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Los molinos y el ciclo del pan en la obra de Valle Inclán (I)

LEAL BOVEDA, José María

Publicado en el año 2014 en la Revista de Folklore número 2014.

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Los molinos y el ciclo del pan en la obra de Valle Inclán*

José María Leal Bóveda

* Este trabajo es la traducción, corregida y aumentada, al español de otro en gallego denominado: «Os muíños e o ciclo do pan na obra de Valle», publicado en Cuadrante, n.º 25, 2012, págs. 153-192 y n.º 27, 2013, págs. 119-170.

Al Club Natación Galaico en cuya biblioteca se fraguaron estas líneas

«Traca traca traca traco

Traca traca traca traco

Que así naceu a muiñeira

Unha noite non sei cando

A moa e un gran de avea

Déronse un bico nos labi…

Que non se diga meniña

Que o muiño non fai milagros

Danos o pan cada día

E ata meniños galanos»[1]

(Paco Rivas, 2012)


Introducción

Los trazos que definen la personalidad histórica y artística de Valle Inclán tienen mucho que ver con su educación familiar (y las vivencias personales que incorpora), así como la propia formación intelectual, bien de corte academicista o plasmada en experiencias vividas. En este sentido, es bien sabido que en su casa conviven dos ideologías contrapuestas pertenecientes a otros tantos mundos ideológicos enfrentados, a saber: el liberalismo, representado por la línea paterna, y el carlismo (absolutismo), encarnado en la parte materna.

Y así, en no pocas de sus obras podemos encontrar referencias a un mundo rural, tradicional, enraizado en la tierra gallega que, en definitiva, nos remite con frecuencia a una sociedad estática, de economía agraria en sus formas más tradicionales, repitiéndose las alusiones a los grupos privilegiados del Antiguo Régimen; la hidalguía y el clero, con predominio del primero, pero también las citas a los labradores y sus relaciones de dependencia con las castas anteriores. Por ello, veremos aparecer a menudo términos como mayorazgo (morgado en gallego), censos, foros, hidalgo (fidalgo), vinculero (vinculeiro), pazo, cabezalero (cabezaleiro), etc. Esto no quiere decir que Valle Inclán desconozca el nuevo mundo industrial y burgués que se consolida en su villa y comarca, Vilanova de Arousa y valle del Salnés en Pontevedra, pero lo elude o reniega de él, como luego veremos.

En este sentido, Valle ve con estos ojos a la casta hidalga, representada por don Juan Manuel:

¿Ves allá lejos un jinete? No veo nada. Ahora pasa la Fontela. Sí, ya le veo. Es el tío Don Juan Manuel. El magnífico hidalgo del Pazo de Lantañón […] Es verdad que era magnífico aquel Don Juan Manuel Montenegro. Sin duda le pareció que no acudían a flanquearle la puerta con toda la presteza requerida, porque hincando las espuelas al caballo se alejó al galope. Desde lejos, se volvió gritando: No puedo detenerme. Voy a Viana del Prior. Tengo que apalear a un escribano […] A pesar de los años, que habían blanqueado por completo sus cabellos, conservábase arrogante y erguido como en sus buenos tiempos, cuando servía en la Guardia Noble de la Real Persona. Llevaba ya muchos años retirado en su Pazo de Lantañón, haciendo la vida de todos los mayorazgos campesinos, chalaneando en las ferias, jugando en las villas y sentándose a la mesa de los abades en todas las fiestas[2].

O describe la casa de los vinculeros así:

La casa del vinculero daba también a una plaza verde y silenciosa donde algunos clérigos paseaban al sol del invierno. Tenía una gran puerta blasonada y un arco que comunicaba con la iglesia del convento, siendo paso reservado para la tribuna que aquellos hidalgos disfrutaban a la derecha del altar mayor, en la capilla del Cardenal Montenegro[3].

Hasta que comienza el bachillerato, Ramón Valle vive en esa sociedad campesina, arcaica y profundamente tradicional a la que volverá años más tarde para instalarse en Cambados y A Pobra do Caramiñal, tierras que con frecuencia fueron marco de sus tradiciones y fuente de leyendas, creencias supersticiosas, a la par que cantera de personajes de sus obras. Incluso, de aquí partirá la curiosidad de don Ramón por todo lo gallego expresada en la proyectada Historia de Galicia, en la línea de la relación que mantenía con Manuel Murguía y el regionalismo gallego[4].

En definitiva, por ejemplo, con la saga de los Montenegro, encabezada por el patriarca, don Juan Manuel, viejo hidalgo de noble pazo gallego, que contempla con impotente rabia y profunda nostalgia cómo su mundo, la arcaica sociedad que representa la Galicia decimonónica —la misma que Valle Inclán vivió de chaval— se derrumba ante el empuje de la nueva y pujante sociedad burguesa, capitalista y liberal[5].

En este contexto, no solo citará con extremo rigor conceptual los términos anteriormente anotados que definen la propiedad del Antiguo Régimen, sino que también lo hará con un elemento vital de la economía protoindustrial de esta Galicia: los molinos. Así, son constantes las alusiones a los mismos llenas de un gran conocimiento tanto de su funcionamiento, localización, etc., como del régimen jurídico-consuetudinario de los distintos tipos de propiedad que pueden tener. Pero la cosa no acaba aquí, ya que los molinos forman parte del denominado ciclo del pan, integrado por los sistemas y tipos de cultivos de los distintos cereales y de otras construcciones como son: los hórreos (graneros donde se seca y almacena el cereal y otras materias primas procedentes de la tierra), donde se guarda el grano durante todo el año; las eras, lugares en los que mediante la malla (trilla) se separa el grano de la paja, y, finalmente, los hornos o cámaras de cocción de la masa de harina fermentada para dar el pan.

Todos estos elementos están mentados en los textos de Valle con gran conocimiento de la materia en cuestión, independientemente de los usos simbólicos, y tampoco faltarán las alusiones a los rituales que lleva todo el ciclo panificador, desde que se siembra el cereal hasta que el pan sale del horno: «Una espiga tiene muchos granos que desgranar, y mucha harina que amasar, y mucho pan que dar. Y las buenas palabras —nuestra abuela decía— son espigas de la era de Dios»[6].

O en la jornada tercera de Geórgicas, cautiverio, en la que se expone: «Arde una lumbrada de tojos en la gran cocina, ahumada de cien años, que dice con sus hornos y su vasto lar holgura y labranzas. Una vieja hila sentada debajo del candil. Los otros criados desgranan mazorcas para enviar el fruto al molino…»[7].

Al tratamiento valleinclaniano de estos aspectos van destinadas las siguientes páginas.

1. Los mundos valleinclanianos. La transición del Antiguo Régimen al mundo liberal y al siglo xx en la comarca del Salnés y Vilanova de Arousa, Pontevedra

Nos parece importante referir las condiciones económicas, sociales, políticas y culturales de las tierras en las que Valle nace y vive hasta su juventud, también en la madurez y vejez, porque habrán de dejar honda huella en algunas de sus obras posteriores.

En efecto, la península del Salnés se sitúa en el sur de la provincia de Pontevedra, entre las rías de Pontevedra y Arousa, teniendo al actual Ayuntamiento de Vilagarcía como límite administrativo norte, mientras que el Grove la cierra por el sur. Representa un ámbito geográfico con una marcada influencia litoral que habrá de imponer su impronta sobre las actividades humanas que en él se den. Pero hacia el interior se nos muestra una gran diversidad geográfica fruto de la presencia de la dorsal del Castrove que desde las tierras del Deza se prolonga hacia Vilalonga, dando paisajes mixtos de fondo de valle, muy aptos para la agricultura, irrigados por el río Umia y la pléyade de regatos que en él desembocan, y el pie de monte con acusada pendiente y altitudes próximas a los 250 metros en el que los cultivos arbóreos y de viña se hacen predominantes.

