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Los molinos y el ciclo del pan en la obra de Valle Inclán (III)

LEAL BOVEDA, José María

Publicado en el año 2014 en la Revista de Folklore número 2014.

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Como se puede observar, la industrialización no le resulta desconocida a nuestro autor, pero también es cierto que mitifica las viejas construcciones molineras sin hacer alusión alguna a este nuevo mundo de las máquinas. Las conoce, por todo lo expuesto, pero calla sobre ellas e incluso se atreve a reprochar a algunos viejos hidalgos, por extensión muy posiblemente a su propio padre (embarcado en incontables iniciativas empresariales como queda dicho), su apuesta por la industrialización. Veamos: en La casa de Aizgorri (Sensación) alude a la traición de Lucio de Aizgorri, conocido de Pío Baroja e hidalgo vasco que monta una fábrica de destilar alcohol, por lo tanto algo parecido a lo que hizo Valle Bermúdez. Podemos leer en esta obra lo siguiente:

La Casa de Aizgorri es una casa hidalga y triste… Las grandes salas entarimadas de nogal, austeras y silenciosas, guardan, con el perfume de las manzanas agrias y otoñales que maduran al sol puestas sobre el alféizar de las ventanas, el recuerdo lejano de otras vidas». «Cuando Pío Baroja estuvo en aquella casa aún vivía D. Lucio de Aizgorri, un caballero achacoso, déspota y borracho, que olvidara la tradición hidalga y campesina de todo su linaje, estableciendo al abrigo de la solariega vivienda una fábrica de destilar alcoholes[127].

El texto resulta muy clarificador sobre la mencionada traición a la casta hidalga y se hace más patente cuando dice que:

D. Lucio de Aizgorri, fue traidor al espíritu de su raza, y esto le trajo la desgracia. Yo creo que las voces misteriosas oídas a media noche por la vieja nodriza eran las maldiciones de Machín de Aizgorri, aquel hidalgo de la armadura que estaba retratado en la sala de respeto. Machín de Aizgorri había sido el fundador del mayorazgo[128].

En página precedente tenemos:

La roja chimenea de ladrillos se perfiló sobre el cielo, más alta que el campanario de la aldea; el humo negro del carbón de piedra se mezcló con las nieblas del valle y el rumor de la maquinaria inglesa con el rumor del molino patriarcal, donde el agua verde de la presa se plateaba al sol[129].

Es evidente la comparación entre el paisaje rural de la aldea, en la que sobresale el molino patriarcal de verdes aguas, y los nuevos tiempos procedentes de la industrialización llenos de humos negros y ruidos que anegan el valle.

Por contraposición a este personaje, ofrece la imagen sacral de su hija Águeda, calificada, entre otras cosas, como «santa doncella, hija de impíos centuriones», mujer «paciente y piadosa» que hila, borda, cose en el fondo de las grandes salas desiertas y melancólicas, prototipo de la mujer hidalga tradicional. Opuestamente a su padre, ella...

… quisiera convertir la fábrica en Hospedería de Mendicantes, donde se recogiese aquella procesión de viejos y lisiados, de huérfanos y locos que los sábados bajaba de los caseríos, e iba por el pueblo pidiendo limosna y salmodiando padrenuestros ante la puerta de los ricos. Era el de Águeda un sueño albo como parábola de Jesús. Y el pensamiento de Águeda acariciaba su sueño como la mano acaricia el suave y tibio plumaje de las palomas familiares […] su voluntad de niña llega hasta la fábrica, que su padre tiene abandonada, y registra los libros, y se obstina sobre las largas hileras de números que parecen los áridos caminos donde el pensamiento de las mujeres y los niños debe rendirse a la fatiga[130].

En definitiva, Valle Inclán, siendo conocedor del brotar de la industrialización, se enfunda testarudamente en la bandera del olvido (¿quizás necedad?) sobre la anterior para tomar la tisana del tradicionalismo. Profundicemos ahora en un elemento fundamental en las bases productivas del Antiguo Régimen como símbolo de protoindustrialización del campo gallego: el molino.

2. Los molinos en la obra de Valle Inclán

Las alusiones a los molinos, molinera o molinero, troje, maíz, etc., en la obra de Valle Inclán son constantes. Así, Lavaud-Fage[131] lo constata para la narrativa corta y apunta que hay referencias al tema en cuestión en A media noche, El rey de la máscara, Un cabecilla, Hierbas olorosas, La adoración de los reyes, Égloga, Geórgicas y La misa de San Electus. Por nuestra parte, verificamos que se hace lo propio, amén de lo indicado, en Águila de Blasón, El embrujado, Divinas palabras, La rosa de papel, Aromas de leyenda, El pasajero, Hierba santa, Jardín umbrío, Sonata de otoño, Flor de Santidad y El ruedo ibérico, y La casa de Aizgorri (Sensación), entre otros títulos. En este sentido, la antedicha Lavaud-Fage, en obra ya citada, establece hasta tres niveles de interpretación sobre un tema muy recurrido por Valle Inclán en sus cuentos, a saber: el molino. En un primer nivel, estaríamos ante el significado primario o natural del término, que no es otro que la definición de la palabra ‘molino’ en el diccionario. Así, hablaríamos de esta construcción como el lugar en el que se muele la cibera. Luego existe un segundo nivel de interpretación, en el que aparece el significado secundario o convencional: puesto en relación contextual con un concepto, el motivo va a ser el soporte figurativo de una semántica y da lugar a una imagen. En un tercer nivel, tendremos que ver lo que el sujeto (el creador de la obra) revela, seguramente sin quererlo, de su propio comportamiento frente al mundo y de los principios que lo rigen. Para eso, la autora analizará el tema del molino en los cuentos de Valle Inclán comparándolo sobre todo con sus ocurrencias en el refranero de Correas, dado que tal obra puede tenerse por una especie de suma del pensamiento popular tradicional[132].

Teniendo muy presente este análisis filológico y simbólico de Lavaud, nosotros intentaremos abrir nuevas puertas para darle un giro etnográfico, geográfico e histórico al estudio del mundo de los molinos en la obra valleinclaniana, introduciendo en cada hipótesis que formulemos el significado que Lavaud le otorga a un determinado párrafo, al tiempo que consideramos de manera especial su nivel de significado según lo dicho.

En ese contexto, mucho se ha escrito sobre el carácter simbólico, idealista, de la literatura de nuestro escritor en contraposición con el realismo, naturalismo, que se venía practicando en esas fechas en nuestro país. Amén de eso, tanto Lavaud (1988), como Sobejano (2006), Moure (2012), Iglesias (1997) y otros, insisten en la huida que Valle Inclán hace de los postulados realistas para refugiarse en un idealismo propio de los modernistas como, por ejemplo, Rubén Darío. En Valle, el realismo tiende hacia la farsa y lo grotesco. No solo Valle Inclán reacciona en contra: lo hacen también Unamuno, Azorín, Miró, Pérez de Ayala y, en menor medida, Baroja o Benavente. No es este aspecto de época lo que me interesa poner de realce, sino el carácter «nacional» del idealismo de Valle Inclán. Según él, el gusto español sería realista, reacio a la idea suprema e incondicionado, propicio al relativo medio o condicionado. En este reproche aparece la preocupación por España. Para Valle Inclán el realismo español es una deficiencia y coincide en esto, más que con ningún otro, con Ortega y Gasset. La antipatía hacia el realismo artístico de la gente española es una faceta de la antipatía de Valle Inclán hacia el realismo español en general, realismo que no significa interpretación activa y centrada del mundo experimentado, sino pasiva y cotidiana acomodación a ese mundo en lo más superficial y externo. El disgusto de Valle Inclán respecto al idealismo indígena representa, pues, una forma de su odio a la rutina, la mediocridad, el convencionalismo y la inhibición de la voluntad personal[133]. Con estas premisas, y otras que luego explicaremos, tratará Valle el mundo de los molinos.

