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DERMATOLOGIA POPULAR EN EXTREMADURA (III)

DOMINGUEZ MORENO, José María

Publicado en el año 2004 en la Revista de Folklore número 288.

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LA URTICARIA

Las manchas rojizas pruriginosas sintomáticas de la urticaria se atribuyen generalmente en Extremadura a una reacción de tipo alérgico, casi siempre desencadenada por el contacto real o imaginario con un animal salvaje. En Ahigal se cree que la sufrirá el que coja un ajorrillo (cernícalo) que aún no se ha echado a volar. El desplumar una lechuza es suficiente para llenarse de sarpullidos, según opinión recogida en Torrecillas de la Tiesa. Por toda la provincia cacereña tienen por cierto que el vestirse una prenda rozada por un reptil es causa de la consiguiente e inevitable urticaria. En estos casos las ronchas pueden tomar una forma que recuerde al animal contaminante.

La urticaria recibe en Las Hurdes los nombres de encontráu, cogíu y simbuscalu. Surgen aquí los sarpullidos por tomar asiento donde con antelación se aposentó una culebra, una salamandra, un topo, una araña o cualquier otro animal o animalejo. Aunque no siempre es necesario que esto ocurra al pie de la letra, como se desprende de la Encuesta del Ateneo, de 1902, en relación a esta comarca septentrional, donde también se informa acerca de algún método curativo:

“Si las madres durante las faenas del campo tienen por necesidad que colocar a los niños en algún sitio tienen muy buen cuidado de decir: «hoy se ha encontrado» porque si se le olvida esta frase y pasa a su lado un sapo, lagartija, lobo, etc., seguramente es atacado todo el cuerpo de la criatura de manchas encarnadas, tanto mayores cuanto más voluminoso es el animal que ha pasado. Para curar este mal hay mujeres con virtud para ello que colocan al enfermo sobre su halda desnudo y con un trapo seco y espolvoreando con salvado de trigo le friccionan durante largo rato todo el cuerpo; esa operación se repite por tres días consecutivos después de los cuales queda curado el paciente. Esta operación hay que hacerla durante el primer viernes pues sino no desaparece hasta pasadas tres lunas”.

En Aceitunilla, luego de embadurnar al enfermo con salvado, se le barre con un trapo o escoba, estando para la operación, que ha de realizarse dos o tres veces, completamente desnudo. Durante la limpia corporal se dice:

¡Jusi el encontráu, jusi, jusi!
¡Jusi todus los bichis!
Si es de salmandria,
¡jusi a la tartella!
Si es de santerrostru,
¡jusi a lo jondu!
Si es de salamantiga,
¡jusi a la rejendija!
Si es de culebra u de bastardu
u de otrus bichus bicharracus,
¡jusi al buracu!
¡Jusi! ¡Jusi!
¡Jusi el encontráu!

El zajoril, el sabio y el zángano tienen en sus manos la facultad de pronunciar el conjuro para jusal el encontráu. Indispensable resulta el frotar la parte afectada con la camisa de un Juan o una María, eligiendo la ropa del sexo contrario al paciente, todo ello después de recitar la relación de rigor:

Si es de sapo,
usa al buraco.
Si es de lagartija,
usa la rejendija.
Si es de culebrón,
usa el buracón.
¡Jusa! ¡Jusa!

Con la prenda, amén de frotar los sarpullidos, en algunas ritualizaciones se requiere un santiguado como punto final de la actuación. Pero esto no deja de ser una variante etnomedicinal que convive con otras versiones de la voz conjuradora, como ocurre con la más completa jaculatoria recogida por Víctor Chamorro:

Si es de lobo usa al monte.
Si es de zorra usa al monte.
Si es de lagartija usa la rendija.
Si es de santagosto usa el rostro.
Si es de salamandra usa a la fuente.
Si es de sapo usa al buraco.
Si es de culebrón usa al buracón.
Si es de gallina usa al pollero.
En el nombre del Padre, del Hijo
y del Espíritu Santo. Amén.

Un poco más al sur, concretamente en diferentes poblaciones de Las Tierras de Granadilla, combaten las urticarias haciendo cruces con el dedo pulgar untado en harina mientras se pronuncia una monorrítmica cantata:

Araña, arañón,
culebra, culebrón,
que te seques,
que te seques
como l’hais de secar vos.

En Cerezo posteriormente el afectado por la urticaria debe acostarse en una cama en la que se ha esparcido algún puñado de harina de salvado. Puesto que, como se asegura en Ahigal, no hay molinero que sufra de sarpullidos, una forma de curar consiste en llevar a los enfermos a dormir a las aceñas. Cruces sobre la zona enferma es lo que realizan en Santa Cruz de Paniagua, El Bronco y Palomero, utilizando para ello una ramita de hierbabuena impregnada en clara de huevo batida con vino tinto y saliva de perro. Con el dedo untado en un diente de ajo machacado las hacen en Mohedas. Aquí y allá las cruces las ejecutan durante nueve mañanas seguidas, pronunciando por cada uno de los trazados un sencillo pareado:

Por Cristo y en Cristo
este mal no fue visto.

Nueve es el número mágico que entra en la posología para este tipo de afecciones. En Garrovillas nueve vueltas da el enfermo a un acebuche la mañana de San Juan para eliminar el mal, vueltas que en Bienvenida se hacen alrededor de un rosal, en Valencia de Alcántara en torno a una mesa y en Zahínos girando sobre una escoba colocada verticalmente en el suelo. Y una escoba nueva es lo que se usa en amplias zonas de Extremadura para barrerle, una vez desnudo el enfermo, tanto el sarpullido blanco como la lama salada y la lama de sangre.

El rocío de la madrugada de San Juan tiene su importancia, sobre todo en las comarcas de Las Villuercas, Los Ibores y la Sierra de Gata lo mismo para prevenir que para curar las urticarias. Quienes se impregnen de él se verán libres de estos males. Mas para los que olvidaron cumplir con el ritual del solsticio, aún les queda la posibilidad de recurrir a determinadas aguas para beberlas, bañarse o lavarse simplemente. Así ocurre con las salitreras que manan de la fuente de Las Herrerías (Salvaleón) y con las de los Baños de San Gregorio (Brozas). Con los residuos que se asientan en los estanques del balneario de Baños de Montemayor se fabrica una pomada que quizás no tenga rivales en los tratamientos de herpes y urticarias. Recordar debemos los sorprendentes efectos conseguidos con los baños impares en el complejo de Valdefernando (Valdecaballeros). De sus milagros en el campo sanitario puede ilustrarnos cualquiera de los numerosos documentos existentes sobre el particular, como es este fragmento de un expediente de 1830:

“… con motivo de que habiendo tenido diez partos, y no haber podido criar ninguno porque en cuanto mamaban de ella se llenaban de un mal, que llamaban herpes, que parece tenía ella en el cuerpo, y hallándose embarazada… le instó el cirujano que viniese a tomar estos baños (de Valdecaballeros) asegurándole que criaría lo que pariese…”.

