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INDUMENTARIA TRADICIONAL EN LAS HURDES (y II)

BARROSO GUTIERREZ, Félix

Publicado en el año 2004 en la Revista de Folklore número 277.

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“A todos aquellos hurdanos y hurdanas honestos y cabales, sin dobleces, que me transmitieron el saber antiguo de su pueblo”.

Habíamos dejado, en el número 269 de FOLKLORE, al ilustre hijo de la localidad hurdana de Pinofranqueado: Romualdo Martín Santibáñez, desmenuzando lo que nos cuenta en su obra (1) sobre la que, en tiempos, se denominó como “Dehesa de la Syerra” o “Dehesa de Jurde”. Y en lo tocante a la indumentaria de los vecinos de tal zona (hoy más conocida como “Hurdes Altas”), esto es lo que nos dice:

“Los vestidos que generalmente usan los que habitan la dehesa de Jurde, entre los menos acomodados, son calzón corto de paño burdo con follados a su parte inferior, el cual les cubre desde la rodilla a la cintura; camisón de estopa o tascos con un cuellecito muy angosto, abrochado con un botón de hilo; un chaleco de ancha solapa, también de paño burdo, sujeto con ataderos de hiladillos; una piel de cabra o macho muy sobada, con cuyo trabajo la hacen flexible, la cual preparan y cuelgan por el pescuezo, sujetándola con correas y formando una especie de coraza, que les cubre toda la delantera; otra piel preparada por el estilo, aunque más corta, que lo hace por la trasera; otra piel del mismo modo preparada formando una especie de calzón abierto que ciñen con correas a la cintura y muslos; unos retazos de la misma piel hechos a manera de polainas, con que cubren las piernas y pantorrillas; y un mal sombrero que han adquirido de los desechados ya en los pueblos circunvecinos, a cambio de nueces. También se visten con las ropas desechadas que de los pueblos inmediatos van a venderles a cambio de lino. Las mujeres usan una camisa de estopa y tascos con un cuellecito como el que gastan los hombres en sus camisones, también con botón de hilo; un manteo de paño burdo de tres picos y con repulgos azules, y una esclavina de bayeta frisa de muy cortas dimensiones y de diferentes colores, al estilo de las del campo de Ciudad-Rodrigo, y en sustitución de ésta han principiado a usar un pañuelo azul pequeño de algodón. Comúnmente no usan calzado de ningún género hombres ni mujeres. Los hijos, hasta ya bien entrados en edad, no visten más que la camisa de tascos y el refajo hecho con los desechos de ropa vieja que vienen a venderles. Los hombres, cuando salen de sus casas o alquerías a otros pueblos, no acostumbran llevar más prendas de vestir que el calzón, la camisa, un mal chaleco si acaso, un costal al hombro y un sombrero”.

A la luz de estas descripciones, nos permitimos significar las siguientes anotaciones:

1.- Que la pintura que Martín Santibáñez nos traza sobre las vestimentas de los habitantes menos acomodados de Las Hurdes Altas, no distan mucho de las que gastaban, en aquellos años del siglo XIX, los moradores de otras comarcas españolas.

Ya vimos, por ejemplo, en la primera parte de este trabajo, la descripción que Juan Loperráez hacía sobre la indumentaria de los vecinos del obispado de Osma, en la serranía burgalesa.

2.- Los habitantes de la “Dehesa de Jurde”, que se corresponde a los actuales concejos de Nuñomoral, Casares de Las Hurdes y Ladrillar, incluida la alquería de La Rebollosa (hoy, inexplicablemente adscrita a la provincia salmantina), preservaban sus ropas con las características zamarras y zahones, como en otras áreas pastoriles, realizadas con pieles de reses cabrías, tan abundantes en sus serranías.

Incluso protegían sus pantorrillas, a modo de polainas, con tales pieles: son las llamadas “engórrah” por los propios hurdanos, y que junto con zamarras y zahones (denominados también “chamárrah” y “zajónih”), se han venido usando hasta no hace muchos años.

3.- Curiosa resulta la referencia a que adquirían los hombres sombreros desechados en los pueblos circunvecinos, a cambio de unos puñados de nueces. Bien cierto puede ser ello, pues oímos contar muchas veces a gente de comarcas extremeñas cercanas a Las Hurdes lo apreciadas que eran las nueces de tal comarca, aunque debió ser en tiempos pasados, pues, hoy en día, se cuentan con los dedos de la mano los nogales que quedan por tierras hurdanas. Por otro lado, el sombrero fue, a lo largo de los siglos, algo obligado en los varones hurdanos. Y tanto cariño le cogían a tal prenda, que hasta se permitían tocarse con él hasta dentro del templo. Veamos, sino, lo que se lee en los archivos parroquiales de Nuñomoral, con motivo de la Santa Visita del obispo de Coria en el año de 1648:

“…Y ordenamos que varón ninguno se halle presente con el sombrero puesto en la Iglesia en tanto se executan los ofizios divinos, y viudo ninguno tampoco en pasando los nuebe días, so pena de excomunión”.

No es de extrañar, por ello, que, de unos años a esta parte, cuando se ha dado en revitalizar y potenciar las figuras de los tamborileros, danzarines y otros personajes propios de la tradición folklórica hurdana, todos ellos hayan procurado adquirir un buen sombrero de paño negro, al que adornan con aterciopelada cinta roja.

4.- Háblase, así mismo, de las “menderas” (2), unas mujeres que arribaban a Las Hurdes con ropas viejas y desechadas, que, según algunos, muchas de tales prendas pertenecían a difuntos. Los hurdanos adquirían esos ropajes, a los que denominaban “mendos”, a trueque de lino, una planta cultivada por todas las familias hurdanas, que sabían hilar con mucha destreza. El lino tuvo tal importancia en la zona, que ha generado bastante literatura oral, bien sea en cuentecillos o adivinanzas, romancillos y otros textos etnográficos (3). El propio Romualdo Martín Santibáñez nos dice, en tal sentido:

“…Es tal la constancia de las mujeres en la rueca, que durante todo tiempo puede decirse que no se la quitan de la cintura. Si están en casa, hilan; si salen a la calle, es hilando; si van a sus huertos, también van hilando; y si tienen que salir a algún pueblo, o ir de una alquería a otra, para no malgastar el tiempo que empleen en el camino, y que éste se les haga más corto, hilando van también”.

5.- El hecho de andar descalzos hombres y mujeres de pie y pierna, tampoco debe de extrañar por aquellos años del siglo XIX, porque documentación hay, incluso ya bien entrado el siglo XX, de otras zonas donde tampoco se acostumbraba a gastar media y zapato, por lo que la planta de los pies de los paisanos se había transformado en suela natural, de puro y duro callo. Nosotros también hemos conocido, siendo muchachillos (a mitad de la década de los 60 del pasado siglo), personas en la comarca de Tierras de Granadilla (fronteriza a Las Hurdes) que andaban descalzas en todo tiempo, incluso en el propio rigor del invierno. Y hemos oído contar a nuestras madres que, siendo mozas, se quitaban el calzado a la hora del baile que tenía lugar, en la plaza del pueblo, los días de fiesta. Lo colocaban debajo de los poyos, y todo con el afán de que “no se zaleasi” (no se estropeara), por lo que bailaban descalzas.

