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INDUMENTARIA TRADICIONAL EN LAS HURDES (I)

BARROSO GUTIERREZ, Félix

Publicado en el año 2003 en la Revista de Folklore número 269.

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(A Casto Iglesias Duarte, hurdano, consecuente con su tierra)

“No presumáis de mí que os engañara:
Pieles de jabalí y de ciervos viste,
Cual suele el segador el antipara;
Con cuerdas las abarcas encordela,
Con que por nieve y peñas trepa y vuela”.

(Félix Lope de Vega y Carpio: “Las Batuecas del Duque de Alba”). (1)

Nada tiene de extraño que una comarca secularmente estigmatizada, como es el caso de Las Hurdes, haya estado expuesta a las más variopintas apreciaciones incluso a lo que se refiere a su indumentaria tradicional. Posiblemente, Lope de Vega, que es el primer escritor del que tenemos noticias que describe -aunque sea en cuatro escasos versos- la indumentaria del hurdano o batueco, no iría muy desencaminado en sus intuiciones. Lope de Vega no pretendió pintarnos el vestuario de un hurdano del siglo XVIII, sino ofrecernos lo que, a su modo de ver, debían ser los ropajes de los habitantes de las serranías hurdanas, novelados en su obra de teatro. Lope viste a ese “buen salvaje”, descubierto por su mecenas el Duque de Alba (2), con lo que él considera como ropajes primitivos, para que cuadrara a la perfección con lo que se proponía en su obra.

Pero presumiblemente las pieles y las abarcas fueran prendas fundamentales de la indumentaria hurdana desde tiempos inmemoriales. Hay clara constancia que el pueblo hurdano, al ser una comunidad eminentemente pastoril, fue de siempre un hábil curtidor de pieles. Muchas de sus prendas las ha fabricado con las pieles de sus ganados y de los animales que cazaba en el monte. En un artículo aparecido en la revista “Las Hurdes”, de 1907, se nos habla, por ejemplo, de un “calzón con forros de pellica de gineta” (3).

La cabra autóctona de Las Hurdes, descrita por algunos autores como una “cabra enana”, hoy prácticamente desaparecida, fue la que, sin lugar a dudas, proporcionó, hasta no hará más de 50 años, sus pieles y sus pelos para diferentes indumentarias. Todavía quedan muchos hurdanos que pueden dar detenida cuenta de cómo se fabricaban zamarras, zahones, monteras, zurrones, polainas... con las pieles de tales cabras. Y recuerdan, así mismo, cómo se trasquilaban, en primavera, aquellas cabras, que, por cierto, al decir de ellos, “eran mu pelúah”, fabricando sogas con los pelos motilados. Esta gente se sigue reafirmando en que aquellas sogas “no había dios que las rompiera”. Por la cuenta, también permanece en la memoria la confección de unas capas pluviales, realizadas con pelos de cabra, a las que llamaban “ságuh”. En una conversación mantenida con la vecina de Cambrón, pero nacida y criada en la alquería de La Muela, Flora Martín Montero (4), escuchábamos lo siguiente:

“Yo era chica y estaba con mi padri. Venía un pastó con el ganao. Me pareci que aquel pastó era de pa La Aldigüela. Traía una capa volúa, con capuchón; era abruchá adelanti. Según venía con las cabras, parecía una cabra más, na más que más grandri. Dicía mi padri que aquellu era un sagu, que lo jacían teciendu los pelus de las cabras y que no entraba ni un goterón de agua cuandu llovía…” Félix Barroso Gutiérrez 1.- “Tamborilero hurdano ataviado con “zajónih” (zahones)” (Misión pedagógica a Hurdes 1954).

Curiosamente, Julio Caro Baroja (5) nos indica que, en la paz firmada con Roma por los numantinos y termestinos, tuvieron que entregar ésto, entre otras cosas, lo siguiente:

“…9000 sagos o sayos, hechos por lo general de un tejido negro y áspero de lana, parecida en su aspecto, según los griegos, a la de las cabras salvajes”.

Parece ser que, en otras citas, se habla de lo mucho que apreciaban los romanos estos sagos o sayos, en su calidad de prenda de abrigo e impermeable. El hecho de que los hurdanos hayan fabricado, hasta hace poco, unas capas pluviales semejantes, denominadas “ságuh”, es bastante significativo.

Aunque Lope de Vega hace calzar a los rústicos batuecos con abarcas, habría que hablar más propiamente de “chancas”, que, en el fondo, vienen siendo una primitiva variedad de tales abarcas, pese a que los hurdanos distinguen perfectamente entre ambas. Gregorio Iglesias Pizarro, setentón, tamborilero y zapatero del pueblo de Cambrocino (6), que fabricó, en sus tiempos, estos tipos de calzado, nos refiere lo que sigue:

“Yo, como zapatero que he sidu, he fabricao chancas y arbarcas. Las chancas llevan el piso de madera, que puede ser de madera de peral o de otras maderas. Luego, se le clavetean unas pellicas de cabra, curtías, pa que cubran el pie. Esti, sigún dicin, es el calzao propiamenti de estas tierras, que el oficiu de chanqueteru es mu antigu. A vecis, se le ponían a las chancas unos remachis claveteaos en el piso, pa que no resfalaran, y sobri todu por las nochis se sintía bien el que venía por la calli, polque iba chanqueandu, chanqui-rechanqui- chanqui, la calli alanti. Y en lo que se refieri a las arbarcas, he jechu menus, polque ya vinían de afuera a venderlas, que tenían el pisu cumu de goma de las rueas de los cochis…

” Cierta similitud tienen las chancas con la palabra “chanclo”, definida en los diccionarios al uso como: “especie de sandalia de madera o suela gruesa, que se pone debajo del calzado ordinario para preservarse de la humedad y del lodo” (7). En Hurdes, se utiliza “chancu”, equivalente a “zanco”; “achanca”, con el significado de: “dar largas y grandes zancadas”; y “Chancalaera”, personaje mítico, troglodita y gigantesco, facultado para trasponer ríos y montañas de una sola zancada.

SIGLO XVIII

Don Thomás López, Geógrafo de Su Majestad, cuando nos habla de la villa hurdana de Casar de Palomero en su obra “La Provincia de Estremadura” (8), nos cuenta estos pormenores:

“…particularmente el día tres de mayo, en que se celevra la invención de la Santa Cruz, y sale en procesión por el pueblo en onbros de cuatro sacerdotes revestidos, es tanta la gente que viene, 2.- “Dulzainero hurdano ataviado con pieles”. (Foto: Lole Pomet). que se hace feria, que dura tres o cuatro días, a la que concurren, llamados del mucho gasto y buena venta que han esperimentado, muchos mercaderes, con grandes y preciosas platerías de Salamanca, Cordova y Sevilla; ponen gruesas tiendas de paños, telas de seda y otros géneros, no sólo de las fávricas de España, sino tanvién de las de Ynglaterra, Francia, Holanda y otros Reynos, los mercaderes que bienen de Ciudad Rodrigo, Plasencia, Béjar, Segovia, Salamanca, Peñaranda, Toledo, Barcelona y otras partes”.

