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Actitudes y manifestaciones populares frente a la muerte, en la comarca de “La Peña” (Palencia)

MEDIAVILLA DE LA GALA, Luis Manuel

Publicado en el año 2005 en la Revista de Folklore número 292.

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…y no quedo dello mas… por este mundo inconstante,
mira que el que va adelante
avisa al que va detras

(“Dezimas a la Muerte”.- S. XVII)

INTRODUCCIÓN

Innumerables generaciones atemorizadas por la idea de la muerte, fueron formando un poso cultural alrededor de su acontecer, que sólo los vendavales de la Modernidad han logrado remover, incluso arrastrar, dejando un vacío sin referencias y, hoy por hoy, prácticamente carente de significados. Ahora se muere rápida y limpiamente, sin apenas más manifestaciones, que los meros trámites burocráticos; hospitales, residencias, tanatorios y funerarias, se encargan primero, de separar y alejar al enfermo del entorno familiar y, luego, de maquillar al muerto y a la muerte, despojándoles de cuidados, ritos y crudezas familiares y sociales. Más que desdramatizar a la muerte, ésta ha sido descafeinada, convirtiéndola en un trámite más o menos enojoso, a lo que ha contribuido también, en gran parte, el laicismo imperante.

Otro cambio de los últimos tiempos, se ha producido en la actitud de los individuos hacia la propia muerte. Mientras que las generaciones pasadas la sufrían en vida por partida doble: como final de la fiesta –se acabó lo que se daba– y como incógnita y miedo al Más Allá –Infierno o Gloria–, ahora se está llegando a ella con mucha más naturalidad, en lo que influye no sólo el citado laicismo, sino también, la prolongación de la vida lograda por los avances de la ciencia. Este hecho propicia que, el tiempo de adaptación a la idea del final, sea más dilatado y, por tanto, menos traumático, incluso predisponiendo favorablemente el ánimo, por mor de la paulatina e incapacitante merma de las facultades.

El observador actual y futuro, debe tener presente todo lo dicho, no sólo para interpretar las formas y los ritos, sino y sobre todo, para comprender los impulsos que animaron a las gentes de épocas pasadas, ante el último y decisivo trance de sus vidas. Para exponer aquí tales situaciones, nos vamos a mover en tres momentos, temporal y esquemáticamente diferenciados, por el Antes, el Durante y el Después del trance, cuando éste seguía su curso normal en la Antigua Cultura.

CUANDO SE APROXIMA

Hoy nos resulta ya harto difícil situarnos en la mente de aquellas gentes, por el cambio radical experimentado en todas las circunstancias que rodean el evento, no sólo las ya mencionadas, sino otras muchas de toda índole. Por citar algunos, pensemos en los cambios sufridos en la vida familiar: disgregación, domicilio, independencia….; en los avances de la ciencia: eficacia de la medicina, recursos de la cirugía… y en los servicios domésticos: agua, calefacción, higiene…

La Enfermedad

Sólo el dato de la vida media de una persona adulta en los tiempos pasados, situada alrededor de los 40 años, descontando la alta tasa de la mortalidad infantil, nos evidencia que la muerte llegaba, en demasiadas ocasiones, en la plenitud de la vida, por mor de la indefensión ante las enfermedades, unida a una mala alimentación. No sólo es que la Medicina estuviese en pañales, sino que, la existente, se hallaba muy alejada, geográfica y económicamente, de la inmensa mayoría de las gentes, cuyo recurso próximo de curanderos y cirujanos, servía para lo que servía. El tema es tan amplio, que debemos dejarlo hoy aparcado, para centrarnos en el punto final.

Cuando llegaban la enfermedad o el accidente graves, todos sabían que, salvo contadas excepciones, el desenlace era siempre fatal y relativamente próximo en el tiempo, por lo que se desataba toda una serie de mecanismos de defensa, que iban desde las impetraciones divinas, hasta los preparativos materiales para el desenlace.

Así, existía la costumbre de los Ofrecimientos o promesas, por las que, como último y desesperado recurso, se encomendaba la salud del enfermo a algún Santo o Virgen, a cambio de un bien material o de un sacrificio personal, bien del que hacía la promesa, bien del propio enfermo, en el supuesto que sanara. En la comarca se hallaba muy extendida esta costumbre, ante la Virgen del Brezo (1). Todo ello, a iniciativa de la familia, pues la Iglesia, curiosamente, no tenía nada previsto, aunque se dejaba querer, ante tales promesas.

Por otro lado, la familia debía prever ciertas necesidades que se la venían encima; unas, puramente materiales, como la ropa de luto o los gastos que iba a generar el evento. Otras, tenían relación con el futuro legal inmediato; entiéndase la herencia y todas sus consecuencias. Era muy frecuente la existencia en la familia, de hijos de anteriores matrimonios, lo que complicaba extraordinariamente el reparto de los bienes y daba origen a movimientos más o menos soterrados de los potenciales herederos, con miras a influir en la decisión y resultado final del reparto.

El Testamento

Los antiguos testamentos que se conservan, nos permiten una aproximación muy interesante a las actitudes de aquellos enfermos frente a la muerte, en sus dos vertientes, del Acá y el Allá. Respecto a la primera, aparece su voluntad respecto al reparto de los bienes y no tiene diferencia substancial con los actuales.

