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Etnología arquitectónica. LOS PEIRONES DEL SEÑORIO DE MOLINA

SANZ Y DIAZ, José

Publicado en el año 1982 en la Revista de Folklore número 23.

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Definición de la voz peirón.

En este caso de un territorio colindante como el de las Sexmas molinesas, se trata de un provincialismo aragonés equivalente a ara votiva o humilladero. Pilar con lápidas a veces o inscripciones conmemorativas, con cruces y pequeñas imágenes, que se hallan a la entrada de los pueblos y a la vera de los caminos.

Jerónimo Borao, sabio filólogo y profundo erudito, fue el primer definidor del vocablo o palabra peirón o pairón, pues de ambas maneras se les nombra. Rastro de estas aras encontramos en algunos autores de los siglos XVIII y XIX. Téngase en cuenta que muchos de los que describen de nuestra tierra ya no existen. Por lo tanto hay que dejar constancia de los peirones que todavía perduran en la comarca estudiada, que es la del Señorío de Molina y su partido judicial, porque dejarán de ser en un mañana más o menos futuro.

La palabra peirón o pairón, decíamos, aparte de algunos diccionarios de voces aragonesas y el citado Borao, Pardo Asso la define como "columna u obelisco conteniendo alguna imagen y que se encuentra únicamente a la entrada de las aldeas". En tanto que la Real Academia de la Lengua Española precisa, que es "lugar devoto que suele haber a las salidas o entradas de los pueblos y junto a los caminos con una cruz o imagen". Son parientes como vemos de los cruceiros gallegos, aunque con distinta configuración propia de una etnia diferente.

Antecedentes del peirón.

Parece indudable que los actuales peirones fueron en un principio remoto monumentos totémicos con figuras, algunos puestos en las proximidades de los poblados, al borde de los caminos, para proteger a gentes y entidades.

Se fueron conformando con arreglo a las distintas etapas paganas, siempre con sentido religioso, pasando de varias idolatrías y ancestrales costumbres, enraizadas en culturas de bárbaras teogonías, hasta llegar a cristianizarse en la forma que conocemos.

Como las estelas funerarias celtibéricas -el territorio molinés fue el país de los lusones, cuya capital Luzón todavía pervive y en Luzaga se encontró la famosa lápida con caracteres ibéricos- son interesantes para el estudio sobre la muerte en los caminos y en los campos, el ambiente creado alrededor del difunto y el significado de cuanto se relaciona con los enterramientos desde la protohistoria. Queremos decir únicamente por comparación, que los peirones, tan relacionados con la etnografía y el folklore, nos hablan asimismo de las creencias indígenas de cada época y lugar en el mundo de los vivos, cuya constancia documental aún perdura por arraigada tradición en las cuatro Sexmas molinesas y el ducado de Medinaceli.

Cristianización de los peirones.

Con la restauración del culto cristiano en dicho territorio, al iniciarse la reconquista del mismo por Alfonso I el Batallador, años 1128-1129, expulsado el régulo de Molina Aben-Galbón, citado varias veces en el "Cantar de Mio Cid Campeador", con elogio, los mozárabes de la región empezaron a levantar humilladeros, restaurando los que restaban de pasadas etnias, protectores, a la entrada y salida de aldeas y villorrios, casi siempre a la vera de los caminos, en sitio propicio para hacer una inclinación de cabeza o rezar una breve plegaria, para tener suerte en el viaje o en las faenas del campo.

Así la invocación a los manes antiguos se trocó en oración cristiana. Las aras y fustes paganos, desde la abjuración arriana en el Concilio de Toledo, en tiempo de los visigodos, se coronaron, en los repartimientos de Molina y Daroca, con imágenes y cruces en la terminación de las columnas.

Por los más avezados especialistas sabemos, que la penetración del culto romano y sus diferentes divinidades, al menos alguna de ellas, llegaría al territorio molinés, con sus aras protectoras dentro y fuera de los poblados. En el posterior abandono de estos falsos dioses y del culto indígena en nuestra región, tras las conversiones de los emperadores Constantino y Leovigildo, al abjurar el visigodo del arrianismo, aquellas construcciones fueron cristianizadas en la forma que diremos y con el nombre a que nos venimos refiriendo.

Antes de pasar adelante, digamos que el bolandista P. Delehaye, en "Légendes hagiographiques", edición de 1905, acertó a relacionarlas con el folklore, el ritual y los mitos primitivos. En la Edad Media las vidas de los santos, las apariciones de las imágenes marianas y los pequeños monumentos venerados en los pueblos, se insertan en una tradición literaria que viene de tiempos muy lejanos, de anteriores culturas, derivada de manifestaciones típicas, de alegorías y símbolos transmitidos de generación en generación. De, ahí la trascendencia de los peirones.