Se les atribuyen también especiales virtudes en este campo a los lavados, baños y compresas de decocción de hojas de nogal (Villanueva de la Sierra), de raíces de encina (Las Hurdes, Las Tierras de Granadilla) y de tubérculos de gamones (Valle del Jerte), aunque para los efectos sirve el frotarse con un trozo de raíz fresca de esta última planta. Mojarlas con leche es remedio que se sigue contra las urticarias y las herpes en Tejeda de Tiétar y en Campanario. En esta última población se requiere que el líquido lácteo proceda de los pechos de una mujer. También el aceite tiene aquí su importancia, ya que con sus untes resuelven todo este capítulo de afecciones dérmicas. En Gata el atacado por la urticaria ha de meterse en una tinaja de aceite que acabe de ser elaborada. Con una mezcla de vino y aceite se lavan en Torre de Don Miguel. En Zalamea es el aceite de freír trigo el que mucho tiene que decir en este capítulo. Tampoco están exentas para estos casos las friegas de alcohol (Ceclavín), de saliva con sal (Torrejoncillo), de orina reciente, mejor si la micción se realiza directamente sobre la zona afectada (Santa Cruz de la Sierra), de arcilla diluida en agua (Salvatierra de los Barros), de jugo o de hojas machacadas de acelga (San Vicente de Alcántara, Cedillo) y de ajos majados con miel (Jaraicejo).

Cuando los sarpullidos se suponen producidos por una alimaña, la regla exige atrapar al animal en cuestión, quemarlo y esparcir sobre la zona achacosa sus cenizas. Si esto se considera la tónica general, no faltan lugares, cual sucede en Garciaz, Monroy y Don Benito, donde los residuos ígneos se mezclan con aceite, procurando que su aplicación se haga en caliente. Las complicaciones sanatorias desaparecen en La Pesga, si las cenizas que van a parar a la afección no son las del animal culpable, sino las que se consiguen de quemar la propia camisa del paciente. En Villar de Plasencia y Cabezabellosa se cambia la ceniza por hollín de chimenea.

Los usos tópicos ceden su lugar, si es que no hallan el complemento, a las sustancias ingeridas. Tales son los casos de las infusiones de flores de sanguinaria y de pimpinela o pepinela (Alburquerque), a las que se le atribuye un alto poder purificador de la sangre. La decocción de raíz de ortiga presenta aquí idéntica función. En este caso la posología recomienda tomar tres tazas diarias muy calientes. Con ella desaparecen igualmente los eczemas y erupciones, males contra los que también se emplean otros medicamentos. Entre ellos citamos la ingestión de varios vasos al día de cocimiento endulzado de tallos y hojas de borraja (Malpartida de Cáceres) y de espárragos trigueros (Oliva de Plasencia) y los baños o compresas de jugo de cardo corredor (Serradilla). Para lo mismo sirven los lavados con agua hervida con sal, con agua de macerar hierbas de San Juan (Galisteo), con decocción de paja de avena (Logrosán) y con infusión de margarita (Alía, Guadalupe). En Zalamea de la Serena lubrican la parte enferma con un ungüento hecho a base de lombrices destripadas y mezcladas con manteca, volteadas en la sartén hasta conseguir una masa viscosa. Azufre rebajado con raspaduras de jabón de sosa es lo que comúnmente se emplea para estos males dérmicos en toda la provincia de Badajoz, debiéndose extender sobre la zona lesionada. En la comarca de Los Montes optan para lo mismo por las cataplasmas de hojas de verbena trituradas y con el añadido de un chorro de vinagre.

En el partido de Alcántara ha sido creencia el que los niños se llenan de eczemas si tocan la manga procesional que se lleva a los entierros o juegan con la tierra donde se posó el ataúd camino del cementerio. Pero estas afecciones encuentran fácil cura. Basta con que al pequeño se le haga llevar consigo la mandíbula de una liebre. Si el muchacho ya es crecidito encontrará la solución revolcándose en el lugar donde haya orinado un lobo.

No faltan otras erupciones a las que en Extremadura se les achaca un origen poco menos que sorprendente. Es creencia que las de la cabeza se producen porque un pájaro se hizo con un mechón de su pelo y lo llevó hasta el nido. Quizás en salvaguardar el cabello por ésta y otras razones que influyen sobre la inestabilidad de la salud se fundamente la costumbre que aún subsiste en nuestros pueblos de introducir en los huecos de las paredes los mechones que se adhieren al peine cuando las mujeres se atusan en la resolana. En Alía surge este tipo de males si se bebe agua de determinadas gargantas de la sierra, aunque no es menos cierto que las erupciones dérmicas desaparecen a las veinticuatro horas o con sólo cambiarse de ropa.

DE CULEBRAS Y CULEBRONES

Cuando una culebra o bastardo pasa por encima de la ropa tendida y luego alguien la viste sin antes haberla planchado o ahumado lo más lógico es que se convierta en víctima del culebrón, científicamente conocido como herpes zóster. Pero no falta quienes hallan la causa en haber soñado con el reptil o haber permanecido, aun sin saberlo, algún instante bajo su mirada. Los dolores y la picazón o comezón son las más claras sintomatologías de una enfermedad que se manifiesta por una cadena de sarpullidos que siguen el camino del latiguillo nervioso. En cierta medida su forma recuerda la del reptil. Aunque el herpes no enuncia un peligro real, el paciente se cree atrapado por la fatalidad o, lo que es igual, piensa morirse si el culebrón, sobre todo el que se ciñe a la cintura, en algún momento llegase a unir la cabeza con la cola.

Sin otra diferencia que la de su duración saben distinguir en la provincia de Badajoz entre culebrón y culebrilla, siendo aquél el peor y más temido. Pero al mismo tiempo se hace una distinción entre culebrón macho y culebrón hembra. El primero cura más fácilmente, ya que las hembras, cuando el herpes va entrando en vías de solución, ponen huevos y la enfermedad aflora de nuevo.

