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BIBLIOFILIA

GARCIA, Tisbe / CONDE, Fernando

Publicado en el año 2003 en la Revista de Folklore número 271.

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Esto de la climatología es algo serio que afecta al cuerpo, al que dilata y contrae a su gusto, al pensamiento, al que invita a desarrollar metafísicas conversaciones de ascensor, y hasta al carácter, al que abruma o eleva al compás de sólo unos pocos rayos solares. Pero, ¿y qué hay de la climatología interior; ésa que hoy te impide salir a transitar la rúa de un escrito comprometido o de un compromiso contraído –y, gracias a Dios, aún no por escrito–? Ésa es a la que los autores apelan para justificar la demora en la aparición de este artículo que debiera haber sido entregado hace tiempo. Pero, en fin, no vamos a echarle la culpa de esto al hombre del tiempo, también.

Después del repaso somero a lo publicado en el año dos mil uno y parte del dos mil dos, queremos referirnos a algunas obras entresacadas de las que han llegado a nuestras manos en estos últimos tiempos y que merecen una reseña, que no crítica, en estas páginas. Tres serán las obras de las que hablaremos en estos pliegos. Tres serán, tres, y ninguna… mala. Tres obras muy distintas y distantes, tanto en forma y formato, como en fondo y fundamento. Recuerdos y lenguaje escondido, casi críptico, hallamos en las palabras de Emilio de Mier. Texto e imágenes ya imposibles en una cuidadísima literatura intrahistórica que rescata el encuadre de Ricardo González -esto del encuadre ya se explicará por sí mismo-. Fantasía y nuevos tafetanes nacidos de viejos aceros se muestran en una realidad perdida y reinventada por las manos de un sastre de sueños, Roberto Capucci. Vayamos a ello.

De la historia que nos narra un cabuérnigo de Sopeña con arrestos literarios llamado Emilio de Mier (q. e. p. d.), podemos decir que sorprende y gusta. Aunque, eso sí, querido lector, para conocer cómo termina –si es que termina- la historia de Chuchín, el sarruján de Sejos, tu curiosidad deberá ir mucho más allá de la lectura acostumbrada, pues, el pasearte por las páginas de este libro te obligará a tener adquirido el hábito y el gusto de echar mano al diccionario casi a cada renglón. Sejos del confinamiento, que es como se titula la obra a la que aludimos, es un relato de un vivir para contarla…que puede acabar siendo un sejo, una piedra, un saxum –que es la palabra madre, el étimo de sejo, según explica Jesús García en uno de los prólogos-, o, como en el caso de quienes esto subscriben, un sobrado perdido y una demostración de la riqueza léxica y las posibilidades poco conocidas que encierra, aún, la lengua. En Sejos del confinamiento la historia se teje con mimbres desusadas, con vocabulario que, tal vez, sea hoy poco más que un idiolecto o, tal vez, ya ni eso; sólo pasado, ayer, nada…

Palabras como nial, sel, braña, ráspano, borona, garma, pusiega, …muchas de las cuales parecen arcanas hasta para la todopoderosa sapiencia de Bill Gates, a juzgar por esas rayitas rojas y eléctricas que el ordenador coloca subrayándolas y que, en muchas ocasiones, ya nos hacen dudar de si lo que escribimos es castellano ortodoxo o jerigonza, palabras como éstas, decíamos, saltan de renglón en renglón y juegan a desentrañar el minucioso decir del valle de Cabuérniga, un enclave privilegiado en el corazón de Cantabria. Para los gajucos, que es como nos llaman por aquellas tierras a los forasteros, pero seguro que también para oriundos y terruñeros, este lenguaje ya no mueve tímpanos cotidianamente, es decir, que hace tiempo que por allí la lengua normalizada se ha estandartizado -que nos molesta menos que stándar y hasta parece menos ajeno al castellano que el préstamo anglosajable –¿o era anglosajón?-. En fin, que la lectura, aunque no fácil, sí es reveladora, entretenida y agradable; y es de suponer que por ésta, entre otras razones, le hayan otorgado el Premio Cabuérniga, editor de la obra, y le hayan dedicado una edición especial al relato de su paisano.