Donde hallamos su contenido más trascendente, es en las manifestaciones y disposiciones que hacen sobre su alma, las cuales ocupan la primera parte del documento, comenzando por su Profesión de Fe, detalle que, a pesar del evidente formulismo de su redacción, respondía a los deseos más íntimos de las personas, pues no sólo dejaba el testimonio de su fe ante terceros –aspecto muy importante en siglos pasados– sino que, además, le servía como asidero en su propia necesidad y angustia espirituales frente a lo desconocido. Veamos cómo se expresa tal declaración en 1693, en un pueblecito de la comarca, llamado Fontecha de la Pena:

«Yn DEY Nomine Amen. Sepan … como yo Juan de la Calle … estando enfermo en la cama de una enfermedad que dios n(uest)ro s(eño)r a ssido servido de me dar y sano de mi juicio y enttendim(ien)to natural ttemiendo me de la muertte que es cosa ziertta a ttoda criatura viviente Creyendo como creo firme y berdaderam(en)te en todo aquello que cree y confiessa la ssanta madre Yglessia Cattolica = ottorgo y conozco que a onrra y gloria de Dios n(uest)ro s(eño)r y de la virgen santtissima su bendicta madre a quien suplico sea mi abbogada Yntercessora son su divina mag(esta)d…».

Para completar la visión de esta faceta, vamos a ver otros detalles que aporta un testamento del mismo lugar, pero cien años más tarde, en el que, además de la Profesión de Fe, impreta la ayuda de:

«…la Siempre Virgen Maria… Santto Angel de mi Guarda…y…de la Cortte Zelesttial, a quienes tiernam( en)te suplico Yntterzedan con su dibina Maguesttad alcanzen perdon de mis culpas, que por ser tanttas temo su tribunal de Justtiz(i)a y de el apelo al de su misericordia y conformandome con su Santtissima Boluntad … Encomiendo mi Alma a Dios n(uest)ro s(eño)r que la crio y redimio con su preciossisima sangre Pasion y muertte y el cuerpo a la tierra donde y para que fue formado».

A continuación, pasan a manifestar su voluntad acerca del destino de su cuerpo, en cuyo momento aparecen ya las primeras medidas que toma, empujado por su preocupación ante el Más Allá:

«…que quando la bolunttad de Dios n(uest)ro s(eño)r fuere servida de me llevar desta pres(en)te vida a la ottra mi cuerpo sea ssepultado en la iglessia parrochial… de este d(ic)ho lugar… en la sepultura de Marina mayor mi abuela o a un lado donde mexor lugar huviere y se pague por el rronpim(ien)to de la tti(err)a lo que se deviere de mis vienes…(y)…se haga mi ynttierro el dia de mi fallescim(ien)to…».

Había quienes añadían otros detalles, como es el caso de otro vecino del lugar de Viduerna de la Peña quien, en 1782, dispone además, que su:

«…cuerpo sea sepulttado con el Abitto de n(uest)ro P(adre) S(an) Fran(cis)co…».

En el siguiente paso, aparecen ya las ceremonias y oraciones que desean se hagan por su alma, dependiendo su cuantía y magnitud de diversos factores, como el capital disponible y la existencia o no de herederos directos, por lo cual, estas disposiciones eran muy variadas. Seguimos con el primer testamento:

«Ytten mando se digan por mi anima un Nobenario de missas rezadas los nuebe dias siguienttes a mifallezim( ien)to como se acostumbra en este d(ic)ho lugar y se paguen los der(ech)os de decirlas que esta es mi B(olunta)d».

«Ytten mando se hagan…dos memorias la una alfin del medio año y la otra al cabo de año con assistencia de seis clerigos cada una de ellas los quales digan missas por mi anima se les paguen sus pittanzas…».

«Ytten mando se diganpor mi Anima sesentta missas rezadas en la yglessia parrochial de este lugar y seis en d(ic)ha parrochia por penitencias mal cumplidas= dos en la Virgen de Fonlada (ermita del lugar)= dos en el Santo Christto de las Eras (ermitasantuario de la comarca)=dos en la Virgen del Balle (en Saldaña) y ottras quattro por el anima de Marina del Balle mi abuela ttodas rezadas y sse pague la limosna por ellas…».

Vemos que trataban de atar cabos sueltos de su vida espiritual, como las penitencias mal cumplidas y que recurrían a sus devociones particulares de Santos y Vírgenes.

El recuerdo y misas por su Abuela, con cuyos restos deseaba reposar, deja entrever un especial afecto y agradecimiento hacia ella. Pero lo que más llama la atención en lo leído y en lo que luego veremos, es la gran cantidad de rezos y oficios que pretende se hagan por su alma, cuyos importes económicos serían cuantiosos, intentando así, casi a toda costa, asegurar su salvación, por la vía de las oraciones de otros que, a su vez, resultaban agraciados de rebote por el testamento, los cuales se encargarían de velar, interesadamente, por el fiel cumplimiento de lo dispuesto, como luego veremos al hablar de los Aniversarios.

CUANDO LLEGABA

La representación esquelética de la Muerte, con su inseparable guadaña, presente en toda la iconografía de épocas pasadas, había impregnado de tal suerte las mentes que, en sus delirios, algunos enfermos llegaban a percibir su presencia –tal cual– en el entorno de la habitación, ambientado, a su vez, por un vivo dramatismo a cargo de familiares y allegados. Por otro lado, la sabiduría popular, había detectado que la inmediatez del trance final, solía estar precedida por unos días o unas horas, en los que el enfermo parecía recobrar la salud, por lo que pocos se dejaban engañar; Es la mejoría de la muerte, se decían unos a otros.