Los tratamientos para tales enfermedades se nos presentan como amplios, variados y variopintos. En Garrovillas y Navas del Madroño se evita que el epidérmico oficio llegue al enroscamiento total pronunciando tres veces el correspondiente pareado:

Culebrón, culebrón,
que no se junten rabo y cabezón.

Al tiempo del recitado, así como antes y después, han de hacerse numerosas cruces sobre el herpes.

En la Baja Extremadura, al decir de Publio Hurtado,

“curan a los niños de los herpes o culebra, como las llama el pueblo, llevándolos sus madres a la sacristía de la parroquia en donde el cura tiene que escribir en la zona herpética con agua bendita estas palabras: «Jesús y María, la culebra sea perdía», haciendo en los espacios que no lleve inscripción muchas cruces”.

En Fregenal de la Sierra aún quedan personas con gracia para curar el culebrón. El enfermo acude ante el sanador provisto de tierra blanca, una pluma de gallina y una vara verde de torvisca, tres elementos indispensables para lograr la desaparición del herpes. La forma de actuar no tiene desperdicio:

“El curandero amasa la tierra blanca, toma la vara de torbisca y una navaja o cuchillo y empieza la curación. A medida que va nombrando al paciente, diciendo sus jaculatorias y rezando la oración correspondiente, le va dando cortes a la vara de torbisca en número de tres, que son las veces que se repite lo anterior. A continuación toma la pluma y de la tierra amasada va cogiendo y pintando con ella el culebrón, hasta dejarlo cubierto. Esto se repite varios días hasta que remite la enfermedad”.

Hay quienes prefieren machacar la torvisca antes de mezclarla con la tierra blanca y no faltan quienes el amasado lo realizan con vinagre. Quintero Carrasco, a quien debo la cita precedente, informa acerca de otro mecanismo curativo de la también localidad frexnense. Consiste el mismo en coger pluma y tinta y escribir sobre el culebrón un Padrenuestro y un Avemaría de derecha a izquierda, empezando por la última letra de la oración mariana y terminando con la primera del Padrenuestro. Al mismo tiempo se musitan jaculatorias, también al revés.

En Alía y Navalvillar de Ibor rodean el culebrón con un círculo que trazan con una pluma de gallina mojada en una componenda de pólvora, tinta y vinagre, realizando en el interior algunas cruces mientras rezan las correspondientes plegarias. Con la cabeza de una aguja de coser embutidos trazan en Puebla de Alcocer cruces sobre las vesículas. En Talarrubias se impide que crezca el culebrón haciendo una raya vertical ya sea con un lápiz o con una pluma mojada en tinta. En San Vicente de Alcántara se pronuncia un conjuro mientras se hacen cruces con una rama de perejil o de albahaca impregnada de limón o vinagre. Por el sur de la provincia pacense se recurre más a cortar tres veces el culebrón con una moneda de cobre, recitando en cada ocasión el ensalmo de rigor:

Culebrón, yo te juro y te conjuro
para que no crezcas ni aborrezcas,
ni juntes el rabo con la cabeza
y del cuerpo de (…) desaparezca.

En Higuera la Real la persona encargada de procurar la sanación pronuncia de forma repetida esta especie de trabalenguas: “Bicho corto, corto bicho, bicho corto, corto bicho”. Cada dos veces hará sobre la camisa del paciente una cruz, hasta completar la cifra de doce. Como es de suponer no se admite el mínimo error. En Castuera la curativa alcanza una mayor complejidad. El sanador corta nueve hilos de esparto y con cada uno, asido entre el índice y el pulgar, hace una cruz. El trazado de cada uno de los signos lleva implícito el rezo de la correspondiente deprecación:

Estando San Pedro
detrás de la ermita
yegó la Virgen María
y le dijo: –San Pedro,
¿qu’estás haciendo?
–Matando la culebrita.
–¿Y con qué la matas?
–Con yerba del campo
y agua de la fuente Nica.
Jesús, Jesús,
alabado sea el Señor.

Acto seguido se toma un vaso lleno de agua de la citada fuente Nica, en el que también se ha vertido un chorro de vinagre, y se echan unas gotas sobre la herida. En La Nava untan las vesículas con agua bendita y romero, diciéndose la oportuna jaculatoria:

Por un caminito alante
van tres monifiacios (sic),
se encuentran con el Señor,
que le dice:
–¿Dónde van los tres monifiacios?
–Los tres monifiacios van
en busca de hierba
para la culebriya.
–Volveros para atrás,
que la culebriya
con agua bendita y romero
se curará.

Las formulaciones médicas transmitidas por las divinidades también se observan en el caso de ésta recogida en Ahigal. El recitado que sigue va parejo a las tres cruces que se trazan sobre la parte del cuerpo víctima de la afección con una cabeza de ajo, un trozo de patata y un poco de agua bendita:

A la puerta de la iglesia
San Ramón hacía vigilia.
Y a la puerta de la iglesia
estaba la Virgen María.
Y le dijo a San Ramón:
–¿Qué haces aquí, Ramón?
–He venido a la iglesia
a quitarme el culebrón,
que el culebrón se quita
con un ajo, una patata,
una oración y agua bendita.

El enigmático San Apolón se constituye en Casatejada como el auténtico abogado contra el herpes zóster. El pariente más cercano del enfermo hace tres cruces con el revés del dedo pulgar impregnado en saliva. Al final de cada una de las veces está obligado a decir:

Y llega San Apolón
con su hermano y otros dos
en busca del culebrón.
Tómalo, San Apolón.

Esta misma actuación, aunque sin rezo se emplea tanto en esa localidad como en el resto de los pueblos de Campo Arañuelo para la eliminación de las ronchas.

Vamos a detenernos con algún detalle, dada su importancia, en los usos tópicos orientados al tratamiento del culebrón, aunque a varios de ellos mención hemos hecho en los párrafos anteriores. El aceite es un elemento que se configura como de primer orden en este apartado. Con él, o en su caso con alcohol, se impregna un trozo de vara de San José antes de buscar la curación del enfermo rozando con ella la parte afectada. Guío Cerezo cita como utilizados contra el culebrón en diferentes pueblos extremeños una componenda de aceite bayón quemado y ristra de ajos. En Mohedas y La Pesga se emplean mezcladas la ceniza de madroñera y el aceite de oliva, aunque igual validez se le da al tratamiento en que esta última se sustituye por manteca de cerdo. Ambos elementos grasos pueden combinarse con la ceniza de espadañas para conseguir un ungüento antiherpético de gran aceptación en Alburquerque. Mas si al aceite se le echa hollín de chimenea se puede formar una pomada de uso corriente en Alcuéscar, Zorita y Montánchez.

