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LA FIESTA DE LOS JEFES DE STO. DOMINGO DE SILOS

REPRESA FERNANDEZ, Domingo

Publicado en el año 2003 en la Revista de Folklore número 268.

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Capítulo I LA LEYENDA

Todas las fuentes consultadas, documentales y verbales, coinciden en señalar el origen de la fiesta de Los Jefes en un remoto e incierto ayer de un no menos históricamente imposible e indeterminado Silos.

Corría, pues, ese tiempo desconocido y quimérico cuando ocurre el episodio del cual brota nuestra fiesta. La amenaza musulmana que durante siglos acechó las dispersas y poco pobladas aldeas castellanas, se cernió fatalmente sobre la igualmente ilusoria Ciudad de Silas. El enemigo, numeroso, diestramente aleccionado en el ejercicio de la guerra, sobrado de armas y pletórico de odio hacia los habitantes que adoraban la Cruz, puso cerco al poblado. En pocos minutos hubiera arrasado vidas, haciendas y edificios, pero decidió esperar y ello fue la causa de su escarnio y del engaño que hubo de padecer. Pero la base de la salvación del poblado fue otra: el valor y la astucia de uno de sus habitantes.

Efectivamente, la tradición nos cuenta que ante tan apurado momento un vecino, cabal y dotado de natural inteligencia, encontró raudo la única y plausible solución: fingir que el pueblo era presa de un descomunal incendio que echara por tierra todas las ambiciones del enemigo. Presto, el pueblo obedeció las órdenes de aquel improvisado capitán de aldeanos. Los unos se afanaron en recoger aliagas, espileños y todo ramaje que se hallara inmediato al poblado. Con ello formaron anillo enrededor del villorrio y dejaron listas igualmente hogueras por la trama de sus calles y plazas. Los otros, jóvenes y niños en su mayor parte, cargaron sobre sus cuerpos decenas de piquetes, zumbos, campanillas y changarros. La misión de todos ellos, sencilla: al atardecer se declararía el fuego desolador y todos deberían cumplir fielmente su cometido. Los encargados de las hogueras prenderían sucesivamente las candeladas siguiendo una lógica sucesión.

Al unísono, los hombres/ganados atronarían con su estampida las vaguadas y los roquedales del pequeño valle de Tabladillo. Las mujeres se devanarían en lamentos e imploraciones a la divinidad.

Eso era todo cuanto podía hacer un puñado de labriegos desarmados e ignorantes en el arte de la guerra. Y no fue poco. Según la leyenda, el moro observó atónito el enorme espectáculo que se producía en su inmediata presa y, ávido de prontos botines, dio por inútil cualquier esfuerzo en aquello que presumía amasijo de ruinas humeantes y riquezas destrozadas. Silos se había salvado. La valerosa decisión de los hombres y el seguro amparo de sus principales abogados, Jesús y su Madre María, supusieron la combinación efectiva que dio al David la victoria.

Hasta aquí, la leyenda. Tiempo habrá posteriormente de enmendarla con las aportaciones surgidas del trabajo de investigación llevado a cabo durante los dos últimos años. Ahora veamos, para conocer mejor la realidad, contenido y misterio de Los Jefes, cómo se celebraba la fiesta hasta su desaparición en 1963 (1).

Capítulo II

LA FIESTA DE LOS JEFES: EL DESARROLLO DE UN COMPLEJO RITUAL

La elección de los Jefes El día de Reyes, tras la misa mayor, tiene lugar la designación de los vecinos que habrán de ostentar la dignidad de Jefes en el presente año. El nombramiento se realiza mediante sorteo y en él entran aquellos vecinos varones casados en el año anterior.

En dicho sorteo rige una serie de normas que el Boletín de Silos describe con acertada precisión: “La designación de los Jefes. Todos los vecinos casados de esta Villa pueden pretender el honor de figurar entre los jefes, pero solo una vez en la vida, pues los nombres de los que han sido ya jefes no entrarán más en el sorteo.

En el día de Reyes, despues de la misa mayor y en la casa del Concejo, se reune con el Ayuntamiento gran parte del vecindario, sorteandose los nombres de los tres vecinos que habrán de ser los jefes la proxima función; y se asegura que siempre ha presidido en la elección la más perfecta lealtad.

Para el caso, el pueblo se halla dividido en tres barrios: el de arriba, el del medio y el de abajo. Cada barrio da todos los años uno de los jefes, pero los tres titulos de capitán, alferez y sargento pasan sucesivamente a los tres barrios, según un orden establecido.

Este año los tres jefes eran: Capitán, D. Juan del Alamo, del barrio de Abajo; alferez, D. Mariano Gil, del barrio del Medio; sargento, D. Jacinto Hebrero, del barrio de Arriba.

Despues del sorteo, el mayordomo del Ayuntamiento entrega a los Jefes los trajes que deberán lucir en la función, y ciertas insignias de su grado, a saber: para el sargento el enorme cuchillón o alabarda de los antiguos tiempos, para el alferez la bandera, y para el capitán la espada” (2).

De 1928 tenemos otro completo retrato del sorteo de los Jefes debido al benedictino Justo Pérez de Urbel: “El pueblo entero se reunió en la casa de concejo. Después del natural barullo y algazara, se hizo el mayor silencio. Me parecía asistir a un acto religioso. En el centro había tres ánforas.

Una de ellas tenía los nombres de los vecinos del barrio alto, otra los del bajo y la tercera los del barrio central. Junto a las ánforas estaba un hombre, un hombre de crespa melena y nariz encorvada. Supe luego que se llamaba el ‘Grajo’. Era el alguacil.

Este hombre metió la mano en una de las ánforas, sacó una papeleta y gritó:

- Barrio alto: Martín Ruiz.

A continuación, el Alcalde sacó otra papeleta de una caja y pronunció esta sola palabra: - Sargento.

Un murmullo general se extendió por la sala.

- Este lo hará bien - decían unos.

- Es algo patizambo – agregaban otros, y todos comentaban las cualidades o los defectos del que había de ser este año Sargento en la fiesta de los jefes. El Alcalde agitó la campanilla, y los rumores cesaron inmediatamente. El ‘Grajo’ metió otra vez la mano en otra de las ánforas y cantó: - Barrio bajo: Nicolás de la Fuente.

- Abanderado – decía la papeleta del Alcalde.

Otra vez estalló el barullo de la muchedumbre. Era una verdadera algarabía: los chillidos de los muchachos se mezclaban con las voces frescas de los jóvenes y las graves de los viejos.

Sonó la campanilla, se hizo el silencio y en medio de la mayor ansiedad se oyó la voz del alguacil, que decía:

- Barrio del centro: Ricardo Alonso.

No era necesario sacar más papeletas. Todos sabían que el que faltaba por nombrar era el Capitán (...).

La ceremonia no se había terminado todavía. El alguacil abrió una vieja arca de nogal y de su profundo seno sacó los uniformes de los jefes. Cada cual recibió el suyo, y además el Capitán se posesionó del bastón, el Abanderado de la bandera y el soldado, de la pica. Después la asamblea se disolvió. Los hombres se fueron a la taberna o al café, los niños a sus juegos, los jóvenes al baile, y las mujeres sentáronse a las solanas a echar un julepe o a comentar los caprichos del sorteo y otras muchas cosas” (3).

Contextualizado este primer acto de la fiesta, es buen momento para señalar algunas peculiaridades etnográficas del período en que se enmarca el sorteo. En principio ello habrá de servirnos para testimoniar el valioso patrimonio cultural que poseía Silos en estas fechas navideñas, aunque su importancia trasciende esta mera riqueza y, posteriormente, quizá pueda servirnos como clave en la interpretación global de los Jefes.