El Viático y la Extremaunción

En circunstancias normales, toda la escenografía del evento, comenzaba un día, con el paso del Santo Viático por las calles del pueblo, lo cual imponía un gran respeto, no sólo por la presencia de la Hostia consagrada, sino por lo que significaba aquella pequeña comitiva del Sacerdote portador, precedido por la Santa Cruz en manos de un Monaguillo y seguido por otro agitando la campanilla anunciadora de su paso, hacia la casa de un casi seguro moribundo; los hombres se descubrían a su paso y las mujeres se arrodillaban en señal de respeto, mientras musitaban una plegaria. Le han llevado el Viático, era el mensaje que corría de boca en boca, presagiando lo peor. Aviso que también percibía el enfermo, sabedor, por experiencia, de lo que tal llegada significaba, aunque Sacerdote y familiares, se esforzaban en disimularlo, como una atención a su deseo y hábito de comulgar con frecuencia, si tal era el caso. De cualquier manera, significaba un alivio considerable para su compungido espíritu.

Aparte de ocasionales visitas del Sacerdote, el paso siguiente en este proceso de ayuda y despedida de la Iglesia, era la Extremaunción. Si el Viático era el alimento del alma para afrontar el trance, la Extremaunción venía a ser como el pasaporte y credencial de buen Cristiano, al corriente en el pago de sus deudas espirituales. Pero para el enfermo, si conservaba su lucidez, y para los familiares, tenía también un significado más evidente y dramático: aquella vida tocaba el final y las angustias alcanzaban niveles de congoja.

La Agonía

La llegada de esta fase irreversible, hacía saltar ya todos los frenos de las emociones y los sentimientos, con lo que la casa se llenaba de gentes, familiares y vecinos, en un confuso revoltijo humano, aderezado de sollozos, ires y venires sin sentido, abrazos, quehaceres compulsivos, lloros e intentos de consuelo. En tal situación agobiante, la presencia de los ajenos a la casa, significaba también la manifestación de una solidaridad que compartía el dolor y daba ánimos a la familia.

«quando algun enfermo estuviese en las ultimas agonias se avise al sacristan para que con la campana mayor de doce golpes con alguna pausa, cuya señal sirva a los demas fieles… para rogar a N(uest)ro S(eño)r auxilie… al moribundo en tan terrible trance…».

Dejó ordenado el Visitador Pastoral en Recueva de la Peña en 1755, respecto al tradicional toque de campanas que se hacía en estas ocasiones.

En esas circunstancias, era frecuente la presencia de personas, más o menos allegadas a la familia, que abordaban la situación con ánimo sereno, convirtiéndose en los conductores de la situación; unas veces para alivio de la familia y otras, del propio enfermo. De estas personas, tengo la referencia de una mujer que desempeñaba este papel en Recueva de la Peña. Se llamó Clotilde Valbuena, quien, aparte del alivio que significaba su presencia, asistía y acompañaba al moribundo hasta el último momento. Entre su repertorio de frases, consejos y consuelos, le recitaba la Oración de la Buena Muerte; una composición versificada por desconocido autor, que, ingenua, pausada y rítmicamente, intentaba aliviar la angustia y guiar el pensamiento del moribundo. En la recuperación del texto, realizada por una hija de la citada, existen evidentes lapsus, pero su forma y contenido, nos dan idea cabal de la loable intención perseguida.

Ahora, mi Señora, ahora,
que postrado en esta cama,
me encuentro tal,
que no sé si llegaré a mañana.

Ahora, más que otras veces,
que mis enemigos andan
solicitando por puntos,
para arrojarme a las llamas.

Ahora, más que otras veces,
es menester vuestra Gracia,
pues me digáis, piadosos,
que mi vida se acaba.

He de dar cuenta (ahora),
de mis obras y palabras;
de mis malos pensamientos
(Y mis pasadas hazañas).

¿Qué será de mí, Dios mío?
si vuestro amor no me ampara,
si vuestra Madre bendita,
no favorece mi causa.

Yo no sé cómo es aquella
cuenta que con Vos se paga;
pero bien sé que en el cielo,
han de estar puras las almas.

(¿Cómo llegar a) vuestra Gloria,
si tengo la mía con manchas,
(aunque) no por eso pierdo,
(los anhelos y) esperanzas.

Dame pues el Purgatorio,
para purificar mi alma
y (así) luego vaya,
a la celestial morada.

También creo lo que cree,
la Santa Iglesia Romana;
los Artículos y el Credo
y la potestad del Papa.

Que lo creásteis todo
y en vuestra Ley Sacrosanta.
Cien mil vidas que tuviera,
por Vos las sacrificara.

¡Ay Señor! no puedo más,
porque mi lengua se traba;
ya no puedo pronunciar
Artículos de los que hablas.

Pues lo que siente este cuerpo,
desaparece del alma,
porque (a) cada movimiento,
el corazón se me para.

Santos de mi devoción;
Virgen Purísima y Santa,
concebida sin pecado,
Santísima Beata.

José, Pedro, Sebastián;
Francisco, Antonio de Padua;
Julián, obispo de Cuenca
y la Magdalena gallarda.

El Evangelista Juan
y también Bárbara Santa,
por Dios os suplico y ruego,
que favorezcáis mi causa.

Que con tales abogados,
mis dolores me acompañan.
………………
Adiós Padre, adiós Madre;
adiós Hijos, adiós Patria;
si algo os he parecido,
luego me veréis sin nada.

