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UNA NOCHE EN LA CABAÑA LOS JERONIMOS

RIVAS, Félix A

Publicado en el año 2003 en la Revista de Folklore número 271.

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Recorriendo la carretera que une las poblaciones aragonesas de Épila y Muel, entre los ríos Jalón y Huerva, puede descubrirse en su entorno una tupida red de construcciones que durante mucho tiempo fue creando la población de la zona para facilitar sus labores agrícolas y ganaderas. Entre estas construcciones destacan por su número y originalidad las "cabañas": cuevas excavadas utilizadas como albergue temporal por muchos labradores de la comarca de Valdejalón durante las temporadas de mayor trabajo en los campos.

Cualquiera de estos labradores, si hubiera tenido ocasión y voluntad, habría podido escribir algo parecido a las siguientes líneas (1).

Casi era diciembre ya, pero aún nos había cundido el día. Habíamos labrado entero el tablón (2) de arriba, donde sembraremos cebada en cuanto haya buen tempero, y después de comer estuvimos podando la viña de la val. Mientras yo labraba por la mañana, mi hermano que es algo más pequeño que yo se encargaba d'espedregar. Aunque ésa no era tierra de grija (3), la que dicen que va mejor para las cepas, tenía bastantes cascajas y piedras y cale (4) limpiarla siempre que se puede, sobre todo para que no melle las hoces al segar. Y ahí estuvo el Juan, juntando las piedras en montoncicos, echándolas en la espuerta y llevándolas al borde del barranco donde las tiraba por la pendiente.

-Manenpleadas (5) -decía de vez en cuando-, si las hubiera pillau el abuelo ya estaría haciendo un abrigo (6) de esos tan buenos, o una cabaña de las de obra, con la maña que tenía pa obrar.

Por la tarde pasamos a la viña de la val, un poco más lejos de nuestra cabaña. Así que hacia las cinco y media paramos, que todavía teníamos que pasar por el pozo y recogernos antes de que se hiciera de noche. Otros, como el Puche, tienen los campos cerca de la cabaña y no les toca andar como a nosotros casi media hora cada día. Aunque peor sería si tuviéramos que ir y venir del pueblo todos los días, porque a comienzos de semana a lo mejor con el carro nos tiramos casi tres horas pa llegar.

Ya en el pozo (7), eché el pozal al agua y lo saqué tirando de la carrucha. Estaban algo mejor los pozos y las balsas porque habían caído unos borrascazos y casi se habían llenado. No como antes, que después de no llover durante semanas cayeron unas heladas tremendas y había que romper el hielo para sacar la poca agua que quedaba.

En ese momento, mientras la mula y el macho acachaban la cabeza pa beber de la pileta, llegó el Grabiel con su macho.

-Paice que ha hecho mejor día hoy, ¿no? -le dije.

-¡No va a hacer! Mejor día que ayer cualquiera, que con el mal cierzo que se levantó me tuve que echar casi en el suelo dentro el abrigo que está junto a los almendros, y allí comiendo un bocao a mediodía y bien solo que estaba... ¡pasé un miedo...! -¡Así que estabas solo! Si me han contado que te apretabas mucho a una que la quieres mucho -le dije yo mientras le hacía el gesto de empinar el codo. Y es que el Grabiel le tiene gran afición a la bota.

-Bueno –me respondió entre las risas de mi hermano es verdad que cuando tengo frío ésa nunca me dice que no, por lo menos hasta que no acabo con ella.

Nos fuimos para la cabaña y, al llegar, casi era de noche. Mi hermano les quitó los aparejos a los abríos y fue poniendo cada cosa en su lugar: los collerones en los palos de dentro la cabaña y la cesta de la comida y los aperos en el bujero (8). Yo entré los animales a la cuadra y los amarré a las estacas. Cogí un poco de paja y de pienso y se les eché en el pisebre. Me senté en el escalón de la pajera (9) a mirar un poco el fuego que mi padre había encendido hacía un rato. Se estaba bien allí adentro ahora que empezaba a hacer frío de verdad. Bajo tierra se recogía muy bien la calor y, si no llegaba a helar, una buena lumbre en el fogón era bastante para estar a gusto.

