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Los romances de Carolina y Antonia Geijo, y de Dolores Fernández, en Val de San Lorenzo (León)

TURIENZO MARTINEZ, Alfonso

Publicado en el año 2004 en la Revista de Folklore número 287.

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En 1973, como consecuencia de un curso de doctorado sobre “Métodos de investigación y análisis sobre el Romancero”, impartido por Diego Catalán en la Universidad Complutense de Madrid, se organizó una encuesta colectiva, junto con otra, de carácter particular, realizada por el profesor Jesús Antonio Cid. Ambas encuestas hicieron patente la conveniencia de resucitar la actividad recolectora de romances, antes de que los últimos representantes de la cultura rural tradicional se llevaran consigo a la tumba el saber heredado de sus pasados.

El interés que aún podía tener la exploración de la tradición oral, amenazada por las transformaciones sociológicas del campo español, vino a ponerse poco tiempo después de manifiesto a través de algunos hallazgos fortuitos de romances de extrema rareza en el conjunto de la recolección del siglo XIX y primera mitad del XX. Uno de esos hallazgos tuvo precisamente lugar en el pueblo maragato de Val de San Lorenzo (León). Alicia Redondo, ayudante en el departamento de Literatura española de la Universidad Complutense de Madrid, pidió asesoramiento para un grupo de estudiantes de historia sobre técnicas de recolección de etnotextos, y Jesús Antonio Cid respondió a su petición proporcionando a los futuros encuestadores unas instrucciones elementales. Como consecuencia de ello, los estudiantes Juan Antonio Sánchez Belén y Dimas Mazarro recopilaron una abigarrada colección de romances, coplas líricas y religiosas de la Maragatería, y en medio de ese centón de manifestaciones poco valiosas de la poesía popular una espléndida versión del romance de El traidor Marquillos, recogida el 21 de marzo de 1975 en Val de San Lorenzo. Este extraordinario y casual hallazgo sorprendió al profesor Cid, cuando revisó los papeles de la colección Sánchez Belén / Mazarro, y en cuanto le fue posible se acercó a Val de San Lorenzo para grabar una nueva recitación, que aportaría variantes de interés (7 de septiembre de 1975).

La cantora de este romance, Carolina Geijo Alonso, entonces de 84 años de edad, y su familia constituían, como ha señalado el profesor Cid, «una verdadera institución etnográfica para todo lo que atañe a usos y costumbres maragatas». Carolina y su hermana Antonia habían sido anteriormente entrevistadas por Esteban Carro Celada. Dolores Fernández Geijo, hija de Carolina, contribuyó asimismo, en plena juventud, al Cancionero leonés de Mariano Domínguez Berrueta (1941), y toda la familia ha proporcionado datos a doña Concha Casado en el curso de sus investigaciones sobre el traje, las joyas y la artesanía popular de León, especialmente de la Maragatería, amén de otras informaciones que han ofrecido a un gran número de profesores, investigadores y etnógrafos, entre los que se encuentran –además de Jesús Antonio Cid– los hermanos Esteban y José Antonio Carro Celada, José Manuel Fraile, Joaquín Díaz, José Luis Alonso Ponga, Mercedes Cano, Serafín Fanjul, Manuel Garrido, Odón Alonso, los escritores Luis Alonso y Conrado Blanco, etc.

De este modo la casa de Carolina y de su hermana Antonia, así como el precioso telar conservado en casa de Dolores Fernández, se convertirían, no sólo en centro de peregrinación de etnógrafos, sino también de colectores de romances (1).

Carlos A. Porro Fernández escribe: «Estas excelentes cantoras fueron grabadas por García Matos para la Magna Antología y posteriormente por muchos investigadores y etnógrafos. El Val de San Lorenzo, y en concreto esta familia, ha sido una referencia imprescindible para el estudio y conocimiento de los cauces de la tradición» (2).

Cualquier momento, sobre todo cuando llegaba alguna visita para ver el famoso telar manual de las abuelas, era ideal para recitar un romance o cantar una canción. No obstante había que preparar el terreno, hablando previamente de las costumbres populares y animando a que cantaran. Lo mejor era tener una idea, aunque fuera muy somera, de algún canto o romance, y después insinuarles el tema o, al menos, la letra de algún verso. Lo demás venía seguido y lo ponían ellas, manifestando los conocimientos que tenían en este campo y que, a su vez, habían aprendido de sus antepasados por tradición oral.

Cuando he hablado de estos temas con mi madre, haciendo que afloren sus recuerdos de niña, me cuenta que ella dormía con las abuelas y que, por las noches, mientras hilaban a la luz del fuego en los típicos filandones (3), ellas recitaban romances, cantaban, bailaban y contaban historias. El trabajo de mi familia ha girado en torno al telar y a la lana, haciendo mantas, hilando, urdiendo, cardando… Esta labor rutinaria provocaba el chismorreo, el canto y los romances –o fragmentos de romances– recitados. Así fue como aprendieron ellas los romances, en las horas de trabajo y a base de oírlos, de memoria, sin texto escrito. De ahí que, cada vez que recitaban alguno, aparecieran ligeras variantes en las expresiones, que para nada afectan al contenido de los mismos.

Sin duda se puede afirmar que Carolina fue una verdadera institución que desempeñó el papel de memoria histórica del pueblo de Val de San Lorenzo. Recitaba romances y contaba historias de cuando los moros vivían en la región o de cuando los generales de Napoleón pernoctaron en casa de su abuelo. A ella se debe la primera versión castellana moderna del romance de El traidor Marquillos. En el verano de 1979 Carolina se convirtió en poco menos que celebridad nacional al ser entrevistada en un programa de divulgación folklórica de la Televisión española. No sólo será recordada como romancista y tejedora –buena parte de su vida la dedicó a trabajar en el telar manual de la familia, fabricando mantas de pura lana–, sino también por haber sido la última mujer en el pueblo que habitualmente vestía de maragata, con el manteo negro.

Carolina y su hermana Antonia fueron inseparables, hasta tal punto que las dos nos dejaron el mismo año, en 1986. Ambas fueron galardonadas en 1974 con la Medalla de Artesanas Distinguidas. Resulta difícil hablar de la una sin mencionar a la otra. Yo siempre las recuerdo juntas: a Carolina diciendo refranes a propósito de cualquier tema de conversación, y a Antonia cantando con su torrente de voz. Las dos eran un pozo de sabiduría popular, un archivo viviente de refranes, canciones y poemas populares. Cualquier palabra en su boca, por muy grosera que a nosotros nos pudiese parecer, era cultura y sabiduría popular.

José Antonio Carro Celada, en un artículo publicado en 1982 en El Faro Astorgano, escribía lo siguiente: «Carolina y Antonia son las abuelas mayores de la artesanía maragata, conocen todos los secretos de la urdimbre, la lana y el tinte, y poseen lo que yo llamaría una cultura de filandón, de velada invernal con aullidos de lobo en el último corral del pueblo. Porque, ¿qué no sabrán Carolina y Antonia? Yo las he oído alguna noche, con el brasero a los pies, recitar romances como los que recogió Pidal, espolvorear de refranes la conversación y salpicar con sabrosos latines sus coloquios. Carolina y Antonia pertenecen a la galaxia oral. Son dos artesanas soñolientas que han entregado su relevo a Dolores, la artesana mayor de la Maragatería».

Dolores, que heredó estas costumbres y dones de su madre Carolina y de su tía “Toñica” (Antonia), ha sido una persona relevante en la Maragatería, no sólo por la conservación de las tradiciones maragatas, sino también por la promoción que de las mismas hizo a lo largo de toda su vida. Del mismo modo que supo mantener un telar manual muy antiguo para la fabricación de mantas, retando así a la mecanización de la industria textil, conservó y difundió el folklore maragato, participando en festivales nacionales e internacionales, grabando discos y entrevistas para la radio e incluso para la BBC. Recuerdo, aunque vagamente, la primera vez que tuve ocasión de salir en TVE con mi abuela Dolores: fue en mayo de 1976; yo contaba cinco años. Mientras mi abuela tocaba la pandereta y cantaba canciones tradicionales, yo empezaba a dar mis primeros pasos en el folklore tocando las castañuelas. Posteriormente, en 1979, participé con ella en la grabación del disco Teleno: ella cantaba “La Peregrina” y yo la acompañaba tocando las castañuelas, hecho que volvió a repetirse en 1982, cuando volví a aparecer con ella en la grabación del disco Folklore Maragato. Dolores fue la versolari del pueblo. Su voz y su pandereta –como antes fueron las de Carolina y Antonia– resuenan en el mundo entero. Todo ello le ha valido el reconocimiento de multitud de personas y autoridades que han sabido valorar su talento y homenajearla por su trabajo.