El protagonista-autor, que actúa como espectador que narra su memoria, alternando a vetas con el estilo directo del mencionado Chuchín, recuerda en estas páginas los tiempos que echó en aquellos parajes entre pernales y piescales, entre rubiales y leras. Dedica Emilio de Mier su obra a Jesús Gómez Barreda, que suponemos alberga tras el anónimo a la misma persona –Chuchín- que, con la lengua y el acento típico del sarruján cabuérnigo, alterna, como decíamos, su propia historia con la narración del autor. Es, a lo que se intuye, un relato sentido y revivido al son de lo que se narra. Es, en suma, y no es poco, un buen relato.

En el arranque de este trabajo mencionábamos el encuadre de Ricardo González. Ricardo González es autor de una obra nacida de las pavesas de una exposición dedicada a la fotografía –o, tal vez, fuera al viceversa-.

Hoy en día proliferan los acontecimientos culturales por doquier, tanto que, en ciertos momentos, incluso se solapan. El año 2002 ha sido, como es especie bien conocida de todos, el año de Salamanca y de Brujas. Ambas han compartido Capitalidad Cultural Europea, una firma de distinción que, en el caso de la primera, no sabemos si era necesario rubricar. Sin embargo, debemos a este acontecimiento una variada y completa agenda de acontecimientos que nos ha permitido disfrutar, entre otras muchas cosas, de un genial Rodin, de un Erasmo renacido y reencontrado, de música, de teatro y, sobre todo, de literatura, porque, al fin, casi todas las artes necesitan de la literatura para poder explicarse.

Una de estas exposiciones llevaba el nombre de El asombro en la mirada. Cien años de fotografía en Castilla y León (1839-1939). Hemos tenido la suerte de acariciar y revivir la memoria de dicha exposición, una obra magnífica, bien editada y pulcramente escrita, ad laudem del Consorcio Salamanca 2002, por responsable.

Probablemente, si hacemos caso a Ovidio, o a Wilde, podríamos afirmar que el creador de la fotografía pudo ser aquel muchacho que tontivano se miraba en las aguas de un río que le espejeaba guapo y sublime. Aquel Narciso, que provocó con su desidia esa sombra musical que es el eco, pudo también ser quien indujo a los hombres a buscar su propia imagen fuera de sí. De eso a querer guardar esa imagen en la memoria hay un paso mínimo; sin embargo, la memoria es frágil y monsieur Daguerre y monsieur Niepce lo sabían. Resulta increíble constatar cómo hace poco más de un siglo, la fotografía, elemento tan al paso en nuestros días, era cosa de unos pocos excéntricos foráneos, otros pocos locos de la tierra, y todos ellos, giróvagos soñadores, era derrotero de pintores fracasados y acomodo de narcisos decimonónicos con posibles. De los fotógrafos ambulantes, pioneros del daguerrotipo, del ambrotipo, del ferrotipo, de la fotografía en fin, da cuenta este libro. Aquellos viajeros incansables con sus carromatos a cuestas nos legaron el testimonio impreso de una tierra –Castilla y León, incluidas Logroño y Santander, por aquellos tiempos- a medio camino entre una Edad Media fósil y una incipiente, pero inapreciable aún, Modernidad lenta.

Ya señalábamos que el libro se lee con gusto, a pesar de la acumulación de datos y nombres imposibles de memorizar que hacen que, en algunos momentos, el discurso del relato resulte tan lento como el paso de una acémila. No obstante, tanto la estructuración de los capítulos, como la acertada y cuidada selección de las fotografías, contrarrestan cualquier atisbo de cansancio en la lectura. Por otro lado, el libro ejerce una función didáctica muy aprovechable sobre la importancia de la fotografía a lo largo del tiempo, el variado empleo que de la misma se ha hecho, la evolución del atrezzo en torno a la figura del fotógrafo y su mundo, las costumbres de cada época… En este sentido, nos ha llamado mucho la atención una costumbre al parecer muy frecuente entre nuestros tatarabuelos, la de fotografiar a sus muertos, en especial, a los infantes que por desgracia tenían más probabilidades de perecer que de sobrevivir, en aquellos tiempos de Carracuca. De igual modo, en algunos pasajes del capítulo dedicado a los transeúntes, inmortalizadores de estampas paisajistas en su mayor parte, hemos jugado a solapar sobre la vieja fotografía la visión actual, como en aquellos divertidos álbumes de Roma y Grecia en los que una lámina nos mostraba el estado de unas ruinas y otra, transparente y superpuesta, nos mostraba cómo debió de ser aquello en realidad. Al mismo tiempo, en algunas instantáneas, hemos podido comprobar la distancia que separa la sensibilidad artística de un artífice y la nula –o rentable… o ambas- constitución mental de algunos constructores. Y es que la novísima piqueta ha acabado con demasiadas joyas -u oropeles, qué mas da- y con una parte nada despreciable de nuestra historia.

