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LA CANASTILLA DEL NIÑO. UN VILLANCICO ENUMERATIVO

FRAILE GIL, José Manuel

Publicado en el año 2004 en la Revista de Folklore número 279.

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Andalucía, Extremadura y La Mancha fueron tierras donde, al son-son de la zambomba, se han cantado un sinfín de romances, coplas y canciones narrativas durante el mes largo que antaño duraba la Navidad.

En el pueblo ciudadrealeño de Miguelturra comenzaban esas reuniones al anochecer del día 8 de Diciembre, cuando la Iglesia celebra la fiesta de la Inmaculada Concepción y las gentes de aquella localidad el que llamaban Día de las Hogueras, pues alrededor de ellas empezaban a entonarse los romances profanos y los villancicos inspirados en la infancia y vida de Cristo. Allí escuché por vez primera el cantar que llaman allí el hatico (1) y que hoy quiero participar a mis lectores, reflexionando un tanto en su lenguaje y en el sentido que encierra. Veamos el texto:

El vinticuatro del mes
va a nacer el Dios Divino
y como su Madre es pobre
no tiene para vestirlo.
Yo le haré el hatico
lo mejor que pueda,
que no esté desnudo
mi querida prenda.
La camisilla y la chambra
se la haré de holanda fina,
con puntillas y entredoses
y bordados de la China,
también el pañal
y el metedorcillo
se lo voy a hacel
de hilo finito.
El jugón y la mantilla
se lo haré de lana buena,
bordado en hilillo de oro
y estrellas de lentejuelas.
La faja le haré
de raso finito,
para le fajen
ese cuerpecito.
El gorrito, niño mío,
verás cómo te lo formo,
me da pena de taparte
ese pelito de oro;
te lo haré de tul,
todo muy calado,
para estarte viendo
el pelo rizado.
Ya tiene el hatico hecho,
muy limpio y muy aseado,
no como tú te mereces,
hermoso cielo estrellado,
que tú te mereces
vestirte de oro
porque en ti se encierran
todos mis tesoros.
Te suplico, madre mía,
que cuando nazca tu hijo,
que te ocupes de pedirle
por este pequeño hatico,
que nos dé salud
y para comer,
y luego nos lleve
(y) al cielo con él.

Con la misma melodía del ejemplo anterior recogí asímismo este fragmento –aunque en el lugar lo consideraban versión– en el pueblecito de Villahermosa (2), ubicado también en la provincia de Ciudad Real:

El vinticuatro del mes
va a nacer un Dios Divino
y como su madre es pobre
no tiene para vestirlo;
yo le haré el hatico
lo mejor que pueda,
que no pase frío
mi querida prenda.
El gorrito, niño mío,
te lo haré de mil calados,
me da lástima taparte
ese pelito rizado;
también el pañal
y el metedorcito
se lo he de hacer
de hilo finito.
Te suplico, madre mía,
que cuando nazca tu hijo
me tengas en la memoria
desde este pequeño hatico
y nos des salud,
y para comer,
y luego nos lleves
al cielo con él.

He incluido el argumento de nuestra composición entre los denominados por los investigadores como enumerativos, pues al igual que sucede con El vestido de la dama o con Las vestiduras sagradas (3), nuestro poema encuentra en la relación de prendas que van cubriendo el cuerpo según el sexo, la edad o la condición, el hilo con que va enhebrando su argumento central; son enumeraciones abiertas frente a las que presentan las denominadas canciones seriadas, que describen listas limitadas tales como los días de la semana, mandamientos, sacramentos o sentidos corporales.

Pero digamos algo, antes de entrar en análisis más complejos, sobre la palabra que titula en aquel rincón manchego al villancico de marras. El vocablo hatico es diminutivo de hato, voz que Covarrubias, en su Tesoro de 1611, comienza a definir como: “Se llama el vestido y ropa de cada uno” (4). El Diccionario de la Real Academia lo define, junto con otras ocho acepciones, como: “Ropa y otros objetos que alguien tiene para el uso preciso y ordinario”. Los diminutivos hatico y hatillo aparecen frecuentemente en nuestra literatura para designar con ellos el breve ajuar que se transporta en un pañolón o fardo y que solía constituir todo el patrimonio mueble de los más pobres. Pero son escasas en nuestra literatura las referencias al hatillo como ajuar infantil que se va preparando durante los meses que preceden al parto; Ganivet, en 1898, hace esta reflexión en una de sus novelas: “…a esto había que agregar lo que se le iba a Martina de las manos comprando cintas y moños para el hatillo del esperado fruto de bendición, tarea previsora a la que consagraba sus días y sus noches la futura madre…” (5).

