentario, su arduo itinerar contiene material de leyenda; pero, al mismo tiempo, las brutalidades del cálculo presiden su ajetreo y calcinan las aureolas prestigiosas de su viajar.

A medida que se generaliza la red de calzadas y caminos aptos para carretas, adquiere también impulso el transporte en carros, carretas y galeras. Es un proceso que se asienta a mediados del siglo xvi, en coincidencia temporal con la magna compilación de Villuga. Los maragatos, por ejemplo, usaron inicialmente recuas; luego pasaron a usar carros de mulas, abandonando los caminos de herradura[8]. En la Edad Media era general la arriería por caminos angostos, aptos solo para caballerías: el arcipreste así lo recoge «Detóvome el camino, como era estrecho, / una vereda angosta, harruqueros la avian fecho» (Libro de buen amor)[9].

La distinción entre caminos de herradura y calzadas o caminos carreteros era nítida en el pasado y consta en otras lenguas. En francés se oponen los sentiers muletiers a las routes carrossables; en inglés, bridle paths o bridleways frente a cart tracks. Ya Villuga (Molénat, 116) cita el c.º de los Carros (entre Toledo y Valladolid por Guadarrama), distinguiéndolo del c.º de los Caballos (más al oeste, pasa la cordillera por el puerto de las Pilas y Cebreros). El refrán «Arriero de Cebreros, burro, calabaza y perro» (Vergara Martín, 1986: 199) hace chanzas en torno a esta dedicación trajinera de Cebreros y su comarca. Las rutas principales de la carretería van ligando desde los comienzos de la Edad Moderna las ciudades castellanas. Molénat (121) cita un documento de 1511 en Dueñas (P), alusivo a «la puerta de Sant Martin por donde pasan las carretas e recuas e mulos e otras vestyas que van con bastimiento a la çibdad de Burgos». El camino en cuestión, que vincula Medina del Campo con Burgos («la puente de Boniel es muy gran obra porque es puente que han de pasar carretas por ençima délla de todas las mercaderias que ban e vienen de Burgos a Medina del Canpo»: Molénat, 127), deja nutrida huella toponímica: Celada del Camino (BU); Quintanilla de las Carretas o Quintanilleja (BU), famosa por las posadas; Villanueva de las Carretas (BU). El c.º de las Carretas (Caleruega) continúa en el topónimo camino Empedrado, evidencia del piso especialmente firme que se asignaba a tales caminos. Especialmente denso era el tráfico entre Medina del Campo y Valladolid, a juzgar por el refrán «De Medina a Valladolid toparás mula, fraile o puta» (Vergara Martín, 1986: 303; Rodríguez de la Torre, 1997).

La ruta de Burgos a Aguilar de Campoo adquiere la condición de Real Cañada de Carreteros en 1497. Buscaba la salida hacia Santander, reuniendo a varios pueblos de Soria y Burgos (Cortizo Álvarez, 297)[10]. A la misma figura se acogen otros itinerarios, que impulsan rutas equilibradas, con transportes distintos en la ida y en la vuelta (hierro cantábrico, sal del norte de Burgos, lana segoviana; carbón de los montes toledanos para los hornos de Talavera; cerámica; sal del Guadalquivir; madera para las minas de Almadén…) (Menéndez Pidal, 72). De todo ello queda constancia toponímica. La Real Cañada de Carreteros, de Tomelloso a Villarrobledo, era el nexo entre tierras de Levante y la Mancha y Andalucía[11]. Algunas agrupaciones de carreteros aparecen asociadas a las grandes áreas boscosas, pues su destino principal era el transporte de madera. En Castilla y León destaca especialmente el núcleo oriental, de Burgos y Soria, en el área pinariega, así como la sierra de Gredos. Análogamente a como la arriería maragata tiene su expresión en un tipo adaptado de casa popular, puede describirse la «casa carretera» tal como se presenta en la arquitectura popular de dichas comarcas (García Grinda, 401). Elementos anejos al camino también dejan su expresión toponímica: fuente de los Carreteros (Bocigas, VA; El Berrueco, M); Puertocarretero, en la sierra de San Pedro (Puebla de Obando, BA); vado de las Carretas (Manzanares el Real, M, sobre el río homónimo; Matute de Arriba, sobre el Duero)[12]; pasil de las Carretas (Almendralejo, BA: Suárez Zarallo, II: 139); vuelta de las Carretas, en la cañada real segoviana (Huerta del Rey, BU).