Durante el curso 2000-01 tuve la ocasión –también la dicha– de cursar la asignatura de Literatura Española II, en la Universidad Complutense de Madrid, con el profesor Jesús Antonio Cid, que fue quien me informó sobre el hallazgo del romance de El traidor Marquillos en Val de San Lorenzo y la importancia que esta versión tenía por ser la primera versión castellana moderna, recogida a mi bisabuela Carolina, como he apuntado anteriormente. Este hecho afortunado me llevó a valorar el caudal poético que poseía mi familia –mi bisabuela Carolina, su hermana Antonia y mi abuela Dolores, que tantos romances recitaban– y que, hasta ese momento, había pasado desapercibido para mí. Desde entonces me he interesado con ahínco por el tema de los romances, un tema que me ha apasionado aún más, si cabe, desde una ponencia que dio en la Universidad Complutense el profesor José Manuel Pedrosa, recopilador de romances y uno de los mejores estudiosos en este campo, y a quien debo el ánimo para la realización de este artículo. La colaboración de mis padres, especialmente de mi madre, María Luisa Martínez, ha sido imprescindible para la recopilación de estos romances familiares. Como si de un último eslabón se tratara, antes de que cayera en el olvido, he podido recoger bastante información que aún pervive en la memoria de mi madre.

Como filólogo y descendiente de romancistas, me he sentido con el deber y la obligación de recopilar y analizar los romances que tantas veces sirvieron de entretenimiento a mis abuelas y que recojo a continuación.

JESUCRISTO PEREGRINO

Estando Antonia una tarde
en un santo pensamiento,
rezando el santo Rosario
como acostumbra a hacerlo;
llamaría a la su puerta
un peregrino romero:
– Ábreme la puerta, Antonia,
por Dios o por el dinero.
– No está mi marido en casa,
no sé qué dirá “en viniendo”;
pase, pase, el peregrino,
pase, pase para dentro;
mientras mi marido viene
haré cena y cenaremos;
mientras la cena se cuece,
el Rosario rezaremos.
Cada sarta que pasaba
un ángel se iba volviendo
y la casa se ha llenado
de resplandores del cielo.
– Dime qué es esto, Señor,
que a comprenderlo no acierto.
– Son los ángeles, Antonia,
que hoy a buscarte vinieron
y con ellos Jesucristo,
hoy vestido de romero.
Al oír estas palabras
se ha arrodillado en el suelo.
– Yo no soy digna, Señor,
de que entréis ’n el mi aposento.
– Ven a mis brazos, Antonia,
que eres tú muy digna de ello.
Cuando venga mi marido,
¡ay, Señor!, ¿qué le diremos?
– Que se venga con nosotros
para la gloria del cielo.
Estando en estas palabras
un golpe a la puerta dieron.
– Dime qué es esto, mujer,
que tienes la casa ardiendo.
– No está ardiendo, mi marido,
que están los ángeles dentro
y con ellos Jesucristo,
que hoy a buscarnos vinieron (4).

EL TRAIDOR MARQUILLOS

El traidor era Marquitos,
todos le llaman traidor,
por dormir con su señora
ha matado a su señor.
– ¡Abre puertas, Catalina,
ábrelas, mi lindo amor!
– No te las abriré, Marcos,
no está en casa mi señor.
– Tu señor quedaba preso
’n esa ciudad de Aragón;
vengo en busca de dinero
pa’ deshacer la prisión.
Catalina, como diestra,
sus puertas trancó mejor;
Marquitos, como valiente,
al suelo se las tiró.
Siete vueltas dio al palacio,
con Catalina no halló;
de las siete pa’ las ocho
a Catalina encontró,
la viera estar llorando
debajo de un escalón.
– ¿Por qué lloras, Catalina,
por qué lloras, lindo amor?
– Lloro por el mi marido,
que me lo matasteis vos.
– Y si lloras, Catalina,
también vos mataré a vos.
Siete camisas que tengo,
yo te daré la mejor;
siete vestidos que tengo,
yo te daré el mejor.
Le mandara hacer la cena,
ya se la hizo y cenó;
le mandara hacer la cama
y con ella se acostó.
S’otro día a la mañana
Catalina madrugó:
– Subiráste ’n aquel alto,
’n aquel alto corredor,
y verás a tus criados
si trabajaban o no,
y verás a la paloma
cómo llama al perdigón,
y verás a la truchita
cómo llamaba al salmón.
Catalina, como diestra,
a la mar honda lo tiró;
Marquitos, como valiente,
de los remos se agarró;
Catalina, como diestra,
ya los remos le cortó.
A eso de los nueve meses
ya Catalina parió;
pensó de traer hij’hembra
y trajo un hijo varón;
llamara curas y frailes,
un gran bautizo le hizo.
S’otro día a la mañana
[subió al alto corredor,
allí cogiera a su niño,]
a la mar honda lo tiró.
– Allí vayas tú, mi hijo,
vayas con mi bendición;
no quiero que quede casta
d’ aquel gran falso traidor (5).

EL RAPTOR PORDIOSERO / CASADA EN LEJANAS TIERRAS

Una vieja, vieja,
tenía una hija:
entre siete llaves
la tien’ recogida;
de duques y condes
ha sido perdida
y ahora un pobre ciego
la lleva vencida.
– Madre, aquí hay un pobre
del dulce pedir.
– Dale de ese pan,
dale de ese vino
y aún, para compango,
dale del tocino.
– Yo no quiero tu pan
ni quiero tu vino,
quiero que me enseñes
de Roma el camino.
– Derechito al palo,
derechito al pino,
derechito al palo,
allí está el camino.
– Soy corto de vista,
por Dios, no lo endilgo.
– Coge rueca en cinta
cargada de lino
y a ese pobre ciego
enséñale el camino:
– Derechito al palo,
derechito al pino,
derechito al palo,
allí está el camino.
– ¿Qué gente es aquella
de caballería?
– Debajo mi capa
te recogería.
Llevóla a vivir
a una montiña,
a suegra y cuñada
le dio por vecinas.
A los nueve meses
la niña paría.
– Levantaivos, don Juan,
si bien me queréis,
y a la vuestra madre
vos me la llaméis.
– Levantaivos, mi madre,
del dulce dormir,
que la flor de anís
quería parir.
Si quiere parir, que parga,
si no, que arreviente,
que para mi gusto
eso me conviene.
– Parid vos, mi vida,
con la Virgen Santa:
ella no parece,
es que no está en casa.
– Levantaivos, don Juan,
si bien me queréis,
y a la vuestra hermana
vos me la llaméis.
– Levantaivos, mi hermana,
del dulce dormir,
que la flor de anís
quería parir.
– Si quiere parir, que parga,
si no, que arreviente,
que para mi gusto
eso me conviene.
– Parid vos, mi vida,
con la Virgen Santa:
ella no parece,
es que no está en casa.
– Levantaivos, don Juan,
si bien me queréis,
y aún a la mi madre
vos me la llaméis.
Levantóse don Juan
con grande cuidado
y aún a la su suegra
ya había llamado.
– Levantaivos, mi suegra,
del dulce dormir,
que la flor de anís
quería parir.
Levantóse la vieja
con grande cuidado
y aún a su caballo
había ensillado.
En una alforja mete
las ricas gallinas,
en la otra alforja mete
las ricas mantillas.
Ya se monta la vieja
en el su caballo,
ya lo galopea
como hombre barbado.
Al subir de una cuesta
y al bajar de un vado
campanicas de oro
se habían tocado.
– Pastoricos que estáis
guardando el rebaño,
campanicas de oro
¿por quién se han tocado?
– Por una morena
de muy lejos tierras
que murió de parto
por no haber partera.
No se cansa la vieja
de llorar su hija,
no se cansan los curas
de decirle misas;
no se cansa don Juan
de llorar su esposa,
no se cansan las mozas
de ponerle rosas (6).