En general, Valle Inclán se apunta también a la voluntad modernista de escribir mediante sensaciones, apartando todo realismo indigenista. Mediante la configuración del molino se recalca la tensión entre el vínculo que mantiene al sujeto con la tradición y a su profunda originalidad. La figura del molino sirve de soporte figurativo al apego a la sociedad patriarcal. El ejemplo es sin duda este cuento, Geórgicas, donde entran en conflicto dos mundos: el industrial naciente que se adivina pero que se calla y el artesanal y primitivo que se contempla en vías de desaparición, desaparición que Valle comparte con otros escritores de su época como en La casa de Aizgorri, en la que se explica cómo el humo negro del carbón de piedra se mezcla con las nieblas del valle y el rumor de la maquinaria inglesa con el rumor del molino patriarcal, en el que el agua verde de la presa se plateaba al sol.

Contrapone a esta velada alusión al mundo industrial el cuento La adoración de los Reyes, en el que el molino parece liberarse de sus temas latentes acostumbrados para hacerse soporte figurativo de una noticia temática muy poco frecuente en Valle Inclán. El molino está presentado en la claridad pacífica y soleada del alba: «La campiña de Belén, verde y húmeda sonreía en la paz de la mañana con el caserío de sus aldeas disperso, y los molinos lejanos desapareciendo bajo el emparrado de sus puertas […]. Bajo aquel sol amable que lucía sobre los montes iba por los caminos la gente de la aldea»[134]. En esta atmósfera de paz, los Reyes Magos, después de adorar al Niño Jesús, se pusieron de nuevo en camino.

Y los tres Reyes magos despojándose de sus coronas las dejaron en el pesebre a los pies del Niño. Entonces sus frentes tostadas por el sol y los vientos del desierto se cubrieron de luz, y la huella que había dejado el cerco bordado de pedrería era una corona más bella que sus coronas labradas en Oriente… Y los tres Reyes Magos repitieron como un cántico: ¡Este es!... ¡Nosotros hemos visto su estrella! Después se levantaron para irse, porque ya rayaba el alba, la campiña de Belén, verde y húmeda, sonreía en la paz de la mañana con el caserío, de sus aldeas disperso, y los molinos lejanos desapareciendo bajo el emparrado de las puertas, y las montañas azules y la nieve en las cumbres…

Ajenos a todo temor se tornaban a sus tierras cuando fueron advertidos por el cántico lejano de una vieja y una niña que, sentadas a la puerta de un molino, estaban desgranando espigas de maíz. Y este era el cantar remoto de las dos voces: «Camiñade Santos Reyes, por camiños desviados, que pol´os camiños reás, Herodes mandou soldados»[135].

Lavaud[136] entiende que la molinera y la niña son la voz de Dios, y el molino el lugar del prodigio, tema que existe tanto en la tradición escrita como en la oral: el molino místico es, ya el lugar de la contrición y allí se descargan costales de pecados, ya el sitio de exaltación de la eucaristía, sirviendo toda su configuración a la exaltación del nacimiento, de la Pasión de Cristo hecho pan eucarístico[137]. Simboliza, pues, la presencia de Dios bajo formas terrenales, como la simboliza el último ejemplo del molino en el discurso valleinclaniano[138].

Pero no todo es placidez en el mundo de Valle, de modo que el molino vuelve a ser utilizado en el sentido contrario que en el caso anterior en El rey de la máscara, donde vemos que: «Sabela temblaba con todos sus miembros, y gemía preguntando qué hacían, lamentando su mala estrella, lo que iba a ser de ellos si la justicia se enteraba: ¡Tío… señor tío! Podemos avisar en el molino. El cura meditó un momento: no; ahí menos que en ninguna parte. Me parece que conocí a los hijos del molinero. Pero podemos enterrarlo en el corral, junto a los naranjos…»[139].

Viene el cuento a que en las fiestas de Antroido (carnaval) un grupo de personas disfrazadas dejan en la casa del cura lo que semeja ser un maniquí pero que en realidad es un difunto. Ante la opción que da Sabela de dejarlo en el molino, el cura responde que ahí menos que en ninguna parte porque creyó ver entre los enmascarados a los hijos del molinero. Según Lavaud, el molino, como elemento de la protoindustria gallega, sirve de soporte semántico al tema del robo y del asesinato[140].

Por otra parte, cuando existen estos dos temas mentados sin otro motivo que la maldad de los seres que lo cometen, la cosa es hecha por los hijos del molinero, es decir por la segunda generación, que obra en disonancia con los padres[141]. Cuando, en cambio, existe una armonía generacional, el molino es símbolo de paz, culminando esta paz en el valor místico de la figura en la Adoración de los Reyes[142].

En definitiva, ciertos temas están en conformidad absoluta con el significado tradicional de la configuración del molino: la mala fama con el robo, el asesinato y el trabajo, al que se alude de paso; en otros casos las correspondencias entre lo figurativo y lo temático están en semiconsonancia con la tradición: el bienestar material, el valor místico, el ruido, el amor y la magia[143].

Fuera como fuese, aceptando los postulados citados anteriormente de Lavaud, con lenguaje idealizado o no, podemos afirmar que Valle Inclán emplea con mucho rigor conceptual y conocimiento de causa todo lo relativo al mundo de los molinos y del pan, tal y como intentaremos mostrar. Es más, aun idealizando en sus obras lo concerniente a estas construcciones, se expresa con un conocimiento absoluto sobre aquello que tiene que ver con la localización, tipos, propiedad, costumbres, etc., de los mismos. Idealiza, ¿idolatra?, los viejos molinos hidráulicos patriarcales, ancestrales, pero vuelve la cara, ¿intencionadamente?, a los surgidos de los nuevos e industriosos tiempos.

2.1. El significado y su evolución a lo largo de la historia

Almacenado y secado el grano de cereal en los hórreos (Valle, curiosamente, emplea con profusión ‘troje’, un término de poco uso en español para referirse a estas construcciones), lo utilizaremos durante todo el año, de acuerdo con nuestras necesidades caseras para hacer el pan, bollos, empanadas de maíz o trigo, pienso para los animales, etc.

El caballero.—¡No son sus culpas las que necesitan perdón. Son las mías! Todo el maíz que haya en la troje se repartirá entre vosotros. Es una restitución que yo os hago, ya que sois tan miserables que no sabéis recordar lo que debería ser vuestro. […] Las casas en llamas serán hornos mejores para vuestra hambre que hornos de pan…[144].

O:

Juana de Juno.—¡Qué conveniencia os trae? La abuela.—Cambiar maíz por pan cocido. Estas espigas que nos dieron por las puertas. Juana de Juno.—¿Quién cosechó maíz tan cativo? La abuela.—Reparo pones a la limosna que me diste…[145].

El pan, y sus construcciones, vuelve a ser tema para Valle en Divinas palabras, jornada segunda, escena primera, donde describe de modo muy bucólico y simbólico el amanecer del día en una aldea:

… Lugar de Condes. Viejo caserío con palios de vid ante las puertas. Eras con hórreos y almiares: Sobre las bardas, ladradores perros. El rayar del alba, estrellas que se apagan, claras voces madrugueras, mugir de vacas y terneros. Sombras con faroles entran y salen de los establos oscuros, portando brazadas de yerba, cuece la borona en algún horno, y el humo de las jaras monteses perfuma el casal que se despierta…[146].

Pero de nada nos serviría ese grano si no tuviéramos un aparato para poder triturarlo y convertirlo en harina: el molino, que, en principio, puede ser de cuatro clases, cada cual más evolucionada, si atendemos a la fuerza motriz que lo acciona. Estaríamos, pues, ante el más antiguo movido con la mano, los molinos de agua de río, los de marea, que funcionan con el flujo-reflujo del mar y, finalmente, los de viento. La clasificación puede hacerse mucho más compleja si incluimos los más modernos de electricidad.

… En la casa de DON PEDRO BOLAÑO. Es la hora en que las gallinas se recogen con el gallo mocero. Arde una lumbrada de tojos en la gran cocina, ahumada de cien años que dice con sus hornos y su vasto lar holgura y labranzas. Una vieja hila sentada debajo del candil. Los otros criados desgranan mazorcas para enviar el fruto al molino…[147].

A partir de los primeros de ellos, el barquiforme y el castreño de mano, el hombre fue desarrollando técnicas que posibilitaron una mayor cantidad de grano molido con un menor esfuerzo, y claro que lo consiguió. Veamos, entonces, esta evolución histórica en la que la tradición griega afirma que la creadora de tal ingenio fue Deméter, madre de los cereales, mientras que, por otra parte, Homero sabe de su presencia hacia el 800 antes de Cristo.