GENTE ACOMODADA

Sigue Romualdo Martín describiendo la indumentaria de la gente más acomodada de Las Hurdes Altas. Y hablar, dentro de la comarca hurdana, de grandes diferencias sociales, es puro sinsentido, pues prácticamente la totalidad del vecindario de la zona fue, en otros tiempos, cortada por el mismo patrón de una economía de subsistencia. Y a lo mejor consideraban como “más riquínuh” (acomodados) a los que tenían algún tipo de negocio (que podíamos considerar cuasi prehistórico), como podría ser el dedicarse a explotar algún rústico lagar de aceite o molino de centeno, o ser humilde comerciante o mesonero, o coger equis fanegas de castañas o de cántaros de aceite, o tener una buena piara de cabras… Háblanos Romualdo de la siguiente manera:

“Los más ricos, como ellos dicen, usan su calzón de paño pardo; su chaleco de paño azul, de solapa grande, abrochado con ataderos al estilo de los charros; sus polainas de la misma clase de paño; su chaqueta y zapato de vaca; su camisón de estopa o lienzo basto, fabricado en el país, y su sombrero de lana basto fabricado en Plasencia. El uso de la capa está sustituido por el de la angüarina, y sólo los concejales cuando en corporación asisten a las funciones religiosas usan capa, la cual, generalmente hablando, debió pertenecer a su quinto o sexto abuelo, siendo prenda familiar y de servicio para todo aquel que, como ellos dicen, tiene la desgracia de pertenecer al ayuntamiento. Las mujeres de la misma clase gastan su camisa de estopa o lienzo basto de la misma hechura de las que usan en el campo de Ciudad-Rodrigo, con festón y bordado de lana negra al cuello y pechera, y con puños a las boca-mangas, con flecos y bordados de lana; su manteo de paño pardo con ribete azul, y su esclavina de bayeta, con zapato de oreja de ratón o de hebilla, con su tacón alto. En el invierno se cubren la cabeza con una especie de pañuelo hecho de bayeta morada, al que llaman “serenero”, prendiéndolo a la garganta con un corchete por los dos picos primeros, y dejando al aire los dos restantes. Rara vez usan medias para calzarse, y en los días de fiesta cuando se visten para ir a misa, suelen hacerlo con medias coloradas de lana con cuadrado blanco. El desaseo en los días de trabajo es muy general, tanto para lavarse, cuanto para peinar su enmarañada cabellera, llegando a tanto el abandono de sí mismas, que reparan muy poco en ir con los pechos cubiertos o descubiertos, usando comúnmente de vestido sólo la camisa y el manteo si es verano”.

A través de estas pinceladas sobre vestimentas de la clase acomodada de la “Dehesa de Jurde”, el señor Santibáñez comienza pintándonos a un hurdano que en poco se diferencia de la imagen tradicional del campesino charro, embutido en traje de fiesta. Pero pronto surge la ironía al comentar que, en el terruño, vuélvese la capa anguarina, y ésta como herencia de tres o cuatro generaciones anteriores. Y dícese de tal prenda que es como algo distintivo de todo aquel que “tiene la desgracia de pertenecer al ayuntamiento”. Sinceramente, nos choca tal afirmación, porque, en Hurdes, al menos desde el advenimiento de la democracia (bienvenida sea), se han postulado muchos vecinos para formar parte de las más dispares candidaturas municipales. Claro está que no es la ideología lo que cuenta a la hora de ir bajo las siglas de éste o aquel partido, sino que, en esta comarca, son otros intereses muy complejos los que cuentan, relacionados con la preponderancia y rivalidad secular entre diferentes clanes. Las malas lenguas dicen que alcaldes y concejales van a chupar lo que pueden, que los bosques de pinos y cortas de madera son muy rentables para ciertas fuerzas vivas, que tales puestos permiten especular con el terreno del común, etc., etc. De aquí que las elecciones municipales en Hurdes sean algo singular y pintoresco, donde gente que se presentaron –valga el ejemplo – en una lista de ultraizquierda, pasen a formar parte, al cabo de un tiempo, de otra lista de la derecha más reaccionaria, o que líderes que fueron, antaño, de determinadas formaciones políticas, hoy sean alcaldes por partidos de signo contrario. Tales campañas municipales son muy reñidas, con ánimos muy encrespados y altercados que han llegado a ocasionar incidentes bastante graves. Todo ello puede ser el fruto del paso de un sistema basado en los concejos abiertos (aunque indirectamente controlados por ciertos clanes) a otro de tipo partidista, donde los clanes han tenido que adaptarse a nuevos modelos, con intervención ya de fuerzas externas a la comarca. Suponemos que a medida que vaya habiendo más rodaje democrático esta gente acabará por adaptarse al rol de la democracia burguesa, aunque los clanes seguirán actuando en la sombra, si es que merece la pena seguir defendiendo intereses que muchas veces ya están periclitados.

En lo que corresponde a las hembras de la clase social que analiza Romualdo Martín, después de vestírnoslas como a galantes campesinas a la salida de misa, echa todo un jarro de agua fría cuando se trata de hablar sobre ellas en los días de trabajo. Como corresponde a todo un personaje conservador y ultracatólico, ideología donde mamaba don Romualdo, se escandaliza que algunas hurdanas (y de las acomodadas) fueron con los pechos al aire, cosa bastante común en otras culturas y civilizaciones. Cuando nosotros comenzamos a impartir tareas educativas en Las Hurdes, a principios de la década de los 80 del siglo XX, era muy normal que, en muchos pueblos, las lactantes se sacaran los pechos públicamente para amamantar a sus hijos, cosa que no nos extrañó a los que, procedentes de comarcas cercanas, lo habíamos visto hacer desde pequeños.

Al señor Santibáñez, pese a ser hurdano y llevado de buenas intenciones, le pierden, en las páginas que escribió sobre su tierra, sus prejuicios morales y materiales. Y si a él le traicionaron tales prejuicios, que era hijo de Las Hurdes, nos podemos imaginar lo que les ocurrió a otros que habían nacido a cientos de kilómetros de esta comarca (Madoz, Gregorio Marañón, Luis Buñuel…, e incluso a gente versada en lides antropológicas, como Maurice Legendre o Caro Baroja).

Y nada tenemos que objetar al desaseo personal que observa en las mujeres (y de los hombres se podía decir otro tanto) el señor Romualdo Martín. Pero eso era algo tan connatural en las sociedades rurales de aquel tiempo, que nos llevaría mucho tiempo en disertar sobre los conceptos de higiene de los oriundos en aquellas fechas y el tabú que, a veces, suponía el agua.

Nos extraña que el señor Santibáñez no haga mención a las “chancas”, calzado artesanal muy usado en la comarca hurdana, del que ya hablamos en la primera parte de este trabajo. Los “chanquéruh” o fabricantes de “chancas” fueron muy mentados en la zona y sobre ellos corren muchos cuentecillos y anécdotas. Pero, al parecer, las “chancas” no eran privativas de Las Hurdes, pues así llamaban a un calzado semejante en la tierra de La Limia (Ourense) (4).

LOS PIDIORIH

Romualdo Martín, al hablarnos de la “Dehesa de la Syerra” o “Dehesa de Jurde”, dedica unas buenas parrafadas a la que podemos denominar “casta de pordioseros de oficios” a quienes los propios hurdanos denominaban “pidiórih”. Aún está por hacer un riguroso estudio de estos “parias entre los parias”, en los que se entremezclaba una fina picaresca con la necesidad de sobrevivir. Ellos ocupaban el último escalafón dentro de la pirámide social de la zona, aunque los hubo que, gracias a su ingenio y el haber amasado una pequeña fortuna (“cuártuh jórruh”) a base de mendigar incluso por países americanos, pasaron a la cúspide de tal pirámide. Muchos de ellos eran hospicianos, sacados de las inclusas de Ciudad-Rodrigo y Plasencia por nodrizas hurdanas, que a cambio de criarlos, recibían unos espendios de las Diputaciones de Salamanca y Cáceres. A la hora de partir la herencia, sólo recibían una quinta parte de la que se destinaba a los hijos legítimos. Hoy en día, cuando se quiere mostrar menosprecio hacia ciertas familias, se comenta:
“–Se nota que ésuh vienenin de pidiórih”. Aunque puede suceder lo que oímos, allá por mil novecientos ochenta y tantos, a un individuo que frisaría los 40 años, en un mitin de un partido político. Como el individuo en cuestión acababa de entrar en una formación a la que se suponía cierto ramalazo anticlerical, no tuvo pereza alguna en exclamar, jactándose de ello:

–“…Y es que fuendu yo, de pequeñu, con la mi familia a pidí una limosna pol esuh múnduh de Dios, los cúrah, que siempri andan arrimáuh a los rícuh, moh echarun más de una vez de loh portálih de lah igrésiah, ande mos habíamuh arriáuh pa pasá la nochi…”.