En este espacio, muy humanizado desde la romanización, se dieron importantes novedades agrarias, desde la introducción de las cepas de vino albariño en la Edad Media hasta la propia del maíz, patata y los demás cultivos americanos a finales del siglo xvii. También el mar, explotado desde tiempos inmemoriales con técnicas en demasía extensivas, experimentará la tecnificación con los nuevos métodos de extracción intensiva de los catalanes desde finales del siglo xviii. La aclimatación y superación de las viejas técnicas y métodos de producción supondrán un avance en una sociedad muy masificada desde antiguo, el anquilosamiento productivo o los reveses climatológicos, por ejemplo: épocas de mucha sequía o lluvia darán como resultado la emigración hacia otras tierras. Díaz de Rábago, profesor de la Universidad de Santiago y tutor de Valle Inclán en la misma, explica las diferencias entre las artes catalanas y patrianas de esta manera: «Diferencianse los procedimientos industriales catalanes de los gallegos en los artes empleados en la pesca como en la preparación y salazón del género […]. Si más beneficioso el método catalán por arrojar mayor cantidad de grasa, es más sabrosa que la prensada la sardina blanca ó cochada, y aun hoy el país para su consumo no busca ni quiere otra…»[8].

Pero, además, los catalanes trajeron consigo nuevos métodos de explotación como el bou, prohibido posteriormente por el enorme destrozo que hacía en las crías del pescado, o la xábega que «era red barredera que arrastraba consigo la ova y cría y obraba de semejante modo que las parejas del bou»[9].

El otro arte ancestral de los patrianos era el cerco real «que pesca en superiores condiciones, pues ni maltrata la sardina, ni aniquila la cría, y cuya forma y uso fueran reglamentados de antiguo por el Gremio de pescadores de Pontevedra»[10].

Ambas artes hacían competencia desleal con el xeito y cerco real que para Díaz de Rábago era declarado «imprudentemente por la Ordenanza de Pontevedra el mejor y más útil instrumento para pescar sardina de cuantos hasta ahora se conocen, pues con ella ganan la vida todos los marineros pobres y ricos, acompañándose dos o tres individuos en una lancha ó dorna, difundiéndose la utilidad de esta pesca entre todos los matriculados»[11].

Para fechas previas al mundo liberal del siglo xix, la población de la comarca se caracteriza por tener unas elevadas densidades, en torno a los 100 hab./km² entre el xviii y el xix, un claro envejecimiento fruto de la bonanza climatológica y del desarrollo de una base agropecuaria diversificada en cultivos y sistemas, ascenso constante de la población desde el xvii hasta el xix en el que, en sus comienzos, encontramos signos de saturación y, finalmente, una emigración muy selectiva por sexos en la que el factor masculino emigra con profusión desde finales del xvii hasta bien entrado el xix. Castilla y Portugal serán los destinos escogidos con preferencia y las causas tienen que ver con los ciclos económicos. Hecho trágico este de la emigración, porque produce altas tasas de feminidad, descenso brusco de la natalidad, mortalidad y nupcialidad y aumento de los hijos ilegítimos. Aunque la esperanza de vida al nacer es alta y las tasas de mortalidad infantil son bajas, todo parece indicar que el crecimiento real de la población y el nivel de sustitución serán difíciles de conseguir[12].

En la agricultura, la nota predominante es la introducción del maíz desde el siglo xvii, perfectamente aclimatado en el xviii, que viene a sustituir al mijo (millo en gallego) o maíz menudo, del que toma el nombre, y hará retroceder todos los cultivos de cereal o de otras clases. Maíz que, una vez aclimatado, producirá una auténtica revolución en los ciclos y sistemas productivos, así como un incremento desmesurado de la población[13]. «Tenían una sonoridad antigua: eran primitivas y augustas, como los surcos del arado en la tierra cuando cae en ellos la simiente del trigo y del maíz…»[14].

Este aumento real de la producción no supuso, sin embargo, un verdadero desarrollo, sino que sirvió para mantener una población rural cada vez más densa. Asistimos a una fase de crecimiento simple que hace posible el aumento del bienestar real del campesino en función de un mal reparto del área de cultivo. Crecimiento indudable que, en consecuencia, es compatible con la insuficiencia de la mayoría. Otros cultivos que venían a sanear la economía casera eran la patata y la vid, pero estaban muy expuestos a los diferentes ciclos de plagas que los asolaban. El hambre era la consecuencia siguiente y, si venía acompañada por epidemias como el cólera o el tifus, provocados por los detritos que dejaban las mareas en las riberas de la villa y cercanías, llegaban las pandemias, como aconteció en 1853[15].

Sobre el vino, nos expone Valle que el hidalgo «don Juan Manuel tenía gran predilección por el tinto de la Fontenla, guardado en una vieja cuba que acordaba al tiempo de los franceses. Impacientándose porque tardaba en subir de la bodega, se detuvo en medio de la biblioteca: ¡Ese vino!... ¿O acaso están haciendo la vendimia? Todo trémulo apareció Florisel con un jarro que colocó sobre la mesa. Don Juan Manuel despojóse de su montecristo, y tomó asiento en un sillón: Marqués de Bradomín, te aseguro que este vino de la Fontela es el mejor vino de la comarca. ¿Tú conoces el del Condado? Este es mejor. Y si lo hiciesen eligiendo la uva, sería el mejor del mundo»[16].

En este sentido, en «Cara de plata», Comedias bárbaras, I, los segundones de don Juan Manuel golpean la puerta del mesón reclamando la presencia del dueño mientras acude La Coima:

La Coima.—¿Qué se ofrece? Cara de plata.—Apronta un jarro. La Coima.—¿Del Ribeiro o de la tierra? Don Pedrito.—Sea moro, y sea del infierno. La Coima.—Todo él es moro. Don Mauro.—¡Un jarro de cada cual, Marela! La Coima.—Don Mauro falló el pleito. Don Rosendo.—Sobra el de la tierra donde está el Ribeiro. El maragato.—¡Buenos mostos en Castilla! Don Pedrito.—A los mostos castellanos les mata el gusto a la corambre. El maragato.—¡No lo cuento yo como tacha! Don Farruquiño.—Cada vino reclama su sacramento. Rueda blanco, propio para compartir una tortilla de chorizos. Espadeiro de Salnés, bueno para refrescar en el monte, o en una romería o en juego de bolos. Ribeiro de Avia, para las empanadas de lamprea y las magras de Lugo. Cada vino tiene su correspondencia en la vida, igual que todas las cosas[17].

O en «Romance de lobos», cuando responde al caballero que desea morir en paz:

¿Quiere hacerse ermitaño el Señor Mayorazgo? Iráse el loco a reinar en sus palacios. Tendrá su manto de una sábana blanca y su corona ribeteada de papel. Tendrá su mesa con pan de trigo y cuatro odres haciendo una cruz. El uno del vino del ribeiro, el otro de vino de la Ramallosa, el otro de vino blanco alvariño y el otro del buen vino que beben los abades en la misa, y si parida, el ama de casa. Iráse el loco a los palacios del Señor Mayorazgo![18].

En la ganadería se produce también un incremento notable de la producción con predominio de las especies vacunas y de cerda en detrimento del lanar y equino. Aumento que no significará una democratización de la propiedad, ya que serán los menos los que tengan la mayor parte de la cabaña. Nobleza local y burguesía de carácter hidalgo parecen copar la posesión del censo ganadero[19] que va perdiendo connotaciones extensivas para pasar a tenerlas intensivas. Con todo, el primero de los aspectos es patente en este texto de Valle:

La molinera baja a franquearles la cancela, pero la ventera y la zagala quedan en el camino hasta que una a una pasan las ovejas, después, cuando el rebaño se extiende por la era, entran suspirando. La molinera hundía sus toscos dedos de aldeana en el vellón de los corderos. ¡Lucido ganado! ¡Lucido estaba! ¡Por acaso hiciéronle mal de ojo? ¡Todos los días muere alguna oveja! Las tres mujeres esperan bajo el emparrado de la puerta. El gallo canta subido al patín. Las gallinas siguen picoteando en la yerba y la molinera les arroja los últimos granos de maíz que lleva en la falda […] Ádega sacó las ovejas al campo. Era una noche de montaña, clara y silenciosa, blanca por la luna. Las ovejas se juntaban en la mitad del descampado como destinadas a un sacrificio en aquellas piedras célticas que doraban líquenes milenarios, la vieja y la zagala bajaron por el sendero: el rebaño se apretaba con tímido balido, y el tremante campanilleo de las esquilas despertaba un eco en los montes lejanos donde dormían los lobos. […] La vieja y la zagala al encontrarse delante del atrio, se santiguaron devotas y temerosas. Las ovejas que entraban apretándose por la cancela, derramábanse después en holganza mordiendo la hierba lozana que crecía entre las sepulturas. Las dos mujeres corrieron de un lado al otro por juntar el rebaño y luego lo guiaron hasta la fuente donde las ovejas habían de beber para que quedase roto el hechizo…[20].

