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Testimonio del uso de la gaita en las montañas de Santander

GOMARIN GUIRADO, Fernando

Publicado en el año 1982 en la Revista de Folklore número 21.

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Don Sixto Córdova y Oña, autor del Cancionero popular de la provincia de Santander (2), en el capítulo que dedica al uso de algunos instrumentos tradicionales en el acompañamiento de cantos folklóricos, menciona a la gaita (3) como uno de los más antiguos, basándose en un pasaje de la Geografía de Estrabón. Esa cita, luego reiterada por Adriano García Lomas y Jesús Cancio en El solar y la raza (4), es errónea. Estrabón III 3, 7 al describir los pueblos del norte de la península dice: "Toman sus comidas sentados, teniendo alrededor de la pared bancos de piedra. Dan la presidencia a los de más edad y categoría social. La comida se sirve en giro. Durante la bebida bailan en rueda acompañados por flauta y corneta, o también haciendo saltos y genuflexiones" (5). Como hemos visto, no se trata de la gaita, sino de la flauta (Aulos), y de una corneta posiblemente de cerámica o cuerno.

Según hipótesis como la del profesor Juan Corominas, fueron los suevos quienes introdujeron la gaita en el noroeste de la península Ibérica: Galicia y Asturias, durante su asentamiento en esta zona, siglos V al VII.

Fueran sus introductores los celtas, romanos o suevos, los habitantes de la actual Cantabria no constituyeron una excepción en el manejo y uso de dicho instrumento.

Muy escasos, como se comprobará, son los datos que se poseen acerca de la presencia de la gaita de fuelle en la Montaña; ni siquiera se aprecian testimonios en los relieves de las iglesias románicas, donde las figuras escultóricas de músicos tañendo instrumentos son tan abundantes en capiteles, portadas y tímpanos. Todo hace pensar que el instrumento no arraigó como en la vecina región astur.

Vamos a transcribir los únicos datos que conocemos sobre la presencia de gaiteros en Cantabria, debidos al escritor José María de Pereda, en dos de sus obras: Escenas montañesas (1864) y Tipos y Paisajes (1871), donde se ofrecen descripciones de fiestas y celebraciones campestres de la primera mitad del siglo XIX, y que constituyen, sin duda, un documento de valor etnográfico. A través de ellas vemos cómo la participación de estos músicos populares se proyecta en las más variadas manifestaciones de la vida cotidiana; así, les encontraremos tomando parte en festividades religiosas de gran solemnidad, como acompañamiento en las procesiones de los Patronos, en cortejos de bodas, pasacalles, danzas y bailes públicos.

Arroz y gallo muerto (6)

Antes de la misa se llevó en solemne procesión al santo alrededor de la iglesia, teniendo mi tío el honor, en compañía del alcalde y dos regidores, de cargar con las andas. Dos mocetones armados de escopetas abrían la marcha haciendo fuego, y un ciego gaitero acompañaba con su ronco instrumento al señor cura en sus cánticos, a los que contestaba todo el pueblo, de vez en cuando, con un fervoroso ora pro nobis.

Empezada la misa, no cesaron los tiros en el portal de la iglesia, y la gaita siguió tocando en el coro, acompañando a los cantores entre los cuales estaba mi tío, que era una especialidad para echar la epístola.

[...] Dos horas después volvimos a la iglesia; sacaron otra vez al santo en procesión, rezóse el rosario y nos fuimos a la romería, que se desparramaba en una pradera inmediata a la iglesia. Hiciéronme ver uno por uno todos los bailes, éste, porque era de guitarra, el otro, porque era de pandereta, y por ser de gaita, el de más allá.

Los bailes campestres (7)

