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La figura juglaresca de tío Goyo, un arquetípico hurdano

BARROSO GUTIERREZ, Félix

Publicado en el año 2005 en la Revista de Folklore número 292.

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“A Julio Camarena, a quien la parca lo acuchilló recientemente”.

“A tío Goyo “El Farra”, hurdano, cuya voz capitaliza este trabajo”.

Conocí a Julio Camarena en el breve espacio de una jornada. Sabía de él por los muchos trabajos que había hilvanado en torno a los cuentos de tradición oral, de cuya temática era, sin lugar a dudas, uno de los mejores especialistas –por no decir el primero– dentro del mundo hispánico. Acudió a la alquería hurdana de La Horcajada en compañía de mis dos buenos amigos José Luis Puerto Hernández y Antonio Lorenzo Vélez, conocidos investigadores de la cultura tradicional y colaboradores en la Revista de Folklore.

Fue un primero de noviembre, cuando un nutrido grupo de montañeses de Las Hurdes celebran por todo lo alto los mitos y los ritos de “La Carvochá” entre las destartaladas viviendas pizarrosas de La Horcajada, o “La Jorcajá”, como dicen los lugareños de la zona. En aquella fiesta singular, donde se festejan a las ánimas con antañonas manifestaciones y alegres algazaras al son de la gaita y el tamboril, tuve el honor de saludar a Julio Camarena. Su humildad y franqueza saltaban a la vista. Su espíritu abierto y campechano le llevó a confraternizar rápidamente con aquellos hurdanos y hurdanas que, procedentes de diversos puntos de la comarca, se habían concentrado en aquella aldea para “festejá a las probitas ánimas”. Enseguida echó mano a su grabadora y, en ella, se fueron metiendo los cuentos de Pablo, el de Las Erías, o los de Teófilo y Flora, de la alquería de Cambrón; los de Ricarda, Hortensia, María Crespo, Avelina y Antonio “El Tureles”, de aquella otra alquería de Aceitunilla; los de tío Jesús “El Choto”, de La Fragosa; los de tío Mingo y tía Laudi, de El Cerezal; los de tío Pedro Alonso, Serafín, Aurora y Araceli, del caserío de Asegur; los de Paulino “El Concha”, de la aldea de La Dehesilla…, los de tantas y tantos habitantes de estas serranías hurdanas que han conservado, a lo largo de los siglos, una importantísima cultura oral, sin que ellos la valoraran con la suficiencia que precisaba, o incluso, guardándosela para sí y llevándosela a sus tumbas porque pensaban que, si la desvelaban, podrían ser el hazmerreir del auditorio. Cultura que, por otro lado, ha sido puesta en “cuarentena” por ciertos santones y popes que se arrogan el derecho de poner vetos y cotos a quienes desean incursionar en el campo del romancero, del cuento o de los mitos y leyendas, eruptando con groseros chistes o textos sobre papeles impresos.

Julio Camarena tuvo la gentileza de realizar, con su sabia pluma, los comentarios pertinentes a los cuentos de tradición oral que, a lo largo de un buen puñado de años, habíamos ido recogiendo por las diferentes villas, lugares y alquerías de la comarca hurdana. Julio consideraba al corpus de cuentos hurdanos como una de las colecciones más prestigiosas, por no decir la primera, de cuantas se habían vertebrado en el mundo hispánico. No obstante, todavía sigue ahí, inédita, sin que las instituciones públicas extremeñas la hayan sacado a la luz. Y nadie duda de que, con su publicación, se enriquecería enormemente el bagaje de literatura oral de la comunidad de Extremadura.

El otro personaje al que también le dedicamos estas líneas, es Gregorio Martín Domínguez, conocido cariñosamente como “Tío Goyo el Farra”. Su apodo es bastante significativo. Ya no está con nosotros. Se nos fue para otros barrios en la efemérides de Nuestra Señora de la Esperanza del año 2000. A tío Goyo lo conocí a principios de la década de los ochenta del pasado siglo XX, cuando me incorporé, apenas terminados mis estudios, a las correspondientes tareas educativas en el Hogar-Escolar del pueblo hurdano de Nuñomoral. A raíz de aquellas fechas, fueron cientos de vivencias, de anécdotas mil… las que viví en compañía de este zalamero y viejo sacristán, que por sacristán, no podía por menos que guardar en su recámara esa tradicional socarronería y cazurronería, no exenta de aguda picaresca y aderezada con aires juglarescos y de estrafalario bufón de caminos y veredas. Tío Goyo era uno de los últimos representantes de una casta de hurdanos a caballo entre un Lázaro de Tormes y los clásicos albardanes, de aquellos que, en otros tiempos, amenizaban las tertulias matanceras en las casas pudientes de la “Reonda de Ciá Rodrigu” (demarcación salmantina de Ciudad Rodrigo) y de otras partes de Castilla y Extremadura. Gente que, por la cuenta que les tenía, almacenaban un sinfín de cuentos y leyendas, coplas y romances, ensalmos y oraciones, refranes y frases proverbiales, adivinanzas y trabalenguas, supuestos ingeniosos y trucos variopintos… con los que entretenían al auditorio, recibiendo a cambio sustanciosos estipendios, sobre todo a base de productos matanceros. Decíase que estos gentilhombres de placer traían en sus caballerías más chacina que las que ellos mismos hubieran obtenido en caso de haber realizado la matanza familiar. Muchas veces, bajo la capa de “pidiórih” (pedigüeños), haciendo valer sus artes de histriones, también se ganaban holgadas soldadas, rematando la faena con el típico retintín, cantado solemnemente:

Y aquí s’acaban los cuentos
y aquí s’acaban los cantes;
argo queda en las arfojas,
Cristo y la Virgen lo saben.
Me den un cachu e tocino,
me den dos o tres reales.
Me den un cachu e tocino
pa untarme los paladares.
Me den siquiera un real
pa que siga más alante.
Yo con ustedes me quedo
por la gracia de Dios Padre.
Dios les dé mucha salú
y a mí me quiten el hambre.

No perteneció Tío Goyo a la casta de los “pidiórih” en el sentido en que se entiende en la comarca de Las Hurdes, aunque esporádicamente, en ciertas épocas de siega por terruños extremeños o castellanos, tuvo que hacerlo cuando no salían amos que contratasen a la cuadrilla de segadores hurdanos en la que él se integraba. Tío Goyo, con su característico desparpajo, se las apañaba para sacar de comer para toda la cuadrilla mientras estaban de brazos cruzados. A veces, si llevaba los instrumentos encima, pues era un consumado tamborilero, daba las gracias con unos floreados toques, o se arrancaba por fandanguillos (era todo un maestro en este arte), o componía, al paso, una “relación” que viniera al caso. En ese asunto de las “relaciones” (versos romanceados inventados por el personal para tal o cual ocasión), también descollaba en la comarca. Recuerdo su enjuta imagen, encaramada sobre una mesa de esta o aquella taberna, declamando a pelo las trovas de los pueblos hurdanos, que tantas risas suscitaban entre los que le escuchaban y por cuya recitación era convidado sobradamente a tabaco y vino. Hoy, al volverse la gente más “europea”, con el consabido comedimiento y recato que ello lleva implícito, se teme hacer el ridículo si, en tascas y mesones, se canta o se declama públicamente. Las viejas tabernas se han trocado en modernas cafeterías, donde suena el hilo musical o ritmos foráneos, y ya no invitan a que cantaores y rapsodas locales puedan exhibir sus buenas artes. Últimamente, hemos comprobado como, en ciertos bares, han mandado callar al tamborilero o al que desgranaba unas coplas porque había quiénes estaban clipsados en la caja tonta, amuermándose con el fútbol o con otras telebasuras. Asistimos pues, a un cambio de funciones de los establecimientos de copas, al menos en lo que al medio rural se refiere. La homogeneización urbana y europea invade las más recónditas aldeas, cubriendo de gris las coloristas manifestaciones etnomusicológicas del pueblo y eliminando atropelladamente figuras tan arquetípicas como la de tío Goyo.

A través de la palabra de Tío Goyo queremos homenajear la memoria de Julio Camarena y, a su vez, por nuestra parte, rendir a ambos el agasajo que se merecen, cálido y sencillo, eternamente entrañable. Por ello, sin más dilación, dejamos que Tío Goyo “El Farra” nos desgrane aquellos cuentos y leyendas que, con su peculiar gracejo, nos fue hilvanando una neblinosa y fría tarde de noviembre de 1989, al amor de la chimenea, irisada de escarlatas por la combustión de las cepas de brezo, de la taberna de Tío Práxedes Rubio, un quijotesco cantinero de la alquería hurdana de Aceitunilla, del que ya hablaremos algún día.