La llamada aceite de trigo se consigue aprisionando la semilla entre dos planchas de hierro que se calientan en la fragua. Su aplicación contra el zóster queda garantizada de norte a sur de Extremadura. En cuanto a la posología constatamos algunas diferencias, puesto que hay pueblos, como es el caso de Escurial, que exigen mojar la herida durante tres mañanas alternas, mientras que en otros, cual Acehuche o Malpartida de Cáceres, se inclinan por ejecutar la operación tres días seguidos y un tercer grupo creen hallar la mayor efectividad en llevar a cabo la aplicación a lo largo de una semana. En la parte más meridional de la provincia de Badajoz también se lucha contra el culebrón mediante lavatorios con aceite de malva.

El mal del la bicha o la culebrilla desaparece a marchas forzadas si del tratamiento forman parte el aceite de lagarto y el barrido correspondiente del zóster, aunque José de Nogales, quien nos ofrece la fórmula, también indica las buenas cualidades que para estas cuestiones ofrecen la camisa y el unto de culebra. En la comarca de la Sierra de Jerez buscan recubrir el herpes con una camisa de culebra, mientras que en Fregenal de la Sierra pulverizan tal camisa y la ingieren disuelta en vino. Citemos como curativas finales la enea mojada en tinta y polvos de almidón, la mezcla de limón y pólvora negra (Alía, Logrosán) y el polvo de fragua (zonas de Zafra y Llerena). Mayor área de difusión, ya que se encuentra en la práctica totalidad de Extremadura, presenta la eliminación del culebrón mediante la puesta por parte del afectado de una prenda de color rojo.

ERISIPELA

En Extremadura existe una clara distinción entre disipelón y disipela, distinción que se hace atendiendo al grado de extensión que ocupe en el cuerpo. Si la disipela o erisipela se localiza en partes muy concretas, el disipelón se presenta de una manera más generalizada. Aunque tampoco faltan poblaciones, cuales son los casos de Fuente del Maestre y Campillo de Llerena, en las que la voz disipelón es sinónimo de erisipela ulcerada.

Al igual que viéramos en relación al herpes zóster, en la curación de la erisipela tienen cabida algunos formulismos conjuradores. Así en Castuera, cuando la afección se hace patente, se reza la siguiente oración:

Yo te corto, disipela maldita,
por la luna y por el sol
y por Nuestro Señor Salvador
que pierda la fuerza y el reigor
como lo perdió Judas traidor
en el Monte d’Olivete.
Jesús, Jesús,
alabado sea el Señor.

Es pertinente que la oración se rece nueve días seguidos, aunque si la dermatosis se muestra muy avanzada podría llegar a recitarse mañana y tarde, sin que el número de plegarias sea superior a nueve. Y antes se quita la disipela, al decir de los pacientes y sanadores locales, si el rezo lo ejecutan dos personas distintas que no vean durante el tiempo que duran las ritualizaciones. Pero es exigencia que antes de la primera oración deben cogerse nueve trozos de palma bendecida el Domingo de Ramos, que se quemarán al concluir la actuación medicinal. Por seguro se tiene que los efectos curativos se notan ya al tercer rezo.

En Acebo sobre la parte afectada se hace una serie de cruces con un trozo de lana impregnada con aceite de oliva, preferentemente sacada del candil. Se trata de un remedio manifestado por la divinidad, como se refiere en la jaculatoria que ha de decirse conforme se efectúa el lubricado de la piel:

Cuando Nuestra Señora
por la tierra andaba
con Pedro Pablo se encontraba,
y la Virgen le preguntaba:
–¿Dónde vas, Pedro Pablo?
–De Roma vengo, Señora.
–¿Qué hay en Roma, buen amigo?
–Disipela y disipelón,
que no tienen curación.
–Vuelve a Roma
y curados los tendrás.
–¿Con qué será, Señora?
–Con un poco de vellón
y aceite de oliva,
con un Padrenuestro
y un Avemaría.

Una rama de olivo conforma el hisopo que se unta en aceite para remediar el mal en Cilleros. El recitado, que aquí es indispensable pronunciar, señala cómo Jesucristo es el que transmite el conocimiento de la virtud de los elementos empleados en la cura ritual:

Pedro Pablo fue a Belén
y se atopó con Jesucristo
que venía de Belén.
–Pedro Pablo, ¿dónde estabas?
–De ver el mal de disipela,
que en Belén no se sana.
–Vete a Belén y dile
que la disipela tiene cura
porque se cura con una rama de olivo
y tres gotas de aceite de oliva.
Por Jesucristo que nació en Belén
y por la Virgen María su Madre
el que rece la disipela
no se morirá nadie.
Por la gracia de Dios
y de la Virgen María,
recemos un Avemaría.

En Plasencia se recurre a San Lorenzo, aunque no con demasiadas exquisiteces. Mientras que se hacen cruces en la parte afectada con una paja mojada en aceite, el curandero pronuncia por tres veces estos versos:

San Lorenzo bendito,
sea por pares o sea por nones,
la disipela que tengo
me tiene joíos los riñones.
O me la quitas de pronto
o te corto los cojones.

El capítulo amuleteril quiere aquí mostrar su importancia lo mismo para prevenir que para curar la erisipela. En Casatejada basta con llevar metido en el forro de la camisa un frasquito conteniendo mercurio. El mínimo requisito exigible para que el efecto se haga patente es que el recipiente se haya pasado con antelación bajo el manto de la Virgen de la Soledad, la patrona del pueblo. En El Gordo y Almaraz este amuleto consigue la virtud luego de zambullirlo en la pila del agua bendita. La pezuña de la Gran Bestia es lo que se cuelgan con idéntica intención al cuello los habitantes de La Pesga y Riomalo de Abajo, mientras que en Ahigal, Cristina y Guadalupe el escapulario es una simple castaña de Indias engarzada en oro o plata. Amuleto de mayor difusión es la ceborrincha o cebolla albarrana que los afectados de este mal cuelgan debajo de la cama con la seguridad de que la erisipela desaparece en el momento que el bulbo comience a desecarse. Nos encontramos ante un comportamiento de índole simpatética, el mismo que también usan en Alconera cuando introducen una lagartija viva en una caja para que el mal y el reptil mueran a un tiempo.

