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ROGATIVAS PARA PEDIR LA LLUVIA

LERA DE ISLA, Angel

Publicado en el año 1983 en la Revista de Folklore número 29.

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Pastores y labriegos: los pies en la tierra, la mirada en el cielo.

¿Es propiamente un "dicho popular" ? ...

Francamente, no lo sé. Sólo puedo decir que se lo oí decir más de una vez, siendo yo muchacho todavía, al tío Ramón el Campesino. Lo decía en aquel tono sentencioso en él muy natural. Y si alguna vez se lo oí a algún otro vecino de mi Urueña natal, éste añadía siempre: "como suele decir el tío Ramón el Campesino". En el pueblo decían que el tío Ramón era poeta. La verdad es que, por lo que yo recuerdo, el tío Ramón no hacia versos. Eso si, se sabía muchos versos de memoria, romances y cosas así, pero, como él mismo solía decir, no se los sacaba de la cabeza, como decía la gente, sino que se los había aprendido. El tío Ramón el Campesino, de eso si que recuerdo perfectamente, era un hombre que leía mucho. Me parece estar viéndolo aún, sentado en un taburete, a la solana de la puerta de su casa, calados sus anteojos que parecían de alambre, leyendo libros siempre viejos, ajados, hasta me parecía a mi que mugrientos.

Pero a lo que yo iba: aquellas palabras del tío Ramón el Campesino de mi pueblo decían una gran verdad. Recordemos que de los veinte millones de hectáreas que, en números redondos, se labran en España, muy cerca de dieciocho millones son tierras de secano. Los labradores de estas tierras no tienen más remedio que asentar muy firmemente sus pies sobre una tierra de cultivo cuya labranza tiene grandes dificultades y no dejar de mirar al cielo esperando o implorando el agua de la lluvia.

De ahí esa costumbre tan generalizada en nuestro medio rural de sacar en procesiones de rogativas a las Vírgenes y a los Santos que cada pueblo tiene por Patrono o a los que veneran con especial devoción. Cuando la sequía, tan frecuentemente, amenaza con destruir las cosechas, los campesinos sacan en procesión a sus Santos para implorar de ellos que la lluvia caiga sobre sus campos sedientos.

El Santo que con más frecuencia es sacado en procesión para pedir la lluvia salvadora es San Isidro Labrador, quizás porque consideran que es el que mejor oirá las súplicas de los labradores.

Por esta razón, y sin perjuicio de recoger en este trabajo algunas otras manifestaciones de rogativas en petición de lluvias, me propongo en primer término recoger aquí una estampa rural por mi vivida en un pueblecito muy próximo a Madrid, patria chica de San Isidro y uno de los pocos pueblecitos rurales y agrícolas que a la provincia de Madrid le quedan.

Un Santo Campesino

Es ciertamente cosa curiosa que una tan grande urbe, tan populosa, tan "urbanizada", tan alejada del campo como es Madrid, tenga por Santo Patrón a un Santo Labriego. No lo digo en desdoro de la capital de España, pero ¿verdad, amigo lector, que no deja de ser una nota curiosa el hecho de que Madrid, tan despegado de las inquietudes agrarias, tan ajeno a los trajines de la labranza tenga por Patrón a este Santo Labriego?.

Claro está que cuando San Isidro labraba las tierras de Juan de Vargas, los labradores de Madrid, capital, tenían que caminar con sus yuntas muy cerca de dos leguas para alcanzar los barbechos de la Elipa, al otro lado del Arroyo Abroñigal, y eran entonces tierras de labrantío las del Cerrillo de San BIas, junto a donde hoy está el Ministerio de Agricultura, y se labraban los ejidos del hoy Barrio de Chamberí, y eran huertas amorosamente cultivadas los aledaños de la que hoy es Plaza de Antón Martín, en lo que ahora es el mismísimo centro de Madrid, y de huertas estaba rodeado el viejo camino de Atocha. ..

Azorín ha glosado el poema "Isidro", de Lope de Vega, y ha dicho que es "el verdadero código estético de Lope". En ese poema, Lope de Vega nos presenta a Isidro como un pobre labrador iletrado que, aprendiendo lecciones de sencillez, de humildad, de perseverancia, de amor, "en los campos, las aguas y las flores..., se encumbra a la más alta cima: la santidad". Con la azada en la mano, alcanza Isidro, al decir de Lope de Vega, "más estimación y honor que el más galán cortesano". Leyendo el poema de Lope, se percata uno de que fue precisamente el campo el que hizo Santo al buen labriego madrileño.

Una inolvidable rogativa

Aquella primavera del año 1950, los hielos habían causado graves daños a las cosechas; pero, además, fue una primavera seca, obstinadamente seca. Era un lento suplicio para los labradores ver cómo transcurrían los días sin caer del cielo una sola gota de agua. La única esperanza era ya San Isidro. Sí para San Isidro llovía, aún podría salvarse, en parte al menos, la cosecha de cereales, y podría rehacerse el viñedo y cuajar el olivar. ¡Y San Isidro nunca había olvidado a los labradores!.

Desde el día 14, había ya aire de fiesta en el pueblo. El caso es que todo parecía hallarse tan en calma, que nadie diría que la mayor fiesta del pueblo estaba tan próxima. Pero aquella tarde llegó la banda de música y levantó tras de sí, por las calles de la aldea, toda la estrepitosa algarabía de la turba infantil, toda la bulliciosa alegría de los mozos y las mozas del lugar, y con tales jolgorios, levantó también el decaído ánimo de los labradores.

Por fa noche hubo vísperas en la iglesia y baile en la plaza, y a la mañana siguiente, misa solemne, con el Ayuntamiento en los bancos, y con sermón dicho por cura forastero.