Para remontarnos a la Antigüedad en el estudio de estas piezas, deberemos acudir a la arqueología como herramienta de trabajo, y esta nos dice, por los numerosos restos encontrados, que las primeras máquinas manuales las hallamos en el Neolítico y consistían en dos piedras, una mayor que la otra, con forma barquiforme, sobre la que se depositaría el grano. Sobre ella se movería otra, de forma cilíndrica, con un efecto de vaivén que conseguiría triturar el cereal. Estos son los primitivos molinos de mano.

Otra variedad, ampliamente desarrollada y conocida en la Galicia castreña, prerromana, es aquella consistente en dos piedras, primero planas y luego cónicas, una más grande como núcleo (denominada ‘pie’) que consta de un pequeño agujero sobre el que giraría otra superior o muela. La rotación se realizaba aplicando un movimiento circular a la muela con un palo clavado en ella. Algunos autores toman este sistema como un claro signo de romanización, aunque para otros, Begoña Bas entre ellos, esta cuestión aún no está sobradamente clara como para asegurarlo tajantemente. Lo cierto es que desde antaño llegaron hasta la actualidad, empleándose paralelamente a los molinos de agua y de viento. En este sentido, en Portugal fueron utilizados hasta no hace mucho tiempo, de modo que en el Algarve estuvieron en funcionamiento hasta muy tarde, tal y como recoge Galhano[148].

Más que moler el grano, lo trituraría, con lo que el resultado, en muchos casos, era una harina que solamente servía como pienso para los animales. Aun así, su difusión debió de ser muy amplia si atendemos a la sencillez de su mecanismo de molienda y a la facilidad con que se podían construir estas piezas. Esta difusión estaría motivada en el Medievo porque entonces se produce la gran expansión del molino de agua por tierras señoriales, y recordemos que los campesinos deberían pagar un censo por el uso de todos los instrumentos pertenecientes a la reserva del dominu[149]. Las primeras noticias que hablan del relevo de la fuerza manual por la hidráulica nos llegan de Antípater de Tesalónica, contemporáneo de Cicerón, quien hacia el 85 a. C. nos habla de un molino de agua con rueda horizontal, semejante a nuestros rodetes actuales[150].

En este mismo sentido, hemos de decir que las ruedas hidráulicas para elevar agua son descritas ya en el siglo iii a. C. por Filón de Bizancio, mientras que los molinos de agua están claramente registrados en Roma, allá por el siglo i antes de nuestra era. El mismo Vitrubio en el año 27 a. C., ingeniero y arquitecto romano por excelencia, en su tratado de arquitectura, describe el mecanismo para regular la velocidad. El desarrollo del molino a partir de la era romana iba a ser una constante en toda Europa, prolongándose mucho más allá en el tiempo hasta llegar claramente al Medievo. Antes aparecen mentados en el siglo v en una colección de leyes y crónicas irlandesas, recogidas por Usher. También Gregorio de Tours los cita como algo frecuente en su tiempo.

Las funciones de molienda parecen no ser las únicas en los albores de la civilización cristiana, y así fueron empleados para serrar madera en el siglo iv. Su número habría de disminuir después de la caída del Imperio romano aunque de nuevo volvieron a resurgir con el rescate y colonización de nuevas tierras que tuvieron lugar bajo las órdenes monásticas del siglo x. En el siglo xiv, su empleo era más que frecuente para las manufacturas en todos los centros industriales europeos: Bolonia, Augsburg, Ulm, etc., y en el siglo xvi en los Países Bajos se utilizaban aprovechando la fuerza de las mareas[151].

Como dijimos, el molino hidráulico no se utilizaba solo para moler grano o elevar agua, sino que complementariamente proporcionaba energía para hacer pasta de papel con trapos (Ravensburg, 1290), hacía funcionar los martillos y las máquinas de cortar de una ferrería (Dobrilugk, 1320), serraba madera (Augsburg, 1322), golpeaba el cuero en las vacarizas, proporcionaba energía para hilar la seda, se usaba en los batanes para golpear los paños y hacía girar las pulidoras de los armeros. De igual manera, se aplicó con mucho éxito en el bombeo de agua en las minas para la trituración del mineral, en la industria del hierro ocasionó la aparición de mayores fuelles, temperaturas, hornos y, consecuentemente, un incremento en la producción de este mineral.

Lewis Mumford[152] mantiene que la difusión de la energía fue un factor imprescindible en el crecimiento de la población, de tal manera que las zonas en donde se concentraban esta circunstancia y el poder financiero crecían urbanísticamente, mientras que otras rurales, ajenas a la fusión financiera y técnica, permanecían en un retraso absoluto. Del primer caso, vemos los ejemplos del crecimiento excesivo que tuvieron durante los siglos xvi y xvii Amberes, Londres, Ámsterdam, París, Roma, Lyon y Nápoles, entre otras. Por otro lado, la Europa del sur seguía en un estado de postergación económica, con sus ojos vueltos al campo o al efímero Dorado americano en el caso español.

Ahora bien, mientras que el centro y norte de Europa diversificaban la fuerza hidráulica, dándole también usos industriales, el sur mantenía estos ingenios para usos domésticos, en una economía agrícola, cerrada, donde todo giraba en torno a la reserva del señor, laico o eclesiástico. Por eso, esta energía no penetra en Galicia, en concreto, hasta los siglos xi y xii, momento en que nuestra geografía comienza a cubrirse de pequeños molinos que aprovechaban la fuerza ofrecida por el caudal de nuestros numerosísimos ríos y riachuelos[153]. Estamos en unos momentos de lo que podríamos denominar protoindustrialización o proceso referido a la producción de manufacturas, o semifacturas, que se desarrolló en comarcas rurales europeas durante los siglos xvii y xviii. En estas zonas, un porcentaje muy importante de la población rural producía estas manufacturas para mercados próximos y lejanos. Se dio en diversos tipos de manufacturados: textil, cerámica, industrias de productos metálicos (cuchillos, alfileres, clavos), relojes, curtidos, vidrio, etc., pero sobre todo en la producción harinera para mercados de comarca, ya que la harina era la materia prima del pan, base de la alimentación tradicional. Aquel que poseyera la propiedad de los medios de producción y transformación harinera tendría asegurada una gran fuente de ingresos, y estos eran los señores, laicos o eclesiásticos.

Valle Inclán sabe de esto y lo deja expuesto en el siguiente texto de El Embrujado, Geórgicas, jornada primera, cuando la Galana le dice a don Pedro:

Pero diga algo, señor, diga algo. ¿Me concede los molinos que tiene en Aralde y aquel agro pequeño que tiene debajo? Si me los concede y una casa donde vivir, con cuatro gallinas y una cabra, quien dice una cabra dice una vaca… Don Pedro.—¡Tú me dejarás pobre! La Galana.—¿Me los concede? Don Pedro.—Los molinos. El agro, no…[154].

Es evidente que Valle calla (creemos que conscientemente puesto que, por ejemplo, su padre fue promotor de varias industrias en el Salnés) sobre un mundo cambiante que comienza a brotar en Galicia, aquel del protagonismo de la burguesía, del comercio, de la industria, pero también lo es que conoce la importancia que, en un universo tan ruralizado como el gallego, tiene la propiedad del elemento de transformación del grano en harina que dará el pan de todo el año. La Galana sabe que aforando el molino de don Pedro tendrá que pagarle un porcentaje anual, pero se resarcirá grandemente con el que le cobre a aquellos que vayan a moler al molino, con la maquila o tanto por ciento que el llevador del aparato moledor se queda en forma de pago. Esta tiende a hacerse en ferrados, que se miden con una caja de madera y varían según la zona considerada, de ahí la mala fama que tienen los molineros ya que tendían a quedarse con más harina de la que les correspondía (Non fíes en despenseiro ni en maquía de muiñeiro: No fíes en despensero ni en maquila de molinero. Popular). Pero sobre este tema habremos de volver en adelante.