Aunque en otro aspecto, José Antonio Iñiguez, trata de "El altar cristiano" y su evolución desde los orígenes (del siglo II al VIII, Pamplona, 1978). Es un estudio pormenorizado del altar y sus elementos y complementos, obra de particular interés para arqueólogos y arquitectos, no sólo para liturgistas e historiadores.

La fiesta maga al resucitar los campos con la primavera, de clara raigambre pagana, se transformó en la Cruz de Mayo, celebrándose desde los tiempos de Leovigildo, al pie de estos monumentos de piedra, casi en todas las regiones españolas tal conmemoración heredada de remotos ancestros, la bendición de los campos, en medio de aromas bucólicos, bajar de rebaños y verdores espléndidos. Siempre se les prestó a los peirones, con una denominación u otra, en todas las religiones, un halo de fe, de paz, en la infraestructura rural.

Porque es bien sabido que el cristianismo aprovechó y toleró regionalmente los motivos religiosos, espirituales, heredados de culturas anteriores. Hasta testimonios hay de que los árabes, salvo en la época fanática de los feroces almorávides y almohades, respetaron esas costumbres de una creencia distinta, que no perturbaba su hegemonía y facilitaba la convivencia entre unos y otros.

Los peirones molineses.

En el Señorío de Molina, por lo general con una cruz terminan los fustes o columnas de esta clase de construcciones, que como decimos se alzan dentro y fuera de los pueblos, algunos, pocos, debajo de almos enormes en las plazuelas, otros delante de las ermitas y casi siempre junto a los caminos viarios y los cordones pecuarios de la antigua Mesta. Hoy son monumentos cristianos, no hay que repetirlo, pero la costumbre de su erección data de tiempos paganos remotísimos, según hemos visto. Quizá desde los celtas para acá, como las olmas de reunión druida en los plenilunios.

En todas las Edades tuvieron un sentido religioso al borde de los senderos que van y vienen a los poblados, abriendo desde el siglo XII sobre el caminante, en la terminación de peanas y columnas sus iconos protectores. Tradición palimpséstica, pétrea, de arquitectura popular que se pierde en la noche medieval, en la niebla o túnel de milenios.

De pasada queremos aludir a las cruces viarias, que nos recuerdan sin parangón posible, por ser signos completamente distintos, los promontorios con cruces de madera que nos salen al paso en medio de los campos, sobre la pared de una cerca con barda o cabe los sargales de un río, recordándonos una muerte violenta ocurrida en aquel sitio. Suelen llevar el nombre del difunto y la fecha de su deceso. Algo semejante a las estelas romanas o celtíberas, que deseaban al recordado que la tierra le fuera ligera. Antaño la gente en tránsito se descubría y rezaba una oración por el eterno descanso del que allí encontró la muerte inesperadamente.

Los peirones tienen su sentido y su historia en cada pueblo de las Sexmas del Campo, del Pedregal, del Sabinar y de la Sierra. Están desperdigados por los términos de cada demarcación, por lo que referirse a ellos, aunque sea rápidamente, tiene un inquietante interés para el investigador, que debiera al menos catalogarlos, sin olvidar aparte ciertos Calvarios que hay en las alturas de los poblados rurales.

Otra clase de monumentos lugareños son las picotas, más estudiadas que los pairones, donde eran expuestos los delincuentes a la vergüenza pública para escarmiento del vecindario. Aún existen algunos de este tipo en la zona molinesa, sobre los cerros que llaman de La Horca, recuerdo tan sólo del sitio donde los condenados del Medievo eran ejecutados. Sólo resta el recuerdo en la toponimia. Por ejemplo, entre tantos pueblos molineses, en Peralejos de las Truchas se sigue llamando Cerro de la Horca al que después fue era de trillar del tío Bernardo Martínez, porque terminaba en una meseta donde antaño se levantaría el ocasional patíbulo.

Hay que conservar la labrada e inscrita arquitectura popular de los peirones, porque representan una hermosa tradición de raíz primitiva. Testimonios de piedra y de fe que nos legaron los antepasados desde hace milenios.

Algunos de ellos.

