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San Agustín, fiesta de Fuentelencina (Guadalajara)

LOPEZ DE LOS MOZOS, José Ramón

Publicado en el año 2004 en la Revista de Folklore número 285.

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I.- ORÍGEN Y EVOLUCIÓN

(Siglos XVI y XVII)

Los datos más antiguos que se conocen sobre esta fiesta datan del primer cuarto del siglo XVI, concretamente del año 1520, en que el pueblo de Fuentelencina erigió como patrón a San Agustín por decisión del Concejo que votó el día de su nacimiento, (28 de agosto) como fiesta principal (1):

“Hay votada la fiesta de S. Agustin de ayunar su vigilia, y holgar el dia, y correr toros en tiempo permitido, y el dia en la hermita se da de Cantidad doscientos arreldes de Vaca con pan é vino para esta fiesta. Cuando se votó, un Carnicero dió un novillo de cien arreldes con condición que todos los carniceros lo den cada año, para ayuda de la caridad; siempre se guarda esta costumbre” (2).

Todos los asistentes, del propio pueblo y forasteros, –generalmente pobres con ganas de saciar su hambre y enfermos que buscaban un milagro del santo–, tenían derecho a participar de la comida, que en realidad era una caridad, y que entonces se preparaba junto a la ermita que el pueblo construyó en 1524 en honor del santo (3).

En la obra de fray Francisco de Rivera titulada Vida de San Agustín, pueden encontrarse datos tan interesantes sobre esta tradición como los que siguen: “

(los alcarreños de Fuentelencina tomaron a San Agustín) por Abogado contra la peste, que entonces padecía la Villa; contra las tempestades y la piedra, a que continuamente estaba expuesta; contra la langosta, que desde aquel tiempo jamás se ha visto en sus términos; en faltándoles el Cielo con el agua a su tiempo, recurren a San Agustín: han experimentado que su protección es el unico remedio contra los males que puedan tener, assí de calenturas, como de cualesquiera otros achaques” (4).

La fiesta comenzaba el día de la víspera con la suelta de un toro o vaquilla enmaromado que corría por las calles del pueblo y del que, después de muerto, se cocinaban sus mejores trozos, y cuyo caldo resultante se distribuía a media noche, ya que tal cocción siempre fue considerada como medicina protectora contra las fiebres tercianas y aún otras (5).

Herrera Casado describe el proceso que seguía la fiesta hace siglos. La carne se dividía en cuatro partes de 85 libras cada una, correspondientes a otras tantas cuadrillas, tres formadas por los propios del lugar y la cuarta por los forasteros, que a veces llegaban de hasta diez leguas de distancia. En cada cuadrilla, los encargados de guardar el orden del reparto recibían los nombres de alcalde, mayordomos y escribano, que también repartían los dos panecillos o torticas del santo por persona, que se habían confeccionado con las más de 50 fanegas de trigo donadas entre el Concejo, los oficiales del santo y los vecinos del lugar, además de un cuartillo de vino (6).

Y añade más la descripción que del acto hace fray Francisco de Rivera, y que trasladamos dado su gran interés:

En el campo, junto a la Ermita, se pone al fuego una caldera grande de lagar, en que entrarán más de doze arrobas de agua, y en ella echan en trozos las ochenta y cinco libras de toro. Pónese a cocer la víspera del Santo, al anochecer; y en siendo media noche, comiençan a repartir el caldo: y es tan numerosa la multitud que acude a recibirlo, ya en alcucillas para llevarlo a sus lugares, ya en escudillas, pucheros y otros vasos, que es forçoso, como le van sacando, ir añadiendo agua, de calidad que se gastarán más de sesenta arrobas, teniendo todos grande seguridad, que por ser cosa dedicada a San Agustín, han de conseguir por sus merecimientos el alivio que desean en sus males, necesidades y desconsuelos” (7).

(Siglo XIX)

Todavía en 1871, recordaba el presbítero don Maríano Pérez y Cuenca, que:

“San Agustín es el patrón del pueblo, y en su festividad, que es el 28 de agosto, acude mucha gente de toda la comarca á tomar caridad, caldo y carne de una vaca que cuecen y bendicen, teniendo esto como eficaz remedio contra las tercianas” (8).

(Siglos XX y XXI)

Otra interesante y completa descripción de la fiesta que comentamos fue realizada poco antes de 1955 por don Ernesto Navarrete (9).