El Deceso

Producida la muerte, se ponía en marcha otra serie de actuaciones sociales, muchas de las cuales sobrepasaban la capacidad de los familiares, abrumados por la pena y el dolor, por lo que aparecían en escena otros actores, con papeles que las pautas de la comunidad tenían ya asignados de por vida.

Había que adecentar y amortajar el cuerpo y, para ello, siempre se contaba con algún hombre o mujer quienes, superando temores y repugnancias, procedían rápidamente a realizar tal operación. ¡Cuántos trajes de novio sirvieron también de mortaja!, pues, normalmente, no había mucho donde elegir.

«Una vez que el moribundo dejaba de respirar, inmediatamente le cerraban los ojos, pues un retraso vidriaría su mirada y la rigidez muscular impediría que se le juntasen los párpados. Luego se le colocaba un pañuelo atado, desde la mandíbula inferior a la cabeza, para impedir que le quedase la boca abierta… A veces, se le tapaba la cara y se le ponían dos monedas en los ojos; y casi siempre, se le juntaban las manos en actitud orante, con una cruz entre ellas» (2).

A la vez, se procedía a mandar avisos a los familiares lejanos, para lo que siempre se podía contar con los jóvenes de la familia o los vecinos, quienes, con muy buena voluntad, partían llevando la noticia. Los trámites administrativos y los detalles del sepelio, se realizaban por los hombres de la casa, mientras que las mujeres se afanaban en los muchos quehaceres domésticos que imponía la situación, en un alocado trajín de preparativos de todo tipo, para cubrir las horas y ritos que se avecinaban; entre otros, el sacrificio de alguna res lanar adulta, destinada al convite del entierro. Ello servía también para distraer y aparcar, de alguna forma, los sentimientos de dolor. Entre tanto, iban llegando a la casa las gentes del lugar, para manifestar su pésame a la familia y ofrecerse para lo que hiciera falta.

Por su parte, el pueblo y en su nombre, el Concejo, tenían también su papel que desempeñar y de ello nos dan prueba muy evidente y llamativa, las disposiciones que recogen algunas de las más antiguas Ordenanzas de estos pueblos, como las de Villaoliva de la Peña que, en 1553 establecen, ya en su primer artículo que:

«…quando en el d(ic)ho pueblo obiere cuerpo muertto que ningun vecino sea osado de yr a labor alguna fuera deel pueblo hastta que el cuerpo sea sepulttado so pena de quartteron de zera para la Yglesia a cada uno».

Disposición similar recogen las de Viduerna de la Peña y las de Pino de Viduerna de 1728, por las que además, se obliga a todos los vecinos a la asistencia en los entierros de convecinos mayores de 25 años. La comunidad entera y hasta las de los pueblos próximos, estaban pendientes del caso y de los actos que se iban a suceder en las horas siguientes, en los que la solidaridad colectiva, debía quedar claramente de manifiesto. Había que tocar las posas de difuntos y, por supuesto, hacer los preparativos para el enterramiento.

Sepulturas, Osarios y Cementerios

Entre los trabajos que debían llevarse a cabo, estaba el de sacar y limpiar las andas de los muertos, que el pueblo poseía para uso común y encargar la caja a un Carpintero de la localidad o de otra próxima, cuando este elemento empezó a utilizarse en época relativamente reciente, pues en tiempos más lejanos, el cuerpo era enterrado cubierto, a lo sumo, con un sudario. Agustina García, vecina de Riosmenudos de la Peña, nos facilita un testimonio de primera mano:

«Las cajas de los mayores, se forraban por dentro y por fuera con tela negra; con papel rosa, si era de una niña o azul, si de un niño… El Concejo tenía unas andas y una caja de uso común, en las que se transportaban hasta el cementerio, los cuerpos de las personas que no podían pagarse una; allí les sacaban de ella y los depositaban en la fosa: lo vi hacer de niña y me impresionó muchísimo…».

Otra tarea perentoria, era la apertura de la fosa en el cementerio, cuyo atención estaba a cargo de un vecino del pueblo, que se preocupaba de controlar la rotación de las mismas en el pequeño espacio disponible, con objeto de dejar transcurrir el plazo suficiente para la total pudrición de los cuerpos. Hasta bien avanzado el siglo XX, apenas si delataban su función los cementerios, más que por los ligeros túmulos de tierra que sobresalían del nivel del suelo; acompañados en alguna rara ocasión, por una tosca y desvencijada cruz de madera, carcomida por la intemperie. La mencionada informante, nos ilustra también al respecto:

Cuando yo era niña, no había cruces ni tumbas de mármol como ahora. Entonces lo invadían todo los hierbajos, salvo que algún vecino los segara por su cuenta. El abandono era general; ni siquiera para la festividad de Los Santos recibía atención alguna… La fosa era abierta por los familiares o por los miembros de una Cofradía que había en el pueblo para cumplir este trabajo, cuando fallecía alguno de sus miembros…».

En esta operación, era habitual el hallazgo de los esqueletos de antiguos enterramientos, los cuales se depositaban en los osarios que, a tal fin disponía cada iglesia en sus anejos. Osarios que solían ser recintos cerrados a cal y canto, sin más acceso que un pequeño hueco en lo alto de la pared, de dimensiones adecuadas al paso de los huesos de mayor tamaño. Los enterramientos, adoptaron distintas formas en estos pueblos a lo largo de su historía. De los cementerios medievales, de fosas con lajas laterales y otras de cobertura, se pasó a las sepulturas en el interior de las iglesias, para volver a los cementerios a cielo abierto hacia el año 1800, a raíz de ser prohibidas aquellas, por razones sanitarias.