LA ESPOSA DE DON GARCÍA

´N esos montes de allí arriba
caminaba don García
en busca de la su esposa:
tres días va que no la vía.
– Voy en casa de mi madre,
por ver lo que me decía:
¿Habéis visto, la mi madre,
habéis visto, madre mía?
¿Habéis visto la mi esposa,
la mi esposa, prenda mía?
– Por aquí pasó ayer tarde,
más vale que no la vía,
calzada iba de oro,
vestida de plata fina,
vihuela de oro en sus manos
y muy bien que la tañía,
y en el reclamo decía:
“Muera, muera don García”.
– Voy en casa de mi suegra,
por ver lo que me decía,
que las suegras pa’ las nueras
nunca muy bien se querían:
¿Habéis visto, la mi suegra,
habéis visto, suegra mía?
¿Habéis visto la mi esposa,
la mi esposa, vuestra hija?
– Por aquí pasó ayer tarde,
más vale que no la vía,
[trescientos perros moros
llevaba en su compañía,]
calzada iba de oro,
vestida de plata fina,
vihuela de oro en sus manos
y muy bien que la tañía,
y en el reclamo decía:
“Viva, viva don García”.
Estando en estas razones
ha marchado don García;
se montara ’n el caballo,
dejó d’ andar y corría;
también s’ había acordado
de tocar una bocina:
veinte leguas en contorno
la había oído la niña.
– Descanso pido, señores,
que yo me encuentro rendida.
Pusiéronse a merendar
al pie de una fuente fría.
– ´Scanciador que escancias vino,
´scanciador de cada día,
¿le puedes guardar un vaso
pa’l que toca la bocina?
– Si es tu primo o es tu hermano,
dos o tres le guardaría.
– Ni es mi primo ni es mi hermano;
marido, no lo tenía.
Estando en estas razones,
ha llegado don García.
– Buenas tardes, los señores.
– Bienvenido el caballero.
¿En ancas de su caballo
nos puedes pasar la niña?
– Mi caballo no consiente
mujeres de honra perdida.
– Tan honradica la hallemos,
tan honradica venía;
tan honradica la hallemos
’n esos montes de allí arriba;
la llevamos por esposa
para el rey de Turquesía.
– Pasen, pasen los señores,
que yo pasaré la niña.
La montara ’n el caballo,
dejó de andar y corría.
Uno de los moros perros
de esta manera decía:
– Danos, danos el vestido,
ya que no nos das la niña.
– Ni vos pued’ dar el vestido,
ni vos puedo dar la niña;
y si pasáis más alante,
vos tengo quitar la vida (7).

EL MOZO ARRIERO Y LOS SIETE LADRONES

Caminito de Bembibre
caminaba un arriero,
buen zapato, buena media
y bolsillo de dinero.
Siete caballos llevaba,
ocho con el delantero,
nueve se pueden contar
con el de la silla y freno.
Al trasponer una esquina,
siete quintos le salieron:
– ¿A dónde van tantos mozos?
¿A dónde va el arriero?
– Yo voy para La Mancha
con un encargo que llevo.
– A La Mancha vamos todos,
a La Mancha y sin dinero.
– Por dinero no lo hagáis,
adelante compañeros,
que tengo yo más doblones
que estrellas tiene el cielo,
que arenas tiene la mar,
que hormigas un hormiguero.
Al llegar a la taberna,
piden vino al tabernero,
y el primer vaso colmado
se lo dan al arriero.
– Yo no quiero de ese vino
que le habéis puesto veneno,
que lo tome el rey de España
aunque reviente yo luego.
Siete soldados que iban,
siete sables descubrieron,
y él descubrió el suyo,
que era de un brillante acero.
De los siete mató a cinco,
y dos salieron huyendo.
El tabernero da voces
para que lleguen al pueblo.
Acude el señor alcalde
a prender al arriero,
y lo sentencian a muerte
para el sábado primero.
Le escribió una carta al rey
apuntando los sucesos,
y cada renglón que leía
lo iba contradiciendo:
– Así como mató cinco,
hubiera matado ciento;
paguen dineros al mozo,
es lo que existe en el reino,
y también a la taberna
por el vino que bebieron (8).

LA CONDESITA

Grandes guerras se han armado
en raya de Portugal;
llevaron al conde Atores
por capitán general.
La triste de la su esposa
no cesaba de llorar.
– Si a los siete años no vengo,
a los ocho casarás.
Los siete ya van pasados
y el conde no viene ya.
– Échame la bendición, madre,
que yo me voy a marchar.
– La bendición de Dios, hija,
que la mía echada está.
Coge cordón y esclavina
y empieza a caminar.
Siete leguas había andado
sin hallar ningún lugar;
de las siete pa’ las ocho
un paje viera asomar.
– Dígame usted, pajecillo,
dígame usted la verdad:
¿de quién es ese caballo
que al agua vas a llevar?
– Pues será del conde Atores
que hoy se iba a casar.
– Quisiera ver al conde Atores,
que limosna me dará.
– Vaya, vaya, la señora,
que pan blanco le han de dar.
Al subir de la escalera
con el conde fue a encontrar.
– Dame limosna, buen conde,
que bien me la puedes dar,
que vengo de berbería
y no traigo qué gastar.
– Si vienes de berbería,
¿qué se cuenta por allá?
Quisiera ver a mi esposa
por ver el traje que trae.
– Si la quieres ver, buen conde,
tú bien pronto la verás.
Quita cordón y esclavina,
queda con rico brial.
El conde de que la vio
se ha desmayado pa’ atrás.
– Maten, maten la romera,
que al conde vino a matar.
– No le he matado, señores,
si Dios quiere, volverá.
Estando en esas razones,
el conde empezaba a hablar:
– Los gastos que aquí se han hecho,
¿quién los debía pagar?
Los gastos que aquí se han hecho
bien pagos estaban ya.
– Queden con Dios los señores,
que yo me voy a marchar,
que tengo mi esposa aquí
y la voy a acompañar.
Se montaron en caballo
y empezaron a caminar (9).

GERINELDO

– Gerineldo, Gerineldo,
paje del rey tan querido,
si fueras rico en la tienda
como eres galán pulido,
señora fuese llamada
la que se case contigo.
– Yo, como criado vuestro,
os queréis burlar conmigo.
– No me burlo, Gerineldo,
que de veras te lo digo.
Quien quiera dormir con la infanta
ha de romper el castillo
entre las once y las doce,
cuando el rey esté dormido.
Gasta zapatos de seda
para que no fuese sentido;
cada escalón que subía,
Gerineldo da un suspiro.
Ya se acuestan en la cama
como mujer y marido;
estando el rey en sus sueños
un pensamiento le ha ido:
– O me duermen con la infantina
o me roban el castillo.
Cuando se fue a la cama
los encuentra como mujer y marido,
– Yo no mato a Gerineldo,
que lo crié desde niño,
y si mato a la infantina
queda mi reino perdido.
Pongo en el medio mi espada,
que sientan el acero frío.
Cuando la sintió Gerineldo
le recordó a la infantina:
– Que la espada de tu padre
con nosotros ha dormido.
Ya se marcha Gerineldo
pisando rosas y lirios,
y estando el rey en altas torres
le dice: – ¿Dónde vas tú, Gerineldo,
tan triste y descolorido?
– La fragancia de las flores,
el color me lo ha comido.
– Mientes, mientes, Gerineldo,
que con la infanta has dormido,
y antes de veinticuatro horas
seréis mujer y marido.
– Tengo la palabra dada
a la Virgen de la Peña,
mujer que fuese mi dama
de no casarme con ella.
Arriba el telón (10).

