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SOBRE LA SEMANA SANTA Y LA PASCUA EN ARANDA DE DUERO. LA BAJADA DEL ANGEL

LAZARO PALOMINO, Fernando

Publicado en el año 2005 en la Revista de Folklore número 293.

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La Semana Santa es uno de los momentos del año litúrgico donde más proliferan las representaciones de carácter religioso–popular. Estas ceremonias pretendían favorecer el acercamiento del creyente a los actos de culto de una forma directa y tangible. La intención era que los fieles pudieran vivir la fe por medio de representaciones donde la doctrina se viera explicada de forma sencilla.

Las escenificaciones buscaban un fin catequizador de comprensión fácil, con lo que se evitaba entrar en cuestiones más profundas de contenido teológico o planteamientos de difícil explicación y dudosa comprensión por parte de los fieles. Era a través de los sentidos como mejor se llegaba a los sentimientos de los creyentes. En estas figuraciones se unían realidad y ficción, provocando en el espectador una vivencia apasionada del momento, logrando una fuerza emocional que atraía a los fieles, hasta el punto de ser en muchos casos, los únicos actos religiosos a los que se acudía de forma multitudinaria y para los que se trabajaba durante una buena parte del año.

La ideología que proyectó en gran medida la Contrarreforma, contribuyó a este movimiento de piedad popular, –no exento de críticas por algunos sectores de la propia Iglesia–, que se materializó a través del desarrollo de funciones escénicas, autos sacramentales, imaginería, procesiones, etc., que irán siendo algo habitual en la España del siglo XVI, llegando a su punto culminante durante los siglos XVII y XVIII.

El tiempo de Pasión en Aranda de Duero originó diferentes manifestaciones, que como en muchos pueblos de Castilla, contribuyeron a consolidar esta realidad. El Descendimiento, la tarde de Viernes Santo, y La Bajada del Ángel, el Domingo de Pascua, han venido siendo las representaciones más características de la Semana Santa de la localidad.

Respecto a la función que tiene lugar el Domingo de Pascua, conocida popularmente como La Bajada del Ángel, es una representación que en la actualidad se ha conservado en muy pocos lugares, lo que la hace cobrar especial interés. Es probable que en otro tiempo fuese un acto más generalizado, con similares características a las escenificaciones que tenían lugar los días de Semana Santa, Pascua, Corpus o Navidad en otros pueblos de la geografía peninsular, y que han ido desapareciendo paulatinamente.

Conocer el origen de esta representación en Aranda de Duero resulta controvertido. La diversidad de artículos publicados, en los que en algunos casos remontan la escenificación a época medieval, han venido a incrementar la confusión. La idea del artículo es intentar centrar la cuestión, teniendo como criterio la documentación consultada y dejando abierto el campo a nuevos aspectos que vayan surgiendo.

Las principales fuentes de información con las que contamos son los libros que conserva la cofradía encargada de su organización, pero son relativamente recientes, de mediados del siglo XX. Por otra parte, en el archivo diocesano de la provincia, los libros consultados nos aportan información sobre los actos litúrgicos que se realizaban durante la Semana Santa, pero no se hace mención concreta a la ceremonia del Domingo de Resurrección como hoy la conocemos

De la Semana Santa en Aranda de Duero tenemos una buena referencia en la estancia que en 1518 realiza Carlos V a la Villa, según la cronología dejada por el Marqués de Foronda, y que reseña Silverio Velasco (1). La información aportada es escasa. El monarca hizo cantar tinieblas el Miércoles Santo en Santa María por los músicos de la Capilla Real. El Jueves Santo se trasladó al convento de la Aguilera donde permaneció hasta el día de Pascua, volviendo el lunes a despachar las cuestiones reales a Aranda. No se hace referencia a otras funciones de la Semana Santa en la Villa, que por su peculiaridad, de haber sido representadas, hubiesen podido atraer el interés del monarca o de sus cronistas. Este acto de tinieblas se ve reflejado cada año en los libros parroquiales.