En el mar se produce la llegada de los fomentadores catalanes que explotan, con métodos nuevos, los recursos pesqueros de las rías gallegas en general y en particular la de Arousa mediante el salado de la sardina y su difusión comercial en el Mediterráneo y en otras partes de la península gracias a comerciantes que inician empresas de gran empuje[21]. Con todo, la asimilación de los patrianos por los nuevos tiempos introducidos por estas gentes parece ser pronta, aunque también habría reacciones contrarias, tal y como recoge Cornide:

Vivía [se refiere a Galicia] en el seno de la paz y la abundancia. Gozaba de los frutos de su costa y suelo, sin la zozobra de perderlos en el futuro, extraíalos en naves propias a los países extranjeros y las retornaban cargadas de muchos géneros de preciso consumo, y de gruesas sumas, que aumentaban su moneda. Ignoraba las fatales consecuencias del luxo, porque no lo conocía y he aquí se presentan los industriosos catalanes, esos holandeses del mediodía, que vinculan su subsistencias en los productos de su industria, esos hombres especuladores cuyas operaciones dirige solo el interés y derramándose en varias colonias de pescadores, y traficantes por la costa, ocupan hasta la más pequeña ensenada, emprenden la ruina de su pesca, trastornan el comercio de sus naturales, dexándolos en una sujeción precaria, abusan de la sencillez de los incautos pescadores; empeñándolos en contratos que causan su ruina; y anticipándoles en vinos y aguardientes el valor de su futuro trabajo, vician sus costumbres y fomentan su ociosidad; por no pudiendo el deudor disponer de su producto, le mira con tedio y le refuta por perdido…[22].

La nueva industria se ve favorecida por la presencia de salinas en la Lanzada[23] (Sanxenxo), actividad económica que posiblemente le diera nombre a la comarca del Salnés (tierra saliniense) según Sarmiento. Aun así, la insuficiencia del volumen productivo provoca la importación de sal portuguesa de las tierras de Aveiro, Setúbal y otras.

La comercialización de los productos se hacía por mar, fundamentalmente el procedente de la industria de transformación de la pesca hacia el litoral portugués y mediterráneo, y por tierra a lomos de bestias uncidas por maragatos hacia el interior peninsular. El comercio local se realizaba por medio de una red viaria de caminos en muy mal estado y estaba sujeto a gran cantidad de impuestos de peaje, pontazgo, etc., que gravaban y dificultaban la actividad económica. Localmente, las ferias más importantes eran las de Cambados-Fefiñanes y Pontearnelas, pero la precariedad de las vías de comunicación, inexistentes o constituidas por caminos de herradura o carro en muy mal estado, impedía llegar a ellas con normalidad. En este sentido, Lucas Labrada nos advierte de que «hacia la ría de Arosa el mercado y feria fundamental era el de Cambados-Fefiñanes, importante villa marinera, pero en esta dirección o bien tenían que superar la barca de las Estacas con sus naturales limitaciones, situada en la desembocadura del río Umia, o bien remontar dicho río hasta el paso de Puente Arnelas, al aparecer con grandes deficiencias a finales del siglo xviii»[24]. El mismo autor señala que «destaca el paso de Puente Arnelas que es indispensable reedificar ya que a causa de grandes deficiencias de granos en invierno porque los carros no pueden vadearlo»[25].

… ganados de Lantaño siempre tuvieron paso por Lantañón. Perdieron el pleito los alcaldes y no vale contraponerse. Eso aún tenemos que ventilarlo. No te metas a pleito con hombres de almenas. ¡Casta de soberbios! El fuero que tienen pronto lo perdían si todos nos juntásemos. ¡No es más tirano el fuero del Rey! Ya hubo reyes que acabaron ahorcados. En otras tierras. ¡Montenegros! ¡Negros de corazón! […]. ¡Alto, compañeros! ¿Qué se ofrece? En Lantañón parece ser que ahora sacan el fuero de negar el paso a los que transitan para la feria de Viana. ¿Estáis conformes en ello? ¡Si hay ley! Ni ley ni poder para negarnos camino, tiene el Vinculero. ¡Mucho aventuras! Tanto no juego, pero habría que deliberarlo. Conforme el texto de los pasados, nos debe servidumbre el dominio de Lantañón. Eso conforme el texto de nuestros mayores. No vale contraponerse. El vinculero ganó el pleito que tenía con los alcaldes. ¡Fue mal sentenciado! Y todos a una, puestos en la de pasar, nos reímos de papeles…[26].

Incluso, la Vilanova decimonónica apenas cuenta con vías de comunicación interiores y exteriores y, en todo caso, el tránsito de personas y carros se hace por caminos de tierra que generalmente están en muy precarias condiciones, agravadas cuando llueve. Este déficit se pone de manifiesto en los numerosos intentos de las sucesivas corporaciones municipales del siglo xix por dotar al núcleo de las vías necesarias. Así, por ejemplo, en las actas del Ayuntamiento de 1848 el Pleno reconoce el estado ruinoso de los caminos y nombra a un representante por cada parroquia para que elabore un informe con sus necesidades en este sentido. Si las comunicaciones interiores estaban de esta guisa, las exteriores aún andaban peor. De este modo, la salida hacia Pontevedra por el Esteiro y el Cruceiro Novo no se podía realizar cuando subía la marea, así que el núcleo quedaba aislado. Para solucionar el atolladero, en 1851 el municipio toma cartas en el asunto y decide la construcción de un nuevo vial que desde el cruceiro de la Barca pasara por las agros de la Frada y de las Collonas, desembocara en el herbazal de Juan Alvarellos y extremo del estuario de Currás y desde aquí, con una rampa o paredón, comunicara con la iglesia de Caleiro.

Algo parecido se entresaca del libro de actas del Ayuntamiento de 1851, en el que se da cuenta de una reunión de la corporación municipal con los mayores contribuyentes. En ella se reconoce la inexistencia de viales de primer orden que comuniquen Vilanova con el distrito, con la provincia y con Vilagarcía pero, al mismo tiempo, se detalla que los gastos de apertura de estos no pueden ser asumidos en su totalidad por el Consistorio, de modo que se decide solicitar dinero al Gobierno central y a la Diputación Provincial.

Todo apunta a que los organismos oficiales no fueron muy diligentes a la hora de conceder ayudas porque en las actas de 1862 se incluye una serie de caminos que se deben realizar o reparar. Entre ellos estaban la unión con Cambados, capital del partido judicial, por Caleiro y San Miguel con la construcción de un puente sobre el río de Currás; el enlace por Caleiro y Tremoedo con la carretera de Cambados a Pontevedra; y la propia con Vilagarcía por Caleiro y San Salvador de Sobradelo. En años siguientes el estado de cosas siguió igual y el déficit de infraestructura viaria se vio incrementado, por lo que se decide en el Órgano Municipal que se apremie a los contribuyentes municipales a colaborar con prestaciones personales en el arreglo y apertura de los caminos vecinales. Atendiendo a que desde septiembre a febrero los cometidos del campo menguan considerablemente, se decide que sea en este período en el que se realicen las tareas en los caminos. Los hombres afectados por estos trabajos tenían que tener 18 años cumplidos y no pasar de los 60, y las aportaciones quedaban establecidas en tres reales por día de trabajo y ocho por carro de bueyes. Con todo, en 1859 se seguía en las mismas y se señala que en el distrito no hay «caminos de primer orden y desde luego consideran necesarios para franquear y como de segundo orden los que en esta capital se dirigen á la provincia, al Partido y á la Villa de Villagarcía en los cuales ya hai algo trabajado, pero no ahorrado el producto de dichas jornadas para los trabajos que aquellos necesitan, solo podrá llevarse á cabo con alguna subvención que para el Gobierno de la Provincia y Diputación provincial se acuerden…», y respecto de los de segundo orden se dice que «los caminos de segundo orden necesarios en el Distrito, son el que de esta villa á la capital del partido Cambados, y el de esta villa á la de Villagarcía, sin que exista en el Distrito ninguno de primer orden. Que habiéndose rectificado el padrón de prestación personal y comunicado su resultado á los vecinos, optaron por prestar este servicio personalmente, ó á medio de jornaleros por su cuenta, resultando las peonadas siguientes: de personas. 2.730; de yuntas: 1.350 y de carros: 1.338. Total 5.418 peonadas, distribuyéndose así entre las parroquias: Villanueva: 325; Bayón: 1150; Caleiro: 1203; Tremoedo: 810; András: 350; Deiro: 560 e Isla: 620»[27].

