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EDUARDO XIMÉNEZ COS (1824-1900), PATRIARCA DE LA INVESTIGACIÓN FOLKLÓRICO MUSICAL VALENCIANA

PICO PASCUAL, Miguel Ángel

Publicado en el año 2003 en la Revista de Folklore número 274.

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Los primeros músicos valencianos interesados en recuperar la tradición popular musical de su región fueron D. Eduardo Ximénez Cos (1824-1900), de quien nos ocuparemos en esta aportación, y el jesuita Mariano Baixauli Viguer (1861-1923). Mientras el primero es conocido por una interesante colección manuscrita de cantos populares datada en 1873, que todavía permanece inédita, el segundo nos ha legado otra atractiva compilación que reúne una seleccionada muestra de tocatas de danza y procesionales de la ciudad de Valencia, que fue editada en el Cancionero musical de la provincia de Valencia por Salvador Seguí en 1980 (pp. 508-.538). Con anterioridad a estos folkloristas, que desarrollaron su labor a finales del siglo XIX, habría que destacar la figura pionera del P. Eximeno, eminente filósofo, matemático y esteta musical, que incluyó una dulzaina valenciana en el apéndice de su Dell’ origine e delle regole della musica colla storia del suo progresso, decadenza, e rinnovazione, obra impresa magistralmente en Roma en 1774 en los talleres de Michel Angelo Barbiellini (1). La primera pieza de tradición popular recopilada de la región valenciana es precisamente esta dulzaina que el jesuita valenciano decidió incluir en su obra por hacer alarde a su ciudad de origen.

Las siguientes muestras folklórico musicales valencianas de las que tenemos constancia hoy en día, fueron recopiladas por Eduardo Ximénez en la década de los años setenta del siglo XIX y se hallan en la Biblioteca Nacional de Madrid (sig. M-1020). El manuscrito, de tan sólo cuarenta y tres páginas, fue enviado por el compositor valenciano en 1873 a D. Francisco Asenjo Barbieri, que se lo solicitó con fecha 14 de abril. El título de la colección de cantos y danzas populares valencianos es: Música de los cantos populares de Valencia y su provincia, transmitidos al papel y coleccionados por el profesor de música valenciano Sr. D. Eduardo Ximénez.

Esta recopilación le fue encargada al autor por la subcomisión provincial de industria de Valencia para que figurara en la Exposición Universal de Viena de 1873. La colección consta tan sólo de once piezas, siete cantos para ser acompañados con instrumentos de cuerda y cuatro melodías de dulzaina, que son acompañadas de una descripción de los instrumentos tradicionales típicos de la región, que comprende dibujos, extensión y registro. Los instrumentos relacionados son la guitarra, el guitarró, la octavilla, la cítara, la dulzaina y el tabalet. Esta colección y la descripción instrumental será aprovechada posteriormente por José Inzenga Castellanos en su obra Cantos y bailes populares de España. Valencia (Madrid, 1888), quien presenta varias transcripciones realizadas por Eduardo Ximénez en su obra, como por ejemplo la jota del carrer, la jota valenciana, la alicantina y el ú y el dos.

El manuscrito conservado en la Biblioteca Nacional contiene, en primer lugar, la dedicatoria al maestro Barbieri: “Una pequeña memoria; al distinguido compositor de música Don Francisco Asenjo Barbieri, de su amigo Eduardo Ximénez”. El exordio fue redactado por Emiliano Teiperó y está datado el 10 de abril de 1873. En él, tras presentar el objetivo de la obra, figurar en la célebre Exposición, hace una reflexión acerca de la utilidad de la obra y su originalidad, llegando a sostener la influencia árabe en la música popular valenciana

Las once piezas que contiene la obra de Ximénez son las siguientes: La alicantina, la jota de calle, l’ú i el dos, la jota valenciana, el paño moruno, el punt de l’habana, albades -todas ellas cantos para ser acompañados con instrumentos de cuerda-, la xáquera vella o danza de nanos y gigantes de la procesión del Corpus, danza de la magrana, el faitó del baile de Torrente y melodía de procesión –todas éstas, melodías de dulzaina–. Al final de la obra indica pretenciosamente: “Son también cantos populares de la provincia de Valencia, mas no originales, la jota aragonesa, la malagueña, las mollares, el vito, la caña, la cachucha, las seguidillas manchegas y algunas más que pertenecen a distintas provincias de España”.

La importancia de la colección es indudable, ya no sólo por el valor histórico, sino por ser testimonio de la manera de contemplar y estudiar el fenómeno folkórico musical.

A pesar de que Fermín Pardo en una mejorable publicación acerca de la música tradicional valenciana, se empeñe en atribuir a Carles Pitarch el descubrimiento de este manuscrito, hemos de apuntar que éste ha sido conocido y utilizado con anterioridad por muchos etnomusicólogos del siglo XX. De la obra tuvo conocimiento hasta D. Eduardo Martínez Torner, quien en sus Temas folkóricos. Música y poesía, publicada en Madrid en 1935, especificaba: “Es esta, sin duda, la colección más notable de canciones valencianas. Ignoro el lugar y año de su impresión, pues yo he manejado sólo el manuscrito original que se conserva en la Biblioteca Nacional con la signatura M. 1020 y que tiene la fecha 1873” (pg. 107). Que yo sepa, éste destacado etnomusicólogo asturiano fue el primero en consultar la obra. El afán de protagonismo y la falta de honestidad profesional, unido al pleno desconocimiento de la bibliografía, lleva a algunos — 134 — Miguel Ángel Picó Pascual intrusos a sentar cátedra con afirmaciones absurdas, que enseguida son copiadas y difundidas por otros con tal de enaltecerse mutuamente (2).

