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Pervivencia de la Cencerrería en Salamanca

SANCHEZ MARCOS, Marta

Publicado en el año 2002 en la Revista de Folklore número 262.

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INTRODUCCIÓN

Prólogo

Con el presente trabajo se intenta una aproximación a un oficio tradicional que durante siglos se ha desarrollado en el mundo y aún subsiste en Salamanca.

En la artesanía –saber tradicional heredado- arte del conocimiento del oficio, pesa mucho el acervo de elementos diferenciales y culturas, que el artesano y la pieza “respiran” del entorno que los rodea. Así, el conocimiento de una artesanía implica y conlleva el de la sociedad en que se desarrolla.

No obstante, la pervivencia de los oficios peligra, en parte, por la imprescindible reutilización o transformación de uso de la pieza, por la total carencia de necesidad de la misma, o por el desconocimiento de su servicio. Y, sobre todo, por la desaparición de los artesanos y de su entendimiento.

En Salamanca, se han trabajado artesanalmente casi todos los materiales: barro, piedra, madera, vegetales, cuero, textiles y metales. Dentro de los trabajos metálicos se mantienen -con frecuencia desigual- los oficios de forjador (herrero, herrador, cerrajero), calderero, platero, romanero y cencerrero, entre otros. Este último es el que vamos a intentar describir.

Hubo en la provincia, en épocas pasadas, buenas fraguas y talleres de cencerreros que se extinguieron en el siglo XIX, y otros, en el siglo XX (Montemayor del Río, Los Santos...) (1), quedando solamente, en la actualidad, los de Ciudad Rodrigo.

Queremos dejar constancia de las formas y maneras de hacer tradicionales, en previsión de una posible desaparición de las mismas, y a la vez, mostrar nuestro más profundo agradecimiento a estos hombres, artesanos, herederos y transmisores de nuestra cultura.

A lo largo de este texto se harán mención de las circunstancias reales de la producción y de sus posibles consecuencias y soluciones.

El entorno (2)

Ciudad Rodrigo está situada a 653 m de altitud en un promontorio sobre la margen derecha del río Águeda, afluente del Duero, en el que desemboca entre La Fregeneda (Vega Terrón) y Barca D´Alva, en la frontera con Portugal. Dista 89 Km de Salamanca y 27 de las lindes portuguesas, formando parte aledaña de la zona serrana de Gata (Sistema Central) al sudoeste de Salamanca.

Vasto territorio en el que se dan cita las tierras llanas de cereal y las amplias dehesas, cuajadas de encina. Dedicadas, muchas de ellas, a la cría del toro de lidia, con los robledales y pinares de las estribaciones de las sierras de Francia, Gata y Jalama.

Alrededor del río Águeda se extiende una amplia y fértil vega, ya frecuentada por los hombres prehistóricos que nos han legado un magnífico conjunto de grabados rupestres (3), comparables a las pinturas de Altamira. Tierra apta para cultivos hortícolas, y también, para gramíneas y legumbres. Los muchos bosques de encina y roble, y la abundancia de pastos en torno al partido, la hacen especialmente apta para la cría del ganado vacuno, lanar, cabrío y de cerda. Siendo la agricultura, ganadería y el aprovechamiento forestal, el principal soporte económico de esta comarca. Ya constatada en tiempos de los vettones, que se dedicaban, fundamentalmente, a la economía ganadera (4). Como testigos artístico – arqueológicos de esta actividad nos quedan los verracos, esculturas zoomorfas celtibéricas, interpretadas generalmente como deidades protectoras del ganado, y de las cuales es tan rica esta zona.

Antigua Miróbriga de la época romana, fue reconquistada del dominio árabe hacia el 1.136 y repoblada por el Conde D. Rodrigo González Girón, cuyo nombre ostenta. Fortificada y reconstruída en el siglo XII con los honores de “Civitas”, tuvo su mayor esplendor durante los siglos XV y XVI, y de ahí, conserva el carácter monumental y señorial que mantiene, pese a haber sufrido los avatares de la invasión napoleónica. De hecho, en 1944 es declarada Conjunto Histórico Artístico.

Ya desde antiguo ha sido zona de paso, ya que por la comarca discurría la Vía de la Plata con la posterior Calzada Romana. Desde la Edad Media el Campo de Ciudad Rodrigo se estructura en dehesas de carácter ganadero y entre ellas pasaba el importante ramal de la Cañada Real del “Oeste” o “Leonesa”. Como lugar tradicional de vías de comunicación y de comercio, a lo que se aúna la existencia de su riqueza agrícola y ganadera, y también, la minera, esto hizo que fuese una comarca floreciente y apetecible, lo que, en muchos casos, fue la explicación de las sucesivas conquistas.

El comercio se centraliza actualmente en la capital, donde también existen pequeñas industrias, generalmente, relacionadas con el mueble.

En cuanto a la artesanía local, destaca la filigrana charra consistente, en trabajos de oro y plata en una delicada trama de dibujos con los citados materiales nobles. Complementada con trabajos de talla en madera, cantería, guarnicionería, forja, romanería, hojalatería, cestería y cencerrería. Siendo esta industria, posiblemente, el resultado de cubrir las necesidades de atención a tan diversas ganaderías autóctonas, junto con las de trasiego en búsqueda de pastos a través de las veredas y cañadas. Por otra parte, no deja de ser un atractivo más para el turismo rural incipiente que se concentra, sobre todo, en las fechas del ya conocido como el “Carnaval del Toro”.

El oficio

La cencerrería es un oficio a caballo entre la calderería y la fundición, ya que participa de procesos de estas dos actividades, teniendo su origen en la necesidad de diferenciar una señal acústica. Bien, para localizar o conducir el ganado, acompasar la andadura de los tiros de carro, ensordecer a recuas de mulos en los caminos, para usos de la caza; como alegría y ritmo en los troncos de caballos, significación de una parada de cabestros..., o como instrumentos musicales, más o menos destemplados, para ceremonias ortodoxas, o de sorna y bullicio.

Producción ésta, bien antigua, y documentada desde el inicio de la edad de los metales, encontrándose ejemplares de hierro en los dólmenes (5).

En la actualidad, perduran las cualidades de los usos tradicionales, cada vez en menor medida, ya que parte de los animales tienden a desaparecer al sustituirse sus tareas por máquinas –tractores- o, el pastoreo o crianza de los mismos, ha variado totalmente, y se va olvidando el sentido o función anterior.

Al existir pocos cencerreros en España, el trabajo de estos talleres se reparte por canales comerciales más extensos, siendo así, que los cencerros mirobriguenses se envían a las zonas cantábricas, Portugal, Galicia, centro, Pirineos, e incluso, a Francia y Suiza; acaso, por el tirón o noticias de emigrantes.

TECNICA Y MORFOLOGIA

Informantes

A este respecto, los pervivientes son Santiago Risueño Florindo “Chago” (6), natural de Ciudad Rodrigo, que sigue una tradición de más de doscientos años y cuenta en la actualidad con 64 (a punto de jubilación, cumplirá 65 el 24 de noviembre de 2002). “Chago” mantiene un taller en la carretera de Zamarra –actual avenida de Conde de Foxá, 75-, Barrio de la Caridad, a las afueras de Ciudad Rodrigo, ejerciendo un oficio que aprendió de sus tíos y abuelos (su padre murió en la guerra civil cuando él contaba nueve meses) fabricando cencerros y zumbos para bueyes, siendo aprendiz a los 15 años. Su tío “Nino” (Marcelino Vicente Hernández) persistió en el oficio hasta su desaparición, mientras que su hermano Rodrigo lo dejó a los veintiséis años.

El otro resistente es José Luís Hernández Benito, aprendiz del “Rili” (Ángel Alcalá), desde los 14 años, y con taller en la calle Alcázar de Toledo, ahora calle Argañán, 12, en la ciudad Mirobriguense. También trabajó con Benito Vicente Rubio, lo mismo que “Chago”. En la actualidad trabaja con su hijo, que permanecerá en el oficio.