No pretendemos realizar estudio filológico, folklórico o antropológico (por el momento) de tales cuentos y leyendas. En esta ocasión, simplemente vamos a plasmarlos en estas páginas, tal y como aparecen en la cinta, siguiendo el orden por el que fueron saliendo de la desdentada boca de nuestro amigo Gregorio Martín. Como tratamos de un homenaje, no consideramos oportuno enredarnos ahora en disquisiciones de gran calado. Queden, pues, cuentos y leyendas desnudos de todo ropaje científico y sirvan de maternal arrullo a las ánimas de Julio y Goyo, que a lo mejor andan retozando por desconocidas galaxias.

Reseñamos que los textos han sido transcritos con las connotaciones dialectales de la comarca de Las Hurdes, que en el concejo de Nuñomoral, donde había nacido tío Goyo una Nochebuena de 1922 (el año en que el rey Alfonso XIII visitó Las Hurdes), tienen clara influencia de las hablas astur- leonesas. Lógicamente, no existen grafías para representar a ciertos sonidos. Por ejemplo, la “s” a final de palabra y entre vocal y consonante se aspira, pero aunque algunos transcriben tal aspiración como una “h”, nosotros, a fin de facilitar la lectura, la hemos mantenido como en castellano. Al final de este trabajillo, insertamos un apéndice con las características dialectales más sobresalientes.

LA HIJA QUE CRIÓ AL PADRE

“Mire usté: como esto, Las Jurdes enteras, fue tierra de moros, resulta que los moros, en una de aquellas contiendas que tenían con los cristianus, cogieron presu a un jefi de las fuerzas cristianas y lo llevarun presu a las mazmorras de Granadilla, que, como usté sabe, fue cabeza de la jurisción de todo estu. Lo tuvon allí presu y le dijon que no le daban ni un rescañu de pan pa comé mientras no les dijera ánde tenían la fábrica de armas los cristianos. Es que, mire usté, pol la cuenta los cristianos tenían montá una fábrica de armas en El Gasco, en las sierras del Gasco, que entodavía quedan allí los mocos de hierro, las escorias de aquella fábrica, ande hadrían los cañones y las armas que habiera en aquel entonce, que traían el hierro de la parti de Los Casares, de un sitiu que le llaman “El Valli Jerrumbiá”. Les decían ellus, los moros:

– Mira, si mos descubres ánde tenéis la fábrica de armas, te damos de comé lo que quieras, pero mentras no mos lo digas, no te daremus ni un rescañu de pan, que te vas a morí de desecación.

Pues, mire usté, aquel jefi de los cristianos tenía una hija, que había dao a lú hacía poco, y los moros, pol la cuenta, la dejaban entrá tres vecis pol semana a vel a su padre. Cada vé que entraba en las mazmorras, pues cumu tenía mucha lechi en los pechos, que estaba criandu, pues le daba de mamá a su padre, hasta que se jartaba. Asín que anque al padre no le dieran de comé, ni un rescañu de pan, él se alimentaba bien alimentau con la lechi de la su hija. Los moros, claro, decían que aquellu era un milagro, que no podía sé que resistiera tanto sin comé y que no endelgazara, que el hombri estaba relucienti y colorao. Dierun en pasá los días y, ¿sabe usté?, fue el jefe moro y mandó que se presentara a su presencia la hija del preso. Le dici a la hija:

– ¿Cúmu es que su padri de usté aguanta tantu tiempu sin comé ni bebé en las mazmorras? Algún secretu habrá, digu yo; asín que mos lo diga usté.

Le dici la hija:

– Si me prometéis que sacáis de las mazmorras al mi padre, vos digu el secretu.

Con que le dici el jefi moro:

– Esu está hecho.

Sacarun al presu de las mazmorras y fue ella y mandó que se ajuntaran tós los jefes moros en el salón prencipá del palacio, y cuandu estaban tós arreuníos, va y les dici:

– Primero, fui hija;
dispué, fui madre;
ateté un hijo ajeno,
marío de mi madre.

Tós se quedarun sin sabé que dicí. Y le dici el jefe moro:

– A vé, mos lo expliqui usté de otra forma, que no le cogemos la gracia al acertaíju.

Fue ya y les dio las explicaciones y, mire usté, ya todos cayerun en la gracia. Con que fue el jefe moru y dici:

– Mu bien, como es usté tan lista, se ha ganao que su padri quede en libertá, libri pa siempre. Y ahora, si usté quiere, pues me ofrezcu en matrimonio, que una mujé tan lista como usté es la que yo andaba buscando.

Y, ¿sabe usté?, como ella había enviudao, porque el marido había muerto en la guerra, cogi y le dici:

– Bueno, me caso con usté a condición que coja todas las tropas y nos vayamos pa Morería, que esti terreno es de los cristianos y se lo tienin que dejá a ellos.

Y asín fue como los moros se fueron de Granadilla y de estos pueblos, que se fueron pa Morería, y ella se casó con el jefi moro y, por lo visto llegó a ser una reina mora de las más principales del África”.

EL ZAPATERO Y LOS ESTUDIANTES

“Estu fue la vez que estaba un zapateru arreglando zapatos, que estaba con la cuchilla zapatera cortando las suelas, y había allí en la calle –¿sabe usté?– un burro que estaba haciendo sus necesidades, o sea, dichu pronto y mal: que estaba echando un buen avío de cagajones por el sieso. En esto, que llegan allí unus estudiantis, y va el zapateru, haciéndusi el listo, y les dici a los estudiantes:

– Estudiantes que estudiáis
en los libros sabijondos,
¿dicirmi por qué caga el burro
los cagajones cuadraos
tuviendo el culo reondo?

Va entonces un estudianti, de esos estudiantes tunos, va y le dici:

– Porque en la tripa del sieso,
ande la mierda se para,
hay un zapatero cojo
que echa mano a la navaja
y los cogi con las manos
y allí mismo los escuadra.

Entonce –¿sabe usté?–, el zapatero, que era cojo, se metió corrío de vergüenza pal tallé. Se pensaba él que se la iba a pegá a los estudiantis…; los únicos son éstus”.

LA ZORRA Y EL LOBO

“La zorra siempre es más lista que el lobu. Miri usté lo que pasó una vé. Pues diban la zorra y el lobu por la nochi por esos mundos, y llevaban un hambri atrasá de sieti semanas por lo menos. Ahora, ¿sabi usté?, la zorra vio un charco en el río, de esus charcos de aguas parás, que estaba lleno de pecis, y daba el refleju de la luna en el agua. Dici la zorra:

– ¡Quién pudiera atrapá los pecis!

Y mire usté lo que ideó la mu puta. Le dici al lobu:

– Compadre, mirá qué queso hay ahí en el agua del charcu.

Y el lobu, cumu es medio mogón, creyó que era de verdá un queso, y era la luna que se reflejaba en el charcu. Dici el lobo:

– Sí, debi está mu bueno, pero… ¡a ver cómo hacemos pa cogerlo, que está en mitá del jundón del charco!

Le dici la zorra:

– Mira, compadre, tú métite en el charcu y te vas bebiendu el agua, hasta que ensequis el charco, y aluegu ya te puedis comé el queso.

Fue el lobo y, como un bobo, empezó a bebé agua, venga a bebé agua… y dicía:

– Comadre zorra, que ya no me cabi más agua en drento, que estoy a jinchapelleju de tantu bebé.

Y le decía la zorra:

– Pues sal para fuera y méala y, aluegu, vuelvi a bebé más.

Con que el lobu venga a bebé y venga a meá, y sigún abajaba el nivel del charcu, pues la zorra le iba echandu el guanti a los pecis y se los iba manducandu. Se los fue manducandu hasta que no dejó ninguno, y el lobu a lo suyo: bebé y meá, y ya fue –¿sabe usté?– y ensecó todo el charco. Ahora fue la zorra y, sigún andaba el lobu afaenao, fue y le untó el culo, se lo refregó con esa yerba jabonera (¿sabe usté lo qué esa yerba? Pos es la yerba jabonera, que la restriegas en el agua y sali espuma mantecosa). Se lo untó bien untao la tía joía, y va el lobu, ya que había acabao y que no veía el quesu po parti ninguna, y va y dici:

– ¿Pos y el quesu, si no está en el jundón del charcu? ¡Cúmu iba a está! Si ya estaba el charcu secu, ya no se refrejaba la luna en el agua. Dici el lobu: – M’has engañao, comadre.

