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Editorial

DIAZ GONZALEZ, Joaquín

Publicado en el año 2004 en la Revista de Folklore número 279.

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La danza y el baile constituyeron a lo largo de la historia una seña inequívoca para identificar o ser identificado. Las razones por las que ésto fue así podrían ser abundantes pero nos quedaremos con las esenciales:

1. La danza es, desde su origen, un medio de expresión, por tanto a través de ella se puede decir, señalar o transmitir algo.

2. La danza y el baile, sobre todo a partir del último siglo de la edad media, son un arte ordenado y como tal, sujeto a reglas y normas cuyos esquemas pueden repetirse, abundando o reiterando en distintas circunstancias el mensaje que se pretende comunicar.

3. Como medio de comunicación poseen un lenguaje propio que permite expresar con precisión los distintos elementos que componen su esencia: concepto ético o idea, concepto estético o plasticidad, concepto utilitario o función y concepto aparente u ornamento.

Por supuesto que, como podría suceder con cualquier otro medio eficaz de comunicación, la danza y el baile pueden ser utilizados, manipulados o tergiversados según el interés de quien las practica o las encarga practicar, que no necesariamente es artístico o religioso sino que puede tener otras connotaciones, sociales o políticas, acerca de cuya conveniencia se podría hablar mucho. En cualquier caso no se puede ignorar que el deseo de convencer ha existido siempre y que lo importante es que no medien tentaciones de convertirlo en imposición. Si el origen de la danza se localiza en el plano personal, en la medida que lo llevemos a otros niveles, colectivos o institucionales, corremos el peligro de que su esencia degenere, es decir, de que se aleje de su fuente fundamental.

No creo que sea necesario insistir en que, tanto si se trata de reconocernos como de ser reconocidos, estamos suponiendo que hay un conocimiento previo. Se impone, por tanto, el estudio concienzudo de los diferentes períodos históricos que han dado lugar a la situación actual. El hecho de que la actividad principal de un grupo de danza o de una persona esté centrada ahora en un tipo de baile local o regional, por ejemplo, no justifica que se desconozca hasta qué punto determinadas corrientes europeas, sobre todo francesas, influyeron sobre los maestros de baile y éstos a su vez sobre el baile popular. Esquivel y Minguet, sin ir más lejos, ponderan y enseñan pasos practicados en escuelas europeas, lo cual no significa que aceptaran el origen exclusivamente extranjero de dichos pasos, sino más bien la evidencia de que en esas escuelas habían sabido recoger, ordenar y describir determinadas posturas y piruetas bajo un método ordenado y didáctico con una terminología común. Así, si hablamos del trenzado –ese salto en el cual los pies se mueven rápidamente uno contra otro cruzándose –, estaremos refiriéndonos al intrecciato italiano o al entrechat francés, pero siempre imaginando el mismo movimiento y parecida ejecución, aunque luego la resistencia o virtuosismo de cada bailarín determinara el número de cambios o de variaciones