Pero la palabra debió usarse desde antaño con esta acepción de pequeño ajuar infantil, pues entre los judíos de origen español que se asentaron, antes o después, en el Norte de Marruecos, se conservó hasta hace bien poco este sentido para el vocablo que nos ocupa. Entre los de Tánger era práctica habitual el que una mujer afortunada –de buen mazal– fuera la que cortara el primer pañal al tiempo de echar un grito largo y prolongado, una bargualá, destinada a romper un posible mal de ojo o ainará que pudiere caer sobre el futuro usuario de esas prendas. Pero las costumbres o adas variaban de unas familias a otras, y así también hubo alcuñas entre las que se preparaba el jatío cuando ya había nasido la criatura (6). Pero los judeo-españoles que vivieron en Los Balcanes no aspiraron la hache inicial con aires de jota, como hicieron los del Magreb –acaso por la influencia española y andaluza que desde 1859 sopló en aquellas ciudades norteafricanas – sino que conservaron la efe inicial, que en España, andando el tiempo, se enmudeció en hache; y así llamaron fato al pequeño ajuar que se preparaba al recién nacido. Una sefardí búlgara contaba que: Para el primer crío se hacía fato, antes que nasciva, a ses, siete meses, se empezaba a oficiar. La primera en cortar debía de ser una niña que tiene padre y madre, que no sea güérfana; ella daba la primera tijera (7).

Los villancicos tradicionales vieron siempre a la Sagrada Familia muy de tejas para abajo, pues en ella encontraban el trasunto de la mísera existencia que arrastraba la inmensa mayoría –y especialmente quienes cantaban este tipo de composiciones tradicionales–. Por ello miraban con tristeza y desazón la desnudez del redentorcillo nacido entre pajas y calentado sólo por el vaho del buey o la vaca, porque la mula se entretuvo más en devorar aquellas amarillentas mantillas vegetales, por lo que fue bien castigada con la esterilidad; pero eso es ya harina de otro costal. No fueron pocos los romances religiosos que trataron sobre la desnudez del Mesías, pero de entre este exuberante corpus descuella el tema de La toca de la Virgen (ía), en el que la madre, abrumada por la falta de recursos, despedaza su toca para envolver al hijo.
Entre la mula y el buey parió la Virgen María, la mulita le coceaba, la vaquita le lamía.

…Entre la mula y el buey
parió la Virgen María,
la mulita le coceaba,
la vaquita le lamía.
Échale una maldición
que será pa toa la vida,
así dijo Satanás
de que no para en la vida.
Tanta era su probeza
que pañales no tenía,
echó mano a la cabeza
a un velo que ella tenía,
le hizo cuatro pedazos
con que a su hijo envolvía.
Ya bajó un ángel del Cielo
cantanto el Ave María.
–Pañales de oro te traigo,
mantillas de seda fina,
también te traigo un fajero
hecho de malmaravilla…(8)

De los autores del Tetramorfos, sólo San Lucas (II. 7) repara en el indumento que cubrió al Nazareno al tiempo de nacer: “…y dio a luz a su hijo primogénito, y le envolvió en pañales y le acostó en un pesebre…”; y entre los evangelios apócrifos encontramos muy someras referencias a los mismos pañales. En el Pseudo Mateo (XIII. 5), cuando a su contacto recobra la mano que había perdido la incrédula Salomé: “Dicho que hubo esto, apareció a su lado un joven todo refulgente, que le dijo: «Acércate al niño, adórale y tócale con tu mano. Él te curará, pues es el Salvador del mundo y de todos los que en Él ponen su confianza ». Ella se acercó al Niño con toda presteza, le adoró y tocó los flecos de los pañales en que estaba envuelto” (9).