Dici la zorra:

– ¡Cúmu te iba a engañá!, pos si t’has zampau el quesu comformi ibas bebiendo el agua del charcu, que te sali hasta por el siesu de tantu cumu has comío.

Fue el lobu y se tocó el culo y se tentó la tripa del cagalá, y fue y cogió un puñao de la espuma de la yerba jabonera y fue y la golió, y fue y dici… Como es tan bobu y tan inocenti, fue y dici:

– Cierto es que me lo comí, que me sali hasta por el sieso, y bien ciertu es que me güeli a queso”.

LA ESQUILA DE LAS ÁNIMAS

“Eso, –¿sabe usté?– fue un acontecé ciertu, cumu la luz del día. Es que –¿sabe usté?– por estos puebros nuestros se acostumbraba antiguamenti a salí por la nochi a honrá a las ánimas benditas, y se diba tocandu una esquila, que era la esquila de las ánimas. Ahora se había muertu un vecino en el puebro, que no era ningún santu, no, que l’había dau a la mujé una vida de calvario, y le tocaba esa semana salí a la mujé del difuntu con la esquila de las ánimas. Dici ella –¿sabe usté?–:

– Yo no salgu, que yo no tengu motivos pa honrá el ánima de mi maríu, que me ha dau una vida perra.

Y fue y no salió la nochi que le tocaba. Ahora estaba ella dormía, y fue y sintió –¿sabe usté– que tocaban la esquila de las ánimas. Se quedó en un suspiro y cogió y se levantó de siguida y fue a ansomalsi a la puerta, y por poco no se muere del susto. Es que –¿sabe usté?– vio que la esquila andaba sola por el aire, que diba repicandu sola, y detrás venían unus cuantus en procesión de ánimas, con las sotanas blancas y las velas en las manos, que eran ánimas que andaban penando. Antonce, –¿sabe usté?–, cayó en la cuenta y, de siguida, se presinó, se santiguó y echó la oración de las ánimas:

Ánimas que váis penando,
por estos santos disiertos,
encomendarme a mi marido,
que tres días lleva muerto.

Dicien que fue tó uno: encomendá al su marido y de siguida desaparecé la procesión de las ánimas, y la esquila se quedó aposá en un poyo que había allí a la su puerta. Antonce, tomó ella la esquila y ya siguió dandu la vuelta por el puebro, hasta que le dio las tres vueltas que había que dar. Se dio de cuenta ella que aquello había sido un aviso de arriba, y maldito que ya se volvió ella a tumbá en la cama cuandu le tocaba dir de animera en el puebro. Esto que le cuento aconteció, por la cuenta, en Las Mestas, y como cosa cierta siempri lo contaron”.

EL HUESO DE LAS ÁNIMAS

“De las ánimas –¿sabe usté?– se cuentan muchas cosas, que es como cosa de respeto. Mi padre –Dios lo tenga en la gloria– me contó muchas veces que aquí, en esti puebro de Nuñumorá, había una jornera, que era una señora que tenía un horno, y esti horno estaba ande ahora tiene la mi Macu, la que está casá con Rubén el del tío Vicente, el bar. A lo que voy: que esta jornera, como tenía que aprepará el horno, encenderlo y, en fin, esas cosas, pues tenía que madrugá mucho, pa tenerlo todo a puntu pa cuando vinieran a amasá el pan los vecinos. Ahora –contaba mi padre, que en paz esté– una mañana, antes de ser de día, se levantó la jornera y fue a encendé el hornu y se l’habían acabau las cerillas. Y di que vio como un resplandó como de lumbri por la rajandija de la puerta.

Dici:

– Parece como si habiera lumbri en la calli; me voy a ansomá a vel.

Pescó –¿sabe usté?– y salió de puertas afuera, y allí se encontró con la procesión de las ánimas. ¿Y qué era aquel resplandó? Pos el refreju de las velas que llevaban ancendías las ánimas. Dici ella:

– Voy a pidirli lumbri a esas señoras que llevan las velas encendías.

Ella, claro, no se dio de cuenta que eran las ánimas, que si s’habiera dau de cuenta, no habría salío pa la puerta afuera, que a las ánimas, cuandu van en procesión, no hay que molestarlas para nada, que se tieni unu que arretirá de su camino y metersi pa endrentu casa. Coge ella –¿sabe usté?– y fue y le pidió fuego a la primé ánima que iba.

– ¿Me da usté fuego, señora? Y dici que le contestó:

– Detrás vendrá quien te la dará.

Asín le fueron diciendu todas las ánimas, hasta que llegó ya a la última. Vuelvi ella y le pidi lumbri:

–¿Me da usté lumbre, pol favó?

Cogi el ánima y le dici:

– Toma, pero no apaguis la vela aunque hayas encendío el horno.

Se metió pa casa y ya –¿sabe usté?– fue y ancendió el horno. Dici: – Huy, qué vela más rara, si pareci un hueso ancendío.

Y es que era un hueso de difunto, que las ánimas lo ancienden por la punta, al modo de una vela, y con ellos se van alumbrando en las procesiones que hacen por las noches. Cogió, ancendió el horno y, dispués, cogió y apagó la vela –o mejó dicho, el hueso–, y lo tiró pa endrento un arca. Ahora, al cabo el ratu, fue a buscá al arca la yelda, que se echa en el pan pa que fermenti, y cuando abrió el arca –¿sabe usté?–, se dio un susto de muerte, que ande había puestu el hueso del ánima, estaba un brazo entero, de una persona, y vio ella que en un deo tenía un anillo, y lo reconoció de siguida, que era el anillo que gastaba su madrina, que se había muerto hacía aproximadamenti cumu una semana. Cogió entonce y, cayendo en la cuenta, se echó pal cuello unas sartas de piedra que se ponían antis pa esconjurá a los malos encuentros, que contaba mi padre –Dios lo tenga en la gloria– que había quien iba a buscá esas piedras pa la Peña de Francia. Y las tuvu tó el día puestas aquellas sartas. Bueno, pues ya llegó al desotru día y, como de costumbri, se levantó a ancendé el horno, antis de ser de día. Estaba metiendu la fusca pal hornu, cuando sienti que tuntunean a la puerta. Va a abrí y se encontró con el ánima que l’había dau la lumbri. Le dici el ánima:

– Vengu a que me des la vela, que no puedu alumbrarme porque me falta un brazu.

Cogió ella y fue al arca y cogió la vela –amos, el hueso–. Cogió y se lo fue a dar, pero cuandu se lo diba a dar, cogió el ánima y la sujetó con fuerza por la muñeca, y le dici:

– ¿Por qué apagaste la vela? Yo soy la tu madrina y me tenías que habé estao alumbrandu hasta que yo viniera a recogé la vela; asín que ahora te vendrás conmigo, que hoy mismo estarás difunta.

Cogió y la empezó a estirá por la muñeca, pa que se fuera con ella, pero se dio de cuenta el ánima que no podía, y era porque tenía al cuello las sartas de la Peña de Francia. Coge y le dici:

– De buena te has librao, que si no es por esas sartas, tú ya no volverías a encendé más vecis el horno”.

EL PANAL DE MIERDA

“Estu fue que una vez (que estu pasó pa’í pa Ladrilla, que hay muchos cormeneros), y fue que unu fue a robá miel a un cormená, que tenía ganas de miel –¿sabe usté?– y fue a un cormená a robá la miel. Andaba en ello, cuandu dan en vení los cormeneros, que venían a castrá las cormenas, y antonce él pesca y se metió pa endrento de un corcho, de esos corchus de las cormenas. ¡Chicu debía ser el hombre, pos pa cabé en un corchu! Pero esti es el cuento y, bueno, se metió en el corchu, y llegan allí los cormenerus y tuntunean el corchu… Dicin:

– Esti casi no se da movíu. Debi de tené una zurra de miel…

Antonce –¿sabe usté?–, el otro estaba zurraíto de miedo, y del cerullu que tenía, se hizo sus necesidades las patas abajo, endrento el corchu, que le entró una cagueturria negra iguá que la miel de encina, y ya dio en salirsi la cagueturria por la bajera del corchu. Va uno de los cormeneros y dici:

– Huy, cumu está esti corchu de cargao, que hasta se le sali la miel pol debaju.

