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COMENTARIOS TEMPRANOS SOBRE LA ARQUITECTURA RURAL DE CASTILLA

BELLIDO BLANCO, Antonio

Publicado en el año 2003 en la Revista de Folklore número 274.

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Cada día es mayor el interés que se presta a la arquitectura tradicional. Se destaca de ella, por contraste a los estilos arquitectónicos históricos, su intemporalidad, su adecuación a los elementos que proporciona el entorno, su funcionalidad o el anonimato de sus constructores. Son una serie de valores que muchos ven perderse al tiempo que desaparecen o se reforman los viejos edificios. Se ha llegado de este modo a plasmar la obligación de su protección en las leyes relativas al Patrimonio Histórico y Cultural, tanto nacionales como autonómicas, y han tenido cabida entre los Monumentos.

Quizás haya sido esta situación de amenaza de parte de nuestro patrimonio lo que ha propiciado su defensa. Pero no siempre fue así, sino que este sentimiento se ha ido forjando poco a poco con el paso del tiempo gracias primero a la sensibilidad de unos pocos individuos. Éstos fueron capaces de llamar la atención sobre determinados elementos de esa arquitectura modesta y humilde que no reclamaba para sí ninguna gloria ni mención en escrito alguno. Queremos atender en este trabajo a algunos de esos primeros testimonios aislados que fueron abriendo un hueco donde destacar la importancia de la arquitectura de los núcleos rurales por encima de razones puramente artísticas o técnicas.

Los primeros que describen y plasman por escrito la riqueza de nuestra región son los viajeros que la recorren, ya fueran eruditos, cortesanos o diplomáticos. Sus textos pueden recogerse al menos desde el siglo XI –aunque hay narraciones de viajes muy anteriores que pueden remontarse a los escritores griegos y romanos–, pero se centran fundamentalmente en describir las grandezas y las miserias de las ciudades, lo que les deslumbra de la corte y las condiciones de los caminos. Poca atención les merecen los pueblos que jalonan su recorrido, más allá de las críticas a las pésimas condiciones de las fondas.

No obstante, pueden encontrarse breves descripciones que aluden a las viviendas de los campesinos. En ellas los viajeros extranjeros reflejan su sorpresa ante la miseria que reina entre los españoles y sus pésimas condiciones de vida. Algunas han sido recogidas por Concha Casado, pero ciñéndose a los límites de la provincia de León (1994: 67-74). De todos los textos posibles hemos seleccionado algunos de Joseph Townsend, que atravesó España en 1786-1787. Resultan casi ofensivos en sus escuetas alusiones, donde prodiga apelativos despectivos para las construcciones y su interior, repitiéndose varias veces el adjetivo “miserable”.

“Ataquines [en Valladolid] es una ciudad miserable que fácilmente se podría tomar por un pueblo. Las casas bajas y mal construidas en ladrillos, con un tejadillo por la parte de delante, son en número de doscientas setenta, para alojar a ochocientas personas.” (García Mercadal 1999: 84)

Cedinos [todos estos pueblos son de Valladolid, salvo el último, que es de Ávila] “contiene cien cabañas, cuyas paredes son de tierra, y dos iglesias. Vecila tiene sesenta miserables habitaciones, con dos iglesias (…); Mayorga no tiene más que seiscientas cincuenta lamentables casuchas (…) Alvires es miserable; Matallana, todavía más; Santas Martas, un poco menos, y Munilla no hay motivo para que sea alabada. Todas sus casas están construidas igualmente con barro y caen en ruinas.” (ídem: 88)

“En Toral [en León] (…), apenas hubimos llegado examiné el terreno y tomé el inventario de los muebles. Encontré en el cuarto (porque no había allí más que uno) dos camas, dos bancos rotos, una mesa estropeada y una pequeña lámpara que dejaba gotear su aceite y que humeaba en el centro del cuarto.” (ídem: 112)

“…a buscar un abrigo en un pueblo miserable llamado Malpartida [¿en Ávila o en Salamanca?]. La posada no contenía más que una cama para toda la familia (…). Además de la alcoba, había allí, como de ordinario, una cocina o pieza de cerca de diez pies cuadrados, que tenía un hogar elevado, sobre el cual había una pequeña abertura en el tejado para dejar paso al humo. Alrededor del hogar reinaba un ancho banco, que durante el día servía de asiento y durante la noche de cama. Allí es donde el posadero se proponía echar paja para mí, dejando a mi guía medir su longitud sobre el suelo en el otro extremo de esa magnífica habitación.” (ídem: 119)

A su vez Gaspar Melchor de Jovellanos resulta aún más breve a la hora de incluir referencias sobre cómo era la arquitectura de los pueblos que atraviesa en sus viajes, mientras que se extiende en alusiones sobre los monumentos y obras destacadas, castillos, iglesias, caminos, puentes, paisajes y aprovechamiento agrícola y las industrias. De sus recorridos por el norte de España, hemos seleccionado los siguientes textos, el primero del 31 de agosto de 1791 y los otros dos del 1 de octubre de ese mismo año.