Casi todas las iglesias de la comarca, conservan en el suelo, el típico enlosado de las antiguas sepulturas, cuyo uso tuvo en su tiempo diversas facetas. En primer lugar, la Iglesia debía obtener una licencia del Obispado para abrir nuevos huecos y, a su vez, se resarcía de los gastos, cobrando una cantidad por su utilización, la cual variaba en función de su proximidad al altar y del tipo de difunto, pues para un adulto oscilaba entre 10 y 30 reales y para un niño, se quedaba entre cuatro y seis. La mayor proximidad al altar, incluso a su pie, no sólo significaba una mayor relevancia social, sino que además, se estimaba que tal ubicación, propiciaría una más pronta y eficaz llegada de la gracia divina, lo cual motivaba se compitiera por ocupar tales espacios, especialmente por las familias de los hidalgos y los propios sacerdotes. Ello dio motivo a la Jerarquía Eclesiástica para corregir tal comportamiento, como dejó constancia el Visitador Pastoral de Viduerna en 1752:

«…muchas personas con pretexto de Devocion ridicula y quebrantando varios Decretos de la Sagrada Congregacion de Ritos, ordenan enterrarse al pie o devajo de las tarimas de los Altares… (por lo que manda al Cura) …no permita se abran semejantes sepulturas, aunque sea para el seglar de condicion mas relebante…».

Pésames y Velatorios

Mientras tanto, no había cesado la actividad febril en la casa del difunto, a la que ya empezaban a llegar familiares y amigos de los pueblos próximos, para manifestar sus condolencias. El cuerpo ya se hallaba expuesto a las visitas, normalmente en el portal o en una habitación aneja, incluso en la propia cama, con un par de cirios en la cabecera, flanqueando, a veces, a un Crucifijo. Allí permanecería hasta el momento del entierro, velado por familiares y vecinos, que se turnaban a lo largo del día y de la noche, en los llamados Velatorios.

El velatorio, era un acto social de gran relevancia, en el que se demostraba una vez más, a los familiares, la solidaridad del vecindario, de la forma más manifiesta, al acompañarles físicamente en aquellas primeras y duras horas del dolor, especialmente en las nocturnas, en las que la oscuridad y las fantasías, podían jugar malas pasadas a las mentes en tensión. Por ello, y a lo largo de las horas, se iban turnando los vecinos, sin orden alguno, pero de forma que siempre hubiera varios. Durante ese tiempo, se rezaba de vez en cuando, a iniciativa de alguna persona piadosa recién llegada al turno de vela; pero, sobre todo, se hablaba acerca de los más dispares asuntos; se recordaban anécdotas de la vida del difunto e incluso se bromeaba, con el ánimo de relajar el ambiente. Los deudos solían aprovechar las últimas horas de la noche, para intentar dormir algo o, al menos, descansar el cuerpo de la fatiga y tensiones acumuladas.

El Entierro

Al fin, llegaba el momento de la separación fisica del difunto y la tensión volvía a subir en su domicilio, al que se acercaba el Sacerdote precedido por la Cruz procesional y acompañado por los monaguillos, a la vez que se congregaba el vecindario en su entorno. Los rezos y cantos fúnebres, resonaban en el silencio general, acompañados por el lúgubre doblar de la campana tocando a Muerto; si se trataba de un infante, tocaba a Gloria.

Los hombres de la casa o allegados, cargaban con el féretro –se decía, la caja– y la comitiva iniciaba la procesión, entre los sollozos y hasta los gritos desgarrados de las mujeres de la familia, quienes solían quedarse en casa, recatadas y temerosas de presenciar las últimas escenas del drama. El cortejo, engrosado por los forasteros y en el que no faltaba nadie del lugar, caminaba en silencio, roto sólo en alguna ocasión por los rezos y acompasado por el sonido de la campana en su pausado tañer. Y como fondo, el rumor cadencioso que hacía el lento caminar de cientos de pies sobre la tierra o las piedras del camino. La Cruz, el féretro y el Cura, iban flanqueados por sendas filas de niños y de los hombres, tras ellos; las mujeres cerraban en bloque el cortejo; enlutadas la mayoría, algunas asidas fuertemente de los brazos o los hombros y todas compungidas, incluso sollozantes, susurraban plegarias ininteligibles.

Llegados al cementerio, el gentío se desparramaba por el reducido espacio del recinto, enmarcado por sencillos muros de piedra sin argamasa, concentrando su atención y rodeando la zona donde aparecía la fosa recién abierta, a cuyo lado reposaba ya la caja. Tras las oraciones y asperges de rigor, los hombres alzaban el féretro con una soga, haciéndolo descender suavemente en la fosa. Era el momento de mayor dramatismo, en el que los sollozos, de las familiares que se habían atrevido a llegar hasta allí, se convertían en lastimeros gemidos. Pero lo que realmente impresionaba, eran los golpes de las primeras paletadas de tierra sobre la madera de la caja y siempre, siempre, como fondo, el lúgubre tañido de la campana. Un entierro en los atardeceres serenos del otoño–invierno, resultaba realmente acongojante y hasta sobrecojedor.

