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"NOS LOS RICUEROS ET MERCADANTES DE ATIENZA...."
Cofradía cívico religiosa, ocho veces centenaria

GARCES SANJUAN, Zacarías

Publicado en el año 1983 en la Revista de Folklore número 28.

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Es Atienza la villa perteneciente hoy a la provincia de Guadalajara (hasta el año 1833 lo fue al partido provincial de Soria), a la que Decio Hernesto llama Novaugusta o "Novilis Noudiaugusta" y sitúa en el país de los arévacos, región que correspondió al convento jurídico cluniacense en las proximidades de Aranda de Duero. El orientalista José A. Simonet afirma que dicha villa fue fa capital de los tythios, siendo su nombre actual por degeneración de la antigua Tythia.

Pronto suena Atienza en la historia de España. Fue por el año 601 de la fundación de Roma, cuando los tythios y los belos se confederaron y comenzaron a fortificarse para su defensa en caso de ataque, teniendo también con los numantinos el compromiso de juntar con ellos las armas y fuerzas contra los romanos, pero, según el historiador Mariana, les fue vedado pasar adelante aquellas fortificaciones y, además, fueron obligados los hombres que tuvieran edad a acudir al lado del campo romano. Esos pueblos se negaron a lo que les era mandado y de ahí surgió la sangrienta guerra de Numancia.

Conserva la villa, a 1.200 metros de altura sobre el nivel del mar, un castillo que, como la mayoría de los de Castilla, parece resumir el carácter de la vida española hasta bien entrado el siglo XVI. Sin lugar a duda, su erección se remonta a tiempos inmemoriales (a la fecha de la creación del mundo ), por asentarse en el accidente natural de un peñón cuyos flancos aparecen cortados como por tajante espada de Hércules poderosísimo, extendiéndose su roca desnuda de Norte a Sur como unos doscientos metros. Situación de inmejorables condiciones estratégicas por su altura, a donde sólo las águilas pueden alcanzar en sus altos vuelos, y por la roca inhiesta de paredes verticales inaccesibles, que no podía ser olvidada en tiempos de perpetua guerra y de continuo trasiego de pueblos y razas enemigas.

Al pie del castillo roquero, la "peña muy fort" que nos cita el poema del Cid, los labriegos que poblaban la villa y los de las aldeas cercanas, se refugiaban cuando eran atacados. En contra de la voluntad de los romanos, fueron construidas enormes murallas, pues, era preciso que la fortaleza atencina constituyera un sólido baluarte, ya que constituía la llave que cerraba el paso de ambas Castillas y podía guardar la entrada, hostigar a los invasores y ser amparo y seguro de las tierras vecinas; pero, en opinión de Francisco J. Símonet, a los dos años de la toma de la villa por Alfonso III, fueron destruidas aquellas obras de defensa por las tropas de Almanzor, cuando éste se apoderó de Atienza el año 981. No obstante, después de la definitiva reconquista por Alfonso l el Batallador, comenzó su reconstrucción durante el reinado de Alfonso VII en 1132.

La población atencina, en los siglos IX y X, era escasa y sus necesidades económicas se veían satisfechas con los productos agropecuarios y forestales, así como con los ingresos correspondientes a las ocupaciones artesanas rudimentarias de sus moradores, oficios que eran alternados con la arriería, profesión ésta considerada como más cómoda y lucrativa.

Después de los datos que llevo referidos, por los cuales se ha intentado plasmar brevemente la panorámica de una villa medieval, asentada al pie de una atalaya de amplio y dilatado horizonte, se hace preciso narrar lo concerniente al origen y reglamentación de la Cofradía de Recueros (vulgo La Caballada), motivo principal del presente trabajo.