Galicia permanecería en esta situación casi de monopolio señorial hasta bien entrado el siglo xix, cuando se produce la liberalización de la tierra. A partir de estos momentos, al igual que ocurre con la difusión de los hórreos, el labrador comienza a acceder a la propiedad de la tierra cultivada durante generaciones, y a construir su propio molino, puesto que ya no existe el deber de ir a moler al del señor. Si no puede costear la construcción, acudirá otra vez a la ayuda vecinal y entre todos levantarán uno de «herederos» (herdeiros en gallego, forma de propiedad comunal muy extendida en esta comunidad), en el que cada cual tiene su parte o turno, según lo allegado al beneficio común, bien en dinero, trabajo o piezas. De la propiedad de los molinos y de sus formas y volúmenes hablaremos más adelante, pero anticipemos que los pertenecientes a los poderosos, aun aforados, serán mayores, mejor construidos y con mayor número de muelas[155].

Otro de los aspectos que conviene mentar, ya que Valle lo aprovecha profusamente en su obra, es la localización de estas construcciones. En la mayor parte de los casos aparecen solos, aislados, pero alguno también cerca del casal, dentro del conjunto casero, formando un complejo de varios, como en As Regas e As Veigas, en la Estaca de Bares, donde cinco en cada caso comparten un único riachuelo, en los complejos del Folón y Picón en el Rosal, o en la Barosa en el ayuntamiento de Barro. Generalmente se adaptan al contorno que los cobija, aprovechando los desniveles del terreno, las curvas de los ríos y de los riachuelos, donde se construye un embalse que les dará el agua necesaria[156]. En el caso de los de viento se procurará un lugar elevado en el que la fuerza del vendaval sea considerable. Para los de maré (‘marea’), aprovecharemos el fondo de saco de una ría en la que almacenaremos el agua tras un dique cuando sube la marea, para soltarla lentamente cuando baja. De todos ellos tenemos ejemplos en el Salnés, donde proliferan los de río (Baión sería el lugar en el que se recuentan más debido a que es una parroquia recorrida por el río Umia), pero también tenemos de marea en la isla de Arousa, Catoira o Cambados, y de viento en el lugar de Abalo en Catoira o en la isla de Arousa[157].

Como decíamos, por lo general aparecen solos en el paisaje, alejados de los núcleos de población ya que deben emplazarse en las curvas y desniveles de los ríos para aprovechar la mayor fuerza del agua o para hacer la presa que deriva las aguas del río hacia el rodete. Esta distancia era aprovechada por gentes de malvivir, ladrones, romeros, viajeros, etc., para cometer diferentes tropelías sin ser descubiertos o para pasar la noche y calentarse en el hogar. Era común que los viajeros pernoctasen en ellos o que los ladrones y delincuentes aprovecharan el alejamiento y la nocturnidad para delinquir. Por su localización, también era lugar elegido para amoríos que debían quedar en el anonimato. Así, se recoge en la Adoración de los Reyes, Jardín umbrío, o en este párrafo de El rey de la máscara:

Estaba la rectoral aislada en medio del campo, no muy distante de unos molinos: era negra, decrépita y arrugada, como esas viejas mendigas que piden limosna, arrostrando soles y lluvias, apostadas a la vera de los caminos reales…[158].

Otro buen ejemplo lo tenemos en El resplandor de la hoguera, La guerra carlista II, cuando Josepa le pide un pan a Miquelo Egoscué para vigilar los movimientos de las tropas republicanas:

La Josepa durmió en una cueva, cerca de San Pedro de Olaz. Rayando el día, se dirigió al molino donde se alojaban algunos soldados, y andando entre ellos comenzó a pedir limosna. […] La Josepa entró al molino, y descubriendo la cara pálida del niño, que dormía en sus brazos, comenzó una letanía para que le consintiesen secarse al fuego. Un soldado, compadecido, le dejó algunas rebañaduras de su rancho. […] El soldado miró a la mendiga con una vaga sospecha, que se disipó al verla encorvada dando el pecho al niño, temblando de miseria bajo sus harapos. Sin responder, se acercó a una puerta baja que tenía el umbral blanco de harina y llamó a voces: ¡Patrona!... ¡Ya nos vamos!... ¡Perdonar! Se oyó una voz de mujer: ¡Que no vendríais más! Fuéronse los soldados, en un trote sonoro sobre el camino endurecido por la helada, y salió la molinera a la puerta para verlos partir. Era una moza de buen donaire, con el cabello blanco de harina, y los ojos verdes como el agua de río, y las mejillas llenas de encanto campesino y solar. Hasta que los últimos jinetes desaparecieron en una revuelta del camino, estuvo en la puerta sin hablar, mirando a lo lejos, con una mano levantada e inmóvil como figura de retablo…[159].

En este caso, amén de describir cómo el molino era empleado como lugar donde refugiarse del frío y descansar, se nos muestra a la molinera de una manera muy idealizada; hermosa, llena de encanto campesino con los cabellos blancos por la harina como sinónimo de persona pura y muy trabajadora. Más adelante llegan las tropas forales con una recua que prisioneros y vuelven a usar el molino como lugar de refugio:

Al verlos [se refiere a la molinera que ve llegar a los soldados carlistas con los presos] hacer alto, la molinera se entró cerrando la puerta del molino. Venían repartidos en dos hileras, dando custodia a una cuerda de cinco presos. Adelantóse un soldado, y llamó con la culata del fusil. […] Entró al molino la tropa, empujando a los prisioneros que tenían las manos atadas y estaban cubiertos de lodo, con huellas de haber sido arrastrados por los caminos…[160].

Además, tenemos en las Sonatas de otoño:

… el sol empezaba a dorar las cumbres de los montes: Rebaños de ovejas blancas y negras subían por la falda, y sobre verde fondo de pradera, allá en el dominio de un Pazo, larga bandada de palomas volaba sobre la torre señorial. Acosados por la lluvia, hicimos alto en los viejos molinos de Gondar, y como si aquello fuese nuestro feudo, llamamos autoritarios a la puerta. Salieron dos perros flacos, que ahuyentó el mayordomo, y después una mujer hilando […] Era una pobre alma llena de caridad. Nos vio ateridos de frío, vio las mulas bajo el cobertizo, vio el cielo encapotado con torva amenaza de agua, y franqueó la puerta, hospitalaria y humilde: Pasen y siéntense al fuego. ¡Mal tiempo tienen, si son caminantes! ¡Ay! Qué tiempo, toda la siembra anega…[161].

Tres cosas cabe subrayar aquí: la primera es el papel de los molinos como lugar de resguardo de caminantes, la presentación muy idealizada de la molinera como un alma caritativa y hospitalaria y, finalmente, que los molinos en cuestión debían de ser de propietario hidalgo, aunque aforados, ya que en este caso contaban con alpendre para resguardar las caballerías.

Era frecuente que las largas horas de espera mientras se producía la molienda fueran aprovechadas por la molinera para dedicarse al tejido del lino en unos sistemas de producción conocido como domestic system propio de las sociedades proto o preindustriales, en las que el productor era propietario tanto de la materia prima como de los medios de producción, que eran artesanales. Valle resalta este hecho de manera continua, presentando a la molinera como trabajadora infatigable que tanto atiende al molino como a la molienda, pero olvidando u ocultando la sociedad industrial que está brotando en Galicia. Bien entrado el siglo xix en la zonas rurales gallegas, se da el salto al putting out system, en el que la producción se efectuaba de forma dispersa en cada uno de los domicilios de los trabajadores, la mayor parte de las veces a tiempo parcial, alternándola con las tareas agrícolas. Se utilizaba fundamentalmente en contraposición tanto al trabajo gremial de los talleres artesanos de tradición medieval como a la manufactura y la fábrica (el denominado factory system propio de la revolución industrial de finales del siglo xviii). El sistema putting out se generalizó a partir de la Edad Moderna. Los burgueses, en un nuevo papel de empresarios capitalistas, ofrecieron a los campesinos las materias primas y herramientas necesarias para la producción de determinados productos, especialmente textiles. En efecto, para el primer tercio del siglo xix se pueden documentar varios casos en el ayuntamiento de Vilanova de Arousa en los que el llevador del foro, el molinero, pide permiso al señor, propietario del molino, para implantar una máquina en el rodete que conecte mediante poleas con la rueca de hilar el lino, aumentando así la producción del tejido sin mermar la de harina.