A todos estos aconteceres, asistían los niños del lugar, dominados por encontrados sentimientos de temor y curiosidad, venciendo siempre esta última, entre morbosos comentarios sobre muertos, osamentas y otras escatologías. Los más pequeños, experimentaban la primera aproximación a la muerte, con la contemplación del cadáver en el domicilio, donde habían podido acceder y permanecer con toda naturalidad y ahora, en el cementerio, escuchaban las leyendas que se transmitían los mayores, mientras observaban con asombro los huesos que iban apareciendo en el montón de tierra, a medida que iba siendo paleado para rellenar la fosa. Luego vendrían las angustiadas preguntas del por qué de la muerte; pero, de momento, habían recibido la primera lección de la vida. Los golpes de la azada, clavando una rústica cruz de madera sobre el montículo de tierra, señalaban el final de la ceremonia, mientras que el personal se iba alejando en pequeños grupos de gente, ya habladora, que se saludaba o comentaba recuerdos.

Convites y Caridades

Pero el día aún no había acabado para la familia, pues quedaba por abordar la última fase del ritual de tales ocasiones. A la salida del cementerio, volvían muchas personas hasta la casa, especialmente los forasteros, para manifestar de nuevo su pesar, dedicar unas palabras de consuelo y despedirse de la familia. También solía acudir el Sacerdote con el mismo fin y para concertar las consiguientes celebraciones litúrgicas, derivadas de los deseos de la familia y del propio difunto.

Al final, sólo quedaban los más allegados, entre los que siempre había forasteros procedentes de lejos y que, quizá, no regresarían hasta el día siguiente a sus respectivos hogares. Creo que es esta circunstancia –la atención a los forasteros– en la que se puede hallar una de las principales motivaciones del origen de los tradicionales convites que seguían a los entierros. A pesar de la angustia del día, la familia se veía obligada a preparar una copiosa comida, en la que no faltaba la carne en abundancia. Tal comida, no solía ser un modelo de moderación, ni siquiera en las formas, por lo que en los últimos tiempos era ya mal vista, hasta que terminó por desaparecer una costumbre que había pervivido durante siglos y generaciones, a pesar de la oposición y los esfuerzos de la Iglesia por desterrarla, como deja patente la Visita Pastoral a Villaoliva de la Peña en 1723, la cual prohibe expresamente y por respeto a los dolientes, estas comidas de entierro, de honras y de cabos de año.

Esa noche, se acordaban también toda una serie de actos, trámites y pasos, que habrían de darse en el futuro para normalizar la situación: cuentas, pagos, inventarios, almonedas, caridades, ofrendas y aniversarios. La vida seguía y había que sobreponerse al dolor. La malicia popular, había acuñado el sarcástico dicho de “El muerto al hoyo y el vivo al bollo”, para significar satíricamente, la prevalencia de las necesidades de la vida, sobre el dolor de la muerte.

En los últimos tiempos de la Antigua Cultura, ya se había perdido otra costumbre parecida a la anterior y con raíces aún más arcaicas; incluso pudo ser el origen del convite citado, aunque ambas convivieron durante siglos. Se trataba de las Caridades o fundaciones que dejaban, en ocasiones a perpetuidad, algunas personas en sus testamentos, con la idea de ofrecer un humilde refrigerio al vecindario o a los pobres asistentes a las honras fúnebres, como agradecimiento y recuerdo del difunto.

«…una Caridad que se reduce a una torta, un quartillo de vino y tres quarttos de dinero, todo lo cual se distribuie anualmente con los Pobres la terzer Dominica de Quaresma».

Y como ésta o parecidas, una docena más de Caridades que estaban en vigor a mediados del siglo XVIII en Recueva de la Peña, gravando otras tantas fincas, cuyos dueños, tanto por compra como por herencia, estaban obligados a correr con dichos gastos. Tampoco tales celebraciones eran del agrado de la Iglesia, que trataba, por todos los medios, de lograr su desaparición, prohibiéndolas e incluso reconvirtiéndolas, contra la voluntad de sus fundadores, en Misas por sus almas. El espectáculo debía ser poco edificante, a juzgar por lo que dejó escrito el Visitador Pastoral de Villaoliva en 1726, al ordenar al Cura que: «…(no) permita se den car(ida)des de pan y vino a la puertta delos que mueren ni otras desta calidad… quando con ellas no se socorre nezesi(da)d a los pobres y antes se rresulttan muchas discordias y otros inconben(ien)tes…y si alguna persona las dejare, su importte se distribuia en misas y sufragios por su Alma…».

EN EL RECUERDO

En tiempos pasados, la desgracia de una muerte, se proyectaba sobre los deudos, con mayor o menor dureza, a lo largo del tiempo, incluso durante toda su vida. Los lutos, los sufragios y las ofrendas, no eran más que algunas de las más aparentes servidumbres o penalidades que — 138 — recaían sobre la familia. En otros tiempos y para la mayoría de las mujeres, la viudedad era prácticamente sinónimo de pobreza; de hecho y por vía de ejemplo, sólo era considerada como medio vecino, a la hora de su valoración administrativa.

Los Lutos

El luto, es otra costumbre prácticamente desaparecida, a pesar de que estuvo plenamente en vigor hasta hace apenas medio siglo. Era y significaba la muestra externa del dolor por la pérdida del ser querido y tenía varias manifestaciones, siendo la más aparente la del vestido, que afectaba muy especialmente a las mujeres, cubiertas de negro, desde la cabeza a los pies; mientras que en los hombres, se resolvía con un brazalete negro en la chaqueta o camisa; sólo los niños menores de catorce años solían quedar libres.