EL CASTILLO DE ROSAFLORIDA (a lo divino)

(Versión escrita)

En el cielo hay un castillo,
tan alta la maravilla;
no lo hizo el carpintero
ni hombre de carpintería,
que lo hizo el Rey del cielo
para la Virgen María.
San José pica la piedra
y san Juan la componía,
Jesucristo era el Maestro,
el que la obra regía.
Ventanas tiene de oro,
almenas de plata fina,
por la una entraba el sol,
por la otra entraba el día,
por la almenica más alta
entra la Virgen María
con el su Hijo en los brazos,
dando el pecho que él quería.
– ¿Por qué lloráis, la mi Madre,
por qué lloráis, Madre mía?
– Lloro por los pecadores,
pues hay más en cada día.
– Si lloras por pecadores,
“dejailos” en cuenta mía,
que los que ellos fueran buenos
yo el cielo les daría,
y los que ellos fueran malos
al infierno mandaría (11).
(Versión grabada)
En el cielo hay un castillo,
tan alta la maravilla;
no lo hizo el carpintero
ni hombre de carpintería,
que lo hizo el Rey del cielo
para la Virgen María.
Ventanas tiene de oro,
almenas de plata fina,
por la una entraba el sol,
por la otra entraba el día,
por la almenica más alta
entra la Virgen María
con el su Niño en los brazos,
dando el pecho que él quería.
– ¿Por qué lloráis, la mi Madre,
por qué lloráis, Madre mía?
– Lloro por los pecadores.
– Déjelos en cuenta mía,
que los que ellos fueran buenos
yo el cielo les daría,
y los que ellos fueran malos
yo el infierno les daría (12).

EL CIEGO Y LA VIRGEN

(Versión recogida en 1983)

Caminando va la Virgen
de Egipto para Belén,
con el su Niño en los brazos
que es Jesús de Nazaret;
en la mitad del camino
pidió el Niño de beber.
– ¿Qué te daré yo mi vida,
qué te daré yo, mi bien?
Allá arriba hay un manzano
que ricas manzanas tien;
el hombre que las cuidaba
era ciego y no las ve.
– Dame, ciego, una manzana,
para mi Niño comer.
– Coge una, coja dos,
coja las que ha menester,
coja de la camuesita
que tiene mejor comer;
entre más manzanas coge
más empiezan a nacer.
– Vete, ciego, para casa
a ver tus hijos y mujer;
tu mujer como una rosa,
tus hijos como un clavel.
Le preguntan las vecinas:
– Ciego, ¿quién te ha dado el ver?
– Me lo ha dado una Señora
que la Virgen puede ser (13).
(Versión recogida en 2000)
Caminando va la Virgen
de Egipto para Belén,
con el su Niño en los brazos
que es Jesús de Nazaret;
en el medio del camino
pidió el Niño de comer.
– ¿Qué te daré yo mi vida,
qué te daré yo, mi bien?
Allá arriba hay un manzano
que ricas manzanas tien;
el pastor que las cuidaba
era ciego y no las ve.
– Dame, ciego, una manzana,
para este Niño comer.
– Coja una, coja dos,
coja las que ha menester,
coja de las camuesitas
que tiene mejor comer;
entre más manzanas coge
más empiezan a crecer.
– Marcha, ciego, para casa
a ver tus hijos y mujer;
tu mujer como una rosa,
tus hijos como un clavel.
Le preguntan los vecinos:
– Ciego, ¿quién te ha dado el ver?
– Me lo ha dado una Señora
que la Virgen puede ser.
Porque le di una manzana
para su Niño comer (14).

LOS CABELLOS DE LA VIRGEN

La Virgen se está peinando
en silla de oro sentada;
san José como su esposo
no cesa de contemplarla:
– El Niño que tú criaste
más blanco que una azucena,
ya le clavaron los pies,
ya le clavaron las manos,
ya le dieron la lanzada
en su divino costado.
La sangre que de Él caía
caía ’n un cáliz sagrado.
El hombre que la bebía
será bienaventurado.
’N este mundo será rey,
’n el otro rey coronado (15).

PARA ACOSTARSE Y CONTRA LA MUERTE REPENTINA

(Versión de Dolores Fernández, recogida en Val de San Lorenzo el 14 de julio de 1995)

¡Válgame los Doce Apóstoles
cuando me voy a la cama,
la bendita Madalena
y la Virgen Soberana!
¡Oh, sepultura divina,
cómo te tengo olvidada!
¡Cuántos hombres y mujeres
se acuestan sanos y buenos!
por la mañana amanecen
cadáveres muertos.
No permitas, gran Señor,
que yo sea uno de ellos,
que no me dejéis morir
sin recibir sacramentos.
Con Dios me acuesto,
con Dios me levanto,
por obra y gracia
del Espíritu Santo.
San Pedro está en Roma
diciendo la misa de la hora;
san Pedro la canta
y Cristo la adora.
¡Dichosa del alma
que expire en tal hora!
Si yo me durmiere,
Dios, me recordéis;
si yo me muriere,
Dios, me alumbréis
con las once candelas
de la Santísima Trinidad. Amén.
Cuatro esquinitas
tiene mi cama,
cuatro angelitos
guardan mi alma (16).
(Versión que recuerda mi madre a partir del
texto de José Manuel Fraile)
¡Válgame los Doce Apóstoles
cuando me voy a la cama,
válgame la Magdalena
y la Virgen Soberana!
Sepultura, yo en mi vida
nunca te tengo olvidada.
Sagrada Virgen María,
a Vos entrego mi alma.
¡Cuántos hombres y mujeres
se acuestan sanos y buenos!
Y a la mañana amanecen
como cadáveres muertos.
No permitas, gran Señor,
que yo sea uno de ellos,
que no me dejéis morir
sin recibir sacramentos.
Con Dios me acuesto,
con Dios me levanto,
por obra y gracia
del Espíritu Santo.
San Pedro está en Roma
diciendo la misa de la hora;
san Juan la canta
y Cristo la adora.
¡Dichosa del alma
que expire en tal hora!
Si yo me durmiere,
Dios, me recordéis;
si yo me muriere,
Dios, me alumbréis
con las once candelas
de la Santísima Trinidad. Amén.
Cuatro esquinitas
tiene mi cama,
cuatro angelitos
guardan mi alma (17).

LOS PUEBLOS MARAGATOS

Yo me llamo Juan Andrés
de la nación egiptana,
que vivo en un lugarcito
que Santa Clara se llama.
Vayamos a San Andrés,
que allí tengo moza y cama;
en Puerta de Rey los trastes
y en Rectivía la fama.
En Bonillos buen castrón,
en Brimeda buena vaca,
Carneros, pozos de vino,
Sopeña, pozos de agua.
En San Román venden leche,
en San Justo la “aguayalda”,
en Nistal estripan peces,
bárbaros los de Celada.
En Cuevas, truchas y tencas,
en Piedralba las “guayalbas”,
’n Otiruelo cardadores,
Morales lleva la fama.
También vayamos al Val,
que goza de muchas famas,
por sus mayas y danzantes
y cobertores de lana.
Vayamos a Valdespino,
que allí las Nieves se hallan,
el día cinco de agosto
“rufonas” las maragatas.
En Valdearriba san Marcos,
que cuernos gasta con fama,
que se los puso san Pedro
cuando por el mundo andaba.
Vamos a Santa Catalina,
que allí san Blas se encontraba,
el día tres de febrero
echó la brasa en el agua.
Castrillo los Polvazares
tien’ las calles empedradas,
era pueblo de arriería,
que gozó de mucha fama.
En Murias de Abajo está
patrona, que es santa Águeda,
patrona de los enfermos,
que en el hospital se hallan.
Valdeviejas, “el Verísimo”
se guarda con mucha fama
el día uno de octubre,
nombrado por la comarca.
Vayamos a Rectivía,
que allí san Pedro se halla;
me dispensen los señores
si he tenido alguna falta (18).

