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Los molinos y el ciclo del pan en la obra de Valle Inclán (II)

LEAL BOVEDA, José María

Publicado en el año 2014 en la Revista de Folklore número 2014.

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Redimidos definitivamente, adoptaron la denominación de Renta de la Casa del Rial, por ejemplo, pero los labradores tuvieron que seguir soportando estas cargas tal y como se establece en el siguiente recibo: «Renta de la Casa del Rial perteneciente a la Excma. Sr. Vda. De Aranda. Pagó don Ramón López, en turno Josefa Osorio Diz, Francisco Tourís en turno, la renta expresada el margen por el foro de Braña de Prado y heredad da Costa, correspondiente a la anualidad 1928. Casa del Rial, 3 de Enero de 1929». Firmaba el documento el administrador Luis Rodríguez y la renta expresada eran 6 ferrados de trigo, 3 de maíz, 3 gallinas y promedio, un servicio personal correspondiente al trabajo de 3 ferrados y 63 pesetas en dinero[56].

En efecto, según Villares, después de desaparecidos señoríos, vínculos y mayorazgos, la hidalguía muy raramente logró consolidar sus dominios a pesar de mantenerse de forma progresivamente deteriorada ligada a sus ingresos de origen agrario, por encontrarse mayoritariamente extendida la fórmula foral/subforal o análoga para las concesiones subordinadas de la tierra. Esto, entre otras razones, explica la continuación de la existencia de los foros gallegos hasta el siglo xx, enredados en una interinidad legal que ni los asimilaba ni tampoco los excluía del curso seguido por los censos enfitéuticos. Los campesinos, poseedores en última instancia del dominio útil, lograrán en este siglo xx consolidar en su favor los dominios, desplazando también a los foreros intermedios gallegos[57].

En resumen, como apunta Ramón Villares, hablamos de una agricultura atrasada y ruinosa por diferentes razones, como las siguientes: cultivos agrarios poco mudados; técnicas de explotación de la tierra apenas modernizadas; permanencia del sistema foral y de las rentas; labranza menuda e impuestos que minaban las economías labradoras, agotamiento de los métodos tradicionales de expansión agraria y, por lo tanto, intensificación del suelo cultivado en función del factor trabajo y no del capital; inexistencia de abonos, etc. El único asomo de protoindustrialización agraria en Vilanova de Arousa lo teníamos en la existencia de varios molinos harineros instalados por todo el ayuntamiento pero con preeminencia de la parroquia de Baión por estar atravesada longitudinalmente por el río Umia.

En lo que atañe a los procesos de cambio en la propiedad de la tierra, merecen mención especial las desamortizaciones. Consistieron en la privatización, mediante subastas o redenciones, de bienes de origen eclesiástico o comunal, que venían siendo explotados por campesinos grabados con desiguales cargas forales, privatización que no significará necesariamente que estos campesinos accedan a esa propiedad sino que cambie de manos la titularidad de las cargas, a menudo para los intermediarios que ya las venían explotando como indirectos poseedores. En nuestra tierra, la riqueza que tenían las instituciones afectadas consistía, fundamentalmente, en foros y censos, o lo que es lo mismo, derechos percibidos de una parte de lo que se producía anualmente en la agricultura (cereales, castañas, vinos, metálico, etc.). En Galicia se vendieron las rentas que pagaban los labradores e incluso los hidalgos, pero no las tierras que las producían. Por esa razón continuaron como foreros y rentistas los mismos que antes lo eran de los monasterios. En general, su influencia sobre la agricultura fue escasa, mas propició la aparición de una nueva clase de rentistas agrarios: los compradores de la desamortización[58]. Con todo, aunque las consecuencias de este proceso no dejaron una fuerte huella en el campo gallego, sí produjeron importantes cambios cualitativos. De este modo, siguió en pleno vigor el modelo de estructura de la propiedad propio del Antiguo Régimen, ya que los foros de los monasterios pasaron a ser de comerciantes villegos y los hidalgos mantuvieron los suyos. La propiedad feudal permanecía intocable, muy al contrario de lo que sucedió en otras regiones españolas. La llegada a la plena propiedad de la tierra, como eran las redenciones o eliminación de los gravámenes sobre ella, quedó en suspenso hasta el siglo xx[59].

En Vilanova, como luego veremos, el proceso desamortizador se saldará con la adquisición por parte de la familia Peña de tierras y rentas desperdigadas con todo el ayuntamiento e incluso del de Cambados. En definitiva, los beneficiarios de las desamortizaciones fueron los propietarios rurales tradicionales, hasta configurar una burguesía terrateniente compuesta de campesinos acomodados ya antes del proceso. Otro grupo lo conformaban profesionales liberales (abogados, médicos), comerciantes, pequeños funcionarios, que vivían en villas y localidades pequeñas. Es significativo el ascenso social de la familia Peña Cardecid en la persona de Francisco, abuelo del escritor Valle Inclán, que emparenta con Josefa Montenegro y Saco Bolaño. De profesión escribano aquel, y de origen hidalgo esta, se hacen con la mayor parte de la riqueza desamortizada por Mendizábal del priorato de Calogo en Vilanova.

Por lo que se refiere a esta villa, señorío del monasterio de San Martiño Pinario y del arzobispo de Santiago, desde los siglos xvii y xviii se venía produciendo un proceso de aforo de tierras a la hidalguía local que a su vez se las subforaba a labradores y pescadores. De este modo, se fueron conformando patrimonios considerables como el de Miguel Inclán, que crea un vínculo y mayorazgo en 1783 en el pazo de Rúa Nova en András, aprovechando los restos de una antigua torre del siglo xiv. Los Peña Montenegro tienen aforadas tierras desde mediados del xix por toda la comarca: Corbillón, András, las Sinas, Aduana, Caleiro, la Isla, etc. Respecto de la familia Del Campo, cabe significar a Lorenzo del Campo, asturiano pero vecino del Caramiñal, que se dedica a comprar tierras en la otra orilla de la ría de Arousa, en concreto, en Vilanova. Su hija M.ª Luisa emparenta con Antonio Saco Bolaño, por lo que se consagra la unión con la casa de Colo de Arca y la fundación en el siglo xvii de la Casa Grande A Xunqueira-Colo de Arco por los Saco Bolaño, con el consiguiente vínculo y mayorazgo.

En definitiva, para el comienzo del siglo xix la mitra compostelana percibía multitud de rentas de las tierras de Vilanova a través de la comunidad de benedictinos establecida en la casa denominada El Priorato[60]. Todo parece indicar que la extensión, organización y modo de producción de este cenobio, como otros de la provincia, se caracterizaban por la amplitud, dispersión y estructura interna muy continua. Por encima de estas características aparece como nota predominante de los forales de los regulares pontevedreses su atomización interna[61]. Pero, sin duda, fuera de las pertenencias eclesiásticas, la familia Peña (emparentada en el xix con la Valle Inclán en las personas de Dolores Peña Montenegro y Ramón del Valle Inclán) es la gran beneficiaria, antes y después, de este proceso, como venimos indicando y nos muestra Leal Bóveda[62], aunque también la Valle Inclán es digna de mención.

Sin embargo, hacia 1923 el proceso de descomposición de la hidalguía como grupo social es tan evidente como se muestra en la venta del agro das Sinas por Valle Inclán y hermanas a varios arrendatarios que lo venían trabajando desde siempre. Con ello, se producía además la atomización parcelaria del campo vilanovés y el pleno acceso a la propiedad del labrador que redime el dominio útil, en muchas ocasiones, con las remesas de dinero llegado de ultramar[63].

La otra rama de la economía se basaba en la industria del salado del pescado que estaba en las manos de comerciantes catalanes, instalados en el barrio del Castro mayoritariamente desde mediados del siglo xviii. De estos ya nos advierte Madoz en la obra citada. Meijide Pardo establece para el período de finales del xviii y principios del xix los siguientes «fomentadores» instalados en Vilanova: Fidel Curt Roch, con una fábrica de 8 lagares de prensado de sardinas y un valor de 18 000 reales; Manuel Goday Roura, uno de los más activos comerciantes con bases también en la Isla; Miguel Curt, Gerardo y Felipe Font, Francisco Llauger y su hijo Juan, Antonio Llunas, Bartolomé Puig Roig, Carlos Rosell y Narciso Vidal. Todos, asociados desde su asentamiento en nuestras tierras, coparon el comercio de la pesca de la sardina, introdujeron nuevos métodos de pesca (que provocaron muchos conflictos con los pescadores nativos, porque esquilmaban los recursos pesqueros) y simultanearon estas actividades con el ejercicio del comercio de sardina, vino y aguardiente. Enviaban estas partidas a Cataluña y Levante principalmente, de donde volvían cargados con telas y paños[64].