En Olivenza, donde apuntan que la disipela se produce por darse una calada durante la luna llena y no secarse, se combate llevando consigo un caballito de mar disecado. Un animal terrícola, en este caso el topo, cumple con la misión antierisipelatosa. Se introduce su calavera monda y lironda en una bolsa de tela, sirviendo lo mismo llevarla sobre el pecho que colocándola debajo de la almohada. Un excelente sustituto del topo es el lagarto, con cuya cabeza se procede de idéntica manera. Una y otra actuación las encontramos en Carcaboso, Valdeobispo, Villar de Plasencia, Coria, Portaje, Carmonita, Llerena, Garrovillas, Aldeanueva del Camino y Alcollarín. Pero a tenor de las informaciones recabadas nada ejerce mayor virtud contra el mal dérmico que la cabeza de víbora, de la que se hacen buenos acopios en la comarca de Las Hurdes y en Hervás, donde se especifica que el ofidio debe ser macho. Publio Hurtado describe las pautas a seguir respecto de la víbora e informa sobre otros comportamientos médicos que influirán positivamente en la curación de la erisipela:

“En cuanto que se presenta una de estas dermitis, se sale al campo, se caza uno de estos reptiles, se decapita y metiendo la cabeza, que es el aliquid beneficus, en un escapulario, se cuelga al cuello del erisipelatoso, quien no tardará en sentir alivio.

También lo siente en Brozas el que quebranta con los dientes unas briznas de esparto; no faltando quien use la secreción mucilaginosa y repugnante de las babosas, y la sangre del lagarto y de la liebre macho. Y si no, preguntarlo en Bodonal y Cabeza de Vaca”.

José Nogales especifica que para el buen uso es necesario que el lagarto del que se extrae la sangre ha de estar vivo y que en vez de lagarto también puede echarse mano del correspondiente galápago. Al tiempo nos recuerda que otros medicamentos tópicos para el mal que nos ocupa son los untos de enjundia, miera y polvo de ladrillo, el enlodamiento de estiércol y la grasa de gato negro cocida en vino. Une a todo esto la necesidad de vestirse la ropa interior y caliente de un mellizo y las fricciones de una melliza haciendo cruces con las uñas. El gato negro presta la sangre de la oreja, que se ha de cortar en vivo, para la lucha contra la erisipela. Con ella se lavan la parte afectada en Almoharín, Valdemorales y El Gordo. En el Valle del Jerte basta para lograr la curación el rozar la dermatosis con el nigromántico minino. En Valdastillas se aplican un machado de habas pelúas o cochineras.

Al igual que sucediera con el culebrón, también aquí se aplica tinta con una pluma de gallina, práctica muy propia de Jerez de los Caballeros. En Zalamea de la Serena embadurnan la erisipela con mantea que se deja enfriar durante toda la noche después de haberla cocido con algunas cáscaras de limón. El pringarse con aceite de oliva virgen o con enjundia de gallina valiéndose de una moneda de cobre es algo habitual entre los vecinos de Mirabel. Los usos tópicos siguen con las cataplasmas de hojas machacadas de valeriana avinagradas ligeramente (Oliva de la Frontera), con los paños empapados en infusión de árnica (Fuentes de León) y con los emplastos de verbena (Berzocana). No olvidemos que el saúco juega un primordial papel en el mundillo de las enfermedades dérmicas, y aquí no podría ser de otra manera. Con la infusión caliente de sus hojas se empapan paños que se ponen directamente sobre la piel, consiguiéndose tan óptimos resultados como cuando se aplican templados por el humo de esta misma planta. En diferentes puntos de Extremadura se requiere que el saúco que va a ser utilizado se recolecte en la noche de San Juan, noche en la que han de sacarse al sereno en el supuesto de que se hubieran cogido con anterioridad.

El lavatorio con jugo de hoja de chumbera es práctica que se sigue con habitual presteza en La Granja y Segura de Toro para la eliminación de la erisipela. El líquido se calienta bien, se le añade una buena cantidad de azúcar y con el jarabe resultante se empapa un lienzo que se aplica directamente sobre la zona. Menores preparativos precisan en Valdecaballeros, donde basta con darse algún que otro chapuzón en los Baños de Valdefernando para que la disipela se vaya a paseo. En Ahigal surten efectos los lavados con agua de los manantiales de Santa Marina la Vieja.

Solamente hemos localizado un par de sustancias que mediante la ingestión son capaces de aliviar al erisipelatoso. El agua que ha mantenido en remojo a las lentejas se toma en toda la Alta Extremadura con tal finalidad. Tres vasos durante un número impar de días superior a tres son los que se beben para eliminar la afección de por vida. En la Sierra de Gata se ingiere el agua en la que se ha macerado por espacio de dos horas un puñado de habas secas. La dosis para que la medicación sea exitosa la estiman en dos cucharadas soperas antes de la principal comida durante una semana. Dicen que las virtudes del agua de habas se potencian si para la bebida se emplea una cuchara de yedra. Quizás no sea pura casualidad el que en Valverde del Fresno, Eljas, Villasbuenas de Gata y San Martín de Trebejo un mango de yedra debe tener el cuchillo con el que se corta la disipela haciendo cruces con el revés en el preciso instante en que se aperciben los primeros síntomas del mal.

Pero de vigor es el aplicar aquí el Más vale prevenir que curar. Tal aforismo lo tienen muy en cuenta los propensos a contraer la disipela o el disipelón, ya que muy bien saben que el mal nunca se encariñará con ellos si cumplen con el requisito de mantener enjaulada dentro de casa una pareja de tórtolas.

DE LA VIRUELA A LA SARNA

Si usted tuvo la mala fortuna, buena para otras cuestiones, de nacer en año bisiesto, jamás deberá sentir el temor de verse atacado por la viruela, de la que también se librarán, al decir de los habitantes de Bodonal de la Sierra y de Benquerencia de la Serena, los que nacieron el día de San Lorenzo. Al resto de los mortales extremeños no le queda otra salida que la del recurso al “medicamento” cuando perciben la sombra de la infección vírica.