Aunque el tema requiera dedicarle un libro, que quisiéramos escribir el día que tengamos material completo, al menos suficiente para redactarlo, en este esbozo provisional daremos referencia de unos cuantos peirones del Señorío de Molina y su partido judicial, con ilustraciones para dar una idea de su interés y belleza. Una docena de ellos, como simple botón de muestra: Anguita, Cubillejo del Sitio, Embid, Herrería, Hinojosa, Labros, Molina de Aragón, Peralejos de las Truchas, Poveda de la Sierra, Rueda, Tartanedo, Tordesilos y La Yunta, sin olvidar varios de El Pedregal.

El de Anguita, dentro del partido judicial molinés, pueblo citado en el "Cantar del Mio Cid", es cuadrado, con una basa sencilla y fuerte, de la que arranca una columna también cuadrada, con una hendidura para la colocación del bloque pétreo hacia la mitad, para más arriba mostrar un collarete saliente. Continúa la maciza columna hasta otro collarete más delgado, sobre el cual remata con un adorno terminado en forma de bola.

Cubillejo del Sitio, cuya iglesia de San Ildefonso fue construida sobre los restos de un torreón medieval, tiene asimismo un peirón parecido al de la próxima Tortuera. Lo debió conocer Fernando III el Santo cuando sitió -de ahí el nombre del pueblo- el inmediato castillo de Zafra.

Embid, pueblo de mayorazgos con castillo, tiene un gallardo peirón de piedra que acaba en una cruz de hierro. Parte hacia arriba de una sola basa cuadrada, esbelto, con un doble collarín leve en la tercera altura, sigue hasta el otro collarete por una pequeña hornacina con inscripción borrosa en bajorrelieve, acabando todo en una afilada punta de pirámide donde clavaron después una cruz, que realmente le quita gracia arquitectónica.

Herrería es un pueblo antiguo de sesenta casas al borde de la carretera de Alcolea del Pinar a Molina. Lo menciona la infanta doña Blanca, cuñada de Sancho el Bravo. Su peirón es un bloque tosco de piedras y cal, cuadrado, al que han puesto encima una insignificante hornacina.

Hinojosa tiende su caserío en la falda de un cerro, al que concedió Carlos III el privilegio de villazgo. El oidor de Indias don José Martínez, mandó labrar una capilla en el templo parroquial de San Andrés. Es muy típica la romería anual a la ermita de los Dolores. En sus proximidades se alza un redondo peirón, sin más salientes collarines que el doble terminal, que sirve de peana y asiento a una cruz metálica.

Labros, donde estuvo la Lacóbriga romana según algún historiador, muestra un airoso peirón al que aludía en 1890 don Jerónimo Funez al referirse a una supuesta lápida celtibérica (BRAH, XVIII-246). Surge del prado al borde del camino, es cuadrado, con esquinas salientes hasta el collarín primero, con otro del que parte el adorno final al que han puesto una pequeña cruz de hierro.

En la ciudad de Molina de Aragón existieron varios peírones, levantados cuando se llamaba de los Caballeros, que nosotros todavía conocimos. Había uno a la salida del barrio de la Soledad, fuera del recinto amurallado, por debajo del viejo gheto de judíos y moriscos. Y otro más allá del convento de San Francisco, sobre el ferial, cerca de la Plaza de Toros, camino de Castellote. Queda el de la Alameda, enclavado en el Parque Municipal, en las afueras y paseo de la población. Es cuadrado, con una especie de sencillo capitel sobre el que se asienta una hornacina abierta a los cuatro vientos, con el bonete clásico y una cruz.

El monumento levantado a la Inmaculada, el 8 de diciembre de 1954, sobre el cerro de Santa Lucía a la salida de la ciudad, para seguír la tradición arquitectónica tiene forma moderna de peirón. Fue inaugurado por el obispo de Sigüenza, Dr. Pablo Gúrpide y Beope.

Vicente Clemente y Crescencio Hermosilla registran cuatro peirones en El Pedregal (Boletín "La. Sexma" nº 12, agosto de 1982). El llamado de San Pedro está a la salida del pueblo, fue construido en 1855, con varias inscripciones: "La columna consta de tres hermosas piedras -dicen- picadas a escuadra; la tercera tiene en cada una de las cuatro caras una oquedad con azulejos -faltan tres- con imágenes marianas y de santos. Las cuatro pesadas piedras que fortalecen el pie del fuste, se han desajustado".

El segundo peirón pedregalense se llama de Santa Bárbara, en el camino que va a Monreal del Campo, llevando la fecha de 1870, habiendo sido reconstruido. En igual data se alzó el de la Virgen del Pilar, junto a la primitiva fuente pública, yendo coronado por una imagen de esta advocación.

El cuarto peirón del mismo lugar surge en dirección norte, sobre el camino de Odón. Lo llaman del Carmen y "la veleta se sujetó en 1880 con plomo fundido, procedente de unas balas de fusil".