Ciertamente, la Navidad en Silos, como en toda la comarca y aun en la totalidad de la provincia de Burgos, disfrutó de unos peculiares rituales festivos asociados generalmente a los mozos del municipio. Sabemos por distintos documentos que durante las Navidades era costumbre tanto en Silos como en Hortezuelos, Peñacoba e Hinojar que los mozos eligieran al Alcalde de Mozos, figura burlesca en sus orígenes (4) y asociada indudablemente a la institución del Reinado: junta de mozos que organizaba todo el acontecer festivo del pueblo desde el día de Nochebuena hasta el de Reyes (5). Encontramos la existencia de esta junta en 1862 en el documento denominado Cuentas del Casco (6). En él, el depositario municipal Lorenzo Molero anota en el apartado Data el siguiente concepto: “Lo primero, 11 reales, 10 maravedies á los mozos el día de Reyes”. Y ya en el siglo XX, los libros de Contabilidad Municipal de 1901, 1902 y 1906 (7) señalan respectivamente las siguientes partidas destinadas a los mozos:

- “Entregado á ---, Alcalde de Mozos por lo que de costumbre se dá á los mismos de gratificacion en las Navidades, 2,59 pesetas”.

- “Satisfecho á los mozos de Navidades segun costumbre de propina como aguinaldos, 130 pesetas”.

- “Satisfecho á Eustaquio Martinez, Alcalde de Mozos, por importe de los que se les dá á los mozos de navidades para una cantara de vino, 4,80 pesetas”.

Los expedientes de Juicios de Faltas mencionan igualmente la existencia de esta sociedad, proporcionando más detalles sobre el cometido del Alcalde de Mozos y las actividades que desplegaban los jóvenes no casados durante las Navidades y otras festividades de renombre. Así, gracias a un juicio de 1897 en el cual se dictamina la culpabilidad de cierto número de mozos de Hortezuelos por causar lesiones al Alcalde de Mozos (8), se nos dice que durante las fiestas de esta aldea “los mozos ya estaban haciendo disparos de arma de fuego, por lo que el declarante se fue en busca de ellos para prohibirselo toda vez que era Alcalde de mozos”.

Y en otro, correspondiente a 1903 y que juzga la acusación de un vecino de Peñacoba contra los mozos por considerar que fueron éstos quienes rompieron la noche del día de los Inocentes los cristales de sus ventanas, observamos que ese día la junta organizó baile y, tras él, se dedicaron a rondar “por el pueblo con la gaita” (9). Por último, un complicado caso de desacato a la autoridad de 1876 que no afecta directamente a los mozos, nos procura abundante información sobre algunos rituales propios del día de Reyes (10). En él, un acusado señala que “el seis de Enero ultimo desde la una y media hasta las cuatro de la tarde estuvo en la plaza viendo rifar el ramo á los mozos como es costumbre en el pueblo el día de los reyes”. Este mismo vecino menciona que estuvo presente en el baile que organizan los mozos y otro acusado señala que “mientras los mozos permanecieron rondando pidiendo el aguinaldo por las casas no hoyo que se insultara á nadie en las canciones ni se faltara en modo alguno al respeto á la autoridad en ellas”.

Caro Baroja, en su obra ya citada El Carnaval, dedica un apartado del capítulo V al Mazarrón, antepasado directo del alcalde de mozos que venimos estudiando. Para el antropólogo e historiador vasco, la palabra mazarrón es una metástasis de zamarrón y la figura del mismo junto al reinado que en torno a él se organiza, según testimonios recogidos en las provincias de Burgos y Segovia, presentaba rasgos grotescos aunque también otros menos irrisorios como la petición de aguinaldos, presidir y mantener el orden de las fiestas, organizar juegos entre casados y solteros, rifar banderas, pañuelos y ramos, etc.

Como vemos, todos estos perfiles son propios del Alcalde y junta de mozos de Silos. Pero hay más. En la villa, el 2 de julio, durante las fiestas de Nuestra Señora del Mercado, patrona de Silos, tienen lugar unas vistosas danzas que antaño eran realizadas exclusivamente por los mozos. Pues bien, en ellas es maestro de ceremonias la figura del llamado en Silos zarragón, igualmente metástasis de zamarrón, y fiel testimonio de la existencia de este estrafalario personaje en el folklore silense. Gracias a una foto de primeros de siglo, perteneciente al archivo del monasterio benedictino de Silos y publicada en la obra del padre C. del Alamo Martínez, Silos, cien años de historia (1880-1980), podemos apreciar la apariencia de este personaje antes de su mudanza definitiva en 1959. Como observamos, el zarragón es un mozo de buena edad, comparativamente mayor que los danzantes, vestido de la siguiente guisa: alpargatas, medias de colores y dibujos geométricos, polainas hasta las rodillas, faja, chaleco y camisa blanca, chaqueta de colores invertidos en sus dos mitades y pañuelo colorido en la cabeza. En la mano sujeta un gran crótalo con el que marca los pasos y órdenes al resto de su compaña. Esta figura, tosca y cómica, adquiere en 1959, tras el incendio ya mencionado del ayuntamiento, una nueva traza. José María González Marrón la describe y dibuja de la siguiente forma: “(el zarragón) lleva un gorro redondo rojo y amarillo, haciendo juego con la chaqueta y pantalón de la misma composición colorista, su corbata y su crótalo de sonido sordo y señorial” (11).

¿Cuándo se transforma la figura burlona y carnavalesca del zarragón silense en el amable personaje actual? ¿Cuándo se traslada su protagonismo de unas festividades puramente inscritas en el llamado ciclo de invierno a la veraniega festividad patronal? De momento no tenemos respuestas a estas preguntas, pero baste saber por ahora que Silos participó de lleno en el ritual navideño protagonizado por estas asociaciones juveniles y que, en tiempos desgraciadamente no datados, el zarragón fue figura principal del mismo. Con ello quizá arrojemos la luz que nos hará falta más adelante para rastrear, si quiera conjenturalmente, los componentes más antiguos de nuestra fiesta.

La víspera: Silos en llamas

El tercer domingo después de Epifanía, muy probablemente de forma equivocada o inducida, Silos celebra la festividad del Dulce Nombre de Jesús (12). Sin embargo, ya en su víspera, podemos afirmar que la fiesta de Los Jefes adquiere su total esplendor, al menos desde el punto de vista de la espectacularidad, en sus episodios menos marcadamente religiosos. Efectivamente, el sábado, las campanas de la iglesia de San Pedro tocan al Angelus y su volteo marca el comienzo del prodigioso ritual que habrá de desarrollarse durante cuatro días.

Ataviado de soldado de finales del XVIII, y cubierto con gorro cuartelero redondo sobre el pañuelo, el tamborilero, figura omnipresente en todos los eventos de la fiesta, marca con sus redobles secos y prolongados el primero de los actos de la función de Los Jefes: la recogida de los Jefes por parte del pueblo. Cómo se verificaba ésta a finales de la centuria decimonónica nos es descrito por el Boletín de Silos:

“El sabado, vispera del Dulce Nombre de Jesús, a eso de las once de la mañana, resuena el tambor de la Villa; y al oirlo, acuden presurosos los niños del pueblo, armados todos de uno o dos cencerros, a cual mas ruidoso. Es hora de ir a buscar a los Jefes.

Van primero a casa del sargento, el cual, llevando el cuchillón y siguiendo al tambor, se dirigen al barrio y casa del alferez. Tomando este su bandera, sigue al sargento al barrio y casa del capitán que, espada en mano, marcha en pos del alferez. Asi ordenados, van a dar la vuelta al pueblo recorriendo ciertas calles determinadas, para presentarse al publico y anunciar la función” (13).

El recorrido mencionado es aproximadamente el siguiente: desde la plaza, en dirección hacia la casa del tío Catapucho, se toma la calle que lleva al Arrabal y desde ésta, por la calle de la Herrería, se llega al corralón del convento (14).

En cuanto a la chiquillería que menciona el Boletín, otros testimonios son menos moderados y nos la presentan como una auténtica algarabía de ruido y caos. Entre ellos, es elocuente el de Pérez de Urbel:

“- Aquí falta una cosa. Hay jefes, pero el ejército, ¿dónde está?