De entre las hierbas del campo –nacidas, que no sembradas– descuella el romero por su importante carga simbólica, pues según la creencia popular fue en sus tallos donde la Virgen tendió la ropita del Niño (10). Por eso esta cuarteta ha corrido media España al son de panderetas y zambombas:

La Virgen lava pañales
y los tiende en el romero;
los pajaritos cantando
y el romero floreciendo.

Que esta planta fue utilizada en conjuros para propiciar la bonanza de los comerciantes y la dicha en los hogares andaluces lo sabemos merced al siguiente texto granadino: En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Sancto, romero sois nazido y no sembrado, dame de la virtud que Dios te ha dado, asi como eres romero entre en mi cassa la grazia de Dios, la Virgen Santissima las florezio, con los pañales que en ella tendio, a la gitana de Egipto de lepra sano y para Belen partio y assi como esto es verdad, entre en mi casa el bien y salga el mal (11).

Y es que no fueron pocos los relicarios de nuestras iglesias que se jactaron de albergar en sus anaqueles algún pañal del Niño Jesús. Pues bien, en el Evangelio árabe de la Infancia (VII. 1 y VIII) se alude a uno de estos pañales-reliquia, que de verse reunidos habrían sido suficientes para empapar los orines de toda una guardería. El texto dice así: “Y traían como presente [los Reyes Magos] oro, incienso y mirra. Y le adoraron y ofrecieron sus dones. Entonces María tomó uno de aquellos pañales y se lo entregó en retorno… Y salieron a su encuentro los reyes y príncipes [de Persia], preguntándoles qué era lo que habían visto o hecho, cómo habían efectuado la ida y la vuelta y qué habían traído consigo. Ellos les enseñaron este pañal que les había dado María, por lo cual celebraron una fiesta y, según su costumbre, encendieron fuego y lo adoraron. Después arrojaron el pañal sobre la hoguera y al momento fue arrebatado y contraído por el fuego. Mas cuando éste se extinguió, sacaron el pañal en el mismo estado en que estaba antes de arrojarlo, como si el fuego no lo hubiera tocado. Por lo cual empezaron a besarlo y a colocarlo sobre sus cabezas diciendo: «Ésta sí que es una verdad sin sombra de duda…»” (12). Los Magos, como de Oriente que eran, pusieron sobre sus cabezas el objeto sagrado en señal de acatamiento; de ahí que nosotros sigamos imponiendo las manos sobre la cabeza del que quiere recibir el beneficio de ellas. Aquel ignífugo pañal pasó, con el tiempo, al rutilante y bien abastecido relicario imperial de Constantinopla, y desde allí –acaso por mor del saqueo a que en 1204 sometieron los cruzados a la capital bizantina– a Francia, donde se perdió durante la Revolución.

Esta obsesión por cubrir la desnudez del Dios- Niño fue el motivo central en muchos de los villancicos anónimos, que desde la Baja Edad Media al Renacimiento resonaron en las bóvedas de catedrales, iglesias y conventos. Dichas composiciones se ambientan casi siempre en un idílico mundo pastoril, donde zagales y labriegos dialogan sobre el prodigio divino del Nacimiento y disputan entre sí sobre la calidad de las dádivas que ofrecen; muchas veces son prendas de esta canastilla –que ahora nos interesa– las que llevan como presente. Todavía en pleno Barroco, allá por 1690, cantaron en el madrileño convento de la Encarnación esta enrevesada composición:

…A la chiribirivuela,
Maricuela,
hola.
–Yo le traigo este listón.
–Yo de raso este jubón.
–Zapatico abotonado.
–Camisón zarabolado,
enlistonado, enjubonado,
— 77 —
enropillado, encalzonado,
empretinado, ensombrereado,
emplumajado, encapotado,
con su espada y su rodela.
A la chiribirivuela,
Maricuela,
a la chiribirivuela,
toca, baila, gira, canta,
sigue, vuela… (13).

