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Dos costumbres muy antiguas: el relinchido y la covada

VALDIVIELSO ARCE, Jaime L.

Publicado en el año 2005 en la Revista de Folklore número 293.

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EL RELINCHIDO

Típico del folklore burgalés, tan rico y variado, es el llamado “relincho” o “relinchido” que en otras regiones españolas recibe otros nombres. Los folkloristas, etnógrafos y etnólogos ven en este impetuoso chillido –mitad sirena fabril, mitad risa forzada – el grito de guerra céltico. Los vascos lo llaman irrintxi o sanso. Los aragoneses lo llaman renchillido. Los asturianos, rinflido o ixuxú. Los cántabros le dan el nombre de riflido, richido o jujeo. Los extremeños lo denominan rejincho. Los leoneses lo llaman ijijí, ijujú y jejeo. Los murcianos, ajujú. Los canarios le dicen ajijido. Los gallegos, aturuxo. Los catalanes, reninys y los valencianos –como el arcipreste – albórbola. Este grito popular, verdadera expansión fonética, válvula de escape de la voz que ha estado sujeta a ritmo y medida durante el canto, pasó con otros típicos nombres a Hispanoamérica, como observa Dionisio Preciado (1).

“También algunas danzas orientales poseen un grito parecido al relincho castellano, pero con otra significación muy distinta. La danza introvertida emplea esos sonidos obtusos, aspirados, de tonalidad sombría y de pocos matices tonales que, con poder místico, parecen abstraer de la vida cotidiana al ejecutante. El cultor de Buda olvida el mundo con su sonido peculiar, su ¡Om!, y el danzarín samoano sentado con su ¡mm! El derviche profiere un sonido ¡uu!, el antiguo sacerdote de Cibeles y el danzarín hipnótico de Bali su ¡huu! Y el indio del noroeste del Brasil, ¡puu!”.

Por el contrario, el éxtasis de las salvajes danzas de salto se expresa con gritos poderosos: el danzarín asturiano lanza su potente ¡hi–uuu–uuu! En la danza prima, y el schuhplattler bávaro, entre la música correcta del violín, la cítara y el acordeón, el hombre da rienda suelta a su exuberancia con “desenfrenados alaridos”, escribe Curt Sachs en su Historia Universal de la Danza, pp. 189–190.

Este grito característico y peculiar se ha conservado hasta nuestros días entre los cántabros y es el grito que suelta a pleno pulmón el mozo en el silencio de la noche y según los antropólogos tiene un profundo significado del que se han hecho distintas interpretaciones. El más generalizado sentido que se atribuye a este grito ancestral apunta hacia una motivación o finalidad sexual. Es como el reclamo para llamar a la hembra que también utilizan otros animales en su propio lenguaje.

Por su parte, Federico Olmeda dice lo siguiente:

“Al final de estos cantos romeros hacen muchas veces los cantores populares lo que antes era de rigor en toda Castilla al final de los bailables, esto es, el “ijujú”, “aturuxo” o como le llamen en otras partes. Aquí en Castilla y en Burgos le suelen llamar “relincho” o “relinchido”. Este es una serie de gritos enlazados e indefinibles: parece una risa hecha forzosamente sobre tonos muy elevados y que va descendiendo por grados a manera de una cascada; el nombre que le dan despierta la idea del relincho de los caballos y no le falta parecido. Lo cierto es que al terminar el baile se quedaba brevemente mirando la pareja y no se separaba de su sitio hasta que el bailador lanzaba el “relinchido”.

Ya va desapareciendo esa costumbre que con tanto cuidado la conservan en otras partes; y así sucede por desgracia con casi todas las costumbres castellanas, a las que suelen sustituir otras que no tienen abolengo ni son buenas. ¿Y por qué ha de suceder esto? ¿Por qué no se han de conservar las costumbres que han nacido con nuestro temperamento, carácter y que son heredadas de nuestros mayores y progenitores?

Esto es un contrasentido, preferir lo extraño y honrarlo sobre lo propio. Si gustan las novedades o cansan las cosas antiguas, varíense y perfecciónense pero de modo que garanticen su genuina y substancial manera de ser: lo demás es destruir lo que está ya hecho y constituye nuestra exclusiva propiedad” (2).