Así pensaba yo, cuando de repente oigo un ruido ensordecedor, que me dejó aturdido. Era el ejército que yo estaba echando de menos: una nube incontable de muchachos, que venía a colocarse al lado de los jefes, saltando, gritando y levantando un ruido infernal de esquilas, cencerros, cascabeles y campanillas. Había arrapiezo que llevaba cien esquilas sobre el cuerpo. Unos las habían colgado al cuello, otros las habían cruzado sobre el pecho y espalda, otros las llevaban en las manos, otros habían hecho de ellas una especie de cinturón, y algunos había que ostentaban esquilas en la cabeza, en el cuello, en el pecho, en la cintura, en las piernas y en las manos” (15).

Como el del tamborilero, el uniforme de los Jefes, guardado celosamente durante todo el año en un arca de nogal en el ayuntamiento, es el típico de militar de finales del siglo XVIII, a saber: rojo con bandas azules, botones dorados y una banda de color atravesando el pecho de izquierda a derecha. El Capitán se cubre con bicornio, se adorna con estrellas y fajín de autoridad, blande espada y porta bastón de mando con empuñadura de oro y borlas de seda. El Abanderado y el Cuchillón llevan chistera engalanada con cintas y flores. El primero enarbola una brillante bandera rectangular de triángulos rojos, blancos y morados. El segundo porta una pica colocada sobre un asta larga y fuerte decorada con una cinta roja. Común a todos ellos es el siguiente y curiosísimo detalle: bajo sus respectivos sombreros, los Jefes llevan un pañuelo anudado al estilo bandolero y/o guerrillero.

La comitiva rinde visita a la comunidad benedictina del monasterio de Santo Domingo. En el patio llamado de San José, los monjes reciben a los Jefes y su séquito de niños alborotadores y vecinos. En este patio, los Jefes darán una vuelta ritual y el Abanderado se ejercitará por vez primera en su diestra tarea de hacer tremolar la bandera. Del convento, nuevamente hacia la plaza. Los niños bordeando (16) incansablemente alrededor de los Jefes; los varones adultos envueltos en sus graves capas castellanas, escoltando a las autoridades festivas; las mujeres, en fin, aclamando al desfile. Ya en la plaza, los Jefes giraban alrededor del rollo en diversas ocasiones, finalizando este primer alarde con el que será el viva más entonado a lo largo de la fiesta: ¡Viva nuestra devoción al Dulce Nombre de Jesús! (17) Concluido este primer acto, carrera en el contexto de la fiesta, los Jefes son conducidos a sus casas en sentido inverso a como fueron recogidos. Se abre ahora un tiempo de espera ante lo que será sin duda uno de los momentos más emotivos y grandiosos de la fiesta. Urbel describe este intermedio con las siguientes palabras:

“Aquella tarde la gente menuda se dispersó por el monte cercano. Fue una tarde de mucho trajín y de mucha alegría. A las cinco, se veían a las puertas de las casas grandes montones de ramos de enebro, esqueno, chopo y lentisco” (18).

Y el varias veces mencionado Boletín precisa:

“Todo el camino que van a seguir (los Jefes) está iluminado con hogueras encendidas de trecho en trecho y en todas las bocacalles del trayecto; a cuyo fin, un bando del Sr. Alcalde manda a todos los vecinos aportar leña o aliagas para la luminaria” (19).

En la plaza se levanta una pira formidable y en torno a ella se reúnen nuevamente los Jefes, la chiquillería envuelta en sus cencerros y todos aquellos vecinos que desean participar en la procesión de las antorchas o luminaria. Llegada la noche, el alguacil da fuego a la hoguera central e inmediatamente hacen lo propio los vecinos en sus calles y plazuelas. Los Jefes, ahora montados a caballo, otorgan la licencia para que se inicie la marcha. Abre la comitiva el escandaloso bullicio de nuestros niños/ganado (20). Tras ellos, a suave trote, los Jefes y, custodiándoles, los portadores de antorchas. Antorchas formadas por pellejos embreados atados en el extremo de las varas de apalear los nogales (21). Cuando la procesión alcanza una hoguera, se detiene e intercambia con los vecinos allí presentes los consabidos vivas. Continúa la marcha entre gritos de socorro, lamentos por la pérdida del pueblo y órdenes del Capitán. Hasta llegar a la plaza nuevamente. El recorrido retoma su curso y, así, por tres veces. Finalizada la representación, tenía lugar el baile.

Domingo: Función del Dulce Nombre de Jesús y Corrida de Crestas

“La vispera del Domingo 2º desps. de la Epifanía, no se toca á las doce del dia á fiesta principal ni en la Parroqa. ni en San Pedro, ní á la noche. El Domingo á cosa de las 8 _ ó 9 se tiene en la Parroqa. la misa parroql. cantada: y á la hora qe. el cura ha señalado el Sábado al Judicial, que vino á pedirle la Misa, se toca á esta solo en S. Pedro. La misa es tambien cantada y la paga la Villa (22), y vienen á buscar al Cura y le acompañan los Jefes: á la misa hay Ofertorio, y desps. de ella Responsos rezados en las sepulturas, y en acabando estos, se dicen Salves o la Antifona Alma Redemptoris delante de Nª Sª del Mercado = Desps. de la Misa vienen acompañando al Cura pr. lo menos alguno de Justa. (este año de 47 vino el Procurador Lino Zorrilla con el Regidor herrero de Peñacoba, y se le dio una copa de aguardte.) y los Gefes (á estos no se dio nada).

El Rosario se reza este Domingo á la una y quarto en la Parroquia” (23).

El texto es el mejor documento posible para describir los actos religiosos del domingo. Además, hasta el momento, es el testimonio más antiguo que he podido encontrar en el que se mencione directamente el nombre y la presencia de los Jefes en la celebración de la festividad del Dulce Nombre de Jesús. Tendremos ocasión de ilustrar otros momentos de la fiesta a través de las palabras de este testigo de excepción cuando abordemos los actos piadosos del lunes y martes. Además, observaremos en las palabras del párroco y a la vez Abad de Silos los difíciles momentos por los que atravesaban las relaciones entre parte del pueblo de Silos y la exigua representación monástica que quedó en Silos tras el decreto de expulsión de las órdenes religiosas dictado por Mendizábal el 23 de octubre de 1835 (24).

Si en la mañana de este domingo los oficios religiosos cobraron el protagonismo absoluto de la fiesta, durante la tarde entrarán en escena de nuevo el ritmo y los ecos de antiguos y paganos ritos.

La Corrida de gallos o de crestas tenía lugar a primeras horas de la tarde (25). Atados a una soga que une los edificios que forman la bocacalle izquierda de la calle de los Cuatro Cantones (26), colgaban gallos y gallinas vivos, chorizos y morcillas y paquetes diversos cedidos por los vecinos (27). La cuerda, situada a una altura suficientemente alta, era manejada a voluntad por el llamado mayordomo o Corregidor (28), que habría de procurar dificultar el éxito de los participantes en la carrera subiendo o bajando la soga a su conveniencia. Presidida por el Alcalde, se inicia la ceremonia al toque marcial del tambor, que no cesará en sus redobles mientras dure la corrida. Montados en caballos y mulos, los Jefes principian el concurso. Lanzan sus caballerías a regular galope y al llegar a la altura de la soga estiran su brazo con la intención de arrancar el cuello de las aves u obtener alguno de los otros trofeos. Si se lograba el éxito en la empresa, el Jefe clavaba su botín en la espada y rendía una vuelta triunfal a la plaza entre los vítores de la concurrencia. Tras ellos, el resto de los vecinos capacitados para la empresa realizaban idéntico esfuerzo. Cuando se cobraba un trofeo era obligatorio realizar un donativo, recogido por el alguacil, destinado al culto de las animas (29). El Boletín es rico en este tipo de información.

“A pesar de un tiempo algo nevoso, todo se verificó como de costumbre; y las Animas del Purgatorio se beneficiaron de las limosnas, ó pagadas por los que habian podido coger crestas en la corrida del gallo, ó recogidas despues por los encargados” (30).

“El lunes los Jefes realizaron la postulación para las ánimas, hecha de puerta en puerta” (31)

“De la limosna recogida por los Jefes se ha podido hacer celebrar 16 misas por los difuntos, lo que es bastante para un pueblo pequeño y pobre” (32).