No sé si basado en esta chiribirivuela barroca, pero muy cercano a ella, persiste hoy un poema profano y acumulativo que sigue cantándose, eso sí, en época navideña, por tierras manchegas, alcarreñas y por media provincia madrileña. En él se va vistiendo de pies a cabeza a un pollito que anda desnudo en pleno mes de Diciembre; se le adereza como a un pastor, olvidando los listones, jubones de raso y zapatitos que querían cubrir la desnudez del Mesías. Una versión madrileña de Cenicientos dice así:

¡Qué bonito está el pollito, le pondremos los patines!

¡Qué bonito está el pollito, empatinado con la vigüela!

¡Ahora sí que retumba y suena!
.................................................................

¡Qué bonito está el pollito, enmonterado, enzamarrado, encamisado, enfajado, encalzonado, empolainado, enalbarcado, empatinado, con la vigüela!

¡Ahora sí que retumba y suena! (14).

Pero amén de aquellas chiribirivuelas de ayer y de los pollitos de hoy, hay y hubo otros villancicos que enumeran las prendas dadas por los pastores al Niño, al estilo del hatico que vimos en Miguelturra y Villahermosa. En Castroserna de Arriba (Segovia) cantan:

Con panderetas todos
nos vamos al portal
a ver al Niño Dios,
le vamos a adorar.
¡Manuel, Manuel, Manuel!,
Manuel se ha de llamar.
–Yo te ofrezco un corderito.
–Yo dos mantas y un pañal.
–Yo un jugoncito de terciopelo.
–Yo una gorrita de tafetán (15).

Poco a poco estas composiciones navideñas van tornándose más veraces y comienzan a enumerar con realismo las prendas que presumían los pequeñuelos de las clases menestralas (16) cuando las campanas repicaban gordo. Los niños de teta gastaban esta suerte de atuendo hasta que, frisando ya los dos años, comenzaban a campar solos, y entonces se les ponía un amplio manteo envolvente de vivos colores, que –ceñido a la cintura – les daba la peculiar figura acampanada que proporciona esa prenda. Luego algunos, por promesa de sus deudos, vestían de frailecillos hasta los cinco o seis años, y otros pasaban directamente al calzón rodillero –cuando lo había– y a la camisa, que sería hasta la muerte su segunda piel.

Aunque sea muy de pasada, vamos a revisar el exiguo roperillo de nuestro recién nacido, para poner al día –a quien no lo sepa– del significado y uso de las prendas mencionadas en nuestro poema.

Las piezas interiores, en contacto con la delicada piel del recién nacido, se hicieron siempre con el lino más sutil que pudiera hilarse y tejerse en el ámbito artesanal. La camisita –ya lo dijimos – iría creciendo con el individuo, y larga casi hasta la rodilla, sería andando el tiempo su ropa de cama y su mortaja. Las camisas de los chiquitines eran abiertas de arriba abajo y se cerraban con botoncillos, ya de hilo, ya de hueso; a diferencia de las que gastaban padres y madres, que eran abiertas sólo hasta el pecho y por ello vestidas siempre por la cabeza. No usaban las clases pobres de esta holanda rica con que quieren vestir al Rey Divino, ni de tantas puntillas y entredoses como la canción menciona. La chambra era otra camisita superior que tomó prestado el nombre de las blusas femeninas o chambras, que a finales del siglo XIX se generalizaron en España, desplazando a los entallados jubones y chipós con que las mujeres campesinas cubrieron su busto durante centurias. La chambra era más holgada y de la robe de chambre, que usaban nuestros vecinos para estar cómodos en la intimidad de la alcoba, tomó su nombre y hechura.

El metedorcito era una suerte de empapador que fabricaban las madres doblando en rectángulo los faldones de las camisas bien andadas u otros trapos blancos que, convenientemente limpios y orillados, servían para ese menester, colocados en la entrepierna de los chiquitines. Sujetaba el metedorcito un pañal que antaño fue cuadrado o rectangular y mucho más tarde tomó forma triangular y el nombre de pico. Como pañales acabaron su vida las sábanas que, ya muy usadas, no podían siquiera volverse, faena que se hacía cortando verticalmente el centro de la sábana y volviendo a unir las dos mitades resultantes, pero esta vez uniendo en la costura central los dos lados que antes fueron las orillas; de este modo la parte central, que se había desgastado con el roce de los cuerpos tendidos, quedaba ahora en el derredor de la sábana, en la parte que debía remeterse bajo el colchón o los jergones.