En Ahigal se aconseja, y puesto que el consejo sigue vigente es de suponer que tendrá sus adeptos, comerse fritos un par de marrajos, repelentes anfibios con pintas caimanescas. Si ascos puede darle el exótico bocado a los variolosos, no creo que les sea de mayor apetencia otro manjar en el que se confía en la práctica totalidad de las dos provincias. El mismo consiste en beber el agua en la que se han macerado cagalutas de vacas. En Santa Cruz de la Sierra lo que se toma es el liquido sobrante de la decocción de las boñigas secas, aunque también consideran de gran efectividad el respirar los aromas que desprende los ganados vacunos. Nada extrañará, por consiguiente, que en tiempos de epidemia se sacaran a pasear a los cornúpetas por las calles para impregnarlas de sus efluvios salutíferos. Los vecinos de esta localidad, mas no en exclusiva, aprovechan para sanar sus viruelas del agua salubre de un viejo pozo labrado a pico en el no menos viejo convento de San Joaquín, a tenor del pertinente documento del siglo XVIII:

“… en busca de ella vienen para este efecto aun de lo más remoto de este reyno y también de el de Portugal. No hay memoria de su antigüedad, sólo sabemos aver venido a este pueblo el Ylustrísimo Señor Don Pedro González de Acebedo, Obispo que fue de este Obispado con motivo de aparecérsele, en visión imaginaria, unas luces que ha salido de este sitio y en él estubo tres meses pidiendo a Dios le declarase la voluntad acerca de estas luces, que recibió información de personas fidedignas y de la mayor destinción, que declararon aver visto muchas veces dichas luces y ver venir muchos enfermos de diversas partes y aviendo bebido sus aguas quedar sanos de diferentes achaques. Este pozo con su brocal de cantería bien labrada estaba baxo un portal mantenido en cuatro postes y estas luces se han visto varias veces y nosotros las vimos en el año 1743 i a mediados del mes de julio quando la yglesia celebra en España el triunfo de la Santa Cruz”.

El rociarse con agua bendita la zona afectada es práctica que se sigue en Montemolín, Ribera del Fresno y Cachorrilla cuando se han probado otros remedios para reducir la infección vírica. Entre esos “otros remedios” destacan, sin dudas, los de comer lentejas con apio o presta y el lavarse con la gelatina extraída de la cola de los pescados, actuaciones ambas muy populares en la totalidad de Extremadura. Si el brotado vírico amenaza la zona de los ojos, el buen remedio se halla en el soplido directo de una boca impregnada de ajo. Pero si lo que se pretende es el rápido secado de las vesículas lo más deseable es meter un sapo dentro de una caja y mantenerlo prisionero hasta que se muera. El óbito del batracio se dará a la par que la desecación de la afección dérmica.

Algunas de las prescripciones médicas que seguidamente veremos en relación con la sarna o la roña y con la tiña encuentran su campo de aplicación también sobre las viruelas, especialmente en lo que atañe a profilaxis. Entre éstas destacamos el revolcarse en la hierba o correr por los campos de centeno para mojarse con el rocío de la mañana de San Juan o lavarse con determinadas aguas en esa fecha del solsticio, como puede ser la que ha servido para macerar hojas de saúco. En Ahigal se utilizaron con estos fines preventivos las estancadas aguas de la laguna del Legío. En esta misma localidad con idénticos fines se salta un zajumerio o pequeña hoguera de tomillo en la noche del Bautista. Al tiempo de recibir el humo se recita la oportuna cantinela:

Por aquí pasó San Juan,
yo no lo ví;
sarna en ti,
salud en mí.

Numerosas son las aguas a las que en Extremadura se le atribuye una virtud antisárnica. Unas llevan su poder inherente al propio nacimiento, ya que brotan repletas de las fuerzas sanadoras que les regala la deidad bajo cuya protección se hallan. Ahí están, a modo de ejemplo, los salutíferos lavatorios en los manantiales de Santa Marina (Zarzacapilla la Vieja, Casas de Millán, Ahigal), de Los Remedios (Hornachos), de San Gregorio (Brozas) y Fuente Santa (Galisteo, Zorita, Retamal). Es a esta última a la que, al tiempo de mojarse el cuerpo, se le dirige la consiguiente imprecación:

Fuente Santa, Fuente Santa,
por la Santa Trinidad,
dame tu bien
y toma mi mal.

Los ribereños del Tajo acuden el día de San Juan, antes de salir el sol, hasta el Hondo de Rochafría, donde aseguran que esa madrugada flotan los barriles del pérfido Fierabrás, al que la tradición hizo habitante del castillo del Alconétar. Y en esta visita al río los roñosos y tiñosos no olvidarán el chapuzón para sanar sus males merced a unas aguas impregnadas del famoso bálsamo. Los más norteños prefieren, sin importar las fechas, acudir con sus dermatosis acáricas a las termas de Baños de Montemayor que, al menos en este tipo de afecciones, no siempre cumple con lo esperado, como a bien tiene el recordar la copla:

Adiós, Baños de Montemayor,
aguas medicinales.
Te quedas con mis pesetas
y yo me quedo con mis males.

Las aguas del Almonte gozan de una peculiar fama antisárnica, si bien su utilización precisa de unas peculiares ritualizaciones. El enfermo elige una noche de luna llena y, bien sea hombre o mujer, se hace acompañar de dos personas de sexo opuesto. Los tres han de desnudarse a la orilla, adentrarse en el río y beber un sorbo de agua, orinando acto seguido en la corriente. Esto lo repetirán nueve veces durante la misma noche. Después de la última micción el sarnoso se tocará la parte afectada con una prenda de cada uno de los tres, que luego se sumergen en el lecho del río sujetas con una piedra. Tanto al desvestirse y al vestirse como a la venida y al regreso han de guardar el más absoluto silencio.

Pero en cuestiones de panaceas acuáticas nada hay como el agua de mayo. He aquí dos refranes al uso: “Agua de mayo, quita la sarna de todo el año” y “Agua de mayo, quita la sarna de la oveja y del amo”. Y es que, efectivamente, en cuestiones de roñas o sarnas su empleo tiene idénticas aplicaciones en la etnoveterinaria que en la etnomedicina. Recordemos en esta misma vertiente los lavatorios de personas y animales con agua de cocimientos de chochos (Valdeobispo), de cebada (Aldeanueva del Camino), de escrófulas (Las Villuercas), de escobas (Guijo de Granadilla) y de romero (Talaveruela), siendo esta última de gran eficacia en remojones del cuero cabelludo. Sumemos a los anteriores aguates la infusión suave de hojas de tabaco, que muchos y buenos seguidores encuentran en Aldeanueva de la Vera, y la disolución de azufre.

Claro que el azufre, además de con agua, participa de otro campo de aplicación. Pulverizado se puede echar sobre la afección o frotarse con él, ya sólo o aderezado con aceite de oliva y una pizca de sal. Se usa especialmente en Salorino y Valencia de Alcántara. Un poco más al sur, concretamente en San Vicente de Alcántara, La Codosera y Villar del Rey, el sarnoso recibe sobre su piel una pomada que se consigue batiendo una yema, medio cascarón de manteca y otro medio de azufre. Su misión es la de disminuir los picores y poner en fuga a los ácaros. Sus efectos los suponemos superiores a los que derivan de llevar al cuello un trozo de azufre dentro de una ampolla o alfiletero, como tienen por costumbre en Zarza de Granadilla y Cabezabellosa.