Finalizada la corrida de crestas, tenía lugar la denominada Carrera de San Antón, competición ecuestre en la que participaban todos aquellos vecinos capacitados para lanzar sus caballerías en un frenético galope por las heladas y pedregosas calles del pueblo. El recorrido de esta carrera era el siguiente: saliendo de los Cuatro Cantones, los jinetes tomaban la calle de la Cabreriza, atravesaban la calle de San Pedro y desde la Cadena por la calle de Santo Domingo regresaban a la Plaza y punto de partida.

El escenario de la fiesta cambia de lugar. Nos trasladamos ahora al salón de la Casa Consistorial donde el Ayuntamiento agasajaba a los Jefes con un especial convite. En las dependencias municipales aguardaba el pueblo la llegada de los Jefes, convenientemente vestidos de gala para la ocasión, y de las principales autoridades del pueblo, es decir, el Alcalde y el Juez municipal. Estos, junto a las esposas de los Jefes, realizaban el obligado tributo al Dulce Nombre de Jesús. Tocados con el gorro del Capitán, cada uno de los citados participantes daba una vuelta alrededor de la concurrencia al son del redoble marcado por el tamborilero, deteniéndose cuatro veces para pronunciar la consabida aclamación de Viva nuestra devoción al Dulce Nombre de Jesús y de María, correspondida con entusiasmo por la audiencia. Tras este ritual, comenzaba el refrigerio en honor de los Jefes. Desconocemos el tipo de alimentos que se consumían en esta colación, si bien las cuentas municipales aclaran el gasto que en ella se realizaba y mencionan algunos de los ingredientes de la misma. La siguiente es una escueta relación de este dispendio municipal en diferentes años: - Año 1862. Gastos de letanias y Dulce Nombre, 42 reales (33).

- Año 1902. Entregado á Nicolas Gil por el gasto que hizo el Ayuntamiento segun costumbre el dia de la fiesta del Dulce Nombre de Jesus con los Jefes, 6,17 ptas. (34)

Año 1906. Satisfecho á Teodomiro Martinez por el importe del gasto hecho de este establecimiento en la cena del Ayuntamiento Jefes, Comisarios y demas en la noche del dulce Nombre de Jesus, 21,60 ptas. (35)

- Año 1934. A Benito Cruces por festejos del Dulce Nombre de Jesús, 20,20 ptas. A Florentino Cruces por festejos del Dulce Nombre de Jesús 20 ptas. y Palomero por identico motivo, 2,70 ptas.

- Año 1938. A Angel Martínez, Florentino Cruces y Modesto Cruces, gasto del Dulce Nombre de Jesús con los Jefes, 15,90 ptas. (36) - Año de 1951 (37).

- A Domingo Martínez García por gasto el día de los Jefes de pasas, 195 ptas.

- A Luis Vargas Solorzano por gasto en la fiesta de los Jefes y otras, 485,20 ptas.

- Media cántara, 28 ptas.

- Aceitunas, 12 ptas.

- Media cántara, 28 ptas.

- Sardinas arenques, 6,50 ptas.

- Vino, una cántara, 56 ptas.

- Florentino Cruces García por gasto en la fiesta de los Jefes, 73,80 ptas.

- Vino, 36 cuartillos a 1,80 ptas., 54, 80 ptas.

- Un litro de anís, 19 ptas.

- Gregorio Palomero por gasto en la fiesta de los Jefes, 276 ptas.

- Gastos de la Villa, 96 ptas.

- Por vino, 180 ptas.

No menos llamativo es el sueldo que recibían el tamborilero y los encargados de amenizar los festejos durante los días de la función del Dulce Nombre de Jesús. He aquí una breve muestra del gasto municipal por este concepto:

Año 1933.

- A Placido Martinez y otro por tocar en la fiesta del Dulce Nombre de Jesús como dulzaineros, 5 ptas.

- A Felix Septiem por pago al pastor que guardó su rebaño durante los dias del Dulce Nombre de Jesús por estar tocando, 3,50 ptas.

- A Marcelino del Alamo por guardar el ganado del redoblante durante las fiestas del Dulce Nombre de Jesús, 9 ptas.

Copia del recibo.

He recibido del Depositario de fondos del pueblo la cantidad de 9 ptas. en concepto de garantes del año 1931 y 1932 por guardar el ganado del redoblante Felix Septiem con motivo de la fiesta del Dulce Nombre de Jesús pagado segun costumbre mitad del tiempo que guardo el ganado que son tres dias pagando la mitad los Jefes y mitad el Ayuntamiento siendo por tanto verificado de dia y medio el año 1931 y dia y medio el 32 que son á razón de 3 ptas. diarias hacen 9 ptas. los tres dias.

Año 1934. A Felix Septiem por tocar el tambor como viene de costumbre, 4 ptas.

Año 1941. A Florentino Cruces por gastos en la fiesta del Dulce Nombre de Jesús y tocar el organillo en la plaza, 70 ptas.(38) Año 1946. Satisfecho a Moises Septiem por tocar el tambor el dia de la fiesta de los Jefes., 10 ptas.

Año 1949. A Moises Septiem por tocar el tambor en los Jefes, 35 ptas. (39)

Durante el convite que centra nuestra atención, los Jefes gozaban de un peculiar derecho. La noticia me fue proporcionada hace más de 15 años por el ya fallecido señor Domitilo Martín Martínez y corroborada por la lectura de las actas municipales. Dicho privilegio, según Domitilo, era el siguiente: sólo los Jefes podían beber vino en unas copas de plata especiales para la ocasión. Años más tarde quise conocer la realidad de esta información si bien lamentablemente no logré testimonio alguno entre los vecinos que verificara la certeza de la misma. Sin embargo, al profundizar en la investigación que nos ocupa pude constatar la existencia de tales copas en un acta de sesiones de 30 de julio de 1984 que reza lo siguiente: “Se comenta la posibilidad de que el anterior depositario tenga todavía en su custodia unas copas de plata (usadas en la Fiesta de los Jefes) que pertenecían al ayuntamiento, recomendándole que en plazo inmediato sean devueltas” (40). Y poco después, en una carpeta titulada Varios, hallé un recibo fechado en 20 de septiembre de 1985 en el cual el depositario saliente hacía entrega de dos copas de plata al depositario entrante. Dichas copas, según la descripción del recibo, llevan grabadas en su parte superior la siguiente inscripción: Villa de Santo Domingo de Silos, 1886, y, en su centro, las iniciales JHS (Jesucristo Hombre Salvador) (41). Para mayor fortuna, un nuevo documento, titulado Imbentarios de los efectos y moviliario de este Distrito municipal de Santo Domingo de Silos con espresion de los que corresponden á esta Villa. Año de 1869, da cuenta detallada de gran parte de la indumentaria y demás bártulos correspondientes a las figuras de los Jefes. La importancia de los objetos y vestimentas incluidos en esta relación no se reduce al mero valor etnográfico que éstos poseen sino a la antigüedad de las inscripciones que figuran en las tres tazas de plata varias veces mencionadas: 1683 (42).

Este dato, tremendamente sencillo en su expresión y presentación, al fin y al cabo no es más que una simple fecha en una copa algo lujosa, constituye sin embargo una verdadera, genuina y decisiva clave para reafirmar la exégesis que defenderé en el capítulo dedicado a la interpretación del complejo ritual de Los Jefes.

Veamos, antes de pasar a las jornadas del lunes y martes, la composición del inventario correspondiente al mencionado año de 1869.

Inventario verificado en 9 de Julio de 1869 (43) Lo primero tres tazas de plata de cavida de un cuartillo cada una rotuladas con el año de 1683.

Un vestido para el Zarragón compuesto de calzon, chaqueta y gorro.

Dos cantarillas blancas con su tapa para los sorteos.

La caja de laton de pregones.

Efectos correspondientes á la Villa Dos casacas buenas con galones dorados.

Un par de charreteras buenas doradas (44).

Otro par de id medianas id.

Un sombrero tricornio bueno con su caja de madera.

Tres pares guantes.