Las mujeres trabajaban en la fábrica, dedicándose en el tiempo libre a las tareas del hogar, hacer punto o palillar. En el año 1867, había en Vilamaior (Caleiro) 25 palilleras censadas. Con esta actividad aportaban unos ingresos complementarios a la economía doméstica. Por el contrario, los hombres laboraban en el mar, a sueldo o parte para estos fomentadores y así se fue creando una especie de proletariado, ya que se va abandonando la tierra para pasar a depender del salario de los industriales catalanes.

Esta industria finiquitaría a finales del siglo xix con sucesivas crisis, debido a la escasez temporal de la sardina y, sobre todo, con la llegada de los nuevos métodos de esterilización y envasado de los alimentos descubiertos por Colin, Appert y Pasteur. Se da, entonces, el salto a las conserveras que sustituyen a las salazones e incluso se produce un cambio cuantitativo en la propiedad de estas instalaciones ya que, en Vilanova, tan solo la mitad de los nuevos empresarios seguían siendo fomentadores. La primera guerra mundial y las campañas italianas en Abisinia servirán para darle un empuje extraordinario a estos productos, que desgraciadamente no se supo mantener[65].

El síntoma de que todo cambia radica en que marineros y fomentadores se negaron repetidamente a satisfacer los diezmos de su pesca y de su producto a la Iglesia. La mitra compostelana presentó repetidas denuncias en los juzgados por esto. La reacción de los fomentadores, encabezados por Goday y Llauger, no se hizo esperar. Remitieron escritos de protesta al Ministerio de Fomento, delante del que, todo parece indicar, tenían bastantes apoyos. Otra manera de librarse del control eclesial era no varar las lanchas en la ribera de la ensenada de los Olmos, cerca del pueblo, sino fondearlas alejadas, delante de la península del Terrón, para descargarlas por la noche[66].

Un aspecto interesante, poco tratado hasta estos momentos[67], es el de las grandes cargas impositivas que tuvieron que soportar los vecinos del ayuntamiento para mantener las guerras carlistas. Así, por ejemplo, tan solo para el año 1838 la cantidad a pagar en contribuciones por este concepto ascendía a 20 000 reales, que no se pudieron cubrir en una primera instancia, por lo que hubo que recurrir a delegados parroquiales para que se hicieran cargo de la recolección del dinero[68].

Don Antonio Lizárraga y don Antonio Dorregaray, discutían sobre arte militar: Recordaban las batallas ganadas, y forjaban esperanzas de nuevos triunfos: Dorregaray hablando de los soldados se enternecía: Ponderaba el valor sereno de los castellanos y el coraje de los catalanes, y la acometida de los navarros. De pronto una voz autoritaria interrumpe: ¡Ésos son los mejores soldados del mundo! Y al otro lado del fuego, se alza lentamente la encorvada figura del viejo General Aguirre […] ¡Navarra es la verdadera España! Aquí, la lealtad, la fe y el heroísmo se mantienen como en aquellos tiempos en que fuimos tan grandes[69].

O:

¡Son las caballerías del palacio! Esperaban, días hace, al señor mi Marqués. Viene para levantar una guerra por el Rey don Carlos. ¡Y el sacristán de las monjas espareció! Bajo el crucero de la Barca dicen que hay soterrados cientos de fusiles. El sacristán no se fue solo, que con él partieron cuatro mozos de la aldea de Bealo. A todos los andan persiguiendo. No quedará quien labre las tierras. Aquellos mozos que van a la guerra no por la su fe, luego se van por la fuerza a servir en los batallones del otro Rey. ¡Nunca tal se vio como agora! ¡Dos Reyes en las Españas![70].

Mucha tinta ha corrido y correrá con la filiación política de Valle. En este sentido, María José Alonso Seoane, en su extensa y magnífica introducción a la edición de la trilogía de Espasa Calpe La guerra carlista, de Valle Inclán, en la que se incluyen las novelas «Los cruzados de la causa», «El resplandor de la hoguera» y «Jerifaltes de antaño», pone de relieve la ideología del célebre autor gallego a través de un profundo estudio de la obra que nos ocupa. Alonso Seoane ratifica de una manera clara que Valle Inclán nunca dejó de ser carlista. En 1910, ya escrita y publicada su famosa trilogía de la tercera guerra, se reúne en Buenos Aires con un grupo de carlistas desterrados, que le tributan un homenaje. Valle Inclán les diría que «el único brazo que tengo lo dedico a manejar la pluma en defensa de mis ideas y, si es necesario, ese brazo lo pondré a disposición de la Causa para manejar otras armas si el caso llega»[71].

En 1910, y ya siendo un autor consagrado con numerosas obras publicadas, entre las que se encuentran la totalidad de Las sonatas, la trilogía de la tercera guerra carlista y varias de sus Comedias bárbaras, se le ofrece la posibilidad de presentarse como candidato a diputado por el Partido Carlista en la circunscripción de Monforte de Lemos, oferta que rechaza al tener que acompañar a su esposa, la actriz Josefina Blanco, como director artístico de su compañía durante una larga gira por Hispanoamérica. Será durante esta gira teatral donde don Ramón del Valle Inclán no cejará de dar muestras de adhesión al carlismo y a Jaime III, pronunciando innumerables conferencias y llegando a ser agasajado en el Círculo Carlista de Buenos Aires con un banquete al que asistieron más de cien personas y en cuyos postres, tal y como recoge el diario El Pueblo de Buenos Aires, don Ramón manifestará:

Convencido de la grandeza del ideal carlista, entendía que era deber mío consagrar mis energías a su defensa, aunque ello significa restarme todos mis lectores anteriores, como en efecto me los resté en un solo día, pues al publicar mi primera obra carlista, no me quedó ni uno solo de mis anteriores lectores, y la prensa en general que antes me llenara de elogios, no tuvo para esta obra ni la leve noticia de su aparición. Pero no importa; estoy decidido a continuar la labor, dedicando el único brazo a manejar la pluma, y si algún día fuese necesario ese brazo para defender la Causa en otro terreno, a ello estoy firmemente decidido.

A su regreso a España en 1911, participará en el acto homenaje celebrado en el frontón Beti-Jai de Madrid junto a todos los diputados carlistas que se opusieron a la llamada Ley del Candado, reiterando su adhesión incondicional a S. M. Jaime III[72].

Valle Inclán no conoció personalmente a Carlos VII, pero antes de su muerte había proyectado trasladarse a Venecia para ofrecer su obra al rey carlista. El fallecimiento de don Carlos truncó su deseo, y rápidamente se adhirió a su sucesor, don Jaime de Borbón, con el que le llegarían a unir afinidades ideológicas y políticas importantes. Mientras Vázquez de Mella y otros políticos derechistas apoyaron en la guerra mundial de 1914 al bando germanófilo, Valle se puso al lado de don Jaime proclamando públicamente su apoyo a los aliados, junto a otros carlistas destacados, como Valbuena, Marichalar, Melchor Ferrer y Lasuén. Frente a críticas literarias que dudan de la coherente adhesión carlista de Valle Inclán, María José Alonso Seoane nos señala que el carlismo estuvo presente durante toda su vida: visita a doña Berta de Rohán, viuda de Carlos VII, en 1929; los retratos de don Carlos y de don Jaime están en la consola de su habitación, y en 1931 acepta la Cruz de la Legitimidad Proscripta que le otorga el rey carlista, condecoración que luce ostensiblemente en plena República, para que no quedara duda alguna de su adscripción política, cuando un grupo de republicanos le ofrece un banquete en su honor. Seoane, después de tener en cuenta una serie de consideraciones, que las enmarca en el contexto literario e histórico español de la época, concluye que «se puede contestar afirmativamente al carlismo de Valle Inclán. Desde luego que fue carlista, en distinto grado de fervor o adhesión según sus distintas circunstancias, unas personales y otras externas, por razón de la evolución interna del partido o simplemente por la situación mundial». La época en que escribió la trilogía La guerra carlista puede asegurarse que es de un carlismo pleno, donde glorifica la causa de la legitimidad y lo hace con su entusiasmo y con lo mejor de sus cualidades de escritor en ese periodo de su vida. Toda su obra posterior justifica ese carlismo literario, militante y popular, pero de un modo distinto, poniendo de manifiesto todo su desprecio y repulsa hacia el bando contrario, la España isabelina, primero, y la alfonsina más tarde. No hubo entre los escritores de la llamada Generación del 98 otro autor, excepto Valle Inclán, que atacara de una manera tan frontal, violenta y directa a la sociedad española de la Restauración. Su comprobación es fácil: solo hay que leer todas sus obras posteriores. Desde sus Comedias bárbaras al ciclo del Ruedo ibérico. En La guerra carlista, Valle Inclán nos señala claramente la sociedad que defiende, mediante la guerra, en la que no caben nuevos ricos, usureros ni indianos. El fin último de la obra del escritor gallego es la defensa del pueblo, destinatario de todos los bienes futuros que traerá consigo el triunfo de la causa. La reimpresión de esta importante trilogía pone de manifiesto, además, el interés que existe en el conocimiento más extenso de un autor que se ha mostrado como el más innovador y profundo de nuestro tiempo[73].