El de la villa de Peralejos de las Truchas está a la salida, con buen basamento que oculta hoy la maleza, cerca de la ermita de la Soledad. Se le conoce por "La Cruz de Mayo", ya que ante el mismo se bendecían los campos. El fuste es gallardo, muestra collarines más cerca uno de otro de lo acostumbrado. El superior, dividido en dos cornisas y encima una columnilla aguzada con una cruz. Antes tenía en cada uno de los cuatro lados, a la altura de una persona, otros tantos rebates pequeños donde cada año se vertía cera derretida, logrando así crucecitas benditas que allí quedaban incrustadas hasta que las deshacía el calor.

Poveda de la Sierra, el pueblo donde nació el guitarrista Segundo Pastor Marco, tiene un peirón bajo las frondosas nogueras que sombrean el camino de Nuestra Señora, de los Remedios.

Rueda de la Sierra, al lado de la carretera de Molina a Tortuera, tiene dos peirones. Uno tosco, con dos escalones, cuadrado, y un hueco sin imagen, en la ruta de Daroca. Otro dentro del caserío, sin basas, con resaltes esquineros y un solo saliente o collarín, sobre el que el adorno o remate tiene una hornacina donde se rinde culto a una pequeña imagen de la Virgen de las Nieves, Patrona del lugar. Sobre la bola final, una cruz. Es del siglo XVI. En su torno da una vuelta la procesión en la festividad.

Tartanedo es villa hidalga del linaje de los Téllez y de los López de Ribas, emparentados luego con los Montesoro. De esa familia era Sor María de Jesús López de Ribas, la monja carmelita canonizada en Roma el año 1976, compañera de Santa Teresa en sus fundaciones y su asesora, por lo que le llamaba "mi letradillo". Tiene Tartanedo un peirón interesante, siguiendo la forma clásica de los mismos y las trazas del de Tortuera, pueblo éste muy importante en todos los sentidos.

El peirón de Tordesilos, en la carretera que viene de El Pobo de Dueñas, por Setiles a Alustante y Orihuela del Tremedal. Es macizo, de ladrillo y lajas, sin basamento, la columna recia y cuadrada, con un collarín, un hueco encima y coronando el sombrerete final, el adorno en piedra y forma de cruz. Pétreo, no férrico. Antonio Herrera Casado, lámina 4ª, da su fotografía, ilustrando una glosa que trata de otra cuestión: las "veintenas"

La Yunta es el pueblo del famoso Cristo del Guijarro, que cita Antonio Palomino en su obra "Museo Pictórico" (111-210). Tiene un elegante peirón sobre el camino de Daroca, con escalinatas en su base, de las que arranca con ímpetu arquitectónico el fuste cuadrado, con una hornacina entre los collarines finales y el dombo que la corona.

Como vemos, dada la íntima relación de la escultura etnográfica con la arquitectura popular y su entorno folklórico, de procesiones y viandantes, las encontramos ligeramente fusionadas en cuanto a los peirones y humilladeros del Señorío de Molina. En todo él, pero singularmente en la frontera con Aragón, donde existen muchos ejemplares valiosos de estas aras, columnas y obeliscos, rematados con una cruz, que hallamos a la entrada y salida de las poblaciones en las cuatro Sexmas. Pequeños monumentos con inscripciones, relieves y hornacinas -antes paganos y luego cristianizados-, arte que sigue la misma evolución, desde lo rudo celtíbero, pasando por lo visigodo de aves afrontadas en los toscos capiteles, hasta el mudéjar de ladrillo en las últimas etapas. Aunque la piedra es el material indígena tradicional de la zona, combinando elementos decorativos con armonía instintiva.

En los peirones hay también huellas, no sólo del estilo gótico, sino también del barroco, dominando la piedra calcárea que abunda en el país molinés. Preciso es ir descubriendo peirones de indudable mérito histórico-artístico, remontándonos en la investigación a sus orígenes por su valor etnográfico, yendo en la búsqueda documental si fuera posible, remontándonos a las primeras manifestaciones que de los mismos se tenga noticia.

Si en otro orden de construcciones se ha llegado a períodos muy remotos en esta región limítrofe con Aragón y Castilla, que es el Señorío de Molina y su partido, desde los poblados ibéricos y reminiscencias célticas, pasando por el románico y el gótico hasta llegar al mudéjar tradicional de las inmediatas provincias de Teruel y Zaragoza, que también se dio en Molina en la restaurada iglesia de Santa María del Conde o de la Antigua, no parece excesiva pretensión indagadora, recorriendo pacientemente las cuatro Sexmas y los pueblos agregados, recuperados, del ducado de Medinaceli, para hacer un Catálogo completo de estos peirones, hasta demostrar que su construcción y geografía no son exclusivamente aragoneses.