Por la tarde salió la procesión que iba a pedir al Santo la lluvia tan necesaria. La imagen del Santo era llevada en hombros por cuatro mocetones. El cura iba en medio de dos monaguillos; el alcalde, con el Ayuntamiento en pleno; la banda de música; la chiquillería; hombres y mujeres...

Ni una nube en el cielo azul. El sol, abrasando la tierra seca y poniendo desasosiego en las almas campesinas. La procesión se detiene en la plaza. Se hace la ofrenda de los niños al Santo. Las andas sobre las que va la imagen de San Isidro se llenan de angelitos de carne y hueso. ¡Anda, que bien saben estos viejos labrantines lo que se hacen! No podrían escoger mejores mediadores para hacer llegar sus súplicas al cielo, que el candor y la pureza de sus hijos más chiquitines.

Ya la procesión en pleno campo, en el azul del cielo aparecen unas nubecillas blancas, como de algodón en rama. Unos labradores ofrecen no sé cuántas fanegas de trigo en honor del Santo Patrono, si la procesión sube hasta la que llaman la Peña Blanca. Y la procesión sube por un caminejo que más bien es un tortuoso sendero por el que sólo pueden subir cabras. Los músicos tienen que dejar de tocar. Hay que sacar a subasta el llevar los cuatro brazos de las andas por mocetones, que todos quieren tener el honor de subir al Santo sobre sus hombros.

Las nubes blancas han ido tornándose grises. No faltan otros labradores que ofrecen diversas cantidades de trigo para que la procesión en rogativa continúe hasta la cumbre que le dicen de la Atalaya. Y la procesión sigue sendero arriba. La gente va que ya no puede más. Pero nadie se queja. Ahora ya no se oye más que las pisadas del fuerte calzado rústico sobre el pedregoso camino, y la respiración anhelosa, y el levísimo bisbiseo de los devotos que, sin dejar de mirar al cielo, escrutan las nubes y murmujean sus peticiones y esperanzas. Todos subían la empinada cuesta sin poder resollar. pero ¡hala!, ¡hala!, hasta arriba, que San Isidro nos lo agradecerá. ¡San Isidro no puede faltarnos!.

Ya la procesión en la Peña Blanca, aparecen en el cielo otras nubes más esperanzadoras.¿ Tendremos agua? ...¡Hombre, principio quieren las cosas, y por de pronto, esas nubes ya quieren decirnos algo!... ¡No sé, no sé! ¡De mala parte viene el aire!... ¡Bah! ¡Cuando Dios quiere, con cualquier aire llueve! ...

El señor cura, desde lo más alto de la Peña Blanca, echa la bendición a los campos. La gente, arrodillada, ruega a San Isidro que envíe la lluvia que tanto necesitan estos campos resecos. Algunas personas cogen puñados de tierra y la besan, y hasta se me hace a mi que la riegan con sus lágrimas.

La procesión inicia el descenso hacia el pueblo por el camino de Los Almendrales. Empieza a chispear. Nada. Como quien dice, cuatro gotas, ¡pero mares de esperanzas! La gente empieza a animarse. Los músicos rompen a tocar una pieza entonces muy popular. No recuerdo bien si le decían "Francisco Alegre y olé". Unas mujeres se acercan al señor cura: "Pero, don Severiano, ¿cree usted que puede consentirse esta música en una procesión? ¿No nos lo tomará a mal San Isidro Bendito?". El bueno de don Severiano contestó: "Déjenlos que toquen lo que quieran. San Isidro sabe mucho de congojas de la gente campesina".

y empezó a llover con cierta intensidad. La gente recibió complacida esta lluvia que el Santo les enviaba. y surgieron vivas al Santo, y al señor cura, y al alcalde, y a los mozos que habían subido al Santo por aquellas cuestas. ..Y un labrantin muy anciano dijo: -

¡Ya dije yo que San Isidro no podía faltarnos!

Otras manifestaciones populares

Me refiero, claro está, a manifestaciones en relación con los ritos y rogativas populares para pedir la lluvia.

En muchos pueblos, los chiquillos solían pedir, en sus juegos, cantando, la deseada lluvia. Que yo recuerde, cuando yo era chico, en mi pueblo, así que oíamos a los labradores quejarse de la falta de lluvia, teníamos como juego cantar este cantarcíllo: "Que llueva, que llueva, -la Virgen de la Cueva, -los pajarillos cantan, -las nubes se levantan, -que si, que no -que caiga un chaparrón".

Cada pueblo pedía a su Virgen o a su Cristo de especial devoción la lluvia con sencillos cánticos: Castillo de Lucas, de quien fui muy amigo, recogía en su librito "El sentir y el pensar vallisoletano" algunos ejemplos. En Alaejos cantaban a su Patrona: " ¡Oh Virgen de la Casita! Tú que tienes el poder, -quita el candado a las nubes -para que empiece a llover" .

En Valverde del Majano (Segovia), según el Padre Del Valle, se cantaba a Nuestra Señora del Sepulcro: "Los brazos tenéis abiertos, -los ojos mirando al cielo, -suplicando a vuestro Hijo -que nos .riegue nuestro suelo".

Alonso Llamas cita este canto de procesión en Astorga, a la Virgen del Caño: "Daynos agua, -daynos vino, -daynos habas..." y así enumerando los distintos cultivos que necesitaban la lluvia.

y en Burgo de Osma (Soria), según dice Enrique Casas, van a la romería de la Virgen del Espino cantando: "Virgen Santa del Espino, ten compasión de los pobres, -échanos un chorro de agua, -defiende a los labradores".

Hay una numerosísima ya veces muy curiosa colección de cantos populares para pedir la lluvia en diversas regiones de España, sobre todo de la España seca, como es natural. Pero no quiero cansar más a mis posibles lectores.
Gracias.