A buen entendedor, pocas palabras bastan. No se puede decir más con tan pocas palabras. Se puede decir más alto pero no más claro. Esto lo escribía Federico Olmeda, nuestro insigne folklorista a finales del siglo XIX. ¿Qué diría hoy aquel sacerdote y músico tan estudioso de nuestro folklore y tan preocupado por la situación del mismo ante la invasión que estamos padeciendo en la actualidad no sólo de la música extranjera sino de las costumbres, usos y modos de vivir y divertirse importados y ajenos? Las cadenas de televisión, empezando por las nacionales y siguiendo por las autonómicas y las privadas juntamente con los otros medios de Comunicación como las Emisoras de radio, la Prensa escrita, las revistas especializadas, las discotecas donde se divierte asiduamente la juventud son los responsables pues prefieren programar sus selecciones musicales a base de ritmos extranjeros, en lengua extranjera que no se comprende ni entiende y que introducen modos y maneras que no son nuestros sino que además están desplazando, sustituyendo y arrinconando a todo lo nuestro, relegándolo al último lugar que es el paso previo para el total olvido tras el desprecio más absoluto.

Así se han comenzado a olvidar muchísimas canciones de nuestro folklore y otras muchas formas de expresión cultural netamente castellanas y burgalesas.

Nuestros cancioneros están llenos de modelos de ritmos, canciones, tonadas, bailes, danzas sobre los que componer otras nuevas ejercitando la creatividad musical como quizás han hecho en sus respectivos países aquellos músicos o cantantes que aquí son tan imitados y tenidos como el último grito de la moda musical. Y hay testimonios fehacientes y claros de que cuando entre nosotros algún cantautor o compositor con talento ha decidido incorporar a sus canciones elementos del folklore o inspirarse en él, o cuando se han incorporado instrumentos tradicionales y populares, el público, incluso el más joven, ha sabido apreciar y gustar esa música que parece que nada tenía que hacer ante los ritmos foráneos modernos. Los ejemplos más notables son algunos grupos de música formados en Galicia que se han inspirado en la música celta y han compuesto canciones que han tenido grandes éxitos y mucha aceptación del público.

Cuando se ha intentado y se ha sabido extraer de sus raíces raciales los elementos básicos susceptibles de ser modernizados y adaptados y enriquecidos con nuevas aportaciones, sin renunciar a la cultura que llevan en el temperamento heredado de sus antepasados, el éxito es seguro. La única condición es hacerlo con talento. Sin salir de los límites de nuestra nación, España, hemos de reconocer que en otras regiones, hoy llamadas Autonomías, han sabido conservar y promocionar mejor que nosotros sus costumbres y su música popular, sus danzas interpretándolas con exquisita fidelidad y veneración nacionalista e incluso crear su música moderna y otras expresiones artísticas bebiendo siempre en las fuentes de la tradición sus más profundos valores.

Pero volvamos al tema, pues nos hemos salido de él siguiendo el pensamiento expresado por Olmeda. El relinchido o relincho como fórmula habitual practicada al finalizar los bailes populares en las romerías, en las fiestas y funciones de los pueblos ha desaparecido por la sencilla razón de que la moda fue cambiando, quizás porque los criterios de elegancia lo aconsejaron así, porque su práctica podría delatar el origen rural, rústico, zafio y poco fino que contrastaba con los modos y maneras educados y finos de la urbe. Posiblemente porque los bailadores no tuvieron esa fuerza de voluntad de conservar la costumbre o porque desagradaba a sus respectivas parejas por los motivos que hemos aludido antes.

Pensamos que no sería descabellado intentar recuperarlo, empezando por los grupos de Danzas existentes hoy en toda nuestra provincia que están más sensibilizados y preparados pues algunos de ellos son también diligentes e interesados estudiosos del folklore y restauradores animosos de costumbres y tradiciones y después de afianzada la práctica recuperada tratar de introducirla en los bailes al aire libre en fiestas patronales y romerías de nuestros pueblos. Donde no tiene lugar esa vieja costumbre del relinchido es en los recintos modernos llamados Discotecas, lugares habituales de diversión y expansión y convivencia de los jóvenes en los fines de semana hasta altas horas de la madrugada.

Ahí queda la sugerencia lanzada a comienzos de este siglo por Federico Olmeda y actualizada y concretada por quien esto escribe a recuperar el relinchido o relincho burgalés.

Si los animosos grupos de danzas existentes a lo largo de nuestra provincia quisieran, podrían muy pronto ponerlo de moda otra vez con su entusiasmo e interés, como han demostrado tantas veces en su interpretación haciendo gala siempre de una gran fidelidad y profundo conocimiento. Así contribuirían a darlas mayor personalidad y un carácter inequívocamente burgalés, junto con una mayor riqueza expresiva dotándolas de un elemento profundamente diferenciador característico de nuestros bailes y danzas populares.

