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CANCIONES Y CUENTOS

DIAZ GONZALEZ, Joaquín

Publicado en el año 1983 en la Revista de Folklore número 27.

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CUANDO EL REY VISITABA SUS MONASTERIOS

Llegando ya, Su Majestad el Rey con su séquito al monasterio de la Mejorada, salió a recibirle el abad mitrado y le dijo:

-Bienvenida sea Su Majestad a esta humilde morada.

Y le respondió el rey:

-Bien hallado, padre abad, ¡qué gordo está usted!

-Es que a mí, señor, el agua me alimenta.

-¿ Cómo el agua ? Lo que pasa es que usted no tiene el peso de una nación sobre sus hombros como la tengo yo, que por eso estoy tan delgado.

-¡Ay!, Majestad, qué cosas dice; cuánto me gustaría a mí tener en qué pensar; porque ya le digo, que el agua me alimenta.

-Pues mire, mire, padre abad, le voy a hacer tres preguntas y le voy a dar seis meses de plazo para que me conteste a ellas, vamos a ver:

Primera pregunta, le digo, ¿cuánto tiempo tardaría yo con mi caballo en dar la vuelta al mundo?

La segunda, ¿cuánto dinero valdría yo con mi España y mi corona en dinero contante y sonante?

La tercera, ¿cuál es el pensamiento que tiene el monarca de España en su cabeza que cree que es verdad y es mentira ?

-Muy bien, señor .

-Pues mire, ya están las preguntas hechas y seis meses tiene usted de plazo. Si en esos seis meses usted no me contesta, pues estos señores que vienen conmigo, aquí al lado, están deseando hacer astillas y su cabeza correrá por el suelo.

Y con las mismas, partió Su Majestad y allí se quedó el padre abad. Pasaron los días y entonces un pastor que solía merodear por aquellos lados del convento, vio que el padre abad no salía a la puerta y le dijo a un hermano:

-Pero, ¿qué pasa con el padre abad que hace muchos días que no le veo ?

-Calla, hijo, calla, si no sabemos qué le pasa; se ha encerrado en su celda y no hay manera de que nos diga qué es lo que le pasa. Le decimos que si le duele esto, lo otro y no nos dice nada; está perdiendo carnes y no sabemos lo que le pasa.

-¡Ah!- dijo el pastor-, pues si quiere usted, mire, haga el favor de quedarse con mis ovejas un momento que quiero yo ir a verle.

-¡Ah!, pues muy bien. .

Sube el pastor a la celda y le ve:

-Padre, ¿qué le pasa ?

-No sé, tengo algo.

-Pero, ¿qué le pasa?, ¿qué le duele? y entonces le contó lo de Su Majestad el Rey, le dijo lo de las tres preguntas y que no sabía descifrarlas, y le dijo el pastor:

-Usted tranquilo, yo voy a asumir esta responsabilidad.

-No, hijo mío, eso no puedo yo hacerlo.

-Nada, mire que yo no tengo familia en este mundo y yo ese día me visto con sus hábitos, salgo a recibirle y ya sabré qué contestarle, si sale bien...

-No, hijo mío, eso no; si .te pasa algo yo bajo mi conciencia...

-Nada, que nada, que voy yo.

-Bueno, hijo mío, hazlo por el bien de la Iglesia.

Pasan los seis meses y le visten a mi buen pastor con los hábitos del padre abad. Claro, el padre abad era muy gordo y le sobraba hábito por todas partes y entonces sale a recibir a Su Majestad y nada más llegar:

-Bienvenido sea Su Majestad a esta humilde morada.

-Bien hallado, padre abad; vaya, vaya, ¡eh! cómo se ve que las preguntas han sido ¡eh!

-¡Hombre!, han sido de prueba; así me han quedado a mí.

-Bueno, vayamos al grano. La pregunta primera fue, si mal no recuerdo que, ¿cuánto tardaría yo en dar la vuelta al mundo?

-Sí, señor. Pues yo he pensado que si su caballo corre como el sol, veinticuatro horas exactamente.

-Muy bien, correcto. La segunda le pregunté a usted que, ¿cuánto valdría yo con mi España y mi corona en dinero contante y sonante?

-Sí, señor, y yo he pensado que si Nuestro Señor Jesucristo, Rey de Reyes, valió treinta monedas, usted valdría veintiocho o veintinueve monedas a lo sumo; más no, porque entonces sería el segundo Cristo.

-Muy bien, muy bien, pero vayamos ala otra, a la primordial, a la clave, aquella en que en mí hay un pensamiento que yo creo que es verdad y es mentira.

-Pues verá, es muy fácil, Su Majestad en este momento cree y piensa y está seguro que está hablando con el padre abad de este convento.

-¿Y no es así?

-Pues no, señor, porque en verdad está usted hablando con un humilde pastor Entonces el pastor abrió los hábitos y se le vio su zamarra.

Informante: Félix López García, de 55 años, natural de Ávila y residente en Medina del Campo.

Recogió: Antonio Sánchez del Barrio, el día 24-XII-1982.

ROMANCE DE LA POBRE ADELA

Yo bien sé que una moza rindió de amores, rindió de amores
y quiero que algún día la paz me llore, la paz me llore.
Ven aquí, madre mía, ponte a mi lado, ponte a mi lado
que quiero antes que muera darte un encargo, darte un encargo,
cierra esa puerta que no entre naide,
no quiero que algún día venturas halles
y póngame usted al cuello la cruz de perlas, la cruz de perlas
que me trajo él un día de amor en prueba, de amor en prueba
sea mi mortaja, sea mi mortaja
el humilde vestido de desposada.
Si viene Juan a verme después de muerta, después de muerta
no le dejes que pase de aquella puerta, de aquella puerta
yo no le odio, yo no le odio,
quiera Dios perdonarle, yo le perdono.
A las dos de la tarde será el entierro, será el entierro.
Juan estaba a la puerta del cementerio, del cementerio
se arrodilló, se arrodilló
delante de un retrato que ella le dio.

Informante: Teófila González Bragado, de 78 años, natural de Pozal de Gallinas y residente en Medina del Campo.

Recogió: Antonio Sánchez del Barrio, el día 27-VIl-1982, en Medina.