Después de estos párrafos, escritos en 1798 por Thomás López, nadie que conozca la malsana leyenda negra que se ha cernido sobre el territorio hurdano, tendrá clara noción que se asiste a la descripción de la fiesta de la Cruz Bendita, más conocida por “La Feria”, en la localidad más meridional de la comarca de Las Hurdes: Casar de Palomero. Pero la otrora preponderancia de esta villa hurdana, constatada en viejos legajos, estaba muy lejos de la sencilla vida y del transcurrir diario -no exente de ahogos- de la gran mayoría de las alquerías hurdanas. Sin embargo, tampoco es conveniente cargar las tintas, como lo hacía aquel Lizenciado Dn. Antonio Ortiz Xarero (9) en 1734: “…viven todos con suma miseria, pobreza y desnudez, manteniendose lo más de el año con las verduras y legumbres de los güertos, cozidas con agua y sal, alguna poca de azeite o miaja de tozino el que lo tiene, y las más vezes sin él, pasandose los meses enteros sin probar el pan, y ese de zenteno sólo, siendo su mejor temporada la de las uvas, fruta y castañas, andando comunmente, dentro y fuera de el monte, descalzos de pie y pierna, con alguna pobre camisa de estopa, calzones y jubón de ferpa o paño basto, en muchos casos remendados con pieles; y a este respecto, las mugeres, en cuia conformidad aún estando enfermos se acuestan sin otra cama que el suelo, a vezes con algunos helechos, o en alguna tabla de castaño que les suele servir de asiento a que llaman tajuelax, o en el que dizen batán (que es un tronco grueso cavado por dentro, donde pisan la azeituna, de la qual, metida después en un costal, con el beneficio de el agua caliente, y dándole garrote sacan el azeite; aunque para esto hay también algunos molinos, aunque pocos en dicha serranía; y algunos pocos usan también de valdas de paja para cama”.

Paradógicamente, líneas más abajo, Ortiz Xarero escribe:

“Los moradores de Lo Franqueado en los días de fiesta concurren a la parrochia vestidos con razonable dezenzia, hombres y mugeres, algunos con mediano porte, aunque también en todas las demás parrochias hay alquerías en que muchas personas andan bestidos con moderada dezenzia según el país; y esto subzede especialmente en las feligresías de Las Mestas y los Casares, encontrándose en todas partes personas muy capaces y de razón natural muy dispierta (…)

” Las apreciaciones que, en este siglo XVIII, se hacen sobre los moradores de Las Hurdes, acerca de sus indumentarias y estilos de vida, no distan mucho de aquellas otras que se vertebran sobre otros territorios hispanos. Normalmente, son realizadas por personas de mentalidad urbanita, cargadas de muchos prejuicios morales y materiales, incapaces de analizar, desde un punto de vista antropológico, aquellas realidades rurales, para las que arbitran soluciones paternalistas y redentorias. Valga como ejemplo comparativo lo que nos cuenta D. Juan Loperráez en su “Descripción histórica del Obispado de Osma” (Año de 1788). Acerca de los habitantes de los arziprestazgos de Coruña del Conde y Rabanera del Pinar, pertenecientes a la serranía burgalesa, nos relata lo siguiente:

“No gastan sábanas en la cama y muchas personas ni aun camisa; echan muy pocas telas; apenas saben coser ni hacer media; echan algunos paños en las lanas del país y las hilan, en lugar de uso, con un canto y un palo, que le atraviesan, dando a sus extremos para que tuerza; y es país que necesita mucha educación…” 3.- “Mitra y piel del “Graciosu” de la danza de San Blas” (Foto: F. Barroso).

Refiriéndose a los pueblos de Palacios, Vilviestre, Regumiel y Canicosa, todos de esas serranías de Burgos, continúa diciendo:

“Visten con tanta desnudez que, por lo común, las mujeres llevan unos sacos de paño basto que las coge desde el hombro a los pies y les dan el nombre de “jornea”, sin más abrigo ni sayas, guardapié ni otra ropa…” (10)

LAS NEGRAS PINTURAS DE PASCUAL MADOZ

El siglo XIX nos va a traer de la mano del geógrafo Pascual Madoz (11) unas aberrantes y esquizofrénicas descripciones sobre el pueblo hurdano. Nunca estuvo, al parecer, este ilustre geógrafo en Las Hurdes, y lo que él plasma, según indagaciones, son las líneas de unas cartas que le envió el cura Vicente Montero, que anduvo por los años 40 del siglo XIX como párroco de la localidad hurdana de Pinofranqueado y sus anejos. No es el primer caso de párrocos destinados otrora en el territorio hurdano que, por despecho y por su falta de integración en la comunidad a la que atendía espiritualmente, realicen escandalosas declaraciones sobre el vivir de estos serranos asentados entre las fragosas montañas del norte de Extremadura. En nuestro poder, obran cartas de curas realmente amargados de su estancia en Hurdes, pidiendo ansiosamente ser relevados en su misión y trasladados a otras zonas.

Curiosamente, algunos escritores y eruditos que hablaron sobre estas tierras, ponen al clero de las parroquias hurdanas de vuelta y media. Así, el hispanista y hurdanófilo Maurice Legendre (12) refiere lo siguiente:

“Naturalmente, lo mismo desde el punto de vista moral como étnico, los jurdanos difieren mucho entre sí. Las diferencias se manifiestan a menudo entre dos aldeas o dos barriadas, y han sido acentuadas por la influencia de los escasos sacerdotes que han residido en el país. Tierra donde los extremos se tocan, donde el justo medio es desconocido, sus sacerdotes han sido o santos o descarriados: estos últimos (en otro tiempo, pues semejante régimen detestable ya no se observa) eran enviados allá como medida disciplinaria, resultando que se hacían, con el tiempo, peores de lo que habían llegado”.

Por su parte, Ramón Carnicer (13) afirma:

“A aquella tiranía civil se agregó durante muchos años la sumisión al clero albercano, que además de cobrar el diezmo a los de Las Hurdes cercenaba las dotaciones de los escasísimos curas de la zona, nombrados por el párroco de La Alberca entre los menos deseables”.

Centrándonos en la figura de Pascual Madoz y su negra pintura sobre la vida y artes de los hurdanos, podemos entresacar algunas vomitivas parrafadas que no tienen desperdicio alguno:

“Habitado el país por una raza degenerada e indoliente, ni aún se conocen los oficios más necesarios a la vida. Su ocupación se reduce a pedir limosnas por las provincias inmediatas, lo mismo los hombres que las mujeres y niños. Sus alimentos son tan escasos como nocivos. En general, sebo de cabra, la cual comen sin más preparativo; después, alguna judía; pero siempre con esta grasa; y, por último, hojas frutales cocidas, raíces y tronchos de hierbas silvestres, castañas, bellotas y alguna berza. Apenas se conoce el pan y el que usan es de centeno o de los mendrugos que recogen pordioseando (…)

” “Sus vestidos sólo consisten en un calzón que les cubre de la cadera a la rodilla, una camisa sin cuello sujeta delante con un botón y un costal al hombro, sin más calzado ni abrigo. Las mujeres, menos aseadas que los hombres y más desidiosas, visten harapos que jamás cosen ni remienda; lo regular en ellas es no mudarse la prenda que una vez se visten; sólo se la quitan a pedazos cuando se caen de viejos o sucios; jamás se peinan o lavan; andan descalzas como los hombres, sin cuidarse de cubrir las partes que aconseja hacerlo el pudor natural; rara vez compran vestido nuevo; y sólo se surten de los deshechos que les venden los habitantes de los pueblos comarcanos a cambio de vino y castaña. Esto en cuanto a los más acomodados, pero lo general del país viste de las pellicas de cabra que matan o se mueren, haciendo de sus pieles un vestido que introducen o cuelgan del gañon o pescuezo y les cubre toda la delantera hasta los pies, ciñendose a la cintura, muslo y pantorrillas con correas; esto en cuanto a los hombres; y las mujeres se hacen un delantal o mandil que atan a la cintura (…)