Tres casacas, tres chalecos y tres calzones biejos.

Una bandera.

Una alabarda.

Una espada.

Un baston de palo

Lunes y martes: el culto a las benditas ánimas del Purgatorio

“El lunes piden al Cura los qe. llaman Comisarios el Rosario pa. ese mismo día, y la misa pa. el martes: y desps. de las once vienen el Procurador y los Gefes á buscar al Cura. Se reza el Rosario á Nª Sª del Mercado; la Letanía es cantada y acaba esta en el mismo Altar (el Cura con pelliz y Capa) y cantada la Salve en castellano y dicha la oración se dicen se dicen las Salves que pidan los devotos: y acabadas deja el Cura la capa, y con estola negra canta en el tumulo 4 Resps. solemnes, y desps. dice los rezados que se paguen: y acabado todo vuelben con el Cura los mismos que le acompañaron, y les despide á la puerta en la Yglesia Parroql. si mira pr. ella, ó la Portería. En S. Pedro se toca á difuntos hoy á medio día, y vuelben (a) tocar pr. la noche como el día y noche de animas.

El martes se toca en S. Pedro á cerca de las 8 á misa y una hora desps. vienen á buscar al Cura, que la canta de Requiem (si cabe), desps. 4 Resps. cantados en el tumo.: rezados si los pidieran, y desps. Salves á Nª Sª acabando la función á la puerta con un Respo. rezado pr. las Animas.

Los Comisarios pagan al Cura los derechos del Rosario y misa qe. son 20 rs. y dejan de la limosna qe. han recogido las misas á 4 rs. qe. quieran darle. Este año dejaron 10: y fueron Comisr. Domo. Alamo, Marcelino Palomero y José Carazo.

Si cayese S. Sebastian (que en esta Yglesia es titular, y de 1ª clase) en el martes, se tiene (á lo menos asi se hizo ha dos años) el Rosario el Domingo á la noche y la misa de difuntos el Lunes, lo que se trata antes con el Procurador pa. que todos los sepan.

He querido detallar pr. nuevas estas funciones pa. que se sepa lo que se hace en ellas, y quitar la ocasión de dudas y altercados que puedan ocurrir qdo. las cosas no estan escritas minucisamte. El martes se da una ofrenda al Cura mo. pan y 1 qllo. de vino” (45).

El contenido del último párrafo muestra meridianamente las dificultades que hubo de afrontar Echevarría durante su abadiato en un tiempo histórico marcado por las convulsiones políticoreligiosas. Sin embargo, en Silos, el contencioso intermitente entre la abadía y parte del pueblo, con los clérigos de San Pedro a la cabeza, hunde sus raíces en los albores del siglo XIII (46).

En la primera mitad del siglo XIX, los episodios más destacables de este enfrentamiento giraron en torno a dos ejes principales: con la comunidad benedictina aún no-exclaustrada y el P. Domingo Moreno a su frente, la principal causa de discordia son los intentos del párroco de San Pedro, Domingo López, por cobrar los diezmos y primicias. Expulsados los monjes y convertido Echevarría en abad y párroco, los conflictos surgirán por las exigencias que los sampedristas (47) presentan a Echevarría en materia de culto, violando en la mayoría de las ocasiones los derechos de la parroquia matriz en un intento por restituir la parroquia de San Pedro. En este contexto deben ser interpretados los comentarios que Echevarría realiza en torno a las celebraciones del Dulce Nombre de Jesús y otras festividades. Valgan como ejemplo los siguientes testimonios del propio P. Echevarría:

“Era de creer que suprimida la parroquia se hubiese calmado en el pueblo aquel ardor que le decoraba por ella, y que la gente hubiese hecho de la necesidad virtud; pero nada menos; jamas la nombran sin la cognominación de parroquia de arriba, parroquia de San Pedro, parroquia de la Villa, etc. (...).

Desde que se suprimio la parroquia secular, los abades mis predecesores, cuidaron en calidad de curas propios de la parroquia monasterial, el que suprimida ya la de San Pedro, no se celebrasen en ella mas funciones eclesiasticas que las señaladas por el Señor arzobispo, a saber: la del dulcisimo nombre de Jesús, la de la Visitación de Nuestra Señora y la de San Pedro apostol, con mas los aniversarios y misas fundadas de antiguo en ella, reducidas las primeras a una misa cantada, pero sin procesión, ni sermón. Así estaban las cosas quando yo entre de abad el año 1832 (...).

Ya no se contentaron con el sermón de Nuestra Señora de la Visitación, Geronimo Martinez ofreció pagar la limosna de las animas al dia siguiente del nombre de Jesús, y despues se hizo esta carga concejal, obligandose a pagar la limosna al postor de la taberna, o de la carniceria, con menosprecio de lo que previenen las leyes sobre el particular de ramos de consumo” (48).

“El año de 1849 no vino el Judicial á pedir la misa: tocaron á fiesta á los 12 del dia contra la costumbre: el lunes tocaron á muerto á mo. dia contra la costumbre: á la noche antes ó desps. del Roso. dijeron no sé qs. que en S. Po. no habia mas cura qe. el Alcde. El Domingo á la noche estuvo desatinado Marceliano Martz. Arenal, tabernero, sobre que no habia sermon (qe. no le hubo pr. qe. el Alcde. no se acordo de encargarle á tpo. y se dispuso lo hubiese otro dia añadiendo una misa solemne pr. las Animas), y sobre si habian de tocar las camps. con licencia ó no del Cura, me aseguraron dijo los mayores disparates: de mana. que al ver á la gente en tan mala predisposicn. no quise decirles nada, pues ya antes de Reyes, y el mismo dia de Reyes, y en que el Alcde. y tente. me confirmaron de que habia orden pa. registrar todas las casas, les hable sobre el particular, á qe. ó pr. qe. no pudieron, ó no quisieron, ó á lo que creo mas pr. que no atrevieron, no se puso remedio alguno.

En los años sigtes. pidieron la hora de las misas segun costumbre, po. han continuado con el toque de campanas, y ya seria arriesgado de contradecirles atendiendo el entusiasmo con qe. . en esto pretenden” (49).

Volviendo a la cita que abre este apartado, observamos nuevamente una pulcra y completa descripción de los actos religiosos que ocupan estos dos últimos días festivos. En realidad, salvo la cena con la cual los Jefes despiden el ritual, ambos días están plenamente consagrados al culto de los difuntos. Sin embargo, el retrato de Echevarría es demasiado frío y oficial, alejado de cualquier emoción y sentimiento (50), siendo la realidad de estos oficios muy diferente a la que nos presenta el abad de Silos. Los testimonios siguientes expresan con mayor emotividad el carácter de estas ceremonias.

“El lunes al anochecer, Rosario por las animas con la letania cantada en procesión, alternando los cantares con el sonido lugubre del tambor enlutado y de las campanas á media vuelta. Esta ceremonia produce un efecto sorprendente que impresiona á la muchedumbre que llena el templo” (51) .

“Había una bandera multicolor y los jefes llevan unos trajes, así..., como de Napoleón, ¿sabes?, con levitas y trajes de pingüino, con muchos colorines en la espalda. Y otra cosa que impresionaba mucho era el toque seco del tambor en la procesión por la iglesia, el día de las Animas. Tan en silencio y sólo aquel tan-tantan...” (52).

“El lunes, día de ánimas, había rosario en la Iglesia de San Pedro; los jefes para esta ocasión se vestían de luto, y la bandera en esta oportunidad la lleva el capitán y cada uno de los otros dos la toma de una cinta negra que pende de cada lado de la bandera mientras el tambor suena llevando el compás de las letanías en latín” (53) .

“Un año tras otro y siempre me ocurría lo mismo. Es como cuando cantamos la Peregrina, ¿sabes? Comenzaban las letanías y el tambor, y entonces te corría algo por el cuerpo que te emocionaba. Eso hay que sentirlo” (54) .

“(El lunes) en San Pedro, a la noche, el Rosario. Letania, procesión, Salve y cuatro responsos junto a la tumba cantados por todo el pueblo y por los Dominguitos, cuyas voces de soprano siempre llaman la atención. Luego el toque de animas, durante la noche, como el dia de los difuntos, y por fin la misa de Requiem, con cinco responsos” (55) .