La propiedad de la tierra viene muy definida por la presencia sempiterna del foro, algo más de las tres cuartas partes de las tierras cultivadas, seguida por otras formas de tenencia como la directa o el arrendamiento a corto plazo. Siguiendo a Pérez García (1979), entendemos por foro un tipo de contrato en el que las partes concertantes configuran un régimen de aprovechamiento de la tierra en virtud de la división entre dos conceptos fundamentales: dominio directo y dominio útil. La permanencia del directo dominio en las manos de la entidad propietaria le permite controlar la propiedad a través del juego de dos conceptos fundamentales: el laudemio (derecho a percibir del aforante una parte proporcional variable del precio de las transferencias verificadas dentro de las diferentes secciones que componen un foral dependiente de la relación jurídica de los componentes de las transferencias) y la luctuosa, «solariega» y jurisdiccional (sería el pago de la mejor cabeza de ganado a la muerte de cada uno de los foreros; también podía ser fijada en forma de dinero a la muerte del rey o del cabezalero)[28].

En 1890, Josefa Montenegro y Saco, «de ochenta años, viuda y propietaria», y Dolores, ya con 50 años, viuda y propietaria, le venden a Manuel Llauger, como dueña la primera y usufructuaria vitalicia la segunda, las anteriores y siguientes rentas forales: «… diez ferrados de mediado, igual a un hectolitro, cincuenta y cinco litros y ochenta centilitros que por el foral titulado de Besada, satisfizo en lo antiguo la viuda de Manuel Leiro y hoy satisface Manuel Rial Portas[29] […] cuatro ferrados y medio de maíz y una gallina que paga José Ramón Martínez […] el foro de las Aduanas de cuatro ferrados y medio de maíz grueso y una gallina, que pagan los herederos de Ciferiano Vidal. Radican los predios forales en la parroquia de San María de Caleiro. Hizo ambas adquisiciones D. Francisco Peña, durante su matrimonio con la Dª Josefa Montenegro y Saco. En el testamento cerrado que ambos cónyuges otorgaron por ante mi [por el notario de Cambados, Pedro Sánchez López] en dieciocho de diciembre de mil ochocientos sesenta y nueve, abierto por el Sr. Juez de primera instancia del partido y de su orden protocolariado en mi registro de instrumentos públicos del año de mil ochocientos ochenta y dos, bajo el número cincuenta y nueve de orden, con el cual falleció el testador D. Francisco Peña el día treinta y uno de marzo de aquel año, han hecho los mismos cónyuges división de sus bienes entre sus hijos D. José y Dª Dolores, y en ella adjudicaron a Dª Dolores, para después del fallecimiento del otorgante sobreviviente, las dos porciones de renta foral expresada, haciendo designación de ellas de esta manera: la viuda de Manuel Leiro, por el foral de Besada, diez ferrados de mediodía, José Ramón Martínez, cuatro ferrados y medio de maíz y una gallina. Por estos títulos pertenecientes como va dicho, en usufructo vitalicio a Dª Josefa Montenegro y Saco y en nuda propiedad a su hija Dolores Peña Montenegro; y aunque han pagado oportunamente el impuesto de Derechos reales, no las inscribieron hasta ahora a su favor en el Registro de la Propiedad…».

Por estas partidas de renta foral citadas, Manuel Llauger tuvo que pagar un total de seiscientas sesenta y cinco pesetas, a las que hay que sumar 1290 de la compra anterior, que suponían un total de 1955. Según datos aportados por Artiaga Rego para las comarcas de Tui y Santiago, esta cantidad se podía considerar bastante alta. La escritura se formalizaba en 1890 delante de Manuel Abalo Oubiña y Manuel Pérez Rodríguez, que actuaban como testigos[30].

En estas, la propiedad está muy desigualmente repartida y nos recuerda Eiras Roel (1969) que a comienzos del xviii la Iglesia conservaba entre el 62 y el 81 % de la propiedad del suelo, en las distintas parroquias que componían el territorio de Vilanova de Arousa[31]. Por su parte, García Fernández (1975) nos señala que antes de las desamortizaciones del xix la mitra compostelana era propietaria en la misma proporción anterior[32]. El resto quedaba en las manos de los hidalgos y, mucho menos, en las de los labradores. Aun así, el régimen foral es más duro en el estamento laico, hidalgo, que en el alto eclesiástico y consigue una ratio media que duplica claramente a la que imponen los principales monasterios de la comarca[33] que, si bien marcan dominio jurisdiccional, apenas cuentan con propiedad foral en la zona en cuestión. Por el contrario, el clero regular sí acumula rentas forales y tiene en ellas una importante fuente de ingresos que destina a la construcción, consumo y caridad.

Resumiendo, la organización social del Antiguo Régimen en la comarca del Salnés se caracterizaba por el inmovilismo propio de una sociedad estamental, con pertenencia a una casta u otra por sangre o cuna. Dentro de este panorama se hacen patentes el mundo rural y la posesión y distribución de la riqueza de origen agrario. En efecto, nobles absentistas, hidalgos de pazo (palacio rural e incluso urbano) y eclesiásticos de muy desigual rango son los titulares de grandes patrimonios agrarios constituidos básicamente por rentas de la tierra e ingresos diezmales y forales, sin perder por completo viejos privilegios señoriales. Pero la novedad más importante del Antiguo Régimen gallego es la aparición de la hidalguía intermediaria, con unos patrimonios ya plenamente constituidos desde mediados del xvii, que deja una fuerte impronta económica, social, política, espacial y cultural en el Salnés. Además de las rentas, los hidalgos disponían de tierras alrededor de sus casas y pazos, y, así como los monasterios tenían amortizada su riqueza, los hidalgos la tenían bajo el régimen de mayorazgo[34]. El destino que los rentistas daban a sus ingresos era, principalmente, el consumo diario o suntuario, la compra de tierras y rentas, o la acumulación de grano que les reportaba grandes cantidades de dinero destinado posteriormente a la especulación en este mercado.

El tío Don Juan Manuel quiere que le acompañes [le dice Concha al Marqués de Bradomín]. ¿Te lo ha dicho? Mañana es la fiesta del Pazo: San Rosendo de Lantañón. Dice el tío que te recibirán con palio. Don Juan Manuel asintió con un ademán soberano: Ya sabes que desde hace tres siglos es privilegio de los Marqueses de Bradomín ser recibidos con palio en las feligresías de San Rosendo de Lantañón, Santa Baya de Cristamilde y San Miguel de Deiro. ¡Los tres curatos son representación de tu casa! ¿Me equivoco, sobrino? [Dice Concha refiriéndose al Marqués de Bradomín:] ¡Supiera al menos cómo se compone el blasón de la noble casa de Montenegro! [Dice don Juan Manuel en alusión al mentado blasón:] ¡Como que es el más ilustre de los linajes españoles! Españoles y tudescos, sobrina. Los Montenegro de Galicia descendemos de una emperatriz alemana. Es el único blasón que lleva metal sobre metal: Espuelas de oro en campo de plata. El linaje de Bradomín también es muy antiguo. Pero entre todos los títulos de tu casa: Marquesado de Bradomín, Marquesado de San Miguel, Condado de Barbanzón y Señorío de Padín, el más antiguo y más esclarecido es el Señorío. Se remonta hasta Don Roldán, uno de los Doce Pares…[35].

Leal Bóveda (1998), en un estudio sobre los hórreos de la comarca de Caldas de Reis, señala que las construcciones más volumétricas y de mejor factura constructiva pertenecían precisamente a las casas nobles, de hidalgos, a las rectorales parroquiales, ya que necesitaban grandes graneros donde almacenar el fruto de su rapiña sobre los labradores. Hórreos señoriales como los de los pazos del Rial, A Moroza, Cabido, Fontán, Vista Alegre, Sobrán, Barrantes, Señoráns de Arriba, Gondarei de Arriba, etc., así lo atestiguan[36].