Su propio hijo Carlos Luis[74] cuenta que «Valle Inclán se sentía carlista, porque defendía costumbres y tradiciones que a él, señor de espíritu y de sangre, no podían dejarle indiferente». En el mismo sentido se muestra Eugenio G. de Nora[75], para quien el carlismo valleinclanesco tiene «raíces y significados serios» y el profesor José Ramón Barreiro[76], para quien la vinculación al carlismo de Valle Inclán es cosa «insoslayable». «Sentía —dice— el espíritu carlista y sabía interpretarlo». Y añade: «Pasando una rápida revista a sus obras es difícil encontrar una que de alguna manera no se refiera o tenga al menos el aroma melancólico del ideal carlista», en lo que coincide con José Antonio Maraval[77], para quien «en la obra valleinclanesca, desde la Sonata de estío hasta la Corte de los milagros, está presente el carlismo del autor»[78].

Frente a lo anterior, Manuel Machado[79] afirmaba que nadie tomó en serio el carlismo del autor de Tirano Banderas, y Ramón Gómez de la Serna[80] escribe que «el carlismo fue para Valle Inclán la belleza romántica, el no pactar con el vulgo municipal y espeso, la altivez de Dios en las viejas iglesias destartaladas, el valor de las fuentes y los jardines y los viejos mitos aristocráticos».

Fue el propio Valle quien dio pie a este confusionismo con sus declaraciones contradictorias. Así, por ejemplo, mientras en la Sonata de invierno hace decir al Marqués de Bradomín que «el carlismo tiene para él el encanto solemne de las grandes catedrales»[81], y que «don Carlos de Borbón y Este es el único príncipe soberano que podría arrastrar dignamente el manto de armiño, empuñar el cetro de oro y ceñir la corona recamada de pedrería, con que se representa a los reyes en los viejos códices»[82], en unas declaraciones que le recoge Francisco de Madrid[83], al ser interrogado sobre su carlismo, da la siguiente respuesta: «Soy carlista solamente por estética. Me agrada la boina. Es una cresta pomposa que ennoblece. La blanca capa de los carlistas me retrotrae al imperio de una corte arcaica. Es, sin duda, el más bello disfraz político que ha existido».

Claro es que —como escribe María Dolores Lado[84]— las declaraciones personales y directas de Valle Inclán no deben tomarse siempre al pie de la letra. Valle fue un charlista formidable, amigo de las respuestas fulminantes, de las grandes frases y los retóricos gestos. Aceptar literalmente sus palabras envuelve grandes riesgos. De su empeño en considerarse tradicionalista es muestra —bien que anecdótica— «cómo la familia carlista da nombre a la prole valleinclanesca» (Margarita, Carlos Luis, Jaime...). Y cuando es invitado por Francia en 1916 para que, como comisionado por la Prensa Latina de América y por El Imparcial, visite los campos de batalla aliados, «don Ramón se vista de carlista», con su boina, polainas, capote y una maquilla cogida de la muñeca con la correa, y así visita el frente, donde lo confunden con el general Gourend, general francés que gozaba de la mayor popularidad, que tenía su misma figura y también era manco[85].

Aunque Valle Inclán—como escribe Fernández de la Mora[86]— no era un pensador, ni un filósofo, percibe y pone de manifiesto cómo el carlismo fue mucho más que un pleito dinástico que se produce a la muerte de Fernando VII. Las guerras carlistas no fueron sino las guerras de dos modos distintos de entender la vida. Frente al laicismo del estado, la centralización unificadora que el liberalismo doctrinario conlleva, junto con una idea gaseosa y abstracta de la libertad, los carlistas oponían el sentido católico de la vida, la constitución corporativista y gremial de la sociedad, la sustancia medular de la vieja democracia municipal española, y la idea realista de las «libertades concretas». Porque para el tradicionalismo no se es libre a secas, se es «libre para...». Nadie tiene a secas «el poder», que no es sustantivo, sino un verbo que necesita complemento. No «se puede» en el vacío: «Se puede algo». Este algo —como decía Pemán[87]— es lo que da a la idea foral, descentralizadora y realista, posibilidades constructivas que nunca tendrá la libertad abstracta y autónoma que, abierta sobre un vacío de finalidades concretas, se devora a sí misma en su abstracción.

Y es que, para los carlistas, don Carlos era el rey de los buenos cristianos y ellos estaban haciendo la «guerra santa». De esta suerte, el carlismo casi se convierte en una religión. Más que una doctrina política, es el «credo de una comunión que liga a los hombres que de ella forman parte en la paridad de sus creencias».

Al lado de este sentimiento religioso destaca Valle Inclán el carácter popular y rural del carlismo. Los campesinos son el núcleo central de los soldados que forman las partidas carlistas: «Vendimiadores y pastores, leñadores que van pregonando por los caminos y segadores que trabajan en la orilla de los ríos; carboneros que encienden hogueras en los montes y alfareros que cuecen tejas en los pinares, gente sencilla y fiera como una tribu primitiva, cruel con los enemigos y devota del jefe»[88]. No debemos olvidar, en este sentido, el protagonismo que adquieren en muchos pasajes de varias obras de Valle los personajes de la molinera, el molinero u otros con ellos relacionados, cuestión que se pondrá de relieve en líneas posteriores.

Otros autores, como Charlín (2013-2014) y A. Allegue (2003), van más allá y llegan a poner en duda la filiación carlista de Valle. En este sentido, Charlín Pérez (2012) afirma que en la bibliografía al uso hay instaurado un estereotipo de un Valle crecido en un mundo arcaico, lo que explicaba para José Antonio Maravall (1966: 225-254) su tradicionalismo ideológico como reacción defensiva ante las novedades burguesas que intentaban abrirse paso. Por el contrario, anota documentadamente que la consideración de la obra de Valle Inclán como fuente biografía y histórica, sin ser contrastada con documentos —además de una crítica inadecuada de los textos—, tuvo como consecuencia el falseamiento de su biografía, una visión desenfocada de su entorno geográfico, documentada con datos de archivos, bibliotecas y trabajos de investigación históricos, que así lo ponen de manifiesto.

Respecto del carlismo de la familia Peña, rama materna de Valle Inclán, sigue apuntándonos Charlín Pérez (2013) la controversia existente, poniendo el autor tal adscripción política en entredicho. Entiende, en este sentido, que en la casa del Cuadrante estaba el gran jefe —Francisco— y los hijos, de los que uno de ellos acabó teniendo una fábrica de salazón en la Basella[89], Vilanova de Arousa. Francisco Peña militó en la Unión Liberal, ni siquiera era de los moderados, y sus intereses económicos no se avenían muy bien con el programa del carlismo. Únicamente, pudiera ser que lo fuera la hidalga abuela Josefa Montenegro Saco-Bolaño, pero piensa que tampoco se puede asegurar. Remata en la creencia de que el tradicionalismo de Valle viene de Brañas, del Círculo de la Juventud Católica de Santiago, y de todo el movimiento regionalista tradicionalista del que habla Ramón Maiz en su obra O rexionalismo[90].

Insiste Charlín en reciente trabajo[91] que «lo que no puede ser cierto es que —como se ha dicho— su tradicionalismo o carlismo —fuese crónico o pasajero—lo hubiese heredado de su familia materna ni por supuesto de su republicano padre. Cuesta trabajo imaginar al alcalde Francisco Peña y a su esposa adoctrinando a su nieto en una “causa” que de triunfar les obligaría a devolver sus tierras y su propia casa a los monjes benedictinos de Vilanova». Y (solo en parte) no le falta razón, porque, frente al arraigo que el carlismo tuvo en las clases populares, la aristocracia cortesana, por el contrario, estaba en contra, al igual que la aristocracia rural que, enriquecida con la desamortización de Mendizábal, temía a la promesa carlista de que se devolvería a la Iglesia los bienes de que había sido despojada. No obstante, hubo un sector de la nobleza que apoyó al carlismo: los que Valle llama «los secos hidalgos de gotera»[92], que eran la sangre más pura, destilada en un filtro de mil años y de cien guerras, viejos aristócratas campesinos, demasiado alejados de la corte para sentir la influencia progresista, y demasiado arruinados para beneficiarse económicamente de la desamortización. Estos hidalgos aparecen idealizados en la obra valleinclanesca, en las figuras de don Juan Manuel de Montenegro y en la del marqués de Bradomín[93].