Posiblemente, sea el último vestigio de la zona castellana, aunque quedan obradores en Extremadura, en concreto, en Montehermoso y en la provincia de Albacete (Almansa) (7).

Se tiene constancia de otros cencerreros anteriores como “Los del puente”, Hermanos García, o Salus “El cencerrero”, de donde salió “El Rili” –Ángel- , el maestro de José Luís; Manuel de Ayer Vicente, alias “Barreno”; o Lorenzo Cid, todos ellos fallecidos.

Edificaciones

El taller de cencerrero, como el de otras muchas artesanías, no necesita una ubicación especial, ya que no ocupa mucho sitio y el trabajo se efectúa en el interior. Lo que sí necesita es una buena ventilación que se consigue, generalmente, con una entrada amplia o un patio interior. Debe ser lo suficientemente grande para desenvolverse en el trabajo y, si es posible, con luz natural. Sólo son imprescindibles una canalización de agua y una chimenea para el tiro de la fragua.

Su situación dentro de un núcleo rural es indiferente. En nuestro caso el taller de Chago se ubica en un barrio a las afueras de Ciudad Rodrigo, mientras que el de José Luís, está en una céntrica calle. Y, como las materias primas son comerciales, carece de importancia la proximidad con las mismas o las fuentes de energía.

Hemos tomado como ejemplo el taller de Santiago Risueño, que se trata de un local bajo, tipo garaje, de amplia entrada con puerta metálica, con acceso directo a la calle por una pequeña desviación. El ámbito es cuadrangular irregular con una superficie de unos 32 metros cuadrado, con entrantes y salientes aprovechados para delimitar zonas de trabajo (Fig. 1)

Según se entra a la derecha están las dos burras de trabajo con bigornias para el modelado de las piezas, testigos de tiempos mejores cuando trabajaban más cencerreros en el taller. Es, en esta parte, donde hay luz natural a través de dos ventanas, además de la que entra por la puerta que permanece siempre abierta. Hacia la pared se encuentra un banco de carpintero, que nada difiere a los de la carpintería tradicional, con varios cajones de clavos y puntas y, aprovechando el ángulo, se sitúa la zona de herramientas que se cuelgan en la pared.

A la izquierda está la zona de amasado con una gran mesa de madera, cerca de la cual, se delimitan los depósitos de barro y tamo de paja.

Al fondo del local se encuentran las dos fraguas – horno, que constituyen las únicas construcciones, o las más complejas de la instalación. La fragua que funciona como fogón consta de una meseta de fábrica sobre la cual se enciende el fuego para calentar el hierro y, en su parte superior, tiene una campana metálica para recoger el humo, que desemboca en una chimenea. En la actualidad para facilitar el trabajo, el viejo fuelle manual para avivar el fuego, se ha substituido por un ventilador de turbina eléctrico. Siendo éste el único instrumento no tradicional que se usa en el taller, lo que le da la clasificación de artesano puro.

En uno de los lados del ventilador y aprovechando varios cubículos, se sitúan las reservas de carbón de brezo y un depósito de escorias. Y, al otro lado la pila de agua para enfriar el hierro para que se temple.

La fabricación de un cencerro (8)

Materias primas

- Chapa de hierro que es el material base para la fabricación del cencerro. Procede de los altos hornos asturianos o vascos, pero los cencerreros lo compran en las ferreterías locales. Es de tipo industrial y se emplea, dependiendo del tamaño del cencerro, con un grosor que oscila entre los 0,6 a 1,5 mm. La cantidad, clase y frecuencia de compra varía según los encargos.

- Alambre redondo para hacer las hembrillas, industrial.

- Latón (aleación de cobre y zinc) o cobre que se usan para la cubrición y soldadura de los cencerros. Proceden de materiales de deshecho, en recortes o fragmentos, adquiriéndose en chatarrerías. La compra y frecuencia no están sistematizadas, renovándose las existencias cuando se acaban.

- Barro para cubrir la pieza en el cocido en la fragua. Es similar al de los alfareros y procede de un tejar de la localidad cercana de Cabrillas. La compra se efectúa en cantidad y se hace una vez al año.

- Tamo de paja para mezclar con el barro y “hacer la torta”. Es una paja fina y de pequeño tamaño de procedencia local.

Fuentes de energía

- Carbón de brezo para alimentar la fragua. Normalmente de Las Hurdes y se adquiere anualmente.

- Energía eléctrica, para la iluminación y alimentador del ventilador. El voltaje es de 220, es decir, no industrial, y se engancha a la red urbana de electricidad.

Herramientas

- Plantillas o patrones de tipos y medidas, que son de chapa y varían en anchura y longitud según el volumen del cencerro deseado. Se diferencian por números.

- Compás de herrero, herramienta de dos puntas articuladas con bisagra en el lado opuesto, para tomar las medidas del patrón y transladarlas a la chapa. Prácticamente en desuso, como los anteriores.

- Tijeras de palanca, normalmente fabricadas por el propio usuario y que actúan a modo de cizalla. (Fig. 2)

- Bigornia o base de hierro parecido al yunque de herrero, pero más ligero de peso y dos brazos apuntados, uno de los cuales más largo y alomado sirve para dar forma al cencerro, cuando se apoya la chapa. Está asentada sobre una meseta de madera con tres patas llamada burro. (Fig. 3)

- Martillos redondos y cuadrados similares a los de un carpintero, para conformar la chapa y afinar el sonido, respectivamente.

- Espetón de varilla de hierro, para mover los cencerros en la fragua.

- Limas, de tipo industrial, para pulir las rebabas de los cencerros, después de la cocción.

- Punzones y granetes, de varios tamaños, para perforar y decorar.

Proceso de construcción

En el taller de D. Santiago, se continúa la tradición familiar que se remonta a más de doscientos años. Como ya lo hacían, anteriormente, sus ancestros fabrica zumbos y otros cencerros para animales varios. Sus casi cincuenta años en el oficio aprendido con su tío, cuando contaba los 15 años de edad, hacen que, con asombrosa facilidad, producto de la experiencia, realice cencerros en escasos minutos. Persona amigable y campechana nos explicó con agrado el proceso que sigue en la fabricación del producto.

1. Recorteado

Se inicia el trabajo con el corte de la chapa de hierro, eligiendo el grosor de la misma, según el tamaño de la pieza a efectuar.

Antiguamente se utilizaban las plantillas para diseños de cencerros especiales y de encargo, transladándose las medidas a través del compás. En la actualidad, por la sencillez y maestría del cencerrero, se hacen “a bulto” y hay menor variedad de tipología.

La chapa se corta con las tijeras de palanca arregladas por el cencerrero.

2. Poner la hembrilla

En el centro de la chapa cortada se practica un orificio, para el paso de la hembrilla (anilla para colgar el badajo). La hembrilla consiste en un alambre de hierro redondo (industrial) en forma de omega, que se remacha y aplana en su parte superior, quedando la anilla por la cara que va a formar la parte interior del cencerro. (Fig. 4)

3. Doblar la chapa o acuencar

Apoyándose en la bigornia y sentado en el burro, se dobla la chapa por la mitad, conformando con el martillo y en frío, el cencerro –a modo de cilindro-. Aproximando las solapas de unión que, en los de tamaño pequeño, quedan hacia un mismo lado.

Y haciendo en los laterales, en los cencerros de tamaño mayor, unos recortes escalonados para ensamblar la escotadura en tipo machi-hembra.

Cuando está lo suficientemente abombado, se aplana la parte central de la doblez configurando las hombreras (especie de orejas) que sujetarán el asa. (Fig. 5)

4. Recocido

Se templa un poco la chapa en el horno para quitarle el acerado y poderla trabajar. Para esto se la mete en la fragua a recalentar y después, se deja enfriar, a temperatura ambiente, ya que como el trabajo se hace seriado tiene tiempo suficiente.