Según este autor, la fiesta comenzaba el día 27 de agosto, la víspera, con la salida de una vaquilla ensogada que corría por las calles del pueblo hasta llegar a la plaza donde está el ayuntamiento, a una de cuyas columnas era atada y apuntillada, con toda solemnidad, por el alcalde.

Antiguamente, esta vaca era costeada por los concejales, por lo que tenían derecho a reservarse parte del animal. En la actualidad (1955), –señala Navarrete–, la costea el propio Ayuntamiento.

Una vez aquí, la vaca era descuartizada, dejándose los mejores trozos para ser fritos para con el aceite resultante de la fritura, la demás carne y los huesos en grandes calderas se hacían las “sopas de San Agustín”, al aire libre, detrás de la iglesia.

Se calculaba el fuego para que a las nueve de la noche estuvieran a punto.

Al toque de campanas acudía el pueblo en pleno a comer las “

sopas”, que, según creencia, preservan y curan de las fiebres tercianas, siempre que se invoque el nombre del santo con devoción y las “sopas” se coman con fe.

Antes de la comida salía el sacerdote a bendecirla. El reparto corría a cargo de las esposas del alcalde y concejales. El turno de comidas comenzaba por el sacerdote, seguido por el alcalde, el teniente alcalde, los concejales y funcionarios públicos, y finalmente, por el pueblo.

Al día siguiente, el de San Agustín, y una vez concluída la misa, sacerdote, autoridades, funcionarios e invitados se trasladaban al ayuntamiento, donde tomaban un chocolate seguido de la carne de la vaca, frita en esta ocasión, de la que se repartían trozos pequeños a los que por allí se aproximaban.

Finalizado este acto, el alcalde y el sacerdote salían al balcón que da a la plaza, donde se arremolinaba la gente, en espera de que les echasen los huesos de la vaquilla que fueron usados para condimentar las “sopas”, disputándoselos como reliquia protectora y milagrosa.

Veinte años posterior a la descripción de Navarrete, es la de Herrera Casado (10). En 1973, los actos del día de la víspera consistían en soltar una vaquilla que corrían los mozos, a la que tras ser apuntillada en la plaza, se le separaban las mejores tajadas para, entrada la tarde, disponer junto a la iglesia cuatro o cinco calderas y con los restos preparar las sopas de San Agustín, cuya misión correspondía únicamente a los hombres del pueblo (11).

Tras las vísperas, era el sacerdote, revestido de capa y acompañado por la cruz parroquial y los ciriales, el encargado de bendecir las sopas e incensarlas, tras lo que se servían en grandes bandejas, no sin antes haberles añadido pequeñas rebanadas de pan blanco, primero al sacerdote, después al alcalde y concejales y, finalmente, al pueblo, cada cual provisto de su cuchara, e incluso algunos con pequeñas vasijas que llenan de sopas para conservarlas durante el año, a modo de medicina.

El día del santo consistía en tomar un chocolate en el Ayuntamiento, seguido de la carne de la vaca sacrificada el día de la víspera, momento que se aprovecha para el reparto de la caridad de San Agustín, que consiste en unos panecillos triangulares de pan con anisillos bendecidos el día anterior, que al igual que las sopas, algunas personas guardan todo el año.

Es importante subrayar –según Herrera– que, al final de la comida no se distribuyeron los huesos del animal (12).

Damos a conocer seguidamente los datos que figuran en el programa publicado con motivo de las fiestas de san Agustín del año 2000 (13).

“Domingo, 27 de Agosto:

– 09’00 h. Suelta de vaquillas.

– 15’00 h. Preparación de Calderas para el guisado de carne de la vaquilla y sopa.

– 20’00 h. Vísperas y Bendición de la tradicional sopa.

– Etc.

Lunes, 28 de Agosto:

– 10’00 h. Diana floreada y Pasacalles a cargo de los Dulzaineros “Teja y Pizarra”.

– Reparto de caridades.

– Celebración de la Santa Misa, en honor de San Agustín al finalizar la Misa, se tomará el tradicional Chocolate y la carne de Vaca.

– Solemne Procesión de la imagen de San Agustín por el recorrido de costumbre”.

– (Sic. a todo).

Para Ayala y Basante la fiesta de San Agustín gira desde el siglo XIX alrededor de las “vísperas”, el día 27, la fiesta religiosa el 28 y los toros los días 29 y 30. Veamos ahora cómo son las fiestas actuales (14).