” Posiblemente, no haya otro escritor que con tanto morbo disfrutó refocilándose en sus largas parrafadas sobre Hurdes. Pascual Madoz dio crédito a lo que le contaron y allá que lo volcó en su marmotrético diccionario. Muchas más frases garabateó sobre las características físicas y morales de los hurdanos, mil veces más horribles que las que hemos traído a estas páginas. Todo ello contribuyó a mitificar terriblemente a esta zona. Por ello, no es nada de extraño que, hoy en día, haya gente que, como turista o viajero, se acerca a este territorio y todo se vuelva preguntar por “los enanos que viven en las zahúrdas”.

Resulta trágico e hiriente que Pascual Madoz o sus informantes hablen de los hurdanos como de gente degenerada e indolente, cuando este pueblo ha sido capaz de doblegar ariscas montañas, aterrazándolas con miles de bancales, que convirtió en auténticos jardines y vergeles. Y si bien cierto es que un sector de la población ejerció el oficio de “pidió” (mendigo), era más la picaresca la que les impelía a andar de plaza en plaza, echando coplas y contando chascarrillos, que una verdadera y acuciente necesidad. Se ha pasado más hambre en otras zonas de Extremadura, donde sólo existían cuatro terratenientes y los demás eran braceros que no tenían dónde caerse muertos, que en Las Hurdes. Y es que aquí, en este territorio, todo el mundo se fue y sigue siendo propietario. Cada familia ha tenido sus olivos para el aceite (aceite que muchas veces se cambiaba en los pueblos de la provincia de Salamanca por harina); sus huertos para sembrar patatas, hortalizas, legumbres, parraleras…; sus “rózuh” en los terrenos comunales para sembrarlos de centeno y amasar este pan moreno; sus castaños en las zonas altas y umbriosas; sus atajos de cabras, pastoreadas bajo el sistema comunal de la “dúa”; el monte pardo, también comunitario, para aprovechamiento de leñas y sacar un dinero extra con la fabricación del carbón de brezo; sus cerdos para la matanza, alimentados con los productos de los huertos; sus corchos de colmena, cuya miel y arrope se vendían por las comarcas limítrofes… Era una economía de subsistencia, sencilla, donde la moneda corría poco, pero gracias a la que, al menos, existía tal tipo de economía, nadie se moría de hambre. De hecho, en Hurdes, la emigración masiva de la población española de los años 60 no comenzó hasta diez años después, en la década de los 70, cuando la presión demográfica sobre el territorio hurdano incidía negativamente sobre aquella secular economía de subsistencia, que, por otro lado, sus parámetros ya devenían en obsoletos, en favor de la economía de mercado. Por ello, todos aquellos informes médico-sanitarios emitidos por cronistas y cronicones -cuyo culmen es el tendencioso, anacrónico y falto de rigor y objetividad cuaderno de notas que el Dr. Marañón redactó en la Semana Santa de 1922-, son el fruto de mentes urbanitas, llenas de prejuicios morales y materiales, sin el mínimo análisis socioantropológico. Los doctores Marañón, Goyanes y Bardají realizaron una “Memoria sobre el estado sanitario de Las Hurdes”, encargado por el Consejo de Ministros en el simbólico año de 1922, cuando el rey Alfonso XIII realizó su ya legendaria visita a la comarca de Las Hurdes (14). Tales doctores llegaron a esta zona como el misionero que descubre una tribu prehistórica en un país tercermundista y todos sus desvelos se dirigen a “redimirlos de sus roñas físicas y morales”, de acuerdo con los patrones burgueses y urbanistas de esos redentores, que desprecian y desechan, por no entenderlos ni comprenderlos, los valores inherentes y seculares de esas comunidades que ellos denominan, despectivamente, como “primitivas”.

En lo que concierne a la indumentaria hurdana descrita por Madoz, que es lo que, en el fondo, interesa a nuestro trabajo, vemos que, dejando aparte su énfasis en pintar miserablemente la vestimenta de estas gentes, nos dice que los hombres llevan un calzón que les cubre de la cadera a la rodilla. Pues con toda seguridad se estaría refiriendo a ese calzón de paño denominado en la zona como “bombachu”, común también, en aquellas épocas, a otras comarcas colindantes, tanto de Cáceres como de Salamanca. También nos cuenta Madoz que, por regla general, los hombres gastan vestidos de pieles, ironizando morbosamente que se los “cuelgan del gañón o pescuezo”, en vez de decir “cuello”, que es una acepción propia de las personas, pues lo de “pescuezo” o “gañon” es inherente a los animales; de donde se desprende el carácter selvático y animalesco con que, premeditadamente, Madoz intenta pintar a los hurdanos. Ese vestido de pieles o pellicas no eran sino las zamarras pastoriles que, hasta la década de los 50 del siglo XX, se han venido gastando por los campesinos de la comarca; las cuales, unidas a los zahones, eran toda una defensa y protección ante la abigarrada y enmarañada vegetación de las montañas de Las Hurdes. Con toda seguridad, que estas prendas de pieles se usaron desde tiempos de Mari Castaña, porque eran muy prácticas para las faenas agropastoriles y porque la materia prima (pieles de ganado cabrío) abundaba.

Informes existen, en este siglo XIX, de estas tareas pelliqueras. Veintinueve años después que Madoz diera a la imprenta sus tétricas pinceladas sobre Hurdes, o sea, en 1876, un hijo de la localidad hurdana de Pinofranqueado, Romualdo Martín Santibáñez, notario y con ciertas aspiraciones a polígrafo, se explicaba así (15):

“…en el otoño y en el invierno se reunen los vecinos en una de sus casas, y en el hogar o cocina, al amor de la lumbre, pasan las veladas charlando y disponiendo lo necesario para el día siguiente, sin dejar por eso de ocuparse en torcer hilos o preparar las pieles para sus zahones y zamarras (…)

” Y al hablar de los habitantes del concejo de Nuñomoral, comenta:

“…usan una piel de cabra o macho muy sobada, con cuyo trabajo la hacen flexible, la cual preparan y cuelgan por el pescuezo, sujetándola con correas y formando una especie de coraza, que les cubre toda la delantera; otra piel del mismo modo preparada, formando una especie de calzón abierto que ciñen con correas a la cintura y muslos; unos retazos de la misma piel hechos a manera de polainas, con que cubren piernas y pantorrillas (…)

” Esta tradición de curtir pieles para fabricar determinadas prendas de vestir, llevó al hurdano a confeccionar algunas de ellas con las pellicas de animales muy mitificados y temerosos, como es el caso del lobo. Parece ser que el usar tales prendas confería un carácter defensivo y protector. en una conversación que grabamos una fría noche de noviembre de 1983 a nuestro fiel y buen amigo Eusebio Martín Domínguez, hurdano de gran agudeza y conocedor y transmisor de los valores de su comunidad, entresacamos lo siguiente:

