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LOS FEOS CRIMENES DE GRANADA Y SALAMANCA CANTADOS EN CANTABRIA

GARRIDO PALACIOS, Manuel

Publicado en el año 1994 en la Revista de Folklore número 162.

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a Pilar Miró


Remedios Gámez es de Cuecillos, donde se celebra fiesta en honor de San Cipriano: «¿no ha oído nombrar a San Cipriano?», y canta acompañándose de pandereta; ahora vive en Casar de Periedo «desde hace 20 años o más; yo escuchaba los romances a los ciegos cuando era pequeñina, que iba a la feria en la plaza de Torrelavega, y de cuando mis tías se reunían en la cocina y en vez de pandereta tocaban con un plato de porcelana, porque yo soy huérfana desde niña con otras dos hermanas. Mire, los romances dicen cosas de poner los pelos de punta». Le digo que habrá escuchado los versos muchas veces para poder aprenderlos todos, pero no: «me bastaban una oída o dos; también me sé la tabla de multiplicar desde pequeña por haberla escuchado. Aparecía un ciego los días de mercado con un guitarrillo con dos cuerdas y decía que acababa de llegar de Granada y de Salamanca, donde habían ocurrido unos crímenes muy, pero que muy feos»:

EL FEO CRIMEN DE GRANADA

Allá en tierras granadinas
un matrimonio habitaba,
dueño de muchas haciendas,
según la letra aclaraba.
Este tenía una hija,
Florentina se llamaba,
que sacrificó su vida
por un hombre que adoraba.
Florentina tenía un novio
que Jacinto se llamaba,
y se casaba con él
si sus padre la dejaban.
Pero eran malos padres
y las ideas le quitaban,
dándole malos consejos
a ver si así la olvidaba.
Mas la buena Florentina,
sin hacer caso de nada,
cuanto más la reprendían,
más ciega que lo adoraba.
Un día le dice su padre:
-Florentina, ese hombre,
para ti no vale nada,
si no olvidas a ese hombre,
vas a ser muy desgraciada;
si quieres salir de aquí,
muy pronto serás casada
con el hijo del marqués,
lo más rico de Granada.
-La riqueza, padre mío,
para mí no vale nada,
búsqueme un sacerdote
para confesar mi alma;
mi vida pronto se acaba
y muero sin poder ver
al hombre que tanto amaba.

EL FEO CRIMEN DE SALAMANCA

Sagrada Virgen del Carmen
te suplico protección,
para explicar una infamia
que en Salamanca ocurrió.
En una pequeña aldea,
junto de la capital,
habitaba un labrador
que se llamaba Roldán.
Pero ese malvado padre
viudo hace poco quedó,
con una hija quinceaños
y un hijo de veintidós.
Desde aquel malvado día
empezó empero a pensar
de qué manera podría
de su pobre hija abusar.
Mientras su hermano se iba
a cumplir su obligación,
encerró a la pobre niña
dentro de su habitación.
-Si dices algo a tu hermano,
con este grueso puñal
sin tener piedad de ti
te daré muerte fatal.
La niña horrorizada
ante el criminal quedó,
hasta que vino su hermano
y por ella preguntó.
-Está la pobre acostada,
dice que se encuentra mala,
yo no sé lo que tendrá.
-Dime qué tienes, hermana,
que estás triste y llorosa,
dime qué tienes, hermana,
siendo tu cara una rosa.
-Ven, hermanito mío,
que quiero contarte a ti,
con el mayor desconsuelo
lo que me sucede a mí.
El padre que la escuchaba
toda la conversación,
con el fin de darle muerte
penetró en su habitación.
Y su hermano que lo vio,
que a su hermana iba a matar,
disparó un tiro a su padre,
que cayó al suelo mortal.
-Para que nadie me diga
que maté a mi propio padre,
voy a quitarme la vida
para que todo se acabe.
No siento morir tan joven
porque la vida no es nada,
siento dejar en el mundo
a una hermana desgraciada.

Remedios no fue a la escuela, «pero aprendí las cuatro reglas yo solita, de mirar»; anduvo cuidando vacas «de toda la vida, y cuando estaba en la montaña me ponía a cantar estos romances». Ella ve que la segunda historia me ha puesto un poco triste y coge la pandereta para cantarme «otras cosas, porque eso pasó hace ya tantos años que nadie se acuerda».

MONTAÑESA

A la fuente voy por agua,
y al campo por coger flores,
a la iglesia por ver santos
y al baile por ver amores,
yo me muero,
me muero de pena,
yo me muero
por una morena.

Junto a la gotera
tengo yo a mi novia
que cuando la miro
parece una rosa,
parece una rosa,
parece un clavel,
junto a la gotera
la vengo yo a ver.

SEGUIDILLA

La primera va por mí,
la segunda por mi madre,
la tercera por mi amor
para que Dios me la guarde.

Que llevas en el manteo,
un repicoteo,
mi vida y olé,
y con él me vas robando
los corazones,
los corazones.

No me robes el mio,
no me lo robes,
no me lo robes.

A la primer seguidilla
no le pude dar el pie,
no sé si fue cobardía
o falta de no saber.

En el cielo manda Dios,
en la justicia el alcalde,
en la iglesia el señor cura,
los serenos en la calle.

CANCION

Allá arriba en aquel alto
hacen lumbre los pastores
para calentar al Niño
que ha nacido entre las flores.

Una palomita blanca
como la nieve,
volando va,
baja al río a beber agua
con mucho garbo
y serenidad.

Y después de haber bebido,
levanta el vuelo
y echa a volar,
va a dar agua a sus pichones
que ha dejado
en el palomar.

La despedida les doy,
la despedida no puedo,
que despedirme de ustedes
es despedirme del cielo.

Ni cuando acabó de cantar los «dos feos crímenes» ni ahora, que puso punto al ritmo de pandereta, dije nada. Ella cree que lo que me «pasa es que me ponen triste las historias tristes». Y es verdad.