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Rituales del fuego solsticial en Ahigal (Cáceres)

DOMINGUEZ MORENO, José María

Publicado en el año 1983 en la Revista de Folklore número 26.

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Entre las distintas fiestas de fuego destaca la relacionada con el solsticio de verano y que tiene lugar la noche víspera de San Juan. Es en Ahigal donde este tipo de festival ígneo adquiere una significación y dimensión especiales y. donde el rito conserva su pureza más primitiva.

Los preparativos de la noche "sanjuaniega" (sanjuanera} van ligados íntimamente a la festividad del Corpus. La víspera de ese día, a la caída del sol, los campesinos traen al pueblo matas de romero y de tomillo que serán esparcidas por las calles que recorrerá la procesión eucarística. Recogidas tras el acto religioso, permanecerán guardadas en casa a la espera de la mágica noche de San Juan. Al oscurecer del día 23, tras colocar pequeños haces de romero y de tomillo a las puertas de las casas habitadas, la madre de familia, en presencia de todos sus miembros, enciende la hoguera, procurando que no se avive la llama, por lo que previamente la ha rociado con un poco de agua. El combustible se consume lentamente y el incesante humo aromático inunda las calles y las casas, que permanecen con las puertas de par en par. Este es el momento en que el padre pasa una, dos, tres veces, con gran lentitud, sobre el lánguido fuego, al tiempo que recita la vieja cantinela:

Por aquí pasó San Juan,
yo no lo vi;
sarna en ti,
salud en mí.

Es después la madre y más tarde los hijos los que saltan igualmente el "zajumeriu" (sahumerio) repitiendo los mismos versos. En el intervalo se han formado grupos de- veinte, treinta o más muchachos que, en medio de un enorme griterío, recorren las calles de sus respectivos barrios, deteniéndose en todas las hogueras que encuentran a su paso y saltándolas repetidamente, al tiempo que entonan pareados alusivos a los dueños de los respectivos "zajumerius", reflejando en ellos el deseo de verlos libres de las enfermedades contagiosas:

Sarna en un cesto,
salud pa tío Modesto.
Sarna en un candil,
salud pa Justo Barril.

Posteriormente los niños se dirigen a la plaza del pueblo, donde tendrá lugar la segunda parte de la fiesta del fuego, con la quema del "capazu".

A media tarde, el mayordomo de San Juan ha clavado en el suelo la "estaca" (palo de olivo) de unos dos metros de altura y acabada en horco. Consumidos los "zajumerius", todas las familias acuden a la plaza. Poco antes de la media noche los quintos cuelgan de la mencionada horca gran número de "capacetas" (capachetas) que previamente han impregnado de aceite y acarreado desde los viejos lagares. Acto seguido el mayordomo prende la hoguera, alcanzando la llama unos cuatro metros de altura. Los muchachos cantan y giran alrededor de la hoguera, mientras los mayores observan más alejados. Cuando decae el vigor de la llama, los primeros la avivan lanzando piedras contra el palo que sostiene a las "capacetas", llenando el cielo de chispas. Aquí el interés no estriba en el humo, sino en el fulgor de la llama, en la desprendida de "potricos" (chispas) y en provocar la mayor caída de pavesas sobre los espectadores más alejados. Poco a poco el fuego consume la "estaca" y las "capacetas" caen formando una pira de varios metros de diámetro y en la que las llamas apenas tienen altura. Ahora los muchachos y mozos comienzan a saltar la hoguera. No hay formulillas, ni recitales ni imposiciones específicas a la hora de cruzar por entre la llama, ni tampoco antes ni después. Paulatinamente la hoguera va perdiendo vitalidad y los saltos cesan cuando ésta queda solamente iluminada por el color rojizo de las ascuas. Antes de retirarse de la plaza, los muchachos recogen piedrecitas que arrojan a la hoguera hasta dejarla extinguida.

Hasta aquí he intentado una descripción del rito ígneo y ahora me referiré a su significado. En esta noche estival ahigalense existen dos tipos de fuegos -"zajumeriu" y "capazu"-, a los que la tradición local les atribuye orígenes distintos. Mientras que el "zajumeriu" conmemora una supuesta hoguera que encendió San Juan Bautista para orientar a la Sagrada Familia que huía de Herodes, el "capazu" recuerda los fuegos que hicieron los habitantes de este pueblo en "tiempo de los moros" para comunicarse con otros grupos alejados. Cualquier análisis medianamente lógico daría al traste con las dos teorías -pseudorreligiosa y pseudohistórica- y hundiría sus raíces no en unos hechos concretos materiales, sino en un proceso material arcaico en el que fuera posible, aunque hoy muy difícil, hallar una explicación coherente a todas y cada una de las partes del ritual del fuego de San Juan.