Por otra parte, en las relaciones de gastos efectuados para la organización de los diferentes actos que se hacían en este tiempo litúrgico, tampoco vienen a aportar datos relevantes. En los libros de cuentas vemos anotaciones como los 8 reales gastados para la procesión del Domingo de Ramos de los años 1660 y 1661 en “cuatro cajas de ramos que se traxeron de dichos dos años”, o los 3.162 maravedíes abonados por las sogas de colgar los paños del Monumento, pero respecto a las funciones que en estas fechas se hacían para Pascua de Resurrección, la información contenida en los escritos no hace mención alguna, a pesar de lo detallados que aparecen otros actos (2).

Uno de los documentos más interesantes es el libro de Cosas Notables escrito por Juan Martínez de Soto Sancho, cura de Santa María, una de las parroquias más antiguas de la localidad. Conserva una detallada relación de las fiestas y funciones litúrgicas que se realizaban a finales del siglo XVII en Aranda. Concretamente, al referirse a la Semana Santa de 1698 escribe: “Miércoles y Jueves hay tinieblas, no las hay el Viernes por salirse tarde del Entierro de Cristo… el Sábado Santo hace el oficio también el Señor Cura, y bendice la pila como también hace los oficios” (3). En el capítulo ocho escribe sobre la función del Domingo de Pascua en estos términos: “El Domingo de Pascua por la mañana se hace procesión de Resurrección a las ocho. Antes se dieron maitines cantados en el coro. Llévase el Santísimo Sacramento. Lo lleva el Señor Cura en procesión. Antes iba metido en el pecho de la Resurrección del Santísimo y por ir con grandísima indecencia se determinó lo llevase el Señor Cura en las manos, en la Custodia” (4). Después de leer estas líneas cabe pensar que en esta época no se celebraba la función de la Bajada del Ángel, pues con la detallada descripción que realiza de los actos de Semana Santa y procesión del Domingo de Pascua, hubiese mencionado esta escenificación. En la procesión que se venía realizando observamos que se consideró conveniente utilizar una Custodia para llevar la Sagrada Forma, puesto que según se desprende de las palabras del párroco, antes se llevaba en el pecho de una imagen que no debía estar en buenas condiciones, pues como dice, no presentaba suficiente decoro. Esta costumbre de utilizar imágenes como relicario no resulta extraña al gusto de la época.

El libro citado en el capítulo 10 vuelve a hacer referencia al Domingo de Pascua: “este día, como queda dicho arriba en el capítulo octavo, hay maitines cantados en la parroquia. Asisten todos los servidores, curas y beneficiarios a ellos. Luego se hace la procesión en la forma que se dijo arriba… Igual, todos los segundos días de Pascua, hace el Cabildo de San Nicolás procesión de Minerva o del Santísimo por la tarde. Después de haber dicho las vísperas por parte de la parroquia y no antes, hacen la procesión alrededor de la iglesia por dentro y no llevan en ella al Santísimo. Déjanlo junto al Tabernáculo, en la Custodia. Concluye, parece, la procesión sin cruz. Hasta es lástima que hagan lo que hacen por costumbre mal introducida y derecho mal adquirido contra el Derecho Parroquial. Dios se lo perdone a quien tiene la culpa de esto y otras cosas que hacen en la iglesia” (5). Se hace notoria la poca observancia de la legislación eclesiástica por parte de los fieles, al realizarse las procesiones como ellos consideraban, sin tener en cuenta las normas que para estos actos venían imponiendo las Constituciones Sinodales, con objeto de que los actos litúrgicos discurrieran con cierto orden. De ahí la preocupación del párroco al ver que no se seguían los dictámenes eclesiásticos como en este caso, al hacer la procesión sin cruz y sin el Santísimo, hechos que podían llevar penas como la excomunión para los eclesiásticos que participasen en estos actos (6).