Pero, tal vez, a esta casta de pedigüeños se ha conservado, en la comarca, un corpus de romances y cuentos que ocupan un lugar destacado dentro de la cultura oral de los pueblos de España. Y es que el saber narrar cuentos y dar su gracia a los romances (o “cóprah”, como dicen ellos), ayudaba a que las limosnas fueran más enjundiosas. Al rebufo de los pordioseros, había también gente que, al regreso de las faenas de siega en Extremadura y Castilla, simulaban mil y una lisiaduras e iban pidiendo de pueblo en pueblo; así obtenían unos sobresueldos extras.

Romualdo Martín dícenos sobre esta gente:

“Los pordioseros de oficio, que por desgracia es plaga bastante más abundante en el país de lo que debiera ser, y que pudiéramos extender hasta la cuarta parte del vecindario de estos tres concejos, en vestidos y costumbres varían de las de los otros habitantes de este territorio. En esta rama de la raza humana, degenerada e indolente, es donde no se quieren reconocer los necesarios oficios a la vida, y donde su ocupación es la holganza más soez, salvo el tiempo que emplean en pedir limosna, reunidos en caravanas o diseminados por familias en las provincias inmediatas, lo que efectúan lo mismo los hombres que las mujeres, los ancianos que los jóvenes y niños. En esta desgraciada raza es en donde está enclavada la malicia, la haraganería, la inmoralidad y todas las plagas consiguientes. Visten sólo de harapos, porque si en sus excursiones a mendigar su sustento por los pueblos comarcanos, la caridad cristiana les socorre con algunas ropas de regular uso, ellos las venden o destrozan a fin de que parezca más lamentable su situación, y de este modo poder llamar mejor la atención de los caritativos corazones, y obtener más crecidas limosnas…”.

Unos cincuenta años más tarde, hacia 1927, otro personaje, también conservador y católico, hablaba sobre los “pidiórih”, pero echábale ironía al caso y no se mesaba tanto los cabellos contemplando la desgraciada situación de tales gentes. Nos referimos al antropólogo francés Maurice Legendre (5), que se encuentra enterrado en el monasterio de la Peña de Francia, el espacio sagrado por excelencia para el pueblo hurdano. El hecho de que Maurice Legendre fuera antropólogo, le hace ver con otros ojos a los pordioseros hurdanos, llegando a decir que los ancestros de Lázaro de Tormes debían estar en Las Hurdes, a juzgar por las muchas habilidades picarescas de que se valían ciertos hurdanos para engañar a unos y medrar a costa de otros.

Abundando en lo dicho y como anécdota, valga lo que nos ha contado muchas veces una vieja tabernera de nuestro pueblo natal: Santibáñez el Bajo. Esta vecina, Emiliana Jiménez Corrales, que aún vive, relataba que por su taberna pasaban muchos hurdanos en el mes de julio, cuando regresaban de segar por tierras de Coria y se dirigían a sus pueblos. Emiliana afirmaba que, entre los segadores, venían varios “pidiórih” (ver más arriba lo que dijimos sobre segadores y “pidiórih”). Y refería que, entre aquellos “pidiórih”, destacaba una moza por lo bien que cantaba las coplas y repicaba unos rollos de río entre sus dedos. Sus acompañantes convenían en señalar que la moza tenía por pretendiente al mejor mozo de la aldea, y era así en razón a que aquella muchacha era la que más gracia tenía para pedir de toda la alquería, y ello era cosa que se tasaba pero que muy alto.

Reiteramos que el apasionante tema sobre los pordioseros de oficio en Las Hurdes está necesitado del pertinente y profundo estudio. De aquí que animemos, desde estas páginas, a algún hijo del territorio hurdano para que bucee en estas coordenadas socioantropológicas e hilvane un concienzudo trabajo.

Estamos totalmente de acuerdo con José Miguel de Barandiarán (6) cuando parafrasea al profesor W. Wundt, de la Universidad de Leipzig: “Las culturas no son adecuadamente inteligibles para quien no las vive”. O cuando el propio Barandiarán añade de su cosecha:

“No podemos comprender la cultura con sólo observar los símbolos, sino viviendo la realidad a la que éstos se refieren, en contacto con los hombres vivientes que actúan en relación con el medio y con sus semejantes”.

Por ello, alguien que haya mamado de las pizarrosas tetas de Las Hurdes, sin tabúes ni prejuicios, ecuánimemente cualificado, podrá emprender el trabajo que proponemos, que, sin lugar a dudas, coadyuvará a entender mejor a los legendarios hurdanos, sobre los que tantas leyendas sin fundamento se tejieron desde el exterior, sin prestar atención a las interesantes, arcaicas y coloristas leyendas incrustadas en el interior de sus tradiciones orales.

Y dejando ya a nuestro don Romualdo recreándose en observar, en los días festivos, a los hombres hurdanos entretenidos en sus juegos y en beber vino, y a las mujeres hurdanas en bailar al son del pandero, pasamos a describir otras impresiones sobre la indumentaria hurdana, que autores varios trazaron con sus plumas en los albores del siglo XX.

REVISTA “LAS HURDES

No hemos parado en repasar las conferencias que el doctor J. B. Bide leyera, bajo el título de “Las Batuecas y Las Jurdes”, en la Sociedad Geográfica de Madrid en diciembre de 1891 y enero de 1892, y que fueron publicadas en el boletín de dicha Sociedad Geográfica. Y no nos hemos parado porque, si cierto es que en ellas hay temas muy interesantes, apenas nos dicen nada en lo concerniente a lo que a nosotros nos incumbe en estos momentos: la indumentaria tradicional del hurdano. Prácticamente, lo que afirma en torno a esta cuestión es copia (a veces copiado literalmente) de lo que ya había plasmado, en 1876, Romualdo Martín Santibáñez.

Pisando ya el siglo XX, concretamente en 1904, surge la revista “Las Hurdes” de la que habría mucho que hablar, pero no es éste el momento (7). En el número 18, correspondiente a julio de 1905, nos topamos con un artículo titulado “Impresiones de viaje”, que firma José Polo Benito, persona que ostentó el cargo de canónigo de la catedral de Plasencia, muy vinculada a Las Hurdes y que fue víctima, residiendo en Toledo, de la Guerra Civil, en agosto de 1936. En el mencionado artículo leemos párrafos como el que sigue: ç

“…Son hurdanos que vienen desde las alquerías a la misa parroquial. Salieron de su casa al amanecer. Los de las alquerías altas emplearon dos horas en el camino y los de Ovejuela cuatro horas. Caminan lentamente, en procesión lúgubre, como los aldeanos gallegos cuando van a la siega. Es encantador el espectáculo que ofrecen las márgenes del río del Pino. Por los contornos del pueblo vénse llegar los grupos, de ellos, los más pudientes, con jaique largo y sin cuello, los otros con calzón de caprea (zahones), de piel suave y flexible a fuerza de frotamientos. Las mujeres llevan en un hatillo la ropa dominguera, y a la sombra de los castaños calzan su pie con tosco zapato, se lavan y se peinan y se colocan en el respingado moño un gran cordón con borlas”.

Polo Benito nos describe el desfile emprendido por algunos hurdanos y hurdanas del concejo de Lo Franqueado, que, al llegar el domingo, se desplazaban de sus alquerías para oir misa en la cabeza del concejo: la localidad de Pinofranqueado. En este mismo artículo, como cosa curiosa, resalta que dicho pueblo de Pinofranqueado comenzaba, en aquellos años, a sustituir las lanchas pizarrosas de los tejados por tejas.

Dos años más tarde, en julio de 1947 (núm. 42 de la revista “Las Hurdes”), otro artículo firmado por la grafía “C” y titulado “Las Bodas”, refiérenos las prendas que debería llevar una moza hurdana el día de su boda (concretamente en la alquería de La Fragosa, en el valle del Malvellido). He aquí la exposición: – Unas varas de lino para una camisa (se confeccionaban en la zona).

– Algunas varas de “moletón” (muletón: tela suave y afelpada) para una saya.

– Algunas varas de “trasmarino” para una “mandila”.

– Algunas varas de “percal colorao” (percal: tela de algodón) para una “jugona” (jubón).