En este punto la chapa queda ennegrecida y con escamas o costras, que desaparecerán con la operación siguiente.

5. Hacer la forja y cerrar

Se le llama así a dar la forma definitiva al cencerro, a base de martillazos y ayudándose de la bigornia como apoyo. Se utilizan indistintamente los dos brazos desiguales según sea la forma más o menos redondeada. Y luego, los picos de las hombreras, se enderezan en vertical y se doblan hacia dentro, para encajar el asa. Aproximándose las junturas laterales con objeto de acabar de perfilar el cencerro, martillando la forma en el continuo giro de la pieza. (Fig. 6)

6. Hacer el asa

Para ello, la tijera se mete en un rectángulo de hierro encajado en una hembrilla especial dispuesta en el burro, y a la que se fija mediante una cuña. Con este punto de apoyo, el artesano dispone de una mano para manejar un brazo de la tijera, que actúa como cizalla y, con la otra, presenta la chapa al corte en la dirección, sentido y proporción adecuados. (Fig. 7)

Corta rectángulos de chapa de tamaño acorde con el del cencerro al que van destinados. Siendo el ancho, normalmente, un poco mayor que el de los hombros del cencerro.

A continuación, se doblan longitudinalmente ambos laterales hacia su interior, en un cuarto de su ancho, por la misma cara y se aplastan sobre la cinta principal. Aunque los cencerros pequeños llevan un asa simple, sin dobleces, ya que debido a su escaso peso, no necesitan refuerzos.

Después, se moldea con martillo la tira del asa, apoyándose en el burro, en el que quedan unas muescas o señales que favorece, e incluso, guían la operación del asa hasta el conformado de la misma, para su posterior encaje con los hombros del cencerro. (Fig. 8)

7. Enasar

Se incrusta el asa en las hombreras, teniendo en cuenta que la parte doblada o refuerzos queden al exterior, dejando lisa la zona de rozamiento con el collar.

8. Rematar la boca

Con las tijeras del cencerrero se recorta el borde inferior para igualar la boca.

9. Reforzar

Para ello se ponen dos refuerzos en la base del encuentro de las juntas laterales de la chapa. Estos refuerzos, también llamados “pedreras” se hacen a base de tiras rectangulares de chapa convertidos en canales o pinzas, remachados por los dos lados de las juntas del cencerro, para evitar que éstas se abran en los medianos.

Los cencerros de menor tamaño no llevan refuerzos, sin embargo, los grandes llevan uno continuo, en toda la boca, llamado “cincho” o “repulgo”. Y así se evita el desgaste cuando se arrastran por el suelo. (Fig. 9)

10. Decorar

Es en este punto cuando los cencerros que van decorados, bien con motivos geométricas (corazones, cruces, círculos, triángulos...), como los de tipo francés, o con las iniciales de la ganadería o antojos de los comitentes, se marcan o repujan, “a granete”, o se graban con cincel y puntero ayudados por el martillo.

11. Embarrar o enllenar

En una meseta preparada para trabajar de pie, el cencerrero mezcla tamo de paja con barro, para amasarlo junto con la palma de la mano y lograr una especie de torta.

Es necesario que quede todo bien sellado para la cocción y se soba varias veces el barro, mojándolo, para que quede homogéneo.

El cencerro se envuelve en la torta dejando la boca abierta, pegando bien la envoltura humedeciendo los bordes y apretando con las manos.

Antes de cerrar la boca, se meten unos trozos de latón o cobre que actuará como soldadura. Y se tapa posteriormente, con otra torta de paja y barro, de manera que todo el cencerro quede cubierto como en una funda.

Una vez embarrado, se recubre todo el paquete en tamo de paja, efectuando un orificio en la zona de la boca para que el latón funda bien.

12. Orear

Se deja secar el barro al aire, como si fuera un cacharro de alfarería, antes de meterlo en el horno.

13. Hornear o cocer

Realmente el horno es una fragua. El hogar se alimenta actualmente con aire de un ventilador eléctrico -antiguamente por fuelles de acción manual- y el combustible al uso es carbón de brezo.

La pieza envuelta en el barro se mete en la zona del fuego y se cubre enteramente con el carbón. Durante unos minutos el fuego caldea el conjunto hasta ponerlo al rojo vivo. Cuando el cencerro expulsa una llama azul, por el orificio de la boca, es el momento de destaparlo, retirándolo de las ascuas con el espetón y dejándolo en el suelo.

El tiempo de cocción depende del tamaño del cencerro, entre diez minutos y media hora.

14. Enfriar

En algunos casos, según las prisas, se introducen las piezas en agua fría, para acelerar el proceso. Pero lo normal es dejar los cencerros en el suelo, y que se enfríen al natural, durante unos minutos.

15. Desenmoldar

Se rompe la cubierta de barro que se ha convertido, prácticamente en mineral. En realidad queda una escoria que ha actuado como crisol que, en ocasiones, adquiere una gran belleza plástica.

El resultado es un fundido del cobre o metal que cubre totalmente al cencerro con una fina película, soldando todas las juntas del asa, bordes y solapas, hasta convertirlo en una pieza única, sin fisuras. Ofrece un color dorado, cuya durabilidad y resistencia a la oxidación es larga, y su principal cualidad es la de proporcionar un sonido característico, función principal de la pieza.

16. Afinar

Una vez enfriado, se golpea suavemente la boca, con el martillo cuadrado y sobre la bigornia, para que el cencerro coja el toque, son o voz, como es debido. Más grave o más agudo, claro o bronco, según el gusto del amo.

El usuario busca con la manipulación sonora lo que denomina “el tono claro“; en segundo lugar “el eco”, es decir, que el sonido sea apercibible a la mayor distancia posible; y finalmente, modificaciones más o menos caprichosas, para lograr una mejor “respuesta del ganado”.

Tipología

Tipologías anteriores

El tamaño y la forma del cencerro dependen, fundamentalmente, del animal al que van destinados, teniendo en cuenta la edad, e incluso, el sexo, del propio animal. También hay que tener presente el sistema de jerarquías imperante en todo rebaño. El jefe de la manada, debe portar el cencerro más grande y, por tanto, el más sonoro y, los secundarios, otros de tamaño más pequeño.

Según estudios efectuados por Antonio Cea (9) se determinan los tipos descritos a continuación:

“Tamaño menor:

ESQUILAS de metal con su cinto, generalmente para vacas y mulos.

ESQUILONES de mulo.

Tamaño mediano:

CENCERROS O CENCERRAS con sus collares, para ovejas.

Tamaño grande:

ZUMBA grande de vacas con su collar, que se usa, a veces, también para cabras.”

El Dr. Cortés, por su parte, hace una clasificación de los cencerros, exclusivamente, para el ganado ovino y en la zona de Lumbrales (10):

“MEDIANOS: son a pesar de su nombre, los cencerros más grandes. Se les ponen a las ovejas más fuertes, a las más gordas. Nunca a los machos enteros. MEDIANAS: son las más pequeñas, se les ponen a cualquier animal. CASCABELES: son los más chicos y antes se traían de Portugal. Se les ponen a cualquier animal, pero preferentemente a las ovejas mansitas.

Todos estos cencerros son de chapa de hierro con más o menos cubierta de cobre o metal.

ESQUILAS: que son de otro metal, (bronce con aleación más o menos rica) son las menos usadas, pues fallecen –se rompen- muy fácilmente y con frecuencia.”

También se acostumbraba a denominar los cencerros por su precio, acepción que se mantiene pero que no tiene nada que ver con el coste actual. Así se diferencian “la pesetera”, “la de cinco reales”, “la changarra realera” o “la changarra pesetera”.

Tipología actual

Respecto a los tipos propios de la cencerrería actual, se diferencian más por el animal al que van destinados que por su tamaño. Ya que éste se define por un número al que corresponde, a su vez, la altura en centímetros de la pieza.

