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LA ARQUITECTURA POPULAR: UN PATRIMONIO DE TODOS

CASADO LOBATO, Concha / PUERTO, José Luis

Publicado en el año 2001 en la Revista de Folklore número 252.

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“Uno de los aspectos del mundo rural tradicional español sobre el que apenas hay atención, tanto a nivel institucional como en el conjunto de la sociedad, es el de su paisaje” (José Luis García Grinda).

Arquitectura popular y paisaje Nada más que realicemos cualquier recorrido por la provincia de León, ya sea por sus cercanías, medias distancias o cualesquiera de sus ámbitos más alejados, enseguida podemos percibir la variedad y la riqueza de su arquitectura popular.

Tal arquitectura popular constituye un patrimonio comunitario que diversas generaciones, ya desde tiempos lejanos, han ido creando a partir de sus necesidades, de los materiales con los que contaban en sus medios respectivos y de las peculiaridades del paisaje que les tocó en suerte para vivir.

Y, a partir de las necesidades y de los medios disponibles, ha ido surgiendo un modo de belleza creado por el pueblo, por nuestros campesinos, que nos habla a la vez de ese sentido estético que se aloja en el ser humano y que éste expresa a través de materiales tan heterogéneos como el adobe, el tapial, la paja, los entramados de ramas, la madera, el hierro o la piedra, en una combinación de los mismos que conjuga lo práctico con lo bello, aunque siempre nos encontremos con una belleza sobria, que surge como resultado de la labor del hombre en su lugar y en su tiempo.

De este modo, ante nuestra mirada, se van desplegando, a lo largo de la geografía leonesa, los más variados tipos de casas, según nos encontremos en zonas de montaña, de ribera o de páramo, y de edificaciones auxiliares, como corrales, cuadras, paneras, portalones, hornos, palomares, hórreos, casetas de eras, cortes de ganado... y otras.

Construcciones en las que las texturas de sus muros, las geometrías de sus vanos, los juegos de alturas de sus tejados y los equilibrios y claroscuros de sus volúmenes, así como sus modos de alineación y de ordenamiento, configuran una estética tan lograda que para sí la quisieran muchos arquitectos contemporáneos.

Pero hay un rasgo más, importantísimo, que define y caracteriza nuestra arquitectura popular, y es su simbiosis con el paisaje en el que se asienta y su respeto por él, de tal modo que quedan potenciadas la obra del hombre, que es la variedad de las edificaciones, y la de Dios, que es la naturaleza.

El paisaje es un bien natural, pero constituye también un bien cultural. De ahí que esa configuración de los entornos de nuestros pueblos tenga que ser respetada: los regueros, las presas de agua, los sotos y arboledas, las callejas, los bosquecillos, las líneas horizontales y tan sobrias de los páramos, las cortinas de sembradura con sus paredes, las hileras de alisos o de chopos junto a los ríos, las callejas umbrías...

En torno a estos y otros paisajes se manifiesta nuestra arquitectura popular. De ahí que ni concentraciones parcelarias a destiempo, ni acciones municipales o vecinales desacertadas y fuera de lugar, ni la insensibilidad o la ignorancia tengan derecho alguno a destruir tales ámbitos.

Un patrimonio amenazado Constituye, pues, la arquitectura popular un importantísimo patrimonio cultural y arquitectónico de nuestra comunidad, de tanta importancia como las catedrales y los edificios nobles; un patrimonio del que podemos enorgullecernos, pero al que hay que cuidar antes de que se haga demasiado tarde.

Ya que es hoy, por desgracia, un patrimonio amenazado, por la incuria y la dejadez; por ese complejo de inferioridad que, desde los núcleos urbanos y desde la propaganda, se ha creado a nuestros campesinos de que viven en un mundo inferior, cuando no es así; por la introducción de los modos de vida urbanos en el ámbito rural, que, de un modo mimético, tratan de convertir las viviendas campesinas en feos pisos de ciudad; por la acción política y municipal, que, tantas veces, no están a la altura de las circunstancias; por la falta de formación y de apoyo que no se ha dado a los vecinos y que hace que éstos destruyan sus edificaciones originarias y las sustituyan por otras con bloques, cemento y ladrillo...; y por tantas otras cosas.

De ahí que creamos que ha llegado el momento de hacer una llamada de atención, tanto a las autoridades provinciales y locales (Diputación, Ayuntamientos, Consejos locales...) como a los ciudadanos y vecinos, sobre la necesidad de preservar tanto la arquitectura popular como el paisaje en el que se asienta, de no seguir destruyendo ambos elementos que tan armoniosamente dialogan entre sí.