Día 27, “la víspera”: En el lugar denominado El Terrero, junto a la iglesia, los hombres disponen lo necesario para preparar el caldo (15), en base a la carne troceada debidamente y algunos huesos de la vaquilla, que se dejan cocer durante horas hasta que está dispuesto para ser distribuído en varias fuentes preparadas con rebanadas de pan de “las caridades” que se han amasado en la tahona con harina comprada y anís en grano, y que se reparten entre todo el pueblo, habiendo quienes lo guardan durante todo el año dado que se le atribuyen propiedades curativas (16).

Tras las “vísperas”, el sacerdote, precedido por la cruz parroquial, se dirige procesionalmente hasta El Terrero para bendecir las calderas de sopas que, después, en grandes fuentes llevan los familiares del alcalde y demás autoridades al atrio de la iglesia, y así poder dar cuenta de ellas.

Los primeros en probarlas son el sacerdote y las autoridades, tras los que se da paso libremente a quien lo desee que, en muchas ocasiones “

invoca al Santo para que lo cure o más bien le prevenga de cualquier mal”.

Cada cual lleva su cuchara y, generalmente, también alguna vasija para coger algo de sopa, caso de que sobre, y darla a los animales de compañía (17).

Día 28, la fiesta. Comienza con una diana floreada a cargo de los músicos encargados de despertar a los vecinos para que acudan a la misa mayor en honor del santo, tras la que tanto las autoridades como el pueblo en pleno, precedidos por la banda de música, se encaminan a la plaza para degustar chocolate, con “pan de las caridades”, vino y la carne empleada en la cocción del caldo utilizado para la preparación de las sopas de las vísperas.

Finaliza la mañana con el baile de algunas jotas.

Por la tarde, en el atrio de la iglesia, tiene lugar la subasta de los palos de las andas que sujetan la imagen de San Agustín y su posterior procesión, repitiéndose la subasta a su regreso.

Como podemos observar, las fechas se siguen manteniendo en los tiempos actuales, pero los actos han variado.

II.- ELEMENTOS QUE INTERVIENEN ACTUALMENTE E INTERVINIERON EN SU PASADO PARA SU DESARROLLO Y VARIACIONES SUFRIDAS CON EL PASO DEL TIEMPO

Han transcurrido casi quinientos años (484) desde que la entonces villa de Fuentelencina votase el día de San Agustín como su principal fiesta, debido a considerar dicho santo como protector contra la peste, las tempestades y piedra, la langosta, proveedor de lluvia en tiempo de sequía y remedio contra las calenturas y cualquiera otros achaques.

Desde el voto al santo el 1520 donde únicamente se ayunaba la vigilia, se holgaba el día y se corrían los toros, segun las Relaciones de Felipe II, con una comida que se hacía en la ermita, consistente exclusivamente en carne de vaca con el caldo de su propia cocción, más el pan y el vino propios de cada “caridad”.

El día de la holganza, el de la víspera, se soltaba el toro (o la vaquilla) enmaromado que corría por las calles y al que se mataba para hacer el caldo que se repartía a media noche como medicina contra las tercianas, principalmente, dada la protección de San Agustín como abogado contra la peste, las tempestades, la piedra y las plagas de langosta.

En realidad, la comida se dividía en cuatro partes de ochenta y cinco libras cada una, por cuadrilla, de las que tres eran del lugar y una forastera. Se añadía a este condumio un panecillo (llamado entonces “torticas” del santo) y un cuartillo de vino por persona.

La comida se hacía en la ermita, en calderas que contenían doce arrobas de agua más las ochenta y cinco libras de carne de toro, que se cocía la víspera al anochecer y a eso de la media noche se reparte el caldo a modo de medicina.

Muchos años después, en los tiempos del maestro Navarrete, la cosa parece estar reglada de otra manera:

– El día de la víspera se sacaba la vaquilla enmaromada, recorriendo las calles hasta la plaza. En una de las columnas de los soportales del Ayuntamiento –que era quien la costeaba– se ataba y se apuntillaba por parte del alcalde, como máxima autoridad local (18).

Mientras se celebraba la misa mayor, y junto a sus muros –ya no en la ermita– se descuartizaba y se freían los mejores trozos y, con el aceite resultante de la fritanga, la demás carne y los huesos, se hacían las “sopas de san Agustín”, que debían estar a punto a las nueve de la noche, en que a toque de campana acudían a comerlas (también como medicina) una vez bendecidas por el cura del pueblo.