Ahora bien, nos atrevemos a apuntar que también es poco creíble que tanto Carlos VII como Jaime de Borbón revirtieran a la Iglesia un patrimonio disperso en miles de manos, a veces ya inexistente, gran parte de él desaparecido o expoliado[94]. En este sentido, los principios ideológicos de la hidalguía se revestirán de conveniencia dejando a un lado su tradicionalismo cuando a finales del siglo xix, con la crisis finisecular, comiencen a vender sus tierras y rentas a una burguesía que de ahora en adelante reproducirá sus mismos patrones de comportamiento social y económico. Incluso, fluirán los matrimonios entre la casta privilegiada y la clase adinerada como los Peña con los Goday o Llauger. La madre y la abuela de Valle venden entre 1980 y 1895 varias rentas y fincas a los catalanes fomentares, Llauger, pero en 1923 el propio Valle y sus hermanas harán lo propio con lo único que les quedaba, el agro de las Sinas, que pasa a manos de los campesinos, gracias al dinero indiano, que lo trabajaran a renta finisecularmente. Por otro lado, como ya se había anotado y algunos autores parecen olvidar, la hidalguía de los Inclán, Peña Montenegro, Colo de Arca, Casa Grande A Xunqueira, Del Campo, etc., venían acopiando grandes fortunas desde el xvii con la creación de vínculos y mayorazgos por toda la comarca del Salnés y Barbanza, por lo que, en el supuesto de tener que devolver las rentas y tierras compradas en las desamortizaciones, su patrimonio continuaría siendo considerable, pero, muy al contrario, no habrían desaparecido como casta con el advenimiento del carlismo. Ahora, la tradición, el carlismo, la aldea, el pazo o lo que fuera quedaban a un lado, porque lo importante era comer.

El segundo autor citado, A. Allegue, sostiene que todavía existen en el siglo xxi catedráticos del disparate que afirman que Valle Inclán fue carlista hasta sus últimos días y en un alarde dialéctico le atribuye la siguiente frase a Ferrín: «La verdad es que Valle Inclán fue carlista, pero carlista de Carlos Marx»[95]. En el trabajo referido en nota a pie de página, desgraciadamente para nosotros sin citar las fuentes, relata un acto en la plaza del Obradoiro, Santiago de Compostela, en exaltación de la República, y acaba diciendo que: «Aquella luminosa mañana de 1935, la comitiva presidida por Valle Inclán, tomaba la simbólica Plaza del Obradoiro. La multitudinaria manifestación, convocada por intelectuales de izquierdas, constituyó un impresionante acto de profesión republicana. Relevantes políticos gallegos precedieron a don Ramón en el uso de la palabra. Valle disertó sobre la historia, el arte y la política, su erudito discurso fascinó y enardeció a los concentrados. Con tono enfático y admonitorio, concluyó: le recuerdo al Gobierno que yo también soy republicano. Proclamo, sin ambages, mi admiración por el movimiento anarquista. A la curia compostelana, desde aquí, desde su feudo, le reitero mi condición de ateo irredento»[96]. Pero por otra parte, cuando es preguntado por qué no había asistido a ninguno de los banquetes en los que se conmemoró el 11 de febrero, replica muy airado: «Y quién le ha dicho a usted que yo soy republicano»[97].

Dicho lo anterior, parece evidente que con el paso del tiempo su ideología va a derivar hacia posturas radicales izquierdistas, incluso identificadas con el fascismo fruto de su estancia en Roma, que parecen finiquitar su tradicional carlismo. Esta nueva actitud, que inicia en 1920 cuando escribe Farsa y licencia de la reina castiza —crítica demoledora de un reinado, de una reina, de unos gobernantes y de una sociedad—, culminará entre 1927-1928 con La corte de los milagros —con la que inicia la serie El ruedo ibérico— y con Viva mi dueño, en la que sometiendo a la historia —al igual que en la anterior— a toda clase de manipulaciones, imagina una entrevista entre Prim y Cabrera, en aras de una inteligencia en el problema «sucesorio»[98].

Sea como fuere, es evidente que aquel Valle, señor de pazo que idolatra los viejos molinos patriarcales, va derivando por diferentes opciones ideológicas a medida que nos lleva al esperpento y así se manifiesta abiertamente en contra de la dictadura de Primo de Rivera, apoya sin ambages desde Galicia a Unamuno en su destierro en Fuerteventura y publica La hija del capitán, sátira sobre un golpe de estado en la que critica al gobierno, a la reina y su dinastía y al dictador. Dice Fernández Almagro que la costumbre de llamar la atención se había hecho en él cosa habitual, y aunque sus extravagancias se toleraban como «las cosas de Valle Inclán», ante el alboroto que protagonizó en el Palacio de la Música con ocasión de una representación teatral fue detenido y hubo de cumplir un arresto de quince días. El alboroto fue tan sonado que Primo de Rivera se hizo eco de él en una «nota oficiosa», donde le llamó «eximio escritor y extravagante ciudadano»[99]. A posteriori, recién proclamada la República, se presenta en el Ministerio de la Gobernación gritando que el rey no escapase a la justicia del pueblo[100], luego Jaime de Borbón le nombra caballero de la Orden de la Legitimidad Proscrita, en 1931 llega a propugnar una dictadura de tipo leninista, para adherirse, a continuación, a la Asociación de Amigos de la Unión Soviética y al Congreso de Defensa de la Cultura, de París, que era un instrumento de bolchevización[101]. En 1932, la República le nombra director del Patrimonio Nacional, pero dimite tras enfrentarse con un diputado socialista, pasa a dirigir la Academia de España en Roma gracias a las tribulaciones en su favor de Azorín y Marañón, y en estas llega a declarar que «el fascio no es una partida de la porra como generalmente creen en España los radical-imbeciloides, ni un régimen de extrema derecha. Es un afán imperial de universalidad en su más vertical y horizontal sentido ecuménico». Y, tras señalar la obra cesárea de Mussolini y que si el catolicismo logró universalidad fue porque también era Roma, añade que esta continuidad en los designios de Roma es el fascio, para acabar aludiendo al régimen constitucional inglés, a quien menosprecia, y a la democracia de la orilla derecha del Sena, a Indalecio Prieto y a Azaña, a quienes pone en la picota de su sátira[102].

Como su salud volviera a quebrantarse, al agravarse su dolencia de vejiga, decide regresar definitivamente a España, marchando a Galicia, donde lo ingresan para su tratamiento en Santiago de Compostela, en cuyo centro hospitalario, en la tarde del día 5 de enero de 1936, víspera del Día de Reyes y de la Monarquía tradicional, entregó su alma a Dios.

Valle Inclán, como escribió el profesor Barreiro[103], renegando o sin renegar del carlismo (cosa para él tan fácil), murió manteniendo el ideal de un pasado, esperando el paso del caballo de Atila, que lo había aplastado todo, para ver renacer de nuevo las viejas costumbres, resucitar los antiguos campeones y devolver a sus pazos a la rancia aristocracia que llevaba en sus venas sangre de rey. Y todo eso —según añade el mentado historiador— «también era ser carlista»[104].

Dejemos la controversia sobre su carlismo o no y volvamos a nuestro asunto. La sociedad que toca para el xix en Galicia tiene mucho que ver con la del xviii, pero con la diferencia de que se comienza a romper el viejo sistema de castas. Aun así, la cumbre de la pirámide está ocupada por la hidalguía que, en clara regresión, continúa percibiendo cuantiosas rentas de un mundo tan marcadamente rural como el descrito. Por debajo, encontramos el mayor grupo social compuesto por una pléyade de artesanos, labradores de muy diversa consideración, marineros, proletarios urbanos, funcionarios, profesionales liberales y una burguesía industrial y comercial invertebrada de asentamiento urbano y villego. Lentamente, esta burguesía irá buscando una mejora de sus posiciones sociales y políticas a través de una marcada endogamia, primero con su propia clase (Llauger con Llauger, Goday con Goday, etc.) y luego con la hidalguía en la búsqueda de título y rentas (Peña con Goday, por ejemplo). Es un claro proceso de conversión en hidalguía de la burguesía.