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Imperceptible, misterioso y sorprendente: lo bello.

Belleza que se desvanece, arte que supera la sublimación. Hechizo que devora los siglos, superándolos, llegando hasta hoy, alcanzando alma y sentidos.

Dar vida a creaciones que defiendan, elogien y difundan la belleza. En cincuenta años de actividad, mi trabajo ha aspirado siempre a eso. No por azar mis últimas exposiciones se titularon “En defensa de la belleza”…

Así arranca el proemio con el que Roberto Capucci, modisto, o mejor dicho, sastre de ley, abre el catálogo que, como en el caso de la obra antes reseñada, guardará la memoria de una exposición titulada, esta vez, Vestidos y armaduras (Moda de ayer y hoy en seda y acero) y que, por gentileza de la Fundación Santander Central Hispano, ha podido contemplarse en la sala de exposiciones que la filantrópica institución tiene en Madrid. La exposición es trasunto de otra celebrada en 1990 bajo el nombre de Roben wie Rüstungen, en la que el sastre italiano presentaba una colección de vestidos inspirados en las armaduras de barrocas que, otrora, lucieran los todopoderosos Habsburgo. Armaduras de batalla y, sobre todo, armaduras de parada que cubrían el esplendor y las miserias de aquellos regios señores de la historia.

El exquisito gusto de un adelantado archiduque Fernando II del Tirol, fundador y compilador de la llamada Armería de los héroes del castillo de Ambras, junto a Innsbruck (Austria), algunas de cuyas armaduras hoy se guardan en la Hofjagd-und Rüstkammer del Kunsthistorisches Museum de Viena, unido al celo español de los emperadores del XVII, Carlos I y Felipe II, que dejarían tras de sí un legado que hoy puede contemplarse en la Real Armería de Madrid, han elevado las musas del creador italiano hasta el punto de sugerirle el diseño de vestidos basados en aquellos bronces pulidos, en aquellas platas repujadas y en aquellos damasquinados lucientes. Así nace una colección de sedas, terciopelos y tafetanes plisados que, aunque poco se entienda de moda, es evidente que no pueden haber surgido de un venero cualquiera. La fuente de inspiración es magnífica, pero la desembocadura del torrente creador no lo es menos.

A juzgar por lo aquí comentado y por lo que se ve por ahí, últimamente parece estar de moda esto de dejar para la posteridad un recuerdo en forma de catálogo de cuantas exposiciones, con cierta enjundia, se celebran. No parece mala moda si el resultado es una publicación como ésta o como la anteriormente comentada. En este caso, además, se recurre a la inclusión del argumento de autoridad en la materia, es decir, que el catálogo se abre con varios artículos de especialistas –Christian Beaufort- Spontin, comisario de la exposición y responsable de la Armería de Ambras, Álvaro Soler del Campo, Conservador de la Real Armería de Madrid, Sylvia Ferino-Pagden y Gianluca Banzanoque, en unas pocas páginas, nos ilustran sobre el contenido de la muestra desde perspectivas varias, para dar inmediato paso al recuento de las obras, cada una de ellas con la pertinente exégesis. Moda plausible y que se puede lucir.

Esto del comentario exegético viene muy a cuento y sabe bien a quienes, profanos de ambos mundos, queremos empaparnos un poquito más de la minúscula historia y de este particular arte. Porque a la explicación de las diversas armaduras se le ha añadido un breve comentario sobre los personajes que, in illo tempore, las lucieran. Todo un detalle que hace más amena la lectura y contemplación de la obra. En resumen, un libro entretenido y vistoso para los amantes del acero y de la seda, de la historia pasada y de lo que, tal vez, mañana también será precisamente eso, historia.