Tampoco en este capítulo se ignora el valor del ajo machacado y mezclado con miel (Santa Cruz de Paniagua, Palomero) o con aceite (Almendralejo). También la miel hace buen combinado con los garbanzos cocidos, que en forma de cataplasma se aplican sobre las roñas en Zafra y Villanueva de la Serena. El aceite, sin ningún otro aditamento, es medicina predilecta de los afectados de la Sierra de Gata, Las Hurdes y Las Tierras de Granadilla. Dicen que con ella mueren los ácaros y, en consecuencia, los picores desaparecen inmediatamente. Pero en otras zonas el aceite requiere de combinados y hasta de la oportuna ritualización, como nos lo enuncia el ejemplo recogido en las localidades del entorno de Navalvillar de Pela. Cuentan que la fórmula médica, que le fue enseñada por Cristo a San Juan Bautista, requiere de la lubricación del sarnoso tres veces durante otros tantos días mientras se recita la cancioncilla que indica el medio de usarse y las sustancias que intervienen en la pócima:

Con un guisopo de lana,
agua de siete fuentes,
tres pizquinas de sal
y siete gotas de aceite.

Asimismo la manteca es objeto de una gran aceptación en relación con estas dermatosis. Una pomada que se elabora con manteca y hojas de tabaco obra prodigios en Talayuela. Con raíz de torvisco triturada la mezclan en Santibáñez el Alto, embadurnándose bien el cuerpo al levantarse. En Serradilla requiere de la oportuna manipulación. Durante los oficios del Viernes Santo se toma un trozo de manteca, se envuelve en una hoja de berza y se entierra junto al tronco de una higuera bravía. Tras la Misa del Gloria del Sábado Santo se recupera, estando ya lista para cuantas veces se quiera untar al sarnoso. Si el contenido predice óptimos resultados, lo mismo puede decirse del vegetal continente. Una hoja cruda de berza elimina los sárnicos problemas entre los ribereños del Alagón, siempre que se coloque en contacto directo con la piel. Si de lo que se trata es de eliminar la tiña, la hoja de berza se cambia por la de acelga, siendo idéntico el método de aplicación. De este último modo obran los vecinos de Santiago del Campo. Para la tiña valen igualmente las friegas con ungüento de jugo de hojas de bardana y aceite.

Como último remedio antisárnico hemos de citar las hojas secas de hierba de San Pedro, ya sea empapando y aplicando paños con su cocimiento, ya sea convertidas en polvo y mezcladas con manteca de cerdo, así como la superposición sobre la zona lesionada de hojas de álamo avinagradas y el lavado con el espumoso líquido que fluye de las ramas de olivo al calentarse en la hoguera. En El Bronco se conforman con rozar el cuerpo del enfermo con una vara de roble pasada por el fuego y en las cercanas poblaciones de Ahigal, Santa Cruz de Paniagua y Cerezo tienen por más saludable tocarlo con una rama de romero igualmente calentada. Sin embargo, por esta misma área geográfica no faltan quienes confían mayormente en la protección divina, poniéndose bajo la curativa influencia de la Cruz Bendita de Casar de Palomero. Un sólo ejemplo, cual es este párrafo de un viejo códice que se conserva en su parroquia, nos parece suficiente para ilustrarnos acerca de su fuerza milagrosa y de la fe ciega que en ella tienen sus devotos:

“(…) este testigo estava enfermo y con gran sarna de que tenia encoxidos algunas coyunturas pero puso entre si de que como pudiese yria en la dicha proçesion o con la gente y es ansi que fue con la dicha proçesion y gente y a cavallo y quando llegaron a la dicha Villa se hallo desenbuelto y se apeo como sano de la cabalgadura y en effecto desde entonçes se le fue quitando y se le quito la dicha enfermedad…”.

EL CUIDADO DEL CUTIS

La piel o, mejor aún, el aspecto dérmico se considera como uno de los elementos básicos de la belleza. Su cuidado es esencial tanto para eliminar las secuelas de las afecciones cutáneas como para reparar defectos naturales o dimanantes de la edad y de determinados comportamientos orgánicos.

Las manchas del rostro y de otras partes visibles del cuerpo son tan temidas como fáciles de erradicar mediante una farmacopea que siempre hizo furor en Extremadura. El lavarse con savia de parra es procedimiento al que con bastante frecuencia se recurre por las localidades de la Tierra de Barros. Junto a este natural ungüento, conocido como savia de primavera, nos encontramos con otras no menos interesantes lociones antimáculas. En Guadalupe el aseo se realiza con agua de lluvia en la que se han cocido plantas de margarita. También con agua de lluvia se preparan infusiones de comprobada eficacia contra las manchas, al decir de los naturales de Cordobilla de Lácara. Las fricciones con cerote de zapatero (cera y aceite) son estimadas en Rena y Trujillanos, mientras que la aplicación de paños empapados con leche tibia de burra augura rápida solución en toda la franja norte de la provincia de Cáceres. Hay quienes buscan la desaparición de las manchas del rostro con emplastos de garbanzos mielados (Calzadilla, Guijo de Coria) y con aplicación de hojas cocidas de malva (Casas de Miravete). Si las máculas tienen un origen solar, en Alcuéscar no dudan en echar mano de un emplasto de aceite de ricino.

La farmacopea que las embarazadas extremeñas emplean contra las manchas o paños atribuibles a su estado gestante no tiene desperdicio. La loción y la cataplasma de hojas de saúco dan al rostro el aspecto que hubiera antes del embarazo. No faltan mujeres, sobre todo en las poblaciones de la Sierra de Gata, que se inclinan por el uso de la infusión de esta misma planta que, por lo que llevamos visto, igual tapa rotos que descosidos. Su empleo, ahora en forma de infusión, tanto sirve para tomarse en pequeñas dosis tres veces al día como para emplearla en repetitivos enjuagues faciales. Tras el parto vuelve la tersura a la piel siempre que, al decir de las comadres de Jaraicejo, durante nueve mañanas la que estrena maternidad proceda a lavarse la cara con aguardiente.