La práctica del relincho o relinchido estuvo muy extendida por las diversas regiones españolas a juzgar por las que le dieron sus nombres específicos dialectales como hemos visto al principio de este capítulo. En algunos casos no sólo un nombre sino dos o tres. Aceptando sin ninguna objeción la interpretación dada por Dionisio Preciado y por Federico Olmeda, creemos sin embargo, que si recuerda o tiene reminiscencias del grito de guerra céltico, predomina en su motivación profunda el aspecto afectivo y sexual. Quien esto escribe tiene la experiencia de haber reunido a un grupo de personas con el fin de registrar en cinta magnetofónica las canciones y romances que aquellas personas recordaban. En el transcurso de la grabación, algunos de los hombres presentes y que participaban en ella, cuando se terminaba una canción larga que había exigido concentración intensa gritaban: “Relincha, mozu, que tienes el papu llenu”. Y lo hacían como si hubieran practicado esa costumbre en su juventud no hacía muchos años. También me informaron de que ese grito llamado relincho podía escucharse en algunos pueblos de la montaña lindando con Cantabria en las noches calurosas de la primavera o del verano dando a entender que podía interpretarse como un grito de expansión afectivo o sexual como reclamo del macho a la hembra a la manera del que escuchamos a algunos animales en tiempo de celo, como la berrea de los ciervos, etc. Sucedía esto en el año 1964. De todas las maneras este tema requiere un estudio más pro fundo para determinar sus orígenes y significados así como las razones posibles de su extinción o caída en desuso hasta su total olvido.

LA COVADA, UNA COSTUMBRE ANCESTRAL DESAPARECIDA

Según los especialistas que han estudiado estos temas, la covada es un rito de magia simpática o acto de público reconocimiento de la paternidad que se practicó entre algunos pueblos en la antigüedad.

Consistía fundamentalmente este rito en que, tras el parto, y mientras la mujer parturienta volvía a sus labores y quehaceres domésticos habituales, el marido se metía en la cama simulando los dolores del parto y recibiendo los cuidados y atenciones que debían haberle proporcionado y ofrecido a la madre.

La existencia de esta costumbre, rito o institución se ha registrado en culturas muy alejadas entre sí unas de otras como los pueblos o tribus caribes, mundrucúes, melanesios, malayos, cántabros, etc. Esta práctica la atestiguan escritores de la más remota antigüedad. Estrabón refirió que era costumbre de los íberos y, de hecho, los maragatos y mallorquines la han practicado hasta los albores del presente siglo XX. Para muchos de estos pueblos parece que se trataba de un acto o rito de reconocimiento de la paternidad más que de un rito mágico (3).

En la provincia de Burgos. A pesar de la romanización, muy fuerte en algunas zonas, en el actual territorio de la provincia de Burgos se conservaron costumbres ancestrales y autóctonas, anteriores, entre ellas la covada. Los especialistas, historiadores y arqueólogos encuentran en algunas poblaciones sobre las que pasó el rodillo romano señales y signos, huellas e indicios de un fuerte apego a las costumbres propias en la población aborigen.

Entre los pueblos más próximos a nosotros, se sabe que los cántabros practicaban la covada. Estrabón afirma, refiriéndose a ellos: “Las mujeres, después de haber dado a luz, «cuidan» a los maridos, que se acuestan en lugar de ellas”. Y el verbo “cuidar”, “servir”, no admite dudas, pues se refiere al cuidado general de otro, pero sobre todo al servicio de la comida que en las circunstancias que rodeaban al parto requería un especial esmero. Esta costumbre, limitándonos a pueblos más próximos, ha existido en diversas zonas de Córcega, Asia Menor y varias regiones de la cordillera Cántabro- pirenaica. Y hasta mediados del siglo XVII tuvo vigencia en el Valle de Pas (Cantabria) y en otros puntos de Cantabria, Huesca, la zona de la Maragatería (León) y provincias Vascongadas. Se tienen datos de que existió en Poza de la Sal (Burgos) y no se descarta que existiera en otros lugares del norte de la misma provincia de Burgos, situados entre el Valle de Pas y Poza de la Sal, como la zona de Sotoscueva, aunque en estos puntos desapareció mucho antes que entre los pasiegos y los pozanos, dos focos de costumbrismo típico ancestral caracterizados por el apego de sus gentes a la herencia cultural.