“…y era cosa cierta que los pastoris antigus cogían y mataban a los lobus, al bichu, y los sollaban, y con las pielis jacian unus gorrus, que los llamaban “monteras”, que contaban que si llevabas puesta una montera de la pellica de un lobu, nada podían los bichus del monti contra unu, que quedabas sanu y salvu (…)

” Queda también en la memoria de estas gentes una antigua danza en que varios danzarines, encaramados en zancos de madera de castaño, iban capitaneados por un personaje cubierto por una piel de lobo (16). En otros romances y romancillos conservados en la rica tradicción oral de este territorio, salen a colación estas pellicas. Aparte de las versiones del conocido romance de “La Loba Parda”, donde la piel de la loba es reclamada por los perros para fabricar con ella, casi siempre, una zamarra para el pastor, nos encontramos con aquel otro romance de “El testamento del pastor” (IGR: 0917. Versión de la alquería de La Fragosa. Recogido a Jesús Crespo Crespo, de 60 años, en julio de 1991). En unos versos de esta versión, que cierran dicho romance, escuchamos:

22 …La mi navaja galana
pa un pelliquero sería,
pa que suelle los cabritos
el día de Pascua Frorida.
24 La pellica de una loba,
que se murió de morrina,
se la entrieguin a las mozas,
que de alfombra sirviría
26 cuando estén en el serano,
que de mí se acordaría,
que los retozos tan buenos
los llevo pa la otra vida”.

Otro romance, de fuerte factura local y conocido como “Pachu, el Judío” (o “El Jodíu”), da comienzo así:

“Me llaman Pachu “El Jodío”,
hijo de Quicu “Morral”
2 y de Bárbara “La Puerca”,
vecinus del Cerezal,
arquería de Las Jurdis;
conceju: Muñomora.
4 Caminitu de la siega,
de la sega la cebá,
antecinu e Granailla
en mediu de un matorrá,
6 sobri la piel de una zorra
y arropá con un costal,
me echo mi madri a esti mundu,
dandu gritos y patás.
8 Con hojas de gordolobu
me jiciorin un pañal,
y por gorru me pusiorin
una chamberga afraná...”

(Versión de la alquería de Rivera-Oveja. Recogido a Nicasio Gómez Martín por Beatriz Domínguez González. Junio-2000)

Dándole ya la puntilla a las negras apreciaciones de Pascual Madoz sobre el hombre de Las Hurdes, traemos, como curiosidad, las manufacturas que él reseña en su gigantesco Diccionario relativas a diferentes lugares de la comarca hurdana:

Aceitunilla: -3 telares de lienzo del país.
Aceña: -1 telar de lienzo ordinario.
Casar de Palomero: -2 telares de lienzo del país.
Casares: -3 telares de lienzo.
Pesga (La): -1 telar de lienzo.

Estos datos, de todas formas, habría que mirarlos con lupa, Choca en grado sumo que se adjudiquen 3 telares de lienzo del país a la alquería de Aceitunilla, en el concejo de Nuñomoral, y, en cambio, no se rastree la existencia de algún otro telar en núcleos hurdanos que, en aquella época, eran, a todas luces, más sobresalientes y con otros intereses mercantiles. Mucho nos tememos que Madoz confunda tales datos con los pertinentes al pueblo cacereño de Aceituna, relativamente cercano a Las Hurdes, pero perteneciente ya a la subcomarca de Montehermoso. Dicho lugar de Aceituna, a quien Madoz otorga 603 almas (la alquería de Aceitunilla sólo aparece con 87 almas) también figura con “tres telares de lienzo del país y una tahona”. En el caso de la aldea hurdana de Aceitunilla, no hay tahona por medio, pero sí “un molino harinero de una piedra, movida por el agua del arroyo”. Ello pone en evidencia las afirmaciones de Madoz, que refiere que por estas tierras “apenas se conoce el pan”. Pues si no se conocía el pan, ¿qué pintaría en el paraje denominado “Los Molinitos”, donde ya no quedan ni cimientos.

Dando por buenos los datos de Pascual Madoz acerca de los telares existentes en Las Hurdes en la primera mitad del siglo XIX, también cabe la pregunta: ¿cómo casamos los vestidos harapientos de los hurdanos, a tenor de las descripciones de Madoz, con la existencia de telares en la zona? Paradojas del político que fue Pascual Madoz, que se definía como progresista de izquierdas y, a su vez, fue un eminente portavoz de la burguesía catalana. En resumen, contradicciones semejantes a las que, más tarde, en 1932, un genial cineasta de izquierdas, militante del Partido Comunista, plasmaría en su famoso documental o película “Tierra sin pan”, rodado en las alquerías hurdanas de Aceitunilla, Martilandrán, La Fragosa, Las Mestas, El Cabezo, La Huetre y El Avellanar. Nos referimos a Luis Buñuel, a quien los hurdanos todavía no le han perdonado el haberles pisoteado su dignidad y reducido a caricatura de hombres, algo que entra en flagrante contradicción con los principios y valores de la izquierda.

LA VISIÓN DE LO HURDANO

Hemos hablado más arriba de Romualdo Martín Santibáñez, un hurdano que nació en la localidad de Pinofranqueado en 1823 y que ostentó el título de notario en la ilustre villa hurdana de Casar de Palomero, única villa del país de Las Hurdes. Fue, pues, contemporáneo de Pascual Madoz, con la diferencia que Martín Santibáñez era hurdano, ferviente católico y ultraconservador. Pero uno hurdano y el otro no, de derechas uno y el otro de izquierdas, ambos plasmaron sangrantes y tremebundas páginas. Veamos, si no, lo que refiere el señor Martín Santibáñez sobre la alquería de Arrolobos, en el concejo de Caminomorisco, que él llama “Arroyolobos”, un poco en plan pedante:

“…es una alquería de las más pobres y desaliñadas del territorio jurdano por su apatía, por su pereza y por su desaplicación al trabajo, pues prefiriendo vivir en sus madrigueras dados al ocio, están sumidos en la miseria más desastrosa, reducidos a mendigar por los pueblos circunvecinos en ciertas épocas del año (…)” (17)

Resulta sorprendente que Romualdo Martín hable así de la alquería de Arrolobos, cuando en nuestros trabajos de campo hemos podido detectar el concepto que el resto de los hurdanos tienen acerca de los habitantes de tal aldea, considerados como de los más esforzados y trabajadores de todo el territorio. De hecho, son apodados “armuñésih”, que, en dialecto hurdano, viene a significar algo así como: “persona nacida para ser esclava de su trabajo”. También tienen fama de ser muy ahorrativos y muy avaros, de esos que, como vulgarmente se dice, “no comen por no cagar”. Ciertamente, a la gran parte de los vecinos de Arrolobos les amanece y les oscurece en sus fincas, estando toda la alquería rodeada de grandes plantíos, especialmente de hermosos y retorcidos olivos. La verdad es que no creemos que se haya dado un cambio radical entre tales habitantes, en cuanto a actitudes y aptitudes, en el corto espacio de 125 años, desde 1876, cuando Romualdo Martín escribió sus páginas, y este primer año del siglo XXI.