Si lo que se pretende es quitar las manchas con las que se presentan algunos recién nacidos, parece que lo mejor es frotarlas con sus propios orines, algo que la tradición aconseja en Malcocinado y Zalamea de la Serena. Mas si la afección dérmica responde a las inofensivas pecas, que en Mirabel creen que salen por haber tenido cerca del rorró un huevo de perdiz, éstas desaparecen con un simple frotamiento con infusión de hojas de abedul, asunto éste que no olvidan en Valverde del Fresno. Esta misma infusión o, en su lugar, un poco de savia de la planta ribereña bastan para conseguir una perfecta ombligada si con ellas se empapa un paño y se aplica sobre la zona. Llegando a este punto conviene recordar el dogma que afirma que ningún niño se convertirá en prototipo de fealdad si sus progenitores tuvieron la precaución de enterrar el cordón umbilical al pie de una rosácea.

Distintos aceites, ungüentos, mascarillas, cremas y todo un cúmulo de preparados eliminan las manchas, resuelven los granos, detienen el acné, agilizan la desaparición de la celulitis, dan suavidad al cutis y, en definitiva, procuran el embellecimiento. Si la confección de mejunjes o su aplicación coinciden con la noche o con la madrugada de San Juan los efectos esperados alcanzan cotas sorprendentes. Tal observación no escapó a la pluma de Publio Hurtado:

“En Serrejón, Mérida, Valdecaballeros y otros muchos lugares, llenan de agua en noche tal un gran barreño o una panera y en ella arrojan rosas, verbenas, claveles, jazmines, madreselvas, yerbaluisa y otras flores y plantas olorosas, que permanecen en infusión hasta por la mañana. Al salir el sol se sacan del tosco florero y con el agua impregnada de su savia, convertida por la virtud de esa noche milagrosa en un curalotodo, lávase toda la familia para sanar de erupciones, estirpar pecas, estirar el cutis acribillado por las resultas de las viruelas, colorear el rostro de las opiladas y, en una palabra, para alcanzar la salud y hermosura”.

En el citado Valdecaballeros para el lavado o baño de San Juan también cumple idéntico cometido la maceración de mejorana, geranio, tumilitalia y toronjil. Al geranio acompañan en Torremenga el romero y la llamada vara de San Juan. Las mozas del Valle del Jerte hacen lo propio con el agua de rosas, del mismo modo conseguida, que tanto sirve para hermosear como para evitar la caída del pelo. Si de lo que se trata es de suavizar el cutis, esperar se debe a la madrugada del Bautista para lavarse con el agua tomada de un lebrillo vidriado en el que la noche precedente se metieran a remojo hojas de nogal, romero, tomillo, yerbaluisa, salvia, toronjil, sándalo, menta y poleo. Aunque tampoco es necesario esperar al solsticio para reparar la piel a base de mojamas. Cualquier día es bueno para lavarse con infusión de hojas de avellano (Baños de Montemayor), de perejil con leche (Santa Cruz de Paniagua) y de berro (Benquerencia de la Sierra). En Guadalupe para el cutis graso empléase como tónico el alcohol de macerar pétalos de amapola, mientras que para el seco el líquido macerable ha de ser el aceite de oliva. Este último problema lo resuelven en Galisteo y Morcillo con aplicación de zumo de zanahoria.

¿Que ustedes desean limpiarse el cutis sin lavativas? Pues procedan, como hacen en Casas del Monte y Alcuéscar, a aplicarse sobre la piel una capa de cebolla triturada y el problema quedará resuelto. A veces no se trata tanto de embellecer el cutis como de eliminar alguna de las afecciones a él inherente, cual ocurre con el empeine o empije, caracterizado por la presencia de una piel áspera y encarnada y un constante picazón. Nogales recomienda para tales menesteres frotamientos con saliva en ayunas o, en su caso, con ceniza de cigarro o con manteca de cerdo. Si lo anterior fallase, queda la posibilidad de echar mano de la siempre ponderada savia de vid, como hacen en Benquerencia de la Serena y Salvaleón. Cuando no se dispone del mencionado líquido, en la última población estiman muy efectivo el colocarse sobre la parte dañada mondas de hojas de albahaquilla. De más aceptación, a tenor de la extensión geográfica, es el procedimiento que se sigue en Ahigal, Casar de Palomero, Guijo de Granadilla, Mohedas, Santibáñez el Bajo y otros pueblos de la comarca de Las Tierras de Granadilla. Consiste el mismo en aplicarse un emplasto de garbanzos cocidos endulzados con miel.

Por lo que venimos apuntando notoria es la importancia que las aguas tienen en el campo dérmico. Tampoco aquí hay que olvidar el papel que secularmente ha jugado el agua de mayo, formando parte de todos los afeites usados por las mujeres para rehacer la piel, resaltar la belleza y mantener la salud. Parejos efectos conlleva el agua de San Juan y el rocío de la madrugada. La tradicional estampa de las jóvenes corriendo y revolcándose por la hierba en la mañana del Bautista para rejuvenecer y hermosear es de todos conocida a lo largo y ancho de Extremadura. Idénticos cometidos, además de dar blancura a la piel, se atribuye al agua serenada, cuyas virtudes se ensalzan en esta coplilla de Don Benito:

Las mozas guapas del barrio
usan el agua serena,
para volverse blancas
aquéllas que son morenas.

Pero si las modas al uso se inclinan por que se luzca lo moreno, el teñido de la pálida tez lo logran en amplias zonas de Badajoz, y especialmente en Fregenal de la Sierra, comiendo buenas cantidades de zanahoria. Claro queda que las extremeñas no encuentran límites en lo que atañe a restituir la ajada hermosura o a acrecentar sus beldades. O si no que lo digan las guapetonas mozas de Portaje, que no dudan en espolvorearse la cara con excrementos de lagartos desecados al sol; las lustrosas hembras de Torrejoncillo, que tienen a bien lijarse las facciones con cagadas de marrajo; y las esbeltas mujeres de Piornal, que se colorean con cenizas de papel azul para erradicar los ojos de gallo. Si de lo que se trata es de eliminar las arrugas simples y llanas, las coquetas mozuelas de Mérida, San Pedro de Alcántara y Lobón hallan la medicina en la orina de asno, algo que ya era consejo de Plinio. El procedimiento consiste en un número impar de lavatorios, recomendando las comadres, por mor de la mayor efectividad, que el líquido se tome directamente con las manos cuando el cuadrúpedo micciona. En la capital comunitaria la orina asnal consigue mayores resultados si se mezcla a partes iguales con orina de mujer menstruante. Claro está que si siente ascos ante semejantes actuaciones puede optar por una dieta a base de aves, puesto que, como dicen en Badajoz, “la carne de pluma, quita del rostro la arruga”.