En una ocasión, hallándose en la romería de San Juan, o en la de San Pedro, o en la de San Roque, o en la de Santiago, o en la de los Mártires, pues la crónica no lo fija bien; hallándose, digo, en una de estas romerías más de nueve petimetres santanderinos, y no menos de diez damiselas de copete, y hallándose más que regularmente aburridos, lo cual es de necesidad en una romería mientras en ella no se hace otra cosa que ver, oír y brujulear, resolvieron los primeros proponer a las segundas, con las respetuosas salvedades de costumbre, un honesto entretenimiento que, ajustándose en lo posible al carácter del sitio y de la ocasión, fuese digno de las distinguidas personas que se aburrían. Las pudibundas jóvenes aceptaron la propuesta en cuanto al fin. Por lo que hace al modo, los atentísimos galanes, después de discurrir breves instantes, no hallaron, así por razón de honestidad como por razón de sitio, causa, etc., nada más a propósito que un baile improvisado. Las mujeres de entonces, como las de ahora, juzgaban de buena "fe" que no era un abuso de lenguaje, o, cuando menos, un error de observación, la "honestidad" del baile, y no dudaron un instante en aceptar el propuesto con tal que fuese "por lo fino", y no al grosero estilo de los populares, como los que tenían delante y formaban el principal objeto de la romería; exigencia que manifiesta bien claro que también en el concepto de aquellas escrupulosas beldades, las cabriolas y escarceos, según que se ejecuten de abajo arriba ("more plebeyo"), o de acá para allá y en derredor ("more aristocrático"), son pecaminosos y groseros, o edificantes y solemnes... Digo, pues, que se aceptó la proposición del baile con la restricción consabida, y añado que los proponentes se adhirieron a ella con tanta mayor decisión cuanto que, a fuer de "señores", nunca entró en sus ánimos bailar de otra manera. Acto continuo se procedió a la ejecución del pensamiento. Para teatro de la fiesta se eligió una pradera separada de la romería por un regato o por un seto transparente, pues sobre este punto tampoco están las crónicas muy de acuerdo, y para orquesta se ajustaron, por horas, un violinista y un gaitero trashumantes, de los muchos que había en la romería, y acaso los únicos que a la sazón se hallaban desocupados. No estaban los sedicentes músicos muy diestros en materia de aires señoriles, pero eran muy amables y pacientes los obsequiosos petimetres...

Blasones y talegas (8)

Quince días después de estos sucesos, el pueblo en que ocurrieron era teatro de otros de muy distinta naturaleza.

Las puertas y ventanas de la casa de Zancajos estaban festoneadas de rosas y tomillo; las seis mejores guisanderas de los contornos, posesionadas del gallinero, de la despensa y de la cocina, desplumaban acá, revolvían allá y sazonaban acullá, y atizaban la fogata que calentaba a veinte varas a la redonda, y al salirse en volcán de chispas por la chimenea se llevaba consigo unos aromas que hacían chuparse la lengua a toda la vecindad. En un ángulo del corral otras cocineras menos diestras guisaban en grandes trozos seis terneras; improvisábase en el centro una fuente de vino tinto y se armaba una cucaña en el otro lado. Estallaban en el espacio multitud de cohetes; recorrían las callejas cuatro gaiteros sacando a sus roncos instrumentos los más alegres aires que dar podían; volteábanse las campanas; los mejores mozos del lugar ponían el relincho en las nubes; las mozas engalanaban sus panderos con cintas y cascabeles; el sacristán tendía paños limpios y planchados en el ara del altar mayor, y el maestro de escuela se comía las uñas buscando un consonante que le faltaba para concluir un epitalamio.

[...] Dos horas más tarde una alegre y pintoresca comparsa salió del corral de Toribio y se dirigió a la portalada vecina. Componíase aquélla de un numeroso grupo de danzantes, bajo cuyos arcos cruzados iban Mazorcas, su hijo y la alcaldesa (luego sabremos qué pito tocaba allí esta señora): detrás de la danza formaban doce cantadoras con panderetas adornadas de dobles cascabeleras, y siguiendo a las cantadoras un sinnúmero de mozas y mozos de lo más florido del lugar. Las avenidas de ambas casas estaban ocupadas por una multitud de curiosos. Los cuatro gaiteros abrían la marcha tocando una especie de tarantela muy popular en la Montaña, ya su compás piafaban, graves como estatuas, los danzantes. Cuando las gaitas cesaron, dieron comienzo las cantadoras en esta forma. Seis de ellas, en un tono pausado y lánguido, marcando el compás con las panderetas, cantaron:

-De los novios de estas tierras
aquí va la flor y la nata.

Las otras seis, con igual aire y acompañamiento, respondieron:

¡Válgale el Señor San Roque,
Nuestra Señora le valga.

Luego las doce:

-De los novios de estas tierras
aquí va la flor y la nata.
Válgale el Señor San Roque,
Nuestra Señora le valga.

Alternando así otras dos veces las cantadoras y los gaiteros, llegó la comparsa a la portalada de don Robustiano, ante la cual se detuvieron y callaron todos por un instante [...] Pasó la comitiva por enmedio de ellas y entró en el templo. [...] Los gaiteros y el maestro subieron al coro, aquéllos para tocar la misa, éste para echar la epístola y dirigir a los demás cantores [...]