ROLDÁN ENTRE SUS PARIGUALES

(a lo divino)

Jueves Santo, Jueves Santo,
tres días antes de Pascua,
cuando el Rey de los Cielos
a sus discípulos llama.
Les llama uno por uno,
de dos en dos los llamaba
a darles una comida
a la su mesa sagrada.
De comer les da su Cuerpo,
de beber su Sangre santa,
y después de todos juntos
de esta manera les habla:
– Decid, discípulos míos,
¿quién muere por mí mañana?
Se miran unos a otros,
a todos tiembla la barba,
y el que barba no tenía
la color se le mudaba.
Se levanta Juan Bautista:
– Yo muero de buena gana.
– La tu muerte, Juan Bautista,
para mí no vale nada;
que la mía ha de ser hoy,
y tú dices que mañana.
Cristo saliera de ronda
y a eso de la medianoche
llega a la puerta del alba,
y el alba no le responde.
– Despierta, paloma blanca,
que por ti vine a pasar
las tinieblas de la noche.
Las tinieblas de la noche
Cristo las vino a pasar,
y en la su mano derecha
lleva una corona hecha,
y en el medio la corona
lleva un pendón colorado,
y en el medio del pendón
lleva un Monumento armado,
y en el medio el Monumento
va el Cordero Sagrado,
todo va lleno de heridas,
de los pies hasta el costado;
la sangre que de Él cayese
cae ’n un cáliz consagrado,
y el hombre que lo bebiese
será muy afortunado;
’n este mundo será Rey,
’n el otro Rey coronado (19).

SANTA ELENA

A las puertas de mi padre
un traidor pidió posada;
mi padre como era noble
al momento se la daba.
De tres hijas que tenía
le pidió la más galana,
pero él le dice que no,
que no quería casarla;
que la quiere meter monja
’n el convento Santa Clara.
No la sacara por puertas
ni tampoco por ventanas,
sacóla por un balcón
en favor de una criada.
Anduvieron siete leguas
los dos sin hablar palabra;
de las siete pa’ las ocho
el traidor le preguntaba:
– ¿Cómo te llamas, la niña?
¿Cómo te llamas, la blanca?
– En casa del rey, mi padre,
Elenita me llamaban,
y ahora, por estas tierras,
Elena la desgraciada.
– Por la palabra que has dicho,
la cabeza te cortara.
La tiró pa’ entre un zarzal
donde cristianos no andan,
ni el sol ni la luna entran
ni los pajaritos cantan.
Tras de tiempos vienen tiempos,
y el traidor por allí pasa;
le pregunta a unos pastores
que sus ovejas guardaban:
– ¿De quién es aquella ermita
tan blanca y tan dibujada?
– Es de Elenita, Elenita,
Elena la desgraciada.
– Sólo por ser de Elenita
iremos a visitarla.
¡Dios te perdone, Elenita,
Dios te perdone tu alma!
– Dios te perdone, traidor,
la mía está perdonada.
Tus huesos van a la mar,
tu alma pa’ el infierno vaya (20).

DELGADINA

Tres hijas tenía el rey,
todas tres como la plata;
la más pequeñina de ellas
Delgadina se llamaba.
Un día al salir pa’ misa
su padre la reparaba:
– Delgadina, Delgadina,
tú has de ser mi enamorada.
– No lo quiera el Rey del Cielo
ni la Virgen soberana,
que hijas con padres se casen
saliendo de sus entrañas.
¡Alto, alto, mis criados!
A Delgadina encerrarla
en un cuarto muy oscuro
en donde no vea nada.
La agarran por los cabellos,
para un cuarto la arrastraran,
y le daban de comer
pescado y agua salada.
Y al cabo de siete años
el cuarto se hizo ventanas;
pasan días, vengan días,
se ha asomado a una ventana,
donde estaban sus hermanas
bordando paños de plata.
– Hermanas, porque lo sois
salidas de unas entrañas,
por favor de Dios os pido
que me deis un vaso de agua.
– Yo bien te lo diera, hermana,
pero si padre lo sabe,
la cabeza nos cortara.
Se quitó la Delgadina
muy triste y desconsolada;
pasen días, vengan días,
se ha asomado a otra ventana,
en donde estaba su madre
peinando a las sus hermanas.
– Madre, porque lo es usted,
que salí de sus entrañas,
por favor de Dios os pido
que me dé usté’ un vaso de agua.
– Quítate de ahí, Delgadina,
quítate de ahí, perra mala,
que si tuviera un puñal
desde aquí te atravesara.
Se quitó la Delgadina
muy triste y desconsolada;
pasen días, vengan días,
se ha asomado a otra ventana,
donde estaban los criados
jugando al juego de barra.
– Criados, porque lo sois,
somos de la misma casa,
por favor de Dios os pido
que me deis un vaso de agua.
[…]
Se quitó la Delgadina
muy triste y desconsolada;
pasen días, vengan días,
se ha asomado a otra ventana,
donde estaba su padre
en silla de oro sentado.
– Padre, porque lo es usted,
que salí de sus entrañas,
por favor de Dios os pido
que me dé usté’ un vaso de agua.
– Sí que te lo alcanzaré
si has de ser mi enamorada.
– Padre mío, lo seré
aunque sea de mala gana.
– ¡Alto, alto, mis criados!
A Delgadina darle agua.
Unos van con jarros de oro
y otros con jarros de plata;
mas por mucho que corrieron,
Delgadina muerta estaba.
A los pies de Delgadina,
una fuente que manaba
por un lado echaba vino,
por el otro echaba agua.
El primero que llegase
la vida tiene ganada,
y el último que llegase
la vida tiene jugada.
En la cama de sus hermanas
una serpiente estirada,
en la cama de los criados
una culebra enroscada,
en la cama de sus padres
todo el infierno se hallaba,
la cama de Delgadina
toda de gloria rodeada (21).

BLANCANIÑA

Estaba la Catalina
sentadita en su balcón,
bordando medias de oro,
zapatitos de charol;
ha pasado un caballero,
de ella se enamoró.
– Durmiera contigo, luna,
durmiera contigo, sol,
aunque fuera una noche
y si quiere también dos.
– Suba, suba, caballero,
que cama le daré yo;
mi marido está de caza
por los montes de León,
y para que más no vuelva
le echaré una maldición:
que se caiga del caballo
y se parta el corazón.
Al decir estas palabras
el su marido llegó:
– Ábreme la puerta, blanca,
ábreme la puerta, sol.
– Se me han perdido las llaves
de mi lindo cenador.
– Si las teníais de plata,
de oro las traigo yo.
¿De quién es aquel caballo
que en la cuadra relinchó?
– Tuyo es, marido mío,
que mi padre te lo dio.
– Dios se lo pague a tu padre,
caballos tenía yo;
cuando yo no los tenía,
él no me los daba, no.
¿De quién es aquella capa
que colgada veo yo?
– Tuya es, marido mío,
que mi padre te la dio.
– Dios se lo pague a tu padre,
que capas tenía yo;
cuando yo no las tenía,
él no me las daba, no.
¿Quién es aquel caballero
que en la cama veo yo?
– Mátame, marido mío,
que la culpa tengo yo.
Le dio cuatro puñaladas
y a la quinta la mató (22).

LAS TRES HERMANAS CAUTIVAS

A la verde, verde,
a la verde oliva,
donde cautivaron
a las tres cautivas:
la mayor Constanza,
la menor Lucía,
y la más pequeña
llaman Rosalía (23).

EL CONDE NIÑO

Mañanita, mañanita,
mañanita de san Juan,
fue a dar agua a su caballo
a las orillas del mar.
Mientras el caballo bebe
empezó a cantar un cantar
[…]
No son ángeles del cielo
ni sirenas de la mar;
es el condesito, madre,
que por mis amores va.
– Si es el condesito, hija,
yo lo mandaré matar.
– Si usted lo manda a matar,
mándeme a mí degollar.
Él muere por la mañana,
ella a horas de almorzar.
[…] (24).

ROMANCE DE LA MUJER BONITA

– Quien quiera mujer bonita
vaya a mi pueblo a buscarla,
que yo la traje de allí
tuerta, fea y “derrangada”,
de un ojo v(e)ía muy poco,
del otro no v(e)ía nada.
La llevara un día a misa
por ser día de la octava;
en el medio de la misa
tiró un pedo que espantaba,
que apagó los siete cirios
y una lámpara de plata,
le quitó el bonete al cura
y el “badallo” a la campana,
y a un cojo que había allí
la pierna le quebrantara,
con un pedo que ha tirado
la cochina, la marrana.
– ¿De dónde es esa cochina,
de dónde es esa marrana?
– Ay, señor, es mi mujer,
que viene de “Piñaranda”,
que está rota como un cribo,
se va como una ceranda (25).