La referencia a caminos aptos para el tránsito de carros es abundante y explícita en ocasiones: en Destriana (LE), un «carril de los carros que va a Astorga» (1743 invt) remite a las conexiones entre Valdejamuz y Valduerna, consolidadas en ferias y mercados que tenían lugar en la villa de Astorga. En su origen tiene ese valor (transitable por carros) tanto la voz carril como carretera, -o y el antiguo carrera, las formas apocopadas carre- o carro-, así como una variante leonesa carral. Correas apunta el refrán «irse por el kamino karretero; o rreal, o llano», que glosa «por lo seguro, sin ataxos». Un topónimo como c.º del Senderillo Carretero (San Pascual, AV) ha de entenderse así. En la comarca de los Oteros (LE), topónimos del tipo c.º de los Carros, c.º de las Carretas aluden a trazados que no se encharcan por discurrir sobre la cuerda de una loma. Los labradores usaban tales caminos para conducir sus carros cargados a las ferias de Valencia de D. Juan o de Mansilla (Morala Rodríguez, 406). Correas expone un refrán a propósito: «No venga a la vega lo ke desea la rrueda», «entiéndese: la rrueda de la karreta, ke desea seko el kamino; i en baxíos i tierras úmedas se entenderá la rrueda del molino, ke kiere agua para andar, i no la vega». Santa Teresa, en las Fundaciones (189), describe un viaje hacia Segovia: «… aunque quien iba con nosotras sabía el camino hasta Segovia, no sabía el camino de los carros, ansí nos llevaba este mozo por parte que veníamos a apearnos muchas veces, y llevaba el carro casi en peso por unos despeñaderos grandes». Los ejemplos son innumerables[13]. En ocasiones, un camino carretero presta su nombre al valle por el que discurre el trazado. Es el caso de los abundantes Valdecarros. El c.º de los Arrieros (Villaescusa de Roa) se prolonga como c.º de las Galeras (Pedrosa de Duero), donde también encontramos Valdecarros. La referencia a la galera, carro pesado de cuatro ruedas, reaparece en un c.º de las Galeras (Escarabajosa de Cuéllar, SG); a carruajes, no a automóviles, aludirá un c.º de los Coches (Coria, CC); vereda de las Calesas (Coria del Río, SE). Un documento de 1799 referido a Boecillo (VA) alude a un camino homónimo: «Se yinttitula el de los coches que se lleva de Uoecillo para hir a Vega de Porras» (Sanz Alonso, 330). Un c.º de los Carrucos (Torre de Esgueva, VA, no lejos de Valdecarros y carril Carbonero: ya consta en el cme del vecino pueblo de Fombellida, Sanz Alonso, 330) es de interpretación ambigua: carruco puede aludir tanto a un carro de menor tamaño, tal vez chillón, como ser apodo de los arrieros.

Sea cual sea su modo de transporte, los arrieros reaparecen incesantemente en la toponimia. En general, los nombres de lugar avisan de rutas antiguas para el tráfico de bienes[14]. Miñano informa de que por Reinosa discurre el llamado c.º de los Arrieros, al que describe como camino real de Herradura, trazado en el s. xviii para comunicar el canal de Castilla con el puerto de Santander. Los núcleos de mayor especialización arriera irradian caminos. En la sierra de Salamanca, numerosos pueblos transportaban hortaliza, fruta, vino y aceite a núcleos como Guijuelo y Béjar: c.º de los Vinateros (Cristóbal, Valdefuentes de Sangusín, Peromingo y Fresnedoso, SA); c.º de los Arrieros (Colmenar de Montemayor, Cristóbal y Guijuelo, SA).

La variante arruquero (‘arriero’) pervive en la toponimia burgalesa: Arruqueros (Lences de Bureba) no lejos de un topónimo Valdecarros y del célebre núcleo salinero Poza de la Sal. El topónimo se repite: el Arruquero (Isar); los Arruqueros (Villanueva de Argaño; Olmos de la Picaza: el segundo paraje queda próximo de una carrera de los Pasiegos). Para la etimología de arruquero, que hace dudar a Corominas entre una doble sufijación desde la interjección arre, o un cruce recuero por arriero son interesantes topónimos, como c.º de los Arrecueros (Cabrejas del Pinar, SO) y los Arrecueros (Aldea de San Esteban, SO, junto a Valdecarros; Salvatierra de Santiago, CC).