El jugón era –ya lo hemos apuntado en suso– una prenda de busto que se hacía con paño fino, tafetán, lanilla u otro género medianamente fuerte para abrigar y poner de manifiesto el poder adquisitivo de la familia. Tanto las mujeres como los recién nacidos que lo portaban cerraban siempre la hilera de sus botones hasta el cuello y también los que ajustaban los puños en los pulsos, para dar sensación de orden y para evitar que se vieran las prendas de abajo, que debían llevarse y estar, aunque no se mostraran, según el gusto y el porte tradicional. La mantilla era un rectángulo de paño fino o grueso –según las posibilidades – o incluso de estameña o frisa, tejido que dio nombre a la prenda en algunas zonas geográficas. Esta mantilla se enrollaba en torno a la cintura de los niños, dejando un vistoso ribete en uno de los lados, y mostrando a veces sobrepuestos y cintas de alpaca o seda cosidas en el paño. Para asegurarla en el cuerpo del niño se usó el fajero, que era una larga cinta que rodeaba el talle del chiquitín y cuyo extremo se remetía bajo las vueltas del mismo fajero. En él se colocaron las reliquias, crecientes, medallas de Santa Elena y un sinfín de objetos apotropaicos para proteger al niño. Los fajeros llegaron a sobrecargarse de estas reliquias y fetiches al punto de convertirse en dijeros, que –desde los más lujosos hechos con cadenillas de plata, hasta los más humildes realizados en una liga pañera– fueron verdaderos detentes contra el maligno.

A veces fueron dos los gorros que protegían la cabecita del niño, aún sin cerrar, y los oídos, tan vulnerables al frío. El primero solía ser de lienzo y muy pegado a la redondez de la cabeza; mientras que el de encima se adornaba con fruncidos, cintas rizadas y perifollos de mil colores, y en él se prendía a veces un caracolillo o una higa de coral o azabache para romper sobre sí el mal de ojo que pudieran echar a su dueño.

Estas notas tan generales las redacté en función de los informes que en Miguelturra me dieron sobre la indumentaria del recién nacido. Pero a grosso modo podrían aplicarse a los niños que en toda tierra de garbanzos vistieron de esta guisa hasta hace medio siglo. Las madres de pocos recursos presumían en ellos los primores que con la aguja y la almohadilla hacían en casa a la luz del candil cuando, rendidas del laboreo a jornal y hechos los oficios de la casa, encontraban aún un momento para coser la ropica de los más pequeños y preparar –muchas veces en secreto– el hatico de lo que se movía en su vientre. Seguro estoy que observando a estas criaturas de indumentaria multicolor, en brazos de sus madres, redactó mentalmente el autor de nuestro hatico el texto en el que hoy hemos reparado. El poeta quiso vestir al redentor desnudo con el ajuar de las clases trabajadoras; es cierto que le adornó con lentejuelas, hilo de oro, bordados de la China, tules y otras guarniciones usadas por los pudientes, pero quiso dar al Niño-Dios el hatico que hubiera preparado para su hijo una manchega de saya rayada y moño de picaporte.

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NOTAS

(1) Me fue cantada por Manuela González Sánchez, de 75 años de edad; quien además se acompañó con la zambomba fabricada en un arcaduz de noria con una pellica de conejo. Se grabó el día 10 de Mayo de 2003 por J. M. Fraile Gil, J. L. Cobos Marco y M. León Fernández.

(2) Fragmento de Villahermosa (Ciudad Real). Cantado por Isabel Guillén Oliver, de 60 años de edad. Fue grabado el día 10 de Mayo de 2003 por J. M. Fraile Gil, J. L. Cobos Marco y M. León Fernández.

(3) Traté sobre este asunto en mi artículo: "Las Vestiduras Sagradas, un tema seriado", Revista de Folklore, Obra Cultural de la Caja de Ahorros Popular de Valladolid, Nº 22, Tomo II, pp. 134- 138, Valladolid 1982.