Hay nueve leguas de jornada y malos caminos de herradura, trasponiendo el monte. Adelantó su mula para enseñarme el camino, y al trote cruzamos la quintana de San Clodio, acosados por el ladrido de los perros que vigilaban en la eras atados bajo los hórreos…[37].

El clero, por el contrario (como se especificó), destina estos ingresos a las construcciones y a las limosnas, contribuyendo a dar estabilidad al sistema. Por otra parte, hay que destacar el predominio del clero como titular de señoríos y la escasa importancia del reguengo.

Los campesinos trabajadores, entre el 60 y 70 % de la población considerada, tenían que hacer frente, pues, a una elevada y variada cantidad de detracciones de sus ingresos, fueran rentas, diezmos o primicias, siendo sus condiciones cotidianas de vida poco satisfactorias. Esta sociedad tradicional no estaba exenta de pequeños y grandes conflictos. Los primeros solían resolverse en las justicias locales o en la Audiencia coruñesa. Entre los de mayor relevancia y de carácter permanente durante el Antiguo Régimen, pueden señalarse los relacionados con asuntos jurisdiccionales o señoriales, como pago de la luctuosa y de otro tipo, de los que los campesinos luchaban por liberarse. Pleitos más singulares son los constituidos por la polémica de los despojos de mediados del siglo xviii[38]. Charlín Pérez (2000), muy atinadamente, da cuenta de los pleitos y revueltas en la Galicia de Valle Inclán haciendo hincapié en la costumbre tan enraizada que tenían los gallegos de acudir a la justicia o cómo los hidalgos, personalizados en la figura de don Juan Manuel o en la de su bisabuelo, la tomaban por su mano[39].

Por lo alto de la cuesta, trotando sobre un asno, asomaba un jinete y todos reconocieron al escribano Malvido. Cuentan que entonces mi bisabuelo se volvió a las cavadores que estaban en la heredad: Tengo la escopeta cargada con postas. ¿Alguno de vosotros quieres hacer un buen blanco? Al pronto todos callaron. Luego destacóse uno entre los más viejos: El gavilán vuela siempre sobre el palomar. Uno se mata y otro se viene. ¿No queréis aprovechar la carga de mi escopeta? Respondieron varias voces con ahínco: ¡Somos unos pobres señor mayorazgo! ¡Cativos de nos! ¡Hijos de la tierra!

Águeda la del Monte se levantó con el regazo lleno de piedras: ¡Las mujeres hemos de sepultar a los verdugos! El escribano mirando tanta gente en el camino, iba a torcer por un atajo, pero mi bisabuelo parece ser que le llamó con grandes voces: Señor Malvido, acá le estamos esperando para hacer una buena justicia. Respondió el otro muy alegre: ¡Falta hace señor mayorazgo! ¡Esa gente es contumaz! Se acercó trotando. Mi bisabuelo, muy despacio, echóse la escopeta a la cara: Cuando le tuvo encañonado le gritó: ¡Esta es mi justicia, señor Malvido! Y de un tiro le dobló en tierra con la cabeza ensangrentada. Águeda la del Monte se arrodilló con los brazos bien abiertos, al pie de mi bisabuelo, que posó su mano blanca sobre la cabeza de la centenaria, y le dijo: ¡Buena leche me has dado, madre Águeda![40].

La organización administrativa del Antiguo Régimen, previa a la Constitución de Cádiz de 1812, presentaba una gran diversidad según fueran los propietarios de las tierras en cuestión. Así, podía haber propiedades del rey, de los señores eclesiásticos y civiles, de las iglesias o monasterios o de los propios vecinos. El origen de estos cotos y jurisdicciones se remonta a la Edad Media según López Ferreiro, quien apunta que los cotos de las iglesias y monasterios formaban un término cerrado, alrededor de una iglesia o convento, y sus moradores eran considerados vasallos de dichas instituciones que los regían y administraban por medio de un juez o mayordomo, designado por el superior de la comunidad. Respecto de la jurisdicción señorial, vemos que eran territorios que aquellos adquirían, tanto por herencia, donación, compra o contrato, y administraban con autoridad propia nombrando jueces, mayordomos y escribanos.

Todo parece indicar, según Miñano, que esta diferencia entre cotos eclesiásticos y señoriales desaparece en la Edad Moderna y se le da el nombre de jurisdicción a los que comprenden más de una parroquia, y de coto a los que solo tienen una. Aunque, en realidad, esta distinción no era tan exacta como pareciera desprenderse de las líneas anteriores, pues lo cierto es que en la provincia de Pontevedra existían cotos con más de una parroquia y jurisdicciones con una sola. Así, tanto en un caso como en otro no había la teórica división de poder, puesto que, en el ámbito local, jueces y alcaldes entendían de todas las causas civiles y criminales y de todo lo perteneciente al gobierno político y económico de su jurisdicción. Tan solo tenían como ente superior a la Audiencia de Pontevedra.

Jueces y alcaldes eran nombrados por los señores jurisdiccionales, civiles o eclesiásticos por un período de tres años y, generalmente, eran personas acomodadas, con cierto grado de formación básica. Desde luego, tendían a perpetuar el poder finisecular de las estructuras pudientes. Este será el panorama tan disgregado que encuentre Floridablanca en el siglo xviii cuando elabore la división administrativa preliberal en la que Galicia queda de esta forma: una provincia-reino, como circunscripción político-administrativa de primer grado; siete provincias, como ámbitos territoriales de representación que abarcan siete principales ciudades gallegas, y una subdivisión provincial en jurisdicciones y cotos, compuestos a su vez por entidades más pequeñas: las parroquias.

En este caso, Vilanova de Arousa aparece ya como jurisdicción propia separada de la antigua de la Lanzada. En ella se integran las parroquias de Godos, de señorío real, Paradela, Briallos y Bamio, de señorío de abadengo y jurisdicción común del arzobispo de Santiago; Lois, de señorío de abadengo y secular y jurisdicción común en las manos del arzobispo de Santiago y de Antonio Troncoso; la Isla, de señorío eclesiástico y jurisdicción común por el monasterio de San Martiño Pinario y la Orden de San Benito; San Tomé del Mar se hace cargo de Deiro, de señorío secular y jurisdicción común en las manos del marqués de Monte Sagrado, y, finalmente, las parroquias de András, Baión, Caleiro, Tremoedo y Vilanova, con señorío de abadengo y jurisdicción común por el arzobispo de Santiago.

Las cosas van a volver cambiar cuando se elabore el Catastro de Ensenada allá por el año 1750, fecha que marca el germen del nacimiento de lo que podríamos llamar ayuntamientos. Así, a pesar de que es cierto que los jueces comunes siguen siendo nombrados por los señores, hay casos en los que el común de los vecinos hace lo mismo con los procuradores, regidores, concejales, mayordomos, jueces o regidores pedáneos de las parroquias. Con todo, la realidad queda como sigue: la Isla tiene un alcalde-juez de coto con atribuciones plenas de un corregidor en materia de justicia y gobierno, y Vilanova se convierte en jurisdicción, dividida en catorce parroquias bajo la tutela del señorío del arzobispo de Santiago, quien nombra jueces comunes, escribanos y regidores. El procurador general era nombrado por los vecinos de las parroquias, que también tenían mayordomos pedáneos.

La jurisdicción quedaba integrada por las parroquias citadas anteriormente, a las que se añadirán los cotos de Congrallo, Paradela del Monte, Barrantes, Paraíso y Pazo del Monte, que no formaban parroquia sino que eran una parte de ella. El conjunto se completaba con Santo Antolín de Toques, perteneciente a la parroquia de San Miguel de Agra, hoy en el ayuntamiento de A Golada[41].

En lo que respecta a la cultura, es la época de los pensadores ilustrados como Cornide, Labrada, Sánchez o de las sociedades económicas que vienen a verter luz sobre los viejos atados medievales acopiados en los monasterios y a poner en cuestión este mundo de privilegiados y no privilegiados.