En la política todo girará alrededor de las nuevas instituciones liberales: diputaciones y ayuntamientos. Trae consigo también el xix la figura del cacique que controla los procesos electorales tan restringidos, por otra parte. El cacique es el mediador entre un mundo rural agonizante y otro urbano-industrial que se va abriendo paso en la Galicia decimonónica. Para los años 60-70 del siglo xix, tenemos que el voto es censitario, restringido a los mayores contribuyentes, y entre ellos podemos encontrar nombres como Juan del Valle de András (primer contribuyente con 950 reales de vellón), Manuel Goday (industrial), Francisco Peña, Francisco Llauger, Juan Goday, etc. El juego entre hidalgos y burgueses que acaparan los cargos municipales está servido, y estos nombres y otros de sus estirpes irán haciendo turno en el control del gobierno municipal.

La nueva planta administrativa arranca con la creación del ayuntamiento de Vilanova en 1835, cuando se instaura la comisión del partido judicial de Cambados, dentro del contexto de la nueva planta administrativa liberal, tras la muerte en 1833 de Fernando VII. Lo cierto es que la puesta en marcha tuvo muchas dificultades que hubo que resolver y no siempre contó con el número de parroquias que hoy tiene. Así, entre 1836 y 1837, la mentada Comisión del Partido Judicial de Cambados, encargada de elaborar el proyecto de creación de los nuevos ayuntamientos en el Salnés, que venía a sustituir a la antigua jurisdicción de la Lanzada, deja en un principio sin ayuntamiento a Vilanova, para la que se otorga un mayordomo pedáneo como regidor. En 1836 se rectifica la decisión y se concede la creación de ayuntamiento propio atendiendo a la centralidad que ocupa en el valle del Salnés, a la importancia económica en este y, por lo que parece, al papel que jugó su cuerpo de milicia nacional en el levantamiento de Riego contra Fernando VII en 1820. Con todo, se integran en él cinco parroquias (András, Caleiro, isla de Arousa, Tremoedo y Vilanova; Deiro quedaba integrada en Cambados y Baión en Vilagarcía) y no las seis actuales, y se deniega la pretensión de la Isla (actual isla de Arousa) de tener ayuntamiento, pasando a pertenecer como parroquia a Vilanova. Las razones de esta decisión tenían que ver con que contaba con 177 vecinos y no conseguía los 200 necesarios para constituir entidad propia. Además de esto, todo parece indicar que había muchos perjuicios con los insulares porque, aunque se indicaba su insularidad (lo que debería servir para tener ayuntamiento propio según los alegatos de los propios vecinos), al mismo tiempo se hacía hincapié en que su población estaba compuesta «casi de marineros y de vecinos poco instruidos para entenderse en negocios de municipalidad, además de no tener el número de doscientos vecinos que exige la ley fundamental para iguales corporaciones».

A posteriori, vuelve a producirse la separación temporal de las parroquias de András, Baión, la Isla y Tremoedo, que en 1945, con sentencia del Tribunal Supremo a instancias del Pleno de Vilanova, son integradas definitivamente en este ayuntamiento, que queda así hasta el año 1996, en que la Isla pasa a tener entidad administrativa propia[105].

Los cargos municipales debieron de ser muy perseguidos no solo por el control político de la villa, sino también porque daban la posibilidad de poder gestionar y disponer de una manera muy personal los fondos municipales. De este modo, era frecuente la disputa entre los miembros de esta oligarquía local por conseguirlos, e incluso llegaban a darse casos de uso indebido de capitales procedentes de los arbitrios e impuestos. Denuncias por no figurar en las listas de electores para acceder a los cargos del Ayuntamiento, de la Diputación o como senadores son frecuentes, y quizás de las más sonadas sean las de José Bóveda y Ramón del Valle Bermúdez, a quienes en 1885 se llega a inhabilitar como concejales, amén de reclamársele al segundo una deuda de 2793,97 pts. como fiador de Victoriano García. En la Corporación del año siguiente, 1886, vuelven a figurar como concejales en un claro ejemplo de las cesantías y nombramientos políticos de la época[106]. Otro ejemplo podemos encontrarlo en 1891, cuando Manuel del Valle y José Santos piden la incapacidad de Pedro Pereiro y Pereiro por irregularidades administrativas. En este caso, la suspensión no se llevó a cabo. Con todo, los Valle aparecen vinculados a luchas y conflictos por el poder local con mucha frecuencia. En realidad, rematando el siglo xix están presos de graves problemas económicos que solventan, en parte, con la venta de su patrimonio a los fomentadores, Llauger fundamentalmente.

Como queda anotado, la representación política o los cargos relacionados con ella eran muy apetecibles para este patriciado urbano y rural. Los vaivenes que va sufriendo la Corporación municipal a lo largo de los tiempos tienen que ver con muchas cosas; las elecciones locales que se celebraban cada dos años, quién había gobernado en Madrid, si los liberales o los conservadores, o los diferentes y muchos golpes de estado militar que hubo en el xix. Todo ello provocaba que los gobiernos municipales cambiaran de forma constante originando la figura del funcionario cesante[107]. Otros órganos de participación ciudadana en la España liberal fueron la Milicia Nacional, los procuradores síndicos y los regidores municipales. Sobre la primera de las instituciones cabe indicar que fue muy activa en el Ayuntamiento de Vilanova.

En efecto, el estado liberal se dotó de diferentes órganos que aseguraran su consolidación y funcionamiento. Así, fueron instituciones de suma relevancia la milicia nacional, los procuradores síndicos y los regidores municipales. Sus mandatarios e integrantes corrieron la misma suerte que los cargos electos en los ayuntamientos, de suerte que eran elegidos y cambiados en función de los distintos signos de los gobiernos imperantes en Madrid. La milicia nacional era una organización de ciudadanos armados, distinta del ejército o los cuerpos de policía, y similar a las que con los nombres de guardia nacional, milicia urbana o guardia cívica tuvieron protagonismo en las grandes revoluciones liberales europeas y americanas.

Para el proyecto político liberal, este tipo de milicias encarnaba la base organizativa de un estado participativo de ciudadanos armados, con capacidad para fiscalizar a las autoridades y resistirse a sus mandatos si los consideraban inadecuados. Junto a la milicia nacional, ese proyecto contemplaba el carácter electivo de todos los cargos públicos, la descentralización territorial y el juicio por jurado. En la medida que era la nación la que estaba en armas, la milicia encarnaba la virtud cívica y por eso era incorruptible e invencible. Tras las revoluciones liberales (desde 1766 hasta 1871), en muchos países se establecieron este tipo de milicias que, en general, se organizaban en unidades de barrio o población, y en ellas estaban obligados a participar todos los ciudadanos con derechos plenos que estuvieran en condiciones físicas para hacerlo. Quedaban excluidas de participar las mujeres y los hombres sin derechos políticos.

Eso significaba que se armaba a un pequeño grupo de contribuyentes que pagaba suficientes impuestos para ser considerados ciudadanos y se excluía a gran parte de la población rural y los asalariados urbanos. Recordemos, en este sentido, que la población de Vilanova se concentraba básicamente en la capital y en la Isla, quedando la mayoría dispersa por el territorio rural, por lo quedaba separada de estos derechos. Con todo, el servicio armado de estas milicias solía ser local.

La milicia de Vilanova jugó un papel muy activo en 1820 en la instauración del orden constitucional. Recordemos que en esas fechas el comandante Riego se amotina en Cádiz contra el absolutismo fernandino haciéndole jurar la constitución al rey, quien, superado por los hechos, pronuncia la archiafamada frase: «Marchemos todos francamente, y yo el primero, por la senda constitucional». El rey traidor apelaría a la Santa Alianza europea y, una vez que los Cien Mil Hijos de San Luis penetren en España y cercenen los brotes revolucionarios, acabará derogando la orden constitucional e instaurando un feroz absolutismo. Con todo, la milicia vilanovesa debió de ser muy dinámica, como ya se apuntó, en la instauración del período constitucional que va desde 1820 a 1823, conocido como Trienio Liberal, y en otros hechos puntuales que intentarían instaurar el absolutismo. Esta afirmación tiene que ver con el hecho de que la comisión encargada de rectificar el expediente de ayuntamientos del partido judicial de Cambados, por lo que se concede ayuntamiento propio a Vilanova en 1836, reconoce que sería un error «dejar sin Ayuntamiento ó corporación á la Villa de Villanueva de Arosa, villa antigua y antiquísima de aquel distrito que dio nombre á la Ría del mismo nombre, que fue hasta aquí Capital de la jurisdicción más populosa del Valle del Salnés, que organizó una compañía de Milicias Nacional y hasta aquí ha prestado señalados servicios por su decidido valor y prontitud en movilizarse cuando ocurrieron circunstancias de mayor urgencia. No es pues justo que un pueblo tan patriota y con derecho á conservar sus regalías, quede confundido con las parroquias rurales, y su benemérita Milicia á la disposición de un mayordomo pedáneo. Sobre estas bases acordó la Comisión organizar un Ayuntamiento en dicha Villa agregando á él para su mejor administración las parroquias más contiguas, y que ya en la época de la libertad del ó 20 hacían parte de aquella autoridad municipal»[108].