La vinculación entre Minerva y el Santísimo también se produce en la festividad del Domingo de Pascua en la ciudad navarra de Tudela, donde se mantiene la representación del Ángel y en cuya procesión la Virgen sale al encuentro de la Custodia o del Resucitado. Este hecho puede llevar a pensar que en otro tiempo fuese la cofradía del Santísimo Sacramento la encargada de organizar esta escenificación, como ocurre en otras localidades donde se conserva esta costumbre. Dada la existencia en Aranda de la cofradía de los Esclavos del Santísimo Sacramento, según se desprende del libro de acuerdos, todos los años convocaba cabildo el Domingo de Ramos. En ningún acta se menciona la representación del Ángel. Ni siquiera la necesidad de asistir sus cofrades a la procesión del Domingo de Pascua, obligación que queda expresamente reflejada para otras procesiones. Desde 1712, fecha en la que comienza el libro de acuerdos, se vienen a reiterar cuestiones como las recogidas en el acuerdo redactado por el cabildo de Domingo de Ramos de 1714, en el que se hace constar la organización de la fiesta de la Octava del Corpus y el deber de asistir, por parte de los hermanos de la cofradía a las funciones de Jueves Santo y Viernes Santo, y a la del Entierro de Cristo el viernes por la tarde: “se propuso que mediante estar próximo el día de Jueves Santo y Viernes Santo que es necesario asistan todos los hermanos a la función que acostumbra hacer en esos días dicha cofradía…y por dicho Alcalde y Oficiales y Mayordomos y hermanos se acordó que a ninguno que fuese hermano del Entierro de Cristo se le dé hacha, y en esta forma se hizo” (7).

Durante el siglo XVIII y principios del XIX siguen apareciendo en los libros de Santa María los gastos más habituales de Semana Santa. Entre 1765 y 1828 se pagaron todos los años 12 reales a los pobres por el lavatorio de Jueves Santo. En 1825 se gastaron, también para el Domingo de Ramos, 20 reales “en botellas de vino bueno y bizcochos“. Estas colaciones se ven reflejadas varios años a pesar de no estar bien vistas por la Iglesia y haber intentado suprimirlas. Otros gastos habituales eran los ocasionados por armar El Monumento (60 reales en 1826, 80 reales en 1828, etc., abonados por este trabajo a Lorenzo Berrojo). Ese último año también fueron gastados 16 reales por la cena ofrecida a los que se quedaron en dicho Monumento la noche de Jueves Santo (8).

Si atendemos a los actos que venían realizándose en las parroquias y funciones de las cofradías, observamos que en la relación de fiestas de precepto en las que no se podía trabajar, quedan reflejadas las del Domingo y Lunes de Pascua, sin hacerse más aclaraciones (9). En las diferentes funciones que las cofradías hacían en la Villa, prácticamente la totalidad de las anotaciones de Semana Santa se refieren a las procesiones de Jueves y Viernes Santo (10). Respecto al Domingo de Pascua, no hay citas a actos especiales que se hiciesen ese día, salvo la procesión como ya se ha mencionado. En el libro de Memorias correspondiente a 1815–1837, en el año 1820 se alude a los 100 reales que pagó la cofradía del Entierro de Cristo por la función del Descendimiento. En dicho texto se sigue diciendo: ”Domingo de Pascua, misa y procesión del cura por el pueblo” (11). En 1823 se hace otra alusión, anotándose esta vez: “En Pascua de Resurrección maytines a las 8 y procesión sacramental después de misa” (12). Como vemos no se hace ninguna referencia al desarrollo de la representación, que por lo característico de la escenificación resulta extraño no se cite, como ocurre con la anotación que se hace del Descendimiento. Observamos como de forma generalizada ni en la documentación de la parroquia, ni en la de las cofradías aparecen referencias sobre la celebración del evento.

Por otra parte, la cofradía de Ntra. Sra. de la Misericordia ha venido siendo la encargada de preparar esta escenificación. Como ya se ha mencionado, los libros de cuentas y acuerdos son muy recientes. El más antiguo que se conservaba contenía anotaciones sobre propiedades y donaciones a la cofradía desde 1554 y donde no se mencionaba en ningún apunte esta celebración, por lo que la principal información sobre esta cofradía es aportada por Silverio Velasco en su libro sobre la historia de Aranda. Según el autor, además de dar asistencia a los condenados a muerte, la cofradía debía organizar la festividad de la “Candelaria”, que era su fiesta principal, por lo que se desprende que la representación de La Bajada del Ángel el Domingo de Resurrección, no se hacía por esta cofradía. Parece ser un acto que la llega como algo nuevo. Prueba de ello es que de la celebración de la fiesta de las Candelas encontramos referencias abundantes y detalladas desde el siglo XVII (13). No ocurre así con la función representada por la misma cofradía en la Pascua, de la que nada se dice.