En resumen, estos son los posos de un entramado, el del xviii y comienzos del xix, arcaico, rural, inmóvil, que habrán de permanecer hasta bien entrado el régimen liberal decimonónico.

A Vilanova todo llega tarde, y así se puede decir que permanece casi al margen de avances económicos o sociales importantes, o que algunos tardaron muchos años en implantarse, cuando en España ya llevaban tiempo en vigor. Véanse las propias reformas liberales del siglo xix. En efecto, mientras que en el estado español el Antiguo Régimen pasaba a mejor vida, en Galicia, y por extensión en tierras vilanovesas, seguirán perviviendo instituciones, usos y formas de vida ya finiquitadas. Ciertamente, el nuevo estado liberal posibilitó la desaparición de señoríos, monasterios, diezmos, reinos, gremios, cofradías, etc., y trajo nuevas formas de vida próximas al capitalismo viviente por Europa. Ahora todo cambia, y asistimos a nuevos modos de producción, otros tipos de tributación, una nueva constitución, y a la desaparición de la antigua sociedad estamental.

Pero bien es cierto que estos cambios tardarían en hacer fortuna por nuestras tierras, ya que, en opinión de Ramón Villares, lo impidieron la fortaleza de la sociedad tradicional gallega de amplia base hidalga, la propia debilidad del estado liberal español, la inexistencia de una burguesía liberal propiamente gallega y el error de un carlismo incapaz de defender una personalidad histórica propia. Aquel Carlismo al que K. Marx definía así:

El carlismo no es puro movimiento dinástico y regresivo, como se empeñaron en decir y mentir los bien pagados historiadores liberales. Es un movimiento libre y popular en defensa de tradiciones mucho más liberales y regionalistas que el absorbente liberalismo oficial, plagado de papanatas que copiaban a la Revolución Francesa. Los carlistas defendían las mejores tradiciones jurídicas españolas, las de los Fueros y las Cortes legítimas pisoteadas por el absolutismo monárquico y el absolutismo centralista del Estado liberal. Representaban la patria grande como suma de las patrias locales, con sus peculiaridades y tradiciones propias [...] El tradicionalismo carlista tenía unas bases auténticamente populares y nacionales de campesinos, pequeños hidalgos y clero, en tanto que el liberalismo estaba encarnado en el militarismo, el capitalismo (las nuevas clases de comerciantes y agiotistas), la aristocracia latifundista y los intereses secularizados, que en la mayoría de los casos pensaban con cabeza francesa o traducían, embrollados de Alemania...[42].

Con todo, tenemos, en la segunda mitad de siglo xix, una amalgama donde se mezclan características propias del Antiguo Régimen con las realidades de los nuevos tiempos[43]. En efecto, varias son las notas que caracterizan el siglo xix en Galicia y Vilanova. Así, tenemos que se mantienen en vigor determinados trazos de la sociedad tradicional descrita para el xviii, sobre todo en el mundo rural, la industrialización va penetrando (pero lentamente) e incluso podemos hablar de un cierto proceso desindustrializador, la emigración hacia América cobra tintes dramáticos, el retraso agrario es patente (tal y como anota Pardo Bazán en Los pazos de Ulloa), la industria apenas existe (si exceptuamos la relacionada con la explotación del mar) y el caciquismo político adquiere su máxima expresión.

La quiebra del Antiguo Régimen comienza a producirse con la invasión francesa, pero subsiste bajo el brazo de hierro del absolutismo fernandino y, excepto el bastión liberal de A Coruña, todo el país gallego será un nido tradicionalista, de ahí que las guerras carlistas tengan en Galicia un campo abonado para las facciones del pretendiente a la corona, don Carlos. Aun con esas, el brote liberal va prendiendo poco a poco y comienza a notarse en la nueva planta administrativa de Javier de Burgos que elimina las jurisdicciones e implanta los ayuntamientos liberales. Las desamortizaciones de Mendizábal y Madoz, y la puesta en circulación de las tierras que anteriormente estaban en régimen de manos muertas, son la característica económica por excelencia del xix.

En lo que alcanza a la población, sigue creciendo como en el Antiguo Régimen pero en menor medida y, dado el retraso rural con unos sistemas productivos basados en la enorme utilización de la mano de obra en detrimento de la capitalización y mecanización, traerá consigo la salida hacia ultramar de enormes cantidades de brazos que habían debido mantener la natalidad y la productividad en nuestras tierras y no en la otra orilla del Atlántico. Para colmo, a finales del xix, ya con evidencias desde la década de los 70, nos llega la crisis finisecular provocada por una revolución, la de los transportes y sistemas de producción agraria intensivos en los nuevos países de las Américas y Australia, con lo que Galicia no puede competir por lo dicho. Los cereales del otro lado del mar llegarán a nuestras costas a precios muy por debajo de los que nosotros podemos ofrecer, y eso acabará por hundir un sistema agrario abocado al fracaso en el que tan solo se salvará el sector ganadero gracias a las exportaciones hacia Inglaterra y Portugal. En la costa, las industrias de transformación de la pesca mantienen el tipo, con especial predominancia en Vilanova dentro del Salnés, y la llegada del ferrocarril hará que estos productos, e incluso los frescos, se puedan poner en el interior de la meseta en tiempos hasta ahora inimaginables. En definitiva, la estructura económica de la Galicia del xix, como reflejan los datos de comercio exterior, está definida por su escasa integración mercantil y por basarse en la exportación de materias primas e importación de productos manufacturados o suntuarios[44].

En lo social, persiste la vieja estructura piramidal de castas en la que los hidalgos son la cumbre de la misma, más por seguir manteniendo grandes niveles de rentas que por cuestiones territoriales, pero no se adaptarán a los nuevos tiempos y fenecerán como grupo social a finales del xix[45]. Mientras tanto, acabarán imponiéndose a una burguesía foránea industrial y comercial con la que incluso emparentarán. Véase el caso de los Peña con los Goday[46].

Políticamente, la vida gallega se va a articular alrededor de las nuevas instituciones liberales: Diputaciones Provinciales, gobernadores civiles, ayuntamientos. Se abren nuevos cauces de participación con el sufragio censitario que permite votar a aquellos contribuyentes más adinerados; por ejemplo y por esta razón, en Vilanova, Juan del Valle y Manuel Goday son los primeros electores[47]. A partir de la revolución de 1868, todo comienza a girar con más rapidez y aparecen las primeras tomas de conciencia política en las proclamas juntistas, y en diversas experiencias obreristas y cooperativistas del mundo rural de ese mismo año y con la Primera República nos llega la primera ley de redención de foros, pero con la restauración borbónica vuelve otra vez el caciquismo y la arbitrariedad a la vida municipal[48].

Gobernaban a la sazón el país dos formidables caciques, abogado el uno y secretario el otro del Ayuntamiento de Cebre: esta villita y su región comarcana temblaban bajo el poder de entrambos. Antagonistas perpetuos, su lucha, como la de los dictadores romanos, no debía terminarse sino con la pérdida y muerte del uno. Escribir la crónica de sus hazañas, de sus venganzas, de sus trapisondas, fuera cuento de nunca acabar. Para que nadie piense que sus proezas eran cosa de risa, importa advertir que alguna de las cruces que encontraba el viajante por los senderos, algún techo carbonizado, algún hombre sepultado en presidio para toda su vida, podían dar razón de tan encarnizado antagonismo.

Conviene saber que ninguno de los dos adversarios tenía ideas políticas, dándoseles un bledo de cuanto entonces se debatía en España; mas por necesidad estratégica, representaba cada cual una tendencia y un partido: Barbacana, moderado antes de la Revolución, se declaraba ahora carlista; Trampeta, unionista bajo O´Donnel avanzaba hacia el último confín del liberalismo vencedor[49].

Una de las novedades más importantes del siglo xix gallego fue la recuperación cultural que supuso el empleo literario de su lengua y la reivindicación de una organización política específica, predicada desde la época provincialista de los años cuarenta hasta los regionalistas finiseculares. El provincialismo va ligado al levantamiento de 1846, en el que participó activamente, al que se le añaden posteriormente ideales progresistas y democráticos como los de Pondal. La elaboración de un corpus teórico coherente y la articulación política de Galicia es obra, sin embargo, de las diversas tradiciones reunidas en el rexionalismo. La del federalismo, por un lado, expresado en el proyecto de Constitución de 1887; la del progresismo liberal, por el otro, defendido por Manuel Murguía, y la del conservadurismo de filiación católica, en tercer lugar, expresada en la obra de Brañas y en sus propuestas de descentralización regional[50].