Los arrieros de San García (SG) llevaban trigo a Madrid por el puerto del León. Etreros también era famoso por sus arrieros (Miñano): hay sendos caminos que salen de Sangarcía y de Etreros, llamados c.º de los Avileses. Los arrieros del sur de Gredos iban a la meseta, con frutas, aceite y pimentón pasando el puerto del Pico (AV). A estas rutas pueden aludir c.º de los Arrieros (Navadijos y Blascomillán, AV), vado de los Arrieros (Lastras del Pozo, AV) sobre el río Moros; fuente de los Arrieros (entre Mudrián y San Martín), monte de los Carreteros (San García de Ingelmos, AV). Otro ramal, que viaja de Ávila hacia el NE, es llamado c.º de los Serranos a la altura de Maello. Entre Labajos y Muñopedro (SG) el mismo camino es llamado c.º de los Carros; la arriería local ya es mencionada en el Miñano. De Allariz sale la llamada vrea dos Gañantes (‘vereda de los trajineros, arrieros feriantes’), recorrida por negociantes que iban a las ferias de Verín (OR) (Rivas Quintas, 2001; Bas López, 44).

La referencia a las mulas es común en las rutas arrieras: sendero de los Mulos (Villagonzalo de Tormes, SA); cañada de los Machos (Matamala, SO), cuesta de los Muleros, junto a Navacerrada; vallejo de los Muleros (Hoya-Gonzalo, AB); senda de los Muleros (Valhermoso, GU)[15]. Por el hecho de que localmente se emplearan caballejos o caballos de pequeña alzada, en algunos puntos de la meseta se usó la voz rocinero como sinónimo de arriero. De ahí c.º de Rocineros (Castromocho, P); Rocineros (Villalcón, P); c.º de los Rocines o Rocinero (Calzada del Coto, LE: Hernández Alonso, 187); arroyo de Rocineros (Fuente Andrino, P). Otra voz usada es acemilero: carril de los Acemileros (Talayuela, CC).

Pero el transporte más habitual se hacía formando recuas, como muestra la toponimia: calzada de Recueros (Alconada, SA); los Recueros (Peñacaballera, SA; Almendralejo, BA; Arcos de Jalón, SO); portillo de la Recua (Uclés, CU); el pozo los Recueros (Valdelacasa de Tajo, CC); laguna de Recueros (Moraleja, CC: Casillas Antúnez, 628); c.º de los Recueros (Cubillejo de la Sierra y Ledanca, GU; Fuenlabrada, M; Villanueva de las Cruces, H). La ruta de Aguilar de Campoo a Burgos, luego camino carretero, fue denominada c.º de los Recueros, también c.º de los Acemileros. En la documentación antigua (1539) otro c.º de los Recueros viene del Castillejo hasta Ayamonte, en Huelva (Pérez-Embid et al., 286). Topónimos como los Recoveros (Villanueva de Córdoba, CO), cañada de los Recoveros (Chiclana de la Frontera, CA; Morón de la Frontera, SE) y c.º [vereda] de los Recoveros (Montellano, SE) pueden entenderse como sinónimos de los anteriores, aunque tardíamente recovero adquirió en algunos lugares la especialización semántica de ‘tratante de huevos y productos menores’[16]. Un topónimo como c.º de los Correos (Villafranca de los Barros, BA) se documenta desde 1863, y alude al servicio de correos entre dicha población y Los Santos de Maimona (Suárez Zarallo, II: 124); compárese vadillo de la Estafeta (Torrubia del Campo, CU); c.º de Villoruela a Riolobos o de la Estafeta (Villoria, SA); c.º de las Postas (Villalpando, ZA: dirigido hacia Madrid).