De igual modo discrepo de aquellos eruditos que ven en estos tipos de fuegos una derivación de los rituales del mundo clásico, concretamente los relacionados con la diosa romana Pales. Es indudable que las "Palilia" o "Parilia" presentan puntos comunes al "zajumeriu" de Ahigal, como son la quema de hierbas especiales, saltar tres veces la hoguera como remedio profiláctico, hacer en voz alta la petición para que ésta surta efecto, etc. Pero; al mismo tiempo, encontramos aspectos diferenciadores en ambas, entre los que destaca la fecha de celebración, el 21 de -abril en la "Palilia", que hace que la consideremos como una fiesta de primavera. A mi juicio tampoco es aceptable, como han propuesto H. Hermann y otros, que esta falta de correspondencia entre los fuegos rituales de San Juan y los clásicos sea una consecuencia de su introducción tardía en Europa debida a los pueblos bárbaros.

Menéndez Pelayo, Taracena, Moreno Moreno, Iñiguez Ortiz, Maluquer de Motes, etc., al estudiar fiestas solsticiales semejantes a la de Ahigal, afirman que nos encontramos ante la supervivencia de un rito celtibérico. Semejante planteamiento hace Caro Baroja cuando señala a los invasores celtas como introductores de estos rituales. Curiosamente tendríamos ante nosotros un proceso de culturación, al que seguiría otro de difusión, por el que las formas culturales de los pueblos indoeuropeos recién llegados serían asimiladas por los indígenas. Esto podría aceptarse siempre que no se tuviera presente la universalidad de los fuegos rituales, que van más allá del área conocida como indoeuropea. Por mi parte me inclino porque los fuegos solsticiales eran algo común en la Península en una etapa preindoeuropea y, en este sentido, me inclino por la teoría bastaniana por cuanto reafirma una unidad psíquica de la humanidad que lleva a los hombres, como consecuencia de sus necesidades innatas, a pensar, con independencia entre sí, en mitos y ritos semejantes. A su llegada a la Península los celtas encontraron una serie de festivales ígneos de celebración periódica, sin que esto fuera óbice para que los invasores ejercieran una potenciación, modificación y hasta enriquecimiento de los rituales del fuego. Sin embargo, resulta muy difícil, si no imposible, discernir cuál es la parte autóctona del ritual y cuál corresponde a los añadidos indoeuropeos, máxime cuando el conjunto salido de ambos ha sufrido transformaciones como consecuencia de posteriores presiones culturales y religiosas. Por consiguiente, los fuegos rituales de Ahigal, como el dedicado a la diosa Pales, tienen su origen en un sustrato primitivo y van modificándose en el tiempo por propia evolución y por una serie de influencias exógenas.

La falta de estudios sobre los fuegos de Ahigal hace que hayamos de movernos, para llegar a su análisis, mediante un método comparativo, puesto que hay que tener presente las características comunes de los fuegos ahigalenses y los peninsulares y extranjeros, así como las relaciones entre ellos. No todos los estudiosos de los rituales de fuego (Frazer, Mannhar, Westermark, Barandiarán, Lisón Tolosana, etc.) aceptan la misma interpretación de los festivales ígneos, sino que más bien se inclinan a defender indistintamente una teoría solar o una teoría purificadora.

Si nos fijamos en el "zajumeriu" ahigalense tenemos que hacer una serie de connotaciones. Hay que señalar primeramente que nos encontramos ante múltiples hogueras de carácter particular, en contraposición con el "capazu", fuego del municipio, que presenta características diferentes. En aquél tenemos un ritual ígneo purificador en el que todos los elementos juegan un papel importante. El combustible ha de sufrir unas transformaciones sine qua non para poder introducirse en el festival ígneo: recogerse la víspera del Corpus y ser testigo de la procesión eucarística. La hostia, símil solar, por medio de una magia contaminante transmite al romero y el tomillo, que se encuentra en su área de influencia, un conjunto de virtudes inherente a ella, entre las que no falta la fuerza purificadora. El humo, que es indispensable en el "zajumeriu", penetra en la casa a cuya puerta se encendió para defender la morada de los males contagiosos, de la tormenta, de los incendios, de los poderes del mal de ojo y de otras artes brujeriles. Pero estos beneficios del "zajumerio" sólo se adquieren de forma individual, ya sea saltando uno mismo tres veces por él al tiempo de recitar la cantinela señalada o porque otra persona al pasar a través del humo salmodia la segunda formulilla indicando el nombre o apodo de quien desea ver libre de esos males.