El reparto correspondía entonces a las mujeres del alcalde, en primer lugar, y a las de los concejales.

Se servía primero al cura, después al alcalde, a los concejales y a los funcionarios públicos y, finalmente, al pueblo.

Tras la misa, las autoridades (y sólo ellas) iban al ayuntamiento donde se les ofrecía un chocolate de entrada, más luego la carne de vaca frita, que se daba también a los que se acercasen.

Después el alcalde y el cura salían al balcón y arrojaban los huesos del toro o vaquilla a la gente, que los estaba esperando como reliquias milagrosas y que guardaban en sus casas como elemento protector.

Ya en 1973, el día de “la víspera” eran los mozos los que corrían a la vaquilla, la apuntillaban en la plaza (notemos que ya no es el alcalde) y, con las mejores tajadas, por la tarde, junto a la iglesia (19), se disponían cuatro o cinco calderos para, con sus restos preparar las “sopas”, que únicamente podían cocinar los hombres del pueblo.

Tras las “vísperas”, el cura revestido bendecía e incensaba la carne que se servía en grandes fuentes añadiendo rebanadas de pan blanco.

El día de la fiesta se servía también, en el salón de actos del Ayuntamiento, el chocolate tradicional más la carne de la vaquilla, junto con unos panecillos –entonces triángulares– con anisillos, bendecidos, que el pueblo guardaba religiosamente como remedio contra sus males.

Pero ya no se arrojaban desde el balcón del Ayuntamiento los huesos de la vaquilla. Parece como si el poder de los huesos se hubiera trasladado a los panecillos anisados de la “caridad”.

Lo propio viene sucediendo desde poco antes del año 2000 en que el día de la “víspera” se procede a la suelta de vaquillas (ya varias, no una sola) y a la preparación de los calderos (20) para hacer un guisado con la carne y las “sopas”, que reciben por parte del cura la correspondiente y necesaria bendición.

Y el día de la fiesta amanece con una “diana floreada” y pasacalles, seguido del reparto de “caridades” (ahora unos panecillos redondos), la misa y después el tradicional chocolate con la carne de las vacas.

Más cercanamente, como hemos podido constatar (años actuales), el día de la “víspera”, junto a la iglesia y por los hombres del pueblo se procede a la preparación del caldo a base de la carne del bicho y sus huesos, que se reparte en fuentes con pan de “caridades” (21). El cura bendice los calderos de “sopas” y, en fuentes, los familiares del alcalde y de los concejales las reparten en el atrio de la iglesia. Primero le toca al cura, luego a las autoridades y después a quien invoque al santo.

Ahora se guarda algo de ese caldo para dárselo a los animales de compañía (suponemos, como siempre ha sido costumbre, que anteriormente se daría a los animales de labor, de los que en gran parte dependía la economía familiar: mulas y borricos, vacas, cerdos, gallinas, conejos y palomas, aparte, claro, de perros y gatos).

Y el día de la fiesta, como ya se ha dicho: comienza con diana, misa mayor y procesión presidida por las autoridades, pueblo en general y banda de música hasta la plaza, donde se ofrece a todos los asistentes el tradicional chocolate, con el “pan de la caridad”, el vino y la carne de la vaca, mientras suenan las alegres jotas de la zona. Nada de los huesos queda ya.

Por la tarde, como colofón, sale el santo en andas con subasta de maneros.

APÉNDICE SOBRE LA ICONOGRAFÍA DEL SAN AGUSTÍN DE FUENTELENCINA

De notable interés es el grabado del siglo XVIII con la efigie de San Agustín, el hijo de Santa Mónica, que presentamos, cuya leyenda a los pies reza: “Vº. Rº. DEL Gn. Pe. Y Dr. DE LA YGª. Sn. AGUSTIN, / como se Venera en Hermita extra muros de la / Villa de Fuentelaencina. Se grabo a devn. De sus Devotos”.

En efecto, como doctor de la Iglesia porta el libro y la pluma, y a sus pies, dos ángeles llevan una maqueta de iglesia, como símbolo del fundador y una mitra obispal por haberlo sido de Hipona. Carmona Muela (21) señala que a menudo lleva un corazón llameante en la mano como símbolo de su total entrega a Dios, que en el grabado que comentamos aparece sobre su cabeza atravesado por dos flechas, iconografía que fue empleada a partir del siglo XVI, inspirándose en su libro Confesiones: “Tus flechas habían atravesado mi corazón con tu amor” (IX, 2, 3).