Entra en Castilla por el norte de Burgos y describe lo que ve sobre los núcleos rurales: “población rara y reunida; lugares viejos, sucios; malos edificios.” (Jovellanos 1992: 40). Sobre Simancas, “plaza espaciosa, y en ella las Casas Capitulares, renovadas con una fachadita de tres balcones de buena y sencilla arquitectura.” (ídem: 52). Respecto a Tordesillas, “la plaza de la villa es muy pequeña y mala; las calles empedradas, pero sucias y molestas; los ruedos del pueblo abandonados.” (ídem: 56)

Esto da una imagen de qué era lo que llamaba la atención de los viajeros: aquéllo que se aleja del progreso y la modernización que empieza a extenderse en los países más avanzados. No obstante, las cosas cambian y a finales del siglo XIX se pueden encontrar descripciones relativas a la peculiar morfología de las casas en determinadas regiones. Sin duda es un tiempo nuevo en el que los eruditos se acercan al mundo rural, ya sea por el auge de los nacionalismos o por el creciente interés por los sectores campesinos europeos considerados “incultos” y “atrasados”.

Para los últimos años del siglo XIX y el inicio del siglo XX, se constata la importancia del regeneracionismo. Se aprecia en muchos escritores el deseo de recuperar los valores tradicionales, la importancia del campo y la ruptura con los factores de su atraso y su miseria. Los regeneracionistas trataban de modernizar el mundo rural y escriben sobre la necesidad de imponer una agricultura más moderna, de reforestar Castilla y de desarrollar el regadío, tanto como de luchar contra el caciquismo y contra la ignorancia campesina.

Sobre las viviendas de los pueblos destacan su primitivismo, construidas con adobe y tapial, con escasos huecos al exterior y un mobiliario reducido y antiguo. Aluden a la inexistencia de pavimentación en las calles, con lo que en invierno se convierten en barrizales, mientras en verano se asemejan a aldeas norteafricanas. Hablan de la falta de alcantarillado y agua corriente, al tiempo que las aguas estancadas podían servir como criadero de infecciones (Varela Ortega 2001: 258-60).

Dentro de este ambiente pueden diferenciarse un grupo de intelectuales frente a otro de novelistas. Autores como Miguel de Unamuno, en una etapa tardía de su producción, llaman la atención sobre aspectos pintorescos de algunos pueblos que recorren en sus viajes, como en los siguientes textos de principios de los años treinta. No obstante, la parte principal es la ocupada por las reflexiones sobre el hombre castellano, el atraso del campo, los paisajes y, dentro de las localidades, las ruinas y las iglesias.

“Medina de Rioseco, ciudad castellana, abierta, labradora, (…). Su calle principal, su rúa, más bien el carrejo de una casa de comunidad, en que se puede conversar, a través del llamado arroyo, de ventana a ventana o de balcón a balcón enfrentados.” (Unamuno 1966: 648)

En Palenzuela encuentra “callejas combadas, con verdaderas cárcavas urbanas en los muros roídas por siglos. Boquean las ruinas en silencio, pues ni se oye el estertor de su agonía. (…) Y ¿por dentro? En unos soportales, sostenidos por pies derechos muy torcidos –troncos sin descortezar–, unos lugareños nos miraban con descuido.” (ídem: 656) “A cosa de dos leguas largas de esta abierta ciudad de Palencia yace, anejo de Autilla del Pino, cerca de Paredes del Monte, el caserío de Paradilla del Alcor(…). Casas abandonadas que se derrumban, escaleras exteriores sin aramboles –barandillas–, y como colgadas en algunas, tal pobre higuera o un saúco señero, que al arrimo de las tapias toman el sol.” (ídem: 662)

Estamos ante una literatura que retrata el campo de una manera idealista y casi bucólica, sin entrar apenas a considerar los problemas reales del mundo rural. Es así como las referencias a la arquitectura se ciñen a lo puramente estético, buscando lo que pueda ligarse al abandono y el atraso del ámbito rural castellano. Antes, en 1895, había escrito algunas alusiones sobre la morfología de los pueblos en “En torno al casticismo”, dentro de un volumen donde se plasma una crítica al perjuicio que representa para el desarrollo del capitalismo la acusada diferencia entre campo y ciudad:

“La población se presenta, por lo general, en el campo castellano recogida en lugares, villas o ciudades, en grupos de apiñadas viviendas, distanciados de largo en largo por extensas y peladas soledades. El caserío de los pueblos es compacto y recortadamente demarcado, sin que vaya perdiéndose y difuminándose en la llanura con casas aisladas que le rodean, sin matices de población intermedia, como si las viviendas se apretaran en derredor de la iglesia para prestarse calor y defenderse del rigor de la naturaleza.” (ídem: 810)

Ricardo Macías Picavea, escritor y político vallisoletano algo mayor que Unamuno, publica una novela en 1897 donde refleja su visión de los pueblos de Tierra de Campos. Por un lado ansía crear una “novela regional” de tipo castellano, del mismo modo que en otras regiones habían surgido novelistas que reflejaban las condiciones de vida de las clases populares, retrataban unos tipos característicos y buscaban reflejar la esencia original de los pueblos. Pero a la vez se trata de un proyecto destinado a analizar el problema agrario de Castilla, denunciando la situación económica, social y cultural. Una vez más se destaca la miseria reinante y el sometimiento de la población rural al engranaje caciquil, intercalando algunos detalles sobre la arquitectura.

“En ellos [en los pueblos castellanos], con raras excepciones correspondientes a un pasado de grandezas históricas hoy totalmente desvanecidas, jamás aparecen la casona ni el pazo: todas sus casas corresponden a una idéntica y vulgar categoría de la burguesía rural. La fábrica de piedra no existe; la construcción monumental de ladrillo tampoco; el trazo y la ornamentación arquitectónicos sólo se ven, como en Grecia, consagrados a Dios en los templos, jamás al hombre en las habitaciones.” (Macías Picavea 1897: 40)

Describe así mismo una vivienda que incluye entre las de aspecto solariego ocupadas por algunos de los más acomodados del pueblo, la de Ildefonso Bermejo.

“Llegó hasta el centro de un gran patio medianamente empedrado (…). Mientras los aludidos se dirigían a las cuadras, colóse por entreabierta cancilla, al través de la cual se irradiaba cierta claridad rojiza y vibrante, en un semiportal, semipasadizo, de encaladas blanquísimas paredes, embaldosado con baldosa-ladrillo y todo él lleno de poyos, cantareras y asientos arrimados a la pared, ora de madera, ora de obra. (…) entróse derecho a la cocina, donde (…) ardía ya la más alegre y coruscante lumbrada(…). Rodeado el fogón de dos anchas y bien cortadas glorias, ostentaba la de la derecha, colocada hacia el rincón de la cocina, una colchoneta.” (ídem: 42-6)

“Entremos ya en mi cuarto y descansemos (…) [La habitación] Era bastante espaciosa, estaba entarimada, tenía la decoración de comedor, y en el fondo se veía amplísima camilla, vestida de verde pañete y con dos magnos sillones de tapicería arrimados a ella. Una buena lámpara de petróleo encendida colgaba en el centro de la misma. En los sillones tomaron asiento padre e hijo, notando éste al punto cuán espléndido brasero ocultaba el camillón bajo sus faldas.” (Ídem: 86-7) Pero su descripción es más dura, y también más escueta, cuando alude a las casas de los campesinos más humildes, que son la mayoría de las del pueblo.

“La mayor parte, con la traza de las llamadas casas molineras, bajísimas, estrechas, de tapiería casi todas, a teja vana no pocas, masa común donde se guarnecían las familias obreras del villorio.” (ídem: 42)

En la primera década y media del siglo XX (1903-1919) contamos con los boletines de la Sociedad Castellana de Excursiones. Esta sociedad fue creada en 1903 en Valladolid con el objetivo de fomentar el conocimiento de las tierras castellanas, calando fundamentalmente en las clases medias de profesionales liberales (abogados, catedráticos, periodistas, arquitectos). Para ello habían de realizar excursiones periódicas a distintos puntos de la región, imitando a otras sociedades de Madrid, Barcelona y Sevilla. En las páginas del boletín se plasman los temas de su interés, como la naturaleza, las Bellas Artes, la arqueología, la historia y la literatura, pero además indagando en ellas pueden encontrarse alusiones, muy escuetas, a la arquitectura de los pueblos visitados en sus viajes.