EL BONETERO DE LA TRAPERÍA

Era un bonetero (bis)
portugués y honrado, cacafú, (bis)
que hacía bonetes, (bis)
los vendía a ochavo, cacafú. (bis)
Con aquel ochavo (bis)
comprara un caballo, cacafú, (bis)
ciego de los ojos, (bis)
del lomo matado, cacafú: (bis)
siete mataduras (bis)
tenía a cada lado, cacafú, (bis)
y la más pequeña (bis)
no la tapa un plato, cacafú; (bis)
de tres patas cojo, (bis)
de la otra “rangueando”, cacafú. (bis)
[Lo sacara un día, (bis)
lo llevara al prado, cacafú, (bis)]
tropezó ’n un junco, (bis)
cayó ’n un pantano, cacafú; (bis)
siete nadadores (bis)
fueron a sacarlo, cacafú: (bis)
ninguno ha podido, (bis)
y allí lo dejaron, cacafú; (bis)
fuera una gallina (bis)
con pollos piando, cacafú; (bis)
del primer picazo (bis)
lo sacó arrastrando, cacafú. (bis)
Ya cantan las pegas, (bis)
silban los milanos, cacafú: (bis)
ya tenemos carne (bis)
para todo el año, cacafú. (bis)
¡Ay, qué buenos días! (bis)
¡Ay, qué buenos años!, cacafú, (bis)
tenemos nosotros, (bis)
pero no el amo, cacafú. (bis) (26)

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NOTAS

(1) Tradiciones orales leonesas, I. Romancero General de León, I. Antología 1899-1989, preparada por Diego Catalán y Mariano de la Campa. Madrid, 1991, pp. LXIX-LXXI.

(2) PORRO FERNÁNDEZ, Carlos A.: Fonoteca de tradición oral. Fundación “Joaquín Díaz”, Valladolid, 1999, p. 20.

(3) Los filandones (de “filar”, hilar) o veladas, algo característico en la provincia de León, eran reuniones familiares, generalmente compuestas por varias familias, unidas por vínculos de sangre o de vecindad, que en las noches invernales se agrupaban para rezar, hilar, tejer, bordar, cantar, bailar, recitar romances y contar leyendas; normalmente se reunían en los establos de las casas por ser éstos los lugares más calientes de las viviendas. En el capítulo XXIII de La Esfinge Maragata, titulado “Paño de lágrimas”, Concha Espina describe una de estas clásicas veladas o filandones.

(4) Este romance está recogido en: SUTIL, José Manuel: Astorica. La Maragatería y los romances, Centro de Estudios Astorganos “Marcelo Macías”, pp. 100-101.

(5) A Carolina, Antonia y Dolores se debe la única versión castellana moderna de este romance. Es interesante el trabajo de investigación que ha realizado el profesor Jesús Antonio Cid sobre el hallazgo de esta versión en 1975, en Val de San Lorenzo, y el cotejo con otras versiones de este romance caballeresco, y que se puede consultar en las pp. 298-300 de CID, Jesús Antonio: “Recolección moderna y teoría de la transmisión oral: El traidor Marquillos, cuatro siglos de vida latente”, publicado en El romancero hoy: Nuevas fronteras, Ed. A. Sánchez Romeralo et al. Madrid: Gredos, 1979, pp. 281-359. También se recoge el romance en: Tradiciones orales leonesas, I. Romancero General de León, I. Antología 1899-1989, preparada por Diego Catalán y Mariano de la Campa, Madrid, 1991, pp. 145-146, y en: Romancero, Ed. Crítica [Edición de Paloma Díaz-Mas], Barcelona, 1994, pp. 364-365. Contamos con una grabación en CD aneja a esta publicación, editada por TECNOSAGA en 1994. Existe otra reproducción grabada en cinta-cassette, y que fue realizada por José Manuel Fraile en casa de Dolores Fernández, en Val de San Lorenzo (León), el día 4 de marzo de 1985: Val de San Lorenzo, de encuesta por León y Asturias. Voces del pueblo, Vol. 1. Ed. TECNOSAGA, Madrid, 1985. En el verso 12 Antonia dice «por deshacer la prisión», mientras que Dolores canta «pa’ deshacer la prisión». En el verso 18, mientras Antonia dice «con Catalina ya halló», Dolores canta «con Catalina no halló». El verso 21 aparece escrito como «la viera de estar llorando », pero ellas cantan «la viera estar llorando». El verso 39 en la grabación es confuso: a Antonia se le entiende «Poneiráste n’ aquel alto», en vez del «Subiráste n’ aquel alto» del texto escrito de Jesús Antonio Cid. En el verso 42 Antonia pronuncia claramente «si trebajaban o no»; considero que ésta es una más de tantas deformaciones de palabras producidas en el habla popular. Los versos 43-46 aparecen cambiados entre el texto escrito del Romancero y la grabación: ellas cantan «y verás a la paloma / cómo llama al perdigón, / y verás a la truchita / cómo llamaba al salmón », mientras que Cid recoge «allí verás la truchita / cómo llamaba al salmón / y allí verás la paloma / cómo llama al perdigón ». En el texto escrito aparece el verso 53 como «Al cabo de nueve meses», pero en la grabación dicen «A eso de los nueve meses ». En el verso 57, aunque ellas pronuncian «frailes» en la grabación, el texto escrito dice «fraires». Otra variante la encontramos en el verso 58, en el que Antonia pronuncia «un gran bautizo le hizó», en tanto que Dolores dice «un gran bautizo le armó», y Cid en el Romancero recoge «rico bautizo le armó». Después del verso 59, en el trabajo de Jesús Antonio Cid aparecen dos versos más que no se oyen en la grabación: «subió al alto corredor, / allí cogiera su niño,». En los últimos versos es claro el empleo del presente de subjuntivo «vayas» en la grabación, pero Jesús Antonio Cid recoge la forma popular «vaigas», nada extraña en el habla de estas personas mayores. Es curiosa la espontaneidad con la que termina la grabación, reflejada en las palabras de Antonia y Dolores: «Ya acabemos», por “Ya acabamos”.

(6) Este romancillo está recogido en: MANZANO, Miguel y BARJA, Ángel: Cancionero leonés, Diputación Provincial de León, Vol. II. Tomo I, Salamanca, 1991, pp. 308-309. También existe una grabación del mismo en cinta-cassette, realizada en Val de San Lorenzo (León) durante los días 4 y 5 de marzo de 1985, en casa de Carolina y Antonia Geijo: Val de San Lorenzo, Filiel, Chana de Somoza, de encuesta por León y Asturias. Voces del pueblo, Vol. 2. Ed. TECNOSAGA, Madrid, 1985. Una variante entre el texto escrito y la grabación aparece en el verso 6: mientras que en el Cancionero leonés aparece transcrito «ha sido pedida», en la grabación se entiende «ha sido perdida». Otra diferencia se observa en el verso 13, que en el Cancionero leonés aparece escrito como «y aún, para compongo», mientras que en la grabación se aprecia «y aún, para compango». El sujeto del verso 15 en el texto escrito del Cancionero leonés aparece tácito, «No quiero tu pan», mientras que en la grabación aparece expreso, «Yo no quiero tu pan». En el verso 34 se observa una ligera variante, producida en este caso entre lo que dice Antonia, «de caballeriza», y lo que canta Dolores, «de caballería». Mientras Dolores emplea el verbo en presente en el verso 40, «le da por vecinas», Antonia lo hace en pasado, «le dio por vecinas», como cabe esperar según la frase y el contexto. Aunque los versos 44 y 60 coinciden, existe diferencia en su interpretación entre el texto escrito y lo que canta Dolores por un lado, y lo que canta Antonia por otro: el texto escrito recoge «del dulme, ¿queréis?», en tanto que a Antonia en la grabación se le entiende «si bien me queréis»; en cualquier caso no me consta la existencia de la palabra “dulme” en nuestro vocabulario. Si a esto añadimos que posteriormente se repite este verso (en el verso 76) –tenemos en cuenta el paralelismo y la repetición de versos a lo largo del romance–, y en este caso tanto el texto escrito como la grabación de Dolores y Antonia recogen «si bien me queréis», podemos pensar que lo más acertado es esto último. En el Cancionero leonés el verso 87 indica «Levantóse la suegra», en tanto que la grabación recoge «Levantóse la vieja». El nombre sustantivo del verso 93 está omitido en el texto escrito, pero en la grabación Dolores lo dice expresamente, aunque a Antonia no se le entiende: «en la otra [alforja] mete». Un caso similar es el del verso 95, que en la grabación se oye cantar como «Ya se monta la vieja», pero en el Cancionero se omite el “se”: «Ya monta la vieja». El verso 102 presenta otra diferencia entre lo escrito, «salían tocando », y lo cantado, «se habían tocado». El diminutivo del verso 103 empleado en la grabación es «Pastoricos», mientras que «Pastorcitos » es el que aparece en el texto del Cancionero leonés.