En Águila de blasón, Comedias bárbaras II, escena cuarta, se vuelve a insistir en lo explicado:

Sobre verdes prados el molino de PEDRO REY. Delante de la puerta una parra sostenida en poyos de piedra. Los juveniles pámpanos parecen adquirir nueva gracia en contraste con los brazos de la vid centenaria, y sobre aquellas piedras de una tosquedad céltica. Vuelan los gorriones en bandadas, y en la alto de la higuera abre los brazos en espantajo grotesco de una vieja vestida de harapos, con la rueca en la cintura, y en la diestra, a guisa de huso, el cuerpo de una cabra. Sentada a la sombra del emparrado está la molinera, fresca y encendida como las cerezas de Santa María de Meis. LIBERATA LA BLANCA bate en un cuenco la nata de la leche, y en la rosa de los labios tiene la rosa de un cantar…[162].

El tema del lino y su relación con los molinos es recurrente en Valle, de forma que volvemos a verlo en alguna ocasión más con intenciones de una mayor idealización de los personajes. Veamos, en Estela de prodigio, claves líricas:

Estábase la molinera. De su molino en el umbral: En la cinta tiene la rueca, En los labios tiene un cantar. Aquel molino el ermitaño, No lo había visto jamás. —Molinera que estás hilando, A la vera de tu heredad, Quieres decirme si lo sabes, Adónde este camino va, Pues me basta a desconocerlo, De una noche la brevedad. —A la cueva de un penitente, En la hondura de un peñascal. —Nunca falte lino a tu rueca, Ni verdores a tu linar. Ni a las piedras [muelas] de tu molino, El agua que impulso les da[163].

En otros lugares se nos confirmará el modo de producción del domestic system mentado del lino y se nos da información de su comercialización en las diferentes ferias locales. Ejemplo de esto podemos verlo en Malpocado cuando:

… abuela y el nieto van anda, anda, anda […] La vieja arrastra penosamente las madreñas que choclean en las piedras del camino y suspira bajo el manteo que lleva echado por la cabeza […] y la abuela y el nieto van anda, anda, anda… Bajo aquel sol amable que luce sobre los montes, cruza los caminos la gente de las aldeas […] Un chalán asoleado y brioso trota con alegre fanfarria de espuelas y de herraduras: viejas labradoras de Cea y de Lestrove van para la feria con gallinas, con lino, con centeno…[164].

De nuevo, podemos ver la idealización romántica del mundo rural, tradicional, en el que la presencia del industrial no tiene cabida a pesar de su existencia. Cuando hablemos del molino como núcleo de las relaciones sociales de la aldea, habremos de insistir en el tema.

Volviendo a lo que nos ocupaba anteriormente, el párrafo que mejor recoge lo sombrío de la localización de los molinos lo tenemos en A media noche, Jardín umbrío, cuando el espolique y amo intentan llegar lo más pronto posible y sin percances a su destino:

Pronto se perdieron en una revuelta, entre los álamos que marcan la línea irregular del río. Cerró la noche y comenzó a ventar en ráfagas que pasaban veloces y roncas, inclinando los árboles sobre el camino, con un largo murmullo de todas sus hojas, jinete y espolique corrieron mucho tiempo en la oscuridad profunda de una noche sin estrellas. Ya se percibía el rumor de la corriente que alimenta el molino y la masa oscura del robledal, cuando el mozo advirtió en voz baja…[165].

En este caso, Valle recrea la noche, la oscuridad del robledal, el alejamiento del molino y el ruido de las aguas que lo alimentan a su paso desde la presa del río hasta el infierno (el infierno es la parte inferior del molino donde se encuentran las ruedas y demás mecanismos que, mediante una leva, transmiten la rotación a la muela) y el rodete. Por eso y la nocturnidad, se nos va introduciendo en un ambiente de peligro advertido por el chico: «Mi amo, vaya prevenido por lo que pueda saltar…». El amo, que ya lo va y semeja perfecto conocedor de la circunstancia, responde: «No hay cuidado…». La prudencia del mozo hace que insista: «…Y bien que lo hay. Una vez era uno así de la misma conformidad, porque tampoco tenía temor, y en la misma puente le salieron dos hombres y robáronle, y no le mataron por milagro divino…». El amo no quiere dar el brazo a torcer y se muestra seguro de sí mismo, dominador de la situación: «… esos son cuentos…». El espolique no las tiene todas consigo y temeroso exclama: «¡Tan cierto como que nos hemos de morir!…».

El espolique guardó silencio. Percibíase cerca el rumor de la corriente aprisionada en los viejos dornajos del molino [se refiere a los alpendres en los que se guarecían las caballerías mientras se procedía a la molienda]; era un rumor lleno de vaguedad y de misterio que tan pronto fingía alarido de can que ventea la muerte con un gemido de hombre a quien quitan la vida. El espolique corría al flanco del caballo. Allá en la hondanada recortaba su silueta una iglesia cuyas campanas sonaban lentamente con el toque del nublado. El jinete murmuró: ya estamos cerca de la rectoral. Y respondió el espolique: engaña mucho la luna, mi amo.

No puede haber mejor introducción que lo narrado para lo que va a acontecer, de modo que todo sigue:

… de pronto moviéronse las zarzas de un seto separadas con fuerza, y una sombra saltó en mitad del camino. ¡Alto! La bolsa o la vida. Encabritose el caballo, y el resplandor de un fogonazo iluminó con azulada vislumbre el rostro zaíno y barbinegro de un hombre que tenía asidas las riendas y que se tambaleó y cayó pesadamente. El espolique inclinóse a mirarle, y creyó reconocerle. Mi amo, paréceme el Chipén. ¿Quién dices? El hijo del molinero. ¡Dios le haya perdonado! […] Estaba tendido en medio del camino. Tenía una hoz asida con la diestra, descalzos los pies que parecían de cera, la boca llena de tierra y chamuscada la barba. Un hilo de sangre le corría de la frente. El jinete, afirmándose en la silla, le hincó las espuelas al caballo, que temblaba, y le hizo saltar por encima. El espolique le siguió. Chispearon bajo los cascos las piedras del camino, y el amo y criado se perdieron en la oscuridad. Pronto descubrieron el molino en un claro del ramaje que iluminaba la luna. Era de aspecto sospechoso y estaba situado en una revuelta. Sentada en el umbral dormitaba una vieja tocada con el mantelo. El espolique la interrogó azorado: ¿Lleva agua la presa? La vieja se incorporó sobresaltada: Agua no falta, hijo…[166].

En la misma línea, en Flor de santidad le grita a dos mozas que van por el camino:

—¿Van para la feria de Brandeso? —Vamos más cerca. —¡Un ganado lucido! —¡Lucido estaba!... ¡agora le han echado una plaga, y vamos al molino de Cela! […] En una revuelta del río, bajo el ramaje de los álamos que parecen de plata antigua, sonríe un molino. El agua salta en la presa, y la rueda fatigada y caduca canta el salmo patriarcal del trigo y la abundancia…[167].

En Gerifaltes de antaño, La guerra carlista III, el cura Santa Cruz, luego de dejar parejas de voluntarios que vigilasen los caminos del monte y los vados del río, baja con su guardia de doce hombres a: «pedir raciones en los poblados de Belza, Urría y San Pedro de Olaz. Por aquellas labranzas, alquerías, molinos e iglesiarios, estaban repartidos los setenta mozos que iban en pos de Don Pedro Mendía y que comenzaban a mal sufrir el enojo de tantos días de paz…»[168].

El conocimiento de Valle de esta cuestión parece aquí indudable, veamos. Como queda antedicho, era necesario hacer una pequeña derivación del agua mediante una presa, en la revuelta de un río para llevarla al molino a través de un canal que la conduciría al infierno o parte inferior en la que se sitúan los elementos giratorios del molino. Esto podía hacerse de dos formas: una, mediante el denominado canal, que es un conducto que hace bajar el agua directamente al rodete. Este método es muy costoso en agua, ya que esta baja directamente y no hay forma de regularla, excepto con el pechadoiro o trampilla que se pone en el canal para que le llegue menos agua al rodete. En todo caso, el agua se pierde en el infierno sin llegar al anterior. Otro método es mediante la construcción del llamado cubo o represa, en el que se almacena el agua delante del molino para ir soltándola lentamente hacia el rodete. Este método emplea menos agua y posibilita regular su caudal.