– Alguna vara de “picote” (tela áspera y basta, de pelo de cabra; las hurdanas guardan memoria de sus famosas “sáyah de picoti”) para un “farraco” (faltriquera).

– Algunas varas de frisa azul para una “mantillina” (esclavina).

– Algunas varas de “galón de la porca” (cinta de pasamanería) para “ataerus” (ataderas o ligas de medias y otros cintajes que cuelgan de las ropas).

Hablando con hurdanas de ese valle del Malvellido, ya entradas en años, nos confirmaban, además, que a la boda llevaban: zapatos de cordobán, medias calzas y, cuando entraban en la iglesia, se tocaban con una cobija. Los hombres nos hablaban de: bombacho de paño (calzón que se acampana por debajo de las rodillas), camisón de lino, chaleco con los botones de plaqué, faja, medias calzas, “borceguínih” (borceguís; pero no todos los llevaban, ya que, según comentan, “eran mu cáruh y había que compráluh fuera de Las Júrdih, pol lo que moh teníamuh que conforma’r, a vécih, con únah cháncah galánah” y sombrero del “Casá” (llamado así porque, al parecer, se adquirían en la villa hurdana de El Casar de Palomero).

También en la misma revista (núm. 27, 22 de abril de 1906) observamos un artículo de G. Santos Diego (“El Bichu (I)”), donde sucintamente se nos traza la indumentaria de un pastor hurdano:

“…Sonaba el alegre tintineo y dulce balar de un atajo (sic) de cabras que, deteniéndose a morder en los arbustos que entre las peñas crecían, iban lentamente descendiendo por los senderos de la falda. Seguíalas el cabrero; hombre de mediana edad y más que mediana estatura, con polainas de paño, zahones extremeños y al hombro una manta de Serradilla, acompañado del mastín, hermoso perro barcino de poderosas garras y ancha cabeza…”.

Pensamos que, al hablar de los zahones, sobra lo de “extremeños”, porque tal prenda no marcaba diferencias entre las confeccionadas en Extremadura o en Aragón, por poner un ejemplo. Y por otro lado, el autor del artículo muestra conocer muy poco las sensibilidades de la gente de Hurdes Altas, que es donde parece que se ubica el cabrero de marras. Para tales gentes, Extremadura y lo extremeño fue algo aparte, adonde sólo se acudía por tres circunstancias:

1ª.- A la siega, que, al decir de los hurdanos, siempre era más dura y con peores amos que en Castilla. Comentan los paisanos de estas tierras que, en Extremadura, había que “dormí en el corti y sólu te mantenían con gazpachu”. En cambio, en Castilla (entendiéndose por tal término las provincias de Salamanca y Ávila), según refieren, “loh ámuh eran máh caritatívuh, que te dejaban dormí en los corrálih y te asistían mejó a la hora de comé”.

2ª.- A compra-venta de productos agropecuarios. Desde tiempo inmemorial está testimoniado el recorrido de los hurdanos por determinadas comarcas extremeñas con cargas de cerezas, castañas, nueces, miel y arrope… Y antigua documentación hay sobre contratos de ventas de maderos de castaño y pieles de ganado cabrío y de otros animales salvajes realizadas por los hurdanos a vecinos de otras comarcas extremeñas. Los habitantes de Las Hurdes adquirían en esos pueblos extremeños garrapos que, luego, criaban para la matanza familiar con los productos de sus huertos; aperos agrícolas y domésticos, etc. Cuando se implantó el mercado de San Andrés (30 de noviembre) en Pinofranqueado, muchos de estos productos (sobre todo los inherentes para la matanza familiar) se adquirían en dicho mercado, a donde dieron en acudir mercaderes de diversos puntos.

3ª.- A pleitos diversos (lo cual siempre fue desagradable) a la villa de Granadilla, de la que dependían en asuntos tocantes a la justicia. Más tarde, el juzgado comarcal se estableció en Hervás. Y también a la caja de reclutas de Cáceres, asunto odiado y temido por los hurdanos.

Aparte de estas tres circunstancias, habría que añadir los continuos recorridos por los pueblos extremeños de la casta de los “pidiórih”, o de los loberos, esos personajes que se dedicaban a la caza y captura de lobos, paseando, después, por villas y lugares las alimañas muertas, obteniendo de los ganaderos sustanciosas limosnas, ya que eliminar un lobo suponía un enemigo menos para el ganado.

Se nos cuenta, igualmente, que el cabrero llevaba una manta de Serradilla. En partijas tocantes a la herencia familiar, sobre todo de Hurdes Altas, aparece con frecuencia la mención a “mantas de Serradilla”, haciendo referencia a mantas fabricadas en la localidad salmantina de Serradilla del Llano, muy próxima a Las Hurdes. Otras veces, se cita a las mantas de Lumbrales (otro pueblo salmantino). De hecho, los vecinos de los concejos hurdanos de Nuñomoral, Casares de Las Hurdes, Ladrillar, alquerías altas del concejo de Lo Franqueado, y alquerías de Arrolobos y Riomalo de Abajo (concejo de Caminomorisco) siempre tuvieron mayor relación con la provincia salmantina que con la región extremeña. Para la práctica mayoría de los habitantes de Hurdes Altas, su centro de referencia en mil y un asuntos era Ciudad Rodrigo, a la que ellos denominaban “Ciárrodrigo”, o, simplemente, “La Ciudá”. No obstante, en Castilla (provincia de Salamanca) también se encontraba el núcleo de La Sierra de Francia, a cuyos vecinos los hurdanos no los han considerado “castellanos legítimos”, sino “serranos”, y han gozado de tan mala prensa como los amos extremeños. Además en La Sierra de Francia está el lugar de La Alberca, un pueblo que, por privilegios muy antiguos, tenía la facultad de disponer (muchas veces a su antojo) de las vidas y haciendas de los moradores de la “Dehesa de Jurde”.

Los hurdanos, secularmente, se han sentido como parte diferente de Extremadura y de Castilla. Las generaciones mayores se reafirman una y otra vez con el dicho de: “Nusótruh no sémuh ni extreméñuh ni cahtellánuh; sémuh jurdánuh”. Lógicamente, a base de machar y remachar en las escuelas y el continuo bombardeo de los mass media, sobre todo a raíz del Estado de las Autonomías, tal dicho se tambaleará hasta darse de bruces; pero ello no restará conciencia de hurdano a todo el que nazca en esas tierras, aunque ya con otra peculiar conciencia de pertenencia a una región determinada. Actualmente, estamos asistiendo a un renacer, entre las generaciones jóvenes, de un sentido orgullo hurdano; diferente del que tuvieron sus padres y sus abuelos, que más que orgullo, era un estigma o un tabú, por lo que muchas veces, cuando salían fuera, negaban su lugar de origen, aunque, en su fuero interno, se supiesen y se sintiesen hurdanos.

UN FRANCES EN LAS HURDES

En el año 1927, sale a la calle el libro: “Las Jurdes; étude de géographie humaine”, cuyo autor es el francés Maurice Legendre, secretario general de la Escuela de Altos Estudios Hispánicos de París. Este libro, todavía no traducido al castellano, comenzó a gestarse en 1910, a raíz del primer viaje que el autor emprende a nuestra legendaria comarca. Aparte de otras dedicaciones, el libro también está dedicado “Al Tío Ignacio, de La Alberca”. Este dato es mucho más importante de lo que, a simple vista, parece. El que un albercano hubiera actuado de guía con el investigador francés a lo largo y ancho de Las Hurdes, implica, en cierto modo, una influencia sesgada y sectaria. De sobra es conocido el posicionamiento secular de los albercanos sobre los hurdanos, con los que mantuvieron numerosos pleitos, de los que hay abundante documentación del siglo XIV en adelante. Conociendo el percal, el libro del francés, aparte de sus buenas intenciones y de ciertos análisis rigurosos, rezuma un claro tufo pro-albercano. Y ciertas tesituras, a la luz de la antropología moderna, están desfasadas o se nos antojan de un ñoño y paternalista regeneracionismo, cosa que no es de extrañar, pues el propio autor afirma en el prefacio del libro (traducimos al castellano):

“Pero este estudio no se ha hecho en una butaca. Nosotros hemos emprendido como una empresa de caballería errante, y nuestro primer deseo ha sido trabajar, por nuestra modesta parte, en la redención de los Jurdanos. Si nuestro trabajo ha tomado la forma de una tesis universitaria, es porque alcanza la dimensión de una encuesta bastante completa y escrupulosamente científica, que a nosotros nos ha parecido el mejor medio para servir a una causa justa”.