A la vista de la documentación consultada pueden extraerse diferentes planteamientos. Una primera posibilidad que pudiera justificar la ausencia de información es que tras una efímera puesta en escena, hubiese sido prohibida como ocurre con otras funciones suspendidas después de las visitas pastorales realizadas por los obispos de la diócesis. En 1765 Bernardo A. Calderón viene a prohibir los actos de algunas cofradías por los abusos que se cometían en comidas y colaciones, debido al grave perjuicio que ocasionaban a sus fondos (14). En 1786 también pudo observar, por su prolongada estancia en la Villa, las costumbres de las cofradías de Aranda, y desde luego vio, según recoge Silverio Velasco “cuanto había decaído y degenerado de su primer espíritu aquella famosa procesión del Jueves Santo, que con tanta edificación de los fieles celebraba la cofradía de la Vera–Cruz, puesto que en vez de las disciplinas, que no mucho antes habían sido prohibidas por Carlos III, ahora no había más que algazara en el llevar y acompañar a los pasos por las estaciones, terminando la procesión con la acostumbrada colación o refresco, que tan mal decía con la rigurosa abstinencia y ayuno que los demás fieles observaban en tal día”. El prelado no vio otro remedio posible más que la abolición de la procesión y la suprimió (15). Algunos años más tarde también se suspendió la ceremonia del Descendimiento que efectuaba la cofradía del Entierro de Cristo, al observar que no se corregían los alborotos y abusos (16). En Tudela la ceremonia del Ángel también sufre sus avatares suspendiéndose hasta 1732, fecha a partir de la cual se reanuda la representación (17).

Como vemos, los años centrales del siglo XVIII en algunos aspectos no son momentos especialmente propicios para mantener estas escenificaciones, y menos para su inicio. Es una época en la que tanto el poder civil con el intento de modernizar la sociedad española por parte de Carlos III, como por algunos sectores de la misma Iglesia, pretenden acabar con este tipo de religiosidad popular, lo que hace menos probable el establecimiento de la escenificación por vía institucional, aunque la realidad cotidiana fue bien distinta. Consultados los libros de visitas pastorales realizadas por los obispos en los años centrales del siglo XVIII, por considerar la época de mayor esplendor en estas representaciones y con más posibilidades de encontrar referencias sobre la ceremonia, no se hallaron anotaciones en este sentido. Aparecen algunas decisiones, siempre encaminadas a asegurar el correcto funcionamiento de la liturgia, como las citadas anteriormente sobre el obispo Calderón, o las adoptadas por D. Pedro A. de la Quadra y Achiga, obispo que prohibe dar la llave del Tabernáculo del Santísimo Sacramento el día de Jueves Santo a personas seglares, con objeto de asegurar el decoro y respeto por los actos religiosos (18). Estas anotaciones en los libros de visitas son casos concretos, dado que habitualmente los mandatos quedaban reflejados en los libros parroquiales o en los de las propias cofradías, y como hemos visto, en ellos tampoco se menciona la representación.

Otra posibilidad viene dada por el citado texto de Juan Martínez, en el que parece confirmarse que con anterioridad a 1698, año en el que tan detalladamente describe la procesión del Domingo de Pascua, tampoco se escenificaba la representación. Es interesante destacar según se lee en el escrito, el cambio que se produce en la ceremonia, al sustituirse en la procesión la imagen del Resucitado por la Custodia. Los cambios en estas representaciones fueron frecuentes según el gusto y la mentalidad de la época. Estas modificaciones, introducidas para dar mayor vistosidad a la fiesta pudieron dar origen, en años posteriores, a la figuración de la Bajada del Ángel en la localidad. Sin embargo, a falta de nuevos datos, debe pensarse que esta función no comenzaría a verificarse de forma habitual en Aranda de Duero hasta bien entrado el siglo XVIII o principios del siglo XIX, puesto que tampoco aparece en la reposición de cultos que se va a originar a comienzos de ese siglo.