En verano las aguas de ríos y riachuelos disminuyen, por lo que las presas antedichas suelen llevar poco caudal que, además, hay que destinar también a riego, con los consiguientes conflictos con los regantes de fincas. El hecho de que la vieja molinera le diga al espolique que agua no falta y que la presa lleva de sobra nos quiere indicar que estamos en época de lluvias y no de verano, y Valle es sabedor de todo esto. Por eso hacemos hincapié en que, amén de la idealización que se nos quiere presentar en el cuento, es evidente que también hay un gran conocimiento de la idiosincrasia que rodea al molino. Sobre esta obra de Valle habremos de volver cuanto estudiemos las distintas formas de propiedad.

En varios pasajes Valle Inclán nos advierte de esta carencia de aguas estival; así, en El embrujado, Retablo de la avaricia, la lujuria y la muerte, tenemos:

Pasa una tropa de chalanes en jacos nuevos de poca alzada, fuertes los cascos, lanudos los corbejones, brava la vista, montaraz la crin: Son los tres rapaces de ALONSO TOVÍO, con GUZMÁN DE MEIS, REMIGIO DE CÁLAGO y VALERIANO EL PAJARITO. El Pajarito.—¡Adónde va el barquero!... La moza del ciego.—Va sin agua el río, y no hay barca ni barquero. Guzmán de Meis.—Pues vamos a buscar el vado. Uno de los Tovíos.—Sudosas como llevamos las monturas, alguna puede atrapar una alferecía. Más nos vale bajar por los molinos hasta la Puente vieja…[169].

Este pasaje tiene mucha similitud con el que ocurría con el molino de las Aceñas, sito en Barcia sobre el río Umia. En tiempos de estío, cuando la sequía se hacía muy evidente, cuentan los vecinos que el río se podía vadear por el lugar denominado Atajo de la Barca, en relación con una que comunicaba este sitio con el lugar de Arañad y Pontearnelas, por lo que sus explotadores debían satisfacer foro al arzobispado de Santiago[170].

También en Hierba Santa estamos ante el mismo tema, cuando el Marqués de Bradomín mandaba…

… al mayordomo y a la molinera que comiesen ellos. La molinera solicitó mi venia para llamar al viejo que cantaba dentro. Le llamó a voces: ¡Padre! ¡Mi padre! Apareció blanco de harina, la montera derribada sobre un lado y el cantar en los labios […] Al probar el vino, el viejo molinero se levantó, murmurando: —¡A la salud del buen caballero que nos los da!... De hoy en muchos años torne a catarlo en su noble presencia. Después bebieron la molinera, y el mayordomo, todos con igual ceremonia, mientras comían yo les oía hablar en voz baja. Preguntaba el molinero adónde nos encaminábamos y el mayordomo respondía que al Palacio de Bradomín. El molinero conocía aquel camino, pagaba un foro antiguo a la señora del palacio: un foro de dos ovejas, siete ferrados de trigo y siete de centeno. El año anterior, como la sequía fue tan grande, perdonaba todo el fruto: era una señora que se compadecía del pobre aldeano…[171].

En Águila de blasón, Liberata rifa con don Pedrito para que le rebaje el foro del molino: «… Será porque el amo nos la perdona… [se refiere a la renta que le paga a don Pedrito por el foro del molino] ¡Ave María, de balde un molino que la mitad del año solamente tiene agua para una piedra! ¡Las otras dos es milagro que muelan pasado San Juan!..»[172]. La existencia de tres piedras para moler nos pone de manifiesto la propiedad hidalga de la construcción.

En la misma obra, Liberata vuelve a discutir con don Pedrito porque este quiere aumentar el pago del foro y la primera le hace ver que de tres muelas que tiene el molino tan solo muele una continuamente ya que las otras permanecen paradas entrado el verano por la falta de aguas. Ante la insistencia de don Pedrito de que en esos momentos están funcionando las tres, ella le hace ver que muelen: «… porque tenemos el agua de los riegos…»[173].

Contrariamente, en el Catastro de Ensenada y en el Libro de Matrícula Industrial de Vilanova anotamos varios molinos que funcionaban todo el año, sin duda porque eran abastecidos de agua por el río Umia. Así, tenemos en el lugar de Barcia, Baión, el molino de las Aceñas, del que se referencia que: «Don Juan Manuel Varela vecino de la ciudad de la Coruña tiene una casa con quatro ruedas de molino negreras [del país o destinadas a moler maíz] llamado molino das Señas que muelen todo el año con agua del río que viene de Caldas y se regulo la utilidad de todas ellas en dos mil cincuenta reales». Sin embargo, el molino de Canabal, en Carballo, Baión, también citado en el Catastro de Ensenada, tan solo molía cuatro meses al año con una muela movida con las aguas del río Coscoño, con una utilidad de 100 reales anuales.

Valle Inclán tiene mucho conocimiento sobre los foros porque su familia, que tiene cédula de hidalguía otorgada por la Cancillería de Valladolid en el siglo xvi, emparenta con los Peña Montenegro en el xix, y estos tienen tierras aforadas desde este mismo siglo por toda la comarca del Salnés: Corbillón, András, Las Sinas, La Aduana, Caleiro, isla de Arousa, etc[174].

Otra cuestión que llama la atención en la obra de Valle se refiere a los tipos de molinos, de los que pueden hacerse muchas clasificaciones según los diferentes criterios que queramos adoptar: fuerza motriz, tipo de propiedad, situación, materia prima molida, antigüedad, posición del rodete (vertical u horizontal), etc. Para una mayor claridad, nosotros los vamos a dividir en este apartado conforme a la fuerza motriz que los mueve, para ir desarrollando paulatinamente los otros aspectos señalados.

Según la energía que los ponga en funcionamiento, existen los de agua de río, agua de mar (ambos conformarían el grupo de los denominados hidráulicos) y viento. Incluso, hoy veríamos otro tipo más, conforme con los nuevos tiempos, es decir: los eléctricos. Todos están en consonancia con las características geográficas de la zona en que se instalan, por lo que podemos afirmar que Galicia es territorio privilegiado debido a que los ríos y riachuelos son abundantes, las ensenadas y las rías no menos numerosas y profundas, y el régimen de vientos está entre los más intensos de la península. Todos estos factores, a los que hay que unir un relieve muy quebrado, con sucesión continua de valle y montaña con roturas constantes de pendiente, facilitan la aparición de estas pequeñas, pero maravillosas, construcciones. En nuestra opinión, son, sin duda, la máquina más ecológica que se creó, amén de representar la comunión más estrecha entre el género humano y el medio sobre el que se asienta.

Por lo que respeta al tema de su clasificación, y teniendo al agua como protagonista, mencionaremos los de río y los de marea.

Entre los primeros podremos distinguir los de rodete horizontal, la mayoría de los aquí localizados, y las aceñas. Se refieren en este caso a los que portan el rodete vertical, en forma de noria romana y árabe. Los primeros necesitan mucha agua para moler, por lo que lo hacen en otoño, invierno o primavera, mientras que los segundos precisan mucha menos y se utilizan con profusión en verano. En verano muchos de ellos paralizan su actividad para destinar la escasa agua a otros usos, como el riego fundamentalmente. En este período eran sustituidos por los de viento, rodete vertical o de marea. En otros puntos de nuestra geografía en los que existía la noria, estos pasaban a ejercer las labores de los de rodete horizontal, ya que necesitan mucha menor cantidad de agua para funcionar. Por eso, anotábamos que la acción de A media noche transcurre en estas fechas y no en verano, ya que la vieja avisa de que a la presa no le falta agua. Es frecuente que, a propósito de esto, justo antes del cubo lleven construido un pequeño lavadero de ropa, así que los usos del molino se diversifican sin afectar en absoluto a la molienda.

Llegado el verano, ante la falta de agua para el riego, se producían fricciones entre los propietarios de estos artilugios y los de las tierras vecinas, que a veces llegaban a pleitos judiciales. Esto era así porque, si se dedicaba el poco líquido a moler, no se podía regar, y viceversa. Litigios de este tipo salpican la historia judicial de Galicia[175].