La única aportación etnomusicológica de Eduardo Ximénez es esta colección, que se ha conservado en la actualidad gracias a Barbieri, quien la solicitó a su autor con fecha 14 de abril de 1873. Si bien esta recopilación de cantos y danzas populares valencianos, fue preparada para la Exposición Universal de Viena, la obra, que no vio nunca la luz, fue solicitada al autor por muchos músicos, según expresa en sus cartas el músico valenciano. Ximénez sólo atendió la petición de Barbieri con tal de buscar su protección, tal y como nos revela la correspondencia del maestro editada por el profesor Casares Rodicio. El 21 de abril Ximénez comunicaba al maestro madrileño: “esta misma semana le remitiré el ejemplar que se está copiando para mí” (3). A pesar de que el profesor Galbis afirma en la biografía redactada para el Diccionario de música española e hispanoamericana, que la empresa recopilatoria, de la que no sabemos absolutamente nada, fue realizada con prisas, -en tan sólo ocho días-, su argumento es incorrecto. Una frase sacada de contexto le ha llevado a semejante afirmación. El 24 de abril de 1873 Xímenez le mandaba la obra encuadernada en piel al maestro Barbieri y anotaba en la carta: “ se buscaron, se escribieron, se copiaron y se encuadernaron en ocho días” (4). Salta a la vista que se está refiriendo al envío que está preparando para Barbieri, no a la empresa folklórica.

El 29 de abril Barbieri le contestó, y a pesar de que esta carta no se ha conservado, según se desprende de la carta escrita por Ximénez el 4 de mayo de ese mismo año, el sabio musicólogo le indicó varias correcciones. En la postdata de esta carta Ximénez escribe: “Procuraré, si llega el caso de editar los cantos y danzas, corregir las faltas que Vd. ha tenido a bien indicarme; sus consejos de Vd. son para mí preceptos que respeto y agradezco” (5).

Las intenciones de Ximénez al mandarle el manuscrito a Barbieri eran, tal y como refleja la correspondencia conservada, buscar refugio y protección, que se produjo sólo en parte. Barbieri no tardó en apadrinar y editarle unas melodías para canto y piano, pero nunca le proporcionó el ansiado libreto de zarzuela que le reclamaba el compositor valenciano, que deseaba ávidamente salir del anonimato y dedicarse a la composición del género chico. El 8 de enero de 1874 le escribe: “¡ah!… si Vd. me diera la mano y me sacara de este estado tan triste, ¡…un libro, un buen libro, por favor, y mi dicha sería completa!” (6). Con anterioridad, en el mes de noviembre, le había expresado: “procure por medio de sus buenísimas relaciones y por medio de los periódicos, darles a las melodías todo el realce posible con el fin de que circulen y me den nombre” (7). La insistencia rayó la pesadez (8) y, muy probablemente, el maestro se cansó de sus constantes peticiones, y silenció de tal manera que el músico valenciano se quejó al no recibir un artículo suyo publicado en 1881. El 12 de junio de ese año le escribía del siguiente modo: “¿Le he faltado en algo al admirado Mtro?” (9). Todavía cuatro años después, en 1885, reclamará el anhelado libreto: “cuántos de aquellos tendrá Vd. la dicha de tirar bajo la mesa, de los cuales alguno recogería yo de buena gana” (10).

La fama de Eduardo Ximénez nunca traspasó los límites de la ciudad de Valencia. Como pedagogo gozó de una conocida reputación, como compositor destacó ya no sólo en el género religioso – su condición de organista de la parroquia de Santo Tomás en un principio, entre 1839 y 1846, y posteriormente de San Bartolomé, le llevó a escribir muchas piezas dedicadas al culto eclesiástico –, sino en el zarzuelístico. De entre sus producciones destinadas a la escena sobresalieron El barbero de Alcalá, Capuchín en Catarroja, La sigarrera, La conspiración femenina y La casa del diablo. Hoy en día, su obra más conocida es su recopilación de cantos populares valencianos, a pesar de no haber visto nunca la luz.

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NOTAS

(1). PICÓ PASCUAL, M. A.: Una dulzaina valenciana del siglo XVIII, Revista de Folklore nº 253, Valladolid, 2001, pg. 27.

(2). FRECHINA, J. V.: L’octavilla, Caramella IX, pg. 71, nota 4.

(3).ASENJO BARBIERI, F.: Documentos sobre música española y epistolario (legado Barbieri), Madrid, Vol. II, pg. 1096.

(4). Idem.

(5). Idem: pp. 1096-97.

(6). Idem: pg. 1098.

(7). Idem: pg. 1097.

(8). El 14 de junio de 1874 le escribe: “¿No tendrá el Mtro. Barbieri, el amo y dueño de todos los poetas de Madrid, una zarzuelita para ponerle música este pobre provinciano” (Idem, pg. 1098). El 19 de octubre le vuelve a suplicar le patrocine una zarzuela en un acto.

(9). Idem.

(10). Idem: pg. 1099.