Y si Legendre tiene como guía a un albercano (Ignacio Hoyos Pérez), al que llama “el más fiel de los escuderos”, años más tarde (finales de la década de los 70 del siglo XX) otro francés, de ascendencia italiana, antropólogo, también tuvo como guía a otro paisano, aunque esta vez hurdano de pura cepa. Nos referimos al investigador francés Mauricio Catani, íntimamente ligado al Centre National de la Recherche Scientifique, al Centre d’Ethnologie Française y al Musée National des Arts et Traditions Populaires, el cual ha dado a la imprenta diversos trabajos sobre la comarca, frutos de sus estancias en ella. Catani tuvo como guía e informante de primera mano a Eusebio Martín Domínguez –Tíu Sebiu–, de la alquería de El Gasco, en el concejo de Nuñomoral, personaje singular, quien se valió de su fino ingenio y de sus buenas artes para fabricarse toda una aureola (aparte de vivir en la alquería más emblemática de todas Las Hurdes) que le llevó a ser nombrado “Presidente de honor” en el II Congreso de Hurdanos y Hurdanófilos (agosto de 1988).

Legendre dedica un apartado de su obra a la indumentaria de los hurdanos. Comienza soltando numerosas parrafadas copiadas a su paisano J. B. Bide, del que ya dijimos que, en lo tocante a la vestimenta popular, todo lo había extraído, hasta con puntos y comas, del denso estudio de Romualdo Martín Santibáñez. A tales parrafadas, Legendre, como dato curioso, hace una llamada (la número 68), saliéndonos con que, en Las Hurdes, aunque se hila, no se teje. Nos remitimos a la primera parte de nuestro trabajo, donde se dan cuenta de telares en la zona, que ya existían muchos años antes de que nuestro amigo el francés viera la luz.

Posteriormente, ya de su propia cosecha, escribe lo siguiente:

“Nosotros hemos visto en la pequeña aldea de Avellanar a casi todas las mujeres muy limpiamente vestidas, para hacerse fotografiar por nosotros (los hombres, salvo los viejos y algunos enfermos, estaban a la siega). En El Cabezo, nosotros hemos visto vestidos blancos y muy limpios, lindos pañuelos, una mantilla… En Avellanar casi todas las mujeres tenían un mantón cruzado sobre su corpiño; algunos mantones eran negros y muy simples; otros eran en tejido blanco; otros eran en lana blanca con franjas; otros, más elegantes todavía, que se fabricaban en el país vasco, tenían flores impresas, flores claras invadiendo un fondo negro en el uno, y en el otro, flores de colores variados sobre un extenso fondo negro”.

Más adelante, contradiciendo un poco la estampa anterior y fiel a su obsesiva idea de que Las Hurdes sólo encuentran sentido como país de refugiados, lo que equipara a una cierta miseria, busca tres patas al banco para justificar la tenencia de algunas alhajas por parte de los hurdanos:

“Incluso, los botones de plata que a veces brillan en el chaleco de los hombres, los pendientes, los collares, las cruces que llevan con bastante frecuencia las mujeres y que, a los ojos del viajero, no encajan con la extrema miseria que traicionan sus vestidos, no son, a decir verdad, un signo exterior de riqueza. Hay poco metal precioso en estas alhajas. ¿Y qué representa este poco de metal precioso? Es el fruto del trabajo perdido y terco de largas generaciones, el recuerdo de una buena cosecha, de una suerte inopinada, o de un trabajo, por un azar bien pagado, un día que los trabajadores escasearon? ¿O, tal vez, como consecuencia de alguna epidemia, la concentración de las economías de la miseria en las manos de los sobrevivientes?” (Traducción al castellano).

No vamos a traer, aquí y ahora, la abundante documentación que poseemos sobre la explotación aurífera en Hurdes, que, hasta no hace muchos años, atraía a orives de los pueblos extremeños de Montehermoso y Torrejoncillo, dedicando muchas horas al lavado de las arenas de los ríos. Restos de viejos minados, llamados comúnmente “cuevas de la mora”, o “del moro”, se esparcen por todas estas serranías, donde está más que demostrado que fueron prospecciones auríferas. Ello, por supuesto, no quiere decir nada, porque posiblemente fueran explotadas tales minas por determinadas élites. Y el bateo de los ríos hurdanos por gente humilde, a lo mejor implicaba mucha pérdida de tiempo para escasas ganancias. Eso, por lo demás, ha sido común en otras demarcaciones que, hasta la ola emigratoria de los años 60 del siglo XX, han dependido de una economía de subsistencia, como –valga el ejemplo– la comarca leonesa de La Cabrera.

Lo que no podemos negar a los hurdanos y hurdanas es su sentido del ornato, que suele caracterizarse por su profusa policromía. Una de las cosas que más nos llamó la atención cuando emprendimos nuestras tareas educativas en la comarca, nada más alborear la década de los 80 del pasado siglo, fue el observar a mujeres de edad que vestían ropas chillonas, con llamativos pañuelos de colorines a la cabeza. Ello contrastaba enormemente con las mujeres de comarcas extremeñas aledañas, que, a partir de cierta edad, suelen vestir de negro. Y aquellas otras mujeres hurdanas, ancianas ya, presumían con collares y pendientes, algunos de notoria antigüedad y de cierto valor, y otros de simple quincalla.

Los hurdanos tienen asumido, además, el ser muy “ramajéruh”; es decir, que cuando pinta la ocasión, se emperifollan abigarradamente y se lían, colectivamente, en desenfrenadas francachelas y zarabandas. De aquí que algunos viajeros hayan establecido ciertos paralelos entre los habitantes de estas montañas y la comunidad gitana, comparación que, como hemos comprobado, es radicalmente rechazada por los hurdanos.

Remontándonos a épocas oscuras de la prehistoria, nos permitimos significar que los ídolos-estelas o ídolos-guijarros que han aparecido en la comarca y que tienen insculpidos el busto de un personaje, nos muestran los muchos adornos (peineta o manto ritual, collares, pendientes…) con que se dotan tales personajes. De aquí que la coquetería de los prehistóricos hurdanos quede perfectamente patentizada en estas piedras.

OTROS APUNTES DE LEGENDRE

Legendre, en el capítulo que dedica al vestido, realiza otras observaciones. Veámoslas:

“Los hombres protegen sus tibias contra las piedras y la maleza por una especie de polaina. La polaina es generalmente de paño negro, y ella cubre, al mismo tiempo que la tibia, la pantorrilla y el empeine. Las rodillas y los muslos son protegidos por los zahones. Las mujeres protegen su cabeza con un pañuelo y, a veces, en el ardor del verano, por medio de esos sombreros de paja de forma y ornamentación complicadas, como se usa en las provincias de Ávila, Zamora, Salamanca y en Portugal; y que allí casi es un lujo, pues, naturalmente, no llega más que cuando ha sido desechado en su país de origen”.

Comentando las palabras de Legendre, insistimos en que, según nuestros estudios, más que de polainas, hay que hablar de “engórrah”, que así llaman los hurdanos a unas peculiares polainas que ellos fabricaban con las pieles de sus cabras. Sobra, por otro lado, la torticera insinuación a que los sombreros que gastan en el verano algunas hurdanas vienen a ser los usados y desechados en otras poblaciones. En el territorio hurdano, según muchos testimonios, se sembraba en los “rózuh” (laderas de la montaña rozadas y quemadas) bastante centeno, con que se fabricaba el pan de mayor consumo en la zona.Y la paja de tal cereal (“bálagu”), era aprovechada, entre otras cosas, para fabricar unos sombreros que servían para amortiguar el calor veraniego. Nosotros, de niños, también hemos visto confeccionar la misma clase de sombreros (había una variedad, llamada “gorra”, semejante al archifamoso sombrero de Montehermoso, aunque sin tantos aditamentos) a las mujeres de Tierras de Granadilla, comarca fronteriza a Las Hurdes. Para confirmar más la tradición secular de fabricar tales sombreros en Hurdes, diremos que, en la alquería de Las Erías, aún siguen confeccionándolos, aunque ya orientados a la venta turística.