No obstante, el señor Martín Santibáñez ataca a Madoz en sus apreciaciones sobre la falta de religiosidad del pueblo hurdano. Como buen católico, Martín Santibáñéz no consiente que se pongan en tela de juicio el sentido cristiano de la vida de sus paisanos. Y si en este sentido existe algún resquebrajamiento, se debe a que: “…las tendencias religiosas (de los hurdanos) nada dejarían que desear si los párrocos en vez de ser como están siendo, fueran como debían ser, escogidos para llenar la misión sacerdotal en el país, y extirpar la mala semilla de costumbres (…)” (18)

Yendo ya al grano de nuestra materia de estudio, tenemos que reconocer que, apreciaciones moralistas aparte, el señor Martín Santibáñez es el estudioso que nos ha aportado una visión más detallada y completa de la indumentaria tradicional del hurdano en lo que respecta al siglo XIX. Al menos, viviendo él en la región hurdana, palpó de su propia mano una realidad tangible.

Romualdo Martín Santibáñez distingue perfectamente entre la indumentaria de ordinario y de festivo de sus paisanos. Así, cuando describe el vestido de los habitantes del concejo de Lo Franqueado, refiere: “Los vestidos que generalmente usan, son: los hombres calzón de paño, polaina y chaqueta de cuello derecho, con mangas de boca de campana, tambien de paño de la fábrica del Casar de Palomero o Torrejoncillo; en el calzón botonadura de metal amarillo y cordón a su extremo inferior, y una cinta en su parte trasera y superior; chaleco de paño fino de color castaño o azul, o bien de barbotina negro con botonadura doble; zapato de vaca, fuerte, y sombrero de lana basto de la fábrica de Plasencia; camisa de estopa con cuello derecho y puños grandes, y calzoncillos de la misma clase, todo fabricado por sus mujeres”.

“Para venir al Pino los días de fiesta a las funciones religiosas, visten los más acomodados capa de paño pardo con cuello derecho, y los pobres una especie de jaique largo y sin cuello, de la misma clase de paño, a lo que llaman anguarina. Tanto unos como otros cubren la cintura con una faja de estambre o lana de diferentes colores, que ciñen al cuerpo; no usando, sino los más ricos, medias o calcetas. Las mujeres visten bayetas de color y negras para guardapies, jubón de boca de campana de paño fino de color o de paño bayetas pardos de barbotina, y otras, aunque en escaso número, de terciopelo con botonadura de plata al puño; pañuelo-mantón de paño con flores y de color en el invierno, y de algodón de color y blanco en el verano. De tal modo aprovechan sus vestidos, que hay muchos, entre los menos acomodados, que a puros remiendos no se conoce el paño primitivo de que fueron hechos”.

“Al mal calzón y peor chaleco que malamente pudieron resistir las fatigas camprestres de muchísimos años, los guarnecen con otra especie de calzón abierto por detrás, fabricado de la piel de una cabra o macho, sin curtir, pero que a fuerza de restregarla la ponen suave, y luego, con una piedra áspera, la frotan por dentro, dejándola tan blanca, blanda y flexible como la mejor curtida. Esta piel la atan por medio de unas correas a las piernas y con otras a la cintura, de modo que dejan el calzón y parte de la pierna, hasta por bajo la pantorrilla, a cubierto de los daños que el de paño pudiera sufrir”.

“La espalda y chaleco se los cubren del mismo modo con otra piel preparada, formando una especie de casulla corta, que también atan por la espalda. El calzón le denominan zahón, y la casulla zamarra. Estas dos clases de prendas de vestir también las usan los más acomodados, sólo que en vez de ser pieles sin curtir, los acomodados las usan de becerro curtido o de cordobán”.

“Las mujeres, en día de trabajo, sólo usan un refajo de tramalino, que es un tejido de estopa mezclado con todos los pedacitos de paño, bayeta o algodón, que después de haber pertenecido a otra clase de vestidos, los deshacen y los hilan de nuevo para poder tejerlos; a este refajo le ponen en la parte inferior como cuatro o seis dedos de frisa de color, resultando de esto que cuando dejan de usar las prendas de vestir es porque han consumido hasta su última urdimbre. Este refajo, con una camisa de estopa y un guardapies de frisa viejo y malo, con un pañuelo de algodón, es comunmente su vestido de trabajo, pues fuera de las más ricas, no gastan jubón ni calzado alguno”.

(19) En su descripción de la indumentaria hurdana, el señor Martín Santibáñez continua con su recorrido por los diferentes concejos hurdanos, realizando pequeñas matizaciones. Por ejemplo, al hablar de la villa de Casar de Palomero, dice lo siguiente:

“Las mujeres visten por lo regular bengalas y vestidos largos; los días de fiesta viesten con lujo, y en todo tiempo con gusto. Los hombres en general usan pantalón de paño pardo, chaleco de teciopelo o paño fino, y chaqueta de paño como el pantalón, siendo en los días de fiesta todo de paño fino. El uso de la capa es común, y generalmente para ir al templo, todos la llevan”. (20)

Cuando las referencias atañen al pueblo de Azabal, traza estas líneas:

“Visten los hombres calzón de paño pardo, polainas, zapatos de vaca, chaleco de paño fino, y chaqueta de cuello derecho y de la clase de paño del calzón, con sombrero de lana basta. Los más acomodados usan capa, y los de menos posición anguarina. Las mujeres sayas de frisa y bayeta apañada y de colores, en lo común jubón de paño pardo, y para los días festivos de paño fino de color, con mangas de boca de campana, pañuelo de paño o percal, según la estación, y zapato de cordobán. En los días de trabajo andan generalmente descalzas las mujeres de pie y pierna; pero en los días festivos se calzan con medias de lana azul o de estambre, y también de hilo blancas, siendo jóvenes”. (21)

También nos da Romualdo Martín algunas pinceladas acerca de la indumentaria del lugar de La Pesga:

“Los vestidos que usan son generalmente como los del Pino y Azabal los de los hombres, si se exceptúa el chaleco, cuya hechura es de solapa grande y muy escotados de pechera al modo de los de la Sierra de Francia; y en las mujeres hay poca diferencia. Los hombres generalmente andan descalzos, pero las mujeres usan sólo en los días festivos zapato de cordobán”. (22)

Hasta aquí, el señor Martín Santibáñez ha trazado unos bosquejos de las vestimentas que usaban en lo que, de un tiempo a esta parte, se ha venido en denominar Hurdes Bajas, o sea, los actuales concejos de: Casar de Palomero, La pesga, Caminomorisco y Pinofranqueado. Antes de pasar a las llamadas Hurdes Altas (concejos de Ladrillar, Nuñomoral y Los Casares), preciso es que hagamos un alto.

El estudioso Romualdo Martín, en lo que respecta a Las Hurdes Bajas, nos muestra una indumentaria que no debía variar sustancialmente con relación a zonas limítrofes al territorio hurdano. Afirmamos esto a tenor de lo que hemos visto en comarcas como Sierra de Gata o Tierras de Granadilla, ambas cacereñas, situadas al oeste y sur, respectivamente, de la región de Las Hurdes. El propio Martín Santibáñez, al referirse al pueblo de La Pesga, hace mención a que el chaleco que gastan los pesganos es semejante a los de la Sierra de Francia, comarca salmantina colindante con Las Hurdes.