Por lo que respecta a otras de sus actuaciones en Vilanova, los hermanos Manuel y Juan Goday y Francisco y Juan Llauger, Mauro Sabor, Antonio Cardalda, Salvador Rossel, Juan Cardona (yerno de Fidel Curt), Juan Robira, Salvador Sabater y José Oliver, entre otros, se sabe que habían constituido la milicia nacional de la población. Tras ser puestos fuera de la ley, después de la caída de los liberales del Trienio, formaron partida uniéndose a las tropas del teniente coronel constitucional Jerónimo Piñeiro, realizando secuestros de sujetos conocidamente adictos al rey, como el cacique-escribano de la villa de Cambados que, según expresión del fiscal del reino en la causa instruida contra aquellos, era dueño del país, como es natural lo sea un escribano de número y circunstancias, y lo son todos en los campos de este reino, de los curas de la Puebla del Deán y Caramiñal y más individuos que componen los ayuntamientos de estas villas[109]. Allegue G. (2000) anota que también participan en el hecho los monjes Joaquín y Ambrosio Peña, antepasados del Valle Inclán escritor[110].

Sin embargo, el inmenso poder de la Iglesia deja una huella de fanatismo religioso que alimenta las mentes de la mayoría, como queda reflejado en el siguiente párrafo:

Sabelita.—¿Vio a la Santa Compaña? La Roja.—Si la vio… Era una hueste muy luenga de ánimas en pena, todas vestidas de blanco. Pareciósele de noche en el Campo de la Iglesia. Sabelita.—¡Allá en Viana! La Roja.—¡Y en la misma hora que dejaba el mundo Dama María! […] El marinero con la carta llegó después […] Don Galán bajó conmigo a franquearlle la puerta. Sabelita.—¿Vosotros vinisteis con don Juan Manuel? La Roja.—Nosotros vinimos por tierra. ¡Ay, cuidé de no llegar! El señor ni amo, embarcó solo en la barca que luego fue náufraga. Sabelita.—¡Qué desgracia tan grande! Recemos una salve por el descanso de esos pobres marineros ahogados! La Roja.—Estaba de Dios que ellos pereciesen y que el amo se salvase…[111].

O en este otro:

Fuso Negro.—Los cinco mancebos [se refiere a los hijos de don Juan Manuel] son hijos del Demonio Mayor. A cada uno lo hizo un sábado, filo de medianoche, que es cuando se calienta con las brujas, y todo rijoso, aullando como un can, va por los tejados quebrando las tejas, y métese por las chimeneas abajo para montar a las mujeres y empreñarlas con una trampa que sabe… Sin esa trampa, que el loco también sabe, no puede tener hijos… Y las mujeres conocen que tienen encima al enemigo, porque la flor de su sangre es fría. El Demonio mayor anda por las ferias y las vendimias, y las procesiones, con la apariencia de una moza garrida, tentando a los hombres. Frailes y vinculeros son los más tentados. ¡Ay hermano, cuántas veces habremos estado con una moza bajo las viñas sin cuidar que era el Demonio Mayor de los Infiernos! El gran ladrón se hace moza para que le demos nuestra sangre encendida de lujuria, y luego, dejándonos dormidos, vuela por los aires… Con la misma apariencia del marido se presenta a la mujer y se acuesta con ella. ¡Cata la trampa, porque entonces tiene el calor del hombre la flor de su sangre y puede empreñar! Al Señor Mayorazgo gustábanle las mozas, y por aquel gusto el Diablo hacíale cabrón y se acostaba con Dama María…»[112].

Otro ejemplo de lo dicho lo tenemos en Égloga, donde se describe que una posadera y su criada van al molino de Cela, que se describe así:

En una revuelta del río, bajo el ramaje de los álamos, que parecen de plata antigua, sonríe un molino. El agua salta en la presa, y la rueda fatigada y caduca, canta el salmo patriarcal del trigo y la abundancia: su vieja voz geórgica se oye por las eras y los caminos. La molinera, en lo alto del patín desgrana mazorcas con la falda recogida en la cintura y llena de maíz […]. Las dos aldeanas salmodian en la cancela del molino: ¡Santos y buenos días! ¡La molinera responde desde el patín: ¡Santos y buenos días nos los dé Dios![113].

La posadera no trae al molino trigo para moler, viene a ver al abuelo, un viejo sonriente y doctoral, semejante a los santos de un antiguo retablo, para que le diga un ensalmo que cure su rebaño al que le hicieron mal de ojo. Visita al sanador, que se niega primero por miedo a que le excomulguen conforme a la amenaza del abad. Pero, cuando la molinera le regala un carnero, se decide a hacer uso de su ciencia mágica. En estos textos vemos cómo aparece la magia, significado que en las leyendas europeas unen al molinero con el demonio[114]. Es hombre del demonio y tiene fama de ser brujo. Sin embargo, en los cuentos de Valle Inclán se trata siempre de magia blanca (como la harina de trigo), es decir: la que cura y no acarrea males. Notamos que el sanador del molino de Cela, conforme en esto a la tradición, sabe «traer el agua a su molino» haciendo que le regalen el mejor de los carneros del rebaño. En el segundo texto también se subraya el concepto de abundancia, en una atmósfera bucólica de paz, con el entorno descrito y la cristiana acogida de la molinera. Si el ruido se menciona, es muy interpretado por el autor otra vez[115].

Para la llegada del siglo xx todo sigue igual en lo relativo a la población, que se caracteriza por una merma de las tasas de natalidad, envejecimiento, altas tasas de feminidad y fuerte ritmo de salidas hacia las Américas. Por sectores profesionales, el primario va perdiendo efectivos mientras se derivan hacia el secundario, proceso de la salazón y ahora conservas, y por lo tanto se acentúa el éxodo del campo a las villas costeras, donde la industria avanza con fuerte empuje.

En la economía los cambios son tremendos, ya que el primario comienza a modernizarse con la transformación del régimen de propiedad (ya anotado para los Valle Inclán), la redención de los foros y el reparto de los montes[116]. Otras innovaciones tienen que ver con la introducción de nuevos cultivos forrajeros e industriales, la mecanización, la introducción de abonos químicos y la experimentación en granjas agrarias, la divulgación de estos adelantos, la especialización de la cabaña ganadera con profusión de la vacuna y su exportación tanto al exterior como al interior peninsular[117].

Respecto al secundario, la salazón va dejando paso a las conserveras o, en algunos casos, convive con ella, como muestra Leal Bóveda[118] para el caso vilanovés. La revolución en el campo de las técnicas extractivas en el mar y en la industria naval permiten afrontar campañas más largas y productivas en caladeros más lejanos, lo que consolida una industria urbana muy potente en ciudades como Vigo y Coruña, pero que tiene sus efectos inductivos en las villas costeras como Vilanova.

En lo social, los cambios son muy significativos con la desaparición de la vieja hidalguía ante la extinción de las rentas agrarias[119]. El dinero indiano consolida la aparición de un numeroso pequeño propietario que viene a suplantar a los hidalgos de pazo. El asociacionismo agrario será su característica reivindicativa, al igual que la organización obrera en sindicatos de orientación socialista o anarquista.

En lo político y cultural, las Hirmandades da Fala (Hermandades del Habla) y la Xeración Nós (Generación Nosotros) marcan el devenir de una Galicia que ya comienza a pensar en sí misma hasta que la guerra civil acabe con estos brotes de identidad nacional. Pero para estas fechas, quizás afortunadamente, Valle Inclán ya no existirá.

En definitiva, si tiene que ser bien entendido, el idealismo de Valle Inclán debe colocarse entre las coordenadas del tiempo y del espacio. Debe ser visto a la luz de la época y del espacio humano en que Valle vivió. Desde el punto de vista de la época, fácil es reconocer que aquel idealismo constituye una reacción negativa contra el realismo-naturalismo de sus inmediatos antecesores[120].

