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Editorial

DIAZ GONZALEZ, Joaquín

Publicado en el año 2005 en la Revista de Folklore número 290.

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Richard Wagner, músico romántico y por tanto artista evocador de los siglos oscuros, nos presenta en Tannhäuser una disputa entre poetas improvisadores. Heinrich Tannhäuser y Wolfram von Eschenbach dirimen sus diferencias acerca de la naturaleza del amor, pie forzado que les ha propuesto el príncipe de Turingia. La sala donde se desarrolla el acto, especial para acontecimientos de este tipo, acoge a todos los nobles y sus esposas que han acudido a la llamada del príncipe para contemplar el reto y ser testigos del juego de improvisación cuyo ganador será premiado por la gentil Elisabeth, sobrina del príncipe, Tannhäuser, que ha pasado una larga temporada ausente de su tierra –en realidad ha descendido a los infiernos de la sensualidad donde reina Venus– ha renunciado a su vínculo con la diosa convencido de que su “salvación” está en la Virgen María. La conversación con Elisabeth, previa a la reunión en la sala de los juglares, desvela que su amor por ella sigue intacto, pero en cuanto von Eschenbach inicia su cántico excesivamente espiritual, Tannhäuser, como poseído, grita la falsedad de un amor platónico y reivindica la plenitud del amor procedente de los sentidos. Todos conocemos el escándalo provocado por sus palabras y la condena del príncipe a que peregrine a Roma para obtener el perdón del papa. Elisabeth le esperará rezando por su alma y, al regresar el penitente rechazado por el Santo Padre, se produce el milagro del amor perseverante ya que la vara del peregrino florece, cumpliéndose así la condición impuesta por el papa para poder perdonar al pecador. Wagner está jugando con elementos antiguos y nuevos, históricos y dramáticos pero, además, está rememorando en una ópera ochocentista una costumbre que fue muy frecuente en la época de los trovadores. Trobar, es decir, encontrar el término, la palabra justa, el concepto exacto, la expresión adecuada. El argumento de la ópera no es sólo un enfrentamiento entre el espíritu y los sentidos, sino un desafío orgulloso de la propia palabra, de una palabra nueva, sabrosa y fructífera, contra el verbo reiterativo que al repetirse una y otra vez sin sentido se ha estragado, ha corrompido su significado. A la comunicación abstracta, estrangulada por la idea, se opone el acto concreto de conocer dentro de una experiencia vital.