“Yo era muy pequeño, no sé, a lo mejor cinco o seis años. Entonces, claro, lo que a mí no se me olvidará nunca es la oscuridad de la iglesia y aquel sonido del tambor y el susurro de la gente rezando las letanías... Yo creo que me daba algo de miedo aquello y, sin embargo, fíjate, no quitaba la vista de encima” (56) .

“El dieciocho por la tarde acudia el pueblo a rezar el Rosario en la mencionada ermita de San Pedro, y despues hicieron alrededor de ella la tipica, lugubre e imponente procesión que tanto impresiona al presenciarla” (57) .

Con la cuestación efectuada por los Jefes el martes por la tarde por las casas del pueblo y la cena que reunía en casa del Capitán al Cuchillón, Abanderado, tamborilero y sus respectivas mujeres, concluye la fiesta de Los Jefes y con ella la descripción densa de todos y cada uno de los rituales, oficios religiosos y civiles, que componen este mosaico festivo, abigarrado y heterogéneo. Tiempo es, por tanto, de arriesgarnos a ofrecer una explicación del complejo, confuso y sorprendente elenco de elementos que configuran la fiesta.

Capítulo III

LOS JEFES: ¿UNA SOLA FIESTA O VARIAS CELEBRACIONES?

El hábito de atribuir toda costumbre de aire raro al tiempo de los moros es y ha sido común en toda España.

Julio Caro Baroja, El Carnaval.

El burgo de Silos es el resultado del privilegio real otorgado por Alfonso VI en 1096/1098 al abad Fortunio. Por él, el propio abad y los monjes del cenobio benedictino obtienen la potestad para establecer colonos junto al monasterio, en el lugar que deseen (58).

La muerte de Santo Domingo de Silos en 1073 va a suponer para la futura villa una auténtica edad de oro durante los siglos XII y XIII. En efecto, la tumba del Santo de Cañas se convierte en el principal punto de peregrinaje de la península habida cuenta de la fama de taumaturgo y redentor de cautivos del abad silense. Silos crece demográfica y físicamente. Junto a los vecinos castellanos habitan sus tres barrios principales pobladores venidos de Francia, gascones y normandos, y otros oriundos de tierras hispanas, singularmente navarros y catalanes. Las minorías étnicas judeo-mudéjares también contribuyeron a dibujar el perfil humano del burgo.

En lo material, Silos se dota de murallas y un castillo, erige diversas iglesias y ermitas (San Pedro, San Pelayo, Santa Lucía y San Juan) y construye dos hospitales (Doña Constanza y La Magdalena) y una leprosería (San Lázaro).

La actividad económica se diversifica. Así, junto a las labores típicamente rurales (ganadería, agricultura, explotaciones montaraces y apicultura) advertimos una larga serie de oficios y ocupaciones específicas de un núcleo humano importante y con rasgos urbanos. Silos fue centro comercial de entidad tal como atestiguan dos cláusulas del segundo fuero, concedido en 1135 a Silos por Alfonso VII, especialmente consagradas a la protección de los mercaderes locales y foráneos (59). Diversos textos nos hablan de pañeros, cuchilleros, herreros, pelligeros, alfayates, ballesteros, curtidores que ocupan un barrio extramuros denominado Las Tenerías, monederos, carniceros, zapateros, molineros, etc. (60)

El sector servicios está también ampliamente representado en Silos. Como uno de los centros receptores de peregrinos de mayor importancia de la península, Silos hubo de proveerse de una vasta red de albergues y hospederías capaz de acoger a los miles de romeros, devotos y penitentes que acudían al sepulcro de Santo Domingo. El denominado barrio Castellano, y posteriormente su prolongación hacia el norte del burgo, situado a lo largo de los muros de la abadía, constituyó el principal foco donde se ubicaron las posadas y mesones que atendían la numerosa demanda. La auténtica medida que refleja el alcance de la actividad hotelera de Silos nos la proporcionan documentos como las siguientes ordenanzas municipales de 1536 (61):

Ytem, que de tres en tres meses, la justicia y regimiento bisite por su persona los mesones que vbiere en la dicha Villa e les haga tener camas limpias e con las ropas e otras cosas que sean menester para que los huespedes que a los dichos mesones binieren sean bien resçedidos e ospedados e los establos con sus puertas e cerraduras e los pesebres tan altos e bien enderezados que no puedan subir puercos en ellos ni derramarse la cebada e paja que en ello estubiere e los arnelos no muy ralos e las medidas concertadas y afinadas e, ansimismo, les hagan tener tabla de lo que vbieren de llebar a los dichos huespedes por la posada e por las otras cosas que les dieren en parte donde se pueda ber y leer, sopena de 200 mrs., la mitad para la camara de su sennoria y la otra mitad para los propios de la dicha Villa y que ansi mismo probean que en los dichos mesones no tengan gallinas.

La preeminencia de Silos en lo demográfico y económico dentro del contexto de la Castilla del siglo XIII propicia su nombramiento como cabeza de una de las recién creadas merindades reales (62). Y, en fin, un reconocimiento más a su ilustre carácter es la adquisición del título de Villa, con su Alfoz y aldeas sufragáneas (63).

Queda claro, pues, que no es hasta bien entrado el siglo XII cuando Silos puede considerarse una población propiamente dicha, no existiendo antes villa de importancia alguna en el lugar donde se erige actualmente el pueblo.

Sabemos, no obstante, que en tiempos de Fernán González el coto del monasterio de San Sebastián de Silos incluía dos pequeñas “villas”, San Justo de Silos y Santiago de Silos, y que en vida de Santo Domingo se formó una pequeña puebla alrededor del cenobio que iría paulatinamente creciendo, especialmente a raíz de la muerte del abad restaurador, conforme la abadía incrementaba su condición de centro de peregrinación. Conocemos también cómo las dos pequeñas aldeas de San Justo y Santiago y el cenobio de San Sebastián de Silos hubieron de padecer los terribles efectos de las razzias que sobre aquella zona del norte del Duero llevó a cabo el lugarteniente de Almanzor, Orduan. Precisamente, una de las razones que inspiran al monarca castellano Fernando I a enviar a Santo Domingo a Silos estriba en el estado de ruina en que se hallaba el convento de San Sebastián como consecuencia de los ataques musulmanes.

Todo ello nos conduce a pensar que en la leyenda que explica la fiesta de Los Jefes existe un substrato histórico innegable relacionado con los ataques morunos que hubieron de padecer las poblaciones cercanas al viejo cenobio de San Sebastián. Pero también nos autoriza para afirmar que Silos, como villa, es decir, como entidad demográfica y legalmente constituida, no existía cuando acontecieron aquellos sucesos y que para cuando alcanzó el rango de tal, los ejércitos moros ya habían sido expulsados de la frontera del Duero.

A partir de este reconocimiento, la fiesta de Los Jefes se presenta, a la luz de la investigación realizada en el archivo municipal de Silos y en la biblioteca de la abadía de Santo Domingo, como un complejo mosaico de rituales de muy variado origen, naturaleza y significado. Lo cual quiere decir que junto a elementos de una considerable antigüedad y de una confusa procedencia (el sacrificio de animales, el fuego ritual, la representación del caos) actúan componentes claramente identificables, algunos de ellos con poco menos de 200 años de existencia (indumentaria de los Jefes, división político-administrativa de la villa).

Se hace necesario, pues, identificar y analizar cada uno de estos rituales y cada uno de los ingredientes a ellos asociados para, a continuación, hallar una explicación plausible a la forma y al por qué de su vinculación a la fiesta. Lo cual, lógicamente, nos obliga a reconocer un principio, una base. O lo que es lo mismo, una primera fiesta o ritual a partir del cual se produce el sumatorio que engendra a Los Jefes.