Todos los años, el viajero amante del conocimiento de nuestros pueblos en el pasado, se verá sorprendido el día de Pentecostés en nuestra villa por la celebración de una fiesta que evoca un hecho histórico en favor del monarca Alfonso VIII. Los cronistas de la época narran la efemérides, más o menos, en esta forma:

Al morir Alfonso VII le sucedieron sus hijos Sancho y Fernando, los cuales, por disposición de su padre, heredaron Castilla y León respectivamente. El reinado de don Sancho fue efímero, ya que falleció al poco tiempo de finar su esposa doña Blanca, dejando un hijo de tres años de edad que quedó bajo la tutela de Gutierre Fernández de Castro, rival de la poderosa familia de los Lara y, para evitar disputas, don Gutierre dio la tutoría a un pariente de ambas familias y éste se la entregó a los Lara. Con tal motivo, los Castro se creyeron ofendidos y acudieron al tío del niño, don Fernando, el cual entró en Castilla y se apoderó de algunas plazas para hacerse con la persona de su sobrino, a quien los Lara tenían a buen recaudo en el palacio de los Santa Cruz, de Soria. Lo hubiera conseguido el leonés a no ser por el caballero Pedro Núñez de Fuentealmejir el cual, tomando al pequeño rey Alfonso en brioso corcel, lo trasladó al castillo de San Esteban de Gormaz y, desde allí, a Atienza como "plaza fuerte y de gran seguridad". Como los Lara aún no creían bastante fuerte nuestro castillo y las tropas de don Fernando acechaban y sitiaban la villa, un grupo de vecinos dedicados a la arriería se comprometió a llevar al pequeño monarca a Segovia y posteriormente a Ávila, donde quedaría totalmente a salvo. Misión cumplida en las primeras horas del día de Pentecostés del año 1162 en que, ante las mismas barbas del ejército sitiador, salta una veintena de astutos atincianos llevando disfrazado de arriero al rey niño sin que el enemigo se diera cuenta de la estratagema. Cuando Alfonso VIII llegó a la mayoría de edad, premió a sus libertadores nombrándoles caballeros, les otorgó el privilegio de usar bandera y el de constituirse formalmente en Hermandad, cuyas Ordenanzas escritas, de finales del siglo XII se cumplen en lo esencial.

Los recueros y mercaderes de Atienza, profesión nacida después de la Reconquista, estaban en un principio constituidos en cofradía gremial -imprescindible para protegerse mutuamente en su vida social y profesional-, siendo regulada por una serie de normas verbales que comprendían los derechos y obligaciones de sus miembros hasta que, a finales del siglo XII quedó constituida la Hermandad, bajo el patrocinio de San Julián, mediante unas disposiciones comprensivas de los fines de esa Organización, formada por individuos del mismo gremio, unidos por un vínculo de caridad y hermandad, con un espíritu religioso y benéfico, matizado con intereses de tipo profesional, con lo cual llenaban entonces las funciones de la moderna previsión social.
Encabeza esas Ordenanzas el siguiente párrafo: "Nos los ricueros et mercadantes de Atienza, estableciemos aquesta ermandat a honor de Dios et de todos los Santos y a defensión de nuestros averes". Seguidamente aparecen reflejadas las normas reguladoras de la asociación en los términos siguientes que procuraré extractar: la de que a todo cofrade que fuere embargado en cualquier pueblo, sin que pudiera por sí mismo rescatar la prenda, debían ayudarle los demás miembros; que le acompañaría uno de los "seises" (consejeros de la Hermandad), yendo a caballo, en calidad de comisionado del resto de los hermanos "obrando como si dispusiera de su propia cosa y ordenando el pago de cuanto se gastara a cuenta del común". Que todo aquel que, "debiendo pertenecer a la Cofradía no sea hermano, debe ser mirado con desprecio, y, si algún cofrade prestara su caballería, porteara mercancías o prestare algo en relación con la hermandad a tales individuos, pagaría de multa cuatro maravedises si le fuere probado, pero nada pagaría si jurase no haberlo hecho".

Para cubrir los gastos de la Hermandad, contribuirían sus miembros con arreglo al número de animales de carga de que dispusieran, abonando un sólido por una caballería y lo mismo el que no tuviere ninguna, pero el que por tenerla enferma no hiciere uso de ella desde un mes atrás, nada pagaría.

Al Prioste o Hermano Mayor, incumbía la entrega de la Carta de Seguro Real o de exenciones a los cofrades cuando éstos emprendieran viaje, y la demora en la devolución de esa carta, transcurrido el plazo de tres días de su regreso, supondría para el cofrade que así procediera, el pago por día de diez sólidos.