Estos mundos donde se mezclan elementos tan arcaizantes y tradicionales del Antiguo Régimen con los nuevos liberales serán el germen en el que Valle Inclán encuentre materia prima para sus obras.

Valle conoce el mundo burgués e industrial vilanovés[121] en el que Goday y Llauger copan la industria de transformación del pescado y comparten los cargos municipales con los representantes de la hidalguía más rancia. De hecho, el mundo industrial le toca muy cerca, ya que su padre participa activamente de cuanta iniciativa empresarial se funde en la comarca[122] e incluso adquiere máquinas de vapor de la fundición que Alemparte había instalado en Carril en 1875, que venía de absorber a la creada por De la Riva en 1848. En efecto, según apunta Charlín (2012), Valle Bermúdez instala en 1878 en la Basella, Vilanova, con el vilagarciano Abelardo Montalvo (según consta en el Archivo Histórico de Pontevedra, notaría de José Carrera), la efímera empresa Valle y Montalvo-Sociedad Mercantil e Industrial en España, dedicada a la fabricación de harinas y aserradero, cuya máquina de vapor quemaba carbón de piedra del que traían los barcos de Cardiff para los hornos de Carril. Su propósito era trabajar el pino abeto de Riga, que había sustituido como cargamento al lino cuando comenzaron las importaciones de hilatura escocesa, y moler maíz local y trigo barato importado de América, compitiendo así con ventaja con los viejos e idealizados molinos que aparecen en la obra de su hijo. Esta empresa, por lo que parece, no perduró en el tiempo, de modo que en 1880 ya no figura en el Libro de Matrícula Industrial del ayuntamiento de Vilanova. Quizás, las causas de la corta actividad tengan que ver con lo que Leal Bóveda[123] acaba de anotar sobre este tipo de molinos, o bombas de vapor, de los que incide en que no resultaron rentables, ya que era más barato trabajar con los de río, viento o marea, puesto que el agua era gratis, que consumir leña o carbón[124].

De todos modos, el sistema se aplicó a las malladoras (‘trilladoras’ en castellano) y otros trabajos, que fueron los antecedentes del motor eléctrico que vino después. Recuérdense las muchas y nuevas aplicaciones que tuvo a posteriori en su utilización en los barcos de vapor, ferrocarriles, etc. Por otra parte, eran una solución en zonas donde no había o escaseaba el agua.

En una comarca tan poco desarrollada como el Salnés, en la que la articulación del mercado está sin consolidar, con unas vías de comunicación deficitarias o inexistentes, todo parece indicar que el traslado del grano tirado por sangre desde el interior (casi aislado del núcleo urbano) hasta el litoral de la Basella para ser molido se encarecía grandemente, haciendo más viable moler en la aldea. Puede que los insumos de la empresa en cuestión en la adquisición de carbón del que llegaba a Vilagarcía[125] desde Cardiff fueran muy baratos, pero nunca tanto como lo gratuito del agua de río, a pesar de la existencia en Vilagarcía de una fábrica que se dedicaba a la fundición de molinos harineros[126]. En efecto, el Libro de Matrícula Industrial del ayuntamiento de Vilanova da un incremento notable en el número de molinos de agua desde finales de los años 70 del siglo xix hasta la década de 1880-1890, sobre todo en el interior del ayuntamiento, fruto de la llegada del dinero indiano, de la liberalización de la tierra con la ley de redención foral y del acceso a la propiedad de la misma por el labrador que la había trabajado aforada finisecularmente. Para estas fechas de principios de siglo, anotamos también la introducción de dos molinos de vapor: uno en 1899, de Benito Santos Pazos en Deiro, y otro en 1921, de la viuda e hijos de Jesús Villaverde, también en Deiro. En 1923, Manuel Insua Navia instala uno de gas en Caleiro basado en el mismo principio mecánico que el de las bombas de vapor. Ya en la década de los 30 del siglo xx, aparecen los eléctricos de la familia de Jesús Villaverde mentada anteriormente y los mecánicos de tracción manual sobre émbolo de metal en Vilanova, Baión, András o la Isla. Con todo, del estudio de la Matrícula Industrial se desprende que la parroquia con mayor número de molinos hidráulicos era Baión, en orden a que el río Umia la atraviesa de noreste a sudeste.

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NOTAS

[56] Archivo personal de José María Leal Bóveda.

[57] VILLARES PAZ, Ramón: Desamortización e réxime de propiedade. A Nosa Terra, Vigo, 1994.

[58] Ibídem, pág. 88.

[59] LEAL BÓVEDA, José María: Breves apuntamentos para a memoria gráfica de Vilanova. Bañosprint, 2011, págs. 147-148.

[60] VALLEJO POUSADA, Rafael: A Desamortización de Mendizábal na provincia de Pontevedra. Deputación de Pontevedra, Pontevedra, 1993, pág. 147.

[61] Ibídem, págs. 22-23.

[62] Véase todo el proceso de las desamortizaciones decimonónicas en LEAL BÓVEDA, José María: Breves apuntamentos para a memoria gráfica de Vilanova. Bañosprint, 2011.

[63] LEAL BÓVEDA, J. M.ª; VENTOSO MARTÍNEZ, José: ibídem, págs. 67-122.

[64] Sobre la formación de las clases burguesa e hidalga en Vilanova, véase LEAL BÓVEDA, J. M.ª; VENTOSO MARTÍNEZ, José: «Das Desamortizacións á crise finisecular. O periclitar da fidalguía galega —o caso dos Peña Cardecid e Saco Bolaño— e a venda dos foros do “Agro das Sinas” por Valle Inclán en 1923 en Vilanova de Arousa», en Cuadrante, n.º 22, 2011, págs. 67-122.

[65] LEAL BÓVEDA, J. M.ª; TORRADO, Ramón: ibídem, págs. 32-33.

[66] Ibídem, pág. 32.

[67] Véase LEAL BÓVEDA, José María: Breves apuntamentos para a memoria gráfica de Vilanova. Bañosprint, 2011.

[68] Véanse libros de actas de Plenos, 1838.

[69] En Sonata de invierno, vol. I, págs. 556-557.

[70] En «Los cruzados de la causa», vol. I, pág. 671.

[71] CLEMENTE, Josep Carles: La guerra carlista. Valle Inclán y el carlismo, en http://gredos.usal.es/jspui/bitstream/10366/24421/3/THVI~N67~P129-130.pdf [consulta: 07/11/2014].

[72] En http://pordoncarlos.blogspot.com.es/2009/05/valle-inclan-carlista.html [consulta: 10/11/2014].

[73] CLEMENTE, Josep Carles: La guerra carlista. Valle Inclán y el carlismo. Ibídem.

[74] VALLE INCLÁN BLANCO, C. L.: Prólogo a Gerifaltes de antaño. Espasa Calpe Argentina, S. A., Buenos Aires, 1945, pág. 8. Citado en ACEDO CASTILLA, J. F.: Incoherencia política en Valle Inclán, en http://www.galeon.com/razonespanola/r102-val.htm [consulta: 10/11/2014].

[75] G. DE NORA, E.: La novela española contemporánea. Gredos, 2.ª edición, Editorial Madrid, 1953, pág. 76.

[76] BARREIRO FERNÁNDEZ, J. R.: El carlismo gallego. Editorial Pico Sacro, Santiago de Compostela, 1976, págs. 323-324.

[77] MARAVAL, J. A.: «La imagen de la sociedad arcaica en Valle Inclán», en Revista de Occidente. Madrid, 1966, n.º 44-45, pág. 248.

[78] ACEDO CASTILLA, J. F.: Incoherencia política en Valle Inclán, en http://www.galeon.com/razonespanola/r102-val.htm [consulta: 10/11/2014].

[79] MACHADO, M.: Valle Inclán y la eucaristía. Citado por CARO ROMERO, Joaquín, en ABC de Sevilla, junio de 1993, pág. 58.

[80] GÓMEZ DE LA SERNA, R.: Don Ramón M.ª del Valle Inclán. Colección Austral, 2.ª edición, Buenos Aires, 1948, pág. 71.

[81] VALLE INCLÁN, R. del: Sonata de invierno. Opera Omnia, vol. III, pág. 217.

[82] Ibídem., ob. cit., págs. 14-15.

[83] DE MADRID, F.: La vida altiva de Valle Inclán. Editorial Poseidón, Buenos Aires, 1943, pág. 282.

[84] LADO, M.ª D.: Las guerras carlistas y el reinado isabelino en la obra de Ramón del Valle Inclán. University of Florida Monographs Press, n.º 18, Gainesville, Florida, 1966, pág. 14.