-Ala niño -me dijo padre- ¿qué haces ahí parau?, encárgate de mantener el fuego y cuida que no se pegue el arroz, que quiero pasar a la cabaña los Miterios a preguntarles una cosa.

Tenía buena pinta la paella, con tres o cuatro cachos de adobo y la verdad es que tenía hambre. ¿Qué sería lo que iba a hablar padre con los Miterios? Ya tenía ganas de que volviera pa que me contara.

-Juan -le dije a mi hermano en broma- cuando acabes de plegar (10) todo, no te olvides de hacer bien la cama y dejar las sábanas bien lisas, ¡eh!

Al otro lado de la cuadra, dentro del bujero, se oyeron resonar las risas de mi hermano, -no te preocupesme respondió, -que si no tenemos mantas suficientes, ahora le estoy echando leña a la estufa-. Me volví y vi que lo que estaba haciendo era echarle más paja a los animales en el pisebre. Esta vez me reí yo también con ganas de la ocurrencia.

Luego volvió padre y nos contó que el capataz de la Casa Mazas había venido a hablar con él. Resulta que uno de sus peones se había partido un brazo al caerse de un árbol y entonces iban a necesitar durante varios días uno o dos mozos para la poda de los manzanos. Le preguntamos si era conocido el de la caída y nos dijo que no, que era de La Muela y que no bajaba mucho por Épila. Había pasado a decírselo a los Miterios y el pequeño dijo que iría él y que mejor si le acompañaba Juan, pues eran grandes amigos. Mi hermano puso cara de contento y padre le dijo que podía ir él, que nosotros nos apañaríamos pa rematar la poda de la viña y que además nunca venía mal que alguien de la familia trajera algunas perras de fuera.

La paella ya estaba a punto y los tres nos sentamos sobre los bancos de la cocina alredol de la sartén con patas con una cuchara en la mano, y así fue pasando la cena sin hablar mucho y cada uno enfrascado en sus cosas. Lo único que dijo padre era una queja a la que no le dábamos mucha importancia. -Con lo que me gustan los panes que hace vuestra madre... y cómo se nota que ya estamos a jueves, bien poco le falta a éste p'amanecer florecido (11).

Al terminar restregué la sartén con un poco de paja blanca y agua del cantaro, la volví a limpiar con otro poco de paja limpia y ya estaba lista para el almuerzo.

Serían casi las siete aún y decidimos acostarnos ya. En la pajera, encima de la paja, había unos sacos de arpillera sobre los que nos echamos en calzoncillos y con alguna manta por encima. Se escuchaba el chisporroteo de las últimas brasas y aún más cerca, al otro lado del pisebre, el respirar profundo de las dos caballerías. Desde allí también llegaba el ácido olor a orines y el tibio calor de los cuerpos de los animales, ambos iban juntos y juntos había que tomarlos o dejarlos. Tanta tranquilidad, el cansancio del día y la suave temperatura de la cabaña nos fueron venciendo y nos quedamos dormidos los tres.

Habrían pasado tres o cuatro horas cuando semejante calma se rompió de pronto: alguien golpeaba con fuerza la puerta de entrada.

-¡Chicoooos! ¡Ande s'ha visto que los Jeronimos se metan en la pajera antes de las doce! ¡La vergüenza de la juventud d'Epila! Abrir, mecagüenlaputaaa...

Mi hermano abrió los ojos, brillantes y animosos, y me miró como preguntándome. Padre se dio media vuelta y se quedó tercamente acostado a pesar del ruido y el bullicio que armaban los de afuera. Realmente padre se estaba haciendo mayor, ¡con lo que le gustaba antes una buena juerga!

