Si desea contactar con la Revista de Foklore puede hacerlo desde la sección de contacto de la Fundación Joaquín Díaz >

Búsqueda por: autor, título, año o número de revista *
* Es válido cualquier término del nombre/apellido del autor, del título del artículo y del número de revista o año.

Escenas folklórico musicales en la pintura de Goya

PICO PASCUAL, Miguel Ángel

Publicado en el año 2004 en la Revista de Folklore número 285.

Esta visualización es solo del texto del artículo.
Puede descargarse el artículo completo en formato PDF desde la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.

Revista de Folklore número 285 en formato PDF >

Los últimos números de la revista están disponibles en el servidor de la Fundación Joaquín Díaz >


La vida popular del siglo XVIII asoma por doquier en la pintura del genial artista aragonés, especialmente en los cartones de los tapices que realizó para decorar los palacios reales de Carlos III del Pardo y del Escorial, en los que emplea preferentemente procedimientos de composición neoclásicos, sabiamente manejados por una luminosidad y unos contrastes de luz inusuales hasta entonces. En El baile a orillas del Manzanares, El ciego de la guitarra, Muchachos jugando a los soldados, El majo de la guitarra, Pastor tocando la dulzaina, La boda, El pelele, Los zancos y otros cuadros, predominan los motivos de inspiración popular: trajes, tipos, costumbres, escenas, corridas de toros, bailes, verbenas, etc. La música popular emerge y acompaña muchos de estos escenarios, tan del agrado de la época, y que fueron retratados del mismo modo por otros artistas de la época, aunque no con la maestría que brotaba de su mano.

En El baile a orillas del Manzanares, pintado en 1777, hallamos una pareja de majos, ataviados con sus respectivas castañuelas, bailando unas seguidillas, siendo acompañados por los sones de una guitarra de seis clavijas, una bandurria, de la que sólo se aprecia el clavijero y la espalda, y un palmero. La escena más folklórica no puede ser, en ella aparece retratada una realidad que el pintor estaba acostumbrado a ver habitualmente en sus salidas campestres.

En El ciego de la guitarra, pintado un año después, encontramos a un ciego que, escoltado por su fiel lazarillo, canta acompañándose de la guitarra, el instrumento más popularizado entre la gente del pueblo en la España del siglo XVIII. La escena parece ser que transcurre en la plaza de la Cebada de Madrid un día de feria o de mercado. Una muchedumbre agolpada en torno a la figura principal escucha los romances y coplillas que este tipo de músicos solían cantar, acompañados por el rasgueo de su inseparable guitarra, para ganarse el pan con el que vivir. D. Tomás de Iriarte, en la epístola IV de su poema dedicado a la música, los retratará de la siguiente forma: “Y, en verdad, Fabio, que la vez que llego/ a una esquina o portal, en donde un ciego/ canta y vende sus coplas chabacanas/ cercado de vulgar y zafia gente”. Habitualmente las letras que solían interpretar eran deshonestas, picarescas, alegres y divertidas, narraciones de sucesos, etc., lo que pedía el público, y algunas de ellas llegaron a estar prohibidas por los tribunales de la inquisición, que veían en ellas la corrupción de la sociedad. La guitarra que retrata en esta ocasión Goya es más antigua que la anterior, de cinco cuerdas. Ramón Bayeu (1746-1793), al interpretar este tema decidirá colocar entre las manos del ciego, en vez de una guitarra, una zanfoña, un instrumento mucho más antiguo con el que solían acompañar también sus interpretaciones. En esta ocasión el lazarillo ataviado con las típicas castañuelas, baila junto con un perro. Muy posiblemente pensase aquel aforismo que dice: “Por dinero canta el ciego y baila el perro”.

En Muchachos jugando a los soldados, el pintor nos presenta una escena de juego infantil, siendo acompañado el pequeño desfile de dos niños por un tambor, un instrumento de juego de tantos pequeños, que encontramos retratado incluso en una escena hogareña de Veermer.

En El majo de la guitarra, Goya nos muestra una escena popular que fue también interpretada casi de la misma manera por el hermano de su cuñado. En la España de este período, el instrumento más popularizado entre el pueblo fue la guitarra, ella fue el medio más generalizado para realizar los acompañamientos vocales de tantos bailes y tonadas que eran interpretados en momentos de ocio.

En Pastor tocando la dulzaina, el pintor retrata un motivo pastoril. El pastor, que pasaba tanto tiempo sólo en las montañas amenizaba su aislamiento con la música, en esta ocasión con una dulzaina.

En La pradera de San Isidro, realizado en 1788, retrata una escena populista, la renombrada fiesta del patrono de Madrid, que se celebraba en su aspecto más profano al aire libre, en las laderas del Manzanares. En ella, la música y el baile no podían faltar. En el fondo del cuadro hallamos un grupo de majos bailando seguidillas, y dos grupos de baile de dos parejas, moviéndose al ritmo de otras seguidillas. En La romería de San Isidro, una de las siete pinturas negras que decoraban el comedor de la planta baja de su querida casa, la Quinta del sordo, plasmó posteriormente, de una manera completamente diferente, la fiesta del santo. El contraste con el cartón es abismal, la alegre fiesta que presidía el cuadro es trasformada ahora en una oscura fantasía del artista, que atravesaba una nueva fase evolutiva en su manera de pintar. El guitarrista que preside la romería es acompañado por todo un coro de figuras plenamente expresionistas, magistralmente retratadas, que parecen salidas de un sueño.

La boda y Los zanjos, fueron ejecutados casi a la par, entre 1791 y 1792. En el primero, el genial artista hace una crítica del matrimonio por interés. Abre la comitiva nupcial un dulzainero, rodeado de niños, los novios –la figura del novio es sumamente caricaturesca, con tal de ridiculizarla–, los padrinos, el cura y los invitados. De todos los cartones, quizás, sea éste en el que Goya se siente más a gusto consigo mismo, puesto que al retratar una escena cotidiana, en la que la música no podía faltar, hace una crítica social de un fenómeno que no dudará repetir posteriormente en los Caprichos. En toda la serie de cartones no había sido tan crítico como en éste. En el segundo, descubrimos otro motivo popular, el baile con zanjos. En esta ocasión, Goya pinta dos majos acompañados por los sones de dos dulzainas, un instrumento de antigua tradición popular en nuestro país, que no podía fallar en cualquier fiesta.

La plasmación de escenas populares y campestres en las que la música está presente fue explotada por otros artistas de la época, a parte de los cartones confeccionados por Ramón Bayeu, tendríamos que destacar dos escenas costumbristas del hermano de éste: El puente del canal de Madrid, realizado en 1784, en el que aparecen representados una pareja de majos, ataviados de sus respectivas e inseparables castañuelas, que son acompañados en esta ocasión por dos guitarras, y Merienda en el campo, hecha un año después, en la que aborda el momento de la comilona. La guitarra, elemento indispensable para amenizar estos actos, descansa en la parte izquierda, encima de un montón de ropa, a la espera de ser cogida de nuevo para acompañar nuevos bailes y sones.