Cogió y untó el deo en la cagueturria y lo llevó pa la boca. Claro, le sabía amarga al bobo. Dici:

– El corchu está cargao, cargao pero la miel sabe como a cagao.

Ahora, tenía hecha una promesa a San Antonio, que era el patrón del puebro. Dici:

– Esti corchu se lo voy a regalá a San Antonio Benditu. Le regalo esti corchu y otru de los enjambris nuevus.

Llegó la fiesta del pueblu y, mire usté, cogió y le llevó los dos corchus: unu en el que estaba metío el otro, con la mierda hasta las narices, y otro corchu de un enjambre nuevo, con unas abejas que estaban rabiositas. Totá que poni los corchus encima de las andas y eso. Y resulta que aquel año tenían al santo descalabrao, que s’había descalabrau y lo andaban compusiendu. Y cogió el cura y vistió al sacristán igualito que San Antonio, pa que la genti no se diera de cuenta. Le dici el cura al sacristán:

– Tú no te muevas, que tienes que dir cumu una estatua, sin moverti ni un pelo. Pasi lo que pasi, tú no te muevas.

Sacarun ya al santu en procesión, y ahora con tós los cánticos y con toa la jumarera de los cohetis, dierun en alborotalsi las abejas y en salí del corchu, y el otro, el sacristán, que iba con el levitón cumu San Antonio, ya vio que se le metían debajo del levitón y le picaban pal culu, pa los güevos, pa la minga… Metí ya un respingo por tó lo altu, y dicía la gente:

– Mira, mira el santo
que se va pa los cielos
a hacé milagros.

Decía el sacristán:

– ¡Qué milagros ni ochu cuartos!
que voy a darme en la minga
con una pella de barro.

Ahora –¿sabe usté?–, del respingo que dio, vino a caé sobre el otru corchu, ande estaba metío el otro. Estrozó el corchu y salió el otro llenu de mierda hasta los ojos. Y toa la gente:

– ¡Milagro, milagro!
¿Quién ha visto salí de un corcho
a un zángano de carne y huesos,
rebozadito de miel
desde los pies al pescuezo?

Y esi es el cuentu que pasó pa’í pa Ladrillá”.

EL GANADERO CASTELLANO

“Pues fue el caso de uno de esos ganaderos castellanos que venían con ganao pa esas edesas de Extremadura, que antes –¿sabe usté?– venían muchos ganaderus de Castilla a arrendá los pastos de las edesas de Extremadura. Llevaba ya el hombritu un año corrío, o quizás dos añus, pa la edesa, y le vinun a dar razón de que su mujé había tenío un niñu. Claro, los otros que estaban con él le hacían bulra, que se bulraban de él, y le dicían:

– ¿Pos cúmu te créis tú que el niñu va a ser tuyu, si llevas ya pa’quí pa la edesa cuasi dos años…? ¿Cúmu eris tan bobo de creeltilu?

Ya tanto le jartarun al hombritu, que fue y los metió a juicio. ¡Hala!, tós a declará ante el jué. Dicía el hombritu:

– A ve, señó jué, que estos compañeros míos me tienen a la mujé pol puta, porque me ha mandao razón que me vaya pal puebro polque van a acristianá al niñu que ha tenío. A ve si les poni usté una multa, pa que dejin de insultá a la mi mujé.

Cogi el jué y le dici:

– Amos a vé, señó ganadero: ¿cúmu comprendi usté que el niñu va a ser suyo, si lleva usté pa quí pa la edesa más de un año corrío…?

Dici él:

– Amos a vé, señó jué: si yo tengu las mis vacas en la edesa y llega un toru de pa fuera y cogi y monta a una de las vacas mías y, aluego, tieni un churratu, ¿de quién es el churratu: del amo de la vaca o del amu del toro? Y dici el jué:

– ¡Coño!, esu tieni las letras bien gordas, que el churratu es del amo de la vaca.

Cogi y vuelvi el ganadero:

– ¡Pues usté lo ha dicho!, asín que el niñu es mío, porque lo ha tenío la mi mujé. Y puntu en boca”.

EL CUENTO DE FRAY DIEGO

“Era un cura que se llamaba fray Diegu y vivía en la casa parroquiá, y esti cura había cogío cumu una enfermedá en sus partes, la enfermedá de la sarna o de otras enfermedades que había antes, que antis ni los curas podían asearsi cumu Dios manda, que no había agua corriente en las casas, ni duchas ni esas cosas. Y l’había mandau –¿me entiende usté?– el médicu que se pusiera en el güertu de la casa echao en una hamaca, con las sus partes al sol, pa que se le quitara la sura que tenía, que no hacía otru oficio que andá de rasquiña de la comezón que tenía. Ahora, pos miri usté, un día se le olvidó atrancá la puerta que daba al güertu, y pa’llí que se coló una señora del puebro, de esas que siempri andan alreó del señó cura, de esas solteronas… Fue pa’llá y allí estaba fray Diegu tomando el sol. Y cuandu le ve el aparatu, el zanganillo, va y le dici:

– ¿Pos qué es esu que le cuelga, fray Diego?

Dici él:

– Esu es el jeringón,
que todos los males
los cura el cabrón.

Vuelvi ella y le dici:

– ¿Y qué son esas bolas que le cuelgan debajo?

Dici él:

– Esas son las bolsas
de la munición,
que son la sustancia
para el jeringón.

Ahora, estaban un día en el rosario, en la igresia, y le dio un mareo a la solterona. Y decía ella:

– Ay, que me muero, que estoy mu mala… A vé, señó cura, me apliqui usté el jeringón.

Le dici antonce –¿sabe usté?– fray Diego a las otras mujeres:

– A vé, meterla pa la sacristía y dejarla ahí, que yo voy a prepará el jeringón.

La dejaron allí sola, llega el cura, se arremanga la sotana pa’rriba y, ¡zas!, le meti la jeringa hasta endrento del tó. Y le dicía el cura:

– ¿Qué tal te sientes ya?

Y decía ella:

– Ay, señó cura,
no me saqui el jeringón
hasta que no se agoti
toda la munición.

Ya acabaron la faena y salió ella de la sacristía toda relucienti, sana del tó, como si no l’habiera pasao ná. Va el sacristán, al verla tan jaquetona, y le dici al cura:

– Señó cura, ¿pos qué le ha hechu usté pa que se ponga tan buena?

Dici el cura:

– Aplicarle el jeringón.

Y dici el sacristán:

– Pues se abruche usté el calzón,
que entodavía le ansoma el jeringón”.

LA MOZA QUE SE FUE A CONFESAR

“Cuentos sobre los curas hay muchos, ¿sabe usté? Y yo, como he sidu sacristán, sabía muchus, lo que pasa que, con el tiempu, se le olvidan a uno. Ahora le voy a contá el de una moza que se fue a confesá, una moza bandera, de esas que quitan el hipo. Se fue a confesá y fue el cura y la dejó pa la última, hasta que se quedarun solos los dos en la iglesia. Llega ya a confesalse la moza y dici:

– Ave María Purísima.

– Sin pecado concebida.

– Me acuso, padre, de que he andao con el novio.

Dici el cura:

– ¿Y en qué partes te ha atentao?

– En las tetas.

– Hija, esu no se llaman tetas, que se llaman las campanitas de bronce. A vé, que te las vea yo pol vé la clase de pecao que has cometío.

Va el cura –¡menudo pájaro!– y le echa manu a las tetas y dici:

– Cómo repican a gloria las campanitas de bronce.

Sigui el cura y dici:

– A vé, ¿en qué partes más te ha atentao el novio?

– En el ombligo.

Dici el cura:

– Esu no se llama ombligo, que se llama el botón botonés. A vé, a vé, que te lo vea yo pol vé la clase de pecao que has cometío.

Coge el cura y, ¡hala!, otro achuchón en el ombligo.

Dici:

– Ay qué botón botonés para el manto de Santa Inés.

Y el cura a lo suyo:

– A vé, hija, ¿ande más t’ha atentao el novio?

Dici ella:

– Es que esu me da mucha vergüenza el dicirlu, que es una cosa que tieni muchus nombres.

Ya dice él:

– Eso se llama Jerusalén. A vé, hija, que yo te lo vea, pa vé la clase de pecao que has cometío.