Podemos decir que el traje de fiesta de esta parte de la comarca hurdana es el que, hoy en día, se considera como típico o tradicional, exhibiéndose en determinadas manifestaciones culturales y festivas. Todavía hay muchas personas que hablan de “traje regional”, posiblemente como reminiscencia del lenguaje acuñado por la Sección Femenina del Movimiento, en épocas de la dictadura franquista. Pero a la vista está que eso de “traje regional” no es más que un absurdo eufemismo, ya que, en esta región de Extremadura como en otras, existen numerosas variedades y singularidades en cuanto a la indumentaria popular. La comunidad extremeña, que por más que se empeñen políticos y otros encajadores de bolillos en darle una entidad propia, es y seguirá siendo una demarcación artificiosa, presenta encontrados y enfrentados contrastes de norte a sur. De hecho, a los hurdanos siempre “les ha caído muy lejos” lo extremeño y lo de Extremadura. En más de una ocasión, hemos ido decir a las generaciones mayores: “ni ehtreméñuh ni cahtellánuh; semuh jurdánuh”.

Refiérenos Martín Santibáñez que los paños salían de la fábrica de Casar de Palomero. Efectivamente, en esta villa hurdana, según testimonio del señor Santibáñez y otros documentos de aquellas fechas, se lee que:

“Hay dos telares de paño pardo y cinco de lienzo. Junto al pueblo, y propia de un vecino de esta villa, hay una máquina donde se fabrican muy buenos paños”. (23)

Y al hablar del lugar de Rivera-Oveja, se reseña lo siguiente: “Tiene dos molinos harineros sobre el río de los Angeles, dos fábricas de aceite y una máquina de hilar lana, con su batán para preparar paños”. (24)

Del mismo modo, le contempla al lugar de El Pino (Pinofranqueado), “siete tejedores de lienzo” (25)

En la memoria colectiva de los hurdanos queda el recuerdo de aquellos paños y sus batanes. Santiago Gómez Hernández, de 70 años, campesino de la alquería de El Castillo, en el concejo de Lo Franqueado, nos comentaba:

“En la antigüedá se hacía la trasquila de las cabras en el mes de marzo; se trasquilaban con estijeras grandes. Se trasquilaban a las cabras y a los machos. Se cogía el pelo y se jilaba con una rueca y un jusu, y luego se hacían sogas, y también costales lanús, y otras enguarinas de pelos. Los otros tecíos que se hacían, que ya eran de los trapijus del lino, se llevaban a los batanis del Casá de Palomeru, donde hacían las vestimentas y otras cosas”. (Testimonio recogido en octubre de 2000)

No obstante, en aquellos años en que Romualdo Martín describía los ropajes de los hurdanos, parece ser que ya se iban imponiendo otras modas en el vestir. En la propia villa de El Casar de Palomero, ya comenzaban las mujeres a gastar bengalas y otros vestidos largos, adquiridos fuera de la zona. Con la introducción de la pana, también quedarían obsoletos los trajes de paño que usaban los hombres, por lo que los batanes irían languideciendo, como le ocurriría, años depués, a los telares de lienzo y al correspondiente cultivo del lino.

No es de extrañar que hayan llegado hasta nosotros muy pocos ejemplares de aquella indumentaria propia de los días de gala o de fiesta. Romualdo Martín matiza muy bien que entre los menos acomodados los vestidos se aprovechan hasta la saciedad. Y la verdad es que los menos acomodados eran la mayoría. De aquí que tan sólo algún que otro traje, medio apolillado y guardado en el fondo del arca, perteneciente a los “riquínuh” del pueblo, se haya salvado del uso y requeteuso a que eran sometidas las prendas de vestir en otros tiempos.

En cuanto al traje de faena, el corriente y común de todos los días, observamos que las mujeres se conformaban con bastos refajos de estopa, entretejidos con los restos de otras prendas viejas y raídas. Seguro que esta confección artesana, conocida en la zona como “de tiretas”, que consistía en hilar y tejer con urdimbres de prendas en desuso, es la que nosostros, siendo niños, en la década de los 60 del siglo XX, todavía hemos conocido en áreas aledañas a Las Hurdes. Concretamente, en el lugar de Santibáñez el Bajo, casi rayano a la frontera sur del país hurdana, permanecen unos nebulosos recuerdos que llegan a nuestras retinas con mujeres de pañuelos anudados en la cabeza, rueca en ristre, hilando viejos trapos, con los que confeccionaban mantas, alfombras, costales, alforjas…, que ellas llamaban “de tiretas”.

Cuando Romualdo Martín se introduce por los derroteros de Hurdes Altas, lanza una clara y rotunda advertencia:

“El estado de los habitantes de estas selvas en punto a civilización es tristísimo, y en algunas localidades tal vez pueda decirse que tienen algún viso de semejanza, aunque lejana, con la pintura que de todos los concejos de Jurde hace el Sr. Madoz en su Diccionario. La diferencia de unos habitantes a otros es de mucha consideración para que podamos aglomerar bajo un punto de vista a todos ellos con sus usos y costumbres, sin cometer la impropiedad que censuramos en dicho Diccionario, ya tomando la parte mejor de sus costumbres, ya generalizando la pero, que debe estar sujeta a una sola clase; por lo que habremos de dividir los habitantes de la Dehesa de Jurde en cuatro clases, que son: más acomodados, de menos comodidad, verdaderos pobres, y pobres de oficio”. (26)

Distingue perfectamente el señor Martín Santibáñez entre Hurdes o Jurdes y la que, desde el siglo XIII, se venía denominando como “Dehesa de la Syerra” o “Dehesa de Jurde”. Pese a que Las Hurdes es una comarca natural notoriamente delimitada por claros y concretos accidentes geográficos, todavía se arrastra la polémica sobre sus fronteras, que cada cual ha colocado donde mejor les ha cuadrado, según conveniencias e intereses espurios. Según confirmaciones que nos hacía el emérito prehistoriador y decano de la Universidad de Salamanca, Francisco Jordá Cerdá, el término “Iurde” aparece citado ya en el siglo I antes de Cristo, comprendiendo lo que viene ser la globalidad de la comarca natural de Las Hurdes. Jordá Cerdá apuntaba a que este territorio estuvo habitado, posiblemente, por un pueblo denominado los “Rucones”, de carácter pastoril y muy belicoso, que dio más de dos disgustos a las legiones de Roma.