La covada, rito manifestativo de la función paterna en la generación de los hijos, así como de los derechos del padre sobre el hijo recién nacido, parece que pudiera haber sido introducida con el fin de restaurar o afianzar la institución patriarcal en pueblos muy enraizados en el matriarcado. Podría ser una manifestación de fuerza por parte de patriarcalismo de los invasores en sectores muy afectados por las prácticas matriarcales de los vencidos.

Hoy nos resultan incomprensibles algunas prácticas y costumbres que se han conservado y han estado vigentes en nuestra tierra por muy difícil de pensar que sea para muchos, pero fue verdad y si se estudia atentamente la historia más lejana, la arqueología y se tienen en cuenta los escritos de los escritores que nos dan testimonio de las culturas más remotas, podemos llegar a atisbar que las situaciones sociales no han sido siempre las mismas y que han existido largos períodos en los que el matriarcado, por ejemplo, marcó profundamente toda la vida de clanes, tribus y pueblos. Por la sencilla reacción llamada del péndulo se pasó a prácticas marcadas profundamente por el patriarcalismo. De ambos sistemas quedan reminiscencias en nuestra cultura y en el folklore. Una muestra clara de lo que venimos diciendo es la covada, que puede ser considerada como una reacción contra el matriarcalismo imperante, que para el buen entendedor no era más que una especie de feminismo, pero de los tiempos remotos. Otras costumbres vigorosamente mantenidas en nuestro folklore han tenido el mismo origen que esta que ahora comentamos. Por ejemplo, las llamadas “cuadrillas de mozos” o “sociedades de mozos”, de las que hablaremos en otro capitulo de esta obra, con toda la riqueza de elementos que poseen y han llevado consigo en los respectivos pueblos en los que han estado en vigor, en sus orígenes más remotos fueron la consecuencia de una fuerte reacción contra la hegemonía del elemento femenino en la organización de la sociedad circunscrita a la tribu o al clan. Hemos mencionado y tratado de explicar brevemente el tema de la covada en este capítulo, que necesitaría un estudio más profundo, porque esta práctica se convirtió en costumbre entre muchos de nuestros antepasados y constituye, como otras antiquísimas costumbres lo que son nuestras profundas raíces que debemos conocer aunque no sea más que su existencia y en lo posible también su significado, aunque como en este caso contraste tan abiertamente con nuestras costumbres actuales.

Sobre la Covada se ha escrito.

“A un hecho, a nuestro juicio, menos esencial y más destacado por arbitrario que por explicado, la covada, han dedicado muchos autores trabajos monográficos disquisitivos.

Tal vez la autoridad de Strabón, primer historiador que la cita, ha contribuido mucho a esta supervaloración del hecho de verdadera sustitución de la madre por el padre en el período puerperal y en los cuidados respecto al hijo, habiendo sido concretada hasta finales del siglo XIX por el escritor montañés señor Lasaga Larreta, como típica en los valles de Pas, lo que nos llevó a incluirla en el ya citado cuestionario del Ateneo, redactado por nuestros compañeros de entonces, con el que llegaron a recogerse hasta 81 papeletas utilizadas por el señor Sánchez Pérez en su estudio generalizado de España.

Dos explicaciones tiene para nosotros la “covada”: en parte es tal vez fundamentalmente el resto de una transición del matriarcado al patriarcado y psicológicamente análoga a la de otras interpretaciones folklóricas, del vulgarísimo concepto de sudar el padre al hijo para transmitirle con sus humores sus caracteres, sustituyendo, o al menos compartiendo con la madre, la transmisión directa de las cualidades por la sangre” (4).

La primera cita concreta de España se hace en 1638 por Colomiés, y a partir de ella son múltiples, como decimos, las referencias. Adquirió autoridad por la del gran naturalista y antropólogo Quatrefages, al señalar en “Souvenirs d'un naturaliste”, en 1854, como existente la covada en Vasconia, aunque a principios de siglo lo negara Aranzadi, y no se explica, sino por razones indirectas y analógicas la interpretación de Caro Baroja acerca de esta costumbre en el País Vasco. Es posible que por datos bien recogidos pueda ampliarse la zona vasco-cántabra de la covada desde los Pirineos hasta la maragatería, a uno y otro lado de la cordillera, a otras regiones de España.