[85] GÓMEZ DE LA SERNA, R.: Don Ramón M.ª del Valle Inclán. Ob. cit., pág. 121. En ACEDO CASTILLA, J. F.: Incoherencia política en Valle Inclán, en http://www.galeon.com/razonespanola/r102-val.htm [consulta: 10/11/2014].

[86] FERNÁNDEZ DE LA MORA, G.: Pensamiento español. 1966, ob. cit., pág. 255.

[87] PEMÁN, J. M.ª: Meditación sobre el tradicionalismo. Punta Europa, Madrid, 1961, pág. 82.

[88] VALLE INCLÁN, R. M.ª: Gerifaltes de antaño. Colección Austral, 5.ª ed., Madrid, 1980, pág. 7. Las cuatro anteriores citas son referenciadas por ACEDO CASTILLA, J. F. en: http://www.galeon.com/razonespanola/r102-val.htm [consulta: 10/11/2014].

[89] En fechas ya recientes, acabó siendo propiedad de la popularmente conocida en la villa como Sra. Adelaida, madre de la muy sonada familia de los Charlín Ganma.

[90]MAÍZ, Ramón: O rexionalismo galego: organizacion e ideoloxía (1886-1907). Edicións do Castro, A Coruña, 1984.

[91] CHARLÍN PÉREZ, F. X.: «Acerca del entorno social y geográfico del joven Valle Inclán (1866-1891): falsos mitos y realidad», en Cuadrante, n.º 28, 2014, págs. 161-183 y 213.

[92] VALLE INCLÁN, R. M.ª: Los cruzados de la causa. Colección Austral, 8.ª ed., Madrid, 1985, ob. cit., pág. 91.

[93] ACEDO CASTILLA, J. F.: en http://www.galeon.com/razonespanola/r102-val.htm [consulta: 10/11/2014].

[94] Sobre el tema de las desamortizaciones en Vilanova de Arousa, véase el trabajo de LEAL BÓVEDA, J. M.ª y VENTOSO MARTÍNEZ, J. M.: «Da desamortización á crise finisecular. O periclitar da fidalguía galega. O caso dos Peña Cardecid e Saco Bolaño e a venda dos foros do Agro das Sinas por Valle Inclán en 1923 en Vilanova de Arousa», en Cuadrante, n.º 22, 2011, págs. 67-122. También LEAL BÓVEDA, J. M.ª, TORRADO, R.: «Aspectos socioeconómicos da Vilanova de Valle Inclán», en Cuadrante, n.º 0, 2000.

[95] ALLEGUE. A.: «Borobó e a beleza», en Homenaxe a Borobó. Edicións do Castro, Sada, 2003, págs. 55-60.

[96] Ibídem, pág. 55.

[97] FERNÁNDEZ ALMAGRO, M.: «Vida y literatura de Valle Inclán». Editora Nacional, Madrid, 1943. En ACEDO CASTILLA, J. F.: Incoherencia política en Valle Inclán, en http://www.galeon.com/razonespanola/r102-val.htm [consulta: 10/11/2014].

[98] ACEDO CASTILLA, J. F.: en http://www.galeon.com/razonespanola/r102-val.htm [consulta: 10/11/2014].

[99] FERNÁNDEZ ALMAGRO, M.: Vida y literatura de Valle Inclán. Editora Nacional, Madrid, 1943, pág. 233.

[100] Ibídem, pág. 262.

[101] Ibídem, pág. 233.

[102] ACEDO CASTILLA, J. F.: en http://www.galeon.com/razonespanola/r102-val.htm [consulta: 10/11/2014].

[103] BARREIRO FERNÁNDEZ, J. R.: El carlismo gallego. Editorial Pico Sacro, Santiago de Compostela, 1976, pág. 326.

[104] ACEDO CASTILLA, J. F.: en http://www.galeon.com/razonespanola/r102-val.htm [consulta: 10/11/2014].

[105] FARIÑA JAMARDO, Xosé: Orixe, nacemento e evolución dos concellos pontevedreses. Deputación de Pontevedra, 1996, págs. 320-321. Véase también el trabajo de VÁZQUEZ SAAVEDRA, Daniel: La organización del trabajo en la Galicia costero-conservera: el impacto de la industrialización en Illa de Arousa, 1889-1935. Original mecanografiado, 2004.

[106] En enero de 1885, los electores José Manuel Rivero y José M.ª Leiro solicitan al pleno la declaración de incapacidad para cargo público de Bóveda y Del Valle, que es aceptada. Días más tarde se ejecuta un expediente contra Victoriano García y su fiador, Ramón del Valle Bermúdez, por un descubierto en los fondos municipales, en la cantidad de 1713,45 pts. en concepto de alquileres de consumos y arbitrios de los años 1873-1874. Dado que aquel se declara pobre y, por lo tanto, insolvente, la Corporación actúa contra Ramón del Valle como fiador. Parece que las dos personas mentadas suscitaban bastantes recelos en el grueso del Pleno y que la manía política y personal afloraba con virulencia en determinadas ocasiones. Fuente: libros de actas del Ayuntamiento de Vilanova de Arousa.

[107] LEAL BÓVEDA, José María: ibídem, págs. 131-132.

[108] LEAL BÓVEDA, José María: ibídem, págs. 136-140.

[109] ALONSO ÁLVAREZ, Luis: Industria y conflictos sociales en la Galicia del Antiguo Régimen. 1750-1830. Arealonga, Akal, Madrid, 1976, pág. 94.

[110] ALLEGUE, Gonzalo: «De damas e frailes», en Cuadrante, n.º 7, 2000, págs. 29-48.

[111] En Romance de lobos, vol. II, pág. 497.

[112] En Romance de lobos, vol. II, págs. 510-511.

[113] En Égloga, jardín novelesco.

[114]STITH THOMPSON: Motiv-Index of Folk literature. Stanford University, California, 1923. M. ESPINOSA, Aurelio: Cuentos populares españoles. Stanford University, California, 1926. Citados por LAVAUD-FARGE: ibídem, pág. 44.

[115] LAVAUD-FARGE: ibídem, pág. 44.

[116] VILLARES PAZ, Ramón: Textos e materiais para a historia de Galicia. Enseñanza/Crítica, Barcelona, 1990, pág. 213.

[117] VILLARES PAZ: ibídem, pág. 213-214.

[118] LEAL BÓVEDA: Breves apuntamentos...

[119] Para el caso vilanovés, véase LEAL BÓVEDA, J. M.ª; VENTOSO MARTÍNEZ, José: ibídem, págs. 67-122.

[120] SOBEJANO, Gonzalo: Valle Inclán frente al realismo. Biblioteca virtual Miguel de Cervantes: www.cervantes.com.

[121] Véase LEAL BÓVEDA, J. M.ª: Breves apuntamentos para a memoria gráfica de Vilanova. Bañosprint, 2011. También LEAL BÓVEDA, J. M.ª; TORRADO, Ramón: Aspectos socioeconómicos da Vilanova de Valle Inclán, en Cuadrante, n.º 0, 2000, págs. 28-35.

[122] Ver CHARLÍN PÉREZ, Francisco: «Acerca del entorno familiar y geográfico del joven Valle Inclán: Mitos y realidad», en Revista ADE-Teatro, n.º 143, 2012.

[123] LEAL BÓVEDA, J. M.ª: As construcións do ciclo do pan na Mariña de Lugo. Deputación de Lugo, 2012, pág. 217.

[124] Señala AGUIRRE SORONDO que en el País Vasco, germen de la industrialización española junto con Cataluña y Asturias, varias fábricas de Deusto se dedicaron a la construcción de la maquinaria de «bombas de fuego» pero no tuvieron éxito ante la baratura del agua, fuente de energía de los molinos hidráulicos. En AGUIRRE SORONDO, A.: Tratado de molinología. Los molinos en Guipúzcoa. Fundación José Miguel de Barandiarán, San Sebastián, 1988.

[125] En la década de los 80 del siglo pasado entrevistábamos a varios operarios de la, por aquel entonces, Junta del Puerto de Vilagarcía, quienes nos manifestaban la presencia no muy lejana en el tiempo de lanchas y gabarras de toda la ría de Arousa que venían a la procura de carbón a Vilagarcía. Véase también ABUÍN DURO, Marcelino; VILLARONGA, Manuel: Vilagarcía y el mar. Junta del Puerto de Vilagarcía de Arousa, Cambados, 1993, 2 tomos.

[126] CHARLÍN, Francisco: ibídem.