Más adelante, Legendre reconoce que algunas hurdanas llevan varias sayas superpuestas. Comenta, igualmente, que la mayor parte de ellas gastan en las piernas:

“…al modo de vainas de paño de lana blanca, o rojo y blanco, o rojo y negro, como se ve en partes de Salamanca y como las gastan también los árabes de África del Norte”.

Pues el hecho, como es lógico pensar, de gastar varias sayas superpuestas (cosa común a otras zonas rurales), no es signo de extrema miseria. Y a lo que el autor francés denomina “vainas”, son las que, con el nombre de “calzas” o “calcetas” se fabrican en el país, y que cubrían desde debajo de la rodilla hasta el tobillo. Legendre, dando pábulo a otra de sus obsesiones, busca coincidencias entre los hurdanos y los nativos del área africana del Magreb; de aquí que señale que esas “vainas” también las usan tales africanos.

Continúa Legendre trazando otros pormenores sobre el vestir hurdano:

“El hombre gasta una faja de paño o de cuero, que protege su vientre contra la maleza y contra los bruscos cambios de temperatura, y que cobija una parte de sus herramientas o incluso de su abastecimiento. Allí mete su cuchillo, pero no ostensiblemente a la manera de los bandidos de ópera cómica; su pañuelo, cuando lo tiene; sus papeles, cuando debe presentarlos en alguna parte; su tabaco, su mechero, etc.”.

Ciertamente, nos han hablado de las fajas y hemos llegado a ver varias, todas ellas de “lanilla”, como ellos dicen; algunas con floreados dibujos o con el que, de un tiempo a esta parte, se ha dado en llamar “bordado hurdano” (8). Pero no nos hemos topado con fajas de cuero, aunque, hará unos doce o trece años, el hurdano Alonso Martín Martín, nacido en la alquería de La Batuequilla pero casado y residente en aquella otra de El Cerezal, con motivo de representar el papel de “ganadero jurdano” dentro de unos cuadros costumbristas de la comarca, que incluso llegaron a escenificarse en puntos muy alejados de Las Hurdes, se acercó a la localidad hurdana de Pinofranqueado, para encargar a uno que venía haciendo las veces de talabartero, una faja de cuero. Cuando indagamos el por qué de aquella prenda, nos dijo:

“Yo, de mozarangüelu, he conocíu a la genti castiza de pol estus puebros, no un cuarquiera, ni un pidió, sino genti de pesu, que ajuntaban a lo mejó más de cien reses cabrías, los ganaerus de pura cepa, que acostumbraban a gastá una faja de cueru regulá, cumu ésta que me he jechu yo encargá; fajas de ganaeru, que se compraban en Castilla, que allí se gastan más, que las estilan los vaqueros. Los antigus, que eran ganaerus, se subían en su macho, con tó el vientri tapao con la faja de cueru y pa ondi quieran que diban, tó el mundo los arreparaba, y dicían: –“Esi es tíu fulanu, ganaeru de esti o aqué puebro…” (9).

Escuchando las palabras del señor Alonso, o “Tíu Alonsu”, intuimos que esas fajas de cuero venían a ser un signo de distinción (imitando, tal vez, a los ganaderos salmantinos) de los labriegos más acomodados de la comarca; o sea, una prenda más bien escasa. De hecho, Tío Alonso era tenido en el distrito hurdano como un ganadero desahogado o labrador acomodado, ladino en sus tratos, vividor en todo tiempo pero dispuesto, si así se terciara, a echar una cana al aire y jijear en romerías.

O sea, la pura estampa que el poeta José Mª Gabriel y Galán trazara en el poema “Ganadero”:

“…Gran pensador de negocios,
ladino en compras y ventas,
serio y honrado en sus cuentas,
grave y zumbón en sus ocios.

Vividor como una oruga,
su vida de siempre es ésta:
con las gallinas se acuesta,
con las alondras madruga…

…Y entre tantos trajinares,
aún puede al año unos días
lucirse en las romerías
de los rayanos lugares…” (10).

¡Que diferencia de espíritu, de colorido, de vitalismo… entre los versos anteriores y aquellos otros que, sobre el terruño hurdano, también escribiera el vate castellano y extremeño!

“…Era un trozo de tierra jurdana
sin una alquería;
era un trozo de mundo sin ruido,
de mundo sin vida…

No tenían trigales las lomas,
ni huertos las vegas,
ni sotillos las frescas umbrías,
ni árboles la sierra…

No tenían las rudas labores
cantores humanos,
ni el sabroso caer de las tardes
cantores alados…

…Y unos hombres huraños y entecos
la tierra arañaban
como ruines raposos sin presa
que el páramo escarban…” (11).

Vemos, igualmente, que Legendre señala que el hurdano guarda, en su faja de paño, toda una serie de objetos, aunque en lo tocante al tabaco y al mechero, la gente mayor de la zona nos comentaban que donde solían guardarlo era en los bolsillos del chaleco, fundamentalmente el eslabón, el pedernal (“pernala”) y la yesca, elementos con los que encendían los deformes cigarros que liaban. No era extraño, tampoco, que el tabaco (“tabacu verdi”), que ellos sembraban en sus huertos y secaban, lo llevaran en una bolsita, que, en este caso, se enganchaba a alguna presilla del “bombachu” (calzón) y se colocaba debajo de la faja. Aparte del cuchillo, los hurdanos solían llevar también, sobre todo cuando salían de viaje de una alquería a otra, un chuzo. Y lo llevaban, al decir de ellos, “pol lo que pudiera pasá”. Los mozos, solían acudir a las fiestas de los pueblos vecinos armados con cayados o garrotes (recibían diversas denominaciones:
“cachera”, “verdión”, “verdolagu”, “estaonchu”…), que servían para defenderse en las muchas quimeras que se preparaban en tales días. Estas pendencias mociles han sido bastantes corrientes hasta épocas muy recientes, pasando del baile público al aire libre a las salas de fiesta. Hemos sido testigo de varias, muchas veces surgidas por piques y rivalidades entre los mozos de distintas alquerías.

Va don Maurice Legendre dando las últimas puntadas a su apartado sobre el vestido con las siguientes apreciaciones:

“En verano, el hombre sólo lleva la camisa y el chaleco. Contra el mal tiempo, tiene la manta de pastor, de lana grosera, con rayas negras, rojas, amarillas o rosas, que se puede poner alrededor del cuello y sobre las espaldas, y sobre la cual, o en la cual (según la temperatura) se duerme. Para el invierno, tienen grandes capas.

Aunque la temperatura del invierno es templada y la humedad y el frío no son excesivos, en las casas donde el cierzo y la lluvia pasan por los intersticios de los muros y del tejado, un tosco vestido es necesario. Ellos se cubren, en invierno, por medio de una blusa de tela de la que se sirven para la fabricación del aceite; otros se cubren con pieles de cabra”.

Apostillando lo escrito por nuestro hispanista, nos parece oportuno realizar estas puntualizaciones:

1.- Las grandes capas que se gastan los hurdanos en el invierno, vienen a ser, más bien, anguarinas.

2.- El invierno, en Hurdes, tiene muy poco de templado; al contrario: se registran todos los años temperaturas muy bajas, que descienden con mucha frecuencia de los 0º. Las heladas, sobre todo en las zonas de umbría, se superponen unas sobre otras, creando un microclima de frío notorio; o se echan encima las nieblas y la humedad penetra hasta en el último rincón.