Y fue y, ¡zas!, le metió la mano pal coño. Estaba el cura ya negro, ancendío del tó. Se saca el instrumento y dici:

– Ay, hija, te voy a echá la penitencia, pa que se te perdonin todos los tus pecados. Mira, tienis que cogé a este –y le enseñaba el mandoble–, que se llama el santo apóstol, y le tienis que dar tres vueltas por la iglesia.

Diba el cura tó emporrao, y ella con el mango en la mano, y diba el cura con un libro abierto y diba cantando:

– Debajo de las dos campanitas de bronce, está el botón botonés; más abajo el santo apóstol que va a entrá en Jerusalén.

Y va ella y empieza también a cantá:

–La penitencia yo cumplo y toda la cumpliré; meta pronto al santo apóstol endrento Jerusalén.

Ahora, el sacristán, que estaba escondío detrás de un banco, ve aquello y comienza también a cantá: – Los sesenta ya he cumprío y camino pa setenta, y nunca vi en este templo confesiones como ésta”.

EL CURA QUE DECÍA PALABRAS FEAS

“Bueno, pues estu es otra vez un cura que había pa’quí, por estos pueblos, ¿sabe usté? Y el cura esti pues tenía la fea costumbre de cagarse en tó lo de abaju y en tó lo de arriba. Hasta cuandu echaba los sermones desde el púlpitu les riñía a los filigresis, saltaba con una ristra de palabras gordas:

– Queridos hermanos: vos tengo dicho, me cagüen dios, que vos llevéis todos como buenos vecinos, pero ya veo, me cagüen dios, que no me hacéis ni putu caso. Estoy ya hasta los cojones de andá siempre repetiendo lo mismo, me cagüen el copón bendito y tós los santos del cielo…!

Y asín una y otra vez. Total –¿sabe usté?– que se enteró el obispo, que se llamaba Don Filiberto, y como se enteró, lo mandó llamá, lo llamó a capítulo, y le dijo que se jincara de rodillas delanti de él. Le dici:

– ¿A ti te parece bien, oveja descarriada, lo que sueltas por esa boca pecadora, que tienes escandalizao a tó el puebro? Decía él:

– Perdóneme usté, señó obispo, pero por más que intento corregirme, no soy escapá de morderme la lengua.

Y le dici el obispo:

– Mira, de aquí en adelante cada vez que digas una blasfemia, una palabra fea, le das una monea de a duro a la primera persona que veas. Verás como asín se te quita esa costumbre tan fea, que no es propio de un sacerdote de la santa iglesia.

Coge, sale del palacio del obispu y se va a la calli alante. Ahora, al revolvé de una esquina, había una señorita de esas de las del bolso; una puta, pa que nos entendamos. Ahora, él, el cura, que iba mirando pa otro lao, cogi y se tropieza con ella, con la puta. Va y dici:

– ¡Me cagüen dios, siempri tiene que habé estorbos en mitá la calli! Antonce, se dio de cuenta que había dichu una blasfemia, y va y le dici a la señorita:

– Tenga usté una monea de a duro.

Y dici ella:

– No, no; una monea de a duro, ¡ni hablá! Son cinco duros.

Dici el cura:

– ¡No puedi ser, que don Filiberto me ha dicho que una monea de a duro!

Contesta ella:

– Es que don Filiberto, amigo, es cliente mío desde hace muchos años”.

EL CURA DE MONSAGRO

“Estu dicin que era un cura de Monsagro; esu dicin: que era de Monsagro. Cualquiera sabi de ánde sería, ¿sabe usté?, pero esu es lo que dicin que dici el cuento. Bueno, pues aquel cura tenía un ama bandera, bien plantá, amos, que estaba pa hacerli un buen favó… Pos ya verá usté… Ahora llega un día de visita el señó obispu al puebro y, claro, como cosa de costumbre, pues fue a comé en casa del párroco, a la casa parroquiá, pa que usté me entienda. Ahora entró a sirvirles la comida el ama, y venía como Dios la echó al mundo, en pelotas viva. El obispo ensiguida:

– ¡Huy, por Dios, por Dios, que se me nubla la vista, que se me nubla la vista! Y le dici por lo baju al señó cura, asín al oído:

– Ay qué cosas tiene usté en su casa, señó párroco! ¡Qué cosas! ¡Qué cosas! ¡Ay qué hembra!, que son de las que dan maredos, y a mí me va a dar un maredo, y, aluegu, asín, con tós los jarapalis al airi…

Dici el señó cura:

– Pues anque usté no se lo crea, señó obispo, no la he tocao ni un pelu.

Y dici el señó obispu:

– ¡Qué puntería, señó cura! ¡Qué puntería! ¡No!, si por algu he sintíu yo que usté es de los mejores cazaores que andan por esti terrenu.

Ya le dici –¿sabe usté?–, el señó obispu a la criá, al ama:

– Pero, señora, ¿cómo anda usté asín por la casa, que le va a entrá algún aire frío y va a caé mala en la cama?

Dici ella:

– ¡Qué va, qué va, señó obispo!, que el señó cura toas las nochis me atapona los bujeros: una nochi el de alanti, otra el de atrás, y si se tercia, hasta me atapona el bujeru de la boca.

¡Menú pájaro el cura!

Ahora otra vez –¿sabe usté?, dicin que se pusu el cura malo, el cura esti de Monsagro, que le venían unos retorcijonis de vientre que no se daba tenío de pie. Dici el médico:

– Nada, que hay que hacerli unos análisis de orina, y llevarlos a la capital, pa que vean lo que tieni, que a lo mejó es cosa de cuidao.

Le dió el médicu el botellín pa que meara, y ya, claro, pues le diju el médico a una criá que tenía:

– Mira, vas a llevá a la ciudá esti botellín y se lo llevas al médicu tal, y ten cudiao que no se te rompa por el camino.

Bueno, pos cogi ella el botellín de la orina, y cumu antis no había coches, la genti iba en caballerías de un lao pa otro. Diba ella en un burrito que tenía. Ahora –ya ve usté–, diba el burritu tan tranquilo y que le sali una liebri entre las patas. Se espantó el burro y, ¡tarrangantanga!, la criá pal suelo. Cayó pal suelu, y el botellín, ¡pas!, contra una pizarrera. Se espiparró en la pizarrera. Dici ella, la criá:

– Bueno, estu tieni buen arreglo, que me diju el médicu que era orina lo que había. Estu lo arreglo yo de ensiguida.

Cogi, saca una botella vacía que llevaba y meó en ella. Ahora, la criá estaba embarazá, que diba bien adelantá la señora. Bueno, llegó a la capitá, y ya hizon los análisis, y le escribió una esquela pal médicu del puebro. Ahora, al regreso, lei el médicu del puebro la esquela y dici:

– ¡Huy, Dios mío, si aquí dici que el señó cura está preñao de sieti mesis! Con que ya –lo que son las cosas, ¿sabe usté?– se lo dijun al cura y esu: – Señó cura, los retorcijonis que tieni usté son porque está preñao de sieti mesis. Asín que, ahora, sopitas y buen vinu; mucho descanso, muchu descanso.

Bueno, pos ya pasarun los dos meses que le fartaban y… ¡nada!, que el cura no paría, que estaba cumpríu y no paría. Ahora –¿sabe usté?– era el tiempu en que se muelin las acetunas, y ya le dijun:

– Lo mejó pa que para prontu es engancharlu a la piedra del lagá, pa que dé vueltas, que cuandu llevi tres días dandu vueltas, de siguru que pare.

Con que lo engancharun a la piedra del lagá, lo tuvun tres días…, pero ni por esas. Dicin:

– No, pues ahora hay que probá de otra manera, que tieni que está tres días acarreandu las fanegas de trigu de los vecinos al molino, a las costillas, pa que se le afrojin los riñones y dé parío.

El cura estaba reventaítu, pero no acababa de rompé aguas, y… ¡miri usté si llevaría costales de trigo pa molé al molinu! Dici ya la genti, con el médico a la cabeza, cumu persona entendía en la saneda:

– Hay que llevarlo tres días a que sachéi los güertus del puebro, que los sachéis d’arriba abaju, que con esu ya tieni que parí de pol fuerza.

