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LOS HORNOS EN LA ARQUITECTURA POPULAR DE LEON: LA CABRERA

CASADO LOBATO, Concha / PUERTO, José Luis

Publicado en el año 2004 en la Revista de Folklore número 277.

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El pan es uno de los emblemas y de los símbolos centrales de la supervivencia humana, también de la labor del hombre en el tiempo y en el contacto con la tierra. Es el alimento por excelencia, que se da, se recibe y se comparte; símbolo también, por tanto, de los vínculos humanos, de la fraternidad.

Llegar hasta el pan supone haber pasado por toda una serie de labores campesinas que no sólo requieren el contacto con la tierra, con la naturaleza, sino también la sumisión a unos ciclos temporales, estacionales, que conforman al hombre y lo vinculan con el devenir temporal: la siembra en el otoño, la espera en el invierno, la arica de la primavera, la siega y la trilla o la maja en el verano, para terminar con la recogida del grano y de la paja, llevando aquél al molino para obtener la harina.

El ritmo del pan requiere, pues, lentitud en la labor humana, observancia de los ritmos del tiempo, disponibilidad a lo que dictan las estaciones. Requiere, en definitiva, sintonía con la naturaleza, con los ciclos del mundo; sintonía con el mundo natural que caracteriza y define al campesinado.

Hasta aquí queda plasmada la labor que requiere el pan en lo exterior, en el contacto con la naturaleza. Pero hay otra labor interior que el pan exige para hacerse. Se realiza ésta ya dentro de la casa, en sus estancias, en la intimidad. Y aquí aparece la mujer como protagonista. Y aquí aparecen los ritmos femeninos, con la delicadeza de las manos, con una entrega que es ofrenda a toda la familia y a su supervivencia.

Qué hermosas e íntimas son las labores femeninas del pan. Hasta meterlo en el horno, se ha de cerner la harina, se ha de enlleudar, se ha de amasar, se han de trazar las formas de panes y de hogazas, se ha de acostar lo amasado para que esa química secreta de la masa enlleudada alcance su estado más propicio, se ha de meter, en fin, el pan en el horno crepitante y abrasador para que se cueza el alimento solar por excelencia.

Y toda esta labor interior que el pan exige ha hecho que se cree una estancia de la casa, de la vivienda campesina: el horno, verdadero santuario del pan, una habitación comunicada con el resto de la casa y en la que se realizaban las labores que hemos descrito del proceso del pan; pero en cuyos techos se colgaba también el embutido para que se curara, y que, a la vez, servía de despensa del propio pan cocido, pues se amasaba cada semana o cada quince días, según los lugares.

Además, el horno adquiría un protagonismo muy especial en los días previos a la fiesta patronal de cada pueblo, pues entonces las mujeres, con recetas heredadas de sus madres y abuelas, preparaban los dulces tradicionales para convidar a parientes y amigos, así como para tomar la propia familia.

Hay toda una cultura tradicional muy hermosa en torno al pan y al horno. Si tuviéramos que buscar raíces y antecedentes a tal cultura, los hallaríamos antes en la tradición semítica que en la tradición clásica. Bástenos recordar, en la Biblia, esos pasajes tan conocidos del Evangelio de la multiplicación de los panes y de los peces, o ese icono tan arquetípico de la cultura occidental que es la última cena, con el pan y el vino sobre una mesa de celebración, pero ya también con presagios de muerte.

En la provincia de León, hay zonas y comarcas que cuentan con hornos de un gran valor dentro de lo que es la arquitectura popular; son hornos que muestran también en el exterior de la casa su forma redondeada y que, al dar a la calle y al estar a la vista de todos, conforman un paisaje urbano de alto valor estético en el rincón donde se ubican y se hallan. A veces, desgraciadamente, por incuria y desconocimiento de su valor, han sido destruidos, por lo que nos vemos obligados desde aquí a hacer una llamada, a dar un toque de atención a autoridades provinciales, municipales y a los vecinos, para que se respeten y se valoren.

Entre las áreas leonesas que cuentan con hornos, muchas veces protegidos bajo tejadillo, al exterior de la vivienda, podemos citar tanto zonas de la arquitectura de la piedra como de la del barro, lo que nos habla de su extraordinaria variedad. Así, nos encontramos con estas edificaciones en la Cabrera, en las Omañas, en las riberas del Porma, del Esla (de un gran interés son los de la comarca de Rueda) y del Cea, o zonas de la Tierra de Campos, entre otras varias.

Hoy comenzamos por los hornos de esa comarca emblemática, cuya arquitectura popular hay que proteger, que es la Cabrera. Y vamos a detenernos en los hornos que podemos todavía ver en Villar del Monte, un pueblo singular de la Cabrera Alta. Sorprenden al visitante esos hornos de barro, con sus paredes redondeadas, que asoman en algunos corredores de madera de las viviendas. Es un bello contraste de colores el que presentan los variados materiales que conforman la vivienda: piedra, madera, pizarra y, con el horno, se añade el barro.

El horno es una pieza fundamental en la vivienda cabreiresa. Y la tarea de amasar y cocer el pan era un quehacer casero y familiar. El horno solía estar emplazado en la cocina. En este pueblo de Villar del Monte contemplamos el horno en el corredor de la primera planta, porque allí está la cocina. (Y en una pequeña vivienda de una sola planta, vemos el horno, pegado a ella, bajo un tejadillo). También podemos ver “la casa el forno”, es decir, el horno separado de la vivienda, una pequeña construcción para albergar el horno, con la masera y demás utensilios utilizados en la preparación del pan, que solía ser pan de centeno, aún recordamos las exquisitas hogazas de pan de centeno que salían de los hornos de Cabrera.

Las partes fundamentales del horno son: la buqueira o abertura practicada en la parte anterior de la pared, por la que se introducen las urces que se queman en el interior hasta lograr la temperatura necesaria y uniforme. Estas urces se distribuían y esparcían por el suelo del horno con un largo palo que llaman furganeiro. El suelo se encuentra a la altura de la buqueira y debajo de él está situada la borrayeira, donde se recoge el rescoldo y la ceniza que resultan de la combustión. Y en las paredes del horno, por encima de la altura del suelo, se encuentran los llorigos o llourigos, línea de piedras de pizarra que sobresalen hacia el interior del horno, un poco elevadas del suelo, donde se colocan las hogazas, cuando el suelo es insuficiente para recibir el total de las piezas que componen la hornada.

En un recorrido por los otros pueblos de la Cabrera encontraremos las paredes redondeadas del horno destacándose en los muros de la vivienda, o esas construcciones independientes llamadas “la casa el forno”. Una arquitectura singular, un patrimonio cultural que debemos valorar y no dejar que desaparezca.