Las cenizas, por su parte, poseen una fuerza fumigadora para hombres y animales. Lavarse con ellas es remedio eficaz contra las enfermedades de la piel, pero únicamente surgirá efecto cuando se emplea en la mañana de San Juan y en el lavatorio interviene también el agua de una laguna que hay a las afueras del pueblo. Era costumbre que los cerdos al amanecer fueran paseados por las calles en las que se habían encendido "zajumerius", ya que las cenizas constituyen un medio profiláctico para los animales, pues los resguardaba tanto de las más variadas enfermedades como del ataque de las alimañas, especialmente del lobo.

Además de los elementos señalados del ritual conviene indicar que hay otros que se presentan de forma abstracta y solamente en el espectro psicológico del agente de la celebración ígnea. Así tenemos el bien o la salud, cuya adquisición o defensa lleva implícito el salto del "zajumeriu"; el malo la enfermedad, expresada principalmente en las enfermedades contagiosas; y San Juan, ser celeste, invisible y catalizador de la ritualización ígnea.

Si tras observar la ceremonia del "zajumeriu" descendemos al plano especulativo se podría dar una explicación del ritual que nos acercase en lo posible al proceso mental primitivo. El mecanismo racional que el hombre empleó primeramente debió ser éste: de un hecho lógico se deriva un deseo lógico y, por lo mismo, de un hecho que vulnera las leyes naturales ha de desprenderse un deseo capaz de violar esas mismas leyes. De igual forma que San Juan, espíritu e indestructible, pasa por el fuego, agente destructor, sin que éste le afecte, así deseo que la salud, que es atributo de personas y animales, permanezca en ellos sin que nada la haga desaparecer. y así como el hombre, cuya naturaleza exige la destrucción, cruza el "zajumeriu" sin que la llama le queme, así deseo que el mal (sarna) deje a los animales y hombres y vaya sobre las cosas inanimadas (cesto, candil...).

Dejando otros aspectos de gran simbolismo del festival quiero fijarme en un hecho que escapa al propio sentido del "zajumeriu", si bien se encuadra perfectamente en los ritos periódicos, concretamente en los de expulsión. Legiones de espíritus poblaron la mente del hombre primitivo, viendo en los mismos la causa de muchos males, al tiempo que pensaba que iluminándolos o alejándolos de sí eliminaba el efecto que estos espíritus pudieran producir. Los rituales de expulsión son universales y la supervivencia que de tales ritos se conserva en Ahigal guarda gran paralelismo con una serie de supervivencias rituales de Europa Central (Noche de Walpurgis...). Las carreras de los niños por las calles del pueblo, así como los ruidos y gritos que no cesan durante mucho tiempo, conmemoran la vieja costumbre de expulsión de las fuerzas del mal.

Las cualidades curativas y purificadoras que el pueblo atribuye al "zajumeriu" son virtudes que escapan al contexto del "capazu", al que defino como un fuego estival dirigido a vitalizar al sol para que sea posible la llegada de sus rayos a la tierra. Parece indudable, como apuntase Mannhard, que los remotos antepasados de los ahigalenses, guiados por la ley de magia simpatética, practicaban este tipo de hechizo solar con la convicción de que encender hogueras que imitasen al astro aseguraría y potenciaría su luz y calor. Frazer acepta esta opinión y de igual modo se expresa Barandiarán cuando afirma, refiriéndose a Euskadi, que estas celebraciones ígneas carecían de sentido si no se hicieran con el fin de poner en funcionamiento el adur que reproduce el curso anual del sol.