Desde principios del siglo XIX, se fueron introduciendo en Aranda parte de las escenificaciones religiosas que habían sido prohibidas por orden eclesiástica, o desaparecidas por la guerra de ocupación napoleónica. Silverio Velasco hace mención concreta a las funciones de Semana Santa más significativas que se irán recuperando por las cofradías. En 1816 la cofradía del Entierro de Cristo restablece la ceremonia del Descendimiento, en 1819, la de la Soledad, y en el mismo año comenzaron a celebrarse en el convento de San Francisco las funciones de la cofradía de la Cruz (19). Entre las representaciones enumeradas tampoco aparece la del Ángel el Domingo de Pascua. Es también por estas fechas, finales del siglo XVIII y principios del XIX, cuando empieza a verificarse documentalmente la Bajada del Ángel en el pueblo vallisoletano de Peñafiel. En el año 1799 al hablar de la función de Resurrección se reseña que costó a la cofradía de Santa María 60 reales y medio armar el bajadero de los ángeles, dos palomas y el pago de dos obreros para hacer el armadijo de los ángeles (20).

Por último, Adelfo Benito y Santos Arias de Miranda en su libro Cosas del Siglo Pasado, cuando llegan a la Semana Santa, escriben sobre la procesión del Domingo de Resurrección en estos términos: “El día de Pascua, procesión solemne, pintoresca, típica y exhibición del Ángel con público incluso de los pueblos circunvecinos” (21). En este libro, los autores nos muestran costumbres, que admitiendo de forma general la antigüedad de muchas de ellas, en los casos más puntuales debemos encuadrarlas dentro de la tradición de la localidad a caballo entre el siglo XIX y comienzos del XX. En este contexto debería situarse la referencia a la Bajada del Ángel.

Es a partir de este momento cuando ya empezamos a tener referencias sobre la escenificación. En este mismo libro los autores describen el hecho de haberse trasladado un año esta solemnidad a la Plaza Mayor, donde se colocó el globo entre el Ayuntamiento y el edificio de la Sociedad Recreativa “La Tertulia”. En estos años la representación también varió ocasionalmente, realizándose frente a la iglesia de San Juan, según informó F. Arribas (22). En ninguno de los dos casos se reseña el motivo que justificó los cambios, poco frecuentes en las sociedades tradicionales donde el espacio en el que se desarrollaba la vida de lo sacro en sus expresiones materiales guardaba especial significado, no introduciéndose variaciones sin un motivo especial (23).

Con relación al desarrollo de la escenificación, tratada en diferentes publicaciones, tiene algunos aspectos menos comentados que conviene destacar (24). Como en otras hermandades, según las ordenanzas, en la procesión las andas eran portadas por los mayordomos, la vara por el alcalde de la cofradía y el pendón por el escribano. La ceremonia comienza al salir la comitiva de la iglesia siguiendo trayectos distintos las imágenes de la Virgen y el Resucitado, para encontrarse en la plaza de Santa María. Allí se realizan varias reverencias; el portador del pendón, siguiendo un rito cuyo significado ha dado origen a varias interpretaciones, se inclina tres veces hasta casi tocar el suelo, a la vez que va acercándose al Resucitado (25). A continuación, realizan las mismas inclinaciones los portadores de la Virgen, bajando las andas a escasa distancia del suelo. En ese momento sale deslizándose por una maroma un globo a modo de nube, en cuyo interior va un niño vestido de ángel. Se abre el globo que cuelga a varios metros del suelo y desciende el niño para quitar el velo de luto a la Virgen. A continuación se inicia la procesión por el recorrido que seguían ya desde el siglo XVII la mayoría de las procesiones que salían de la parroquia de Santa María y de las cofradías establecidas en ella. El vínculo entre rito religioso y espacio urbano refuerza la idea de la ciudad como un espacio cerrado que contribuía a considerar ciertos lugares como exclusivos o reservados para los principales ritos que en ella se celebraban. Este hecho cobra especial significación en los actos religiosos, para los que se reservaban las plazas o calles principales de la ciudad (26). El itinerario marcado mantiene ese carácter, discurriendo por calles cuyo significado en el marco social, económico y simbólico delata aspectos relevantes de la vida de la ciudad, que se dejan sentir en sus nombres: calle de La Sal, Plaza Nueva (actual Plaza Mayor) o Calle de la Miel.