La cuestión está relacionada con la combinación entre policultivo de subsistencia, monte y ganadería, que define el sistema productivo gallego hasta la crisis finisecular, entre los siglos xix y xx. A partir de estas fechas, aunque lentamente, se va produciendo una integración de nuestra agricultura en el mercado nacional e internacional gracias al acceso del campesinado a la propiedad de la tierra, a la introducción de tecnología en el campo (nuevos abonos, maquinaria, rotación de cultivo, ampliación de la superficie cultivable, etc.) y al asociacionismo agrario[176]. Así, la especialización ganadera de la Galicia decimonónica hizo que el monte se convirtiese en una pieza fundamental en el proceso productivo ya que aportaba el tojo para cama de ganado, base de los abonos orgánicos, únicos empleados hasta finales del xix, pastos y lugar para las «estivadas» o cultivos intermitentes. Por ejemplo, en Xove, Lugo, a mediados del siglo xx perduraban las tareas comunales de roza del monte para cultivo del centeno[177]. El ganado, en este contexto, adquiere una importancia relevante pues su venta daba excedente monetario que se derivaba a comprar productos de los que se carecía. Si a esto añadimos la intensificación de la rotación de los cultivos y la introducción de los forrajes cada vez más orientados al mercado, se entenderá que el aprovechamiento racional del agua fuese vital para los nuevos tiempos en el campo.

En este orden de cosas, se caracteriza climatológicamente la comarca del Salnés como zona de clima oceánico puro, con precipitaciones que rondan los 1200 mm en la costa, que van disminuyendo hacia el interior como consecuencia del efecto Föehn causado por la sierra del Castrove que, a modo de barrera, frena en primer lugar las embestidas de los frentes oceánicos. A pesar de esto, en el verano el régimen de precipitaciones desciende y las aguas, muy abundantes durante el otoño, invierno y primavera, disminuyen. Por esto, regantes y molineros habrían de entrar en conflicto, como quedó indicado más arriba, pero aun así la sabiduría popular permitió solucionar la mayor parte de los malentendidos en la propia comunidad sin tener que llegar a los juzgados.

El recurso a la apertura de pozos particulares, minas de agua en los montes, fuentes públicas, riegos de deriva de las aguas hacia las fincas de labor, pozas, etc., fue constante y se mezcló con una normativa consuetudinaria que tendió a ser respetada por el común. No había nada escrito, pero todo el mundo aceptaba el uso de la costumbre. Así pues, desde la Alta Edad Media hasta la Moderna, el regadío en Galicia se concentró en las vegas y huertas familiares, por lo que el principal uso del agua estaba vinculado a la agricultura y dependía de esta. Luego, tanto el agua como las infraestructuras propias pasaron a convertirse en un recurso muy apreciado, casi siempre monopolizado por el estamento eclesiástico y, en menor medida, por los señoríos, y sometidas a un sistema de contratos y cesión similares a los empleados para la tierra[178]. En definitiva, el regadío se vio sometido desde finales del Antiguo Régimen a un constante proceso de intensificación, intentando alcanzar mayores rendimientos y producción, aunque dentro del marco policultivo-ganadería[179]. Llegado el tiempo de verano había que recurrir, pues, a los de cubo, de marea (Fefiñanes en Cambados, A Seca en isla de Arousa, Muíño do Crego —‘cura’ en gallego— en Catoira), o de viento en Catoira o isla de Arousa.

Con los de marea se aprovecha el fondo de saco de una ría para instalarlos. Aquí se construye una presa con compuertas que se abren para que penetre el agua de la marea cuando sube (pleamar). Una vez ocurrido esto, se vuelven a cerrar, de tal modo que el agua queda acumulada en la represa. La molienda se tiene que hacer en bajamar, soltando lentamente por el rodete el agua necesaria. No tenían problemas de abastecimiento del líquido motriz, a diferencia del caso anterior, así que podían moler todo el año.

Finalmente, aparecen los de viento que, como su nombre indica, aprovechan la energía eólica para mover las aspas de madera o de tela. Este movimiento de rotación se trasladaba mediante un árbol de levas a un eje que lo comunicaba con la muela. Se situaban en zonas elevadas donde soplara fuertemente el viento como en Abalo, Catoira o en isla de Arousa.

Otras variedades muy poco extendidas y estudiadas, por la carestía en el empleo de materia prima, eran los molinos de vapor. Así, es sobradamente conocido que fue S. de Caus, hacia 1615, el primero en idear la aplicación industrial de la presión del vapor de agua. D. Papin creó la primera caldera de vapor y el marqués de Worchester construyó una fuente de vapor para elevar agua. En 1783, el abad Arnal equipó un molino en Nimes con una máquina de vapor de simple efecto, pero, como molino total de vapor, el primero en construirse en Francia fue fabricado por los hermanos Jacques y Constantin Périer en 1790 e instalado en las islas Cygnes, sobre el Sena cerca de París. Dos máquinas de doble efecto accionaban cada una de las doce muelas. Tuvieron, desgraciadamente, corta vida, estando inutilizados durante 23 años hasta que se convirtieron en máquinas de hilar en 1817. En el año 1797, los citados hermanos Périer les proponen a los poderes públicos establecer en París otros molinos de vapor accionados por «bomba de fuego», que es como se denominaban por aquellas fechas a las que funcionaban en Londres, capaces de producir 1000 sacos de harina al día. Para comprender todo esto, hay que tener en cuenta que el ingeniero inglés James Watt inventó en 1785 el mecanismo por el que la misma máquina, denominada de doble efecto, distribuía automáticamente el vapor a cada lado del émbolo.

En el BOG de 15 de abril de 1842, se anunciaba un tal don Valentín Espero, de Barcelona, que poseía un taller para la construcción y fabricación de toda clase de molinos, ya fueran hidráulicos, de vapor o de viento, idóneos para moler trigo y otras especies. Por el historiador Azcárraga sabemos que en 1855 había en Deusto una empresa especializada en la construcción de calderas de vapor para usos industriales y molineros.

No resultaron rentables, ya que era más barato trabajar con los de río o marea que consumir leña o carbón, pero el sistema se aplicó a las trilladoras y otros artilugios que fueron los antecedentes del motor de combustión que llegaría después. Recuérdense las muchas y nuevas aplicaciones que tuvo a posteriori en su utilización en los barcos movidos a vapor, trenes, etc. Por otra parte, eran una solución en zonas donde no había o escaseaba el agua[180].

De los mencionados, los primeros, los hidráulicos de río o regato, superan ampliamente a los segundos, y estos a los de marea por las razones explicadas. Esta gran proliferación de molinos de agua se debe, casi exclusivamente, al tipo de propiedad de la tierra predominante en Galicia, que se divide entre cada hijo a la muerte de los padres, con lo que el paisaje rural gallego está compuesto por cortinas muy profundas, estrechas y con poco frente y fondo. Pues bien, a cada propiedad de las narradas era frecuente que correspondiese un molino, sobre todo a partir de finales del siglo xix, con las reformas liberales y los proyectos de redención de foros, que alcanzarán su cénit en 1926 con la definitiva entrada en vigor de la ley que los abolía. Otro factor a tener en cuenta en este sentido es el capital indiano que revierte a la península por los emigrados a ultramar. Gran parte del mismo será destinado a la compra de la parcela llevada en foro finisecularmente o a la construcción de molinos, hórreos, etc.

Además de lo dicho, la existencia de un molino en un determinado lugar, siempre contando con la presencia de un río y de una determinada pendiente, implicaba la futura ocupación de este por otras viviendas que allí se construían. Los nuevos propietarios buscaban la tecnología que les procuraba la materia prima para la elaboración del pan, la harina por lo que esta primitiva concentración podía dar lugar luego a un pequeño núcleo habitado como ocurre con el lugar de A Pantrigueira, en Vilanova de Arousa.

Pues bien, curiosamente, Valle Inclán en toda su obra tan solo hace mención a los molinos hidráulicos de río, olvidando (¿premeditadamente?) los de marea y de viento, hecho que resulta llamativo porque parece ser un gran conocedor de la historia y geografía de la comarca del Salnés. Como venimos anunciando, en la isla de Arousa, Cambados o Catoira encontraremos ejemplares de estos últimos citados que son obviados por el escritor. Incluso, su padre, como queda anotado, crea una empresa de molturación de cereal para hacer harina por medio de molinos de vapor a carbón.

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NOTAS

[127] En La casa de Aizgorri (Sensación), vol. II, pág. 1447.

[128] Ibídem, pág. 1448.

[129] Ibídem, pág. 1148.

[130] En La casa de Aizgorri (Sensación), vol. II, págs. 1448-1449.