Aquí lo vemos barbado y vistiendo como monge agustino el hábito negro con el cinturón de cuero y como obispo con la capa pluvial sobrepuesta.

Llama la atención también el angelote que clava una flecha de amor divido en su corazón.

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NOTAS

(1) Fuentelaencina, como entonces se llamaba esta localidad, tenía ofrecidos varios votos más a otros muchos santos, no sólo a San Agustín. Así, en la respuesta 52 de las “Relaciones Topográficas de España. Relaciones de los pueblos que pertenecen hoy a la Provincia de Guadalajara con notas y aumentos de D. Juan Catalina García. Académico de número”, tomo II, en Memorial Histórico Español colección de documentos, opúsculos y antigüedades que publica la Real Academia de la Historia, tomo XLII, Madrid, Est. Tip. de la Viuda é Hijos de M. Tello. Imprenta de la Real Academia de la Historia, 1903, p. 56, puede leerse: “En esta Villa de muy antiguo esta votada la fiesta de Santa Anna, que es la fiesta principal de esta Villa, y en ella se hacen muchos regocijos y fiestas de á pie y de á caballo; danzas é representaciones, y en tiempo permitido Toros, todo á costa del Concejo; votóse, segun se entendio de los antiguos, por la langosta. Está votada la fiesta de S. Sebastian é S. Roque, por la pestilencia que se huelgan, y dan cierta cantidad de trigo del Concejo á los pobres en caridad (...) Tambien se guarda por voto la fiesta de S. Valentin y de S. Gil, la traslacion de S. Benito, la exaltacion de la Cruz, Cruce et Julite que llaman S. Quilez.” De todas formas el voto a san Agustín estuvo muy extendido por la zona, así en Pastrana: “El motivo de este voto, que aún se sigue cumpliendo en parte, fué el siguiente. El 28 de agosto de 1589 hubo una nube tan grande, que no hay memoria de otra semejante en esta villa. Se inundó la mayor parte del pueblo, se arramblaron todas las huertas y hortalizas. La iglesia y convento de San Francisco se llenaron de agua y piedra, de modo que en muchos días no se pudo celebrar; y se ahogaron treinta y cinco personas. El Ayuntamiento y Cabildo, creyendo que debían su salvación al glorioso San Agustín acordaron guardar su día como festivo, subirle en procesión á la iglesia de San Francisco cantando la Letanía de los Santos, y que no se matase carne la víspera, para que ayunasen.” (Vid. PÉREZ Y CUENCA, Mariano, Historia de Pastrana, y sucinta noticia de los pueblos de su partido, por D..., Presbítero y Prebendado de su suprimida Iglesia Colegial. Corregida y aumentada por el mismo. Madrid, Imprenta de la Viuda de Aguado é Hijo.- Pontejos, 8, 1871, pp. 271-272).

(2) Relaciones Topográficas de España, op. cit., p. 56. El arrelde equivale a cuatro libras de Castilla, o sea, a l.840 gramos, por lo que se dieron 368 Kg. de carne.

(3) “Otra (hermita) de S. Agustin, grande, que se fundó de limosnas año de mil quinientos veinte y cuatro, por la piedra”. Relaciones Topográficas de España, op. cit., p. 55. Como puede verse, cuatro años después de haberse votado la fiesta de san Agustín. GARCÍA, Juan Catalina, en los Aumentos a dichas Relaciones Topográficas de España, op. cit., p. 71, indica que “La ermita de San Agustín, en las afueras del pueblo, es más notable que por sus condiciones artísticas por la gran devoción de que siempre ha sido centro. Ya en 1520 el concejo votó por fiesta popular el día del santo, al que tomaron por defensor contra la peste, las tempestades, la langosta, la sequía y otras calamidades, celebrándola con jubileo plenínimo y limosna abundante. Como costumbre propia del lugar, se celebró una corrida de vaca ó toro, cuya carne se cocía después en grandes calderos para repartirla, y al llegar la media noche del día de la fiesta, se hacía también una distribución de caldo entre los concurrentes; mas en algunos años fueron éstos tantos, que fué menester gastar más de sesenta arrobas en renovar aquel caldo, bebido como cosa bendita y aun milagrosa, según entendía la fe de las gentes” quien en nota remite a “Fr. Francisco de Rivera, (que) en su Vida de San Agustín (Madrid, 1684), da curiosas noticias sobre esta fiesta de San Agustín”. (Las cursivas son nuestras).