— Cogin y lo tuvun allí los tres días sacheandu los güertos, pero no había forma humana de que pariera. Ahora, miri usté, va un día a tirá de pantalones, que antis no había servicios en las casas, no había excusao y había que hacerlo pal campo, y fue y se pusu ampié de un zarzal. Ahora, en cuantis se agacha y empieza a empujá, ¡ras!, le salió de entre las piernas un pájaru de esus que nusotros llamamos mielru, que son negros, que estaba allí, que tenía el nío en el zarzal. Le sali volandu entre las patas, y dici él, el señó cura:

– Ay, rapaciño, rapaciño, por fin salisti de la mi barriga, y no lo puedis negá por la pinta, que eris de la misma coló que la mi sotana.

Antonce, había pa’llí uno que lo estaba viendu y dici:

– Ay, señó cura, pol fin dio a luz, pero se le ha escapao volando.

Y dici el cura:

– Tantas fatigas pa estu, que ahora me se escapa volando; siguro que, al ser hiju de un cura, era un espíritu santu.

Dici el otro:

– Pero, señó cura, si el espíritu santu es blanco.

Y respondi el cura:

– Negro o blanco, siguru que era otro espíritu santu”.

EL CAPITÁN, EL ALDEANO Y EL CURA

“Bueno, ahí va otru cuentu ande también se mienta a los curas. Fue que –¿sabe usté?– se juntaron una vé un capitán del ejércitu, un campesino aldeano y un cura, un señó cura. Diban los tres de caminu. En estu, que se encontraron un jornazo (¿sabe usté lo que es un jornazo? Pues paquí llamamos un jornazo al modo de una torta de pan que lleva chicha pol drento, que unas vecis le metin chorizu, otras lomo, o carni de otra clasi). Bueno, pues se encontraron un jornazo de pichones, que l’habían metío pichones pal relleno. Cogi y dici el capitán del ejército:

– Este jornazo es para mí, que pa eso defiendo a mi patria de los enemigos.

Dici el aldeano:

– De eso ¡ni hablá!, que el jornazu es pa mí, que yo con mis campos de trigu alimento a los hijos de la patria.

Va el señó cura y dici él:

– No quedo conforme, que el jornazu es pa mí, que yo le doy la extramaución a los hijos de la patria y los libru del fuego eterno.

Venga a discutí los tres, venga a discutí, y ya acordarun –¿sabe usté?– que el que dijera la frasi mejó dicha en bien de la patria, para esi sería el jornazo. Y va y empieza el capitán del ejército:

– A la sombra mi bandera,
con mi tropa delantera,
luchamos como leones
y nos ganamos los galones
defendiendo nuestra Patria
con fusiles y cañones.
¡Estos son los mis cojones!
y pa este capitán
el jornazo con pichones.

Cogi el campesinu aldeanu y dice:

– A la sombra mi nogala,
yo no veo silbá las balas,
pero siento una gran placé
en vel los trigos crecé,
que a los hijos de mi patria
les avivan el comé.
¡Y estos son los mis cojones!,
y para este aldeano
el jornazo con pichones.

Dici el señó cura:

– ¡Quieto parao!, que ahora voy yo:
– A la sombra una bodega,
con la panza bien repreta,
jodiendo de noche y día
aumento la infantería
de nuestra patria querida,
que tengo a dos mil preñadas
y otras tantas van paridas.
¡Estos son los mis cojones!,
y pa este señó cura
el jornazo con pichones.

El señó jué de la audiencia, que dicin que estaba llí, fue y dijo:

– El jornazo pal señó cura,
que es el que trai las criaturas
y hace a la patria más grande
con todas sus jodiúras”.

EL CURA JODEÓ

“Bueno, pues otra vez fue el casu de un cura que era mu jodeó, que jodía muchu, –¿sabe usté?- ¡Qué me van a dicí a mí, que he sidu sacristán…! Cogía y se diban las mujeres a confesá, y esu:

– Ave María Purísima.

– Sin pecado concebida…

Y le dicían ellas:

– Padre, me acusu de estu y de lo otru.

Y toas, pos como usté sabi, pos venían a pecá, solteras y casás, de lo mismo. Y él, cura, a toas les decía lo mismo:

– A tal hora me aguardas en tal sitio con la grieta abierta, pa que te echi el bálsamo de San Nicodemo, que cura toas las grietas pecadoras.

Llegaba él y, ¡zas!, las mangaba bien mangás y… ¡hala pa endrento el bálsamo de San Nicodemo! Ahora un día pos hizon una procesión de esas de las rogativas, que no llovía y estaban perdíos los campos y los ganaos. Sacaron en procesión a San Nicodemo, que era el patrón del puebro. Y diba el cura cantandu el gori–gori, y dicía:

– Que llueva, Señó, que llueva, que está la tierra mu seca; que llueva, señó, que llueva, que se tapen bien las grietas.

Respondían las mujeres, también cantando:

– Que llueva lo que Dios quiera, y que se tapen las grietas, que las nuestras, aunque llueva, las tenemos bien abiertas.

Volvía, aluegu, el cura y siguía con el gori–gori:

– Caiga el agua como el bálsamo del patrón San Nicodemo, pa que suavice los campos y alivie a los ganaderos.

Y vorvían ellas a cantá:

– Caiga el agua que ella quiera y el bálsamo de los cielos; nosotras, por nuestra parte, la ración ya la tenemos”.

LA JÁNCANA

“Antes, se contaban muchas cosas de las Jáncanas, que dicía la genti antigua –¿sabe usté?– que eran unas mujeronas guijantas, que algunas tenían sólu un ojo en la frenti, y otras tenían tamién dos ojinos más chicos atrás en la nuca.Eran cosas que contaban antis, ¿sabe usté?, cumu cosa de leyendas, de historias de pa’tras. Yo le sintí contá a unu de Riumalu de Arriba, que se casó pa’quí pa Nuñumorá, que en su puebro, pa un sitio que llaman “Los Juntanos”, vivía una Jáncana. Pero esta Jáncana había sidu antis una moza mu guapa, que tenía un pelo que le arrastraba por los carcañaris, y se hacía en lo altu de la cabeza una moña, andi espetaba el peini de prata. Dici que dicían –¿sabi usté?– que un día la vio peinarse un pastó ampié de un regaju. Y dicin que le diju el pastó:

– ¿Qué hace una moza como usté pa’quí sola, en metá del monti?

Y le dici ella:

– Viendu nacé la rúa.

La rúa –¿sabe usté?– es una pranta que tiene mucha vertú, pero güeli mu mal, que tieni un oló mu fuerti, que se cría en terrenos mu viciosus. Totá que el pastó se enceló de lo guapa que era y fue y abusó de ella. Antonce, aquella moza tan guapa se tornó en una jáncana, que se le cayó aquel pelazo que tenía y le salierun culebras en vez de pelos, y tamién le salió una lengua de más de tres palmos, que se volvió lenguaratúa. Pol eso se dici –lo dicían la genti vieja–, se dici aquello de:

“Pol culpa de la jáncana lenguaratúa,
no conocin los cristianos la vertú de la rúa”.

Y es que, pa que me entienda, dicin que ella quería mostrale al pastó la vertú de la rúa, pero dispués de lo que le hizu, se revolvió en su contra y de toa la gente de la cristiandá, que de allí en adelanti, pastó que veía, pastó al que forzaba de mal grado y, aluegu, le cortaba la lengua con unas estijeras de oro. Pero yo también oí contá que aquella moza estaba por el pastó, que lo quería tomá pol maridu, peru esti no era gustosu, porque cuandu la vio peinándusi ampié del regaju, le vio los pies, que los tenía metíos en el agua del regaju y vio que tenía escamas cumu los pecis, en los pies. Y ella fue –pa que lo sepa usté– y le quiso dar un día una taza de agua ande había cocío una maná de rúa, que dicín que la rúa es tamién la yerba de los enamoraos, pa que se enamori la gente; pero cogió él y le dio un golpe en la mano y le tiró la taza, y dende entonce se volvió como una monstrua y le cogió asco a los hombres”.

EL JÁNCANO

“Pues el jáncanu sería parienti de la jáncana, digo yo, o… ¿no lo créi usté? Contaban que el jáncano era otro guijante, que sólo tenía un ojo en la frente, un ojo grande, con el que veía tó lo que había en tres leguas a la reonda. Vivían’pa lo más altu de las montañas. Dicin –que esu lo decían los antiguos de pa’tras– que un jáncanu vivía pal Frontá de la Nebrera, que esu es un sitio de monti espesu que está pa las umbrías de la alquería de El Cerezá, y esti jáncanu era pastó, pero tenía acotao el término suyo, y si algún vecinu de estos puebros se metía pa la jurisción suya, ensiguía le daba el fatu, y dicía:

– A carne humana me güeli, a carne humana me güeli… Cogía y los espetaba en un sobillón, los asaba a la lumbri y se los comía.