En este sentido, el Santiago de Compostela de hace algo más de un siglo vivía la eclosión del movimiento regionalista gallego. La prensa compostelana de la época recoge la atmósfera de exaltación regionalista tanto en su tendencia progresista, encabezada por Manuel Murguía, como conservadora-tradicional, liderada por Alfredo Brañas, dos de las personalidades más significativas desde el punto de vista ideológico del referido movimiento. Ambos relacionados con Valle Inclán, aunque de distinta manera. Valle Inclán, estudiante universitario, no podía ser ajeno a aquella efervescencia regionalista. En este ámbito, pues, hay que situar el contacto con la segunda de las grandes figuras del movimiento: Alfredo Brañas.

De su mutuo conocimiento no hay duda, ya que Brañas cita a tres miembros de la familia Valle Inclán (don Ramón Valle y sus dos hijos, Carlos y Ramón) en su libro El regionalismo (1889), para indicar su vinculación al movimiento que lidera. Por si esto fuera poco, la relación entre el nuevo Valle y Brañas se establece por triple vía. En primer lugar, fue alumno del eminente profesor en la Facultad de Derecho. Segundo, Brañas dirigió durante algún tiempo El País Gallego, en el que colaboraron Carlos y Ramón Valle. La última vía de contacto tiene que ver con Joaquín Díaz de Rábago, miembro de la Unión Católica, amigo del profesor de Derecho y tutor del estudiante universitario, quien por entonces participaba en las actividades del Círculo de la Juventud Católica de Santiago, presidido en 1886 por el catedrático compostelano, siendo su vicepresidente Vázquez de Mella. Valle Inclán llegaría a presidir —en 1919— el Círculo Católico de Obreros de A Pobra do Caramiñal, un tipo de agrupaciones nacidas bajo la tutela de Alfredo Brañas como diques de contención del sindicalismo de clase.

La influencia del pensamiento tradicionalista de Brañas sobre Valle Inclán no es un hecho fácilmente comprobable, en tanto que no se sabe de ninguna manifestación explícita que lo corrobore. No obstante, los datos apuntados inclinan a considerarla muy factible, aunque se trata de una deuda que fructifica más tarde, coincidiendo con la aproximación del escritor al carlismo[51]. Sobre la evolución del ideario de Valle volveremos más adelante.

Por lo que atañe a las características locales del siglo xix, diremos que están estudiadas por Leal Bóveda (2000)[52] y podemos resumirlas en lo siguiente: cuenta el ayuntamiento con una población, numerosa para esas fechas, de 5784 habitantes, de los que 856 pertenecen a Vilanova núcleo, con tendencia a la reducción de la misma por una bajada en las tasas de natalidad y una constante y sangrante emigración hacia los países de ultramar (Argentina, Cuba, Venezuela, Brasil, Uruguay). Las densidades más altas se localizan en el barrio del Castro, donde se instalan la mayor parte de las fábricas de salazón. La estructura profesional está dominada por los oficios relacionados con el mar, entre los que destacan los denominados fomentadores (empresarios catalanes afincados en nuestras costas para explotar la industria de transformación de la pesca y negociar con el mercado de paños, licores, etc.), luego le siguen labradores, profesionales liberales, etc.

Madoz nos advierte de que el ayuntamiento tiene dos actividades económicas básicas: la agricultura y la pesca con su industria derivada. Sobre la primera, se hace mención a los cultivos de cereales, patatas, vid, legumbres, hortalizas, frutas e incluso se da cuenta de una cierta cabaña ganadera de importancia con especies porcinas, bovinas, mular y caza de conejos y liebres. Se trata de una agricultura muy rudimentaria, casi de subsistencia, adolecida de la pervivencia del foro que lastra las depauperadas economías de los grupos no privilegiados.

Esa plata que nos hemos repartido es una miseria… ¿Pero y el trigo, y el maíz, y el centeno? Las trojes hoy están vacías, y no hace una semana estaban llenas, porque mi madre [se refiere a dama María, mujer de don Juan Manuel] había cobrado los forales de András y de Corón. ¿Quién la ha robado?[53].

Las referencias a los hórreos como parte integrante de las construcciones de pan son evidentes en este pasaje. Los hórreos gallegos, «piornos» en la comarca, a partir del siglo xvii adquieren grandes proporciones fruto de la introducción de la piedra en su factura, hecho provocado por la extensión del foro que hace que los poderosos rapiñen los insignificantes excedentes de la mayoría.

Estamos en tiempo otoñal, generoso y dorado, después de vendimias y espadelas. Llegan por el camino los pagadores de un foral. […] Llegan a la cancela los pagadores del foral de András: Posan al arrimo del muro los costales de piel de carnero. Se adelanta el viejo que lleva la cabezalería. […] Los llevadores del foral de András, que venimos a pagar el dominio. […] Pregunta el amo si traéis fruto o dinero. Fruto y dineros. Y preguntamos ahora nosotros a cómo nos pone mi amo el ferrado de trigo, medida del Deán[54].

La temporalidad del foro comenzó a ser puesta en entredicho por los intermediarios foreros-subforistas ya desde el siglo xvii; pero no fue hasta mediados del xviii cuando tuvo lugar un conflicto que marcó profundamente la institución foral. Se trata de la polémica de los despojos o de la renovación forzosa de los foros a favor de los primitivos foreros. Esta polémica, que enfrentó a una parte de la alta nobleza e Iglesia regular con la hidalguía y el campesinado, fue resuelta por la provisión de Carlos III de 1763, que suspendía provisionalmente los pleitos judiciales establecidos por los dominios directos ante la Audiencia de Galicia. Esta decisión carolina supuso, con el añadido de otras disposiciones posteriores en la misma dirección (1767, 1768 y 1785), convertir al foro en una figura jurídica indefinida, ni temporal ni perpetua. Las consecuencias de esta temporalidad perpetua fueron que las rentas forales no se podían modificar, ni tampoco eliminar mediante el expediente de la redención, como desde 1805 se pudo aplicar a los censos enfitéuticos.

La legislación liberal, desde el decreto abolicionista de 1811 hasta el Código civil de 1889, pasando por las disposiciones desamortizadoras, osciló entre la elusión del problema foral, la remisión a ley posterior o su asimilación a propiedad particular. El foro continuó, pues, en vigencia durante todo el siglo xix, convirtiéndose los foros de Galicia y Asturias en un tema de constante debate jurídico, político y social. Estos se centraban, especialmente, en la vía de extinción del sistema foral mediante indemnización al dominio directo por parte del dominio útil, lo que dio lugar a la elaboración de diferentes proyectos de redención, como los de Pelayo Cuesta (1864), Paz Novoa (1873) y Montero Ríos (1886), entre otros. Tan solo el de Paz Novoa, en el contexto favorable de la Primera República, alcanzó su puesta en práctica por espacio de seis meses.

La desaparición del foro no tuvo lugar, pues, hasta el siglo xx, aunque no fue un acontecimiento repentino. Desde finales del xix, comenzó un lento proceso de redención de foros mediante acuerdos particulares, que se aceleró en la década de los años 1910-1920 y que el decreto ley de 1926 acabó de regular, estableciendo las condiciones en que habría de efectuarse la redención de las rentas forales existentes, que aún eran cuantiosas. Pero, a la altura de 1963, ya se pudo decretar la supresión definitiva de la institución territorial de Galicia.

A pesar de las diferentes leyes y decretos de redención foral ya anotados, la última de 1926, en plena dictadura de Primo de Rivera, lo cierto es que (con otras denominaciones) se continuó cobrando hasta bien entrados los años 30. Como ejemplo de cobro de las rentas forales previas a 1926, podemos aportar estos datos: «Rentas de los herederos de don Javier Silva de Castroverde. Nº 24. Pagó Francisco Tourís y consortes por el foro Leiriña da serventía 2 ferrados y tres concas de trigo, 14 concas de centeno, un ferrado de maíz y ocho reales en dinero, renta vencida en el San Martín de 19 […] Villajuan, 13 de Abril de 1921»[55]. Firmaba el recibo C. Torre.