En ocasiones, la arriería queda plasmada toponímicamente por medio del producto principal transportado. Un antiguo camino de los Besugueros en el término de Palencia, cerca de Torquemada (1821, La Gaceta de Madrid, 1: 852) figura junto a la senda de los Pañeros. Los arrieros de pescado de mar, que iban hacia Santander por Burgos y Reinosa, se enfrentaban a la necesidad de realizar en el tiempo más rápido el recorrido: de ahí el refrán «besugo mata mulo» en Correas. La asociación se repite: un camino que viene hacia Zarzuela del Pinar (SG) desde el NW recibe el nombre de c.º de los Muleros; en sus inmediaciones se encuentra la cotarra del Besugo. En Frómista (P), un c.º de los Mulos se prolonga tras atravesar el pueblo hacia el picón del Besugo[17]. En una retahíla geográfica o romance arriero, llamada Epístola yangüesa, referida a pueblos del N de Soria rayanos con la Rioja, se indica: «La Aldea son vividores, / porque los más son arrieros […] Bellosilla, besugueros» (Vergara Martín, 1934: 91): parece error por Vellosillo, aldea a 5 km de Yanguas; Aldea = Aldea de S. Esteban.

El transporte entre Castilla y los puertos de Santoña y Laredo seguía una calzada parcialmente empedrada que atraviesa el valle de Valdivielso en Burgos, donde recibe el nombre de c.º del Pescado; este camino fue abandonado hacia 1832 según Madoz. Por los pueblos castellanos venían ambulantes vendiendo sardinas y chicharros. Puede aludir a su modesto tráfico el repetido topónimo calzada Sardinera (La Orbada, Villar de Gallimazo y Paradinas de S. Juan, SA; Fresno el Viejo, VA); senda Chicharrera (Morales de Toro, ZA). Estos topónimos parecen anteriores al ferrocarril, por lo que corresponden al transporte en recuas de mulas desde Medina del Campo, a su vez comunicada con los puertos cantábricos: el topónimo calzada Sardinera ya se cita en una relación de 1833 en Fresno el Viejo (González Sánchez, 49). A un tráfico más local, de pescado de mar que es llevado tierra adentro, remiten topónimos como cuesta de los Pescaderos (Berja, AM) o puerto de los Pescadores (Alhaurín el Grande, MA); análogamente c.º de Pescadores (Segorbe, CS), collado de los Pescadores (Cartagena, MU); otro c.º de Pescadores entre Cartagena y S. Pedro del Pinatar. Por la vega de Sevilla transitaba en el s. xv un c.º de los Pescadores, alusivo sin duda al pescado de río (Franco Silva, 274); cf. un topónimo idéntico en Utrera, mtn50 (SE). En las marismas de Almonte, una senda de los Anguileros (Castrillo Díaz, 78); cf. un cordel del c.º de los Playeros (Aznalcázar, SE). Un camino homónimo, en Santovenia de Pisuerga (VA), llevaba a una pesquera en el río (Sanz Alonso, 330).

La recova o transporte de huevos también ha dejado su huella: calzada de los Hueveros (Viñuela de Sayago, ZA) y los Hueveros en el vecino Alfaraz; c.º de los Hueveros (Parada de Arriba, SA; Quintanilla del Monte y Fuentes de los Oteros, LE; Astudillo, P); teso de los Hueveros (Velliza, VA); los Hueveros (Amayuelas de Abajo, P). Se trata de caminos que generalmente apuntan hacia pequeñas ciudades. Ha de tenerse en cuenta que algunos pequeños vendedores ambulantes de comestibles cobraban, no en monedas o billetes, sino en huevos de gallina: tras haber recorrido una comarca, el producto de sus ventas era una carga de huevos, que podían llevar a las ciudades[18]. Un c.º de los Hueveros (Peñaflor de Hornija, VA) apunta hacia Palencia; la misma alineación lleva más adelante, a la altura de Valoria del Alcor, el nombre de c.º de los Panaderos. El mismo valor tendrá el topónimo el sendero de los Huevos (Villanueva de Duero: Sanz Alonso, 337; ya citado en el cme). A la entrada de Salamanca, viniendo de Zamora, había una venta a la que llamaban la Posada del Huevo, porque, a cambio de dejar custodiadas las caballerías de los aldeanos que venían para algún negocio a la capital durante las dos o tres horas de estacionamiento, era preciso abonar a los propietarios un huevo.

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NOTAS

[1] A ello se añaden los distintos criterios topográficos que han prevalecido en épocas sucesivas. La caminería romana, la medieval y la moderna salvan las cordilleras con diferente trazado (Menéndez Pidal, 24).