Pero al jáncanu esti –¿sabe usté?– lo engañó un pastó que lo llamaban Pericu el de las Jurdes Malas, que era un pastó mu listo; y con el mismo sobillón con el que el jáncanu espetaba a los que cogía vivos, cogió y se lo espetó en metá del oju que tenía en la frente. Los jáncanos, pol lo que cuentan, son pastores guijantes, que son mu pelúos y se visten con las pieles de los animales, pero debierun de vivir en tiempos del rey Batueco, que dicían que era tuertu, pa’lla pa los años mil, polque yo andao –¿sabe usté?– por tóas estas sierras con el ganao y nunca me he topao con ningunu”.

LA CHANCALAERA

“De la Chancalaera, ¿pos que voy a hablá? Cuandu éramos niños y no queríamos comé, nos dicían:

– Si no coméis, va a vení la Chancalaera y vos lleva pa la cueva.

Y tamién, pa que no nos fuéramos pa’i, sin rumbo, nos decían:

– No vaigáis pa tal sitio, pue pa’i anda la Chancalaera.

Contaba la genti vieja, pa que usté lo sepa, que la Chancalaera era otra guijanta, que achancaba los ríos de un solu pasu. Ahí, ande llaman “El Gollete”, dicin que dejó marcá la huella de la pisa, que dicin que pusu un pie allí, en la canchera, que diba a cruzá el río de Fragosa, el Malvillidu que llamamos, y el otro pie lo pusu en el tesu de “El Collao”, ande tenían el puebro los moros y ande tenía ella la era ande trillaba el miju, que era de lo que se hacía el pan antis por estos terrenus. Entodavía se pudin ver los restos de la era allí, en el cotorru, y lo mismu la güella de la pisá en la canchera, que debía de calzá del 50 pa’rriba, por lo menos. Contá, contaban antiguamente muchas cosas de la Chancalaera. Dicían, pa que usté lo sepa, que esas guijantonas se convertían a veces en viejinas, y que entraban en las casa ande oían a los niñus llorá, polque los habían dejao solus los padris, que andarían a sus tareas, a atendé los güertus, la jacienda. Dicin que una vez entró una chancalaera en una casa, polque sintió a un niño llorá. Miró a vé si veía a alguién, y cumu no vio a nadie, se metió pa endrentu, pero allí estaba, sentaíta en unu de esus tajitus que había antis, ampié la lumbri, la abuela del niñu, que era poquina cosa y mu vieja, y estaba envuelta en el mantón, ampié la lumbre. Y dicin que fue a cogé al niñu la Chancalaera, y le diju la abuela:

– No lo cojas.

Dici la Chancalaera:

– ¡Huy!, ¡pos si no te había visto!, que yo pensaba que era un saco de carbón que estaba ampié la lumbri.

Y le dici la abuela:

– No cojas al niñu.

– ¡Pos que deji de llorá!, que no aguantu los llórius de los niños.

Pero como no dejaba de llorá, lo fue a cogé pa llevarlo al hornu, que dicían que las chancalaeras cogin a los niñus lloronis y los asan en los hornus.

Dicin que le diju la abuela:

– No lo llevis al hornu, que allí está el pan bendecíu.

Cogi ella –¿sabe usté?– y se llevó al niñu al hornu, pero cuando lo fue a asá, vio que había allí un pan con la cruz jecha, que se l’hacía una cruz al pan por cima, pa bendecirlu, y en cuantis que vio la crú, salió que echaba hostias por la puerta, y allí dejo al niñu”.

EL DUENDE JAMPÓN

“Sí, tamién se hablaba muchu de los duendis, que dicían antis los viejos:

– Eris como el duendi jampón:
lo mismo te da el tocinu que el jamón.

Es que –¿entiende usté?– antes dicían que en algunas casas entraba el duendi jampón, que dicían que era mu chiquininu, pa’í si levantaría dos palmos del suelu, pero siempri tenía hambre, sobre todu por la nochi, que dicían –y es que tantas cosas contaban los antiguos– que tenía que comé al día sieti arrobas de comida. Claro, estu es cosa de cuento, que si esi duendi jampón no pesaba ni media arroba…, ¡ánde le diba a cabé las sieti arrobas de comía! ¿Usté comprendi eso? Amos a suponé: que en una casa aparecían las patatas roías y comías, ya estaban dijiendu:

– Esi es el duendi jampón, que anda por la casa.

Que en otra casa ocurría otru tantu de lo mismo con los tocinos que estaban en el salaeru, o –qué sé yo– con las granas, los pipus, los millus…, qué sé yo, con las sementijas, con lo que fuera…, vuelta otra vez con lo mismu:

– Ya está el duendi jampón jaciendu de las suyas.

Dicían que era el duendi, y a lo mejó eran los ratonis, ¿sabe usté? Otras veces pegaban con los carozos o con otras comías y piensos de los ganaos, que esi duendi debía de ser poco escrupulosu, y tó se volvían en echarli las culpas al duendi jampón; pol eso se decía esu:

– Eris cumu el duendi jampón:
lo mismo te da el tocinu que el jamón.

¡Hombre!, tocinu sí teníamos antes, pero jamón había pocu, que cambiábamos los jamones pol tocinu, pa que cundiera más, que, en tiempus de atrás, la comidita al meyudía era el poti de castañas cocías con un cachu de tocino. Y fíjise usté: dicían que esi duendi jampón tenía unos pies granderonis, más grandis que el cuerpu, y que no hacía farta que se echara pa dormí, que se quedaba dormío de pie. Cuentan que le hizun un rastro de ceniza una vez y que, a la mañana, vieron las pisás en la ceniza”.

EL DUENDE ENTIGNAO

“Esti era otro duende, que era negro cumu la pez. Dicin que vivía pa los altus de esa sierra de La Gineta, que, cumu usté sabi, es esa que está deslindando los ayuntamientos de Caminomorisco y Nuñumorá. Pero esti duendi, sigún contaban los antiguos –yo estu lo he oíu contá muchas veces –, era tó lo contrario al duendi jampón, que esti duendi –que le dicían el duendi entignao– era tan alto que el sombrero que gastaba salía pol cimaju de La Gineta. Y esti duendi era mu fumadó, que siempri estaba liando tabacu. Dicían que salía entre dos lucis, al pardagueá, y que tos los devaneos suyos eran ofrecerli unos cigarrus-purus a los pastores que andaban con el ganao. Ahora un día –¿sabe usté?– abajaba con el ganao, ya a las posturas del sol, un pastó por esi sitio de “La Romaero”, y dicin que, de pronto, se alzó cumu del río el duendi entignao. Va y le dici al pastó:

– Toma esti cigarro-puro.

Navidades (1998) en la alquería de Vegas: Tío Goyo y el que suscribe estas líneas entonando amigablemente un viejo romance.

Y dici el pastó:

– ¡Pos vaya cosa: un cigarro-puro! Ya me podía usté dar una buena bolcheta de moneas de oro.

Antonce dicin que se enfadó muchísimo el duendi entignao, pol lo desagradecío que había sido el pastó, y cogío y dici:

– Con que eris un avariciosu, que sólo quieres moneas de oro; pues ahora pol ser tan pragosu, vas a ve…

Y dicin que se desató una tormenta que escureció tós estos montis cumu si fuesi de nochi, y tó el ganao, y el pastó mismo, se los llevó el río hasta que dio en el mar con ellos, ya ahogaos, claro. Y asín fue, sigún contaban los de atrás, cúmu dieron comienzo las tormentas en el mundo, que antis, claro, cumu la genti no se daba de cuenta de muchas cosas, pos dicían –¿sabe usté?– que las tormentas las apreparaba el duendi entignao, que rebullía las nubes con el sombrero que gastaba –claro, cumu era tan altu, llegaba hasta las nubes–, y, aluegu, tocaba un tamborí que tenía pol parchis dos pieles de lobu, y de resultas del toqui, venía el estruéndalu de los truenos. De la misma forma contaban que al restregá el deslabón con la pernala (que antis, ¿sabe usté?, cuasi que ni había cerillas, y había que ancendé dandu un pescozón con el deslabón y la pernala, c’había que arrimá un pocu de yesca, pa que naciera la llama, y asín se hacía lumbri de antiguo, y los que hemus sidu fumadores, tós los llevábamus encima, p’ancendé los cigarrus)… Y lo que le digu: decían que, al dar el pescozón al duendi, salían los relámpagus y caían las chispas a la tierra, que traían piedras afilás. Si al tiempu d’ancendé la yesca, se caía algu pa baju, ya estaban los inciendus en el monti, que usté habrá vistu que muchas vecis, con las tormentas, se apreparan inciendus. Pol esu, cuandu hay tormentas y se apreparan los incendius, dicía la genti antigua:

– Ya se dejó de caé otru cachu de yesca el duendi.