3.- La antigua vivienda hurdana, que aparenta gran rusticidad y primitivismo, no obstante viene a ser una vivienda bioclimática (y así lo han puesto de manifiesto varios estudiosos). El hurdano, hábil entre los hábiles manejando la piedra, sabía diseñar con su peculiar ingenio e instinto la casa donde iba a morar, aunque muchos urbanistas, cargados de prejuicios, hayan considerado esa vivienda casi como un antro de lobos. De hecho, actualmente, cuando se acercan los emigrantes y sus hijos (muchos de éstos nacidos en la gran ciudad) a las alquerías, prefieren dormir, tanto en verano como en invierno, en la vieja casa de los abuelos, ya que la encuentran más confortable: más caliente en invierno y más fresca en verano. Y desechan, claro está, para su descanso las modernas viviendas construidas a base de ladrillos.

4.- Los hurdanos, no es que se cubrieran antiguamente con una “blusa de tela de la que se sirven para la fabricación del aceite”. Afirmar tal cosa, es querer cargar las tintas, y nos huele a información sectaria, como otras ironías que aparecen en el libro, emanadas, tal vez, del informante y guía albercano que acompañaba a Legendre. En el territorio hurdano, se acostumbró, antiguamente, a esquilar a la raza de cabras que ellos pastoreaban, y que las llamaban “lanúas” (con muchos pelos o lanas). Estos pelos eran hilados y tejidos, confeccionándose los denominados “botéruh”, que venían a ser al modo de sacos donde se metían las aceitunas que iban a ser molturadas de un modo artesanal y muy primitivo, que los propios hurdanos bautizan como “sacá l’aceiti a talega”. Y lo mismo que se fabricaban los “botéruh”, se realizaban unas prendas (los “brusónih”) con los pelos de las cabras, que cuentan que abrigaban muchísimo. Y se hacían los “ságuh”, de los que ya hablamos en el capítulo anterior, y de los que Legendre no dice ni mus.

Y acaba Legendre dando dos pinceladas escasas sobre el vestido de los niños, haciendo hincapié en que sus ropas en poco se diferencian de las que usan los infantes del resto de la provincia de Cáceres, pero, eso sí, tales ropas fueron, en general, llevadas ya por otros. O sea sé: que Legendre corta por el mismo rasero a todos los niños nacidos en la comarca, constriñéndolos al gheto de los “pidiórih”. Y esto no era así, que a los hechos nos remitimos (12).

Remata la pintura negra hablando sobre la ropa de difuntos, que incluso murieron de enfermedades contagiosas, que se entregaba a los hurdanos en pueblos extracomarcanos. La realidad nos demuestra que gran parte de la ropa de los difuntos –máxime si hubieran muerto en alguna epidemia–, en amplias zonas rurales, era echada al fuego al poco del fallecimiento, sobre todo la ropa interior y aquella otra que había sido utilizada con mayor frecuencia.

Afirmar que los hurdanos se ponían encima ropajes de difuntos (de difuntos extraños), es hablar por hablar, pues, con ello, se demuestra un desconocimiento absoluto de las creencias y supersticiones (aunque reparo nos da en emplear este último término) que los habitantes de esta comarca tienen en torno a sus ánimas. Sólo ciertas prendas, como es el caso de las anguarinas o las escasas capas, que eran consideradas como algo simbólico, u otros ropajes con muy poco uso y tenidos como lujosos o de cierto valor, seguían guardados en sus arcas. No obstante, observando el panorama desde un sentido más práctico, tampoco el difunto dejaba en herencia mucho retal para aprovechar, ya que, en economías de subsistencia, todo se recicla hasta que no da más de sí la pieza a reciclar.

Como no podía ser por menos, el autor francés remata el capítulo dedicado a la vestimenta con una frase muy poco antropológica pero más que moralista:

“A veces, incluso, las privaciones del cuerpo les restan, lo que es el colmo de la miseria, las condiciones de su salud moral”.

¡Allá los hurdanos (o algunos hurdanos) con su salud moral! De eso ya dijimos algo en el número 269 de la Revista de Folklore. Pero seguimos entendiendo que es muy poco antropológico el generalizar. Y a los habitantes de Las Hurdes les ha pasado, lamentablemente, que se ha tomado una parte de su entramado social para hacer un todo de ella. Así, no es extraño que el común de la gente se haya labrado una imagen de los habitantes de esta comarca observando la facha y hecho de los pordioseros de oficio, que, con su movilidad geográfica, iban desparramando por doquier una figura arquetípica. O que hayan leído y visto en diarios y revistas (o en cine, que ahí está el polémico documental –o película– de Luis Buñuel:
“Tierra sin pan”) crónicas y fotos macabras y plomizas, porque cierto es que cada pueblo tiene su tonto, como vulgarmente se dice, pero no todos sus habitantes son tontos.

Las Hurdes arrastran legendaria fama de atraso e ignorancia. Hubo quien las llamó “baldón de España”. Pero los zotes e ignorantes eran quienes se asomaban desde detrás de los picachos de sus abruptas serranías y sólo veían por pupilas cargadas de bioquímicas sin fundamento y no paraban ni se esforzaban en entender el meollo socioantropológico de tan antiguo pueblo. Y este pueblo ha seguido siendo estigmatizado en los tiempos modernos. Así, el dictador Francisco Franco nombra a los hurdanos “ahijados suyos”. Y políticos miopes de nuestra actual Democracia no tienen otra idea mejor que –valga el ejemplo– crear en la localidad hurdana de Nuñomoral (ombligo de la comarca) un centro de disminuidos psíquicos, a 80 kilómetros de Plasencia, donde se encuentra el hospital más cercano y otras clínicas médicas. Como anécdota, nos permitimos contar lo que nos ocurrió cuando acompañábamos por la citada localidad a unos antropólogos catalanes. Resulta que aquel día andaban por el pueblo varios de los acogidos en el centro de disminuidos psíquicos, procedentes de los puntos geográficos más dispares. Nosotros, que recorríamos los bares de Nuñomoral, encontrábamos a algunos de aquellos disminuidos tanto en los bares como en la calle. Habíamos estado aleccionando a aquellos antropólogos sobre la falsa leyenda de que Las Hurdes estuviesen plagadas de mongólicos, cretinos y otros deficientes y, ¡claro!, al presentársenos aquel panorama en Nuñomoral, exclamaron los estudiosos catalanes:

–Vosotros diréis lo que os parezca, pero aquí están las pruebas palpables.

Y no nos quedó otro remedio que explicarles lo del centro de disminuidos psíquicos. Ante ello, completamente absortos, dijeron:

–No tendrían los políticos otro sitio donde montar un centro de disminuidos psíquicos nada más que en Las Hurdes! ¡Ni que lo hubieran hecho a drede!

Por cierto, aquellos antropólogos no sabían que 7 kilómetros al noroeste, entre las alquerías de La Fragosa y Martilandrán, había otro edificio, levantado en 1952, que llevaba el nombre de “Cottolengo del Padre Alegre”, y que era otro centro asistencial de características más o menos semejantes.

En nuestros días, la Junta de Extremadura continúa una política asistencial consistente en llenar de residencias de ancianos la comarca. La población de la comarca natural de Las Hurdes no llega en estos momentos a los 10.000 habitantes. Cuenta con las residencias de ancianos de Vegas y Azabal, y están en construcción las de Casar de Palomero, Casares de Las Hurdes y Pinofranqueado (aquí, además, hay otra residencia o centro asistencial, regido por la orden “Esclavos de María y de los Pobres”; la de Azabal también es residencia privada), así como un Centro de Día para ancianos en Caminomorisco. Cuando Las Hurdes siguen con la sangría poblacional que comenzara en la década de los 70 del pasado siglo, parece que hay políticos empecinados en cargar a cuestas con sus malas conciencias acerca de los “pobrecitos jurdanos”. Y, ahora, da la impresión que quieren frenar la despoblación repoblando la comarca con ancianos. Cuesta creer que haya comarcas limítrofes con Las Hurdes, con el doble o el triple de habitantes, donde la Administración autonómica todavía no ha levantado una sola residencia de ancianos, pese a la acuciante demanda.