Así se designa con el nombre de CENCERROS a los de menor tamaño, destinados a cualquier animal, sobre todo los mulos, perros, hurones... o simplemente tienen función ornamental (llamadores, llaveros, recuerdos...).

Dentro de ellos tenemos la siguiente clasificación (11):

CASCABELES: se designan con tal nombre a los más pequeños, destinados a cualquier animal sobre todo los mulos, perros de caza y “careas”, hurones... o simplemente a los que tienen función ornamental (llamadores, llaveros, recuerdos...). Dentro de ellos hay dos modalidades:

CASCABELES DE ASA PLANA: que se utilizan para la caza y tienen 6 cm de altura.

CENCERROS PEQUEÑOS o CENCERRILLAS, de asa normal, con la siguiente numeración: (Fig. 10)

Nº 0 7 cm
Nº 2 9 cm
Nº 3 11 cm
Nº 5 12 cm
Nº 7 13 cm
Nº 9 17 cm

VAQUEÑOS: que, como su nombre indica, están destinados al ganado vacuno. Por su peso llevan el asa con refuerzos y dependiendo del tamaño llevan “pedrera” o “repulgo”. Son de perfil troncocónico, de base ancha ovoide, y hombros más estrechos y aplanados en los frentes. Carecen de decoración a excepción de los encargos. Y la mayor demanda es para la impresión de marcas de la ganadería, o bien, las iniciales de los dueños. (Fig. 11)

Hay 5 tamaños:

Nº 1 19 cm de altura
Nº 2 20 cm
Nº 3 22 cm
Nº 4 26 cm
Nº 5 30 cm
CABESTRAJE: también llamados MEDIANOS, que van destinados a las paradas de cabestros. Son prácticamente iguales a los vaqueños, pero más cilíndricos de perfil y, en general, de mayor tamaño. La decoración y los refuerzos son similares a las de los vaqueños. (Fig. 12)

Se distinguen los siguientes subtipos:

Nº 1 20 cm de altura
Nº 2 23 cm
Nº 3 26 cm
Nº 4 30 cm
Nº 5 33 cm
Nº 6 36 cm
Nº 7 40 cm
Nº 8 44 cm

Cencerros OVEJEÑOS o de boca estrecha: se utilizan exclusivamente para las ovejas. En cuanto a la forma, son los más diferenciados porque poseen un entrante marcado hacia la mitad del cuerpo para terminar en la boca ovoide, mucho más pequeña que los hombros. (Fig. 13)

Hay 8 tamaños:

Nº 1 13 cm de altura
Nº 2 14 cm
Nº 3 16 cm
Nº 4 18 cm
Nº 5 20 cm
Nº 6 23 cm
Nº 7 25 cm
Nº 8 28 cm

Como clasificación especial está el TIPO FRANCÉS destinado, fundamentalmente, a yeguas y, cuyo nombre deriva de la nacionalidad del comitente. Se efectúan de encargo para Los Pirineos franceses y Jaca. Como características peculiares diremos que son de asa sencilla, más cortos y anchos que los vaqueños típicos, y con boca perfectamente ovoide. En cuanto a la decoración, llevan dibujos repujados “a granete” con motivos florales -generalmente- y en uno de los frentes. (Fig. 14)

Tienen 18 tamaños que oscilan entre los 19 y 49 cm de altura.

Otros aparejos

“Esquilones de plata
collar de tejo
llevan los de la Rade
para Linejo” (12)

Los cencerros, en realidad, además de la pieza metálica, se componen de la embadajadera, el badajo, el collar o collera que sujeta el cencerro al animal que lo porta; y el pasador o clavilla para cerrar el collar.

La embadajadera

Es la pieza que une el badajo al cencerro pendiendo de la hembrilla. Se usa para los badajos de cuerna y madera, ya que los de metal se enganchan directamente mediante una terminación en forma de anilla abierta. Generalmente son de cuero y hay dos tipos:

Puede ser de pasador, consistente en una tira de cuero con dos ranuras en los extremos que se ajustan mediante un tornillo o “pirulina” de madera.

O de “oreja de mula”, es decir, una tira que lleva en uno de sus extremos un ojal, y en el otro una parte más ancha que actúa como botón. Y al pasar verticalmente la parte ancha, por la ranura, y con una media vuelta, queda abrochada la embadajadera y sujeto el badajo.

El badajo

En la actualidad, se hacen y se venden los cencerros sin colocar el correspondiente badajo (pieza que se balancea en el interior y que en su movimiento, chocando con los frentes del cencerro, imprime el sonido). Excepcionalmente, cuando se hacen encargos importantes, demandando un grupo abundante de cencerros, se encomiendan badajos a un carpintero y se aplican en la cencerrería. Antiguamente, el badajo lo hacía el propio pastor.

En cuanto a la tipología de los badajos, hoy, prácticamente industrializada, se puede determinar por los materiales de la construcción.

Hay badajos de metal: de fundición, industriales; de alambre varilla de hierro, forjado en la fragua del propio cencerrero haciendo una especie de anilla para enganchar la hembrilla (tiene la particularidad de desgastar antes el cencerro).

Badajos de madera, eligiendo materiales duros, casi siempre de sabina o del corazón de la encina o albaricoquero: tallada a navaja (prácticamente desaparecidos excepto los efectuados por los propios pastores); o torneada en taller de carpintería o de silletero.

Badajos de cuerna: tallada a navaja, por capricho, por el propio pastor - normalmente el zagal - sobre puntas de asta.

Badajos mixtos (madera/cuerna): tallados a navaja constando de un pitón cortado acoplado a un fragmento de madera. Sólamente existen los fabricados por los propios pastores.

De hueso: de canilla de toro o de buey, para cencerros pequeños, con la cualidad de no desgastar la esquila.

Badajos de pata de cabra: de pezuña de cabra o carnero. Igualmente tallados por el pastor. (13)

La collera o collar

Para sujetar el cencerro al cuello del animal que lo lleva. Generalmente, y más en nuestra zona, era de cuero viejo para las ovejas, ya que el sudor lo deterioraba - sabiduría popular- . En la actualidad abundan más los de gomas o pieles sintéticas, que duran más.

La collera más frecuente estaba constituída por una tira de cuero grueso de ancho variable, nunca inferior a los cinco centímetros, dependiendo del tamaño y las características del animal. Y se cerraba con hebilla.

Los collares de cabestros u otros, o por intención del dueño, iban más decorados: recortados, pintados, bordados, repujados y a veces, con incrustaciones de cerdas de tejón, o con claveteado metálico formando figuras geométricas, sobre la tira de piel de unos cuatro dedos de ancho. Llegando a formar verdaderas muestras del arte pastoril que se exhibe en los museos u, hoy en día, es objeto de colección. (Fig. 15)

En otras partes (país vasco, Navarra, Pirineos) (14) se fabricaban con tiras de madera de fresno o castaño, grabando en ellos, bien a cuchillo o a fuego mediante hierros al rojo, motivos decorativos estilizados o geometrizantes, como soles, discos, estrellas, anagramas, etc. E incluso, con tiras de esparto trenzadas en las provincias más al sur.

El llavero, clavilla, pasador y la hebilla

Servían para cerrar el collar y sujetarlo al cuello del animal.

Los primeros eran un invento antiquísimo, y a la vez, objeto predilecto para plasmar el arte y habilidad de los pastores en su talla en madera. Se atravesaban en la collera mediante un sistema de dos ojales (Fig. 16). Se efectúan en maderas duras como el boj, sabina, corazón de encina o palosanto, que no se agrietan. Constan esencialmente de una cabeza plana circular, como un disco; de un cuerpo cilíndrico y alargado, y de un pie o punta cónica, algo mayor que el cuerpo. U otras veces con forma de un simple clavo, normalmente de madera de brezo.