Consideramos que, con el paso del tiempo, el nombre de “Iurde” o “Jurde” se fue restringiendo a lo que hoy son los términos municipales de Nuñomoral, Casares de las Hurdes y Ladrillar, incluida la zona de Las Batuecas. Y así se considera en el siglo XIII, cuando la villa de Granadilla realiza la graciosa donación de estos territorios hurdanos al pueblo de La Alberca, hoy dentro de la privincia de Salamanca. Lo que Granadilla concede a La Alberca no es otra cosa que el área que, en aquel entonces, se denominaba con el citado nombre de “Dehesa de la Syerra” o “Dehesa de Jurde”. A la sombra de esta donación, La Alberca, haciendo gala posiblemente de un expansivo feudalismo concejil, extiende arbitrariamente dicha concesión al concejo de Caminomorisco y al de Oveja (Rivera-Oveja), imponiendo sus unilaterales y abusivas ordenanzas por todos estos territorios. El actual concejo de Lo Franqueado (Pinofranqueado), situado al oeste de la comarca, siguió dependiendo directamente de Granadilla, mientras que el otro concejo hurdano de “Las Palomeras” o “Palumbario” (Casar de Palomero) seguía pagando sus tributos a las Comendadoras de Sancti-Spíritus, que así lo venía haciendo desde el siglo XI. (27)

A nadie debe, pues, extrañar que, después de varios siglos que el nombre de “Jurde” o “Hurdes” ha estado única y exclusivamente circunscrito a los concejos de Ladrillar, Casares y Nuñomoral, muchos vecinos de otros concejos de esta comarca natural no se hayan identificado sustancialmente con aquello que llevara la impronta de “hurdano”. Desde esta óptica hay que entender posturas tales como la de aquella señora de Riomalo de Abajo que una fría tarde de enero de 1997, cuando estábamos en amena charla sobre la barra del restaurante “El Labrador”, interrumpió nuestra conversación y nos espetó:

“Se equivocan ustedes, que los de Riomalo de Abajo no son jurdanos, que los jurdanos son de Vegas pa,rriba. Este pueblo es de la jurisdición de Caminomoriscu, pero no es pueblo de jurdanos”.

O que los vecinos del hoy llamado pueblo de Caminomorisco (siempre se llamó “Las Calabazas”, ya que lo de “Caminomorisco” hacía referencia a todo un concejo, pero no a pueblo concreto alguno) apoden al señor Hipólito Panadero Azabal como “Tío Polo el Jurdano”. Y ello en base a que este señor es natural de la alquería de La Fragosa, en el concejo de Nuñomoral, que hace ya muchos años se afincó en la localidad caminomorisqueña.

Igualmente, en muchas de nuestras conversaciones con paisanos de los concejos que no formaron parte de la “Dehesa de la Syerra”, pese a que ya el concepto de “hurdano” ha ido ganando terreno y adeptos, hemos oido cómo tales paisanos, inconscientemente, por inercia, motejan de “hurdanos” a las gentes de Nuñomoral, Los Casares o Ladrillar, excluyéndose ellos.

Hoy por hoy, al crearse la Mancomunidad de Las Hurdes, hasta los vecinos de Casar de Palomero comienzan a asumir su identidad hurdana. Cierto es que Casar de Palomero fue considerado por muchos como la “capital de Las Hurdes”, pero la existencia de cierta élite local (familias acomodadas y algunos funcionarios), casi siempre militantes de ideologías conservadoras, huyeron, como si se tratara de la peste, de todo lo que llevara el sello de “hurdano”, pues lo consideraban una bajeza y como ofensivo. Fuera de esta Mancomunidad ha quedado la localidad de La Pesga, cuya pertenencia a la comarca natural de Las Hurdes es innegable. Hace unos años, la corporación municipal (o parte de ella), presidida por una Alcaldesa oriunda de Salamanca y perteneciente a los conservadores del Partido Popular, adscribió a dicha localidad de La Pesga a la Mancomunidad de Trasierra-Tierras de Granadilla, que, sin lugar a dudas, es una mancomunidad artificiosa, de interes, al contrario que la de Hurdes, que presenta homogeneidad histórica, geográfica y cultural. Este hecho llevará irremediablemente a que los vecinos de La Pesga pierdan los escasos resquicios que les quedaban de sus recuerdos de pertenencia a la antigua Iurde, lo que, en el fondo, implica, una pérdida de entidad y de identidad, muy a pesar de muchos habitantes del mencionado pueblo, que hubieran preferido unirse a la Mancomunidad de Las Hurdes.

LA DEHESA DE LA SYERRA.

Aunque Romualdo Martín quiere huir de las negras pinturas de Madoz, no puede sustraerse, sin embargo, a caer también en la espiral morbosa. Y, así, se refiere a los vecinos de la “Dehesa de la Syerra” o “Dehesa de Jurde” como “habitantes de estas selvas”. Continuando más adelante, sus apreciaciones distan muy poco de las que vertiera Madoz:

“El carácter de los habitantes de la dehesa de Jurde, es diferente del de los que habitan los restantes concejos y terrenos conocidos por las Jurdes. La desconfianza más soez preside generalmente a sus tratos; y la poca fe en sus palabras, si conocen que con lo pactado han de sufrir algún perjuicio, aunque sea de poca consideración, es tan natural entre ellos, que difícilmente la cumplen si pasa algún tiempo, y ellos comprenden su perjuicio. La soberbia entre ellos mismos no deja de tener asiento en muchos individuos; pero en saliendo de sus casas o alquerías, cuando tienen que presentarse delante de alguna persona o autoridad de quien hayan de recibir premio o castigo, o que pueda servirle para sus negocios, son tan humildes, que mil veces los hemos visto ante el juez del partido, promotor y escribano con hipócrita zalamería y visos de humildad arrodillarse para pedir la gracia, y apenas levantar la vista sino para la súplica que saben elevar a un estado natural de candidez, que engañan al más conocedor de su farsa. La embriaguez es un vicio común entre ellos, tanto, que es imposible darles un manjar más exquisito que un poco de pan con un jarro de vino”. (28)

Palabras como éstas, escritas por un hurdano, tal vez no disten mucho de las que pronunciaba un vecino de la alquería de Asegur, en el concejo de Nuñomoral, hombre tenido, a nuestro juicio, como honrado, hoensto y cabal. Nos referimos al tamborilero Pedro Alonso Iglesias, fallecido el 14 de septiembre de 1999:

“A nosotrus, los jurdanus, nos han hecho desconfiaus a la fuerza, porque nos han metio a todos en el mismu sacu. Pero la verdá sea dicha: por estos pueblos habemus de todu. El hurdano que sale bueno, es un cachu pan. Se quita de la boca lo que tenga para dartilu a ti, te abri las puertas de casa de par en par y te da lo que tiene. Pero, eso sí, no vengas de reirti de él, que entonce, aprepárati, que las quedas todas de sobra. Pero, amigo, también ha muchus de por esta parti que salin torcíos, que siempri están de pleitos y metíos en quimeras. De éstos, no te fíes, que lo mismu te hablan bien por delanti y, luegu, por detrás, te están apuñalandu. Son personas de palabritas muy levosas, pero de malos hechos. Su palabra vali lo mismo y que el agua en una cesta. Se arriman, se arriman a unu, por ver domu y manera de sacarli algu. Son deslenguadus y desvergonzadus, maldita la educación que tienin, que es genti de la mala casta. Malditu que les gusta trabaja, solu viví del cuentu, y encima algunos se han apañau pa colocarsi bien colocaus, y no sabin ni poné el su nombri. Pidioris han sidu cuasi tos los más”.

(Conversación grabada en agosto de 1997, Fiesta Mayor de Las Hurdes, Caminomorisco).