Dignas de encomio son las disposiciones para los casos de enfermedad y muerte, según las cuales: cuando el cabeza de familia estuviera gravemente enfermo, le velarían cuatro cofrades, y dos solamente si el enfermo era un menor de la casa, siendo de aplicación esas atenciones tanto a los miembros de la cofradía como a sus familiares. En caso de muerte, el sayón o criado de la Hermandad estaba obligado a ir de casa en casa anunciando a los cofrades el entierro del fallecido, advirtiendo la obligatoriedad de la asistencia para "llevar las andas et tomar la pala y azada, y si a alguno ordenara el Prioste llevar aquéllas o usar éstas y no obedeciere, pague ocho dineros". Si algún viandante o viajero muriese en casa de un Cofrade, debían hacerle los hermanos "todo cumplimiento, o sea, que se le vele y entierre con asistencia de todos". En cuanto a sufragios, exceptuando los días de Navidad, Jueves Santo, Sábado de Pascua, Pentecostés y los días siguientes a los citados, debía hacer la Hermandad los que acostumbraba y,además, rezar los asistentes ante el cadáver.

La cofradía de Recueros tenía también facultades para administrar justicia al determinar que, "cuando un cofrade debiera algo a otro, éste no deberá recurrir, para que le pague, al alcalde ordinario, concejo o jueces, so pena de dos maravedís a la Hermandad, y el que tuviere alguna querella con otro, debía acudir al Prioste o seises para que, sin tardanza, fallaran en derecho". El cofrade que intercediera por otro al que se hubiera castigado, pecharía un maravedí y, cuando en juntas o cabildos mandara el Prioste callar y al que se lo dijera no obedeciese, éste pagaría un mencal. También fueron establecidas diversas multas por la falta de asistencia a la fiesta religiosa o a las juntas, resultando curioso aquello de que "el que llevare su hijo consigo a la fiesta o velatorios, no siendo aquél de teta, pague un mencal".

Entre otras, éstas son las normas comprensivas de las Ordenanzas de la Cofradía de Recueros de Atienza, organización gremial que en la Edad Medía constituyó el embrión de las corporaciones netamente profesionales, reguladoras de modo exclusivo de todo lo concerniente al oficio en sus distintos aspectos: económico, técnico, religioso y, además, el del ejercicio de jurisdicción sobre sus miembros en todas estas materias. Si bien tales tendencias fueron en un principio perseguidas por los monarcas en Castilla, las cofradías con matiz religioso y benéfico fueron permitidas hasta el siglo XVIII en que el espíritu filantrópico y laico acabó con las viejas hermandades benéficas, sustituyéndolas por los montepíos. No obstante, la Hermandad de Recueros de Atienza sigue funcionando al espíritu y letra de sus Ordenanzas con más de ocho siglos de vigencia, con un sentido tradicional ciertamente ejemplar, sin que la noche de los tiempos haya hecho perder el interés de las mismas.

Este es uno de los testimonios de la historia atencina. Su fidelidad a la Corona hizo que sus milicias concejiles se distinguieran en la toma de Cuenca, en la luctuosa jornada de Alarcos y en la batalla de las Navas de Tolosa, donde los de Atienza supieron conjugar su valentía con la astucia demostrada en el acto de liberación de Alfonso VIII, uno de los más insignes reyes de Castilla, cuya efemérides se viene conmemorando desde el año siguiente al que aconteció aquel hecho memorable.