Otra manifestación del luto, venía de la mano del recato en los comportamientos, lo que de nuevo volvía a recaer en mayor medida en las mujeres de la familia, como nos vuelve a explicar Agustina:

«…nada de risas, ni de cánticos; nada de fiestas, ni de bailes. Apenas si se salía a la calle; sólo para lo imprescindible. No se ponía la radio, y se mantenían las ventanas cerradas o en semipenumbra, sobre todo, cuando se celebraba alguna fiesta en el pueblo… El luto tenía una duración que variaba según el grado de parentesco que unía con el difunto: tres meses por los Tíos y seis por los Abuelos; un año por el Hermano y dos por los Padres o Hijos mayorcitos, pues por los niños no se guardaba luto, al considerar que habían ido al cielo…».

Como era frecuente que se sucedieran los fallecimientos de unos u otros familiares, había casos en los que no se libraban de un luto y ya tenían otro encima, por lo que había mujeres que, con la treintena de años, y un poco de mala suerte, unida a la necesidad de aprovechar los vestidos, se vestían de luto ya de por vida; aunque las que más sufrían las consecuencias, eran las jóvenes, siempre más controladas socialmente que sus hermanos, viéndose privadas de cualquier tipo de diversión y de las ocasiones de relacionarse. Los días siguientes a la defunción, era habitual en las casas, la imagen de las calderas o baldes con el tinte negro, en los que se iban tratando las prendas de vestir consideradas necesarias.

Funerales, Novenarios y Aniversarios

Ya vimos al principio, cómo quedaban instituidas estas obligaciones en los testamentos, de las cuales tomaban buena nota los Párrocos, para evitar olvidos más o menos involuntarios. A falta de tales disposiciones testamentarias, eran socialmente obligatorios la Misa de Funeral o de Memorias, el Novenario de Misas y los Cabos de Año. En algunos lugares, como Congosto de Valdavia, localidad lindante con la comarca de La Peña, era habitual, durante el Novenario, la reunión nocturna de familiares y allegados, especialmente las mujeres, en la casa del difunto, para realizar diversos rezos por su alma, entre los que estaba un original “Reloj del Purgatorio”, con doce breves estrofas, seguida cada una del correspondiente Padrenuestro (2).

En cuanto a los Aniversarios, tenían un tratamiento especial y una pretensión de permanencia en el tiempo, incluso indefinida, por lo que eran objeto de disposición testamentaria y, por ello, ajenos a la voluntad de la familia. En principio, no se correspondían con el aniversario de la defunción, propiamente dicho, sino que la palabra hace referencia a su celebración anual, eso sí, en un día fijo, que señalaba el propio testador, así como el lugar de su celebración; así como el nivel de la ceremonia. El pago de ellos, era un débito permanente que recaía sobre el heredero de la propiedad sobre la que recaía tal carga, incluso aunque esta fuese vendida a una tercera persona, ya que el valor de la tal finca así heredada, quedaba disminuido indefinidamente por el importe de dicha carga, por lo que, en teoría, se debía seguir celebrando, generación tras generación. Ello daba lugar a controles y recuerdos, por parte de los Párrocos, como principales interesados, que incluso exponían al público las tablas con el calendario de tales obligaciones. No fueron tampoco extrañas las reclamaciones, incluso los pleitos judiciales, en tal sentido. Hasta se hacían Apeos o inventarios de ellos, ante Notario.

Uno de estos Apeos, hecho en Viduerna en 1717, registra 31 Aniversarios, cuyo importe solía estar reflejado en dinero, oscilando entre 1 y 27 reales de vellón, aunque a veces lo concretaban en especie (3).

«…y mando quel Cura destte lugar diga una missa por su anima y se le de de comer y beber…» (dice uno).

«…y mando quel Cura … ruegue a Dios por su anima y se le den ocho m(a)r(avedi)s, una oblada, candela y vino…» (manifiesta otro).

«Para el dia de San Lorenzo de cada un año para siempre jamas…» (establece un tercero).

«…que anual y perpetuamente…» (señalaban otros).

Ofrendas y Responsos

Otra de las estampas ya desaparecidas de la Antigua Cultura, relacionada con la muerte, era la mujer de la casa, arrodillada sobre la sepultura de la familia, con un pan al lado y manteniendo encendidos los cirios –uno o dos, los días laborables y dos o tres, los festivos– soportados por el hachero correspondiente, mal llamado también sepultura. Las filas de bancos en las naves de las iglesias, son un elemento relativamente reciente en ellas, pues, hasta hace poco más de 50 ó 60 años, solamente había alguno en el coro o adosados a las paredes, estando el resto de la nave ocupado por las sepulturas, en las que se acomodaban las mujeres que las atendían, provistas de una almohada que las servía, ora de asiento, ora de rodillera.

Estas mujeres eran portadoras de las Ofrendas, cuando las correspondía, según la costumbre o atendiendo a lo dispuesto por el familiar difunto.

«Ytten m(a)ndo se ofrende por mi anima y ssobre mi sepulttura por ttiempo y espacio de medio año siguientte a mi fallezimientto pan y vino y sera cada un dia segun se acostumbra en este d(ic)ho lugar y d(ic)ha ofrenda me la lleve Angela Fuenttes mi muger y por el ttravajo de llevarla se la paguen sus der(ech)os devidos…».

Disposición que dejó hecha el testador que presentamos al principio, en la que apreciamos un elemento muy llamativo, en la expresión “me la lleve”; idea y significado que nos retrotraen a épocas y costumbres primitivas y precristianas, pues de la literalidad de la frase, se desprende que la tal ofrenda iba destinada al propio difunto, aunque luego se derivara hacia el altar.