El "capazu", lógicamente, ha de coincidir con el solsticio estival, momento crítico en la marcha del sol y los campesinos pretendieron con esta ceremonia frenar el aparente decaimiento del sol, así como darle fuerzas para todo el año. Este momento debió ser considerado por el hombre primitivo como el comienzo del año nuevo y así cabe explicarse por qué el fuego benefactor anual se hacía necesario encenderlo en este primer día para que de esta forma su influencia durara los doce meses siguientes. Este antiguo principio del año puede también observarse merced a un sinnúmero de prácticas que han llegado hasta hoy y que tienen su origen en un período remoto, tales como las diferentes fórmulas adivinatorias que se emplean en Ahigal ;durante la noche del solsticio estival para averiguar el futuro del año que comienza.

El modo de celebración del "capazu" refleja una imitación consciente del sol, como ocurre con otras hogueras europeas de este tipo, aunque el fuego ahigalense ha variado aspectos que hacían más visible la imitación. En Alemania, Suiza y Austria se fabricaban ruedas de paja que se lanzaban ardiendo por las colinas. La forma circular de las ruedas y .su. fuego semejaban la reverberación solar y lo que hacían los participantes en la celebración no era otra cosa que un acto de atracción simpatética. No es casual que en Ahigal también se empleen ruedas de esparto ("capacetas"), aunque más pequeñas y distintas que las europeas. No obstante, hasta principio de siglo también se quemaban enormes capachetas que con este único fin fabricaban sus habitantes y éstas siempre fueron puestas en la "estaca", de forma horizontal, para su encendido. La quema de la "capaceta" constituye un ejemplo muy claro de magia simpatética. La "estaca" representa el eje o apoyo que, en la mente del hombre primitivo, debió sostener el sol.

También el "capazu" ejerce influencia sobre la vegetación y los animales. De la forma de las llamas se vaticinaban las buenas y malas cosechas. Nuevamente nos encontramos con el principio de magia imitativa: cuanta más altura alcance el fuego mayor será el crecimiento de las plantas. Igualmente, las chispas desprendidas de la hoguera eran indicio de mayor o menor producción animal y vegetal. Hay quien piensa que sólo ejercen influencia sobre la cosecha de cereales, por su semejanza con el grano, pero el nombre con que en Ahigal se designan a las chispas, "potricos" (=cría de yegua), induce a aceptar una influencia en la multiplicación de los animales domésticos. La caída de pavesas sobre los espectadores, así como los posteriores saltos de éstos sobre las llamas, sirven para potenciar la fuerza genética y fecundadora.

Existen indicios de que las cenizas del "capazu" se esparcían por los campos con el fin de que las semillas renacieran con más fuerza, lo que nos pone ante un antiguo y perdido mito ahigalense relacionado con algún espíritu de la vegetación en el que se vieran una muerte y resurrección periódicas semejantes a las del dios Osiris de la teología menfita. Buscando paralelismos observamos que en Normandía, la noche del 23 de junio, se reunía la llamada "Hermandad del Lobo Verde", presidida por un jefe que era elegido cada año. Todos sus miembros se agarraban de la mano unos a otros, quedando solamente libres una mano del primero y otra mano del último de la cadena, y de esta guisa corrían tras el que era señalado como hermano mayor para la anualidad siguiente. Una vez apresado en la cadena este futuro jefe, que ahora representaba el espíritu arbóreo, sus compañeros simulaban arrojarle a la hoguera que habían encendido momentos antes y en la que imaginativamente se convertiría en cenizas para, más tarde, resucitar en la forma del nuevo presidente de la hermandad, nuevo espíritu de la vegetación. No hay que olvidar que el espíritu vegetal es necesario que muera para que, una vez enterrado en forma de cenizas, se reencarne en la planta para otra vez morir cada año. La antigua práctica normanda nos abre nuevas perspectivas para una mejor comprensión del "capazu". El hecho de que en Ahigal sea el mayordomo de la festividad de San Juan, con periodicidad anual, un elemento indispensable en la realización del "capazu" y , al mismo tiempo, la pervivencia de juegos estivales (marro de las cadenas) con el mecanismo persecutorio empleado en la caza del Lobo Verde, pueden ser vestigios de la extinguida celebración de un rito parecido y que sería muy conveniente tener en cuenta a la hora de profundizar en la religión primitiva del área indoeropea.

El arrojar piedras sobre la hoguera que se apaga responde a un significado primitivo, posiblemente Paleolítico, y como consecuencia de concepciones animistas. Como en el período Azilense, donde los guijarros pintados eran cobijo de las almas de los antepasados, las piedras que se arrojan al "capazu" son piedras que contienen el alma de los muertos a quienes sus descendientes reúnen en este comienzo del año primitivo en un hogar común para todos.