Repetimos su utilización de muchos el día de la Cruz de Mayo para bendecir los campos, herencia maga y pagana. En muchos casos, muestra evidente de la habilidad de nuestros canteros del territorio. Su emplazamiento, ya lo hemos visto, está al borde de los caminos, en la entrada y salida de los pueblos, y que el remate de piedra de estos pequeños obeliscos va coronado por una cruz de hierro. Las dimensiones varían, entre dos y cuatro metros, los más corrientes menos. Casi siempre de piedra labrada en diferentes estilos populares.

Resumiendo cabe anotar, que los hay toscos y otros más trabajados ornamentalmente, con sencillos capiteles, inscripciones, bajorrelieves y hornacinas para diminutas imágenes. Como fuimos reseñando, los hay de forma cuadrada, redonda, hexagonal, levemente piramidales, cónicos, mochos y hasta irregulares. Pero en todo lugar construidos con singular esmero los más, mostrando a veces la natural evolución de los tiempos en su gusto y estilo. Los menos son toscos, de inhabilidad cantera y arquitectónica.

Tales son los peirones, así llamados en la región, desde los ríos Mesa y Piedra hasta el Alto Tajo, con sus afluentes Oceseca, Cabrilla y Gallo. Andan desperdigados por la ciudad, villas, pueblos, aldeas y despoblados que hoy son dehesas en las Sexmas molinesas. Hitos remotos de ascendencia pagana, convertidos luego como sabemos en sitios de oración y de rezo al borde de los caminos, invocación de tránsito en tiempo de tareas y desplazamientos. Restos de un tiempo pasado cuya fe y religiosidad se ha perdido o va desapareciendo.

En el próximo balneario del Solán de Cabras, ya en tierras conquenses del país de los colodros, vimos de niño un ara levantada por los romanos a la virtud salutífera de aquellas aguas. (Véase mi estudio "El valle del Solán de Cabras", Real Sociedad Geográfica, Madrid, 1952.)

Los peirones vigilan con su silueta protectora, de día al sol y de noche bajo las estrellas, los trigales abiertos o maduros, las cebadas y las avenas, señalando con su hito (lito) pétreo al fatigado caminante que llega al descanso del caserío, al hogar o a la posada, porque como dice un poeta, son:

"Buen amor del caminante,
buen amor de los senderos".

Dándoles distintos nombres, cualquiera que sea su origen remoto, los escritores recogen en sus obras constantes referencias a tales edificaciones etnográficas, en bellas páginas literarias.

Tengamos en cuenta que en las primitivas religiones había animales sagrados a los que rendían culto en los caminos y poblados, siendo algunos el totem protector de los desplazamientos tribales. El cristianismo no hizo después más que adoptar los vestigios idolátricos de bárbaras, por extrañas, teogonías al culto propio, con el patronazgo de Jesucristo, la Virgen y los santos en sus variadas advocaciones, espiritualizando las fuerzas naturales y los mitos proteicos.

Nos parece ocioso señalar, después de lo escrito, que tan remota es la antigüedad de los monumentos líticos, que en las construcciones megalíticas nórdicas se alzaban altos menhires erectos cerca de los poblados, representación fálica como fuerza generadora de la tribu para la perpetuación de la vida.

Estos sencillos apuntes de los peirones de unos cuantos pueblos del Señorío de. Molina y su partido judicial, intentan ser un avance o botón de muestra del libro completo que algún día, con materiales abundantes, habrá que escribir sobre el tema y los casi cien pueblos que configuran el territorio a estudiar.

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En "Diario de Teruel", 31 marzo 1982. Dice: "Son pilastras de piedra y ladrillo que albergan en su extremo superior la imagen de un santo. Hay cuatro de este tipo en Singra: Pairón del Pilar, junto a la ermita de San Roque; el de las Almas, desaparecido; el de San Antonio y el de San Blas. Un día de abril, en las fiestas magas de la primavera, el pueblo iba en procesión hasta ellos".

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NOTA.-Las ilustraciones son del licenciado y gran artista peralejano D. Leoncio Jiménez Vaquero, sobre fotografías de D. Julián Fuertes Marcuello y algún otro, a los que el autor agradece vivamente su valiosa colaboración, igual que al arquitecto don Victoriano Mure Beldarrain. Todos estos originales han sido ejecutados para ilustrar el presente trabajo.