Lo que más llama la atención de los excursionistas es sin duda lo relativo al urbanismo, a las calles y plazuelas de Portillo (nº 35, noviembre de 1905), de Torrelobatón (nº 43, julio de 1906) y de Toro (nº 102, junio de 1911), los soportales de Medina de Rioseco (nº 16, abril de 1904) o la plaza también con soportales de Tordesillas (nº 20, agosto de 1904). En esta localidad se dice además de “su villa, que tiene en abundancia edificios solariegos y hermosas construcciones. Típico y característico es el barrio de los judíos que aún conserva miserables casuchas de aquella época…”.

Desde la segunda década del siglo XX empiezan a ver la luz algunos estudios monográficos sobre arquitectura popular. Su profundidad es sin duda desigual, y aunque no son raros los que se refieren a tierras leonesas (Frankowski, Fernández Valbuena, Luengo Martínez), salmantinas (Apraiz, González Iglesias), sorianas (Manrique, Herrero y Pacheco, Aragoneses) e incluso segovianas (Marqués de Lozoya, Peñalosa Contreras), pocos se dedican a las tierras del centro de Castilla. Las alusiones a esta zona de España hay que encontrarlas principalmente en las obras generales (Torres Balbás, García Mercadal). No obstante, estamos ante los primeros trabajos serios sobre arquitectura popular y marcan el despertar de esta rama de la antropología.

Al mismo tiempo, se ve una mayor preocupación por las cuestiones sociales. Ésta se manifiesta en una corriente plenamente desligada de la antropología y que puede considerarse más cercana al ensayo y a la reivindicación política. Uno de los primeros que denuncian la tergiversación de los textos literarios, con la creación de tipos pintorescos y un campo libre de sufrimientos, es Julio Senador (1993). No obstante, sus comentarios sobre la vida de los campesinos no le lleva a describir su arquitectura.

Otra muestra, mucho más generosa en cuanto a descripciones arquitectónicas y su análisis, se encuentra en la obra “La Tierra de Campos, región natural”, de Justo González Garrido, que dedica un capítulo a los pueblos y la arquitectura rural (González 1993: 341-57). Copiamos aquí sólo algunos párrafos.

“Los pueblos suelen ser apiñados en su parte más antigua o nuclear, y abiertos con vías más amplias y rectas en su parte exterior. Las calles, comúnmente angostas, tortuosas, llenas de desniveles y altibajos, se estrechan o se ensanchan, se interrumpen o se entrecruzan con irregularidad. A veces afectan formas y trazados semicirculares alrededor del núcleo central, dejando extraños callejones sin salida y rincones caprichosos que denuncian la anarquía constructiva y una absoluta ausencia de urbanización.”

“Las casas sencillas, modestas, de tapial y adobe, trulladas de barro en su paramento, con planta cuadrada o rectangular, tejado a dos aguas, tienen generalmente uno o dos pisos a lo más con pequeñas ventanas y algún balcón. Los muros, tanto interiores como exteriores, de estos edificios, son muy frecuentemente de tapial, bloque de tierra moldeado entre tablas, que ya llamó la atención de Plinio por su solidez y resistencia, u hormaza de arcilla y guijarros, que San Isidoro describe como edificación propia de España y África y que se encuentra también en Siria y otros países de clima árido, acreditando que esa construcción, aparentemente deleznable, resulta como un cemento primitivo, menos coherente, pero fuerte y duradero para siglos.”

“La estructura de las casas es sencilla, casi uniforme y tradicional; la que dicta la necesidad elemental de cobijarse y procurar el descanso. Notable en primer término resulta la diferencia que se aprecia entre la pobreza y descuido de los paramentos exteriores y el interior, bastante más atendido, pues las viviendas campesinas más humildes no son por dentro, ni mucho menos, los antros espantosos que se encuentran por otras partes, donde toda incomodidad y miseria tienen asiento, y que el aspecto externo inclina a suponer, sino muy al contrario, ofrecen en la mayor parte de los casos interiores sencillos, pero cómodos, no exentos de arreglo y aseo, aunque desprovistos de todo lujo ornamental. Bien que las habitaciones de las casas principales suelen mostrar pinturas y muros empapelados con adornos de zócalos de madera en el comedor y frisos de escayola en otras estancias, lo más común y corriente es encontrar en ellas la alegre y prístina blancura del enjalbiego, que practican las mismas mujeres de la casa y produce una agradable impresión de limpieza y claridad. Los suelos, de ladrillo, pintados de almagre, brillan también de relimpios y los techos son frecuentemente de madera sin pintura, así como las puertas de pino en su color natural, formando todo un conjunto sobrio y elemental. Hacia el exterior la puerta de entrada, partida a veces en dos hojas para poder usar el portal o zaguán como habitación de verano, cerrándose solamente la hoja inferior; así como la cocina es en invierno, alrededor del hogar el refugio de la familia.”