(7) Este romance aparece recogido en: MANZANO, Miguel y BARJA, Ángel: Cancionero leonés, Diputación Provincial de León, Vol. II, Tomo I, Salamanca, 1991, p. 316, y en: Tradiciones orales leonesas, I. Romancero General de León, I. Antología 1899-1989, preparada por Diego Catalán y Mariano de la Campa. Madrid, 1991, pp. 253-254. La versión que aparece en el Romancero General de León fue recogida por Jesús Antonio Cid a Antonia Geijo Alonso, en Val de San Lorenzo, el 7 de septiembre de 1975, y en 1983 por Paloma Díaz-Mas, Bárbara Fernández, José Manuel Fraile y Antonio Lorenzo a Antonia Geijo juntamente con Carolina Geijo y Dolores Fernández. En este caso también existe una grabación del romance en cinta-cassette, realizada por José Manuel Fraile en Val de San Lorenzo (León), durante los días 4 y 5 de marzo de 1985, en casa de Carolina y Antonia Geijo: Val de San Lorenzo, Filiel, Chana de Somoza, de encuesta por León y Asturias. Voces del pueblo, Vol. 2, Ed. TECNOSAGA, Madrid, 1985. El primer verso de este romance transcrito en el Romancero General de León difiere del de la grabación: mientras ellas cantan «’N esos montes de allí arriba», el texto escrito recoge «Por aquella sierra arriba». En la grabación se oye el verso 4 como «tres días va que no la vía», mientras que el Romancero dice «tres días ha que no la vía», aunque en ambos casos el significado es el mismo. Los versos 9 y 25, que son iguales, son cantados por Dolores en la grabación como «Habéis visto a la mi esposa», con la adición de la preposición, tal como aparece en el Romancero, no así en el Cancionero leonés. También se percibe una diferencia en la grabación entre la interpretación de Antonia y la de Dolores en los versos 12 y 28, ambos idénticos: mientras Dolores canta «más vale que no la vía», tal y como aparece transcrito en el Cancionero leonés, Antonia dice en el verso 12 «más valié que no la viera», y en el 28 «más valié que no la vía»; esta última forma, «más valié que no la vía» es la que recoge el Romancero General de León. Hay dos versos, después del verso 28, que reproduce el Romancero, pero que quedan omitidos en la grabación: «trescientos perros moros / llevaba en su compañía». Otra ligera diferencia es la producida en el verso 39: el Romancero dice «se montara en el caballo» –Antonia pronuncia «se montara ’n el caballo»–, mientras que Dolores incorpora el posesivo, al decir «se montara ’n su caballo ». La diferencia entre lo que canta Antonia y lo dicho por Dolores en el verso 46 afecta al vocablo, pero no al significado: Antonia dice «que yo me encuentro rendida», en tanto que Dolores canta «que yo me hallo rendida». El término «Turquesía» del verso 70 –así lo pronuncian en la grabación– aparece transcrito en el Romancero como «Turquería». En el verso 78 se aprecia otra diferencia entre el texto escrito del Cancionero leonés, que recoge «ya que no nos das la niña», y lo que se oye en la grabación: Dolores dice «aunque no nos des la niña», y Antonia canta «ya que no nos des la niña»; esta expresión de Antonia es la misma que aparece en el Romancero. Por último, en los versos 79 y 80 también se observa una diferencia que afecta al verbo empleado: por un lado, el Cancionero leonés y la grabación emplean el verbo “poder”, cuando dicen «Ni vos pued’ dar el vestido, / ni vos puedo dar la niña», mientras que, por otro lado, el Romancero General de León utiliza el verbo “tener”: «Ni vos tengo da’ el vestido / ni vos tengo dar la niña».

(8) Este romance está recogido en: GARRIDO PALACIOS, Manuel: De viva voz. Romancero y cancionero al paso, Ed. Castilla. Colección Nueva Castilla, Valladolid, 1995, pp. 18-19. Manuel Garrido recoge en esta obra, como fruto de una entrevista, varios romances y coplas recitados por Carolina y su hermana Antonia Geijo Alonso. Aunque el verso 4 aparece en el texto como «y bolsillo de dinero», mi madre recuerda que la abuela Carolina decía «buen bolsillo con dinero».

(9) Este romance también fue recogido por Manuel Garrido, después de entrevistar a Carolina Geijo, en su obra: GARRIDO PALACIOS, Manuel: De viva voz. Romancero y cancionero al paso, Ed. Castilla, Colección Nueva Castilla, Valladolid, 1995, pp. 20- 22. En la entrevista Carolina contaba 86 años. Reproduzco textualmente un fragmento de lo dicho por la abuela maragata en aquella conversación: «Yo iba por la raya de Portugal, por los montes; nunca tuve un tropiezo». En ese momento Portugal le trae a la memoria la vieja historia que le enseñó su abuela: «Yo siempre he dicho Atores; hay quien dice Flores; como se llamara, era uno de los que mandaba a la gente a pelear por ahí». Sirva como anécdota que, mientras grababan estos romances de Carolina con el magnetófono, ella exclamó: «Es el demonio. Antes había brujas; ahora, esto», refiriéndose al aparato grabador.

(10) Gerineldo es otro de los romances recogidos en: GARRIDO PALACIOS, Manuel: De viva voz. Romancero y cancionero al paso, Ed. Castilla, Colección Nueva Castilla, Valladolid, 1995, pp. 22-23. Es sorprendente el final de la versión de este romance recitado por Carolina.

(11) He recogido este romance con la ayuda de mi madre, partiendo tanto de la recopilación de las diferentes versiones escritas que hay del mismo como de la grabación en cinta-cassette realizada por las abuelas. Una de estas versiones escrita la encontramos en: MANZANO, Miguel y BARJA, Ángel: Cancionero leonés, Diputación Provincial de León, Vol. II, Tomo I, Salamanca, 1991, p. 324. Éste es un romance en el que se aprecian muy bien los efectos de la tradición oral, ya que, aún procediendo de la misma fuente (las abuelas de Val de San Lorenzo), las versiones recogidas del mismo no son idénticas, sino que presentan variantes. Así, por ejemplo, en el trabajo realizado por Rosa María Iglesias Madrigal para el profesor Enrique Cámara de Landa, en la asignatura de “Etnomusicología I: historia y metodología”, con el título de El ciclo de Navidad en Val de San Lorenzo (León), p. 23, aparecen estas diferencias respecto a la versión que he recogido en este artículo: «tan alta es la maravilla; / no la hizo un carpintero… que la hizo el Rey del cielo… por la almenita más alta… –Si lloras por los pecadores,… al infierno los mandaría»; además en este trabajo no aparecen los versos 7-10: «San José pica la piedra / y san Juan la componía, / Jesucristo era el Maestro, / el que la obra regía», versos que tampoco recogen Manzano y Barja en el Cancionero leonés, pero que, por el contrario, sí recoge José Manuel Sutil en: SUTIL, José Manuel: Astorica. La Maragatería y los romances, Centro de Estudios Astorganos “Marcelo Macías”, p. 101, pero con algunas variantes: «San Pedro pica la piedra / y san Juan la componía, / Jesucristo es el Maestro, / el que la obra regía». Otras ligeras diferencias que presenta Sutil respecto a la versión de Manzano y Barja son: «… no lo hizo carpintero… que lo hizo san José… y por la almena más alta… Déjalos a cuenta mía, / que los que fueran buenos / yo al cielo les mandaría, / y aquellos que fueran malos / yo el infierno les daría». Los versos del Cancionero leonés que resultan diferentes de la versión que ofrezco en este artículo son: «… no la hizo un carpintero… por la otra entra el día… Dejadlos en cuenta mía, / que a los que ellos fueran buenos… yo al infierno les daría»; además Manzano y Barja omiten en su transcripción, aparte de los versos antes apuntados, estos otros dos versos: «pues hay más en cada día. / –Si lloras por pecadores ».