PINCELADAS DE UN DESTERRADO

Las hurdes, como otras comarcas marginales, fueron lugar idóneo para que determinados gobiernos o regímenes desterraran a los súbditos que les salían díscolos. Anduvieron por aquí, en oscuro ostracismo, políticos tan insignes como Blas Gregorio de Ostolaza y Ríos, el arcediano y canónigo de León: Rafael Daniel y otros ilustres liberales del S. XIX. Más cercanos a nuestros días, nos encontramos con que el Gobierno de la II República destierra a la alquería de Martilandrán al fundador del Partido Nacionalista Español, de verdadero cuño fascista, José María Albiñana y Albornoz. Y durante la dictadura franquista, entre otros, penan sus ideas izquierdistas por estos pueblos: Ramón Rubial y Nicolás Redondo, presidente del PSOE y Secretario General de la UGT, respectivamente.

Uno de estos desterrados, el fascista Albiñana, antes de ser fusilado por los republicanos, dio a la imprenta el libro “Confinado en Las Hurdes” (13). Prácticamente, todo el libro es un alegato contra la II República. No obstante, se reflejan en sus páginas algunas pinceladas costumbristas de la comunidad hurdana y que el autor presenció de forma directa. Veamos algunas, como las que corresponden a la fiesta de San Antonio, en Nuñomoral:

“Los hombres visten de lo más currutaco; limpio bombacho de pana, hasta la rodilla, chaleco escotado, con doble fila de anchos botones metálicos; calceta blanca, zapatón atacado con agujetas, sombrero de fieltro, con guirnaldas de rosas encendidas. Las mujeres lucen sus vistosas sayas de picote, ribeteadas de colorines; blusas de tela de colcha, vistosamente rameadas; mandiles de furiosa policromía, y en la cabeza el gran pañuelo ajustado, con el largo pico colgando sobre la espalda. Las mozas ostentan sus collares de bisutería, reforzados con lazos y grupos de rosas prendidos en los hombros (…)”.

“La diversidad de colores en el indumento y hasta la cranimetría específica, con la facies habitualmente taciturna y palúdica, me recuerda los ingenuos holgorios de los indios tehuanos, con los que conviví algunos años en el Istmo de Tehuantepec, entre el Atlántico y el Pacífico, a la sombra de caobas, ceibas y castaricas, alzadas en las márgenes fecundas del río Coatzacoalcos. Los indios de Nuñomoral, se confunden en mis recuerdos con los jurdanos de Minatitlán, la pequeña metrópoli de los campos petroleros veracruzanos”.

“El hombre del tamboril aporrea el instrumento despertando la admiración de sus convecinos, muy especialmente de la chiquillería, que lo rodea con entusiasmo, como a un dios de la música”.

Donde menos se espera, salta la liebre. ¿Quién iba a decir que, en un libelo antirrepublicano, nos íbamos a encontrar con unas descripciones que parecen hechas por la mano de un etnógrafo? Lógicamente, los hurdanos del concejo de Nuñomoral están de fiesta. Celebran a San Antonio y se han embutido en sus mejores galas. El autor capta con gran precisión el sentido colorista del que hacen gala los hurdanos, que éstos definen como “andá mu ramajeáuh” o “vistí de ramajéruh”. No hay, en las observaciones, ni una sola nota tétrica. Y cuando Albiñana hace una traslación de personajes (indios de Nuñomoral y jurdanos de Minatitlán), no muestra una pintura despectiva, sino un sentido bucólicamente primitivo, inherente a los holgorios de dos comunidades que, aunque muy distantes, caminaban parejas en rituales de gran colorido y muy arcaicos. Muy atinado, además, en llamar “dios de la música” al tamborilero, pues, efectivamente, los tamborileros, en esta zona, siempre fueron el eje central de toda manifestación festiva, recibiendo gran admiración porque eran personas capaces de dominar el aire y transformarlo en música.

Veintiocho años antes que Albiñana contemplara la fiesta de San Antonio en Nuñomoral; en septiembre de 1904, la revista “Las Hurdes” publicaba un artículo, sin firma, titulado “Nuestra fiesta”, donde se hablaba del grupo de danzarines hurdanos que se desplazarían a Salamanca para bailar ante S.M. el Rey Alfonso XIII. Pero tales líneas son penumbrosas y borrascosas:

“Mañana se presentarán ante S.M. el Rey don Alfonso XIII algunos míseros habitantes de Las Hurdes. Vestidos con sus mejores galas, si es que merecen tal nombre los andrajos lavados del pobre, llegan a Salamanca, quizá para ser objeto de compasiva admiración por parte de S.M. y de los salmantinos. ¡Triste sino el de una región que, para excitar el interés de los poderes públicos, precisa convertirse en héroe de barraca de feria! Vienen los hurdanos a hacer gala de sus habilidades en el arte de Terpsícore, que traen a Salamanca lo más en el arte típico de su comarca, una especie de baile indio admirable por su novedad extraña (…)”.

Curiosamente, esta descripción tendenciosa, donde se equiparan las galas de fiesta de los hurdanos a los “andrajos lavados del pobre”, contrasta enormemente con la fotografía que acompaña a tal artículo. La foto muestra a un tamborilero, cinco danzarines y cuatro danzarinas, ataviados con la polícroma indumentaria que, a grandes rasgos, trazara José María Albiñana. En las líneas de la revista “Las Hurdes” se habla de un “baile indio admirable por su novedad extraña”, pero no en el sentido ritual y ceremonioso, incluso de admiración, que mostrara Albiñana al hermanar en sus holgorios a los hurdanos y a los indios tehuanos, sino que de tales líneas se desprende un resabido despreciativo, rebajando a los hurdanos y sus manifestaciones festivas a cosa propia de indios (entendido en el sentido del más puro salvajismo). O sea, algo así a lo que afirmaron Chapman y Buck, que incluyeron a los hurdanos en la etnia del “Homo sylvestris” (14). Y, tristemente, desde la distancia, sin ver jamás el vivo retrato de un hurdano, hemos tenido entre nosotros, recientemente, a investigadores tan prestigiosos como Julio Caro Baroja, que se han atrevido a lanzar exabruptos como:

“…En realidad, Las Hurdes constituyen un caso de patología etnológica más que un modelo de arcaísmo y cabe pensar si muchos pueblos que consideramos primitivos, con tendencia al enanismo y otros rasgos de debilidad no serán simplemente degenerados como los hurdanos” (15).

CONSIDERACIONES FINALES

A fecha de hoy (otoño de 2003), cuando ya se cuentan con los dedos de la mano las familias que reciben de organizaciones asistenciales algunos hatos de ropa, inmersos en el feroz consumismo de los tiempos actuales, tenemos que decir que en poco o nada se diferencian los habitantes de Las Hurdes, en lo tocante a su indumentaria, al resto de los que viven en otras comarcas. Incluso, como pasa en otros pueblos, se llevan a cabo colectas por organizaciones religiosas para recoger ropa sobrante, que, luego, es enviada a países del Tercer Mundo.

Cuando ya apenas si quedan cabras en la zona, por lo que el curtido y el uso de pieles y prendas fabricadas con sus lanas ha pasado a mejor vida, todo queda en recuerdos, que, con el tiempo, se difuminarán o adquirirán tintes de legendarios. Y recuerdos se han vuelto también los trabajos del lino, del que no queda ni rastro, a no ser el instrumental (“ehpaílla”, “rahtrillu”, “rocaera”, “jusu”, “nahpaó”…) que se empleaba en tales menesteres, y del que algunas familias, como la de Luis Guerrero Alonso, de Casares de Las Hurdes, todavía pueden explicar sobre lo que conllevaba el oficio de “jilaó” (hilador), “mallaó” (persona especializada en hacer punto) y “teceó” (tejedor). Todavía conserva este clan de los “Guerrero” un antiguo telar.

Recuerdos son, así mismo, los de los “chanquéruh”, que fabricaban las “cháncah” (que también llaman “madróñah”), ese singular calzado del que ya hablamos. Tal vez, algún viejo zapatero, ya bien entrado en años, como Gregorio Iglesias Pizarro, de la alquería de Cambroncino, pueda dar todavía valiosa información.

Trabajos, oficios, artesanías… propios de economías de subsistencia, autárquicas en gran medida, expuestas a numerosos vaivenes y altibajos, son ya parte de la memoria colectiva. Queda un vago recuerdo de “cuando mos quitarun los montis” (Desamortización del siglo XIX) y que los hurdanos, en respuesta colectiva, empeñando “el o