“Cada familia habita generalmente una casa y sólo por excepción y transitoriamente viven varias en un solo edificio. Vivir bajo el mismo techo implica un vínculo familiar. Se habita generalmente, hasta para dormitorio, la planta baja; y la alta, cuando la hay, se dedica a habitaciones de excusa o graneros. La base de las estancias está en la cocina, con el hogar bajo, casi a la altura del suelo, donde se quema paja de los cereales a fuego lento y anchas llamaradas que alegran la tristeza de las noches invernales. La sobria decoración se reduce a la ancha campana y los trebejos indispensables. Rodean la cocina dos o tres piezas más, a las que se da acceso por un gran portalón, que es a la vez paso al corral, donde se abren las dependencias de la explotación agrícola: cuadras, paneras, pajares, cobertizos para los carros y arados, cochiquera y horno, aunque ya no suele ser ocupación doméstica la de cocer pan.”

El tono ha cambiado con respecto a publicaciones anteriores. Son testimonio completos, faltos sin duda de planos que detallen la estructura urbana y doméstica –si bien se acompañan de varias fotos–, pero donde se muestran aspectos fundamentales y variados de la arquitectura rural. Se habla de la morfología del urbanismo y de la falta de normas de planificación que constriñan el crecimiento y la evolución. Se habla de los materiales, que se adecuan a las disponibilidades del medio, y se detalla la estructura de las viviendas y el reparto de los espacios funcionales, así como de los elementos de adorno y ornamento. E incluso se refiere el uso concreto de cada espacio por parte de los habitantes.

Pero tampoco faltan alusiones a los cambios que la modernización está trayendo a estas localidades tradicionales, visible ya en 1940. Y ello sin caer en una crítica negativa simple, sino valorando las ventajas que trae para los pueblos.

“Más frecuentes aún que estos venerables edificios son otros de corte moderno, vulgar remedo de la construcción urbana en ciudades populosas, que desentonan lamentablemente en el conjunto de la población, pero que proporcionan a sus moradores las comodidades suficientes para hacer más llevadera la vida rural. Las viejas ciudades y las villas prósperas de mayor vecindario, donde estas novedades aparecen generalmente, cuentan la misma forma de vida que las aldeas en los arrabales y barrios extremos, pero con las plazas y calles centrales mejor urbanizadas, esbozando algunos servicios de policía municipal que en medio de su aspecto aún rural y vetusto, dan la impresión de una mejora de vida y aspiración de bienestar.”

Los años fueron pasando al principio sin importantes aportaciones, pero desde los años setenta, y sobre todo a partir de los ochenta, son muchos los especialistas que se incorporan al estudio de la arquitectura popular. Proceden de campos como la antropología, la arquitectura y la historia, lo que ha enriquecido las visiones de cada uno de los estudios y ha deparado un incremento sustancial en el conocimiento de esta arquitectura. Hoy son ellos los que han recogido el testigo de estos trabajos pioneros que hemos querido glosar aquí.

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BIBLIOGRAFIA

Boletín de la Sociedad Castellana de Excursiones. Valladolid, 1903-1916.

CASADO LOBATO, C. (1994); Así nos vieron: la vida tradicional según los viajeros, Centro de Cultura Tradicional, Diputación de Salamanca.

GARCÍA MERCADAL, J. (1999); Viajes de extranjeros por España y Portugal, tomo VI, Junta de Castilla y León, Valladolid.

GONZÁLEZ GARRIDO, J. (1993); La Tierra de campos, región natural, Ámbito Ediciones, Valladolid (edición original de 1941).

JOVELLANOS, G. M. de (1992); Diario (Antología), Editorial Planeta, Barcelona.

MACÍAS PICAVEA, R. (1897); La Tierra de Campos, Librería de Victoriano Suárez, Madrid.

SENADOR GÓMEZ, J. (1993); Castilla en escombros. Las leyes, las tierras, el trigo y el hambre, Ámbito Ediciones, Valladolid (edición original de 1915).

UNAMUNO, M. de (1966); Obras Completa. I. Paisajes y ensayos, Escelicer, Madrid.

VARELA ORTEGA, J. (2001); Los amigos políticos. Partidos, elecciones y caciquismo en la Restauración (1875-1900), Marcial Pons-Junta de Castilla y León, Madrid.