Además de las Ordenanzas citadas, la Cofradía conserva un albalá de Alfonso X el Sabio, fechado en Burgos a 28 de octubre de 1255, confirmando otra carta otorgada por Fernando III en Peñafiel el 18 de enero de 1232, por la que se disponía que los recueros de Atienza "anden seguros por todo el reino con sus mercadurías e con sus bestias e con cuantas cosas consigo troxieren e dando sus derechos e los de vieran dar e non sacando cosas vedadas del Reyno". Por otra sobrecarta del infante don Sancho, otorgada en Córdoba a 12 de julio de 1262, fue confirmada la antedicha. El mismo don Sancho IV fechó en Atienza, a 18 de enero de 1255, un privilegio en favor de los recueros y sus mercaderías, para cuando fuesen por cualquier parte del reino, mandando a todos los concejos, alcaldes, jueces, justicias, alguaciles, comendadores y magistrados municipales que administraban justicia en las puertas de los pueblos, que, bajo pena de cien maravedises y el doble de aquello en que se perjudicara a los interesados, "nynguno non sea osado de les fazer fuerza nyn tuerto nyn mal nynguno a ellos nyn a nynguna de sus cosas nyn de los pendrar, salvo por su debda conoszida o por fiadura que ellos mismos ayan fecho, y que non sean pendrados por nynguna debda que el concejo de Atienza deva". Esta carta fue confirmada por Fernando IV mediante otra fechada en Salamanca a 12 de septiembre de 1295.

Varias veces fueron mejorados esos privilegios por distintos monarcas, tales como Sancho IV .V su nieto Alfonso XI en Valladolid el 2 de julio de 1344, y por un documento confirmatorio de la carta de Fernando IV, fechado en Atienza el 16 de marzo de 1329.

Transcurrido el tiempo, parece ser que los recueros atencinos tropezaron con dificultades al no serles respetados los derechos que les habían sido otorgados, pues, en una sentencia fechada en Atienza el 3 de enero de 1375 por el infante don Juan, príncipe heredero y Señor de la villa, se mandaba respetar y cumplir los privilegios de que gozaban, prohibiendo bajo severas penas que se les tomara nada en prenda, salvo por deudas propias y ordenó que, si alguna cosa de lo suyo fuese tomada e prendada a los dichos recueros o a alguno dellos, que ge los dedes e tornedes e fagades dar e tornar luego bien e complidamiente en guisa que les non mengüe nynguna cosa", so pena de seiscientos maravedises a cada contraventor; y contraído matrimonio entre don Juan y doña Leonor de Aragón, dándole en arras el Señorío de la villa de Atienza, esta nueva Señora otorgó otra carta en idénticos términos a la sentencia de su esposo, en Medina del Campo, a 20 de mayo de 1376.

En todos los actos que corporativamente celebre la Cofradía, ésta hace uso de la bandera que le fuera concedida por el rey Alfonso VIII; insignia que, antiguamente, sólo era concedida a institutos armados. Lleva en el centro de un cuadro, una cruz bizantina tal como se usaba en el siglo XII; en dos ángulos formados por esa cruz, van un castillo y un león y, en los dos restantes la reja del arado y la aijada que representan tareas campesinas. Sus colores son rojo, verde, blanco, amarillo y azul claro.

Con lo referido, se prueba que distintos monarcas se aposentaron en Atienza favoreciéndola con muy estimables mercedes; que la riqueza de la villa por aquellos tiempos fue extraordinaria, lo demuestran sus artísticas iglesias labradas en la pura observancia del estilo románico, pero. también sufrió reveses, siendo, posiblemente el más importante el acaecido durante las guerras entre Juan II de Castilla y los reyes de Aragón y Navarra, apoderándose éstos de la población hasta que el castellano, moviendo un regular ejército con provisión de "ingenios et lombardas et truenos", yendo en primera fila el valeroso condestable don Álvaro de Luna, puso cerco a la villa que defendía Rodrigo de Rebolledo por el rey de Navarra. Se llegó a un concierto entrando don Juan en la población, mas no en el castillo. Por despecho o por castigar algunos traidores que en ella se albergaban, o por tener que abandonarla, el navarro aportilló sus murallas, derribó algunas casas y quemó otras. Por tratos posteriores, Atienza recogió a su legítimo Señor, según nos refieren las crónicas de Juan II y de don Álvaro de Luna.

