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Editorial

DIAZ GONZALEZ, Joaquín

Publicado en el año 1983 en la Revista de Folklore número 26.

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Parece que una de las graves amenazas que se ciernen sobre la sociedad rural, habitual recipiendaria de la cultura tradicional, es el desequilibrio al que le lleva el ataque de elementos ajenos a su idiosincrasia. Cierto que la comunidad rústica recibió en el pasado influencias canalizadas a través de la actuación de esos marginales a que nos referíamos en pasado comentario; pero todas esas nuevas ideas o aportaciones penetraron poco a poco y en un lapso de tiempo considerablemente amplio, de modo que su inserción en la vida cotidiana de ese grupo se llevó a cabo sin traumas espectaculares. No podemos decir lo mismo del momento actual, en que la vieja concepción de comunidad rural, autosuficiente, casi perfecta en su forma, jerarquizada según normas seculares, se ve amenazada y agredida en diferentes frentes: La jerarquía establecida desaparece (los ancianos dejan de ser los portadores de cultura y experiencia para convertirse, a la luz de la nueva situación, en un elemento más del núcleo familiar; elemento incómodo en ocasiones). Los valores tradicionales (disfrute del tiempo, vida pausada, amor a la naturaleza, contacto afectivo o sentimental con la tierra en la abundancia y la necesidad, etc.) se ven rechazados por leyes novedosas que basan sus principios en una filosofía que desestima los valores del espíritu y fomenta la ambición -al poder, al dinero- como motor de la conducta humana. La sociedad rural, habitualmente desconfiada ante los cambios o progresos, deja entrar sin cuidado en su propia casa a los medios de comunicación (comunicando exclusivamente en una dirección, claro) que no sólo inculcan un tipo de cultura ostensiblemente ajena y masificadora, sino que permiten a perfectos incompetentes opinar sobre lo humano y lo .divino, viéndose esa opinión magnificada (por aquello de que el que aparece en televisión es importante) hasta el extremo de instar al espectador desprevenido a considerar lo que oye y ve como válido y aceptable, aun cuando, con frecuencia, vaya en contra de sus propias convicciones.