No seremos nosotros los que echemos más fusca en la hoguera de tan lamentable estado. Pero después de 13 años ejerciendo labores educativas en el concejo de Nuñomoral, tenemos que reconocer que nos hemos topado con mucho redomado pícaro, con mucha violencia latente, con mucho adulador que intenta parasitar al prójimo, con presiones para que hiciéramos las maletas, con repugnantes politiquerías, con gente acostumbrada a poner el cazo y a arrogarse todos los derechos habidos y por haber pero que no querían oir hablar de deberes, con mucha roña y miseria moral… Todavía hay gente a las que, llevados por nuestra buena fe, le hicimos ciertos préstamos de dinero, y hasta la fecha. Fue dinero en mano, sin testigos, que ya sabemos que no cobraremos jamás. Y no hablamos de las comilonas y cientos de rondas pagadas en las tabernas… Fueron nuestros años mozos y nuestros prejuicios nos hacían ver al hurdano como un pobrecito paria, al que había que “alimentar” material y moralmente. ¡Buena nos la jugaron! Pero tenemos que decir también, en honor de la más pura de las verdades, que en ese concejo de Nuñomoral encontramos a amigos fieles y leales, hombres de palabra, de gran corazón y de manos muy limpias, orgullosos -sin engreimiento- de ser hurdanos, llenos de callosidades de la honrada brega en sus quehaceres campesinos, que nos transmitieron el vivir antiguo, lleno de riquísimos bagages orales y de importantes claves para descifrar el complejo mundo de estas serranías.

En estas apreciaciones han coincidido muchos profesionales que nos hemos movido -y nos seguimos moviendo- por esta ya legendaria comarca de Las Hurdes. Ciertamente, algunos no aguantaron determinadas presiones y, sintiéndose agobiados y respirando lo que ellos consideraban ambiente enrarecido o no acorde con sus aspiraciones, pidieron, a la menor oportunidad, el correspondiente traslado. Siendo ecuánimes, hay que decir que por cada individuo torvo y retorcido, vecino de estos valles y montañas, hay diez que son el reverso de la moneda, mostrando sencillez, humildad y tratado afable.

Lógicamente, nosotros afirmamos rotundamente que Madoz mintió descaradamente en sus anotaciones sobre Las Hurdes. Y más tarde lo haría el eminente endocrinólogo Gregorio Marañon, que llega a hablar de uniones incestuosas, de sodomitas, de asesinatos de ancianos para tenr una boca menos que alimentar… Bulos que seguiría, por ejemplo, vomitanto el periodista Luis Carandell, que aparte de decir soberanas tonterías sobre el origen histórico de Las Hurdes, tiene la desfachatez de afirmar que, en 1955, los hurdanos comían hojas de cerezo hervidas con sal o que se consumía vino en polvo diluido en agua, o que se enterraba a los niños pequeños que morían en cajas de las que se usan para el transporte de tomates (29).

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NOTAS

(1) Lope de Vega y Carpio, Félix: “Las Batuecas del Duque de Alba”. Esta obra parece ser que fue escrita entre los años 1604 y 1614, fruto, posiblemente, de las leyendas que Lope oiría contar en sus temporadas de ocio y asueto en el castillo-palacio de Alba de Tormes (Salamanca) y en el palacio de La Abadía (Cáceres), muy cercanos a Las Hurdes. Sabido es que Lope de Vega fue amparado por el mecenazgo del Duque Don Antonio, de la Casa de Alba; de aquí que procurara vertebrar diversas apologías de esta nobiliaria alburnia, como es el caso de la obra que citamos.

(2) La pieza teatral de Lope, en su sentido apologético, hace de unos antepasados de su mecenas, coetáneos de Cristóbal Colón, descubridores de un nuevo mundo dentro del propio solar hispano y, más concretamente, en las montañas del territorio hurdano.

A través de toda una trama literaria, se nos muestra el mito del “buen salvaje”, a quien redimirá y encauzará por los carriles de Santa Iglesia, Apostólica y Romana la paternalista Casa de Alba.

(3) “Las Bodas” (sin pie de autor). Revista “Las Hurdes”, nº42, julio-1907.

(4) Grabación realizada a Flora Martín Montero, de 63 años de edad, el día 10 de enero de 1999.

(5) Julio Caro Baroja: “Los Pueblos de España”. Tomo I. Ediciones “Istmo”. Torrejón de Ardoz (Madrid), 1976. Cita, como referencias, a Diodoro, XXXIII, 16, y Diodoro, V, 33.

(6) Conversación mantenida con Gregorio Iglesias Pizarro, de 73 años, el día 1 de noviembre de 1999.

(7) Definición tomada de: “Enclicopedia SALVAT”, Salvat Editores, S.A., Barcelona, 1997.

(8) “La Provincia de Estremadura al final del S. XVIII (Descripciones recogidas por Tomás López)”. Asamblea de Extremadura.

Mérida, 1991.

(9) “Descripzión General de El Territorio de Las Batuecas. Informe de El Juez de Comisión a S.I. Autos hechos en virtud de S.I. sobre la Inspeczión de las Alquerías y Territorio de las Batuecas realizada por el lizenciado Dn. Antonio Ortiz Xarero entre los mese de Julio y Octubre de 1734. Encargó tales autos el obispo de Coria Miguel Vicente Cebrián”. (Archivo de la Diputación Provincial de Cáceres).

(10) González Marrón, José María: “Divagaciones sobre el vestir burgalés”. REVISTA FOLKLORE, nº 25. Valladolid, 1983.

(11) Madoz, Pascual: “Diccionario geográfico-estadístico-histórico de España”. Madrid, 1847. (Publicaciones del Dpto. de Seminarios de la Jefatura Provincial del Movimiento. Cáceres, 1955).

(12) Legendre, Maurice: “Mis recuerdos de Las Jurdes”. Revista “LAR”, números 10, 11 y 12. San Sebastián, 1944.

(13) Carnicer, Ramón: “Las Américas peninsulares: Viaje por Extremadura”. Ed. “Planeta”. Barcelona, 1986.

(14) En el libro /”Viaje a Las Hurdes” (Fundación Gregorio Marañón.- El País/ Aguilar. Madrid, 1993), se plasman las conclusiones de esa Memoria Sanitaria, así como otro material sobre la visita regia de 1922. Igualmente, aparecen insertados unos escritos de Camilo José Cela y Luis Carandell que son completamente difamantes y aberrantes para Las Hurdes y los hurdanos.

(15) Martín Santibáñez, Romualdo: “Un mundo desconocido en la provincia de Extremadura: Las Hurdes”. Revista “Defensa de la Sociedad”. Madrid, 1876.

(16) Barroso Gutiérrez, Féliz: “Las Hurdes: la afición y destreza en la danza y el baile”. En “Raices-El Folklore Extremeño”, tomo I. Coleccionable HOY. Badajoz, 1995.

(17) Martín Santibáñez, Romualdo: Op. cit., pág. 679.

(18) Idem., pag. 53.

(19) Idem., páginas 563-64 (20) Idem., pág. 243.

(21) Idem., págs. 244-245.

(22) Idem., pág. 185.

(23) Idem., pág. 242.

(24) Idem., pág. 184.

(25) Idem., pág. 617.

(26) Idem., pág. 49.

(27) Para un estudio profundo y exhaustivo de las relaciones Alberca-Hurdes, es fundamental la Memoria de Licenciatura de María Soledad Pulido Rodríguez: “Las relaciones socio-económicas de Alberca-Hurdes a través de sus ordenánzas: año 1515”.

(Universidad de Extremadura. Facultad de Filosofía y Letras. Cáceres, septiembre-1986. Está inédita).

(28) Martín Santibáñez, Romualdo: Op. cit., págs. 52-53.

(29) Ver nota 14.