Al fin me levanté. Tampoco me disgustaba la idea, al fin y al cabo tenía que levantarme un poco más tarde para echar de nuevo comida a las caballerías y así mataba dos pájaros de un tiro. Quité el cerrojo y abrí la puerta. Una bocanada de aire frío entró aunque un segundo antes lo que se me vino encima fue el zancarrón del Tomás, el de los Ratones, que con sus noventa kilos se había caído sobre mí porque estaba recostado en la puerta cuando yo abrí la hoja hacia dentro.

Después de las risas, el Tomás y tres jovenzanos más de su quinta que yo no conocía mucho se sentaron en torno al fogón. El Juan se puso a encender el fuego.

- ¡Meca qué frío hace en esta cabaña! Tomar unos tragos a ver si entráis en calor. Y usté Tío Jeronimo, acérquese a echar unas cantas.

Regañando por lo bajo se levantó padre, se vistió y se arrimó al fuego que empezaba a arder.

-Por lo menos espero que el vino que traéis no esté picao, que si no...

Así que, sin pensarlo mucho, comenzamos un poco tarde la tresnochada (12). Y es que no te podías resistir a esos momentos porque después, en el campo cansao ya de tantas horas trabajando, te acordabas de los buenos ratos en compañía que luego ibas a pasar y te daba ánimos pa seguirle arañando un poco de beneficio a la tierra.

Echamos unas patatas en las brasas y nos pusimos a charrar de cómo iba el tempero, de las penurias que estaban pasando algunas familias después de la guerra, de los señoritos que estarían en sus casas con lujos y manjares mientras nosotros disfrutábamos de las patatas asadas con vino recio...

-Ahora ya no vive nadie en el palacio del conde, pero dicen que es propiedad de los Duques de Alba que allá en Andalucía tienen muchas tierras y mucha gente que les sirven. Y antes aún se ve que era peor, que mi abuelo me contaba que en su tiempo fue cuando dejaron de pagarle al conde un diezmo de cada cosecha, y hasta a la Iglesia había que pagarle, si es que los curas a mí nunca han hecho más que jodeme...

-Pues yo no les veo nada malo, -respondió uno de sus amigos que tenía fama de beato- se preocupan por todos, les dan caridad a los pobres...

-¡Ala! -les cortó padre- dejaros ya de hablar de cosas serias. Tomás, pásame la bota y échate una jotica de esas que sabes tú.

Se levantó entonces el Tomás y dijo: pues ésta es poco maja, dicen que la cantaba el Tío Chindribú (13). Tomó aire y la jota (14) resonó entre las paredes excavadas de la cabaña. Afuera, sobre el nivel del suelo, corría el cierzo y las estrellas brillaban en lo alto: "Y he visto una cosa rara / madre baje usté corriendo / y he visto una cosa rara / tres mujeres en el horno / y las tres están calladas / y las tres están calladas / madre baje usté corriendo".

Nos gustó mucho a todos y le convidamos a que le diera otro trago a la bota. Entonces me puse derecho y con cara muy seria dije en voz alta: -¿A que no sabéis este acertijo (15)? Dice así, "Levanta el cobertor, no me seas perezosa, que te la vengo a meter, que traigo tiesa la cosa". A ver si sabéis qué es.

Mi hermano se había puesto todo royo y mi padre, que seguro que conocía la respuesta, no decía nada y empinaba de nuevo la bota.

-¿No será... -dijo uno de los visitantes- el calentador de la cama? -Pues no –le dije- y os lo voy a decir. Es... ¡la indición! Aún no se habían acabado las chuflas y ya se había levantado otro de los que yo no conocía mucho.

-Y ahora, con el siguiente trago, voy a echar yo un recitau que aprendí en una bodega en las fiestas de Muel, -tomó aire y de una sola respiración dijo todo de corrido- "Las cepas de aquellas viñas / son como grandes carrascas / y un grano que se derramó / se marchó por mar a Francia / Los franceses que la vieron / cantaban la tararara / yo también la cantaré / si este vino no se acaba / Este vino angelical / salido de este barral / tú me curas tú me sanas / tú me das las buenas ganas / medicos y cirujanos / me lo dan por miricina / yo como tengo tercianas / he dicho / que lo tomo / como quina".