La hebilla es similar a la de un cinturón y se hace de hierro. Actualmente es lo más usual.

La castigadera

Se utilizaba para evitar que el animal perdiera el cencerro (al rascarse o toparse con un arbusto, o pelearse...) y consiste en una correa de refuerzo que atándose cruzada en la frente, partiendo del collar, mantiene sujeto el cencerro.

ECONOMÍA Y SOCIEDAD

Aspectos económicos

Economía del trabajo

Dentro de los oficios, en general, el subsector del metal (15) comprende las actividades de forja de hierro, espadería y armaduras, cuchillería, damasquino, muebles metálicos, objetos de latón y cobre, cobre, estaño, esmaltes. Siendo este subsector el más importante productivamente en la provincia de Salamanca (16), un 19,13% y también, respecto a la producción media (1.871.910 ptas. / trabajador) teniendo una dimensión del 14,43% de los talleres, sitos la mayoría en la capital, y una proporción del 11,47% de los artesanos de la provincia.

Evidentemente, los cencerreros están a caballo entre los artífices de latón y cobre o entre los de forja de hierro. Contradicciones del sistema.

El sector de los oficios metálicos (excepto la cerrajería) está en regresión, y no podrá hacer frente a productos industriales, ni a los cambios operados en medios rurales. Además, el sector de la orfebrería, que es uno de los más productivos, ha sido separado del resto de los metales. En este panorama que no parece muy agradable, sólamente dos cencerreros libran la batalla para no cancelar sus talleres, con poca esperanza ante lo inevitable. Salvo el milagro de que el Patrimonio Cultural cuide de esta peculiarísima muestra de haceres.

El mantenimiento del taller es similar al de cualquier propietario con los gastos de agua y electricidad, y los impuestos pertinentes. Las reparaciones de la fragua son muy espaciadas en el tiempo y efectuadas por el propio usuario, lo mismo que las herramientas, que son hechas o transformadas por él mismo, o compradas comercialmente y de escaso precio. Lo fundamental se limita a un afilado y a un cuidadoso mantenimiento. Sólamente el ventilador se repara por un técnico y las averías son raras.

El grueso de la inversión, si omitimos el trabajo personal, se va en la compra de materias primas, por este orden: chapa de hierro, barro, tamo y latón, y va en función de los encargos establecidos. Los combustibles se adquieren una vez al año y se los traen los vendedores. En cuanto al transporte de los cencerros corre por cuenta de los destinatarios, o bien, se ponen de acuerdo para contratar un vehículo, gasto que paga el comprador. Como no se tienen asalariados no se tiene que desembolsar nada en este sentido, aunque hay que decir que en el taller de Chago hace unos veinte años, hubo hasta veinte personas trabajando.

La producción media es de cien piezas grandes (cabestraje, vaqueños, ovejeños medianos) o doscientas piezas pequeñas (cascabeles y cencerros pequeños) al mes, pero puede variar según la demanda. Siendo el precio (17) pendiente del tamaño y forma, oscilando entre las 100 ptas. de un cascabel y alrededor de las 2.000 ptas. de un ovejeño grande, en el taller. En precios actuales (18) se dilucidan entre las 250 ptas. y 8 o 9.000 ptas. en precios de almacén, que se incrementan entre 300 y 10.000 ptas. en caso de detalle. Aunque, en ocasiones de grandes pedidos, el precio se abarata, gracias al proceso seguido y seriado de la forma.

Economía de mercado

Según se comentó anteriormente, el mercado se ha extendido y variado a través del tiempo, ya no existen las competencias de Montemayor del Río o de Los Santos y, casi ha desaparecido Montehermoso en Cáceres o Villalba de Lampreana en Zamora (ésta última ya no existe). Y, aunque quedaban algunos talleres en Segovia (Sequeros de Fresno) o Toledo (Mora) están lo suficientemente alejados como para no inferir (creemos que ya no están). Aún así, poco queda del esplendor pasado en que esta industria cencerrera tuvo, hace cuarenta años, en Ciudad Rodrigo, tres talleres trabajando con más de cincuenta personas en ellos.

Sobre la base de una mínima venta directa a ganaderos cercanos (según el clima salmantino la vida media de un cencerro mirobriguense es de 10 lustros), se puede afirmar que la mayoría de la producción se distribuye a través de intermediarios de almacenes (6 u 8 clientes fijos) una vez al año en dos zonas muy concretas del norte de España: Galicia, Asturias, Santander, Euskadi; y el Pirineo y zonas suizas o francesas de montaña. Donde influyen los aspectos climatológicos, ya que debido a la mayor humedad los cencerros se estropean antes, y es necesario su más pronta restitución, aumentando la demanda.

Otra de las ventas especiales, pero no inusuales, se produce cuando hay un cambio de dueño en la ganadería, por sucesión o venta, así como la creación de un nuevo hierro en nuestras dehesas. Todo esto, no es óbice para que, esporádicamente, se surtan encargos de la meseta, Extremadura y, a veces, andaluces, atraídos por el buen nombre de los cencerros salmantinos.

Por otra parte, una pequeña porción de la producción se vende en el propio taller a visitantes y coleccionistas, o bien, en tiendas de regalos de Ciudad Rodrigo o Salamanca, como recuerdo u objeto curioso.

Las ferias antañonas carecen de importancia en nuestros días. Hace treinta años todavía era vital la feria aledaña de Vitigudino, Fuenteguinaldo... y la feria de Mayo en Ciudad Rodrigo, pero ésta, está prácticamente extinguida (en el sentido de intercambio a que nos referimos). En la actualidad, son substituídas, de alguna manera, por la venta de los cencerros en las ferias de artesanía de la región, nacionales e internacionales, como parte del acervo cultural y artesano de la provincia. Promocionando, fundamentalmente, la función ornamental y de colección o capricho, en lugar de la del uso primigenio.

Aspectos sociales

División del trabajo y aprendizaje

Los últimos cencerreros son, y en primer lugar y siguiendo la tradición, hombres (no hay noticias de ninguna cencerrera) y el trabajo es exclusivamente masculino en la actualidad. Posiblemente, como ocurre en casi todos los oficios artesanos la mujer se ocuparía de las ventas directas o en las ferias, pero este dato no ha sido comprobado. Incidiendo en las características del productor, diremos, que la edad media de los mismos va de los cuarenta años en adelante, esto unido a la falta de aprendices abogará hacia la desaparición, casi en ciernes, del oficio. En cuanto al número de artífices, a partir de los últimos cuarenta años, hay un dato claro, en Ciudad Rodrigo de más de cincuenta personas que trabajaban en el oficio, existen dos talleres con tres personas. Y uno de los talleres desaparecerá el próximo año porque ninguno de los hijos quiere seguir en el oficio.

Hay que decir, que el oficio de cencerrero es de los pocos que se pueden considerar como artesanías puras en la actualidad. Esto conlleva la inexistencia de maquinaria industrial –si exceptuamos la manipulada manualmente- y ejecutadas sus fases de forma tradicional. Es una lástima que esta bella y dura tarea (se le dedican 10 u 11 horas diarias, también los sábados o festivos en función de la comanda), en condiciones adversas (recordemos el calor de la fragua, o la temperatura ambiental de los inviernos salmantinos con las puertas abiertas), aboque a su desaparición. Primero por la transformación de la sociedad de consumo, donde estos instrumentos tienden a perder su uso tradicional. Después, por los impedimentos de tipo administrativo (costos de alta de empresa, seguridad social, licencia fiscal, I.V.A....) y, por último, la falta de aprendices y coordinadores comerciales, lo cual es bastante lógico debido a la poca rentabilidad.