(4) RIVERA, fray Francisco de: Vida de San Agustín, Madrid, 1684, Libro V, capítulos XLII y ss. (pp. 496 y ss.), que menciona HERRERA CASADO, Antonio: “San Agustín y el culto totémico”, Revista de Dialectología y Tradiciones Populares, XXIX (1973), pp. 427-433 y publicado después en Glosario alcarreño, tomo I, “Por los caminos de la Alcarria”, Guadalajara, 1974, pp. 27-33. Por cierto que la aprobación del libro de fray Francisco se debe a fray Felipe Colombo, fechada en Madrid el 15 de mayo de 1682. GARCÍA LÓPEZ, Juan Catalina: Biblioteca de escritores de la provincia de Guadalajara y bibliografía de la misma hasta el siglo XIX, Madrid, Est. Tipográfico “ Sucesores de Rivadeneyra”, 1899, p. 93 núm. 236.

(5) AYALA GARCÉS, Santiago y BASANTE POL, Rosa: Fuentelencina hermoso lugar de la Alcarria, Madrid, Ayuntamiento de Fuentelencina, 2002, p. 98.

(6) HERRERA CASADO, Antonio: Glosario alcarreño, op. cit., p. 30. Cada cuadrilla consumía, 39’100 Kg. de carne, por lo que el total ascendía a 156’400 Kg. El cuartillo equivalía aproximadamente a medio litro.

(7) Ídem., pp. 30-31. Quiere esto decir que, a la caldera de cada cuadrilla, a los más de 192 litros de agua, se le añadían los 39’100 Kg. de carne.

(8) PÉREZ Y CUENCA, Mariano: Historia de Pastrana, op. cit., p. 293. Notemos que ya no se menciona la ermita de san Agustín, que sí aparece en Madoz: “Hallase también una ermita (San Agustín)”.MADOZ, P.: Diccionario geográfico-estadístico-histórico de Castilla-La Mancha, Valladolid, Ámbito Ediciones, S.A., 1987, tomo I, p. 478.

(9) NAVARRETE, Ernesto: “La Fiesta de San Agustín, Patrono de Fuentelencina (Guadalajara)”, Revista de Dialectología y Tradiciones Populares, XI (1955), cuadernos 1º y 2º, pp. 182-184.

(10) HERRERA CASADO, Antonio: Op. cit., p. 29, asegura que “Aunque modernamente (la fiesta de San Agustín) ha perdido mucho de su antiguo tipismo y colorido, en gran parte debido a la ruina que en lo que va de siglo se ha convertido la ermita de San Agustín, todavía mantiene el pueblo su nítida tradición de festejo al Santo, permaneciendo vivo en esencia todo el ceremonial ancestral” y, a pesar de la referencia de Navarrete, “cree conveniente reseñar el estado en que hoy en día, agosto de 1973, aún se conserva”. También afirma en la nota (9) que nunca existió la costumbre de que fuera el alcalde quien apuntillase la vaquilla. BLÁNQUEZ, Javier: “Anecdotario histórico de Budia”, Nueva Alcarria, 22 de junio de 2001, p. 30, recoge en Budia una costumbre muy parecida. La víspera de san Agustín se corría una vaquilla enmaromada, que al día siguiente –una vez cocinada– se repartía entre los pobres. En realidad, esta costumbre no se hacía todos los años, y la vaquilla recibía en nombre de “la vaca de San Agustín”, la mayor parte de cuya carne, después de haberla cocido en calderas por la noche en la plaza y haberla bendito un sacerdote, se repartía al día siguiente entre los pobres. FALCÓN y PARDO, Andrés: Budia. Breve noticia de su historia, Guadalajara, Ayuntamiento de Budia, 1991, p. 41. (Se trata de un texto fechado el 3 de Mayo de 1888 que se había mantenido inédito hasta 1991).

(11) HERRERA CASADO, Antonio y SERRANO BELINCHÓN, José: Guadalajara pueblo a pueblo, Guadalajara, Editorial Nueva Alcarria, S. A., 1996, tomo I, Entrega nº 52, p. 02-112, indican: “(...) lo más curioso es la corrida que por las calles y plaza hacen los mozos de un toro o novillo, al que atan con maromas a una columna del ayuntamiento, y le apalean, y aún le matan. Con su carne se hace una caldereta que es repartida en forma de sopa, a la puerta de la iglesia, al vecindario y visitantes”.