Mi hermano se envalentonó y parecía que iba a empezar una jota pero como todos le miramos con atención, giró la cara y dirigiéndose a nuestro padre le dijo: -Pues es verdad que se ha acabado la bota. Tendremos que sacar algo ¿no?- Así que padre sacó la calabaza donde guardaba un poco de vino y se la pasó al Tomás que, antes de echarse un trago, dijo: -¡Pero calabaza tenéis en esta cabaña! si parece que me esté bebiendo la meada un tocino- Y lo decía porque como la calabaza no tiene agujero de respiradero, el vino caía a borbotones, igual que mea un tocino.

Así fueron pasando las horas, entre el repertorio de los abuelos, las nuevas de los pueblos de alrededor y buenos lamparillazos de tinto de vez en cuando. Hasta que no sé por qué, debí de meterme en mis propios pensamientos y comencé a darle vueltas a la cabeza, que si tendríamos manera de acabar un poco antes la poda de la viña, que a ver cómo iba el tocino de casa pa poder pensar en hacer la matacía antes de Navidad, que no me se olvidase hablar con un amigo que tenía una cabaña de obra en la parte del Sabinar a ver si podía dejarme la llave pa dormir allí mientras sembraba la tabla que tenemos de trigo,... y entonces me di cuenta de que ya serían las dos o las tres de la mañana y que había que levantarse con el sol para aprovechar la luz... y entonces decidí irme a dormir. A los demás tampoco les importó mucho porque siguieron cantando y voceando, y padre con ellos. Realmente, pensé, no está tan mayor como creía.

Y así, claro, no había manera de dormir. Entonces me levanté y les grité que o se iban o les echaba yo. El fuego se había muerto y la luz del candil iluminaba ligeramente la cocina y la pajera. -Además- dije -que se nos está acabando el aceite del candil-. Y cogí y apagué el candil y a oscuras abrí la puerta y comencé a sacar uno por uno a todos los que habían venido entre protestas exageradas.

Por fin pude cerrar la puerta y volver a la pajera. Padre y Juan, como tontos, ya se habían acostado y parecían dormidos. Me hice un hueco entre ellos pa tener un poco menos frío y conseguí quedarme dormido enseguida hasta que, antes de que el sol hubiese salido, una olor de rica que hubiese despertado a un muerto me hizo levantar de repente: padre estaba preparando las migas y otro día comenzaba de nuevo en la cabaña.

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NOTAS

(1) Este relato forma parte de un amplio estudio realizado a iniciativa del Servicio de Patrimonio Etnológico, Lingüístico y Musical del Gobierno de Aragón y que con el título de Las "cabañas" (cuevas excavadas de habitación temporal) y otras construcciones secundarias en el entorno de la carretera Épila-Muel ha sido publicado íntegramente en la página web: http://www.aragob.es/edycul/patrimo/etno/epila/portada.

(2) Tablón: faja de tierra cultivada de grandes dimensiones.

(3) Grija: pequeño canto rodado.

(4) Cale: hay que, hace falta.

(5) Manemplear: desaprovechar.

(6) Abrigo: pequeño refugio descubierto y normalmente de planta curva cuya función principal era proporcionar un resguardo del cierzo.

(7) Pozo: aljibe descubierto que recogía y guardaba el agua de lluvia para su uso por parte de personas y animales de labor.

(8) Bujero: nicho o pequeña estancia en una "cabaña".

(9) Pajera: pajar, estancia utilizada para guardar la paja y también como dormitorio.

(10) Plegar: recoger.

(11) Florecer: enmohecer.

(12) Tresnochada: velada junto al hogar.

(13) El Tío Chindribú fue un famoso jotero epilense que vivió hacia mitad del siglo XIX.

(14) Esta jota fue recogida por Luis Miguel Bajén y Mario Gros en Tarazona.

(15) Este acertijo fue recogido por Inmaculada Carné y Pilar Bernad en Belchite.