Cuando se dio por terminada la ceremonia, y después de las felicitaciones y enhorabuenas de costumbre, volvió a formar la comitiva a la puerta de la iglesia y se puso en marcha conforme había venido, con la sola diferencia de que ahora iba Antón también debajo de los arcos, y su padre echaba, durante el tránsito, puñados de tarines y aún de medias pesetas a la muchedumbre, cebo apetitoso y estimulante que hizo más de dos veces desorganizarse la comparsa por bajarse los danzantes, los gaiteros y las cantadoras a recoger tal cual moneda descarriada, no obstante haberles dicho Toribio, temiéndose tamañas informalidades, que para todos habría luego.

Una hora después que la boda llegó a casa del rico jándalo, la fiesta tomó un carácter muy distinto. El señor cura, don Robustiano, Zancajos, los novios, el alcalde, la alcaldesa, los concejales de la comisión, el maestro, el sacristán y más una docena de personas de lo más selecto del lugar, ocuparon la larga mesa que se había preparado en la sala principal. Los danzantes, los gaiteros, las cantadoras y cuanta gente se presentó allí se posesionaron del corral, donde había, para el que menos, abundante ración de guisado, pan y vino...y arroz con leche.

[...] Cuando ésta hubo desaparecido también, y se agotó la fuente, y se rebañaron las calderas, se levantaron los tableros que habían servido de mesas, se retiraron los toldos que las amparaban del sol y comenzaron los músicos a darle a las cigüeñas de las gaitas (9). Esto y media docena de cohetes lanzados al aire fue la señal del gran jaleo; quiero decir, de trepar a la cucaña y del baile general.

Pasacalle (10)

[...] Pues has de saber que aquí se canta toda la noche...y todo el día. Canta la fregona al ir a la fuente y en el fregadero, y canta el peón cuando trabaja y cuando deja de trabajar, y el aprendiz de zapatero cuando va de entrega, [...] y el oficial de sastre, y todos los jornaleros de todos los géneros y categorías, en cuanto se echan a la calle...; y no te incluyo en esta música, que es de pura afición, a los artistas de profesión, como los indígenas ciegos de vihuela, y los de gaita y lazarillo con panderetas, exóticos, de la provincia, que en ciertos días de la semana, como el sábado, aturden a la población. Y si de ella sales, oirás cantar al carretero en el camino real, y al mozo que ronda la casa de su moza, y al sacristán que va a tocar a las oraciones, y al enterrador que abre una fosa... y a todo bicho viviente, que aquí como en ninguna parte, se evidencia la admitida opinión de que los montañeses de todo el mundo son bullangueros y danzarines de suyo...

Habrá que esperar treinta años hasta que hallemos una nueva cita que recoja la presencia de un gaitero, a principios del presente siglo. Esta la obtendremos, publicada a manera de anécdota, de Leopoldo Pardo e Iruleta en Cantos de la Montaña (11), con motivo de la preparación de una fiesta montañesa a celebrar en agosto de 1900, y que tenía como principal objetivo potenciar las tradiciones folklóricas de la provincia de Santander.

Los datos sueltos, que sobre este asunto se pueden reunir hoy en día no son pocos, teniendo en cuenta la escasez de material existente. Por ejemplo, durante los primeros meses del año 1971, hemos llegado a conocer en la zona intermedia y próxima a la costa, a gaiteros como "El Pollo" en San Vicente del Monte y Francisco Torres García, de 71 años, natural y vecino de Villanueva de Labarces (Ayuntamiento de Valdáliga). Ambos gaiteros gozan de una buena reputación como instrumentistas, siendo solicitados por vecinos y gentes de los pueblos próximos para amenizar fiestas y romerías. Ambos comenzaron en su juventud construyendo flautas de caña y más tarde punteros con maderas de limonero y saúco, tocados a manera de dulzaina. Francisco Torres García llegó a fabricarse una gaita entera con madera de saúco, cuando contaba veintitrés años. La gaita que suena actualmente la compró a otro gaitero de Villaviciosa (Asturias). Es gallega (12) de tipo "tumbal" o "roucadora"; este tipo, de los tres en que se dividen las gaitas gallegas, es el de mayor tamaño, estando afinada en SI bemol. De madera de boj pintada de negro, con anillos de hueso y fuelle de piel de cabrito. El repertorio está compuesto por jotas y melodías tradicionales propias de la tierra. Ha conseguido interesar a su hijo Leoncio Torres González, de 30 años, en el manejo de una gaita, también gallega, tipo "normal" o "redonda", afinada en DO. De madera de boj, color natural, barnizada, con fuelle de piel de perro.

