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Editorial

DIAZ GONZALEZ, Joaquín

Publicado en el año 2005 en la Revista de Folklore número 293.

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A lo largo del pasado siglo XX, los Museos –cualquiera que fuese su origen y contenido– han ido ajustando su idea primigenia, así como sus características de funcionamiento, a la realidad. Esa realidad ha venido determinada por una constante social que se podría resumir en la palabra “comunicación”. El siglo XX ha sido un periodo de tiempo en el que cualquier acto, por individual o intrascendente que nos pareciese, tenía un reflejo en la pantalla o en el escenario sobre el que personas y colectivos desarrollaban su papel. La comunicación, pues, no ha sido sólo un concepto relacionado con la formación o la información del individuo, sino un sistema organizado para conseguir que todos aquellos conocimientos o noticias que se producían o se generaban, llegasen de forma adecuada o atractiva al receptor.

Los Museos no han estado de espaldas a esa tendencia y los distintos niveles que componían su organización interna no han podido mantener por más tiempo una estratificación que conllevara aislamiento o supusiera falta de comunicación entre los profesionales dedicados a la actividad museística. Es evidente que la idea que el director o el conservador de un Museo pretenden transmitir, debe ser reconocida en toda su dimensión por quien va a montar la exposición o la colección museística y por quien va a preparar y ordenar los materiales didácticos para visitantes. Estos, a medida que ha ido avanzando el tiempo, han ido aumentando las posibilidades de integrar la idea o ideas comunicadas por la colección en su propia formación y han dejado de ser, por tanto, simples espectadores. Es curioso, porque esta actividad intelectiva contrasta con la actitud pasiva que el individuo de hoy muestra hacia aquellos actos –fiestas, costumbres, etc.– en que tradicionalmente el ser humano se integraba en la colectividad a través de una participación consciente o inconsciente. Andreas Huyssen, para quien el individuo de hoy suple el ancestral temor al olvido con un reverencial respeto al pasado, descubría en un curioso trabajo periodístico la coincidencia temporal que vincula el interés actual hacia los museos con el aumento de las cadenas de televisión y de su programación. Al hablar de que el individuo moderno busca en el museo un contacto con objetos reales frente a la irrealidad que contempla en la pantalla, observaba que, sin embargo, en los antiguos museos la exhibición de aquellos objetos perseguía precisamente lo contrario, es decir, sacarlos de “su realidad” para ofrecer de ellos otra lectura. La aparente antinomia no es tal si consideramos que el museo y sus objetos sirven en cualquiera de los casos de factor de equilibrio al individuo.