(4) COVARRUBIAS Y OROZCO, Sebastián de: Tesoro de la Lengua Castellana o Española, Ed. Castalia, Madrid 1995, Col. Nueva Biblioteca de Erudición y Crítica, Nº 7, p. 623. Segunda edición corregida y aumentada de Felipe C. R. Maldonado y revisada por Manuel Camarero.

(5) GANIVET, Ángel: Los trabajos del infatigable creador Pío Cid, Ed. Cátedra, Madrid 1983, p. 432. Edición a cargo de Laura Rivkin.

(6) Informes dictados en Madrid por Estela Lasry, nacida en Tánger hacia 1920. Fueron grabados por Susana Weich-Shahak en el año 2004.

(7) Informes dictados por Regina Fisdel, nacida en Samokov (Bulgaria) hacia 1920. Fueron grabados en Yaffo (Israel) el día 1 de Mayo de 1993 por Susana Weich-Shahak.

(8) Versión cantada en Gandullas (Madrid) por Ángel González Lobo de 92 años de edad. Fue grabada el día 24 de Julio de 1994 por J. M. Fraile Gil, M. León Fernández, J. M. Calle Ontoso y S. Weich-Shahak.

(9) Los Evangelios Apócrifos, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 1979, p. 210. La versión crítica de los textos griegos y latinos, los estudios introductorios y los comentarios corren a cargo de Aurelio de Santos Otero.

(10) La buena fama de este arbusto es casi universal. Los ingleses le denominan rosemary acaso en memoria de esta antigua tradición, que debió ir debilitándose allí tras la Reforma Anglicana. En España se dice: El que ve romero y no lo coje, del mal que le venga que no se enoje; y en Chiclana (Cádiz) decían: Romero zanto, zanto romero, que zarga de mi caza lo malo y entre lo güeno.

(11) BLÁZQUEZ MIGUEL, Juan: Eros y Tánatos. Brujería, hechicería y superstición en España, Ed. Arcano, Toledo 1989, p. 293. Respeto la transcripción en prosa que Blázquez hace del conjuro.

(12) Los Evangelios Apócrifos, Op. cit., pp. 313 y 314.

(13) Cf. Cancionero de Navidad. Selección, prólogo y notas de Adolfo Maíllo. Ed. de la Vicesecretaría de Educación Popular, Madrid 1942, p. 64.

(14) Versión cantada, al son de la zambomba y el calderillo, por Vicente Santiago Montero y Julián Puentes Zamorano, ambos de unos 70 años de edad. Fue grabada en Cenicientos (Madrid) el día 1 de agosto de 2000 por J. M. Fraile Gil, J. M. Calle Ontoso, M. León Fernández, P. Gómez Fernández y A. Bermejo Blanco.

(15) Versión de Castroserna de Arriba (P. J. de Sepúlveda - Segovia). Cantada por Felicísima Martín Bermejo, de 83 años; Concepción, Juana, Felicidad y Consuelo Enebral Martín, de 59, 56, 54 y 50 años de edad respectivamente; y Tomás Benito Vírseda, de 67 años de edad. Fue grabada en Madrid Capital el día 2 de Diciembre de 1999 por J. M. Fraile Gil, J. M. Calle Ontoso, M. L. Huetos Molina y A. Rodríguez Rodríguez.

(16) Sobre la indumentaria tradicional infantil es poco lo escrito hasta ahora con rigor y seriedad. La mayor parte de lo publicado se haya inmerso en trabajos generales sobre la vestimenta de tal o cual área geográfica. En este sentido destaca lo dicho por: COTERA, Gustavo: La indumentaria tradicional en Aliste, Ed. del Instituto de Estudios Zamoranos “Florián de Ocampo”, -Diputación de Zamora-Caja España, Zamora 1999, Apdo. La indumentaria infantil, pp. 432-480. Véase también el artículo, y la bibliografía que aporta: PORRO FERNÁNDEZ, Carlos Antonio: “Notas sobre indumentaria infantil en Castilla y León”, Revista de Folklore, Obra Cultural de la Caja de Ahorros Popular de Valladolid, Tomo XXIII-1, pp. 96-108, Valladolid 2003