El oficio de cencerrero ha sido aprendido desde antiguo dentro del seno familiar, como ocurría en la generalidad de los oficios artesanos. El hijo aprende del padre y éste, a su vez del abuelo, conociendo en el taller patriarcal todos los secretos de la forma, técnica y factura, transmitidos como patrimonio cultural ancestral. Cada familia o cada clan tiene sus particularidades y, éstas, sólo le son vetadas a cualquiera que no sea parte de ellas o muy allegado. Sin embargo, en épocas de mucha demanda, se admiten aprendices externos al clan, que a la larga, adquieren todos los derechos, aunque hay más posibilidades, de que en un momento determinado, abandonen el oficio, o bien, se establezcan por su cuenta. Tal es el caso de José Luis Hernández Benito, que aprendió en el taller del “Rili”. El aprendizaje seguía la escalada ancestral de los viejos gremios artesanales. Se empezaba muy joven, aprendiendo a machar el metal, para después hacer las hembrillas, etc. Y debían pasar varios años antes de que fuesen capaces de forjar un cencerro y adquirir la categoría de oficiales, incluso pasando por varios obradores, para después montar su propio taller.

Hoy en día, el aprendizaje es prácticamente nulo, ni familiar ni externo, en esta u otras artesanías, por varias razones:

- En primer lugar el rendimiento económico del oficio es escaso y esto es un hándicap a la hora de elección del trabajo.

- Las circunstancias y condiciones laborales son bastantes duras y poco apetecibles.

- Las cargas fiscales (es considerada como PyMES) y de seguridad social para los aprendices, ya sean familiares o ajenos, son grandes e insostenibles para una unidad artesana familiar.

- Los censos artesanales en los que se incluyen las artesanías tradicionales y las supuestas “creativas”, no son reales, por desconocimiento, por exclusión de las economías sumergidas, actividades domiciliarias, etc.

- Falta de información generalizada o dificultad de acceso a ayudas nacionales o europeas, por ignorancia, manipulación o falta de cauces.

Todo esto provoca un envejecimiento progresivo de los cencerreros y, al unir esto, con la ausencia de aprendices –si exceptuamos el hijo de José Luis-, una desaparición cercana del oficio. La única solución factible, sería nombrar a este subsector y a los demás en sus mismas circunstancias, zona de Protección Artesanal, con los beneficios y protección que tal cosa conlleva, como parte de nuestro acervo cultural, ya que así lo menciona la Ley de Patrimonio Español o de Castilla y León.

Otro oficio, aunque temporero y ambulante, ya ha desaparecido. Estos eran los “renoveros” (19), personajes que yendo, de pueblo en pueblo, se dedicaban a recuperar la primitiva sonoridad de los cencerros con un intenso pulido. Figura entendida en las economías primarias de autosuficiencia y de agotamiento de los objetos hasta su extinción. Fórmulas que han existido en nuestras zonas hasta bien avanzado el siglo veinte.

Consideración social

En el nivel socioeconómico las ganancias de un cencerrero se equiparan, de alguna manera, con el sueldo base de un obrero de la construcción. Teniendo en cuenta, además, que son ingresos irregulares y que su horario y dedicación es mucho mayor, o por lo menos, no penalizado por ley. Y, por otra parte, se carecen de las seguridades y garantías que un peón tiene. Esto hace que, frecuentemente, los artesanos (éstos entre otros), abandonen el oficio con la progresiva regresión del mismo.

En otro orden de cosas, los cencerreros no tienen, por su profesión, ningún tipo de marginación o privilegio con respecto a la comunidad. Se consideran obreros, aunque difieren de ellos en la consideración del oficio: los ingresos son insuficientes aunque la jornada es más dura. A pesar de lo cual, se valora la independencia con respecto a patronos o normas fijas.

Últimamente, por la moda o el renacimiento del gusto a las artesanías o naturaleza, parece que se considera al artesano de una manera especial. Quizás como residuos de oficios antiguos en trance de desaparición u objetos museables, más que recuperables.

Cada taller de cencerrería, como de otro cualquier oficio artesano, es contemplado como una pequeña industria y, como tal, sujeta al pago de los impuestos correspondientes a esta categoría... Inicialmente tienen que darse de alta en la Delegación correspondiente de la Consejería de Economía y Hacienda, sacando la Licencia Fiscal con toda la serie de pagos que esto conlleva: impuesto de radicación de local, declaración de la renta, impuestos municipales, declaración trimestral y anual de I.V.A., etc. Aunque, al margen de esto y como pequeña compensación, por su carácter artesanal, tiene derecho a vender en su propio local, sin verse gravado por los correspondientes impuestos de comercio.

Como trabajadores por cuenta propia, están obligados a afiliarse a la Mutualidad de Trabajadores Autónomos, de la cual, generalmente, la cuota mínima vigente, ofrece servicios similares a los de la Seguridad Social en cuanto a prestaciones médicas, pero carece de otras ayudas como el despido o el paro.

SOBRE EL SENTIDO Y USOS DEL TOQUE CENCERRERO

“Va al prado; no come
va al río; no bebe
y de dar voces
se mantiene”

(el cencerro, Adivinanza popular)

Hemos considerado necesario hacer un capítulo especial para los usos y costumbres de aplicación de los cencerros, ya que varían según las zonas y, además, tiene el suficiente interés etnográfico y hasta folklórico, como para ello.

Uso normalizado o tradicional (20)

Bajo la denominación de cencerros se agrupan diferentes categorías de piezas, definidas en principio, por dos factores: su uso y su tamaño.

Nacidos en la necesidad de reconocimiento de una señal acústica y, teniendo en cuenta las dimensiones de los mismos, encontramos en primer lugar los cascabeles o cencerrillas. Estos son cencerros pequeños, que se dedican, fundamentalmente, a la caza.

Dentro del campo cinegético tienen múltiples funciones. En las regiones norteñas como Asturias, Cantabria y el País Vasco, se les ponen a los perros para la caza de la sorda (21). Ya, adentrándonos en la Meseta, se utilizan para localizar a los hurones cuando los introducen en las conejeras o vivales. En casos como en la Mancha, es corriente que los propios cazadores se aten cencerros en las piernas para imitar a los rebaños de ovejas y, así, sorprender a las bandadas de perdices, ya habituadas a tal sonido.

Figuradamente se dice “no quiero perro con cencerro” porque el perro para guardar y sentir a los ladrones, no ha de ser oído, y al amo le basta el aviso del ladrido. Este proverbio se dice al criado o visitante, que trae consigo compañía de mujer, hijos, o cualquier otra persona que puedan hacer ruidos e inquietar la casa. Sin embargo, los “carea” o perros conductores de ganado si portan cencerros.

Los cencerros pequeños se usan también para las recuas de mulos y partidas de burros. De esta función deriva uno de los sentidos del toque cencerrero, que no es otro que el de proporcionar una sensación de seguridad y tranquilidad. Lo que se acentúa cuando el son es acompasado o pastueño (22), y se convierte en alarmante, si el animal que lo lleva hace un movimiento insólito al asustarse por cualquier causa. En contrapartida “irse a cencerros tapados”, que en latín se dice Hospite insalutato, está tomado de los arrieros, que al querer salir de un mesón, de un pueblo o de un paso peligroso, en el camino tapan los cencerros, para no ser apercibidos.

Llevaban cencerros los “burros de cabeza” de las partidas de pedreros de carreteras, ahora en desuso. También, las mulas de los arrieros, aunque acompañadas de floristería y campanas para alegrar el paso. Con el mismo carácter que tiene el cencerro en las campanillas de la cuadrilla de mulas que retira los toros de la plaza.

Sin embargo, en las mulas de labor o las que trabajaban en las minas, y más, donde éstas se alimentan con pienso seco (cebada generalmente), quedándose semiciegas por falta de vitamina A. Los cascabeles aúnan las funciones de atontar al animal, impedirle que se asuste con los ruidos extraños y marcar el ritmo del trabajo.

Lo mismo ocurre con los caballos de tiro. Aquí los cencerros sirven para alegrar el tronco y que vayan tranquilos, ensimismados entre el cascabeleo y el ruido de los cascos.