«Durante el novenario, era costumbre ofrecer un panecillo en misa, por parte de la mujer que representaba a la familia del difunto. Esta ofrenda era especial en el funeral; ocasión en la que se colocaban uno o dos cestos al lado del hachero, donde iban depositando sus ofrendas, antes de comenzar la misa, los familiares y allegados. Estas ofrendas eran siempre de panes o huevos y cuando llegaba el Ofertorio, los cestos eran acercados hasta el altar por dos o tres mujeres. Lo normal, era que las ofrendas se repitieran a lo largo del año, en las cinco o seis festividades más importantes; fechas en las que ya eran varias las mujeres que ofrendaban, por sus respectivas obligaciones. Lo hacían al llegar el Ofertorio, formando una fila, con el pan en una mano y una vela encendida en la otra; iban dejando el pan en el aliar y apagando la vela, regresaban a las sepulturas correspondientes. Estos panes los llevaba después el Sacristán a la casa del Cura».

Nos vuelve a ilustrar Agustina, con su testimonio de los últimos tiempos de esta costumbre.

Las sepulturas de las iglesias, aún eran escenario de otro rito religioso, el de los Responsos o rezos por el alma del difunto correspondiente a cada una. Estos responsos, tenían lugar al finalizar la misa de cada día, para lo que el Sacerdote, se acercaba a la sepultura donde iniciaba una serie de Requíens, rematados cada uno de ellos por un Padrenuestro y por una pequeña limosna, que los asistentes iban depositando, en un continuo ir y venir, en el bonete del Sacerdote, sostenido por uno de los acólitos que le acompañaban. Tales eran las formas y maneras en los últimos tiempos de esta costumbre, aunque parece ser que, en épocas pasadas, estas oraciones eran costeadas directamente por la familia del difunto, al menos durante los plazos que éste había estipulado en su testamento.

«Ytten mando que durantte d(ic)ho medio año sig(uien)te a mi fallecim(ien)to se diga por mi anima y ssobre mi sepultura un rresponsso cada un dia los de fiesta canttado y los demas rezado y se paguen los d(e)r(ech)os de decirle que assi es mi b(olunt)ad.» continuaba disponiendo el referido testamento de 1693 y que, con pocas variantes, se repetía en todos los de la época.

Fundaciones

Por aquellos tiempos, también era relativamente frecuente por todos estos pueblos, la existencia de humildes fundaciones de tipo benéfico o altruista; raro era el que no contaba con un Hospital de Pobres, un pequeño Pósito o, simplemente, una ayuda para sostener la presencia del Maestro de Primeras Letras (4). Todas ellas, procedían de legados dejados por algún vecino, entre los que destacaron los Sacerdotes.

Hoy as, por su evidente relación con el tema que nos ocupa. En los libros de Recueva de la Peña, aparece anotada en 1646, una fundación de este estilo:

«…dejo un censo que rinde cada un año once reales… (para el Cura, para que cuide) …de hacer tocar la campanilla de las animas a las noches… (y los otros ocho, a sus herederos, para que) …tengan obligación de tocar dicha campana».

Obligación que se fue cumpliendo religiosamente, año tras años, porque aún quedan vecinos en el lugar que dan fe de cómo vieron, en su juventud, recorrer las calles a la persona encargada, tocando la esquila, para recordar al vecindario el rezo por sus difuntos. También es verdad que, con posterioridad al legado dicho, debió existir otro con el mismo fin, basado en la renta de una finca, la cual era conocida por eso en el lugar como Tierra de las Animas. Similar costumbre, existía también en Villalbeto de la Peña (5).

CONCLUSIÓN

La muerte fue, durante siglos, no sólo motivo de temores ancestrales, sino que suponía para los protagonistas, un paso hacia lo desconocido, en cuyo mundo estaba en juego su vida eterna –Muerte, Juicio, Infierno y Gloría – y sabedores de sus muchas debilidades habidas a lo largo de la vida, optaban claramente por el Purgatorio como mal menor, en la confianza de que limosnas y rezos, abreviarían substancialmente su paso por él, alcanzando así con rapidez, la vida celestial.

Como consecuencia de ello, dejaban unas herencias plagadas de obligaciones, que debían asumir los herederos, las cuales llegaban a constituir gravosas cargas, que difícilmente podían soportar las menguadas economías de aquellas gentes, pues algunas de ellas, eran a perpetuidad.

Todo ello quedaba enmarcado en el mundo religioso de la Antigua Cultura, dando lugar a formas y pautas de comportamiento, amén de severos controles sociales, que las generaciones venideras, ayunas de experiencias próximas, tendrán dificultades, no sólo para imaginar, sino, incluso, para comprender.

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BIBLIOGRAFÍA

(1) MEDIAVILLA DE LA GALA, L. M. y MERINO RODRÍGUEZ, B.: “Los Ofrecidos del Brezo”, Cuadernos de La Peña, nº 1. Valladolid, 1999.

(2) MANRIQUE CAMPILLO, A.:“Historia y vida de un pueblo de La Valdavia: Congosto”, Palencia, 2001, p. 507.

(3) MEDIAVILLA DE LA GALA, L. M.:“Viduerna de la Peña”, Cuadernos de La Peña, Valladolid, 2004, pp. 23 y 24.

(4) MEDIAVILLA DE LA GALA, L. M.: “Villalbeto de la Peña”, “Viduerna de la Peña” y “Recueva de la Peña”, Cuadernos de La Peña, nº 7, 9 y 10.– Valladolid, 2003, 2004 y 2005, pp. 22; 10–11; 16 y 22.

(5) “Villalbeto de la Peña” y “Recueva de la Peña “, (ya citados), pp. 23 y 35.