Fiestas de Invierno

La villa de Silos, al igual que sus aldeas, contó hasta mediados del siglo XX con numerosas fiestas y rituales pertenecientes al denominado ciclo de invierno. Este ciclo, en expresión de numerosos folkloristas, historiadores, etnógrafos y antropólogos, abarca múltiples celebraciones que “tienen características comunes muy notables, y asociaciones simbólicas muy claras, que nos hacen pensar en un substrato común para las mismas” (64).

El substrato común al que aluden los autores de la cita no es otro que el conformado por las antiguas formas rituales anteriores al cristianismo que celebraban el cambio estacional ligado al decrecimiento de la actividad solar y a su nuevo renacer. Efectivamente, agrupadas en torno a los días más cortos y fríos del año, en una época en la cual la naturaleza parece dormitar y los hombres se recogen, las fiestas de este ciclo están cargadas de un marcado simbolismo cuyo sentido parece ser el de la regeneración y preparación para el año recién nacido, “propiciando con ello el nuevo comienzo del ritmo vital que culminará con el renacimiento de la Naturaleza en Primavera” (65). El cristianismo, con su fabulosa capacidad de sincretismo, logrará cristianizar durante los siglos III al VII la mayor parte de estas festividades, asociándolas bien a determinados santos bien a la dos principales celebraciones del ciclo, la Navidad y el Carnaval (66). Sin embargo, esta labor de apropiación por parte del cristianismo no logró ser completa, permaneciendo en numerosos rituales posos de su antiguo origen, elementos que sorprenden por su escasa vinculación con la simbología cristiana y que no son sino el substrato común al que nos referíamos al principiar esta sección.

Caro Baroja en su seminal obra El Carnaval y, recientemente, los autores del libro España: fiesta y rito. Fiestas de invierno, nos presentan en ordenada sucesión los principales rituales y símbolos de este ciclo que, como tendremos ocasión de apreciar, también figuran entre los elementos característicos de la fiesta silense de Los Jefes. Mencionados componentes serían los que a continuación se citan:

1- Representación del caos, ruptura con el ritmo de vida cotidiano.

2- Carreras de gallos.

3- Ruido, gritos.

4- Ritos funerarios, evocación de los muertos.

5- Fuego, hogueras, pellejos encendidos.

6- Hombres disfrazados de animales, otros disfraces.

7- Elección de autoridades burlescas, personajes estrafalarios.

8- Danzas.

En Silos, de todos los rituales invernales que existieron nos interesa centrarnos en los correspondientes a la Navidad y, más concretamente, en los protagonizados por el mocerío y sus asociaciones. Como ya apuntaba en el capítulo II, con motivo de las fiestas navideñas los mozos del pueblo, con su alcalde a la cabeza, corrían con la responsabilidad de organizar las principales diversiones de esas fechas. Pues bien, en la figura del alcalde o rey de mozos encontramos, al decir de algunos eminentes etnólogos, con Julio Baroja a la cabeza, al descendiente directo de estrafalario zamarrón (también mazarrón, zarragón o zagarrón). Quizá sean las localidades de la montaña leonesa donde mejor se expresa esta idea (67).

El padre César Morán, que fue un folklorista competente, describió las zanfarronadas de la montaña de León propias del Carnaval (...). Comúnmente los días de Carnaval en aquella zona los chicos y mozos de los seis a los veinte años eligen un “zafarrón” que es el que manda durante ellos. Va vestido con pieles, la cara la tapa “con una piel de cabrito con agujeros para la boca y los ojos, se calza de abarcas para correr ligero, se coloca una pretina alrededor de la cintura para meter mucho ruido...”

Ello quiere decir que con anterioridad a la celebración cristiana de la Navidad, probablemente existieron otros rituales propios de la estación invernal que contaban entre sus protagonistas con la presencia de este personaje burlesco e irreverente (68), el cual con la cristianización de estas celebraciones paganas fue suavizando su primitiva personalidad y esencia (69). En el caso de Silos, ya se ha dicho, fue tal la transformación que no sólo se le privó de todo antiguo significado sino que incluso se trasladó su marco de actuación, pasando de ser un actor invernal a un protagonista de las estivales fiestas en honor de Nuestra Señora del Mercado, patrona de Silos.

Mi hipótesis, para comenzar a dar cuerpo a la explicación que aquí se quiere dar de la fiesta de Los Jefes, es que en Silos, como en muchos otros pueblos del mismo entorno cultural, existió una primitiva fiesta pagana en torno a las actuales fiestas navideñas que encerraba en su desarrollo muchos de los elementos que contemplamos actualmente en Los Jefes, tales como el ruido, el fuego, el culto a los muertos, etc., si bien éstos se expresaban de forma harto distinta en origen y poseían un significado igualmente bien diferenciado al actual. En dicha fiesta participaba un personaje crucial, en Silos denominado zarragón, que encarnaba el espíritu de la inversión y el estilo antiestético propio de estas celebraciones de invierno. Por su similitud con parientes tales como los bobos de San Leonardo y Casarejos, el mazarrón de Villanueva de Carazo, y otras variantes del zamarrón existentes en pueblos como La Revilla, Hontoria del Pinar, El Burgo, etc., podemos establecer que el zarragón de Silos y las danzas que en la actualidad se interpretan el 2 de julio en honor de la patrona del pueblo pertenecieron inicialmente a la fiesta invernal con la que venimos especulando.

Verdaderamente, tanto la indumentaria del zarragón como las danzas que ejecutan hoy en día los niños de Silos guardan un paralelismo asombroso con los tipos de mazarrones que conocemos y las danzas que tienen lugar en los pueblos antes citados. Así, bobos, mazarrones y toda suerte de encarnaciones de este personaje visten de forma similar: llamativa vestimenta arlequinada de colores chillones, gorro de militar de campaña y alpargatas; mientras que las danzas, especialmente las de San Leonardo y Casarejos (San Blas, San Ildefonso), presentan los siguientes parecidos con las de Silos: 1.- Son, como éstas, danzas de paloteo y de castañuelas y también cuentan con las denominadas del Cordón y de La Rueda.

2.- Se ejecutan al son de la dulzaina y el tamboril y siguiendo los versos de las mismas canciocillas que se conocen en Silos. En Casarejos, por ejemplo, entonan La Viña y El Fraile: Tengo una viña en Cantalapiedra, tengo la mala, tengo la buena, pa’ podar, pellizcar y andar.

Aquel fraile, aquél, el de las mangas anchas no quiere dormir, si no es con las damas de Valladolid.

Mientras que en San Leonardo de Yagüe son varias las estrofas que coinciden con la de Silos.

La Fuentecita, La Viña y El Fraile son tres buenas muestras que corroboran esta afirmación.

Fuentecita, mana y mana y cogeré, que me está esperando mi amor y tardaré.

Tengo una viña en Cantalapiedra; tengo la mala, tengo la buena por podar Policarpo andar.

Aquel fraile, aquél, el de las mangas anchas, no quiere comer.

Que coma o que no coma, Palo y soga con él. (70) 3.- Participan todas ellas, al margen de lo acertado o incorrecto de la tesis, de un origen común que las asocia con antiguas danzas guerreras celtibéricas y/o con rituales encaminados a estimular la fertilidad de la Naturaleza (71).

El culto a las Animas se halla íntimamente vinculado a las fiestas de invierno. La geografía española se encuentra inundada de celebraciones que, principiando en Navidad y terminando con los Carnavales, incluyen en su desarrollo algunos actos dedicados a la comunidad de los difuntos del pueblo.

La tónica más común es ver a las distintas Cofradías o Hermandades de Animas solicitando limosnas por todas los hogares del lugar. Estas limosnas tendrán como objetivo sufragar los gastos que ocasionan las misas ofrecidas por la salvación de las Benditas Animas del Purgatorio.