He dejado para narrar en segundo término, la fiesta que he citado al principio, integrada en el más interesante folklore castellano. Se celebra ininterrumpidamente todos los años por la Cofradía de Recueros en la forma siguiente: En la madrugada del día de Pentecostés, un dulzainero y un tamborilero, a toque de diana, recorren las vetustas calles de la villa anunciando la romería. Los cofrades, con sus cabalgaduras, se reúnen en la puerta de la casa del Prioste, donde el Secretario o "fiel de fechos" pasa lista y da lectura a las multas impuestas durante el año a los hermanos por infringir las Ordenanzas, tales como, no llevar el sombrero el domingo de Trinidad, llegar tarde a la misa de dicho día, tutearse entre ellos (ya que ha de emplearse como tratamiento de respeto el de usted), y hasta al mismo "fedatario" por omitir el nombre de algún miembro en esa lista, a los cuales se impone, como sanción, una cantidad en libras de cera, según el grado de la culpa libremente apreciada por la mesa". Terminadas estas diligencias, se forma el cortejo que se inicia con los músicos montados en resignados pollinos adornados pintorescamente, llenando los aires de conocidas sonatas. Les siguen en ordenadas filas cerca de cuarenta hermanos con traje antiguo, montando caballos o mulos enjaezados de fiesta. Uno de ellos enarbola la bandera. A retaguardia como si fuera el "Estado Mayor", varios de los mismos caballeros que se distinguen por llevar amplía capa de las que usan en el país; entre ellos va el abad de la Cofradía, también en ataviado jaco y ocupando puesto de honor entre el Prioste y el Mayordomo que llevan sus insignias. Atraviesan el arco de Arrebatacapas y continúan el itinerario hasta la ermita de la Estrella, donde tiene lugar la procesión con la imagen del mismo nombre hasta la Peña de la Bandera, en cuyo trayecto son subastados los banzos de la peana de la Virgen y el privilegio de portar la bandera de la Hermandad entregándose al mejor postor. Concluida la procesión, a la que sigue en la ermita la celebración de la misa, son subastados en celemines de trigo los roscones que penden de vistoso "mayo". Los cofrades obsequian a los romeros con abundantes tragos de vino en la hospedería. A continuación, los mismos cofrades, en el atrio del santuario y previa la venia del Hermano Mayor, bailan reverentemente, ante la imagen de la Virgen, una especie de jota castellana al ritmo marcado por los gaiteros, pudiendo también danzar los romeros en la explanada contigua. Llegada la hora del almuerzo, los hermanos de la Cofradía, en las habitaciones de la hospedería destinadas al efecto, y los romeros con sus viandas en las praderas inmediatas a las huertas, reponen las fuerzas gastadas durante los actos mañaneros. El que lo desee puede subir a la villa, donde encontrará varios establecimientos para comer y recorrer la población (con la visita casi obligada al castillo), hasta llegada la tarde que tiene lugar en un arrabal la consabida carrera de caballos, con lo que se da por terminado el festejo.

Estas son algunas facetas de una villa con páginas brillantes en la historia de Castilla. Atienza vive silenciosa y resignada, recordando el esplendor, fuerza y desventura de sus días medievales. La Cofradía de los Recueros y Mercadantes, como queda dicho, conmemora anualmente el día de la Pascua de Pentecostés, la liberación de un pequeño monarca castellano que, andando el tiempo, seria el vencedor en la batalla de las Navas de Tolosa, planeada precisamente el día de la misma Pascua del año 1212. Esa conmemoración lleva consigo una fiesta declarada de interés turístico nacional, sumamente concurrida por personas que asisten desde todos los confines de España, celebrada a usanza netamente castellana en la forma dicha, amenizada con los típicos y ancestrales dulzaina y tamboril, por todo lo cual la fiesta de "Los ricueros et mercadantes de Atienza" es una de las grandes romerías de Castilla y de las más históricas de España.

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BIBLIOGRAFIA

FRANCISCO LAYNA SERRANO: Historia de la Cofradía de la Caballada.

TOMAS LOPEZ: Diccionario Geográfico de España.

JUAN CATALINA GARCIA: Atienza Ilustrada. Semanario de 1895.

JUAN DE MATA CARRIAZO: Crónicas de Juan II y Álvaro de Luna.

ANTONIO PAREJA SERRADA: España Histórica.

JULIO DE LA LLANA: Hoja Parroquial de 1931.

Z. SANJUAN GARCES: Atienza, Conjunto Monumental.