[2] En Santa Eufemia del Arroyo (VA), el camino de Quintanilla del Monte a Barcial de la Loma es también conocido como senda de Vinateros o de la Raya (Cañibano González, 18).

[3] Tal vez corruptela inducida por el servicio llamado de bagaje que, con organización provincial, conducía gratuitamente hacia 1900 a pobres y enfermos hacia destinos tales como hospitales o balnearios.

[4]«Errantes moradores de bosques sin techo» (Wordsworth, 34). En Tintern Abbey [1798].

[5]«Sus ojos estaban vueltos / hacia el sol poniente, al tiempo que con aquella vara / a sus espaldas, apuntalaba un gran y blanco fardo / que le cruzaba los hombros, con mercancía para mocitas / de aldeas solitarias o chozas perdidas» (Wordsworth, 19).

[6] Antonio Machado (166): «Desde mi rincón».

[7] Enrique de Mesa (34): «Campos de Medinaceli».

[8] Es hecho del que guarda memoria la prensa local decimonónica El Esla, 1 (83), 14/10/1860.

[9] Arcipreste de Hita (231, 531). El editor, Alberto Blecua, registra como variante de lectura vaqueros, en sustitución de la rara voz harruquero, ‘arriero’, que sin embargo encontramos bien representada en la toponimia, como se indica más abajo.

[10] Sobre la arriería burgalesa basada en la llamada «carreta serrana», que presentaba la singularidad de ser tirada por bueyes, cf. Valdivielso Arce (2000).

[11] Numerosos ejemplos: cañada de los Carreteros (Fuenterrebollo, SG); el c.º de Carreteros va de Gomeznarro (VA) en dirección al río Adaja y Olmedo, c.º Carretero, hacia Rueda (VA).

[12] La abundantísima carretería y arriería en la provincia de Madrid durante el s. xviii es estudiada por Peris Barrio (1983).

[13]C.º de los Carros (Villadangos del Páramo, LE; Salobre, LO; Torrubia de Soria, SO; Palencia, P; entre Moratinos y S. Nicolás del Real Camino, P; Monteagudo de las Vicarías, SO; Taroda, SO; Talayuela, CC; Pozuelo, CR); c.º de Carreteros (Añe, SG); c.º de las Carretas (Caleruega, BU); vereda de las Carretas (Santa Olalla del Cala, H); c.º de las Carretas (pasa por Palacios del Alcor, P, viene del norte, mtn50); c.º de las Carretas (une Medina del Campo y Olmedo; id. en Valoria la Buena, VA); carre de los Carros (Villaornate, LE); carril de las Carretas (Navalcarnero, M); c.º de los Carretones (Navalvillar de Pela, BA).

[14] Ejemplos abundantes: cuesta de los Arrieros (Argusino, ZA), fuente [de los] Arrieros (Mudrián, SG), puente de los Arrieros (Peñausende, ZA), pontón de las Arrieras (Montamarta, ZA), vado de los Arrieros (Maranchel, GU), loma de los Arrieros (Higuera, JA), c.º de los Arrieros (Villadepera y Figueruela de Abajo, ZA); Monzón de Campos; Palenzuela, P; Fuentecambrón, SO; Aceituna, CC; La Puebla de Azaba, SA; Labraza, LO; Argamasilla de Alba, CR; Villanueva de la Serena, BA). Un c.º los Arrigueros (Rabanales, ZA) parece tener el mismo origen (comunicación de Pedro Gómez Turiel).

[15] A la recría en prados y rastrojeras de potros de mula (muletos), y no a la arriería, deberán su nombre topónimos como los Mulateros (Meneses de Campos, P), majadas de los Muleteros (Albalate de Zorita, CU).

[16] En Maranchón (GU), los recoveros eran arrieros con mulas que recogían la cera de pueblo en pueblo para elaborarla (Castellote Herrero, 134).

[17] Puede tener el mismo origen el topónimo el Besugo (Mucientes, VA), junto al c.º Viejo de Villanubla, no lejos de Valladolid.

[18] Así consta, p. ej., de Valmadrigal (LE): http://www.vegasdelcondado.com/ valmadrigalrasgos.htm [consulta: 06/10/2013]. En La Ventosa de Fuentepinilla (SO), los aceiteros, que traían la carga en pellejos, solían cobrar en huevos (Vallejo de Miguel, 216).