O tamién, cuandu se oían los truenos:

– Ya está tocandu el tamborí el duendi”.

EL DUENDI ZUNGULUTERU

“También habraban la genti de pa’trás del duendi zunguluteru, que, pa que usté lo sepa, dicían que era un hombri mu chiquininu y negru cumu un carbonizu. Y esti duendi zunguluteru trasteaba tó lo que había en la casa, tó lo revolvía y lo ponía patas pa’rriba. Contaban –los cuentus de antis, ¿sabe usté?– que, cuandu se echaba encima la noche, venían el duendi zunguluteru y la duenda y entraban en las casas pol el lumbreru, que antis como no había chimeneas en las casas viejas, pos había cumu una ventanita en el tejao, que era de lanchas, pa que saliera el humo y entrara la luz, y, luego, cuando llovía, se tapaba con una piedra de quitá y poné, con una lancha. Venía el duendi zunguluteru y dicían que cantaba:

“Yo soy el duendi zunguluteru:
y he nacío en Cirimea;
me crié pa los disiertos
y calvo estoy de la cabeza.
Tengo cien años cumpríos
y estoy mamando la teta”.

Dicían que la duenda se estaba sentaíta a la lumbre, que de allí no se movía, que se estaba allí toda la noche, royendu castañas brancas. Pero el duendi lo trasteaba tó; diba pa’arriba y pa’baju, le daba la vuelta a los cacharros, derramaba la aceiti, esmigajaba el pan…, na más que jacé trastás, ¿entiende usté? Y dicien que tamién se metía en los cuartos ande dormían las personas y les asopraban en las orejas, que les metían aire pal cuerpo, y, aluego, se levantaban a la mañana las personas y dicían:

– Ay, qué retortijones tengu en la barriga, que estoy como empancinao. Siguru que esta nochi ha estao el duendi en la mi cama.

¡Y qué aires ni ocu cuartos! Lo que pasa es que, antis, se cenaba en cuasi toas las casas la olla de berzas, o brejones, o jabas…, que son verduras que, como usté sabe, producen muchos gases, y esu era lo que pasaba, y la genti dicían que era el duendi zunguluteru que les había asoprao en el uídu. Otros dicían que el duendi l’había contao pol la nochi los güesus de las costillas, y a lo mejó es que estaban despaletaos de tantu cavá los güertus. Miri usté lo que dicin que le pasó a una abuela de Ulogio el de tíu Baldomero. Dicin que andaban de matanza y, a la hora de embusá, toas las tripas se le reventaban; no es que dijiéramus que una o dos, es que eran toas. ¡Nada!, que no fuerun escapá de emusá ni una joía morcilla. Pos guardaron ya las artesas con el mondongo, y ahora pol la nochi, ¿sabe usté?, estaban ya acostaos, y la abuela de Ulogio sintió cumu si andaran pol la bodega. Cogi y se levantó y fue derecha a la bodega. S’ansomó pol el bujeru de la llavi y vio que, a la luz del candil, estaba el duendi zunguluteru, y estaba embusandu el mondongu de la artesa, y ni una tripa se le reventaba.

Y dicin que estaba cantando:

“Para embusá el mondongo
se necesita tené
permiso del señó duendi
y de la duenda también”.

Y dicin que volvía otra vez:

“Pon el mondongo en lo alto
para hacé los farinatos,
que el gato coge la carne
y no vuelve al garabato”.

Dicía la abuela de Ulogio que, en un santiamén, embusó una artesa grande de mondongo. La mujé, pos…¿sabe usté?, no daba créditu de lo que vía, y ahora dicin que cumu lo vio asín, el duendi, con unas ropinas viejas y toas sucias, cogió y, a la noche siguienti, le dejó en la bodega un traji nuevo, aparenti pal su tamaño, cumu agradecía que estaba polque l’había embusao una artesá de mondongo. Fue y cuantis volvió a barruntá que jaramasqueaban en la bodega, se levantó y fue pa’lla. Ya estaba allí el duendi ancendiendu el candil. Ahora dicin que va el duendi y ve el traje nuevo; cogi y se lo poni, apagó el candil y se fue pol ande había venío, y diba cantando:

“El duende que estrena traje
no puede andá de matanza,
que se mancha el vestidito
con el untu y con la grasa”.

Y eso dicin que le pasó a la abuela de Ulogio; esu es lo que contaban. Ahora, !vaya usté a sabé…¡”.

RASGOS DIALÉCTICOS

Es sabido que el antiguo reino de León comprendía parte de la actual comunidad cántabra, la provincia de Palencia, gran parte de la de Valladolid, la comunidad asturiana, provincias de León, Zamora y Salamanca, así como la mitad occidental de la provincia de Cáceres y un pequeño sector de la de Badajoz. A la muerte de Alfonso VII en el año 1157, el reino se estrecha, perdiendo el territorio comprendido desde el Pisuerga al Cea; es decir, las provincias de Palencia y Valladolid.

Antiguamente, se hablaba leonés en toda la extensión de este reino, exceptuada Galicia como región lingüística aparte. Además, el leonés fue lengua escrita principalmente en el siglo XIII y primera mitad del XIV. En lo que respecta a la región extremeña, había una Extremadura leonesa, que a la muerte de Alfonso VII, se dividía de la Extremadura castellana por medio de la calzada de la Guinea, que, más o menos, coincide con la vía de La Plata. Al poniente, quedaba el sector dialectal con influencias leonesas, y al oriente el de influencias castellanas. Ello no quiere decir que tales sectores presentaran afinidades exclusivas castellanas o leonesas, pues se constatan núcleos pertenecientes al área castellana con rasgos dialectales astur-leoneses (Serradilla, Piornal, El Torno…). Del mismo modo, localidades enclavadas en el sector dialectal leonés carecen de los rasgos más significativos de las hablas astur-leonesas, como ciertas alquerías y lugares situados en la zona este de la comarca cacereña de Las Hurdes.

Centrándonos en las más significativas características dialectalesde los hablantes del concejo de Nuñomoral, patria chica de Tío Goyo, podemos diferenciar las siguientes:

Vocalismo

– Cierre de las vocales átonas finales: /o/ en /u/ y /e/ en /i/. Ej.: “Cogi al perru y dali pa lus jucicus” (Agarra al perro y pégale en los hocicos).

– Cambio de vocales finales: “míseri” por “mísero”, “cuanti” por “cuanto”, “ristri” por “ristra”, “friti” por “frito”, etc.

– Conservación de la /e/ paragógica: “peci” por “pez”, “jaci” por “haz”, “caci” por “caz”, “joci” por “hoz”, “redi” por “red”, “nueci” por “nuez”, “reloci” por “reloj”… En los antiguos romances que se cantan por la zona, se mantiene, en muchos casos, esta /e/ paragógica.

– Contracción de vocales: “paquí” por “para aquí”, “pacá” por “para acá”, “an ca mi agüelu” por “a casa de mi abuelo”, “ca unu” por “cada uno”, “pa na” por “para nada”, “ándi” por “adónde”, “alanti” por “adelante”, etc.

Consonantismo

– Conservación de la /f/ inicial latina en algunas palabras: “fusca” (basura), “forraji” (heno fresco), “fechá” (cerrar la puerta), “figal” (higueral), “frumientu” (dícese de los regajos que llevan mucha agua, semejándose a los ríos)… A veces, se aspira la /f/ inicial castellana: “juerti” (fuerte), “juenti” (fuente), “jumá” (fumar), “juera” (fuera), “jue” (fue), “jebreru” (febrero)… – Aspiración de la /f/ inicial latina, que, tal vez, podríamos transcribir tal sonido con la siguiente representación /hw/, pero para evitar complicaciones al lector, hemos decidido transcribirla como una /j/, aunque repetimos que su sonido es el de una aspiración sorda. Esta aspiración comprend