Como cierre de estos recuerdos y salpicaduras de la historia ginecocrácica señalamos que será de gran interés el estudio de las formas de herencia de las comarcas españolas, y así, por ejemplo, la afirmación de Rivera de ir unidas siempre la herencia y la familia en las formas de tipo matriarcal, como en los vascos, es atenuada por Caro Baroja, recordando, sin embargo, que a los dos lados del Pirineo se dictaron leyes imponiendo la primogenitura en los dos sexos, lo cual demuestra que antes había sido privilegio de la mujer, incluso anterior a la época romana y a la de los celtas, según la opinión del gran maestro del Derecho don Joaquín Costa” (5).

Una de las particularidades maragatas que más se airean en publicaciones de toda índole es la de la covada, práctica que también se ha registrado en pueblos antiguos de todos los paralelos. Para unos, la covada es algo curioso: cuando la mujer da a luz, el que recibe las máximas atenciones es el marido, hasta el punto que la recién parida se dedica a sus faenas domésticas y agrícolas sin más demora, y el padre de la criatura se acoge a la cama y es atendido con regalo. Otra versión de la covada se refiere a las relaciones íntimas prematrimoniales alargadas más de lo que fuera conveniente a las buenas costumbres. A esta versión es a la que se refiere el erudito Padre Quintana cuando dice así:

“Por ningún sitio aparece algo serio sobre esa supuesta costumbre maragata; es más, hay un dato que contradice esa leyenda: en los libros de visita de las parroquias que hacían los obispos personalmente o por medio de sus delegados, casi todos los años o por lo menos cada dos años y últimamente más espaciados en el tiempo pero siempre con una regularidad bastante aceptable, estos visitadores bajaban la mano a toda clase de detalles que encontraran en el pueblo, que fueran contrarios a la moralidad pública e incluso, privada, y en los mandatos de visita que extendían en los libros siempre se reflejan los defectos que en este orden de cosas pudieran encontrar. Pues bien, nunca aparece ninguna advertencia que llame la atención ni que recuerde esta costumbre, cosa que indudablemente no se puede ni siquiera sospechar que, existiendo, aquellos visitadores la pasaran por alto y menos cuando transcurren siglos en los cuales tenemos testimonio de las visitas y nunca aparece alusión alguna a esas cosas”.

Sin embargo, y a pesar de que el padre Quintana no nos ha hablado de ellos, de la primera versión de la covada son numerosos los testimonios literarios recogidos en estudios etnográficos. Incluso puedo decir que, cuando personalmente, he planteado el tema a mujeres de Val se han limitado a decir que ellas no han conocido eso.

Etimológicamente la “covada” castellana y la “couvade” francesa son primas hermanas. Y aunque en castellano no tenga madre verbal, en francés, sí: couver: empollar. En el Bearn, tan próximo a Navarra que son la misma a uno y otro lado del Pirineo, la “couvade” se realizaba tal y como la hemos descrito y se considera como una aceptación plena de la paternidad del recién nacido.

La diferencia estriba en si, durante la covada la madre está en la cama con el hijo y el padre o no lo está. En el interior de Mallorca y en alguna isla canaria lo practicaban hasta hace poco. Los maragatos están presentes también en esta costumbre que tiene, creo yo, un sentido tabú, puramente anímico o puramente animal, de protección de la madre y de la prole, pero siempre con manifiesta autoridad del progenitor: de la inevitable gallina sacrificada por el parto, la madre se toma el caldo y el padre se come la pechuga” (6).

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NOTAS

(1) PRECIADO, Dionisio: Folklore Español. Música, Danza y Ballet, Studium Ediciones, Madrid, 1969, pp. 127–128.

(2) OLMEDA, Federico: Folklore de Castilla o Cancionero Popular de Burgos, Publicaciones de la Excma. Diputación Provincial de Burgos, 1975, p. 28.

(3) CELA, Camilo José: Enciclopedia del Erotismo, Vol. II, p. 455; MARTÍNEZ ARCHAGA, Feliciano: Poza y los Pozanos en la Historia de España, Burgos, 1984, Nota 4 de la p. 19.

(4) GUERRA GÓMEZ, Manuel: Constantes religiosas europeas y sotoscuevenses, Burgos, 1973, Nº 464, 698, 721.

(5) (Cfr. Luis de Hoyos Sainz/Nieves de Hoyos Sancho. MANUAL DE FOLKLORE (La vida popular tradicional en España) Ediciones Istmo, Madrid, 1985, pp. 381 – 382).

(6) (Cfr. José Manuel Miner Otamendi. LOS PUEBLOS MALDITOS, Editorial Espasa Calpe, S.A, 1978, pp. 129–131).