[131] LAVUAD-FAGE, Eliane: «Un motivo folclórico en la narrativa de Valle Inclán: el molino», en GARCÍA DE LA TORRE, J. M. (ed.): Diálogos hispánicos de Ámsterdam. N.º 7. Valle Inclán (1866-1936). Creación y lenguaje. Rodopi, Ámsterdam, 1988, págs. 39-48.

[132] LAVUAD-FAGE, Eliane: «Un motivo folclórico en la narrativa de Valle Inclán: el molino», en GARCÍA DE LA TORRE, J. M. (ed.): Diálogos hispánicos de Ámsterdam. N.º 7. Valle Inclán (1866-1936). Creación y lenguaje. Rodopi, Ámsterdam, 1988, págs. 39-48. La autora cita a CORREAS, Gonzalo: Vocabulario de refranes y frases populares. 1627. Texte établi, annoté et présenté par Louis Combet. Bordeaux, Institut d´Etudes Ibériques e ibéroamericaines, 1967.

[133] SOBEJANO, Gonzalo: ibídem, pág. 2.

[134] En Jardín umbrío, La adoración de los Reyes, pág. 215.

[135] En Jardín umbrío, La adoración de los Reyes, vol. 1, pág. 215.

[136] LAVAUD-FAGE, Eliane: ibídem, pág. 45.

[137] REDONDO, Agustín: «De molinos, molineros, molineras. Tradiciones folklóricas en la España del Siglo de Oro», en Literatura y folklore: problemas de intertextualidad. Salamanca, Ediciones Universidad de Salamanca, 1983, págs. 101-115.

[138] LAVAUD-FAGE, Eliane: ibídem, pág. 45.

[139] En El rey de la máscara. Jardín umbrío, vol. I, pág. 252.

[140] LAVAUD-FAGE, Eliane: «Un motivo folclórico en la narrativa corta de Valle Inclán: el molino», en Diálogos hispánicos de Ámsterdam. N.º 7. Valle Inclán (1866-1936). Creación y lenguaje. Rodopi, Ámsterdam, 1988, págs. 39-48.

[141] Véase cita anterior en la que los hijos del molinero dejan el cadáver en la casa del clérigo.

[142] LAVUAD-FAGE, Eliane: «Un motivo folclórico en la narrativa de Valle Inclán: el molino», en GARCÍA DE LA TORRE, J. M. (ed.): Diálogos hispánicos de Ámsterdam. N.º 7. Valle Inclán (1866-1936). Creación y lenguaje. Rodopi, Ámsterdam, 1988, págs. 46-47.

[143] LAVAUD-FAGE, Eliane: ibídem, pág. 46.

[144] En Romance de lobos, vol. II, pág. 466.

[145] En El embrujado, vol. II, pág. 1163.

[146] En Divinas palabras, vol. II, pág. 545.

[147] En El embrujado, vol. II, pág. 1161.

[148] GALHANO, F.: Moíños e azenhas de Portugal. Associaçao Portuguesa de Amigos dos Moíños, Lisboa, pág. 131, recogido por Begoña Bas, 1983.

[149] BAS LÓPEZ, Begoña: «As construcións populares: un tema de etnografía en Galicia», en Cadernos do Seminario de Sargadelos, Edicións do Castro, Sada, 1983, págs. 111-112.

[150] Antípater de Tesalónica cantó su alabanza de los nuevos molinos en el poema que sigue: «Dejad de moler, / ¡oh! vosotras mujeres / que os esforzáis en el molino; / dormid hasta más tarde / aunque los cantos de los gallos / anuncian el alba. / Pues Deméter ordenó a las ninfas / que hagan el trabajo de vuestras manos, / y ellas, brincando a lo alto de la rueda, / hacen girar su eje, que, / con sus rayos que dan vueltas, / hace que giren las pesadas muelas / cóncavas de Nisiria. / Gustamos nuevamente / las alegrías de la vida primitiva, / aprendiendo a regalarnos / con los productos de Deméter sin que trabajemos». Recogido por MUMFORD, Lewis: Técnica y civilización. Alianza Universidad, Madrid, 1987, pág. 132. Versión española de Constantino Aznar de Acevedo.

[151] En la Inglaterra de tiempos de Guillermo I el Conquistador, este mandó elaborar el Donesday Book, o Registro del Gran Catastro, en el que se contabilizaban unos cinco mil molinos.

[152] MUNFORD, Lewis: Técnica y civilización. Alianza Universidad, Edición española de Constantino Aznar de Acevedo, 1987.

[153] DE LLANO CABADO, Pedro: ibídem, 2.º tomo, pág. 314.

[154] En Geórgicas, vol. I, pág. 1145.

[155] LEAL BÓVEDA, J. M.ª: As construcións do pan na Mariña de Lugo. Deputación de Lugo, 2012.

[156] SAMPEDRO, Andrés: Tódolos muíños da terra galega. AGCE, Vigo, 1990, pág. 11.

[157] LEAL BÓVEDA, J. M.ª; ACHA BARRAL, Rocío: Patrimonio rural do Salnés. Deputación de Pontevedra, 2002.

[158] En El rey de la máscara, vol. I, pág. 249.

[159] En El resplandor de la hoguera, Guerra carlista I, vol. I, págs. 787-788.

[160] En El resplandor de la hoguera, Guerra carlista I, vol. I, págs. 789-790.

[161] En Sonata de otoño, vol. I, pág. 459.

[162] En Águila de blasón, Comedias bárbaras, II, vol. II, pág. 365.

[163] En Estela de prodigio, Claves líricas, págs. 1221-1222.

[164] En Malpocado, vol. II, págs. 1470-1471.

[165] En A media noche, Jardín umbrío, vol. I, pág. 276.

[166] En A media noche, Jardín umbrío, vol. I, págs. 276-277.

[167] En Flor de santidad, vol. I, pág. 621.

[168] En Gerifaltes de antaño, La guerra carlista III, vol. I, pág. 886.

[169] En Retablo de la avaricia, La lujuria y la muerte, vol. II, pág. 1153.

[170] ARCHIVO GENERAL DE SIMANCAS: Respuestas Generales del Catastro del Marqués de la Ensenada, 1750-1754. 13 000 localidades, 545 vols., conservados en el Archivo General de Simancas, microfilmados en la década de 1980 y digitalizados entre 2004-2005 con total de 350 000 imágenes. Ministerio de Cultura del Gobierno de España, Madrid. Disponible en Internet: http://pares.mcu.es/Catastro. Hoy existen copias, digitalizada y escrita, en el Archivo del Concello de Vilanova de Arousa.

[171] En Hierba santa, vol. II, pág. 1457.

[172] En Águila de blasón, vol. I, pág. 366.

[173] Ibídem, pág. 366.

[174] LEAL BÓVEDA, José María: Breves apuntamentos para a memoria gráfica de Vilanova. Bañosprint, 2011.

[175] LEAL BÓVEDA, J. M.ª: Hórreos, molinos y fuentes de la tierra de Viveiro, Deputación de Lugo, 1999.

[176] VILLARES PAZ, R.; FERNÁNDEZ PRIETO, L.: «La crisi agrària del final del segle xix e l´adaptació de l´explotació pagesa gallega», en Recerques, 26, 1992, págs. 89-106.

[177] CONCELLO DE XOVE: Xove noutros tempos, II vol. Departamento de Servicios Sociais do Concello de Xove, 2002, pág. 24. También, PÉREZ FRANCO, Nelle; SÁNCHEZ MEITÍN, Lucía: A festa no aire. Tradición e lecer no Xove de antes. Tórculo, Concello de Xove, 2006, pág. 188.

[178] SÁNCHEZ REGUEIRO, A.; SOTO FERNÁNDEZ, D.: «O patrimonio das augas. Un achegamento etnográfico á Galiza rural dos séculos xix e xx», en Cultura popular. Actas do Congreso. Cámara Municipal de Maia, 2000, separata: pág. 12.

[179] FERNÁNDEZ PRIETO, L.: Labregos con ciencia. Estado, sociedade e innovación tecnolóxica na agricultura galega, 1850-1939. Vigo, Xerais, 1992. Citado por SÁNCHEZ REGUEIRO: op. cit., pág. 12.

[180] AGUIRRE SORONDO, A.: Tratado de molinología. Los molinos en Guipúzcoa. Fundación José Miguel de Barandiarán, San Sebastián, 1988, págs. 87-88.