Los rituales funerarios, reducidos con el cristianismo a los actos litúrgicos, constituyeron una afirmación colectiva de la vida frente a la muerte, de suerte que la mayoría de ellos fueron asociados a fiestas y actos lúdicos que resaltaban la indiferencia hacia la muerte y reafirmaban la voluntad de seguir viviendo. El ser humano, además, asume la realidad mortuoria a través de ceremonias y símbolos al tiempo que también procura regular la relación entre los vivos y los muertos mediante los rituales adecuados. Ello le permitirá vivir en paz. La muerte, como principal rito de paso, tiene asociada a sí el concepto de tránsito al igual que ocurre con el ciclo invernal que nos ocupa. En ambos casos estamos en presencia de la profunda confianza que el hombre tiene depositada en las ideas de renacer y de cambio: tras el ocaso de la vida (en todas sus manifestaciones) surge con resplandor y brío el nacimiento de la nueva vida. El hombre, ajeno a esta mecánica, debe sin embargo estimularla a través de sus correspondientes ritos. Uno de ellos es el ritual asociado al mundo de los muertos.

En Silos, el papel que juegan en la fiesta de Los Jefes los actos dedicados a la Animas es de una considerable magnitud. Ya vimos, al tratar el desarrollo de la misma, como prácticamente tanto el lunes como el martes estaban consagrados a las Animas, bien a través de las cuestaciones que hacían los Jefes por ellas como por medio del rosario, la misa de difuntos y el toque de campanas.

Como procuraré hacer con cada uno de los elementos propios de nuestra fiesta, voy a presentar a continuación una celebración profundamente relacionada con el culto a las ánimas y que tiene especiales puntos de coincidencia con Los Jefes. Se trata de la Fiesta de las Animas de Cadalso de los Vidrios, en Madrid. Coincidente con las principales fechas del Carnaval, es decir, desde el sábado anterior a la Cuaresma hasta el Miércoles de Ceniza, en la mañana del domingo el Tamboril va a buscar a los tres Capitanes, cada uno de los cuales posee una insignia característica (bandera, bastón y cordones).

Tras la misa, la comitiva formada por estas tres autoridades y el acompañamiento se dirige de casa en casa solicitando un donativo para las Animas del Purgatorio. Por la tarde tiene lugar el “revoloteo de la bandera de Animas” en el cual puede participar todo aquel que lo desee tras entregar una limosna para la causa (en Silos este acto lo ocupa la carrera ecuestre bajo las viandas que cuelgan de la soga que sirvió para colgar los gallos).

La fiesta prosigue el lunes y el martes con funerales por los difuntos y ya el Miércoles de Ceniza tienen lugar las “corridas de gallos” y la “merienda de las tortillas” a la que acuden los Capitanes y el sacerdote.

Ciertas similitudes podemos observar también en Villafranca de los Caballeros, en la provincia de Toledo. Durante los Carnavales, los Mayordomos de Animas, Capitán y Abanderado, recorren las ermitas del contorno acompañados del tambor y haciendo bailar la Bandera de Animas. Con lo recaudado se sufragan las correspondientes misas por las Animas.

Sin abandonar definitivamente el culto a las Animas, voy a presentar un nuevo elemento propio de las fiestas de invierno que en Silos tiene igualmente un marcado protagonismo. En realidad, como se verá, son dos componentes encarnados en un solo vehículo, por lo que su separación se hará tan sólo con fines exclusivamente analíticos y explicativos.

Me estoy refiriendo al ruido que provocan los niños de Silos cuando, disfrazados como corderos y ovejas y cargados de multitud de cencerros, recorren en estampida una y otra vez las calles del pueblo durante la representación del incendio que asoló al caserío.

He dicho que no abandonamos del todo el culto a la Animas puesto que algunos especialistas señalan que el ruido está “ligado con el sentido funerario de estas fechas, o al menos con el propio de los períodos de tránsito” (72).

Como en Silos, el ruido adquiere una expresión rítmica en ciertas famosas “cencerradas”. Concretamente, durante la fiesta del Zangarrón de Sanzoles del Vino (Zamora) los quintos tocan sin cesar “las esquilas y cencerros atados a la cintura o simplemente en las manos...” (73).

En Navarra, “la víspera de Reyes se tocaban todo tipo de instrumentos y objetos para alcanzar el máximo ruido y alboroto (...). Inmediatamente después de comer, salen los niños con sus campanillas, esquilas y cencerros atados a la espalda (...).

Después de cenar, saldrán los mozos vistiendo su ‘ardilaru’ (piel de oveja), sobre la que armarán sus cencerros” (74).

Como se aprecia en el caso de Silos y en los ejemplos propuestos, la ejecución de ruido se relaciona intensamente con otro de los rituales típicos de las fiestas de invierno: la inversión. En este caso se trata de aquel tipo de inversión mediante la cual los hombres adquieren forma animal, concretamente de ganado lanar (75). Sin embargo, no es arriesgado pensar que tales ovejas tuviesen en un tiempo anterior a la cristianización de la fiesta una apariencia diferente y, sobre todo, otro cometido bien distinto al actual. Podemos especular que éste fuera esencialmente petitorio como ocurría la víspera de Reyes en el municipio de Santesteban (Navarra) donde los niños, vestidos con pieles de cordero y cargados de cencerros, recorrían las casas del pueblo pidiendo los aguinaldos, lo mismo que en Asturias, donde además de los guirrios, nombre que reciben estos zamarrones, también acompañaban al grupo el tambor y el Capitán, éste con traje militar, plumero y galones en el gorro (76).

Puede ocurrir, sin embargo, que tuvieran una finalidad muy propia del tiempo de Carnaval, cual es molestar y causar fastidio, y entonces nos recordarán a los pastores que por tierras de Santander celebran la fiesta llamada de la Vijanera o Viejanera (Viejo Año). El día 31 de diciembre, ataviados con pieles de ovejas y cencerros, los pastores de algunas aldeas santanderinas “corren, saltan y se agitan como poseídos de furiosa locura, produciendo a su paso un ruido atronador e insoportable” durante todo el día (77). O como en el caso de los mozos de Poza de la Sal, en Burgos, quienes el Jueves de Todos, ataviados como venimos refiriendo, golpean las puertas de las casas del vecindario con las trallas que todos ellos portan (78). Por último, no debemos descartar la finalidad amorosa de estos personajes, tal como sucede en el maragato pueblo de Rabanal del Camino (León), donde los zamarrones, vestidos con pieles de oveja y acompañados de la “dama”, salen a rondar la noche de Nochevieja (79).

**************************** Prosiguiendo por este muestrario de elementos comunes a los ritos de invierno, nos encontramos con el fuego. Su presencia, en las más variadas formas, es prácticamente universal y sus connotaciones, tanto paganas como cristianas, fácilmente deducibles. En el primero de los casos “representa sobre todo la magia propiciatoria de la nueva luz, la invocación de un sol que ‘muere’ y ‘nace’ en estas fechas” aunque también apunta connotaciones regeneradoras y purificadoras, mientras que en el contexto cristiano encarna la figura de Cristo como la luz redentora del mundo (80).

En Silos, el fuego se nos presenta tanto en forma de hoguera como de antorchas formadas por pellejos. De esta guisa también aparece en algunos pueblos navarros, en los cuales los mozos, portando estas luminarias, “recorren el pueblo gritando: Erre pui erre; quémale el culo al año viejo” (81).

Por su parte, los vecinos de Navalvillar de la Pela (Badajoz) también levantan hogueras en las calles de su pueblo durante la celebración de su peculiar fiesta: La Encamisá. Dicha fiesta tiene, como en Silos, uno de sus momentos más emocionantes la noche víspera de San Antón, cuando las hogueras establecidas por todas las calles del pueblo se encienden al unísono y entre el repique de campanas y el estruendo de los cohetes, el abanderado, el tambor y multitud de jinetes recorren ceremonialmente por tres veces las calles del pueblo. Cuando la comitiva llega a una hoguera se detiene y entona los gritos de Viva San Antón y Viva San Fulgencio, siendo contestada fervorosamente por el grupo de vecinos congregados en ese fuego. La Encamisá se celebra, al decir de los vecinos, “para conmemorar la victoria de los cristianos sobre lo moros para el control del pueblo, pues en aquella ocasión los vecinos se disfrazaron y galoparon por las calles dando vueltas al pueblo para dar la impresión de ser superiores en número” (82).

La festividad de San Antón es propicia para la celebración de carreras de animales. El insigne f