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NOTAS

[1] «Traca traca traca traco. Traca traca traca traco. Que así nació la muñeira [danza tradicional gallega que se baila girando un grupo de personas]. Una noche no sé cuándo. La muela [pieza redonda con un hueco en el centro, de piedra que gira sobre otra fija, pie, produciendo la molturación del grano] y un grano de avena. Se dieron un beso en los labios. Que no se diga muchacha. Que el molino no hace milagros. Nos da el pan cada día. Y hasta niños hermosos».

[2] En Sonata de otoño, págs. 485-486, vol. I. En adelante, todas las referencias literarias pertenecen, salvo que se apunte obra específica, al trabajo: Ramón María del Valle Inclán. Obra completa, 2 vol. Víctor GARCÍA DE LA CONCHA, director. Espasa Calpe, Madrid, 2007.

[3] En Los cruzados de la causa. La Guerra Carlista I, vol. I, pág. 707.

[4] En http://bib.cervantesvirtual.com/portal/catedravalleinclan/ [consulta: 10/11/2014].

[5] Ibídem.

[6] En Geórgicas, vol. II, pág. 1141.

[7] Ibídem, pág. 1160.

[8] DÍAZ DE RÁBAGO, Joaquín: La industria de la pesca en Galicia. Estudio sociológico. Fundación Pedro Barrié de la Maza. Conde de Fenosa. Gaesa, La Coruña, 1989, pág. 17.

[9] Ibídem, págs. 17-18.

[10] Ibídem, pág. 19.

[11] Ibídem, págs. 18-19.

[12] PÉREZ GARCÍA, Juan Manuel: Un modelo de sociedad rural de Antiguo Régimen en la Galicia costera: la Península del Salnés (Jurisdicción de la Lanzada). Universidade de Santiago de Compostela, 1979, págs. 62-63 y 148-149.

[13] LEAL BÓVEDA, José María: As construcións do ciclo do pan na Mariña de Lugo. Excma. Deputación de Lugo, Lugo, 2013.

[14] En Sonata de invierno, pág. 526, vol. I.

[15] Proceso narrado por LEAL BÓVEDA, José María: Breves apuntamentos para a Historia gráfica de Vilanova. Bañosprint, 2011, pág. 59.

[16] En Sonata de otoño, vol. I, pág. 492.

[17] En «Cara de plata», Comedias bárbaras, I, vol. I, pág. 295.

[18] En «Romance de lobos», vol. II, pág. 509.

[19] PÉREZ GARCÍA, Juan Manuel: ibídem, págs. 81-82.

[20] En Flor de santidad, vol. I, págs. 622-623.

[21] VILLARES PAZ, Ramón. Textos e materiais para a historia de Galicia. Textos Enseñanza/Crítica. Barcelona, 1990, pág. 99.

[22] CORNIDE, J.: Memoria sobre la pesca en Galicia. Madrid, 1774, págs. 59-60.

[23] LEAL BÓVEDA, José María: Breves apuntamentos para a memoria gráfica de Vilanova. Bañosprint, 2011, págs. 12-16.

[24] LUCAS LABRADA, J.: Descripción económica del Reino de Galicia. Ferrol, 1804. Reed. Galaxia, 1971, pág. 169. Citado por PÉREZ GARCÍA, Juan Manuel: ibídem, págs. 135-136.

[25] PÉREZ GARCÍA, Juan Manuel: ibídem, pág. 136.

[26] En Cara de plata, vol. II, págs. 273-274.

[27] Libros de actas del concejo, año 1859. Recogido por LEAL BÓVEDA, José María: ibídem, pág. 69.

[28] PÉREZ GARCÍA, Juan Manuel: ibídem, págs.13-14.

[29] Como ya quedó indicado, este foro perteneció al expriorato de Vilanova de Arousa, dependiente de los benedictinos de Santiago, cuyas propiedades fueron vendidas en las desamortizaciones una vez suprimida la orden.

[30] LEAL BÓVEDA, J. M.ª; VENTOSO MARTÍNEZ, José: «Das Desamortizacións á crise finisecular. O periclitar da fidalguía galega —o caso dos Peña Cardecid e Saco Bolaño— e a venda dos foros do “Agro das Sinas” por Valle Inclán en 1923 en Vilanova de Arousa», en Cuadrante, n.º 22, 2011, págs. 105-107.

[31] EIRAS ROEL, A.: «Un vecindario de población y de estadística en el siglo xviii», en Cuadernos de Estudios Gallegos, 1969, tomo XXIV, págs. 489-527.

[32] GARCÍA FERNÁNDEZ, Jesús: Organización del espacio y economía rural en la España atlántica. Siglo xxi, Madrid, 1975.

[33] PÉREZ GARCÍA, Juan Manuel: ibídem, pág. 39.

[34] VILLARES PAZ, Ramón: Textos e materiais para a Historia de Galicia. Enseñanza/Crítica. Crítica, Barcelona, 1990, págs. 99-100.

[35] En Sonata de otoño, vol. I, págs. 492-493.

[36] LEAL BÓVEDA. J. M.ª: Os hórreos da Terra de Caldas de Reis. Deputación de Pontevedra, Vigo, 1998, pág. 58. Este autor también da cuenta de cómo el labrador llena su hórreo de paja, como sinónimo de hartura, cuando es preciso encontrar pareja para algún hijo o hija.

[37] En Sonata de otoño, vol. I, pág. 459.

[38] VILLARES PAZ, Ramón: ibídem, pág. 100.

[39] CHARLÍN PÉREZ, F. Xavier: «Preitos e revoltas na Galicia de Valle Inclán», en Cuadrante, n.º 5, 2000, págs. 5-36.

[40] En Mi bisabuelo. Jardín umbrío, vol. I, págs. 282-283.

[41] FARIÑA JAMARDO, Xosé: Orixe, nacemento e evolución dos concellos pontevedreses. Deputación de Pontevedra, 1996, págs. 9-52.

[42] MARX, K.; ENGELS, F.: La revolución española, 1808-1843. Traducción de Andrés Nin. Editorial Cenit, Madrid, 1929. Citados por ACEDO CASTILLA, J. F.: Incoherencia política en Valle Inclán, en http://www.galeon.com/razonespanola/r102-val.htm [consulta: 10/11/2014].

[43] LEAL BÓVEDA, J. M.ª; TORRADO, Ramón: «Aspectos socioeconómicos da Vilanova de Valle Inclán», en Cuadrante, n.º 0, 2000, págs. 28-29.

[44] VILLARES PAZ, Ramón: ibídem, pág. 153.

[45] Proceso descrito para los Peña Cardecid y Saco Bolaño por LEAL BÓVEDA, J. M.ª y VENTOSO MARTÍNEZ, José: «Das Desamortizacións á crise finisecular. O periclitar da fidalguía galega —o caso dos Peña Cardecid e Saco Bolaño— e a venda dos foros do “Agro das Sinas” por Valle Inclán en 1923 en Vilanova de Arousa», en Cuadrante, n.º 22, 2011, págs. 105-107.

[46] LEAL BÓVEDA, J. M.ª; TORRADO, Ramón: ibídem, págs. 33-34.

[47] Ibídem, pág. 34.

[48] VILLARES PAZ, Ramón: ibídem, págs. 153-154.

[49] PARDO BAZÁN, Emilia: Los pazos de Ulloa. Sálvora, Madrid, 1986, págs. 332-333.

[50] VILLARES PAZ, Ramón: ibídem, pág. 154.

[51] En http://bib.cervantesvirtual.com/portal/catedravalleinclan/ [consulta: 10/11/2014].

[52] LEAL BÓVEDA, J. M.ª; TORRADO, Ramón: ibídem, págs. 28-35.

[53] En Romance de lobos, vol. II, pág. 468. Los forales de Corón posiblemente se refieran al agro de las Sinas, que Valle Inclán y hermanas venden en 1923 como último reducto de las otrora numerosas fincas y rentas que tenían. Véase el proceso explicado por Leal Bóveda y Sito Ventoso en Cuadrante, n.º 22.

[54] En El embrujado, vol. II, págs. 1131-1132.

[55] Archivo personal de José María Leal Bóveda.