También los hombres portan cascabeles, cosidos a las polainas cuando bailan los “paloteados” y así aumentan el alboroto producido por los bastones.

En segundo lugar están los alambres, grupo de cencerros de una recua o hato de ganado. Variando sus denominaciones por el tipo de ganadería, y su tamaño por la supremacía en el mando de la manada.

En el ganado vacuno se utilizan los vaqueños que tienen un perfil troncocónico.

Es en este tipo de ganado, donde adquiere mayor relevancia psicológica, la jerarquía de la manada que hay que conducir. Uno, es el animal dirigente, y éste, debe portar el vaqueño más grande, y luego, tres o cuatro ayudantes que llevarán cencerros secundarios de menor tamaño. Con objeto de que el rebaño sepa perfectamente quién es el jefe y guía, y a su vez, éste sea asistido por otros animales menos importantes, que se encarguen del cuidado de núcleos más reducidos.

Este sentido de dirección se ha visto alterado con el tiempo, posiblemente por la mayor seguridad del campo respecto a los depredadores, y los pastores gustan de ornar sus animales, provocando cierta confusión y disgregación en el sentimiento del rebaño. Por otra parte, ya no se dan esas largas trashumancias y los ganados pastan más recogidos, o se les translada en vagones de tren. Ya no tiene sentido el adagio “Quien bueyes ha perdido, cencerros se le antojan” que significaba que cualquier sonido que oyese el pastor, se entendería como su res perdida.

Los cencerros de cabestraje sirven para diferenciar a los cabestros del resto de los vacunos. La colocación de estos cencerros guarda una rigurosidad y una tradición que ha de cumplirse. Los cabestros “delanteros” que abren camino, llevan, más que cencerros, una campanilla, no mayor que una esquila; los de “en medio” o “seguidores” que rodean los toros portan cencerros pequeños; y serán los de la “zaga” aquellos que usen los cencerros grandes, los de sonido bronco, lento, típico del cabestraje.

Los zumbos o medianos son piezas similares a los vaqueños pero de perfil más cilíndrico y mayor tamaño. Como son los de más peso, incitan a que anden lentamente, recogiendo detrás los animales, los toros que quieran volverse. Como decía F. Villalón:

“Van sonando acompasados los cencerros
de los bueyes blanquinegros
de astas largas y los negros
toros finos obedientes al guión
en pausada procesión”.

En el ganado ovino se utilizan los cencerros ovejeños, apucherados o de boca estrecha, que tienen la forma más diferenciada al poseer un entrante marcado hacia la mitad del cuerpo. La cantidad del yerro, de este ganado, va en función del acercamiento o lejanía de las zonas de pastoreo, ya que se usaban mayoritariamente en los translados trashumantes. La disposición por el tamaño es semejante a la de los vaqueños pero aquí, se utilizan más secundarios. En las cabañas grandes había de 4 a 5 mansos (23) por cada 1.000 ovejas, que portaban los ovejeños más grandes y caminaban delante del ganado con el pastor, cumpliendo la función de cabestros.

Como caso excepcional se utilizan cencerros para las ovejas que amamanten hijos de melguizas (24) con objeto de diferenciarlas, de manera que el cordero sepa, por el sonido, cual es la oveja que le ha tomado. O a alguna oveja “abandoná” (que no quería a la cría), porque el cordero conocía el son del cencerro, y de esta manera iba a mamar a la madre. (25)

En la actualidad se ha aumentado el número de “changarros” en los rebaños de ovejas, por simple gusto del pastor, o quizás, para diferenciar las ovejas propias de las del dueño. O bien, a alguna chivina, por capricho. Hay un dicho popular referido a los nombres que los pastores ponen a sus animales, que tal vez pudiera aplicarse a los cencerros: “a las suyas todas, a las del amo ninguna”.

En el caso de rebaños de cabras o mixtos es frecuente que el macho cabrío guía o “choto” porte un cencerro de gran tamaño, del tipo de los vaqueños –o bien- abombado, más ancho que los ovejeños (zumba) y que en los Países Catalanes de denomina tumba o tumbeta. (Fig. 17)

Interesantísimo es el estudio de Belosillo relacionado las acepciones, con los tamaños, las notas musicales, los timbres y los usos de los mismos, para un rebaño merinero (26):

Componente mágico, religioso y lúdico del cencerro

En el ciclo vital (27)

Dentro de las múltiples costumbres en torno a las edades del hombre, queremos mencionar aquellas en las cuales de introduce el uso del cencerro, tanto en sentido festivo y alegre, como en el negativo de sorna.

Fiestas de quintos, durante las cuales era frecuente atar cencerros y esquilas a burros o perros, introducirlos en las casas y pedir el aguinaldo, o robar chorizos y chacinas para hacer una merendola, como por ejemplo en Mogarraz por San Antón (en desuso).

En las bodas, en tierras de Alba y Morille, se acostumbraba al salir los novios de la iglesia, pasearles por las calles en un borrico engalanado con cintas y esquilas. En la noche de bodas, en toda la Charrería, se buscaba con ahínco al reciente matrimonio para no dejarles dormir juntos. Si localizaban la alcoba nupcial, les llenaban la parte inferior de la cama con cencerros y cascabeles para que sonaran al menor movimiento. Aunque en algunos casos se podía evitar la broma, pagando el novio una merienda. En la tornaboda era corriente que fuesen a buscar a la familia (novios y padrinos) con un carro de bueyes o mulas con un cortejo de jinetes pertrechados con tapaderas, hierros y cencerros, para pasear el carro hasta la taberna, donde el novio y el padrino debían convidar a la comitiva. Abundando en el tema, el traje “de vistas” - propio de las bodas en la Sierra de Francia - porta como adorno y, curiosamente, atados bajo los sobacos, dos sartas de plata ornadas con cascabeles y esquilas.

En el adulterio u otras “rarezas” matrimoniales, cuando la comunidad local se daba cuenta de tal “escándalo”, era normal, entre otras costumbres (carril de paja…) la práctica de la cencerrada. La Cencerrada (28), también llamada “Dar Borrada”, Esquilada o Charivari, según localidades, fue una práctica muy extendida hasta la mitad del siglo XX, a pesar de las múltiples prohibiciones tanto eclesiásticas como gubernamentales y, consistente en una ronda burlesca dada, por los solteros del lugar, a base de cencerros y esquilas, durante la noche. El motivo de la sorna era variado: segundas nupcias de viudos, casorios desiguales de edad o fortuna, irregularidades de la vida matrimonial, etc. Y la duración de la broma, que se acompañaba, normalmente, con procesiones, cortejos y ritos paganos, dependía de la región. Llegando, incluso, hasta los nueve días.

El luto, cuando alguien moría y era principal (sobre todo los dueños de grandes ganaderías), se quitaban los badajos de los cencerros para que no sonaran y así no impidieran el dolor por el ausente. El son del cencerro era considerado como síntoma de alegría y resultaba improcedente en momentos de dolor y recogimiento. Lo mismo que el día en que fallecía un vaquero o un zagal, había que eliminar los badajos en señal de luto, para que el ruido no perturbara al difunto. De igual manera, que cuando moría un animal y, en especial, si era querido por el cuidador, se le despojaba del cencerro y el pastor se lo ataba al cinto. Y viene a cuento un dicho popular de la Sierra de Gredos:

“Dice el pastor, adiós al marzo traidor.
Y marzo responde, no te rías pastor,
que con los días que me quedan
y otros tres que me presta mi hermano abril,
te he de ver con las pellicas al hombro
y los cencerros al cuadril.”

Prácticas todas, antiguamente extendidas, que hoy en día no se producen.

En el ciclo festivo

Debido a la variedad de festejos y tradiciones que incorporan la utilización de cencerros y esquilas dentro de su parafernalia, nos limitaremos a mencionar las prácticas más comunes dentro de la provincia.