La música no faltaba en la escenificación. La ceremonia discurría acompañada de una marcha de procesión interpretada con dulzainas y caja. Posiblemente, a medida que este tipo de agrupación instrumental fue perdiendo consideración social fue sustituida por las diferentes bandas de música que irán surgiendo en la villa, con la intención de otorgar mayor boato al acto y como signo de modernidad. Su papel, según describe Domingo Ximeno en Estampas de mi Álbum, se centraba en hacer sonar las notas de la Marcha Real durante la representación, en el momento de quitar el Ángel el velo que cubre la cara de la Virgen (27). Tras unos años en los que desaparecieron las diferentes bandas que existieron, en la actualidad vuelve a ser la banda municipal la que acompaña a la comitiva en la procesión.

La tarea del ángel en la representación comienza por los ensayos para poder realizar correctamente el simulado vuelo. No recibía ninguna compensación económica. La cofradía le regalaba las sandalias que llevaba en la ceremonia, hecho muy frecuente en este tipo de manifestaciones religiosas (28). Después de la misa o por la tarde, el niño vestido con su peculiar indumentaria recorría las casas del vecindario para recibir las merecidas felicitaciones, acompañadas de algunos dulces y propinas. En el periódico La Voz de la Ribera de 1936 vemos que para caracterizar mejor al Ángel se le colocaba una peluca de estopa, a la que se sujetaba una corona que generalmente terminaba rodando por los suelos tras el ajetreado revoloteo.

Tradicionalmente el Ángel venía siendo un niño. En la década de los 70 la dificultad para conseguir algún voluntario motivó que se escogiera a una niña, ante la posibilidad de tener que suspender la representación. La niña fue Ana Isabel Martín Ramiro. El periódico Aranda Semanal del 17 de abril de 1971 recogió así la noticia: “en esta ocasión el ángel era niña, cosa que no se recuerda por aquí haya sucedido nunca”.

Otra de las costumbres que ha venido variándose ha sido el horario de la escenificación. La elección de la hora no fue un hecho banal, sino que tenía un profundo significado simbólico. Esta procesión siempre se desarrolló en horas muy tempranas. Por ejemplo, en Tudela comenzaba a las seis de la mañana. En nuestra localidad, como vimos en el texto de J. Martínez de Soto, a finales del siglo XVII comenzaba a las ocho. A comienzos del siglo XX se hacía a las 9 de la mañana y a principios de los años 80 se retrasó hasta las 11. El hecho de realizar la ceremonia al amanecer tiene su especial significado al quererse identificar el alba o aurora de la mañana con la Virgen que sale al encuentro de su hijo resucitado en la primera hora del día. Del mismo modo se hace patente el paralelismo que se proyecta desde la antigüedad entre el nuevo día y la nueva vida que surge con la Resurrección de Cristo, principal significado de este acto litúrgico. Este simbolismo hizo que la ceremonia se realizase al despuntar el alba con el fin de darlo mayor contenido emocional y realismo.

Se desconoce si como influencia de los autos sacramentales esta representación tuvo algún texto que acompañase el desarrollo de la ceremonia, como ocurre en Tudela. Si alguna vez lo tuvo, en la actualidad no se conserva.

A modo de conclusión se puede decir que el contexto histórico y cultural de esta representación debemos situarlo dentro de las escenificaciones teatrales de carácter religioso muy en boga durante la época barroca, y que en la comarca también tuvieron su expresión particular, no quedándose al margen de esta corriente generalizada (29). En estas representaciones se tomaban ideas muy diversas para hacer más vistosas las ceremonias, tanto civiles como religiosas. Estas puestas en escena solían coger todo tipo de recursos, como los que el teatro clásico ya exhibía (“Deus ex machina”), o los ingenios utilizados en las escenificaciones teatrales u operísticas propias del barroco. Música, danza, vestuario, decorados, etc., no quedaban al margen de estas figuraciones y solemnidades. Es probable que esta escenificación fuese introducida en Aranda en una época algo más tardía, pero quizá este hecho ha permitido también que se haya mantenido en el tiempo, llegando hasta la actualidad.