Y tal preservación creemos que debe basarse, por una parte, en acertadas disposiciones oficiales que obliguen a respetar nuestras edificaciones y sus entornos paisajísticos; y, por otra, en la toma de conciencia, a partir de la información, tanto por parte de las autoridades como de los ciudadanos.

Nosotros a través del presente y de sucesivos trabajos, vamos a tratar de ir creando conciencia en torno al extraordinario valor de la arquitectura popular y del paisaje que la acoge, a través de una serie de ejemplos desparramados por toda la provincia.

Vamos a comenzar por la Cabrera.

Villar del Monte: un ejemplo Villar del Monte, en la Cabrera Alta, presenta una arquitectura tradicional enraizada armoniosamente en el paisaje. En un paisaje montañoso de extraordinaria belleza, con regueros de agua rumorosa, que ahora se están tapando con cemento sin ningún criterio que respete el patrimonio heredado.

Un conocedor de la arquitectura tradicional de Castilla y León, escribía hace pocos años que la Cabrera era “una de las comarcas más notables de la región en cuanto a su arquitectura popular, tanto por la expresividad de su imagen, la coherencia de sus conjuntos, como por el grado de preservación”, y destacaba el espléndido conjunto de Villar del Monte. Testimonios de la arquitectura cabreiresa se pueden contemplar en varios lugares, y es urgente una justa valoración de estos testimonios para que se restauren dignamente y no desaparezcan.

El pueblo de Villar del Monte es sorprendente.

Han llegado allí, hasta nosotros, muestras de gran valor en cuanto a los materiales y a las tipologías.

El colorido del paisaje se proyecta en su arquitectura, con materiales extraídos del entorno: piedra, pizarra, paja y madera.

En la parte alta del pueblo se conserva un gran conjunto de pajares, y el camino que conduce hacia ellos todavía ¡gracias a Dios! no se ha cubierto de cemento, sí algunos tramos del precioso reguero que baja de la montaña y bordea el camino. Algunos pajares tienen sus hastiales escalonados y rematados por losas. Señalaba José Luis García Grinda “el abandono y olvido del gran conjunto de arquitectura de techo o cubierta vegetal leonés”. Y si hay algo –escribía- que hace destacar la provincia de León en su arquitectura tradicional es, además de la variedad de tipos en función de su distinta geografía y situación, la presencia del mayor conjunto de ejemplares y tipos de arquitectura con cubierta vegetal del territorio español.

Las techumbres de las casas son de pizarra tosca, que dan ese tono grisáceo matizado con las manchas verdosas de los musgos. Y debemos destacar las chimeneas revestidas de losas y, algunas, de gran originalidad.

Los muros de los edificios –casas, pajares, cuadras, fragua o molino- están construidos con esquistos y cuarcitas de colores rojizos, en forma de lajas o piezas delgadas, que alternan con cantos rodados.

El corredor de madera, generalmente roble o castaño, es elemento característico de la vivienda cabreiresa. Corredor cerrado con tablas verticales, y un pequeño ventanuco a modo de ventana, o corredor abierto con barandillas que en algunos lugares presenta interesantes motivos decorativos del arte popular. Muchos corredores tienen una parte abierta y otra cerrada con tablas o con un entretejido de varas revocado con barro. A veces, en el corredor aparece el horno, revocado con barro. El horno con sus paredes redondeadas es pieza fundamental en la vivienda. Suele estar emplazado en la pared de la cocina. Y también se encuentra el horno separado de la vivienda, “la casa el forno”, una pequeña construcción independiente.

En las fuertes puertas de madera podemos observar los viejos clavos forjados por el herrero.

Villar del Monte debe ser protegido, es un patrimonio singular de la arquitectura tradicional en las tierras leonesas de la Cabrera. Por ello pedimos sea declarado Conjunto histórico, con la máxima urgencia, pues ya se han comenzado a transformar (degradar) los tradicionales muros de bellos esquistos y cuarcitas rojizas de las viviendas, revistiéndolos y pintándolos de blanco. El aluminio aparece en corredores, puertas y ventanas, sustituyendo a la madera. Y bellos regueros se sepultan con cemento y hormigón.

El verdadero progreso no está reñido con la tradición, debe estar enraizado en ella. Todo el confort posible en la vivienda, pero sin alterar su fisonomía externa, que puede recrearse siguiendo las pautas tradicionales del lugar y de la comarca