(12) Ésta es la versión del romance grabada en cinta-cassette. La grabación la hizo José Manuel Fraile en Val de San Lorenzo (León), durante los días 4 y 5 de marzo de 1985, en casa de Carolina y Antonia Geijo: Val de San Lorenzo, Filiel, Chana de Somoza, de encuesta por León y Asturias. Voces del pueblo, Vol. 2, Ed. TECNOSAGA, Madrid, 1985. Si cotejamos las dos versiones, la escrita y la grabada, observamos que la escrita es más amplia, ya que añade algunos versos: «San José pica la piedra / y san Juan la componía, / Jesucristo era el Maestro, / el que la obra regía… pues hay más en cada día. / –Si lloras por pecadores». También se aprecian variantes en dos versos: por un lado el verso que dice «con el su Hijo en los brazos» en el texto escrito, en la grabación aparece como «con el su Niño en los brazos»; la otra variante se observa en el último verso: mientras en esta versión escrita recojo «al infierno mandaría», en la grabación cantan «yo el infierno les daría».

(13) Versión cantada por las abuelas Carolina y Antonia el 15 de enero de 1983, recogida en el Centro Etnográfico “Joaquín Díaz”. Este romance narra un episodio de la infancia de Jesús que no aparece en los Evangelios canónicos, pero sí en los apócrifos. Aún así debo aclarar que, una vez muerto Herodes –el que ordenó la matanza de los inocentes–, el regreso de la Sagrada Familia desde Egipto es hacia Nazaret y no hacia Belén, como aparece en el romance. Según otras versiones, la fruta que pide la Virgen es una naranja, en vez de una manzana, como aparece en esta versión.

(14) Ésta es la versión ofrecida por Dolores en una grabación realizada el 3 de enero de 2000, y que está recogida en una cintacassette que posee la familia.

(15) Los versos de este romance los he recuperado gracias a la colaboración de mi madre, María Luisa Martínez Fernández, que recuerda vívidamente los momentos, sobre todos las noches de invierno, en que las abuelas los recitaban.

(16) Este romance contaminado con oraciones fue recogido por José Manuel Fraile en una grabación que le hizo a Dolores Fernández en Val de San Lorenzo, el día 14 de julio de 1995. Se puede ver escrito en: FRAILE GIL, José Manuel: Conjuros y plegarias de tradición ora, Compañía Literaria, Madrid, 2001, pp. 129-130.

(17) A partir de la versión recogida por José Manuel Fraile, he querido transcribir este romance tal y como lo recuerda mi madre, después de habérselo oído recitar muchas veces a las abuelas. En realidad son tres pequeños romances, fáciles de distinguir por la diferente rima que tienen: el primero va desde el verso 1 al 8; el segundo desde el verso 9 hasta el 16; y el tercero abarca los versos 21 al 26. El resto de versos son breves oraciones incorporadas a los romances y fáciles de memorizar, que rezaban las abuelas por la noche, cuando iban a acostarse.

(18) Es curioso este romance maragato de tono jocoso, perteneciente al género de los dictados tópicos, y en el que, después de hacer un recorrido por los distintos barrios o iglesias que hay en Astorga, aparecen algunos pueblos de la comarca de Maragatería, poniendo de manifiesto cualidades o defectos de los mismos. Estas coplas se cantaban en Val de San Lorenzo durante los filandones. El romance está recogido en: SUTIL, José Manuel: Astorica. La Maragatería y los romances, Centro de Estudios Astorganos “Marcelo Macías”, pp. 104-105.

(19) Éste es uno de los romances que recuerda mi madre haber oído recitar a las abuelas.

(20) Gracias a la ayuda de mi madre también he podido transcribir este romance, cuyos versos le recitaban las abuelas Carolina y Antonia a una hermana mía llamada María Elena, cuando ésta era pequeña, haciendo así honor a su nombre.

(21) Éste es uno más del amplio elenco de romances recitados por las abuelas y que, con paciencia y la colaboración de mi madre, he podido recuperar.

(22) Con el apoyo de otras versiones escritas y la memoria de mi madre, he recuperado este romance que también recitaban las abuelas.

(23) Este romancillo que recitaban las abuelas también lo he podido recuperar gracias al recuerdo de mi madre.

(24) Los versos recogidos de este romance son los que mi madre oyó recitar a las abuelas y que aún recuerda. Gracias a ello los he podido reproducir en este artículo.

(25) Este romance está recogido en: MANZANO, Miguel y BARJA, Ángel: Cancionero leonés, Diputación Provincial de León, Vol. II, Tomo II, Salamanca, 1991, p. 544. Contamos con la grabación de este romance, en cinta-cassette, que hizo José Manuel Fraile en Val de San Lorenzo (León) durante los días 4 y 5 de marzo de 1985, en casa de Carolina y Antonia Geijo: Val de San Lorenzo, Filiel, Chana de Somoza, de encuesta por León y Asturias. Voces del pueblo, Vol. 2, Ed. TECNOSAGA, Madrid, 1985. Llama la atención en este romance el empleo de palabras deformadas, típicas del habla popular, que se perciben muy bien en la grabación, tales como “derrangada” por derrengada, “vía” por veía, “badallo” por badajo, o “Piñaranda” por Peñaranda. A esto debo añadir que la expresión “¡Ay, qué coña!”, pronunciada por Antonia al terminar la grabación de este romance, da un toque gracioso y espontáneo al que ya de por sí es un romance que provoca hilaridad. Las diferencias que se observan entre el texto escrito y la grabación afectan a los versos 2, 7, 15 y 18. Mientras que en el texto escrito aparece «venga a mi pueblo a buscarla», en la grabación se oye «vaya a mi pueblo a buscarla»; «La llevé un día a misa» recoge el Cancionero leonés, en tanto que en la grabación dicen «La llevara un día a misa»; el verso 15 se oye en la grabación como «y a un cojo que había allí», mientras que en el texto aparece sin la conjunción, «un cojo que había allí»; la diferencia en el verso 18 está en que en el Cancionero leonés aparece «la …, la marrana», mientras que en la grabación se aprecia, aunque con dificultad, «la cochina, la marrana»; a Antonia le da la risa en el momento de cantar este verso en la grabación, y quizá a eso se deba la ausencia de una palabra en el texto escrito. Pero por la letra de los dos versos subsiguientes se puede deducir que este verso ha de ser «la cochina, la marrana», como cabe esperar.

(26) Este romancillo de carácter bufo e ingenioso, cantado por Antonia Geijo y su sobrina Dolores Fernández Geijo, se puede escuchar en la cinta-cassette que grabó José Manuel Fraile en Val de San Lorenzo (León), el día 4 de marzo de 1985, en casa de Carolina y Antonia Geijo: Val de San Lorenzo, Filiel, Chana de Somoza, de encuesta por León y Asturias, Voces del pueblo, Vol. 2, Ed. TECNOSAGA, Madrid, 1985. También está recogido por escrito en: MANZANO, Miguel y BARJA, Ángel: Cancionero leonés, Diputación Provincial de León, Vol. I, Tomo I, Madrid, 1988, p. 596; y en: Tradiciones orales leonesas, I. Romancero General de León, I. Antología 1899-1989, preparada por Diego Catalán y Mariano de la Campa, Madrid, 1991, pp. 352-353. En la grabación cantan el verso 11 diciendo «y la más pequeña», pero el Romancero General de León transcribe «que la más pequeña». Después del verso 14 aparecen dos versos en el Romancero que, sin embargo, omiten en la grabación: «Lo sacara un día, / lo llevara al prado». Una ligera diferencia se observa en el verso 25: «al primer picazo» dice el Romancero, mientras que en la grabación se oye «del primer picazo». Y otra diferencia aparece en el último verso: ellas cantan «pero no el amo», en tanto que el Romancero recoge el plural «pero no los amos».