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NOTAS

(1) VELASCO, Silverio: Aranda, memorias de mi Villa y mi Parroquia, p. 143.

(2) A. D. BURGOS: Libro de Fábrica de Santa María de Aranda de Duero 1625–1664.

(3) A. D. BURGOS: Libro de Cosas Notables, Estilos y Propiedades 1698–1834. Capítulo 7, p. 4.

(4) Ibídem, Capítulo 8, p. 4.

(5) Ibídem, Capítulo 10, p. 5.

(6) ZAPARAÍN YÁÑEZ, María José: “Las fiestas en la comarca arandina. Siglos XVII y XVIII”, Revista Biblioteca, nº 6, p. 63.

(7) A. D. BURGOS: Libro de Esclavos del Santísimo Sacramento 1712–1898, p. 26.

(8) A. D. BURGOS: Libro de Fábrica de Santa María de Aranda de Duero 1765–1828.

(9) A. D. BURGOS: Libro de Fábrica de Santa María de Aranda de Duero 1697–1764.

(10) A. D. BURGOS: Libro de misas pro populo, memorias perpetuas y temporales, entierros, honras, cabo de año y funciones de las cofradías 1748–1773.

(11) A. D. BURGOS: Libro de memorias, entierros, oficios, funciones nombramiento de colectores y acuerdos 1815–1837.

(12) Ibídem, año 1823.

(13) VELASCO, Silverio: Op. cit., pp. 245–247.

(14) LOPERRÁEZ CORVALÁN, Juan: Descripción Histórica del Obispado de Osma, Vol. 1, p. 591.

(15) VELASCO, Silverio: Op. cit., p. 391.

(16) Ibídem, p. 392.

(17) ÁLAVA ALBA, María: El Ángel en Tudela, p. 14.

(18) A. D. OSMA: Libro de Visitas del Obispo Pedro Agustín de la Quadra y Achiga a Aranda, Roa, Haza, S. Esteban, Gormaz, Andaluz, y Gomara. 1737–1739.

(19) VELASCO, Silverio: Op. cit., pp. 410–415.

(20) El Ángel de Peñafiel. Trabajo realizado por Jesús de la Villa.

(21) BENITO, Adelfo y ARIAS DE MIRANDA, Santos: Cosas del siglo pasado, pp. 142–143.

(22) Entrevista mantenida con el cofrade Feliciano Arribas Moratinos, Aranda de Duero 1909–1996.

(23) CARO BAROJA, Julio: Actas del VII Curso de Introducción a la Etnografía. El Folklore de las Ciudades, Instituto de Filología del C.S.I.C., Programa de Investigación Fuentes de la Etnografía Española, p. 73.

(24) La descripción de la fiesta puede seguirse en los artículos que cada año dedica la prensa local al evento, (especialmente Diario de Burgos), en algunos de los libros citados en las notas bibliográficas y en la revista editada por la Diputación Provincial de Burgos con motivo del IV encuentro diocesano de cofradías y hermandades de la provincia de Burgos con textos de Rufino Criado Mambrilla.

(25) VALDIVIELSO ARCE, Jaime: “La Bajada del Ángel en Aranda de Duero (Burgos)”, Revista de Folklore, nº 206, p. 64. Sulidiza: Estampas Arandinas, pp. 50–52.

(26) CARO BAROJA, Julio: Op. Cit., pp. 70–72.

(27) XIMENO, Domingo: Estampas de mi Álbum. Aranda de Duero y su comarca, pp. 52–53.

(28) En los actos conmemorativos organizados para realzar el nombramiento de D. Silverio Velasco como obispo de Ticelia, los paloteadores que danzaron fueron obsequiados con el mismo regalo. Lo mismo ocurría en la festividad del Corpus en Zazuar, donde los muchachos que danzaban en la procesión tenían como regalo los zapatos de piel que les daba la cofradía para la danza.

(29) ZAPARAÍN YÁÑEZ, María José: “Las fiestas en la comarca arandina. Siglos XVII y XVIII”, Revista Biblioteca, nº 6, pp. 58–74.