En las proximidades de Santillana del Mar, carretera de Ubiarco, un viejo pitero alterna el manejo del requinto con el de la gaita. Asimismo en Puente San Miguel, Fernando Velasco Zabala construye gaitas y toca en cuantas fiestas se le solicita junto con su hijo José Angel.

Recordemos también que algunos de nuestros más afamados cantores populares, caso de Aurelio Ruiz Crespo, de Pesquera (en la fotografía de pie junto a Manuel Rivas "El gaitero de la Portiella"), o Manuel Sierra, gustaban de ser acompañados por gaiteros. En la actualidad sucede algo parecido con otros cantores también rurales, como Manuel Gutiérrez Gutiérrez, "El chaval de Cabuérniga", que canta a menudo con acompañamiento de gaita, como hemos podido comprobar personalmente en el pueblo de Carmona. Es curioso que, en este mismo lugar, las celebradas fiestas de San Pedro hasta no hace muchos años eran amenizadas tanto en momentos religiosos como profanos, por gaiteros que acudían de diversos puntos. Otro gaitero de reconocidos méritos es Santiago Conde Fernández, de 56 años, natural de Piñeres (Peñarrubia).

En agosto de 1980, en la festividad de San Tirso, que se celebra en la ermita situada en los montes que pertenecen a Ojedo (Ayuntamiento de Cillorigo-Tama), asistimos a una escena similar a las descritas por José María de Pereda a mediados del siglo XIX. Dos músicos populares, padre e hijo, portando gaita y tambor tocaron dentro de la ermita en diferentes pasajes de la misa así como en la procesión, alrededor de la pequeña capilla, delante de los hombres que llevaban el santo. Prosiguieron tocando, mientras los asistentes más hábiles saltaban la hoguera, y al atardecer para acompañar el baile, momento en el que aparecieron Abel el de Cahecho y otros gaiteros, también lebaniegos.

Según testimonio verbal de don Jaime García de Enterría, entre. los años 1947 y 1950, eran frecuentes los gaiteros en toda clase de fiestas populares celebradas en los valles de Liébana, por ejemplo: San Bartolomé, en Frama; San Roque, en Tama; y la citada de San Tirso, en Ojedo.

Quién sabe si, como dijera en su cancionero Córdova y Oña hablando de este instrumento, pese a partir de una falsa hipótesis, "bien pudiera ser algún día en la Montaña algo más que una pieza de museo".
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(1) PEREDA, J. Mª de: Escenas Montañesas, Madrid, 1864, pág. VII.

(2) CORDOVA y OÑA, S.: Cancionero popular de la provincia de Santander, vol. IV, Santander, 1955, pág. 314.

(3) Nos referimos al instrumento musical de viento cuya característica esencial es la presencia de un odre o bolsa de cuero que actúa como depósito de aire.

(4) GARCIA LOMAS, A. y CANCIO, J.: Del solar y de la raza, Santander, 1928-1931. 2 vols.

(5) ADOLF SCHULTEN: Fontes Hispaniae Antiquae, VI, Barcelona, 1952, pág. 106.

(6) PEREDA, J. Mª de: Escenas Montañesas, Madrid, 1864, págs. 465, 468 y 469. Los subrayados en los textos de Pereda son nuestros.

(7) PEREDA, J. Mª de: Obras Completas, vol. I, Madrid, 1974, págs. 284-285.

(8) PEREDA, J. Mª de: Tipos y paisajes, Madrid, 1871, págs. 274-285, 277-278, 281-283 y 285.

(9) No sabemos a qué parte del instrumento se refiere J. Mª de Pereda cuando dice: "cigüeñas". Resulta extraño este nombre en la Organigrafia de la gaita gallega. Es como si en esta ocasión se tratara de zanfonas, en lugar de gaitas y empleara "cigüeña" por manivela (manubrio o cigüeña). De otra parte, que se trata de gaitas de fuelle, lo evidencian alusiones como: "... acompañaba con su ronco instrumento..." o "... sacando a sus roncos instrumentos...".

(10) PEREDA, J. Mª de: Tipos y paisajes, Madrid, 1871, pág. 439.

(11) CALLEJA, R. y otros: Cantos de la Montaña. Colección de canciones populares de la provincia de Santander , Madrid, 1901.

(12) Ver: COBAS PAZOS, V.: Esbozo de un estudio sobre la gaita gallega, Santiago de Compostela, 1955.