(12) HERRERA CASADO, Antonio: Glosario alcarreño, op. cit., p. 30.

(13) En el programa de las fiestas de la localidad Fiestas patronales en honor a San Agustín. Fuentelencina 2000, se publican dos poemas bajo el título común de “Canto a las tradiciones”. Uno de ellos alude a la fiesta de San Agustín, que recogemos aquí, para su conocimiento y como muestra de poesía popular rural y por los datos que aporta referentes a la celebración de la fiesta en el pasado, que subrayamos:

“Un año más quiero saludaros / Para contaros algo de nuestro gran pueblo / Por ejemplo nuestra ermita de San Agustín / Y de sus grandísimas olmas / Que muchos no habéis conocido. // También hay un paraje a su izquierda / Llamadas las calderas porque allí / Se hacía las sopas tradicionales en vísperas / De nuestro Santo patrón / En calderas de 40 arrobas para degustar. // Yo no sé si podrás ver la ermita restaurada / Pero me gustaría ir en romería con nuestro santo patrón / Como tradición de siglo pasado. // Qué lindo pueblo en sus fiestas / Con sus sopas y pregón / Viendo las peñas unidas / Y después la diversión. // El 28 la rondalla / Recorre su villa y corte / Anunciando a sus vecinos / Que sigue la tradición. // Tendremos nuestra rondalla / Que siempre fue tradición / Para rondar la(s) esposas / Y mozas qué guapas son. // Tradición chocolate con caldereta y porrón / Para que todo vecino deguste su buen sabor / Hechos por hijos del pueblo / Que cocineros son. // Y por las noches que bailes / Con su orquesta para el bailón. / Para que haya aficionados / A la salida del sol. // Ya nos llegan los encierros /Y personas a pelotón / Porque vienen de sus pueblos /Que nuestros vecinos son”. // A vuestro servicio. Eliseo Sánchez.

(14) AYALA GARCÉS, Santiago y BASANTE POL, Rosa: Fuentelencina hermoso lugar de la Alcarria, op. cit., pp. 99-103.

(15) Ídem., pp. 101-102. Esta tarea corresponde únicamente a los hombres. Juan Arroyo “el Tata” lo viene desempeñando desde hace 50 años en que lo heredó de sus antepasados y enseñándoselo a su hijo y algunos más para que continuen su labor.

(16) Ídem., p. 100. Antiguamente estas caridades se confeccionaban con harina procedente del trigo donado por cada vecino.

(17) Era costumbre ofrecer trozos de las “caridades” a los animales de la casa, especialmente a las mulas y a las gallinas, por aquello de la carne y de los huevos. LÓPEZ DE LOS MOZOS, José Ramón: “Las «Botargas»” como manifestación viva de una cultura tradicional en extinción”, Imago Hispaniae. Homenaje a Manuel Crisdo de Val, Reichenberger, Kassel (Germany), 1998, pp. 259- 278, con extensa bibliografía final. Vid. igualmente GARCÍA SANZ, Sinforiano: “Botargas y enmascarados alcarreños (Notas de Etnografía y Folklore)”, Cuadernos de Etnología de Guadalajara, nº 1 (Guadalajara, Institución Provincial de Cultura “Marqués de Santillana”, 1987), (Montarrón ).

(18) Según Navarrete antes de 1955 la vaca la costeaban los concejales que por ello tenían derecho a reservarse una parte de la carne.

(19) La ermita ya estaba en ruinas. Los mozos eran los encargados de correr al toro o la vaca y en la plaza lo ataban, a veces –las más– lo apaleaban y lo mataban. Y ya la cosa cambia, puesto que se ha convertido en una “caldereta” como sopa que se reparte en la puerta de la iglesia.

(20) Curiosamente se conserva el topónimo “Las Calderas”. Evidentemente se trata del lugar donde se hacían (en el siglo pasado) las sopas el día de vísperas, en calderas de cuarenta arrobas.

(21) Que en la actualidad se hace con harina comprada, que no donada, como antes, y que las gentes del pueblo guardan todo el año como medicina.

(22) CARMONA MUELA, Juan: Iconografía de los santos, Madrid, Istmo, S.A., 2003, pp. 15-18. Vid. también VORÁGINE, Santiago de la: La leyenda dorada, 2, Madrid, Alianza Forma, 1995 (7ª reimpresión.), pp. 531-546.