En el Carnaval, considerado como período de grandes ruidos y alborotos con instrumentos, y en el que suele abundar máscaras con esquilones y cencerros. Era usual durante este tiempo atar cencerrillos a las colas de los gatos y perros para aumentar la confusión. Esta costumbre precuaresmina se extiende, en casos como el Norte de España, desde Reyes hasta el Carnaval, propiamente dicho, donde aparecen personajes con máscaras y cencerros como el “Chagueiro”, los “Tunturros” o los “Chachos” (29). El carnaval en sí es mucho más complejo, pero no tiene mayor relación con nuestro estudio, salvo las connotaciones con las fiestas de quintos, anteriormente expuestas.

Y en la Semana Santa, también en todo el campo, en el mismo cencerro hay ritos que deben cumplirse. Verbigracia, desde el Jueves Santo enmudecen los cencerros trabando los badajos con hierba fresca si había crecido ya, dada la época, o con heno en su defecto, de manera que se impedía que sonaran, como símbolo de tristeza por la muerte de Cristo. Y el Domingo de Resurrección se les quitaba la impedimenta, como si se quisiera que cantaran, asimismo, a la Gloria. Costumbre documentada en Fuentes de Béjar y relacionada con el luto, aunque actualmente es inoperante.

En la medicina y veterinaria populares (30)

Dentro de las prácticas tradicionales relacionadas con el mundo de las enfermedades, tanto de animales como de personas, los cencerros son utilizados con una acepción mágico-fetichista, como recipientes de variados remedios caseros, fruto de la superstición y las creencias, aunque no son usados como medicamentos propiamente dichos. Así, en Huerta, se introducía una salamanquesa viva dentro de un cencerro que se tapaba con lana, para curar las paperas. Se tapaba con un trapo de lana hasta que el animal muriera y se consumiese. Después se ponía al pie de la cama del enfermo y debía permanecer allí hasta la curación del mismo, aunque diera mal olor.

En veterinaria se usaban como medicina contra la viruela de las ovejas, metiendo dentro, indistintamente, un sapo (Lumbrales y Fuenlabrada), una perla (Alba de Tormes), e incluso, tierra de la tumba del último enterrado, como en Lumbrales, remedio un tanto macabro. Dependiendo de las zonas, y tapando con una corcha, colocándoselo a una oveja enferma, o a una oveja negra. Con la particularidad de que, no sólo se curaba la infectada, sino que se acababa la epidemia (31).

También se ofrecían cencerros como exvotos en santuarios o ermitas marianas, o dedicadas a san Fermín, abogado de los animales, para reclamar la salud del rebaño o para constatar una solución tardía e ineficaz. Como reza el refrán:

“Cuan ha mort l´ovella
ofereix l´esquella” (32)

O se efectuaba la ceremonia del “cencerro de San Antonio” pidiendo limosna con un cencerro, que después, se llenaba de agua y servía para bendecir el ganado y las tierras. O enterrarlo con laurel, huesos de ave y cera, para hacer pasar el ganado por encima y ahuyentar las posibles enfermedades (33).

Filología

Sin pretender meternos en campos sobre los que no estamos cualificados, queremos señalar los sentidos antagónicos encontrados tanto en las definiciones, como en los usos y costumbres asimilados a los cencerros.

El cencerro es, por definición, una campanilla tosca, hecha de chapa de hierro, que suele atarse al pescuezo de las reses. Es también, una suerte de tintinábulo de lámina de cobre y que dentro trae por badajuelo, un hueso de canilla de vaca o de carnero. Se dice así por la figura onomatopéyica; conviene a saber, del sonido que hace: cen, cen. Y se les suele poner a los bueyes y a los machos de los recueros y arrieros (34). Esta es la principal utilidad y en principio no tiene connotaciones ni positivas ni negativas.

Generalmente el sonido del cencerro, fundamentalmente en las labores del campo, tiene un sentido de alegría: acompasar el trabajo, localización y encuentro de animales, ritmo de andadura... serenidad, en suma.

El otro sentido del toque cencerrero viene marcado, ya desde antiguo, con un signo peyorativo. Encontramos con sorpresa que en el Diccionario de Autoridades de 1729 (35) define al cencerreo como “son y ruido desapacible que hacen los cencerros cuando andan las caballerías que las llevan”, o “tocar sin orden de tañido música con algún instrumento, o estando destemplado”. Con esta intención negativa se utilizan los cencerros, fundamentalmente, en dos manifestaciones: la Cencerrada y el Carnaval.

En realidad, se utilizan indistintamente los dos sentidos, dependiendo de las zonas, los animales que los llevan, e incluso, el ritmo. Y se puede llegar a determinar, por el son de la esquila, si un animal está pastando (sonido pastueño) o, si por el contrario, le persigue un lobo, aunando así las dos connotaciones.

La terminología de los cencerros es extensa y como muestra nos remitimos al cuadro recogido por Belosillo para los alambres merineros (36), donde compara por tamaños las denominaciones en la Serranía de Cuenca, Sierra de Gredos y Castilla.

El mismo Krüger (37) en su estudio de Sanabria, o Aránzadi (38), nos remiten a unos vocablos cuya sonoridad no deja de ser cantarina, v.g.: “En Sanabria son cuchalles … para vacas esquilonas; cuchallo o cencerra … para ovejas, y dumba, zumbo o tupio … para cabras. En vascuence… son arran y zinzarri; pero los grandes, de boca estrecha o silueta exagonal, dumba o bulumba…”

En cuanto a las expresiones verbales la más corriente es “estar como un cencerro”, significando la locura o la extravagancia, u otra muy peculiar –pero poco conocida- que es “badajona” -“mujer “mu´echá´pa´ lante”- en relación con las alcahuetas.

Y así, terminamos estas breves notas sobre los usos y costumbres, con este sentido negativo y a la vez festivo, en el que se pretenden ver connotaciones paganas, en franca contradicción con la iglesia. Como si el término cencerro se opusiese al de campana.

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NOTAS

(1). CEA, A. y otros Guía de Artesanía de Salamanca. Ministerio de Industria y Energía. Salamanca. 1985, p. 55.

(2). MADOZ, P.: Diccionario Geográfico – Estadístico – Histórico de Castilla y León. Madrid, 1845-50; VV.AA. Sierra de Gata y Ciudad Rodrigo. Diputación Provincial de Salamanca. Salamanca, 1985.

(3). BALBÍN, R. de; ALCOLEA, J; SANTONJA, M. y otros: “Siega verde” (Salamanca). Del Paleolítico a la Historia. Museo de Salamanca, Junta de Castilla y León. Salamanca, 1991, p. 33-48.

(4). SALINAS FRÍAS, M.: La organización tribal de los vettones. Salamanca: Universidad de Salamanca. Salamanca, 1982, p. 46.

(5). ARÁNZADI UNAMUNO, T.: “Los cencerros”. Revista de Dialectología y Tradiciones Populares, Vol. I. Madrid, 1944-45, p. 491-495.

(6). Vayan estas notas en su homenaje y en su agradecimiento, ya que frecuentemente le hemos mareado en su trabajo.

(7). GONZÁLEZ CASARRUBIOS, C: “La fabricación de cencerros en Almansa”. Revista Narria, 27. Universidad Autónoma. Madrid, 1982, p. 17-20.

(8). LORENZO, R. Mª (1987): Hojalateros, Cencerreros y Romaneros. Salamanca: Diputación de Salamanca, Centro de Cultura Tradicional.Colección “Páginas de Tradición,”, 7. Salamanca, 1987, p. 51-56 y SÁNCHEZ MARCOS, M.: “Pervivencia del arte de la cencerrería en la cuenca del Duero salmantino”. Mea Villa, 2. Biblioteca Pública Municipal. Vila Nova da Gaia, 1988, p. 65-80.

(9). CEA, A. Ref.1, p. 55: sobre la documentación salmantina de los siglos XVII al XIX, determina l